16: Los páramos
16
Los páramos
—¡Mi propia hija! —rugió Faenaeyon—. ¿Cómo pudiste?
Sadira se encontraba encima de la Roca Hendida, contemplando el rojo disco del sol que se alzaba por entre una neblina de color oliváceo. Tenía las manos atadas a la espalda; su padre caminaba arriba y abajo frente a ella, y Huyar estaba de pie junto a ella con una espada en la mano. Todos los otros Corredores del Sol se hallaban reunidos alrededor del monolito, contemplando el proceso en lúgubre silencio.
—Tengo que llegar a la Torre Primigenia —contestó con calma Sadira.
—¡La torre, por supuesto! —profirió el jefe—. Allí de donde surgen las nuevas razas… ¿Quién puede decir que no encontrarás allí el poder para desafiar al dragón? —Sacudió la cabeza con desprecio, y luego señaló a Magnus con una mano—. Incluso aunque tuvieras esa suerte, ¿podrías soportar vivir con aquello en lo que te convertirías?
—Eso no es algo de lo que tú te tengas que preocupar —replicó Sadira—. Lo que sí te afecta, o más bien debería afectarte, es que te rescaté de los corrales de esclavos a cambio de una promesa de conducirme a la Torre Primigenia.
—Y, como Faenaeyon no quiso cumplirla, hiciste un trato con Rhayn para convertirla en jefe —concluyó Huyar.
Al ver que Sadira no respondía, Faenaeyon se detuvo frente a ella.
—¿Es así como sucedió?
—No tengo motivos para decirte nada —repuso ella volviendo la cabeza.
Faenaeyon la agarró por la mandíbula y la obligó a girar la cabeza hacia él.
—Contesta con la verdad, y vivirás para ver la Torre Primigenia —declaró—. Rhayn te ayudó, ¿no es así?
Como Sadira siguiera sin contestar, la tiró al suelo.
—Ya me parecía —refunfuñó mientras se volvía para mirar a su otra hija—. ¿Cómo pudiste? Sadira es alguien de fuera, pero tú eres una Corredora del Sol.
—Padre, yo no… —empezó Rhayn.
—Rhayn, no sirve de nada mentir —la interrumpió Sadira mientras intentaba volver a incorporarse—. Nuestro padre no es ningún estúpido. Se da perfecta cuenta de lo que sucedió. Si le dices la verdad, a lo mejor saldrá algo bueno de todo esto para la tribu.
—¿Qué es lo que dices? —inquirió Faenaeyon, dirigiendo a Sadira una mirada torva.
Sadira clavó sus ojos en los de él.
—Dijiste que, si contestaba con honradez, viviría para ver la Torre Primigenia. ¿Mantendrás esa promesa… o pasará lo mismo que con las otras?
—Cumpliré mi palabra, aunque te arrepentirás de que lo haga —respondió él—. Ahora dime qué sucedió.
—La verdad de todo esto es que no mereces ser jefe…, ya no. Robas lo que ganan tus seguidores, tratas a tus guerreros como esclavos y resuelves las disputas mediante sobornos. Es por eso que Rhayn me pidió que te envenenara; su idea, dicho sea de paso, no la mía. Más tarde o más temprano, algún otro volverá a intentarlo y, por el bien de los Corredores del Sol, espero que tenga éxito.
Faenaeyon escuchó sus palabras sin demostrar la menor emoción; luego se volvió hacia su otra hija.
—¿Es así?
Rhayn dirigió una enfurecida mirada a la hechicera y negó con la cabeza, pero Magnus se colocó frente a ella.
—Sadira tiene razón: de nada sirve negarlo. —Miró al jefe y dijo—: Me criaste en tu campamento, pero yo también ayudé.
Faenaeyon cerró los ojos unos instantes. Cuando los volvió a abrir, parecía increíblemente viejo y cansado.
—Quizás hubo un tiempo en que fui mejor jefe —dijo—; pero esto no excusa lo que hicisteis. En justicia, debería mataros ahora mismo.
—¡Lo exijo! —clamó Huyar, levantando su espada—. Está claro que Gaefal los descubrió saliendo del barrio de los bardos y por eso lo asesinaron. Si no haces justicia, yo me la tomaré.
Faenaeyon dirigió a la espada de Huyar una mueca despectiva.
