4: El puente milenario
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El puente milenario
De no haber tenido la garganta tan reseca, Sadira habría gritado de alegría. Algo más adelante, la roja arena terminaba bruscamente en una oscura sima que se extendía en ambas direcciones hasta donde alcanzaba su vista. Al otro lado de la garganta, la carretera ascendía por un declive de terreno salpicado de matorrales y luego se perdía de vista en los tonos oliváceos del horizonte matutino.
Entre las dunas y el declive colgaba un puente magnífico, de una longitud de casi cien metros. Construido de enormes bloques de piedra en siete colores diferentes, la estructura atravesaba el abismo en un gran arco que se parecía muchísimo a un arco iris construido por la mano del hombre. La calzada estaba pavimentada con adoquines amarillos, excepto por una única tira negra allí donde se habían colocado las enormes piezas angulares de la construcción. Para Sadira, el antiguo puente resultaba un augurio de buena suerte, tal como cualquier presagio de lluvia.
—Llévame al otro lado, es todo lo que pido —dijo la hechicera, dirigiéndose al kank con una voz cascada que apenas reconocía.
Sadira golpeó ligeramente las antenas de la criatura con el bastón para instarla a correr más, pero el kank no podía obedecer. La noche anterior, el animal había iniciado su huida con un poderoso galope de sus seis patas que había hecho ondear al viento los cabellos de la hechicera. Tal y como la semielfa había esperado, Nok la siguió al momento, dejando en paz a la caravana para que llorara la muerte de su capitán. En un principio, Sadira había estado segura de poder escapar, ya que los halflings no podían competir con la velocidad de un kank. Sin embargo, a medida que transcurría la noche, el jefe y sus guerreros habían mantenido un paso regular, y en ningún momento consiguió dejarlos atrás por mucho tiempo. Al amanecer, la velocidad de su agotada montura había disminuido a un tembloroso gateo que incluso ella podría haber igualado durante un trayecto corto. Los halflings, sin dar la menor muestra de cansancio, habían ido acercándose poco a poco desde aquel momento.
Sadira se giró sobre la montura para mirar a su espalda. El esfuerzo le provocó terribles oleadas de dolor en las caderas, ya que la extenuante galopada había resultado tan dura para ella como para el kank. Desde las rodillas hasta la clavícula, los músculos le ardían de agotamiento; el estómago llevaba horas doliéndole, y ahora se veía atenazado por dolorosos retortijones que amenazaban con doblarla sobre sí misma en cualquier momento; incluso la cabeza le dolía y palpitaba con unas punzadas terribles provocadas por doce horas de terror mortal.
Detrás de ella, Sadira vio que los halflings se lanzaban ya al ataque, impulsando con fuerza las rodillas en un esfuerzo por atraparla antes de que alcanzara el puente. Estaban tan cerca, que la muchacha pudo ver que el esfuerzo realizado había superado el punto en el que un hombre normal se habría derrumbado. Los rostros de los guerreros estaban agotados y demacrados, las bocas abiertas y las hundidas mejillas bombeando aire como fuelles; los cabellos, por lo general tupidos y enmarañados, estaban pegados a sus cabezas, goteando preciosa agua corporal en forma de sudor color nube.
Muy por detrás de los guerreros se veía un solitario puntito, que avanzaba con lo que parecía un paso tranquilo. Aunque la figura estaba demasiado lejos para verla con claridad, Sadira no tuvo la menor duda de que se trataba de Nok. Incluso desde esa distancia, la sola vista del hombre la llenó de terror; aquel que había creado su bastón y la Lanza de Corazón de Árbol no era persona a la que se podía ofender.
De todos modos, la hechicera no se arrepintió de haberse quedado con el bastón. Hacía ya mucho tiempo que había decidido hacer lo que fuera necesario para mantener libre a Tyr, de modo que, después de la muerte de Kalak, había guardado el bastón. Con aquella arma, podía defender su adorado hogar de muchas amenazas terribles, y la hechicera no había tenido inconveniente en arriesgar la vida por ese privilegio. Aun ahora, con Nok a punto de caer sobre ella, seguía sin tener la menor intención de devolver el bastón; al menos, no mientras siguiera viva.
