17: La Torre Primigenia
17
La Torre Primigenia
Sadira se deslizó junto a la retorcida forma de un árbol bogo, teniendo buen cuidado de mantenerse apartada de las púas del tamaño de dagas que cubrían su tronco. Mientras avanzaba, la hechicera vigilaba con atención las nudosas ramas que se extendían sobre su cabeza. A pesar de que ella y Rhayn no llevaban ni tres horas en el bosque, ya las habían atacado media docena de veces unas criaturas parecidas a serpientes que acechaban en los árboles. Estos seres tenían por costumbre columpiarse contra sus presas en el momento en que estas pasaban bajo una rama, en un intento de empalar a sus víctimas en las aserradas espinas que cubrían sus cuerpos.
Una vez que hubo pasado sin problemas junto al árbol bogo, Sadira volvió su atención al frente, sin esperar ver más que nuevos troncos retorcidos. Pero, en lugar de ello, la sorprendió descubrir que se encontraba al borde de un pequeño prado cubierto de matas de color ceniza. Miles de lanudos capullos blancos, sostenidos por largos tallos amarillos, se balanceaban a merced del caliente viento.
Sadira apenas si prestó atención al prado. Durante el último día y medio, ella y Rhayn habían visto una docena de campos diferentes. Todos habían sido igualmente hermosos, y todos habían ocultado peligros a los que habían tenido que enfrentarse con riesgo de sus propias vidas. Así pues, en esos momentos, la hechicera sentía más interés por lo que se encontraba en el centro del prado.
Allí, una reluciente aguja de piedra blanca se alzaba hacia el cielo, tan alta como una nube y tan vertical como una columna tallada. A sus pies se veía una antigua caseta de guardia, de donde partía una estrecha escalera que ascendía rodeando la aguja hasta que ya no se la podía distinguir de la estructura. La columna no parecía tener un final, al menos no uno que Sadira pudiera ver; sencillamente se volvía más y más pequeña, hasta desaparecer en el cielo.
—Diría que hemos llegado a la Torre Primigenia —anunció Rhayn, acercándose por detrás de la hechicera.
—Todavía no —contestó Sadira, mientras penetraba con cautela en el prado—. Nos faltan aún unos cien metros… y eso no es una distancia corta en este lugar.
Las dos mujeres avanzaron despacio, evitando el contacto con los matorrales y sus flores. Cuando eso era imposible, inspeccionaban con sumo cuidado los tallos en busca de espinas o pinchos que pudieran hacerles derramar una sola gota de sangre. Era un modo lento y tedioso de moverse, pero, con lo sucedido a Magnus todavía fresco en el recuerdo, las mujeres sabían que era necesario.
Llevaban recorrido la mitad del prado cuando un coro de bufidos y chillidos estalló a poca distancia. Cañas amarillas y capullos lanosos se agitaron violentamente cuando las rugientes criaturas se lanzaron contra las dos hermanas.
—Yo me encargo —dijo Rhayn, sacando un pellizco de arena de un bolsillo.
Al cabo de un instante, varios rechonchos roedores con cuerpo de comadreja y colmillos de jabalí surgieron de entre la maleza y se dirigieron directamente a las dos hermanas, levantando en su carrera nubes de polvo con sus patas terminadas en garras.
Rhayn arrojó la arena hacia ellos y pronunció su conjuro. Los granos empezaron a centellear y formaron una pequeña nube a ras de suelo. Los animales se abalanzaron directamente al interior de la relumbrante neblina y se desplomaron al momento unos sobre otros, sumidos en profundo sopor.
—Ese era mi último hechizo —comentó Rhayn, volviéndose de nuevo hacia la torre.
—Yo tampoco lo tengo mejor —repuso Sadira—. Esperemos que todo vaya bien.
Durante el trayecto hasta la torre, las dos mujeres habían dependido de su magia para defenderse de innumerables criaturas. Por desgracia, cada vez que lanzaban un hechizo, el conjuro se desvanecía de sus mentes. Normalmente, las palabras místicas y los gestos podían renovarse mediante el estudio, pero, como Faenaeyon no les había permitido conservar sus libros de hechizos, les era imposible reponer sus conjuros.
