14: Un nuevo jefe

14

Un nuevo jefe

Dos guerreras elfas, con los hombros presionados uno contra otro y un brazo pasado alrededor del cogote de la otra se encontraban en el centro de un sucio círculo que los niños habían limpiado cuidadosamente de piedras. Las dos luchadoras se habían cubierto los cuerpos con un aceite extraído de brotes tiernos de yara, se habían afeitado la cabeza, y se habían desnudado hasta quedarse sólo en taparrabos. Ambas mujeres respiraban pesadamente, y los poderosos músculos de sus largas piernas parecían a punto de estallar por el esfuerzo mientras luchaban por mantener el equilibrio.

El resto de la tribu permanecía fuera del redondel. Los adultos animaban a la luchadora por la que habían apostado, en tanto los niños imitaban el combate luchando entre ellos sobre el pedregoso suelo. Magnus yacía boca abajo en el extremo opuesto del círculo, con la alfileteada espalda cubierta de un maloliente bálsamo que los elfos afirmaban mitigaría el escozor de las innumerables heridas de flecha sufridas esa mañana. A juzgar por la expresión vacante de su rostro y el tono gris de sus ojos, el bálsamo había cumplido su cometido mediante el simple método de sumirlo en la somnolencia.

Faenaeyon presidía, sentado sobre una roca cerca de Magnus, con un enorme frasco de broy en la mano. Tenía el rostro contorsionado en una mueca, con una furiosa lucecita gris ardiendo en las profundidades de sus vidriosos ojos hundidos, y se mordía las uñas sin cesar, sin que al parecer se diera cuenta de cómo se arrancaba pedazos de cutícula.

Mientras Sadira contemplaba a su padre, la más alta de las dos luchadoras consiguió deslizar el brazo libre alrededor de la cintura de su oponente y giró por debajo de los hombros de la otra.

—¡Bien, Katza! —aulló Huyar, junto con docenas de otros miembros de la tribu—. ¡Acaba ya!

Katza, una mujer con un rostro muy arrugado y a la que faltaba el extremo de una de sus puntiagudas orejas, se echó a su oponente a la espalda y, haciendo girar los hombros, lanzó a la otra mujer por los aires. La mujer, que era algo más baja que su oponente y la mitad de fornida, extendió los brazos para frenar la caída. Por un momento, dio la impresión de que iba a caer de espaldas, pero luego, en el último instante, colocó los pies en el suelo y saltó a un lado en una voltereta lateral. Aterrizando justo en el interior del círculo, la luchadora giró en redondo y clavó los llameantes ojos negros en su rival.

—¡Vamos, Grissi! —la animó Rhayn—. ¡Arroja a esa ramera amazona de kanks a los matorrales!

Katza lanzó una furiosa mirada a Rhayn. Decir de un elfo puro que monta en un kank era un insulto terrible, pues daba a entender que este no era lo bastante rápido para mantener el ritmo de la marcha de su tribu a pie.

—¡Tú serás la siguiente, novia de un tul’k! —rugió la luchadora.

—¿Cómo lucharás con una pierna rota? —quiso saber Grissi, adelantándose.

Aunque Faenaeyon había convocado el torneo de lucha para celebrar la huida de Nibenay, la tribu no parecía estar de un humor muy festivo. Si el jefe había esperado que el torneo uniría más a sus guerreros, se había equivocado por completo. Hasta ahora, cada combate se había deteriorado en una rivalidad entre Rhayn y Huyar, mientras sus partidarios tomaban partido detrás de ellos. El resto de la tribu apostaba más sobre qué grupo obtendría la victoria que sobre los luchadores mismos.

Cuando Grissi se acercó al centro del redondel, Katza se deslizó a un lado y lanzó una pierna al frente en una violenta patada. El golpe dio a la elfa más menuda en pleno rostro, y el pulgar le acertó justo en el ojo. Las rodillas de Grissi se doblaron, y esta se llevó las manos al ojo, incapaz casi de mantenerse en pie. Todos los reunidos lanzaron una exclamación de asombro. Incluso Faenaeyon parpadeó sorprendido, pero nadie gritó «juego sucio».

Katza se adelantó con expresión complacida, los brazos extendidos para agarrar a su tambaleante oponente. Grissi dejó que le cogiera el brazo, concentrados sus esfuerzos al parecer en mantenerse en pie. La elfa de oreja caída tiró de su aturdida adversaria, dispuesta a efectuar el golpe definitivo.