Un guerrero halfling lanzó su jabalina de hueso contra Sadira. La lanza no la alcanzó, pero por menos de un metro. La siguiente, se dijo la joven, rebotaría en el caparazón que recubría el abdomen del kank… No servía de mucho imaginar dónde caería la siguiente.
—¿Qué los mantendrá en movimiento? —masculló.
La pregunta era innecesaria, pues sabía la respuesta: la magia de Nok. De otro modo, ningún halfling podría haber seguido el ritmo de un kank; únicamente los elfos podían hacer tal cosa.
La hechicera se volvió otra vez al frente y agitó el bastón por encima de las antenas de su montura. Si sirvió de algo, fue para hacer que el kank avanzara aún más despacio.
El puente se encontraba todavía demasiado lejos. Sadira apenas si empezaba a divisar los liquenes que crecían en sus enormes bloques de piedra. Cuando el kank consiguiera finalmente poner las patas sobre él, ella estaría caída en la arena con una docena de lanzas de púas clavadas en el cuerpo.
—Ha llegado el momento de llevar a cabo un poco de mi propia magia.
Tras sujetar el bastón bajo una de las piernas, la hechicera introdujo la mano en el morral que colgaba del arnés del kank. Rebuscó unos instantes y extrajo una pizca de azufre amarillo; luego volvió la palma de la mano libre hacia abajo y la extendió para obtener la energía necesaria para el conjuro.
Una jabalina golpeó contra el abdomen del kank, y Sadira frenó a su montura, a la que obligó a girar para colocarla de cara a los halflings. Al unísono, como si se encontraran en una especie de trance, los guerreros lanzaron un jadeante grito de guerra. Dos de ellos se detuvieron para lanzar sus lanzas. Al mismo tiempo, Sadira arrojó el azufre a sus perseguidores y pronunció el conjuro.
Las jabalinas alcanzaron el blanco y golpearon al kank en medio del tórax. Una de las lanzas pasó rozando el muslo de Sadira y rebotó en el caparazón del insecto; la otra se hundió profundamente en la articulación situada en la zona media de la pata del animal, lo que le provocó una violenta sacudida.
En ese momento, un chisporroteante muro de fuego se elevó entre Sadira y los halflings. Las llamas, extendiéndose muchos metros a ambos lados de la carretera, ocultaron por completo a los guerreros.
Con el corazón algo más calmado, la hechicera volvió a coger el bastón y golpeó la antena derecha de su montura para que girara. Al obedecerla, el rancio olor de la carne del kank llegó a la nariz de Sadira, quien dio unas boqueadas y a punto estuvo de vomitar. Hasta el momento ignoraba que, cuando estaban heridas, estas bestias emitieran un olor tan maloliente. Ahora comprendía por qué pocas criaturas se alimentaban de los gigantes insectos.
De la muralla de fuego surgieron una serie de alaridos desgarradores. La hechicera volvió la cabeza y vio a media docena de halflings que salían corriendo de entre las llamas. Tenían los rostros contraídos por el dolor, con pedazos de piel quemada cayendo de los huesos y serpentinas de ceniza colgándoles de la cabeza. Dieron unos pasos al frente, tambaleantes, y lanzaron sus lanzas en dirección a la hechicera antes de derrumbarse en el suelo convertidos en humeantes ovillos.
Sadira apretó el cuerpo contra el lomo del kank, al tiempo que lo instaba a galopar. Tres de las lanzas golpearon contra el caparazón del animal y cayeron inofensivas al suelo, y las otras ni siquiera lo alcanzaron.