Sadira reanudó su aproximación a la torre, escuchando aún con más atención en busca de cualquier señal de peligro. Cuando estuvieron más cerca de la blanca aguja, la hechicera descubrió que estaba hecha de la misma piedra porosa que la gruta de la Roca Hendida. Aunque lo encontró enigmático, no le preocupó en gran medida; puesto que tanto ella como Rhayn habían agotado sus hechizos, no necesitarían absorber energía mágica a través de la piedra.
Unos pocos y angustiosos minutos más tarde, llegaron a la torre de guardia. Era una antigua estructura, sólidamente construida en bloques de granito y surcada de oscuras aberturas para flechas. Bisagras de madera colgaban todavía de los postes de la entrada, y bajo la arcada se veían las púas de un rastrillo hecho pedazos clavadas en las agrietadas losas del vestíbulo.
Cuando las dos mujeres penetraron bajo la arcada de acceso, un par de centelleantes ojos azules aparecieron en la oscuridad de una de las aspilleras.
—¡Quedaos donde estáis! —ordenó una voz que no era ni masculina ni femenina.
Una vez que las hermanas hubieron obedecido, una silueta negra se deslizó fuera de la aspillera y adoptó el filiforme aspecto de una de las sombras. Se adelantó para cerrarles el paso e inquirió:
—¡¿Traéis obsidiana?!
—No, eso vendrá más tarde —respondió Rhayn, haciéndose cargo de las negociaciones—. Por el momento, sólo traemos un pequeño regalo para demostrar nuestra buena voluntad, y a cambio buscamos un favor que pruebe la vuestra.
—¿Cuál es vuestro regalo? —preguntó la sombra.
—Noticias con respecto a Umbra y las minas de obsidiana de la familia Lubar —contestó Rhayn.
Como preparación para las negociaciones, Sadira había repetido a su hermana todo lo que Rikus y Er’Stali le habían contado sobre la relación de Maetan de Lubar con Umbra, el pueblo de las sombras y la Torre Primigenia. Tras enterarse de que la familia Lubar enviaba caravanas de obsidiana como pago por los servicios de Umbra, Rhayn declaró que no tendría problemas en obtener lo que querían de las sombras.
Al ver que la silueta no mostraba interés en lo que se había ofrecido hasta el momento, Rhayn siguió:
—Pensábamos que estaríais interesadas en resucitar el flujo de caravanas de obsidiana.
Esta oferta tuvo más éxito.
—Escucharemos lo que tengáis que decir —repuso la sombra; luego flotó a un lado y se desvaneció en el interior de la aspillera.
—Después de ti —dijo Rhayn, indicando a Sadira que se adelantara.
La hechicera pasó por encima de los restos del destrozado rastrillo y abrió el camino en dirección a la estrecha escalera situada al fondo. Descubrió que tendrían que tener aún más cuidado para ascender por la torre del que habían tenido para aproximarse a ella. Aunque cada escalón no tenía más que unos centímetros de altura, su anchura era la mitad de la longitud del pie de Sadira. Para empeorar las cosas, en algunos lugares la escalera estaba tan desgastada que se había convertido más bien en una rampa, cubierta con el polvo y la arena de un millar de años. La ascensión era tan traicionera que la resbaladiza ladera de una duna habría resultado más fácil de subir.
—Ten cuidado —advirtió Sadira—. Después de llegar tan lejos, sería una vergüenza herirse aquí.
—Los elfos no tropiezan en las escaleras —replicó Rhayn.
Sadira se dio la vuelta y, con mucho cuidado de cómo ponía el pie, inició la ascensión. Al mismo tiempo preguntó:
—¿No crees que prometiste demasiado ahí atrás?
—¿A qué me comprometí? —inquirió Rhayn.
—A nada, imagino. Pero es lo que diste a entender que podías hacer lo que me preocupa —dijo Sadira—. Cuando descubran que no podemos enviar caravanas de obsidiana, se enojarán… ¿Y adonde nos conducirá eso?
—Se sentirán interesados, y eso es todo lo que necesitamos —contestó Rhayn—. A lo mejor no les daremos obsidiana, pero averiguaremos qué otra cosa quieren y se la daremos; o les haremos creer que vamos a hacerlo.
—Espero que no estén acostumbrados a tratar con elfos —refunfuñó Sadira, meneando la cabeza.