—¿Es que no me oíste prometer a Sadira que viviría para ver la Torre Primigenia?
—¡Pero quiero mi venganza!
—A menos que sea a mí a quien tienes intención de atacar, aparta tu espada —rugió Faenaeyon, avanzando hacia el elfo.
La cólera de Huyar se tomó agitación al contemplar la mirada de los grises ojos de su padre. Aunque él iba armado y el jefe no, estaba claro que no le gustaba la idea de medir sus habilidades con las de su padre. Huyar envainó la espada y, con la vista clavada en el suelo, repitió:
—Exijo…
—Tú no exiges nada —gruñó Faenaeyon—. Si tuvieras el coraje de Rhayn, serías jefe y Gaefal estaría vivo. —Apartó la mirada de su hijo y la paseó por el resto de la tribu—. Pero todavía soy jefe y, hasta que aparezca alguien lo bastante fuerte para ocupar mi puesto, es así como será.
Cuando nadie expresó ningún inconveniente a su declaración, Faenaeyon señaló con un gesto a Magnus y a Rhayn.
—En cuanto a vosotros, seré misericordioso —anunció—. Podéis escoger la muerte, o podéis acompañar a Sadira en su viaje a la Torre Primigenia.
Tras una rápida mirada a Magnus, Rhayn se volvió otra vez hacia su padre y dijo:
—Escogemos la torre, desde luego.
Faenaeyon enarcó una ceja con falsa expresión de tristeza.
—Si hubierais sido lo bastante valientes para escoger la muerte, habríais sufrido menos. —Hizo una señal a Magnus y Rhayn para que subieran al monolito, e indicó con un largo dedo el lugar donde Huyar había arrojado las pertenencias de Sadira—. Colocad vuestras bolsas, armas y odres aquí. Os iréis de la tribu tal y como llegasteis a ella; sólo permitiré que conservéis las ropas que lleváis.
* * *
Sadira y sus dos acompañantes se arrodillaron al borde de un brezal verde plateado. El terreno se extendía sin interrupción hasta la línea del horizonte, tan exuberante e inmenso que ninguna excrecencia de roca ni parcela de terreno baldío asomaban por entre la espesa maraña de arbustos. En el horizonte se alzaba una aguja de roca blanca, tan lejana que a menudo parecía desaparecer tras los ondulantes haces de la neblina de la tarde.
Aunque la roca no podía ser más que la Torre Primigenia, los tres compañeros apenas si parecían conscientes de ello; su atención estaba concentrada en un punto más cercano al lugar en el que se encontraban, en una manada de erdlus salvajes que acababan de aparecer trotando momentos antes.
Tan altas como elfos y tan gordas como kanks, estas aves sin plumas parecían totalmente ignorantes de que eran observadas. Avanzaban por el terreno a una velocidad constante mientras sus alargados cuellos se movían de un lado a otro como látigos, lanzando al frente diminutas cabezas redondeadas para arrancar conos de plateada retama negra y los capullos marfileños de los altos algodoncillos. De cuando en cuando, un erdlu soltaba un excitado graznido y arañaba el suelo, para luego agitar las inútiles alas con júbilo mientras atravesaba una serpiente con el afilado pico.
Por encima de las aves, flotando en alas de la brisa, se encontraba una especie de vaina de membrana viscosa en forma de campana. La flotante criatura tenía más de diez metros de longitud, con docenas de finísimos zarcillos que se balanceaban del borde de su parte inferior. En el interior de su cuerpo transparente, un revoltijo de órganos azules palpitaba a intervalos regulares, despidiendo de vez en cuando un brillante resplandor amarillo.
—¡El flotador ha vuelto! —siseó Sadira con los pálidos ojos clavados en la extraña bestia.
La hechicera sostenía en una mano un pedazo de cuarzo que habían encontrado en el desierto, y su cuerpo bullía con la energía mágica que había absorbido hacía un instante.
—Nos debe de seguir —susurró Magnus.
—Por si no te has dado cuenta, hemos viajado contra el viento durante el último día y medio —replicó Rhayn—. Además, sin alas ni patas, ¿cómo podría seguirnos aunque quisiera? Está a merced del viento.