Justo en ese momento, Grissi volvió a la acción. Encogió el brazo que Katza había cogido, arrastrando con él a su sorprendida adversaria, y golpeó con su frente el puente de la nariz de Katza; el cartílago se rompió con un sonoro crujido, y la sangre empezó a correr a raudales por ambas aletas.

Mientras Katza se llevaba ambas manos al rostro, Grissi la sujetó por el cuello con un brazo y se acuclilló para pasar el otro por entre los muslos de su oponente. Tras echarse el cuerpo de Katza sobre los hombros, se incorporó en un rápido movimiento y lanzó a la desorejada elfa fuera del círculo. Cinco de los partidarios de Huyar tuvieron el tiempo justo de hacerse a un lado mientras Katza pasaba volando junto a ellos para ir a estrellarse contra un montón de piedras.

—Yo gano —gruñó Grissi, sin molestarse en comprobar si su oponente sería capaz de volver a ponerse en pie. Tenía el ojo inyectado en sangre y muy enrojecido, pero al parecer intacto—. ¿Quién es el siguiente?

Un joven elfo situado junto a Huyar empezó a quitarse la ropa.

—Tus trucos no me engañarán —anunció, arrojando su chilaba al suelo—. ¡Afeitadme la cabeza!

Mientras los amigos del joven lo preparaban para la competición, el campamento se llenó con el zumbido de los cuchicheos de elfos que liquidaban antiguas apuestas y realizaban otras nuevas. Dos de los hijos mayores de Katza arrastraron a su madre fuera de allí para que se recuperase, pero nadie más le prestó la menor atención.

La mujer de ojos verdes que había intentado ayudar a Sadira durante la huida del mercado elfo se acercó a la hechicera. Sadira sabía ahora que la mujer se llamaba Meredyd, ya que una de las primeras cosas que la hechicera había hecho nada más reunirse con la tribu fue darle las gracias por sus esfuerzos.

Los labios de Meredyd se extendían de oreja a oreja en una afectada sonrisa. La mujer tenía una profunda hendidura en la larga barbilla y una maraña de cabellos castaños que apenas si ocultaban las puntas de sus puntiagudas orejas. Sus caderas y abdomen estaban hinchados hasta tal punto por efectos del embarazo que Sadira se maravillaba de que hubiera encontrado fuerzas para llevar a cabo la larga carrera desde Nibenay.

—He observado que no tienes cuchillo —dijo Meredyd. Introdujo una mano bajo su chilaba y sacó una larga daga con una hoja de afilado hueso; el mango de marfil había sido tallado para representar una pareja de serpientes entrelazadas, cuyas cabezas formaban el pomo—. Encontré este en Nibenay —siguió—. A lo mejor te gustaría tenerlo…

La oferta no era tan generosa como parecía. Al inicio del torneo de lucha, Faenaeyon había anunciado la auténtica identidad de Sadira y había declarado a la muchacha miembro de los Corredores del Sol. Todo el mundo había actuado como si el jefe le concediera un gran honor a la hechicera, pero las intenciones reales del elfo no habían pasado inadvertidas a la muchacha. Al nombrarla miembro de la tribu, intentaba infundirle un sentimiento de obligación que pudiera facilitarle el hacer valer su autoridad.

Desde entonces, a Sadira se le habían hecho muchos regalos, incluida la nueva capa con que se cubría y las suaves botas de piel que calzaba. Pero, como la hechicera había descubierto enseguida, cada presente suponía la obligación de expresar verbalmente su apoyo a una solicitud que se le iba a hacer a Faenaeyon.

—No me iría mal la daga —asintió Sadira—. ¿Qué quieres a cambio?

La sonrisa de Meredyd se tornó más sincera.

—¿Conoces al daeg de Esylk, Crekun?

La hechicera asintió. Crekun era un apuesto varón de otra tribu que había resultado gravemente herido durante una batalla con los Corredores del Sol. Esylk lo había colocado en una litera y lo había cuidado hasta que recuperó la salud, y desde entonces había sido su esclavo.

—¿Qué pasa con Crekun?

La mano de Meredyd resbaló hasta el hinchado vientre.

—Sería mucho mejor para esta criatura si Crekun fuera un Corredor del Sol. —Con una mueca asesina en el rostro, dirigió una rápida mirada a una mujer de cabellos rojizos de figura bronceada y labios gruesos. El blanco de la animosidad de Meredyd se encontraba cerca de Huyar, afeitando la cabeza del joven guerrero que estaba a punto de retar a Grissi—. De lo contrario, si resulta que se parece a su padre, Esylk reclamará a la criatura como propiedad suya; probablemente cuando estemos cerca del mercado de esclavos de alguna ciudad.