Continuaron subiendo durante un tiempo interminable, escogiendo cada escalón con el mayor cuidado. Los muslos de Sadira no tardaron en empezar a dolerle por el esfuerzo de la inacabable ascensión, mientras que la tensión de apoyar todo el peso del cuerpo en las puntas de los pies le provocaba agarrotamientos en las pantorrillas. La hechicera intentó no hacer caso del dolor y concentrarse en la subida.
De vez en cuando, se detenía para descansar y aprovechaba para echar una ojeada al panorama. No se veía ni una duna de arena ni extensión de terreno baldío por ninguna parte. Allí donde mirara, el suelo estaba cubierto por la misma tonalidad verde: retama negra de un verde grisáceo en el horizonte, un anillo de matorrales tortuga de tinte marrón algo más cerca, y las ramas azuladas del bosque de bogos rodeando la torre. De no haber sido por los riesgos corridos para llegar hasta allí, habría valido la pena la ascensión sólo para contemplar un paisaje tan abundante en vida vegetal.
Durante uno de estos breves descansos, Sadira preguntó:
—¿Has visto alguna señal de Dhojakt?
Rhayn negó con la cabeza.
—Hay muchas criaturas ahí abajo, pero ninguna de ellas parece seguir nuestro mismo camino. —Hizo una seña a Sadira para que reanudara la ascensión—. Sigamos. Cuanto menos tiempo demos a nuestras víctimas para pensar, tanto mejor.
Las hermanas subieron el resto de la escalera sin detenerse y pronto llegaron a lo alto de la aguja. La escalera terminaba ante los muros de una pequeña fortaleza, construida toda ella en alabastro y rematada con un ondulante capitel de marfil. Al otro lado de las abiertas puertas, un sendero de bloques de piedra caliza cruzaba un inmenso estanque de relucientes aguas azules, para acabar en un minarete que surgía directamente del estanque. Esta torre estaba recubierta de ónice blanco y coronada por una cúpula de cristal que lanzaba destellos rosas bajo los rojos rayos del sol.
Tras atravesar la entrada, Rhayn y Sadira se arrodillaron a la orilla del estanque. A pesar de su sed, vacilaron en beber. El agua despedía un olor salobre y desagradable, y las afiladas hojas de alguna planta acuática cubrían todo el tanque. En los pocos lugares donde se podía ver el fondo, distinguieron una vegetación rocosa que recordaba las retorcidas ramas de un árbol de mirra, excepto que brillaba con una docena de colores diferentes, desde el rosa pálido al verde jade.
Sadira tomó con el hueco de la mano un poco de agua y, sin prestar atención al fétido olor, se la llevó a los labios; pero, cuando intentó tragar el horrible líquido, su garganta se rebeló ante el salado sabor y tuvo que volver a escupirlo en el estanque.
—Esa agua no es para beber —advirtió la voz de una sombra.
Las dos hermanas giraron en redondo y se encontraron con una docena de sombras de pie a su espalda. Todas las siluetas habían adoptado forma tridimensional, con los brillantes ojos azules clavados en ellas dos.
Mientras Sadira y Rhayn se incorporaban, el jefe exigió:
—Habladnos de Umbra.
—¿Quién eres tú? —inquirió Rhayn.
—Yo soy Khidar, jalifa en ausencia de Umbra —respondió la sombra—. Habladme de Umbra.
—Antes tienes que contestarnos a una pregunta —dijo Rhayn.
Khidar se adelantó y agarró a la elfa por la garganta. Una mancha negra empezó a ascender por su barbilla y a bajar por sus hombros.
—No hay nada que nosotros tengamos que hacer —gruñó la sombra, vomitando negros vapores sobre el rostro de Rhayn.
—Y yo no tengo por qué contarte lo que le sucedió a Umbra —replicó la elfa en respuesta al desafío.
—Cierto… ¡Puedes morir en su lugar!
La oscuridad siguió extendiéndose, cubriendo todo el rostro de Rhayn. Comprendiendo que o bien Khidar no comprendía el concepto de negociar o no deseaba hacerlo, Sadira gritó:
—¡Díselo!
Su hermana no pareció escucharla. En lugar de responder, mientras la oscuridad le engullía cabeza y pecho, Rhayn golpeó a su capturador. Sus puños atravesaron el cuerpo y, cuando los retiró, también ellos estaban cubiertos de oscuridad.
—¡Creemos que Umbra fue destruido! —le espetó Sadira—. ¡Ahora déjala!