—El viento está en todas partes —respondió Magnus—. Te sorprendería averiguar la cantidad de cosas que pueden hacer aquellos que conocen sus secretos.
Mientras el cantor del viento hablaba, cuatro tiras de membrana azul cayeron de la parte central del cuerpo de la criatura y se deslizaron alrededor de un erdlu que comía. La sorprendida ave intentó huir y arrastró al flotador por el aire, graznando enloquecida. El resto de la manada se puso en movimiento al instante y huyó en todas direcciones.
Rhayn se incorporó al momento.
—¡Ahora, Sadira! —chilló mientras salía en pos de las aves—. ¡No podemos perderlos!
Sadira apuntó al erdlu de mayor tamaño con el pedazo de cuarzo y pronunció su conjuro. Un rayo transparente salió con un zumbido de su mano y se estrelló contra el animal, desparramando escamas marrones por todas partes. Con un cacareo de sorpresa, la criatura dio dos pasos más y se desplomó sobre el suelo. Rhayn saltó sobre ella inmediatamente y, tras colocar un pie sobre su garganta, tiró de la cabeza hacia arriba para partir el cuello.
—Bien hecho —gritó, volviendo la cabeza para mirar a su hermana—. No estropeaste la carne.
Pero la atención de Sadira no estaba puesta en Rhayn. La hechicera contemplaba extasiada la escena que se desarrollaba algo más allá, donde la criatura flotante había levantado por los aires a su presa y subía lentamente al pájaro en dirección a sus palpitantes entrañas azules. El erdlu se debatía violentamente, atacando con pico y zarpas las cintas que lo sujetaban, pero sin conseguir arrancar más que alguna gota de baba.
La lucha del ave finalizó por completo al entrar esta en contacto con los cortos zarcillos que rodeaban el cuerpo de su capturador. En cuanto los finísimos filamentos tocaron al erdlu, su cuello cayó fláccido a un lado y las zarpas dejaron de debatirse en el aire. Graznando tristemente, la criatura dejó que la subieran muy despacio y penetró en el cuerpo gelatinoso del flotador, donde se convirtió en una oscura figura en el interior del revoltijo azul que eran las entrañas de su asesino.
—Recordadme que no deje que esa cosa flote sobre mi cabeza —observó Sadira reprimiendo un escalofrío.
—Hasta ahora hemos conseguido evitarla —repuso Magnus—. De todos modos me gustaría echarle un vistazo más de cerca. Podría aprender mucho de un ser que vive en tal armonía con el viento.
Las meditaciones del cantor del viento se vieron interrumpidas por un grito de enojo procedente de Rhayn.
—¡Sadira, necesito tu ayuda!
La hechicera fue hacia su hermana, abriéndose paso por entre conos de retama negra y largos tallos de algodoncillos. La hierba era tan alta que sus pies desaparecían bajo ella al andar, y el suelo del que brotaban las verdes hojas resultaba totalmente invisible.
Al llegar junto a Rhayn, Sadira descubrió el motivo del malhumor de su hermana. Alrededor de la ennegrecida herida del costado del erdlu, algunas de las escamas empezaban a transformarse en suaves plumas, mientras que otras se fusionaban para formar una especie de piel nudosa similar a la de Magnus, y un bulto deforme había aparecido bajo las amarillas escamas justo donde le habían partido el cuello. Rhayn había arrancado una de las garras del ave para utilizarla como cuchillo, y en la herida resultante había surgido la yema de un dedo grisáceo.
De sus anteriores conversaciones con Faenaeyon, Sadira sabía que el pájaro padecería una transformación después de resultar herido, pero no esperaba que esta ocurriera tan deprisa ni que fuera tan horripilante.
Ansiosa por no prolongar el infortunio de los últimos tres días, la hechicera reprimió las ganas de vomitar y se arrodilló junto a su hermana. Desde que los habían expulsado de los Corredores del Sol sin armas ni agua, los tres camaradas habían conseguido sobrevivir de milagro. Sólo habían comido en una ocasión, compartiendo un único lagarto que Magnus consiguió sacar de debajo de una roca. En cuanto al agua, habían pasado horas desenterrando y machacando tubérculos, para luego exprimir unas pocas gotas de amargo zumo de la pulpa resultante.