—No se venderán niños como esclavos si yo puedo evitarlo —dijo Sadira, aceptando el regalo de manos de Meredyd.

Mientras enfundaba el arma, el hijo mayor de Katza, Cyne, regresó del campamento de su madre con un odre de broy. Se abrió paso hasta quedar delante del grupo de personas y, pasando junto a la litera de Magnus, ofreció el fermentado néctar de kank a Faenaeyon.

—El brazo de mi madre está roto. Por lo tanto, pido que Grissi realice su próximo combate con un brazo atado al costado. —Ni se molestó en emplear el acostumbrado ardid de fingir que su regalo tenía como intención cualquier otra cosa excepto un soborno.

Faenaeyon apenas se dignó dedicar una mirada al muchacho mientras tomaba el broy. Depositando el odre en el suelo junto a él, el jefe miró por encima de la cabeza del chico al resto de los reunidos.

Tal y como Sadira esperaba, los seguidores de Huyar expresaron su acuerdo con la sugerencia del joven, y los partidarios de Rhayn se opusieron. Pero su impaciencia le costó a Cyne el apoyo de la mayoría de los elfos, que seguían en una posición neutral en el conflicto entre Huyar y Rhayn. Irritados por su descortesía al no comprar su apoyo con regalos o promesas, también ellos alzaron su voz en contra de su propuesta. Algunos fueron incluso hasta el extremo de sugerir que fuese el oponente de Grissi quien llevara el brazo atado.

Tras calibrar la reacción de su tribu, Faenaeyon volvió los ojos hacia el muchacho.

—Ya oíste a la tribu —declaró. Aunque su voz resultaba ya pastosa, volvió a llenar su frasco con el odre que el muchacho le había dado—. Gracias por el broy.

Cyne hizo un rápido movimiento con la muñeca y una moneda de plata se escapó de la manga de su chilaba. Sosteniendo el disco de metal frente a los ojos de Faenaeyon, dijo:

—No es a la tribu a quien lo pido.

Los ojos del jefe se clavaron en la moneda, y este plantó la palma extendida de su mano bajo las narices del muchacho.

—¿Es esa mi moneda?

—Lo es ahora —repuso el joven, dejando caer la plata sobre la mano extendida. Permaneció de pie ante Faenaeyon mientras el jefe friccionaba la superficie de la moneda entre las puntas de los dedos.

—Grissi luchará con un brazo atado al costado —anunció finalmente Faenaeyon.

Un murmullo de desaprobación recorrió el campamento, pero Faenaeyon lo silenció con rapidez mediante una severa mirada. Por lo que Sadira había averiguado sobre política tribal, la mayoría de los jefes aceptaban sobornos; pero sólo con un pretexto adecuado. No obstante, su padre hacía caso omiso incluso de esta mínima convención, confiando en su fuerte brazo para evitar que sus guerreros protestasen con demasiada energía.

Cyne se apartó del jefe y dirigió a Grissi una mueca triunfal. La mujer sostuvo su mirada y lanzó una risita sarcástica, antes de volverse de nuevo hacia el hombre que la había desafiado.

—Enseguida estaré lista —anunció, apartándose para que le ataran el brazo—. ¿Y tú, Nefen?

Nefen se adelantó, frotando un último puñado de yara sobre su piel.

—Soy yo quien espera ahora.

Observando que su padre todavía no había apartado la vista de su nueva moneda, Sadira susurró a Meredyd:

—Espero que tengas algo de plata en reserva.

La embarazada elfa negó con la cabeza.

—Todo lo que puedo esperar es que Esylk tampoco tenga.

Grissi penetró en el redondel con un brazo atado a la cintura, y Nefen también entró por el lado opuesto. No se produjo un desafío formal, ni ninguna declaración que anunciara que el combate se iniciaba; los reunidos simplemente callaron, y los dos luchadores avanzaron el uno contra el otro con odio en la mirada.

Seguro de que podría vencer con facilidad a un oponente que se encontraba en inferioridad de condiciones, Nefen se lanzó al frente. Fue un gran error. Grissi detuvo su carga lanzando una potente patada a su estómago, y, mientras su oponente rugía de sorpresa y dolor, giró rápidamente en redondo y utilizó la otra pierna para volver a patearlo. Debido al impulso del giro, el golpe levantó a Nefen del suelo y lo envió por los aires fuera del círculo. El luchador fue a estrellarse contra Esylk, y ambos cayeron al suelo.

—¡Eso no es luchar! —objetó Huyar.