Khidar soltó a la elfa, y la oscuridad desapareció del cuerpo de esta. Rhayn se desplomó sobre la calzada, temblando y tan pálida como los bloques de piedra caliza sobre los que yacía.
El jefe de las sombras se volvió hacia Sadira.
—Ahora que ya sabéis quién manda en esta torre, puedes contarme más cosas sobre lo que le sucedió a Umbra.
Sadira estudió a su hermana durante unos instantes, y luego volvió a mirar a Khidar.
—Antes de continuar, deja que te explique algo —dijo—. Rhayn y yo vinimos a la Torre Primigenia porque necesitamos vuestra ayuda. A menos que nos a deis, moriremos antes de haber cruzado el prado situado al pie de esta torre. De modo que, como puedes ver, tus amenazas no significan nada para nosotras.
—El mundo de las tinieblas no os resultaría un lugar muy agradable —siseó Khidar.
—Sospecho que me gustaría más que convertirme en una semibabosa y tener que pasarme el resto de la vida arrastrándome por el bosque de bogos —repuso Sadira. Al ver que la sombra guardaba silencio, la hechicera continuó—: Tu única elección es si nos ayudas o no… y lo mismo es aplicable a nosotras. Podemos decirte lo que sabemos sobre Umbra y la obsidiana de los Lubar o podemos negarnos.
—En cuyo caso, moriréis…
—Y no por ello estaremos peor que ahora —terció Rhayn, recuperando el control de su tembloroso cuerpo.
Viendo que Khidar no intentaba volver a amenazarlas, Sadira agregó:
—Deja que proponga esto: nosotras te diremos lo que necesitamos. Si accedes a facilitárnoslo, te diremos lo que sabemos de Umbra.
—Eso no sirve de nada —protestó Rhayn, poniéndose en pie—. ¿Cómo sabemos que no renegarán de su promesa?
—¿Cómo sabrán ellos que hemos dicho la verdad? —replicó Sadira—. En algún momento, tendremos que confiar unos en otros.
—Dinos lo que queréis —dijo Khidar.
—Poder —respondió Rhayn—. Quiero que utilices la magia de la torre para volverme tan poderosa que pueda convertirme en jefe de mi tribu.
—Tendrás poder en proporción al valor de lo que nos digas —asintió Khidar. Miró a Sadira—. ¿Y qué es lo que quieres tú?
La hechicera vaciló, preguntándose cómo reaccionarían si les decía la verdad. Al recordar la reticencia inicial de Lyanius a la idea de ayudarla a desafiar al dragón, pensó que quizá sería más sensato andarse con rodeos hasta poder averiguar más sobre el pueblo de las sombras. Por desgracia, como ya había comprobado hasta el momento, estas tenían poca paciencia para tales estratagemas negociadoras.
Temerosa de empeorar las cosas si se mostraba remilgada, Sadira aspiró con fuerza y declaró:
—Quiero impedir que el dragón tiranice mi ciudad.
Khidar se acercó más, los ardientes ojos azules clavados en los de Sadira.
—¡Desde luego, no creerás que podemos hacer eso por ti!
—No he pedido que lo hagáis por mí, pero sé que existe algo en esta torre que puede ayudarme a hacerlo por mí misma —respondió la hechicera—. De lo contrario el rey Tithian y el príncipe Dhojakt no se habrían esforzado tanto por impedir que llegara hasta ella.
Esto pareció satisfacer a la sombra.
—Haremos lo que podamos para ayudarte —anunció—. Ahora háblanos de Umbra.
—¿Estáis enterados de la guerra que tuvo lugar entre Tyr y Urik? —preguntó Sadira, refiriéndose a la invasión que Rikus había rechazado el año anterior. Al ver que las sombras asentían, Sadira continuó—: Durante esa guerra, un gran campeón de Tyr, el gladiador Rikus, luchó con Umbra en varias ocasiones. Durante su último combate, Umbra recibió una terrible herida…
—Eso es imposible —la interrumpió Khidar—. ¡Ninguna arma puede hacernos daño!
—La espada de Rikus era especial —replicó Sadira—. Era el Azote de Rkard, la hoja que…
—Borys de Ebe utilizó para matar a Rkard, el último de los reyes de Kemalok —terminó la sombra—. La espada es una de tan sólo unas pocas que pueden hacer lo que tú afirmas; pero ha estado perdida durante siglos. ¿Dónde la encontró ese Rikus?