Así pues, cuando Rhayn le informó que un solo erdlu podía facilitarles armas, odres de agua y comida, Sadira había aceptado al momento retrasar el viaje el tiempo necesario para matar una de las aves. Y ahora parecía como si la magia de la Torre Primigenia amenazara con robarles su trofeo.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó Sadira.
Rhayn utilizó la zarpa que sostenía para cortar otra garra, que entregó a la hechicera. La punta de un nuevo dedo empezó a aparecer en la herida recién abierta.
—Necesitamos las zarpas, los tendones y los huesos de las patas, el estómago, el pico, las escamas más duras; todo aquello que puedas arrancar —instruyó Rhayn—. Pero ten cuidado. Si te cortas…
Dejó la frase sin acabar y señaló la mano diminuta que acababa de aparecer de debajo de una de las escamas del ave.
—Quizá deberías dejar que Magnus lo hiciera —sugirió Sadira—. Su piel es mucho más dura que la nuestra.
Rhayn negó con la cabeza.
—Jamás terminaría a tiempo. Sus dedos son demasiado gruesos. Es mejor que vigile al flotador.
La elfa contempló con preocupación un par de afilados colmillos que habían empezado a sobresalir de la boca del erdlu; luego calló y concentró toda su atención en despedazar al animal. En pocos minutos ya habían obtenido un buen montón de partes del pájaro que no se habían transformado en otra cosa: zarpas, escamas, un par de largos huesos de las patas, tendones y algo de carne. También tenían más o menos una docena de cosas que las dos mujeres esperaban poder utilizar como sustitutos de los componentes para hechizos que habían perdido junto con sus bolsas.
Rhayn arrojó el estómago del erdlu al montón.
—Esto será nuestro odre —anunció, mirando el extenso brezal—, siempre y cuando encontremos algo para llenarlo.
—¿Sabes una cosa? Si este lugar es tan peligroso como dice Faenaeyon, no es muy probable que todos consigamos llegar a la torre —dijo Sadira—. Si tú y Magnus no queréis venir conmigo…
—Iremos —contestó Rhayn—. No he llegado tan lejos para nada.
—Pero ¿por qué? —inquirió Sadira—. Yo hago esto por los habitantes de Tyr, pero ellos no significan nada para vosotros.
—¿Encontrarás el poder para desafiar al dragón en la Torre Primigenia? —quiso saber Rhayn, evitando una respuesta directa a la pregunta.
—No sé lo que encontraré. —Sadira se encogió de hombros—. Todo lo que puedo decir con seguridad es que Dhojakt se está tomando muchas molestias para impedir que vaya a echar un vistazo.
—¿Se está tomando? —repitió Rhayn—. ¿Quiere eso decir que sigue vivo? Huyar dijo que lo arrojaste por un precipicio.
—Lo hice, pero no creo que se estrellara contra el fondo —respondió la hechicera—. E, incluso aunque lo hiciera, eso no quiere decir que muriera.
—Me pregunto qué es lo que no quiere que descubras —dijo Rhayn, arrancando un largo tendón de uno de los huesos de las patas.
—O en lo que no quiere que me convierta —añadió Sadira—. Faenaeyon dijo algo muy interesante antes de expulsarnos. Si es aquí donde nacen las nuevas razas, tal vez la magia me permita obtener lo que quiero. A lo mejor es así como Dhojakt se convirtió en mitad hombre y mitad cilop.
—No me parece algo que pueda controlarse —objetó Rhayn, contemplando los transfigurados restos del erdlu.
—Puede que aquí fuera no, pero vi a alguien sufrir un cambio similar. Cuando matamos a Kalak, se encontraba en pleno proceso para transformarse en dragón, y creo que lo habría conseguido.
—¿Y piensas que algo parecido puede suceder en la Torre Primigenia?
Sadira se encogió de hombros.
—He oído decir que el dragón original fue creado allí. Por lo que he visto hasta ahora, lo empiezo a creer.
—Es por eso que vengo contigo —dijo Rhayn—. Si es como dices, entonces tendría que poder encontrar lo que quiero en la torre.
—¿Y qué es? —inquirió Sadira, enarcando una ceja.
—El poder para obtener el puesto de Faenaeyon como jefe de la tribu —contestó su hermana; luego miró al oeste, en dirección a la Roca Hendida.