Espoleado por el repiqueteo de las lanzas contra su caparazón, el kank salió despedido hacia el frente en una carrera algo torcida, con la pata herida en alto para que no arrastrara por el suelo. Sadira se arriesgó a sentarse erguida y mirar atrás. Descubrió con alivio que ningún otro halfling había sido tan imprudente como para cargar a través de la pared de fuego, pero no tardarían mucho en empezar a pasar por los extremos.
De repente, el kank empezó a reducir la velocidad. Temiendo que estuviera a punto de desplomarse, Sadira volvió a mirar al frente. Con gran alivio, descubrió que el animal sólo se había desviado fuera de la carretera, donde la blanda arena le dificultaba más la carrera. Golpeó la parte exterior de la antena para conducir a la dolorida bestia de regreso al sendero de caravanas, con la seguridad de que todavía le quedaba tiempo suficiente para llegar al otro extremo del abismo. El puente se encontraba tan cerca que casi podía distinguir cada uno de los adoquines que formaban la calzada.
El kank no obedeció. En lugar de ello, se desvió aún más de la ruta, dio un traspié y cayó, mientras Sadira salía despedida de su lomo. La muchacha fue a aterrizar de cara con un violento golpe que la dejó momentáneamente sin aire. Tras unas cuantas volteretas, durante las cuales soltó el bastón y se enredó con las correas de su odre, la hechicera se detuvo por fin, semienterrada en la ardiente arena de color rojizo.
A menos de diez pasos de ella, el kank yacía atemorizado sobre el estómago, las antenas aplastadas contra la cabeza y las negras esferas de sus ojos clavadas con la mirada perdida en el cielo. El caparazón del animal temblaba presa de violentos espasmos, las patas tan fláccidas como cuerda desgastada.
Sadira se incorporó con una mueca de dolor. Recogió el bastón y recuperó su morral del arnés del kank.
—Siento tener que dejarte atrás —se disculpó, palmeando el caparazón.
Un chisporroteante siseo sonó en el lugar donde se encontraban los halflings. Al volverse, Sadira descubrió que Nok había convertido el centro de su pared de fuego en vapor, y de entre el blanco vapor volvían a surgir sus perseguidores, con las lanzas listas para ser arrojadas.
Echándose al hombro el morral y el odre, Sadira corrió en dirección al puente. Todavía no se había recuperado de la caída y su respiración era jadeante, pero, en su terror, no dejó que eso le hiciera aminorar la velocidad.
Mientras la hechicera ascendía corriendo por la suave cuesta que conducía al centro del puente en forma de arco, los halflings parecieron enloquecer, y aullaron y chirriaron entre ellos en su extraña lengua. Las lanzas empezaron a rebotar en los adoquines a sus pies, sin alcanzarla sólo por cuestión de centímetros.
Sadira mantenía los ojos fijos en el caballete del puente, mientras se concentraba únicamente en utilizar su zancada más larga para ampliar la distancia entre ella y los agotados halflings. Cuando consiguió alcanzar lo alto del arco, se había distanciado tanto que los halflings ya no le arrojaban lanzas. Se detuvo y lanzó su bastón unos doce metros calzada abajo; luego se quitó el odre de agua del hombro, lo abrió de un tirón, y sacó un puñado de arcilla de uno de los bolsillos del interior de su morral.
Los halflings llegaron a la entrada del puente y se lanzaron hacia ella. Sadira no les prestó atención y empezó a correr de un lado a otro del puente, al tiempo que vertía el agua que le quedaba sobre la arcilla de su mano, formando un fango que luego dejó caer sobre las negras piedras angulares del puente.
Mientras reunía la energía necesaria para el conjuro, Sadira se fue apartando de espaldas del caballete del puente. El halfling que iba a la cabeza, que ya había arrojado su lanza, llegó a la parte alta del arco y desenvainó su daga de hueso. Sadira señaló con la mano la línea dibujada con fango bajo los pies del guerrero y pronunció su hechizo.