—Se la entregó un grupo de enanos —explicó Sadira, animada por la familiaridad de Khidar con el arma. De todos modos, dejó el resto de los detalles intencionadamente vagos, para cumplir la promesa hecha a Neeva y Caelum sobre no revelar los tesoros de Kled—. Rikus también resultó herido durante el combate, y perdió el conocimiento antes de ver lo que sucedía con su enemigo. Cuando despertó, Umbra había desaparecido… aunque la zona del suelo donde había caído permanecía tan oscura y fría como la noche.
—Entonces Umbra realmente pereció —concluyó Khidar. Por la nota de alivio de su voz, la hechicera se dijo que no le desagradaban sus deberes como nuevo jefe del pueblo de las sombras—. Pero ¿por qué no se ha puesto nadie en contacto conmigo para que fuese a Urik en su lugar? Durante siglos, nuestra gente ha intercambiado los servicios del jalifa por la obsidiana de la familia Lubar.
—Después de que Urik perdió la guerra, el rey Hamanu destruyó a toda la familia como castigo por el fracaso de Maetan de Lubar al no conseguirle la victoria —repuso Sadira—. Si sobrevive algún Lubar, será como esclavo en una cantera, no como señor.
—Eso explica muchas cosas —comentó Khidar—. Parece que tendremos que encontrar otra fuente para nuestra obsidiana.
—Quizá pudiéramos llegar a un acuerdo —intervino Rhayn, adelantándose.
Khidar volvió las azules ascuas en dirección a su rostro.
—No sabía que los elfos extrajeran obsidiana.
—No seas vulgar —dijo ella, ofendida por la simple sugerencia de tal posibilidad—. Pero, en cuanto me convierta en jefe de los Corredores del Sol, podremos robar toda la que quieras.
—Dudo de que eso suceda —declaró Khidar.
—No subestimes las habilidades de los Corredores del Sol.
—No lo hago… Aunque dudo que una tribu de ladrones pudiera suministrarnos un centenar de esferas de obsidiana sin mácula cada año —contestó la sombra—. Lo que quería decir es que jamás te convertirás en su jefe.
—¿Qué? —exclamó Rhayn.
—Prometí darte poder en proporción a lo que nos dijeras —dijo Khidar—. No dijiste nada. Todo lo dijo ella. —Señaló a Sadira—. Por lo tanto, le daremos a ella lo que ha pedido…, pero no a ti.
—¡No intentes estafarme! —advirtió Rhayn al tiempo que introducía una mano en el estanque—. O juro que lo lamentarás.
—Tus hechizos no nos harán ningún daño —se mofó Khidar con una carcajada.
—Puede que no, pero puedo estropear este jardín —escupió.
Para dar credibilidad a su amenaza, empezó a absorber energía vital del estanque. Un remolino empezó a evolucionar bajo la mano, y una columna de vapor apareció en el lugar donde la energía empezaba a elevarse. Dado que el resto de la Torre Primigenia estaba hecho de la misma piedra porosa que la Roca Hendida, Sadira se dio cuenta de que el poder que absorbía su hermana sólo podía provenir de las plantas del estanque, y, a la velocidad a la que iba, en cuestión de segundos la elfa habría acabado con ellas por completo.
—¡Rhayn, no! —gritó Sadira, acercándose a su hermana.
—¿Realmente crees que te darán lo que quieres? —gruñó Rhayn—. Lo que quieren es que nos enfrentemos… ¡Y tú les estás haciendo el juego!
—Incluso aunque sea verdad, lo que haces está mal —afirmó Sadira.
Bajo la mano de Rhayn, las plantas empezaron a volverse marrones, y el desagradable olor de la podredumbre se elevó de la espumeante agua.
—¡Detente! —aulló Khidar.
—¿Por qué debería hacerlo? —inquirió la elfa—. Moriremos igualmente.
—No importa —intervino Sadira con los ojos fijos en la mancha marrón que iba extendiéndose por el estanque—. Esta es la última vez que te pido que te detengas.
—Pide todo lo que…
Rhayn no tuvo tiempo de terminar. Sadira se dejó caer sobre una rodilla y, girando sobre sí misma, utilizó la parte inferior de la pierna para derribar a su hermana. La elfa perdió el equilibrio y, con un grito de sorpresa, cayó al estanque de amarronadas aguas.