—Los Corredores del Sol jamás volverán a aceptarte —opinó Sadira—. No importa lo que encontremos.
—No estés tan segura. Los elfos son gente práctica —replicó Rhayn—. Seguirán a un jefe poderoso… en especial si no tienen otra elección.
—¡Tiranizarías a tu propia tribu! —exclamó Sadira.
—Lo que no haré es permitir que mis hijos crezcan sin mí. Los tratarán como esclavos en el campamento de otra mujer.
—Meredyd no permitirá que eso suceda —protestó Sadira—. Después de lo que hiciste por ella…
—En estos momentos, Meredyd ya ha olvidado que mi oro compró la libertad de su hijo —escupió Rhayn. Se sentó en el suelo y, utilizando un fragmento de hueso como aguja, empezó a coser el fondo del estómago del erdlu para cerrarlo.
Sadira sacudió la cabeza.
—Meredyd es tu amiga.
—La amistad se basa en la necesidad mutua —rio Rhayn—. Ahora que Meredyd ya no puede obtener nada de mí, ya no es mi amiga. No se preocupará para nada por mis hijos… del mismo modo que yo tampoco me ocuparía del suyo si la hubieran expulsado.
La dulce voz de Magnus flotó por el brezal hasta ellas. Sadira miró al lugar del que procedía y descubrió al cantor del viento casi cien metros más allá. Se encontraba debajo del flotador, los ojos negros fijos en el cuerpo palpitante de la criatura. Sus orejas se movían adelante y atrás muy despacio como si escuchara algún sonido que la hechicera no percibía y su hocico estaba fruncido en una expresión de total éxtasis.
—¿Qué hace Magnus? —inquirió Sadira, alarmada.
El flotador hizo descender sus brazos en forma de cintas y permitió que se agitaran a pocos metros del suelo. Un suave gorjeo empezó a sonar en el viento, tan dulce y débil que la hechicera lo captaba sólo como vacilante hormigueo en la parte posterior de su cabeza.
—Parece como si estuviera hablando con él —respondió Rhayn, reanudando su tarea—. Yo lo dejaría tranquilo. No creo que quieras asustar a esa cosa.
Al poco rato, la elfa remató el hilo y dejó el nuevo odre a un lado. Tras arrancar nuevos tendones de las piernas, indicó a Sadira que se sentara junto a ella, y las dos mujeres iniciaron la fabricación de un par de armas, atando las zarpas afiladas como cuchillas a los extremos de los huesos del muslo.
Casi habían terminado cuando Sadira observó la presencia de más de una docena de sombras que las rodeaban a ella y a Rhayn. Poseían cuerpos vagamente humanos, con extremidades filiformes, pechos sinuosos, y ascuas azules donde deberían haber estado los ojos. La hechicera miró a su alrededor en busca de los seres que producían las sombras, pero no encontró a nadie… ni siquiera cuando miró al cielo.
Una de las sombras se inclinó para coger el estómago que Rhayn acababa de coser. En cuanto uno de sus dedos tocó el pellejo, el recipiente se volvió negro y se convirtió en parte de la sombra.
—¿Qué son? —quiso saber Rhayn, con los ojos también fijos en las negras figuras que las rodeaban.
—El pueblo de las sombras —contestó Sadira, recordando la descripción que Rikus había hecho de Umbra. También recordó el relato de Er’Stali sobre los dos enanos que habían ido a la Torre Primigenia y habían utilizado la obsidiana para sobornar a las sombras—. Creo que vienen de la torre.
Rhayn se puso en pie, al parecer menos interesada en lo que eran que en lo que hacían.
—¡Diles que nos devuelvan el odre! —exigió, indicando a las criaturas con la lanza que había estado fabricando.
—¿Cómo? —inquirió Sadira.
Cuando varias de las sombras empezaban a rodear a Rhayn, esta lanzó un sencillo hechizo y un rayo de luz surgió de su mano. La elfa lo dirigió al suelo frente a ella, en un intento de rechazar a las oscuras figuras que se arrastraban a sus pies. Pero lo único que consiguieron sus esfuerzos fue que las siluetas se tornaran más oscuras y consistentes.