—Puede que sí, puede que no… pero ella ha ganado. Eso es lo que cuenta —respondió Rhayn, adelantándose para desatar el brazo de su campeona antes de que alguien sugiriera que lo mantuviera atado durante el resto del torneo—. ¿Quién sigue?

Al ver que nadie se ofrecía de inmediato, Meredyd aprovechó la pausa para acercarse a la roca en la que se sentaba Faenaeyon. Sacó de debajo de su capa una hermosa bolsa para colgar del cinturón hecha de escamas de lagarto laqueadas y la ofreció al jefe. Este continuó contemplando la moneda que el hijo de Katza le había dado sin darse cuenta, al parecer, de la presencia de la embarazada elfa ni de su regalo.

—Faenaeyon, tengo algo aquí para que guardes en su interior tu moneda —dijo ella.

El jefe levantó la vista y, con un brillo de avaricia en los ojos, le arrebató la bolsa.

Meredyd aguardó un instante a que le diera las gracias, pero no lo hizo. Finalmente, la mujer siguió adelante con su petición.

—Me parece que Crekun ha sido el daeg de Esylk durante un tiempo más que suficiente —manifestó—. Crekun debería ser ya un Corredor del Sol.

Al contrario que el hijo de Katza, Meredyd había preparado con sumo cuidado su caso con el resto de la tribu. Casi la mitad de los guerreros presentes alzaron sus voces para expresar su aprobación. Tan sólo Huyar y un puñado de amigos de Esylk se opusieron a la sugerencia.

Faenaeyon respondió al coro de voces levantando la bolsa de Meredyd hasta su oído y agitándola. Al no escuchar nada en su interior, el jefe frunció el entrecejo y miró a la mujer que se la había entregado.

—Está vacía.

La esperanzada sonrisa de los labios de Meredyd se esfumó.

—Era mi intención llenar la bolsa de plata —contestó, incapaz casi de controlar su cólera—, pero nuestra repentina salida de Nibenay me lo impidió.

Faenaeyon se encogió de hombros; luego abrió la bolsa y deslizó su moneda de plata en el interior.

—Te doy las gracias por la bolsa —dijo mientras la ataba a su cinturón—. Pero me temo que Crekun no ha olvidado su lealtad para con los Nadadores de las Arenas. Seguirá siendo el cónyuge de Esylk durante… —El jefe dejó sin terminar la frase mientras estudiaba el hinchado vientre de Meredyd—. Seguirá como cónyuge de Esylk durante otros dos meses… a menos que tengas una moneda que depositar en mi nueva bolsa.

Meredyd entrecerró los ojos y contempló a Faenaeyon con descarado odio. Viendo que la mano de la mujer se deslizaba hacia su daga, Sadira se adelantó para impedir que hiciera alguna tontería. Nada más penetrar la hechicera en el redondel, Huyar la siguió, con Rhayn pisándole los talones.

—¡Cuando era una niña, mi madre no hablaba de otra cosa que de lo sabiamente y bien que gobernabas a la tribu! —gruñó Meredyd—. Pero ahora parecemos más esclavos de las canteras que elfos…

Sadira sujetó el brazo de Meredyd y la apartó de la roca, tropezando casi con la yaciente figura de Magnus.

—Ven y toma un poco más de broy. A lo mejor la bebida que te ha soltado la lengua la hará dormir ahora —dijo en voz alta; luego, en voz más baja, musitó—: ¿Ayudará a tu hijo el que te maten?

Meredyd estudió a Sadira unos instantes con ojos llameantes de furia.

—¡No dejaré que Esylk venda esta criatura! —le espetó.

—Lo que mi propiedad produce me pertenece —declaró Esylk, abriéndose paso hasta la parte delantera del pequeño grupo reunido cerca del jefe.

—Una criatura pertenece a su madre —replicó Sadira, dedicando a Esylk una mirada furiosa.

—Ese es un buen punto, Sadira —dijo de improviso Faenaeyon—. Me has convencido.

Sadira miró por encima del hombro y vio que Rhayn y Huyar se encontraban ahora uno a cada lado de su padre. Entre el pulgar y el índice, Rhayn sostenía un pequeño círculo de reluciente metal dorado. Los extasiados ojos de Faenaeyon estaban fijos en el disco, al igual que los de toda la tribu… y por un buen motivo: en Athas, ni siquiera los diamantes eran tan escasos como las monedas de oro.

—Desde este momento, Crekun es un Corredor del Sol —anunció el jefe—. Los niños engendrados por él serán tratados como niños engendrados por cualquier otro de nuestros guerreros.