Media docena de sombras se deslizaron al interior del estanque sin provocar ni una ondulación en las aguas y, acercándose a la figura forcejeante de Rhayn, la sujetaron con fuerza por los brazos. Mientras la arrastraban a las profundidades del estanque, un manto negro empezó a extenderse lentamente por el cuerpo de la elfa. Rhayn se volvió hacia Sadira y abrió la boca para gritar. Esa fue la última vez que la hechicera vio a su hermana.
Por un momento, Sadira no pudo dejar de mirar el agua, con expresión taciturna y sombría. No se sentía culpable, sin embargo, pues Rhayn había estado profanando el jardín y, tal y como Sadira había aprendido en Nibenay, ni siquiera la traición de las sombras podía justificar el destrozo de un terreno fértil. Al querer llevar a cabo su mezquina venganza sobre el pueblo de las sombras hoy, la elfa había estado dispuesta a condenar a un incontable número de generaciones futuras a una existencia de dolor y miseria.
Mientras Sadira meditaba sobre el destino de su hermana, una mano helada le tocó el hombro.
—Vamos, hemos de damos prisa —dijo la voz de Khidar.
—¿Por qué? ¿Para que también podáis traicionarme? —replicó Sadira.
—No traicionamos a la elfa —respondió Khidar—; sencillamente nos atuvimos a la letra de nuestra promesa…
—En lugar de al espíritu —concluyó Sadira. Se incorporó y levantó los ojos para clavarlos en las azules ascuas que servían de ojos a la sombra—. ¿Tan difícil habría sido darle lo que pedía?
—No, pero entonces no habríamos podido darte a ti lo que querías —contestó Khidar—. ¿Lo habrías preferido?
—Al menos habría tenido motivos para confiar en ti —repuso Sadira, eludiendo una respuesta a tan difícil pregunta.
—El que confíes en nosotros o no, no importa —dijo la sombra—. Ahora ven. Debemos damos prisa o te transformarás en un animal estúpido y huirás antes de que podamos ayudarte.
Señaló las piedras sobre las que había caído la hechicera cuando derribó a Rhayn. Se veía una débil mancha sobre la piedra caliza. Sadira bajó la mirada y descubrió que se había arañado la rótula y ya empezaba a formarse un caparazón amarillo en los alrededores del rasguño.
Mientras Khidar la conducía en dirección a la torre del centro del estanque, Sadira preguntó:
—¿Por qué me ayudas… si es que es eso lo que haces? Habría sido fácil encontrar un pretexto y traicionarme, como hiciste con Rhayn.
—Ya te dije que vamos a cumplir nuestra palabra —repitió la sombra, aunque su tono indicaba que no le decía toda la verdad.
—Hay más de lo que dices —insistió Sadira, deteniéndose. Un espasmo de dolor le atenazó la pierna y apretó los dientes con fuerza—. Tienes algún motivo para querer que me enfrente al dragón.
—¿Qué te importa? Estamos dispuestos a ayudarte y eso es lo que importa.
—Si quiero tener una posibilidad de derrotar al dragón, tengo que averiguar todo lo que pueda sobre él y sobre este lugar —dijo Sadira—. De lo contrario, ya puedes dejarme morir aquí.
—Supongo que no hay ningún mal en contártelo, y a lo mejor incluso ayudará —decidió Khidar, iniciando el camino hacia la torre—. Fuiste lo bastante poderosa y despabilada para llegar hasta la torre por ti misma…, y eso es un buen presagio para la lucha a la que te enfrentas.
—Esto es todo muy interesante, pero sigue sin contestar a mi pregunta —respondió Sadira, sin permitir que la sombra la desviara del tema mediante la adulación.
—¿Cuánto sabes ya sobre la Torre Primigenia? —inquirió Khidar con un suspiro.
—Lo suficiente para imaginar que me llevas a la Cúpula de los Cristales —empezó a decir la hechicera y de ahí pasó a relatar con rapidez todo lo que Er’Stali le había contado: que los campeones se habían rebelado contra Rajaat y lo habían obligado a convertir a Borys en el dragón.
Sadira y Khidar llegaron a la Cúpula de los Cristales justo en el momento en que la muchacha llegaba al punto en que Jo’orsh y Sa’ram seguían a Borys hasta la Torre Primigenia.