Una de las sombras dejó de hostigar a Rhayn. Su cuerpo empezó a volverse más denso y a asumir una forma sólida; luego se colocó en una posición arrodillada. Cuando hubo obtenido una forma tridimensional completa, se incorporó. La criatura tenía la estatura de un semigigante y se alzaba por encima de Rhayn igual que la elfa lo hacía por encima de Sadira.
—¿Con qué derecho cazáis en nuestras tierras? —inquirió, lanzando negros vapores por la abertura azul que se había abierto en su rostro a modo de boca.
En lugar de responder, Rhayn volvió la cabeza y miró en dirección a Magnus. Cuando vio que él y el flotador seguían cantándose el uno al otro, llamó:
—¡Magnus, deja en paz a esa cosa y ven aquí!
Pero este no pareció oír la llamada. La sombra bajó los ojos hacia sus compañeros del suelo e hizo un gesto indicando en dirección al cantor del viento. Varias de las siluetas corrieron hacia Magnus, deslizándose por entre la maleza como una persona nadaría por el estanque de un oasis. Al llegar junto al cantor del viento, empezaron a rodearlo en una enloquecida danza; al cabo de unos instantes, se detuvieron y, adoptando una forma sólida, se alzaron del suelo en posición erecta.
El agudo trinar del flotador cesó, y la criatura lanzó sus brazos en forma de cintas hacia el suelo para agarrar a Magnus. La canción del cantor del viento se interrumpió en una nota estrangulada, seguida de un grito de dolor. Las extremidades de la criatura flotante empezaron a retraerse, pero en lugar de levantar al pesado cantor del viento por el aire, fue la criatura la que descendió hacia él. Las espectrales sombras que rodeaban a Magnus volvieron a fundirse entonces con el suelo y se alejaron de él tan deprisa como se habían acercado.
Rhayn gritó asustada y echó a correr hacia el cantor del viento. Sadira hizo intención de seguirla, pero la sombra que había estado hablando con su hermana le cortó el paso.
—La caza de estas tierras nos pertenece —siseó la silueta, sujetando a Sadira de la muñeca. Una mancha negra empezó a correr muy despacio por su brazo, acompañada por un dolor frío y entumecedor que parecía absorber todo el calor de su cuerpo—. ¿Cómo vas a pagar por ella?
—Perdónanos. No sabíamos que los pájaros pertenecían a alguien. —Sadira liberó su brazo, pero la sombra siguió cortándole el paso y no le permitió adelantarse. La muchacha señaló con la mano el montón de carne erdlu—. ¿Da la impresión de que nosotros…?
Sus palabras se vieron interrumpidas por la atronadora voz de Magnus que retumbó por todo el brezal, entonando una única nota baja. Tan profundo y rico era el tono que Sadira no podía oír nada más; lo sentía incluso en los huesos en forma de resonante vibración que hacía chirriar sus articulaciones y temblar su abdomen.
Allá en el prado, Sadira vio cómo su hermana llegaba junto a Magnus y empezaba a acuchillar las cintas que lo mantenían prisionero, pero sin conseguir otra cosa que cubrirse de baba. El cantor del viento la apartó de un empujón al tiempo que elevaba aún más su voz. Un abrasador torbellino, lleno de arena ardiente y de piedras, hizo su aparición procedente del desierto y envolvió al cantor del viento y a su atacante. El cuerpo del flotador se vio atacado por violentas ondulaciones, y a poco sus azuladas entrañas empezaron a retorcerse como enloquecidas.
Al cabo de un instante, el torbellino consiguió despedazar a la criatura, enviando pegajosos zarcillos y pedazos de viscosa carne en todas direcciones. La porción mayor del cuerpo del flotador salió despedida a lo lejos por encima del brezal, donde el rápido movimiento de la lengua llena de púas de una criatura invisible la arrancó de la corriente de aire y la hizo desaparecer. Magnus cerró la boca y se desplomó en el suelo, mientras el remolino se disipaba tan rápido como había aparecido.
Sadira esquivó a la sombra que le cerraba el paso y corrió junto al cantor del viento, a cuyo lado llegó pocos instantes después que su hermana. El rostro y los brazos de Magnus estaban enrojecidos e inflamados allí donde el flotador lo había sujetado. En una de sus piernas se veía un gran verdugón que había reventado y rezumaba sangre muy despacio.
—¡Magnus, cúrate! —instó Sadira mientras le arrancaba un pedazo de baboso tentáculo del hombro.