—Eres muy sabio, jefe mío —aprobó Rhayn con una sonrisa, pasando la mano por encima del broy de su padre y dejando caer la moneda de oro en su interior.

Faenaeyon abrió los ojos de par en par y apuró al instante el contenido del frasco de un solo trago. Cuando terminó, tomó la moneda de oro de entre sus dientes y la limpió con sumo cuidado sobre su chilaba.

—Esa no es manera de tratar el oro —se quejó, introduciendo la moneda en la bolsa que Meredyd le había dado.

—Mis disculpas —se excusó Rhayn. Recogió del suelo el odre de broy que Cyne había traído antes y volvió a llenar el frasco vacío de Faenaeyon—. Bebe, padre.

Mientras Faenaeyon se llevaba el recipiente a los labios, Sadira se reunió con su hermana.

—Esto ha sido extraordinariamente generoso —susurró—. ¿O es que tan sólo quieres desconcertar a Huyar?

—Hice lo que era mejor para la tribu —respondió Rhayn, tomando a Sadira del brazo y conduciéndola lejos de los demás elfos—. Meredyd se ganó el favor de muchos guerreros. Faenaeyon se equivocaba al no hacerles caso sólo porque ella no tenía monedas.

—¡Pero una moneda de oro! —exclamó Sadira—. ¿Dónde la encontraste?

—Tengo la costumbre de guardar cosas que pueden resultar útiles en momentos cruciales —respondió Rhayn, encaminándose a la hoguera de su familia—. Y, ahora, debo pedirte que me des algo que has estado guardando.

Rhayn se llevó un dedo a los labios y no dijo nada más hasta que llegaron a su destino. Todos sus hijos se encontraban aún en el combate, de modo que las dos mujeres estaban completamente solas.

—No voy a darte el antídoto —musitó Sadira, dando por supuesto que era esto lo que su hermana quería—. No quiero que se envenene a Faenaeyon.

—¿Por qué no? —exigió Rhayn mientras abría la albarda de un kank—. Ya has visto cómo puede ser, y no tengo más monedas. ¿Cómo sobornarás a nuestro jefe cuando Huyar exija venganza por la muerte de Gaefal?

—No importa —contestó Sadira—. Únicamente Faenaeyon sabe cómo encontrar la Torre Primigenia.

—Te conduciré a la Roca Hendida —ofreció Rhayn—. Por lo que me ha dicho Magnus, puedes seguir sola desde allí.

La hechicera sacudió la cabeza.

—Me arriesgaré con Faenaeyon.

—¿Qué te hace pensar que cumplirá la promesa de Huyar? —inquirió la otra. Sacó el odre de vino que ella y Magnus habían llenado con el contenido del barril envenenado.

—A lo mejor no lo hará, pero ¿por qué no habría de llevarme al menos hasta la Roca Hendida?

—Porque la tribu necesita dinero, y ese pozo está muy lejos de cualquier ciudad o ruta de caravanas donde podamos robarlo. Pero no tienes por qué aceptar mi palabra; esta noche presentaremos nuestras solicitudes ante el jefe. Haz la tuya y veamos qué dice.

Sadira estudió a la elfa largo rato en un intento de pensar en un motivo por el que no debiera hacer lo que su hermana sugería. Al no ocurrírsele ninguno, asintió y dio media vuelta para marcharse.

—Lo haré.

Rhayn la cogió por el hombro.

—Necesitarás un regalo —dijo, entregándole el odre de vino—. Coge dos copas, y pon el antídoto en una. Si Faenaeyon acepta llevarte, vierte el vino en la que tenga el antídoto.

La elfa no necesitó decir lo que Sadira debía hacer si este rehusaba. Ella y Rhayn prepararon el regalo, y luego la hechicera depositó unas gotas del antídoto en su lengua… por si tenía que beber de la copa que no lo llevaba. Regresaron a la zona de lucha; Sadira transportaba el odre de vino al hombro y una jarra en cada mano.

Cuando Faenaeyon vio a las dos hermanas, hizo una señal a Rhayn para que fuera a su lado.

—¡Hija! —saludó al tiempo que le entregaba una jarra de broy—. Ven y bebe conmigo.

El jefe hizo chocar su jarra con la de su hija, y ambos se bebieron el agrio líquido como si fuera agua. Cuando Faenaeyon volvió a bajar su recipiente, Sadira se adelantó para efectuar su petición pero Huyar se lo impidió y llenó otra vez la jarra de su padre de su propio odre.

—Lamento no tener una moneda de oro que poder darte, jefe mío —dijo el elfo.