Mientras las negras piedras se transformaban en barro, el halfling se abalanzó sobre la hechicera. Con un juramento, Sadira desenvainó su daga, sin dejar de retroceder por el puente. Cuando su conjuro convirtiera la última de las piedras angulares del puente en barro, toda la estructura se desplomaría, y no deseaba estar sobre ella cuando eso sucediera.
El halfling se detuvo a una prudente distancia de Sadira y empezó a girar a su alrededor, en busca de una oportunidad. Sus compañeros llegaron al centro del puente y se abrieron paso por el pozo de barro, cada vez mayor. No lanzaron sus jabalinas, ya que era evidente que la hechicera no podía huir con uno de ellos tan cerca.
Sadira arremetió contra el halfling con la daga, pero este le acuchilló el brazo con su cuchillo de hueso y le abrió una profunda herida. La hechicera ahogó un grito de dolor y utilizó la mayor extensión de su brazo para hundir con fuerza su cuchillo de acero en la garganta de su adversario.
Aunque la sangre brotaba imparable del cuello del halfling, los ojos de este no parecieron registrar el hecho de que había sido herido. Volvió a atacar, y, en esta ocasión, la daga se hundió en el antebrazo de la joven. La muchacha gritó y abrió la mano al tiempo que se apartaba tambaleante del guerrero; este volvió a lanzar el cuchillo contra ella, pero esta vez inofensivamente, y por fin se desplomó muerto a los pies de la hechicera.
Sadira dio media vuelta y echó a correr, mientras la sangre manaba de su brazo herido. Al pasar junto a su bastón, se inclinó y lo recogió con la mano sana. Entretanto, los halflings situados detrás de ella continuaron sin lanzar sus lanzas, convencidos sin duda de que pronto atraparían a la herida semielfa.
El puente tembló bajo los pies de la muchacha. Los halflings empezaron a parlotear asustados, y Sadira escuchó cómo varios gruñían con el esfuerzo de arrojar sus lanzas. Aunque se encontraba aún a cierta distancia del final del puente, la hechicera se arrojó al frente.
Un potente estrépito sonó a su espalda. Sadira sintió cómo el aire resonaba contra su vientre; luego chocó contra la calzada de piedra y rodó hacia adelante. Oleadas de insoportable dolor le recorrieron el brazo herido, y vislumbró varias lanzas halfling que rebotaban en las losas a su alrededor.
Cuando Sadira dejó de rodar, se encontró en el extremo del puente. Allí donde se había alzado la formidable construcción, había ahora tan sólo una nube de polvo tan espesa que no podía ver al otro lado del precipicio.
La hechicera recogió bastón y morral, y se arrastró por el último tramo de adoquines, temerosa de que incluso los frontones del puente fueran a derrumbarse. Permaneció algunos instantes tumbada en el suelo con la respiración entrecortada, demasiado aturdida y agotada para moverse.
Al cabo de un rato, se incorporó; se sentía mareada y débil, y la mente le funcionaba despacio. Examinó sus heridas y descubrió que sangraban profusamente. Comprendiendo que cuanta más sangre perdiera, más débil estaría, la hechicera intentó rasgar dos vendajes de su polvorienta túnica. Le fue imposible, ya que sólo la mano sana poseía fuerza suficiente, de modo que fue a coger la daga, pero no encontró más que la funda vacía.
Desde luego. El cuchillo se encontraba en algún lugar en el fondo del precipicio, enterrado aún en la garganta del halfling al que había matado con él. Sin la daga, resultaría difícil sobrevivir en este terreno yermo durante más de algunos días.
La hechicera soltó una risita ahogada ante la confusión de su mente. La pérdida del cuchillo era el menor de sus problemas. Si no se vendaba las heridas pronto, moriría en cuestión de minutos, no de días; incluso aunque detuviera la hemorragia, estaría demasiado débil para andar más que unos pocos kilómetros. Y, si iba a andar, necesitaría mucha agua, agua que había utilizado para destruir el puente.