El cantor del viento asintió e inició su canción, pero el verdugón no cicatrizó. En lugar de ello, la punta de una raíz marrón surgió de la herida. Sadira le arrebató a Rhayn el arma y utilizó la garra de erdlu para cortar la excrecencia.
Magnus lanzó un alarido de dolor y, arrebatándole la lanza, la arrojó lejos.
—¡No! —exclamó—. Es parte de mí ahora. Siento cómo crece de mis huesos.
Una nueva raíz surgió de la herida. Los tres camaradas contemplaron con horror cómo crecía y se ensanchaba, hasta ser tan gruesa como la muñeca de Sadira. De improviso, la punta giró hacia abajo y se hundió en la tierra. Rhayn y Sadira agarraron el tallo y, sin hacer caso del grito de Magnus, intentaron arrancarlo del suelo, pero a punto estuvieron de verse derribadas cuando la cosa siguió enterrándose aún más en el suelo. Finalmente, cuando el tallo era ya tan ancho que no podían ni abarcarlo, las hermanas se dieron por vencidas.
—Hemos de intentar otra cosa —declaró Sadira—. Quizá si lo volamos…
—Eso sería como arrancarme una pierna, puede que peor —repuso Magnus, los dientes apretados para contener el dolor.
—Entonces ¿qué quieres que hagamos? —inquirió Rhayn con tono de contrariedad.
—Nosotros podríamos invertir la metamorfosis por vosotras —dijo una voz grave.
Sadira se volvió y descubrió que todas las sombras habían adoptado forma sólida. Se encontraban a varios metros de distancia, con los fríos ojos azules clavados en la raíz que sujetaba a Magnus al suelo.
—¿Podéis hacerlo? —preguntó la hechicera.
—Desde luego —respondió la sombra—. Esta es nuestra tierra, ¿no es así?
Sadira y Rhayn se hicieron a un lado e indicaron a las sombras que se acercaran.
—Por favor, hacedlo.
El jefe del grupo sacudió la cabeza negativamente.
—Primero, está la cuestión del pago —replicó—. Ha pasado más de un año desde nuestro último cargamento. Pensábamos que erais nuestros correos.
—Pues no lo somos, así que dejad de perder el tiempo y ocupaos de él —bufó Rhayn, señalando a Magnus.
La sombra volvió a negar con la cabeza.
—No sin un pago.
—¡Os pagaré! —aulló la elfa, extendiendo los dedos para absorber energía para un hechizo.
Sadira posó una mano conciliadora sobre la de su hermana, y luego se dirigió a las sombras.
—Lo siento, pero no tenemos obsidiana…
—En ese caso vuestro amigo se quedará como está hasta que nos la traigáis —siseó el portavoz de las sombras.
Tras esto, la sombra se acercó y tomó el arma que Magnus había arrojado antes al suelo. Mientras su oscuridad envolvía la improvisada lanza, las otras sombras se acercaron al lugar donde Sadira y Rhayn habían estado despedazando al erdlu. Allí, recogieron las zarpas, escamas y huesos que las dos hermanas habían reunido con tanto trabajo; luego se fundieron con el suelo y se deslizaron rápidamente por él en dirección a la lejana torre.
—¿Ahora qué? —apremió Rhayn.
—Las seguiremos —decidió Sadira—. Si pueden anular lo que le ha sucedido a Magnus, apuesto a que pueden controlar la magia de la torre. Todo lo que tenemos que hacer es idear una forma de convencerlas para que nos den lo que queremos.
—Deja eso para mí —dijo Rhayn—. No se ha proyectado todavía la sombra que pueda vencer a un elfo en una negociación.
—¿Y qué pasará conmigo? —quiso saber Magnus.
Sadira le dedicó una mirada entristecida.
—No veo cómo podemos ayudarte si nos quedamos aquí —repuso—. Si tenemos éxito en la torre, regresaremos con las sombras a liberarte.
El cantor del viento asintió con la cabeza.
—Imagino que tiene sentido, pero ¿qué hay de la comida… y del agua?
Rhayn lo besó en la mejilla, al tiempo que daba una palmadita al tallo marrón que lo sujetaba al suelo.
—¿No es para eso para lo que sirven las raíces?