—También yo —respondió Faenaeyon, bizqueando por culpa del alcohol.

—Me duele ver al jefe de los Corredores del Sol con tan pocas monedas en su bolsa —continuó Huyar mientras dedicaba a Sadira una mirada de soslayo—. Es una lástima que a la nueva hechicera de la tribu no se le ocurriera recuperar tus monedas cuando te rescató del mercado de esclavos… o a lo mejor lo hizo. ¿No podría ser que Rhayn te hubiera regalado tu propia moneda?

—¡Sabes muy bien que no es así! —profirió Rhayn—. Estabas con nosotros cuando huimos de Nibenay. ¿Viste alguna de las bolsas de Faenaeyon?

—Eso no quiere decir que no estuvieran allí —arguyó Huyar—. Sadira es una hechicera poderosa. Le habría sido muy sencillo ocultarlas.

Faenaeyon dedicó a Sadira una torva mirada.

—Eso es cierto —dijo, hablando con gran dificultad por culpa de la bebida—. ¿Me robaste mis monedas, mujer?

—¡No! —gruñó Sadira—. Si Huyar tuviera al menos el sentido común de un insecto, se daría cuenta de que no te habrían enviado al mercado de esclavos con las bolsas colgando del cinturón. En estos momentos, tus monedas deben descansar en los sótanos del rey-hechicero. —Lanzó una mirada enfurecida a su rival y añadió—: A lo mejor él estaría dispuesto a ir allí y recuperarlas para ti…

—Lo que me gustaría hacer y lo que es posible son cosas diferentes —repuso el guerrero.

—Una buena respuesta —rio Faenaeyon. Devolvió su atención a Sadira, quien todavía sostenía las copas y el odre—. Y bien, ¿qué tienes aquí?

—Vino —respondió Sadira.

—No es tan bueno como el oro, pero servirá —declaró Faenaeyon, extendiendo la mano hacia la copa que contenía el antídoto.

Sadira la apartó.

—Primero, tengo una petición.

El jefe retiró la mano con expresión enojada.

—Confío en que no será algo muy difícil de cumplir.

—Simplemente responde a una pregunta —replicó Sadira—. ¿Piensas hacer honor a la promesa de Huyar? El vino es mi regalo para ti siempre y cuando respondas con la verdad.

Faenaeyon la estudió con una mueca de indecisión.

—Los Corredores del Sol tienen mejores lugares a los que ir que la Torre Primigenia —dijo al fin, apoderándose de la jarra que había intentado coger antes, la que llevaba el antídoto—. ¡Ahora dame mi vino!

Sadira maldijo en silencio, pero sonrió a Faenaeyon y llenó la copa. Sin embargo, antes de que este pudiera beber, dijo:

—¿No te diste cuenta de que traje dos jarras?

—¿Y? —inquirió Faenaeyon con una mueca despectiva.

—Pensé que te gustaría compartir el regalo con tu hija favorita —explicó la hechicera, indicando a su hermana. Rhayn hizo una mueca, no muy segura de cuál de las dos copas contenía el antídoto. Sadira le sonrió con la esperanza de que el gesto tranquilizara a Rhayn, y añadió—: ¿Una moneda de oro no se merece un buen regalo a cambio?

—Sí que se lo merece —sonrió Faenaeyon, entregando la jarra a su hija.

Rhayn palideció, pero aceptó el riño.

* * *

No obstante las festividades de la noche anterior, la tribu lo tenía ya todo guardado y se encontraba lista para partir a media mañana. Sadira, que se había quedado despierta hasta tarde estudiando su libro de hechizos, se encontraba entre los últimos en unirse a la fila. La hechicera cabalgaba en uno de los kanks de su hermana, conduciendo a la bestia sobre la que iba Magnus, ubicado de modo que tuviera el viento a favor. La espalda del cantor del viento estaba cubierta de una nueva capa de bálsamo, y la muchacha seguía encontrando el acre aroma terriblemente ofensivo.

Sadira se sentía satisfecha de haber hecho que Magnus se ocupara de su mordedura de cilop antes de que ella hiciera lo propio con los aguijonazos de flecha de la espalda del cantor del viento. La canción que había entonado esa mañana había sido tan efectiva que ya se consideraba curada, y la única señal de la herida que quedaba era una ligera tirantez en el músculo. De haber esperado a después de haber extendido la pomada por la espalda del cantor del viento, todavía sentiría dolor. Nada más tocar el ungüento la nudosa piel, Magnus se había sumido en un sopor tan intenso que apenas si podía hablar, y mucho menos cantar.