De todos modos, las cosas no habían salido tan mal. Todavía conservaba el bastón, y eso era lo que realmente importaba. Si podía detener la hemorragia, podría vivir medio día más y quizá recorrer ocho kilómetros. Medio día no era mucho tiempo para encontrar un oasis en territorio desconocido, pero era posible.
Decidida a sacar el mayor provecho posible del tiempo que le quedaba, Sadira se sacó el cinturón y lo pasó alrededor del brazo lacerado; tras tensarlo hasta que la sangre dejó de manar, lo ató bien para que no se moviera. Hecho esto, la hechicera tomó el bastón y se incorporó para escudriñar la empinada cuesta que se extendía ante ella. Ambos lados de la carretera estaban salpicados de toda clase de retorcidos cactus, algunos tan altos como árboles y otros extendidos sobre el rocoso terreno como si se tratara de alfombras de espinos.
Fue entonces cuando se acordó de Nok.
En el bosque halfling lo había visto descender de una elevada pirámide y flotar hasta el suelo como una hoja. Si podía hacer eso, podría flotar sobre el abismo. Sadira miró más allá del enorme precipicio.
El polvo se había dispersado y podía ver el otro lado. Con alivio, observó que nadie flotaba sobre el cañón, pero que, de pie en el otro extremo, había dos docenas de guerreros halflings. Detrás de ellos, sobre una loma de arena de color orín, se encontraba Nok. Una capa de plumas de colores ondeaba a su espalda, y alrededor de cada oreja le colgaba una tira de plata batida que despedía un fulgor escarlata bajo la roja luz del sol. En una mano empuñaba una lanza de doble punta que Sadira reconoció como la Lanza de Corazón de Árbol; la otra mano la mantenía extendida ante sí, sujetando una pequeña esfera de obsidiana. En el interior de la esfera brillaba una fantasmal luz verde.
—¿Por qué huyes, Sadira? —preguntó el jefe guerrero. A pesar de estar separados por el amplio abismo, su voz llegaba hasta la hechicera como si se encontrara a su lado. En ella no se percibía la menor señal de bondad ni perdón—. Sabes que no puedes huir de mí.
Nok alzó la Lanza de Corazón de Árbol y la lanzó en dirección a Sadira. El arma cruzó la sima como si fuera un pájaro. La hechicera lanzó un grito y retrocedió, pero la lanza no fue a parar cerca de ella, sino que se clavó unos centímetros por debajo del borde del cañón y se hundió profundamente en la roca.
—¡Déjame sola! —gritó Sadira—. Ya he matado demasiados halflings. Mataré más si me obligas.
Nok lanzó una carcajada que sonó despiadada y fría.
—Sus vidas pertenecen al bosque —dijo—. Al igual que la tuya. ¿O has olvidado tu promesa?
Sadira no la había olvidado. Después de viajar al corazón del bosque halfling, ella y sus amigos habían sido hechos prisioneros por un grupo de guerreros que ni siquiera habían llegado a ver. El grupo había despertado sobre las Piedras de la Celebración de Nok, para descubrir que el jefe y sus consejeros se preparaban para devorarlos vivos. La hechicera y sus compañeros habían conseguido sobrevivir sólo gracias a prometer sus vidas al bosque… que era lo mismo que prometérselas a Nok.
—Se trataba de prometer o morir —protestó Sadira.
—De todos modos, lo prometiste —repuso Nok.
Con la mano sujetando la esfera de obsidiana, el jefe guerrero señaló a la Lanza de Corazón de Árbol. Un zarcillo de luz esmeralda abandonó la bola y flotó hasta el otro lado del cañón; en cuanto la luz tocó la lanza, una capa de áspera corteza apareció sobre toda la longitud del arma, y, ante los asombrados ojos de Sadira, la lanza se transformó en un roble, que en cuestión de segundos se estiró hasta cubrir más de una cuarta parte de la distancia que mediaba entre un extremo y otro del abismo.
—Te ruego que me dejes conservar el bastón un poco más —suplicó la hechicera—. El dragón amenaza Tyr, y yo voy a su lugar de nacimiento con la esperanza de descubrir alguna forma de matarlo.