En cuanto mencionó los nombres de los enanos, Khidar profirió:
—¡Ojalá que los espíritus de esos ladronzuelos no encuentren jamás la paz!
—¿Qué robaron? —preguntó Sadira arrugando el entrecejo.
—No tardarás en verlo —repuso la sombra, tendiéndole la mano—. Tendrás que cogerte a mí unos instantes.
La hechicera tomó la gélida mano, y tuvo que ahogar un grito de dolor cuando el contacto con la sombra empezó a arrebatarle todo el calor del cuerpo y la hizo temblar con un frío tan intenso como jamás lo había sentido. Khidar dio un paso al frente, y se fundió con la pared de ónice. La sombra arrastró a Sadira tras ella, y un escalofrío de náusea le recorrió el cuerpo cuando también ella atravesó la barrera. Al cabo de un momento, la sombra le soltó la mano.
—Bienvenida a la Cúpula de los Cristales —dijo—. Fue aquí donde Rajaat imbuyó a sus campeones con el poder para llevar a cabo su voluntad, y aquí donde los traidores lo obligaron a convertir a Borys en el dragón.
Al principio, la hechicera no pudo ver nada excepto un llameante fulgor rojo que daba vueltas a su alrededor como una neblina arrastrada por el viento. Cuando se habituó a la extraña luz, Sadira descubrió que la torre sólo albergaba una tenebrosa habitación. Un espejo abovedado hacía las veces de suelo, mientras que las verticales paredes blancas se alzaban hacia lo alto para sostener la cúpula de cristal que había visto desde la pasarela exterior.
Un haz de luz rosa descendía desde la cúpula al centro del espejo, donde se habían reunido una docena de esferas de obsidiana de diferentes tamaños. En un principio, a Sadira le pareció que las bolas debieran de haber rodado hacia los costados, pero entonces observó que las mantenían en su lugar unas diminutas cuñas de mármol. En el interior de cada globo se revolvía una voluta de luz azul, como si un ser vivo nadara en el negro cristal.
—¿Qué son esas cosas? —preguntó Sadira. La pierna le empezó a escocer de un modo insoportable y, cuando estiró la mano para rascarse, descubrió que una concha articulada de color amarillo la rodeaba por completo.
—Huevos —respondió Khidar, indicando con la mano a la hechicera que se acercara hacia las oscuras esferas.
Al apartarse de la pared, cojeando ligeramente, Sadira vio que había docenas de sombras de pie a lo largo del borde del suelo de espejo. Cada vez que exhalaban, chorros de vapor oscuro surgían de sus azules bocas y se alzaban hacia el techo para reunirse con la oscuridad que ya llenaba la habitación. La hechicera no sabía si las sombras ya estaban allí antes o acababan de penetrar en la sala, ya que, con las bocas cerradas, habría sido imposible distinguirlas de las lóbregas paredes.
—Debemos incubar a nuestros hijos aislados; luego, a medida que crecen, los transferimos de las esferas más pequeñas a otras mayores —explicó Khidar, señalando los globos de obsidiana con la espectral mano—. Antes de que llegaran Jo’orsh y Sa’ram, esto no era necesario. Los criábamos a todos juntos, en el interior de la lente oscura.
—¿La lente oscura? —repitió Sadira.
—Rajaat utilizaba la lente oscura para realizar su magia. Sin ella no podemos hacerte tan poderosa como tú querrías. Pero, si puedes robar a ese Rikus el Azote de Rkard, tendrás dos de las tres cosas que necesitas para matar al dragón.
—¿Podrías explicarlo con más claridad? —rogó Sadira—. ¿Por qué necesito el Azote de Rkard?
—Porque fue forjada por Rajaat —respondió Khidar—. No es tan sólo una de las pocas espadas que pueden herir al dragón, sino que también te protegerá de sus ataques. Ningún campeón, ni siquiera los traidores, puede golpear a quien empuña un arma forjada por Rajaat.
—Puedo obtener esa espada —aseguró Sadira—. Ahora dime, ¿qué es lo que harás por mí?
—Lo comprenderás mejor cuando hayamos terminado —contestó Khidar—. Pero básicamente te abriremos una nueva fuente de energía mágica; una que no se ha utilizado desde la época de Rajaat.
—¿Y la tercera cosa?