Sadira localizó a Rhayn cerca de la cabecera de la tribu; su hijo más pequeño iba colgado a la espalda, y el resto de sus hijos montaban en kanks detrás de ella. La hechicera cabalgó para reunirse con su hermana sin poder reprimir un bostezo.

—¿Por qué estás tan cansada? —inquirió Rhayn.

—Estuve despierta hasta muy tarde —respondió Sadira, dando una palmadita al morral donde guardaba su libro de hechizos—. Consideré prudente aprender algunos hechizos especiales, por si Dhojakt nos sigue.

—Una buena precaución, pero no es excusa para estar cansada —replicó Rhayn—. Yo me siento estupendamente, y no he dormido en absoluto.

—¿Entonces cómo pasaste la noche?

Rhayn dedicó a su hermana una sonrisa burlona.

—Reforzando mi apoyo —dijo—. Hoy los Corredores del Sol escogen un nuevo jefe…, aunque puede que no se den cuenta de lo que hacen. —Hizo una señal a Sadira para que desmontara, y condujo a la semielfa hasta un grupito de guerreros.

Nada más unirse al grupo, Sadira vio a Faenaeyon tendido sobre el suelo. El jefe yacía con los hundidos ojos cubiertos por un tosco pedazo de tela, y la lengua sobresaliendo ligeramente por entre los labios; su piel aparecía blanquecina, y el sudor corría por su rostro en diminutos riachuelos. Sadira se sintió culpable, y una sensación de náusea se apoderó de su estómago.

Si Rhayn sintió alguna emoción parecida, no lo demostró. La elfa se dirigió a grandes zancadas hacia Huyar y señaló con el dedo la pálida figura del jefe.

—¿Qué le hiciste? —bramó—. ¿Tenías miedo de que cambiara de idea y te obligara a mantener la promesa que efectuaste a Sadira?

Sadira se mordió el labio inferior, asombrada por la desfachatez de su hermana. La audacia de Rhayn le recordó a Tithian, y eso la asustó, más por los Corredores del Sol que por ella misma.

Cualquiera que fueran los recelos de Sadira, el ataque cumplió su propósito; Huyar se puso de inmediato a la defensiva.

—No fui yo —saltó, señalando a Sadira—. Esta es la segunda vez que le ha ofrecido vino, y es la segunda vez que se ha puesto enfermo.

Rhayn arrugó la frente, pensativa, y miró a Sadira como si meditara sobre aquella afirmación. Por un instante, la hechicera temió que su hermana fuera a traicionarla, pero la elfa volvió a mirar por fin a Huyar y sacudió la cabeza negativamente.

—Entonces, ¿cómo es que yo no estoy enferma? —preguntó—. Bebí tanto vino como Faenaeyon.

Al comprobar que Huyar no podía facilitar una respuesta, Rhayn señaló con la mano el pálido rostro de Faenaeyon.

—Lo que sea que le suceda, no quiero esperar aquí hasta que se recupere. Estamos demasiado cerca de Nibenay.

—Estoy de acuerdo —convino Huyar con un tono de voz bastante razonable—. Pienso que debemos marchar hacia el sur, en dirección a las rutas comerciales de Altaruk.

—Yo digo que mantengamos tu promesa a Sadira —declaró Rhayn, y señaló al este.

—¿Estás loca? —chilló Huyar—. Ya oíste lo que dijo Faenaeyon sobre la torre.

—No vamos a ir a la Torre Primigenia, sólo al pozo de la Roca Hendida —respondió Rhayn—. Desde allí, Sadira puede encontrar el camino.

—No —se opuso Huyar—. Todavía queda la cuestión de la muerte de mi hermano.

—Y Faenaeyon juzgará eso cuando se recupere… Sin duda mucho antes de que lleguemos al pozo —replicó Rhayn.

Huyar sacudió la cabeza con tozudez.

—No lo permitiré.

—No eres tú quien debe decidir —interpuso Rhayn.

Grissi se acercó a ambos.

—Yo diría que nos encontramos ante un callejón sin salida. —Se colocó entre los dos y empezó a arrastrar el talón del pie sobre el polvo, marcando una débil línea sobre el pedregoso suelo. Cuando hubo terminado, pasó por encima de ella y se colocó junto a Rhayn.

Una revoloteante nube de polvo se elevó de la revuelta masa mientras los elfos se empujaban unos a otros a un lado y a otro de la línea. En pocos instantes, la línea dibujada por Grissi quedó totalmente borrada, pero no existía la menor duda sobre el lugar donde había estado. La tribu aparecía dividida en dos mitades casi idénticas, con una parte detrás de Rhayn y la otra detrás de Huyar. Únicamente Sadira, Magnus y los niños no se habían unido a un grupo u otro. Entre ambos bandos se extendía una zona de nadie de menos de un metro de anchura, y tanto Huyar como Rhayn estaban muy ocupados contando el número de elfos a su lado de la línea.