—¡No! Si matas al dragón, ¿quién protegerá a Athas de ti? —replicó el halfling—. Devolverás el bastón, como prometiste… ¡Ahora!
—No puedo hacerlo —respondió Sadira con calma; sus ojos estaban fijos en el roble, que había crecido hasta alcanzar proporciones gigantescas, con gruesas ramas llenas de hojas que brotaban en todas direcciones.
—No tienes elección —afirmó Nok.
El roble se extendía ya casi hasta el otro extremo del abismo, y los guerreros de Nok permanecían de pie junto al borde a la espera de cruzar. Sadira clavó os ojos en el jefe guerrero. A aquella distancia, no parecía más que un muñeco.
—Si devuelvo el bastón, ¿protegerás a Tyr del dragón? —preguntó la joven.
—No —contestó el halfling—. Hay que pagar el tributo, o de lo contrario el dragón cazará en el bosque.
—¿Y qué pasa con las gentes de Tyr? —se indignó Sadira—. ¡Son tan importantes como tus árboles!
Sujetando el bastón en el pliegue del brazo herido, Sadira volvió la palma de la otra mano hacia el suelo. Con todos los retorcidos cactus que se ceñían a las laderas de la escarpadura situada más arriba, la energía fluyó a su interior como un torrente, pero, esta vez, cuando notó que la oleada perdía fuerza no cerró la mano. Para detener la magia de Nok, necesitaría toda la fuerza vital que pudiera reunir. Separó todavía más los dedos y tiró con más fuerza, extrayendo toda la energía que le fue posible de las plantas a su alcance.
—No sirve de nada matar a estos guerreros —dijo Nok, señalando con la mano a los halflings colocados ante él—. No conseguirás más que agotarte.
—¡Ni siquiera te preocupas por tu propio pueblo! —le espetó Sadira, enojada ante la falta de sensibilidad del otro.
Aun en el caso de que la hechicera hubiera estado ilesa y descansada, el halfling habría sido muy superior a ella en combate personal, pero, sin embargo, prefería enviar a sus hombres a la muerte sólo para cansarla. ¿Sería acaso que le tenía miedo a ella, o quizás al bastón que sostenía en la ensangrentada mano? A pesar de lo inverosímil de esta última posibilidad, la hechicera se aferró a esta esperanza.
—¿Qué hay de tus guerreros? —inquirió Sadira—. ¿No vale la pena salvar sus vidas?
—No —respondió Nok, categórico.
Sadira mantuvo la mano abierta. Uno tras otro, los cactus se doblaron hacia el suelo, para luego ennegrecer y marchitarse. En pocos instantes, todos se consumieron hasta transformarse en cáscaras vacías que luego se desplomaron al suelo. La hechicera continuó extrayendo, absorbiendo la vida de sus raíces, de las semillas que yacían aletargadas en la arena, incluso de los liquenes que se aferraban a las rocas. Pero ni siquiera entonces se detuvo, no hasta que el mismo suelo se tomó negro y sin vida.
Nok lo contemplaba todo con ojos indiferentes. Tan sólo el árbol que había creado a partir de la Lanza de Corazón de Árbol sobrevivió a la profanación de la hechicera, aunque sus lobuladas hojas aparecían marchitas y caídas.
El árbol alcanzó por fin el otro extremo del cañón, y los guerreros que le quedaban a Nok saltaron sobre el tronco y se precipitaron al frente. La hechicera introdujo la mano en el morral y sacó una diminuta varilla de cristal; luego se acercó al borde del precipicio y se arrodilló junto al enorme roble.
—Me equivoqué al confiarte el bastón —dijo Nok—. El bosque habría estado más a salvo si Kalak se hubiera convertido en dragón.
—¡Diles que retrocedan! —aulló Sadira, dando al jefe guerrero una última oportunidad de salvar a sus hombres.