Khidar señaló un punto situado entre el suelo y el techo de la torre.
—La lente oscura —dijo—. Jamás matarás al dragón sin ella.
Sadira dirigió la mirada al lugar que le indicaba el dedo de la sombra y vio un enorme anillo de acero sujeto a las paredes. En este estaban incrustadas siete piedras preciosas diferentes, cada una tan grande como la cabeza de un semigigante. De la cara interior del anillo surgían seis barras de metal que sostenían otro anillo de acero situado justo sobre la parte central del suelo; por el tamaño de este aro vacío, Sadira dedujo que el cristal que había sujetado debía de tener el tamaño de un kank. Ahora el engarce estaba vacío, excepto por el haz de luz roja que lo atravesaba para bañar los huevos situados abajo.
—¿Dónde encontraré esta lente oscura? —inquirió la muchacha, preguntándose al mismo tiempo cómo la movería una vez que la localizara.
—Eso es algo que tienes que descubrir tú. No tenemos ni idea de adonde fueron Jo’orsh y Sa’ram después de abandonar la torre. Bien, ahora tendrás que soportar mi contacto una vez más. —Khidar extendió el brazo para tomar la mano de la hechicera—. Tengo que llevarte allí arriba, donde podemos hacer converger la magia del sol en ti.
—Aún no —dijo Sadira, apartándose.
Aunque la asustaba el cambio ocurrido en su pierna, la hechicera estaba decidida a averiguar todo lo que pudiera sobre la Torre Primigenia y el dragón. Además, estaba segura de que Khidar podría devolver la normalidad a su pierna, si es que el pueblo de las sombras decía la verdad cuando se habían ofrecido a curar a Magnus.
—¿Qué obtenéis vosotros al ayudarme? —quiso saber.
Una nube negra abandonó la boca de Khidar.
—Nuestra recompensa es muy simple —repuso—. Nuestra raza nació de la magia que convirtió a Borys en dragón. Somos los descendientes de los leales siervos de Rajaat…, de los hombres y mujeres que los campeones sacrificaron para completar la traición a su señor. Cuando Borys muera, nuestra raza se verá liberada de esta fatalidad.
—Gracias —dijo Sadira y, tras asentir con la cabeza, añadió—: Ahora estoy lista.
Khidar tomó a la hechicera en sus brazos. Un frío insoportable se apoderó de todo el cuerpo de la muchacha, produciéndole un terrible escozor en la piel y helándole la carne hasta la médula. Una mancha negra empezó a extenderse desde el punto en que los oscuros brazos la rodeaban, y con ella llegó también un gélido entumecimiento de los miembros que recordaba a la muerte. La hechicera sintió que se le doblaban las rodillas y acto seguido se derrumbó en los brazos de la sombra.
Khidar se elevó por los aires, transportando con él el cuerpo tembloroso de Sadira. A sus pies, el resto de las sombras avanzaron hacia el centro de la habitación, donde empezaron a revolotear en una salvaje y rítmica danza. Centelleantes haces de luz comenzaron a brotar del espejo, para ir a atravesar las joyas incrustadas en el anillo de acero que antiguamente sostenía la lente oscura.
Khidar llevó a Sadira casi hasta la cúpula de cristal antes de detenerse. La hechicera descubrió que ahora su cuerpo se parecía al de él: una silueta negra, sin nada que recordara su enjuto cuerpo ni su femenina figura. A los pies de la muchacha, un chorro de luz multicolor brincaba en las paredes, procedente de las joyas del aro de la lente, para ir a lamerle los pies como llamas que no despedían calor.
Mientras Sadira contemplaba el espectáculo, los bailarines rayos se juntaron entre sí para formar un prisma de luz. La explosión que siguió a esto dio paso a una reluciente nube de color, que subió como el agua hirviendo hasta llegar bajo sus pies. Un profundo y sonoro trueno retumbó desde el núcleo de la tormenta. Rayos de luz dorada y negros relámpagos de oscuridad cayeron sobre ella, enviando ardientes oleadas de dolor y un suplicio de gélidos aguijonazos por todo su cuerpo. Sadira se sintió resbalar de los helados brazos de Khidar y, mientras se hundía en una tormenta de color, se escuchó a sí misma gritar de dolor.
Pero, cuando el eco le devolvió su voz, esta estaba llena de júbilo y triunfo.