Al estudiar a los dos grupos, Sadira advirtió que los partidarios de Huyar eran en su mayoría guerreros de más edad que recordaban los días de gran jefe de Faenaeyon. El grupo de Rhayn incluía a las mujeres que tradicionalmente la apoyaban, pero también a casi todos los miembros jóvenes de la tribu. Sadira se sorprendió de descubrir a tantos de ellos al lado de su hermana, ya que, durante el torneo de lucha del día anterior, muchos habían parecido apoyar a los campeones de Huyar. Al parecer, los esfuerzos nocturnos de Rhayn por obtener su apoyo habían sido extraordinarios.

Huyar y Rhayn terminaron de contar casi a la vez. Se contemplaron mutuamente con expresión satisfecha.

—Parece que iremos al sur —anunció Huyar.

—No, iremos al este —replicó Rhayn, indicando a Sadira y después a Magnus—. Has olvidado a dos miembros de la tribu.

El rostro de Huyar palideció.

—¡Ellos no cuentan! —saltó—. Sólo los miembros de la tribu con edad suficiente para poder correr pueden elegir.

—Ellos tienen edad más que suficiente —contestó Rhayn—. Y los dos son Corredores del Sol… ¿O has olvidado que ayer Faenaeyon declaró a Sadira una de nosotros?

—Pero de todos modos no pueden correr —opinó uno de los hombres que estaban del lado de Rhayn—. Nuestras costumbres son muy explícitas en esto.

Muchos guerreros de ambas mitades de la tribu expresaron su aprobación a este punto, de modo que Rhayn, para no perder el apoyo de ninguno de los de su lado de la línea, asintió.

Luego señaló a Faenaeyon.

—Él tampoco puede correr —dijo—, de modo que no cuenta.

Esta vez le tocó ceder a Huyar, lo que hizo con suma cortesía.

—Eso es justo; pero ahora cada uno de nosotros tiene el mismo número de guerreros a su lado. ¿Cómo vamos a decidir quién conducirá la tribu hasta que Faenaeyon se encuentre mejor?

—¡Una carrera! —sugirió una mujer del grupo de Rhayn.

—No, que luchen —replicó un hombre del bando de Huyar.

Rhayn meneó la cabeza y alzó los brazos para acallar a los reunidos.

—No es ningún secreto que Huyar y yo nos detestamos —declaró—. Yo sugeriría que decidamos esto de una vez por todas. Un combate a muerte.

El asombrado silencio que cayó sobre la tribu dejó bien claro que tales competiciones no se daban muy a menudo entre los Corredores del Sol.

Finalmente, una de las mujeres del bando de Rhayn exclamó:

—¿Por qué quieres hacer algo así?

Aunque Sadira no podía ver a quien había efectuado la pregunta, reconoció la voz como la de Meredyd.

Rhayn dirigió una rápida mirada en dirección a Sadira antes de responder.

—Sólo sugiero lo que es mejor para los Corredores del Sol. —Agitó una mano para señalar las dos mitades de la tribu—. Mientras tanto yo como Huyar sigamos con vida, estaremos divididos como lo estamos ahora. Si uno de nosotros desaparece, desaparecerá también la división.

Sadira comprendió que Rhayn la dejaba deliberadamente sin otra elección que utilizar la magia para garantizar la victoria. Si Huyar ganaba el combate, Sadira sería ejecutada por el asesinato de Gaefal antes incluso de que el cadáver de Rhayn se hubiera enfriado. En el plan de su hermana existía una despiadada genialidad que a Sadira cada vez le recordaba más y más a Tithian.

Tras estudiar a Rhayn un buen rato, Huyar hizo intención de hablar, pero Sadira se adelantó antes de que pudiera aceptar el desafío.

—Hoy correré con la tribu —anunció en voz alta, aproximándose al grupo—. Eso me da voz en la elección de nuestro jefe, ¿no es así?

—Sí —contestó Grissi.

—Sólo si sobrevive —replicó Esylk—. Y no sólo un día… ¡Yo digo que cuando ya no pueda correr, su voz ya no contará!

—De acuerdo —aceptó Sadira, colocándose en el lado de Rhayn de la línea—. Pongámonos en marcha. Tengo que llegar a la Roca Hendida lo antes posible.