Al ver que Nok no lo hacía, depositó la varilla de cristal sobre el roble y retrocedió al tiempo que pronunciaba su conjuro. Un potente trueno retumbó en las paredes del abismo, y un rayo de blanca energía centelleó por todo el tronco. Los halflings desaparecieron convertidos en volutas de humo grasiento. El enorme árbol se partió por el centro, vomitando fuego y vapores cáusticos; las hojas empezaron a caer con un triste murmullo, y un gemido resonó por todo el cañón cuando el peso de las tremendas ramas separó las dos mitades del tronco. Finalmente, el árbol se soltó y se precipitó en el abismo, en medio de una lluvia de rocas y tierra que sus raíces arrastraban tras él.
Sadira se dejó caer sobre la tierra que había ennegrecido. Olía a hollín y a algo corrosivo; no a descomposición o muerte, sino a ausencia de vida. En cien metros a la redonda, el suelo se había vuelto negro como una caverna, y no se divisaba una sola planta viva. El polvo del corrompido terreno flotó sobre ella como si se tratara de cenizas y la recubrió con una negra capa de arena.
El estómago de la hechicera se contrajo, y la bilis amenazó con ascender hasta su garganta y asfixiarla. De haber estado vivo su mentor Ktandeo para ver lo que había hecho, el anciano habría intentado matarla con sus propias manos. A sus ojos, ella habría cometido una acción repugnante para la que no existía perdón. No importaba que lo hubiera hecho por Tyr, ni tampoco para salvar las vidas de mil personas que iban a ser sacrificadas al dragón; se había convertido en una profanadora, y nada bajo las dos lunas podía borrar su acción.
Pero Sadira no siempre había escuchado a Ktandeo en vida, y, sólo porque estuviera muerto, no sentía una mayor obligación a escuchar sus palabras ahora. Todos los hechiceros extraían su energía de alguna forma de vida, generalmente plantas, de modo que, para ella, la diferencia entre profanadores y otros magos era únicamente una de grado: la mayoría de los hechiceros se detenían justo antes de destrozar el suelo cuando extraían energía para un conjuro, pero los profanadores no. Sadira no creía que fuera siempre malo destrozar la tierra, no cuando algo bueno podía salir de ello. Para ella, un acre o dos de terreno eran poca cosa en comparación con su vida; y un precio insignificante que pagar por la posibilidad de salvar mil vidas.
Al otro lado del valle, Nok descendió de la ladera de la duna, se quedó suspendido en el aire un momento, y flotó hacia Sadira con tranquilidad. Su única arma visible era la bola de obsidiana que se balanceaba de su cuello. Sadira recogió su bastón, que había soltado antes, y se alzó, decidida a enfrentarse a Nok con las pocas herramientas que poseía.
El jefe guerrero no perdió tiempo en iniciar su ataque. Sin haber cruzado siquiera la mitad del abismo, clavó los negros ojos en el rostro de la hechicera. Al instante, Sadira olió a hojas almizcleñas húmedas y a frutas maduras y perfumadas; en sus oídos repicaron los gritos estridentes de las aves de la jungla y el zumbido ininterrumpido de los insectos, mientras que sentía el aire húmedo y pegajoso sobre la piel. Rodeándola por todas partes, vio árboles de madera dura de cerosas hojas rojas que se inclinaban sobre su cabeza y proyectaban sombras tan espesas que parecía como si fuera el atardecer.
Sadira sintió un nudo en el estómago. Nok atacaba con el Sendero, y ella no podía luchar contra él en combate mental.
Una bestia enorme que recordaba a un murciélago se elevó de entre las sombras del bosque. Bajo los rojos ojos y las cuadradas orejas, un repugnante hocico chato se abría para mostrar una boca llena de dientes que rezumaban bilis amarilla. En los codillos de las alas tenía cuatro largos dedos, cada uno terminado en una uña curva cubierta de porquería.
Sadira se obligó a tragarse el pánico. Agis le había enseñado cómo luchar contra ataques mentales, de modo que no estaba precisamente indefensa. Mientras la criatura descendía sobre ella, Sadira imaginó que su brazo bueno se convertía en una espada en forma de equis, cada borde tan afilado como una navaja de afeitar. Lo lanzó hacia arriba, al tiempo que se agachaba fuera de la trayectoria del animal. La especie de murciélago realizó un viraje brusco, que le permitió esquivar en el último instante las afiladas hojas.
—¡No! —aulló Sadira, volviendo a arremeter.
Le dio la impresión de que le arrancaban el brazo, cuando este acuchilló el ala de la bestia. El impacto le hizo perder el equilibrio, y el animal fue a estrellarse contra el suelo no muy lejos de ella.
El bosque desapareció de la mente de Sadira. Se encontró tumbada sobre las ennegrecidas rocas del borde del precipicio; Nok yacía un poco más allá, boca abajo, con el brazo izquierdo torcido en una extraña posición detrás de la espalda.
La hechicera se incorporó de un salto, y activó su bastón pronunciando el nombre de Nok. El pomo empezó a refulgir con la familiar luz violeta, y percibió el acostumbrado hormigueo que indicaba que el bastón extraía energía vital de su cuerpo.
El jefe guerrero rodó sobre su espalda. El brazo izquierdo le colgaba inútil al costado, pero en la mano derecha sostenía su bola de obsidiana.
—No creas que podrás matarme con mi propia magia —dijo, lanzando a Sadira una mirada furiosa.
Mientras hablaba, una luz esmeralda iluminó el interior de la esfera que sostenía. La energía vital de la hechicera empezó a agotarse con mayor rapidez; sintió náuseas y la cabeza comenzó a darle vueltas. Un escalofrío le recorrió el cuerpo; luego las rodillas le temblaron, y comprendió que estaba a punto de perder el conocimiento.
La hechicera avanzó hacia Nok y balanceó el pomo de su bastón en dirección a la esfera que el otro sostenía.
—Fuego del amanecer —musitó.
Nok levantó el brazo para interceptar el ataque, y las dos bolas de obsidiana chocaron con un sonoro chasquido. Un centelleo de brillantes luces de todos los colores del arco iris cegó momentáneamente a Sadira. Truenos ensordecedores resonaron por el aire, golpeando el lado opuesto del cañón con tal fuerza que hicieron caer toneladas de roca al fondo de la sima. Al mismo tiempo, una tremenda onda expansiva golpeó el pecho de la hechicera, y la lanzó hacia atrás.
Mientras Sadira chocaba contra el pedregoso suelo, se escuchó un grito angustioso procedente de la garganta de Nok. La hechicera se incorporó sobre los codos y alzó el bastón para atacar.
Un alarido horrorizado surgió de su boca. A pocos centímetros de su mano, el bastón terminaba en un chamuscado tocón, con un solitario fragmento de su pomo de obsidiana enterrado aún en el mango. Durante un buen rato, la hechicera contempló el tocón presa de mudo desaliento, el corazón inundado por un terrible sentimiento de pérdida.
El bastón había sido tan importante para ella como su propia vida. Con él había tenido la fuerza suficiente para defender Tyr, y habría sido lo bastante poderosa como para enfrentarse a los desconocidos peligros de la Torre Primigenia. Ahora sólo podía confiar en su propia magia y su energía… y no sabía si estas dos cosas serían suficientes.
Sadira miró más allá del extremo del bastón, al lugar donde había caído Nok. En lugar del jefe guerrero había un escarpado cráter, cubierto de hollín y tan profundo que la hechicera no pudo ver el fondo. Del agujero brotaba un espeso penacho de humo, tan negro como la obsidiana y con la forma de un enorme roble. Alzándose junto con los negros vapores se veían largos jirones de desvaídos colores: verde y violeta, pero también rojo, azul, amarillo y una docena de otros muchos. Las hojas del nebuloso árbol se agitaban suavemente, como movidas por una brisa no percibida, y siseaban el nombre de Sadira.