15
Wren Ohmsford se acurrucó junto a sus compañeros en los oscuros túneles que se abrían por debajo de la Quilla, mientras el Búho trabajaba en silencio en algún lugar un poco más adelante, restregando un trozo de pedernal contra una piedra para encender la antorcha empapada de brea que tenía encima de las rodillas. La magia que iluminaba el pasadizo cuando Wren llegó a la ciudad había desaparecido, absorbida por la Loden al mismo tiempo que la ciudad de Arborlon y los elfos. Triss, que desde el puente transportaba en sus brazos a Ellenroh, fue el último en entrar, y cerró y aseguró la puerta tras de sí para ponerlos a salvo de la locura que se había desatado en el exterior, pero también los dejó atrapados en aquella atmósfera, sofocante y maloliente por las erupciones de fuego del Killeshan.
Se produjo una chispa en la oscuridad, y una débil llama anaranjada comenzó a cobrar vida, proyectando sombras por doquier. Todas las cabezas se volvieron hacia el Búho, que ya empezaba a alejarse.
—¡Deprisa! —dijo con voz dura y apremiante—. Los seres oscuros no tardarán mucho tiempo en encontrar la entrada.
Eowen, Dal, Gavilán, Wren, Garth, Triss (que llevaba en brazos a Ellenroh) y Colt lo siguieron. Desde el exterior, horadando la tierra con la tenacidad de los topos, los aullidos y gritos de los demonios seguían sus pasos. A causa del intenso y sofocante calor que hacía en los túneles, Wren tenía todo el cuerpo cubierto de sudor. Se frotó los ojos y parpadeó para librarlos de la picante humedad, intentando por todos los medios mantener el paso. Dejó vagar sus pensamientos mientras se esforzaba en ello, y recordó a Ellenroh, erguida en el extremo del puente, invocando la magia de Loden, llamando a la luz para que acogiera bajo su manto protector la ciudad de Arborlon con todo lo que en ella había para guardarlo en las brillantes profundidades de la piedra. Vio cómo desaparecía la ciudad, desvaneciéndose como si nunca hubiera existido: edificios, gente, animales, árboles, hierba… todo. Ahora eran ellos los responsables de Arborlon, sus protectores, puesto que la magia que la preservaba no tenía otra fuerza que la de las nueve personas a las que había sido confiada.
Se veía obligada a apartar raíces colgantes y telarañas, y ese trabajo era una pesada carga para ella. Era plenamente consciente de que no era más que un miembro más del grupo, y no el más fuerte. Pero, a pesar de ello, no podía quitarse la sensación de que la responsabilidad solo era suya, una consecuencia directa del encargo que había recibido del espíritu de Allanon, la razón de que se hubiera decidido a emprender la búsqueda de los elfos.
Apartó este pensamiento de su mente, y tropezó con Gavilán al apretar el paso inconscientemente para seguir avanzando.
En aquel preciso instante, de repente, la tierra tembló.
La fila se detuvo, y los elfos bajaron la cabeza para protegerse de la lluvia de polvo que caía del techo del túnel. La tierra volvió a estremecerse, y los temblores se sucedieron con regularidad, sacudiéndolo todo como si un gigante hubiera cogido la isla con las manos e intentara arrancarla de cuajo.
—¿Qué está pasando? —Wren oyó preguntar a Gavilán.
Se dejó caer de rodillas para no perder el equilibrio, y sintió la firme mano de Garth apoyada en su hombro.
—¡Seguid adelante! —ordenó el Búho—. ¡Deprisa!
Corrieron, agachados para protegerse de la nube de polvo que se revolvía en el aire. Los temblores continuaban, un retumbo que llegaba desde abajo. El ruido tan pronto aumentaba como disminuía de intensidad, un retumbo que los lanzaba contra las paredes del túnel, y les obligaba a realizar un titánico esfuerzo para conseguir mantenerse en pie. Los segundos pasaban con la misma velocidad con la que ellos huían del horror que los perseguía. Una parte del túnel se hundió inmediatamente a sus espaldas y los cubrió de tierra. Oyeron un crujido de piedra, la roca volcánica quebrándose, como si la corteza terrestre se estuviera resquebrajando, e inmediatamente después se oyó un golpe fuerte producido por un gran pedrusco que se abrió paso por una grieta y fue a chocar contra el suelo del túnel.
—¡Búho, sácanos de aquí enseguida! —gritó Gavilán perdiendo los nervios.
Poco después corrían en pos de la libertad, y salieron a gatas, a través de una grieta, a la débil luz de la mañana. Pocos segundos después, el túnel se hundió por completo a sus espaldas, produciendo una ráfaga de aire y lanzando innumerables cascotes por la abertura que acababan de traspasar. Los temblores continuaron extendiéndose a través de los montes de Morrowindl, desgarrando su corteza, haciendo rechinar las rocas a medida que se desmoronaban. Wren y sus compañeros lograron ponerse de pie y dirigirse a un bosquecillo de acacias moribundas, mirando hacia atrás.
La Quilla era un hervidero de demonios que intentaban escalar aquella barrera que tanto odiaban. La magia había desaparecido, pero los temblores que la habían reemplazado eran un obstáculo aún mayor para ellos. Los siniestros seres caían desde lo alto entre terribles alaridos, desprendiéndose como las hojas de un árbol en otoño bajo la fuerza de un vendaval. La Quilla se resquebrajaba y rompía mientras la ladera que la sujetaba se estremecía bajo su peso. Se desprendían trozos de piedra, y la muralla amenazaba con derrumbarse de un momento a otro. Lenguas de fuego brotaban de la tierra: el cráter que se había abierto cuando la magia había arrancado Arborlon de la isla se había convertido en una caldera de llamas. El vapor silbaba y estallaba hacia arriba en forma de surtidores. En las alturas del Killeshan, la corteza se agrietaba y empezaba a rezumar roca fundida.
—El Killeshan está despertándose —dijo Eowen en voz baja, haciendo que todos volvieran la vista hacia el volcán—. La desaparición de Arborlon ha alterado el equilibrio de Morrowindl por el vacío que ha dejado la magia, y ha trastocado el mismo corazón de la isla. El volcán no volverá a estar inactivo. El fuego de sus entrañas arderá aún con mayor violencia, y los gases y el calor aumentarán mucho más de lo que nunca hubiéramos podido imaginar.
—¿Cuánto tiempo falta para que eso ocurra? —preguntó el Búho.
—Aquí en las laderas, algunas horas; más abajo, varios días —respondió Eowen, con los ojos brillantes—. Es el principio del fin.
Siguió un instante de preocupado silencio.
—Quizás lo sea para los demonios, pero no para nosotros.
Fue Ellenroh Elessedil quien pronunció estas palabras, de nuevo en pie, recuperada del esfuerzo que había realizado para invocar la magia de la Loden. Se liberó de los brazos de Triss y avanzó entre ellos, sus miradas fijas en ella hasta que se giró para encararlos. Parecía serena, segura de sí misma y no dejaba traslucir el menor indicio de miedo.
—Ahora no podemos flaquear —les dijo—. Nos dirigiremos con rapidez, pero también con precaución, hacia la costa del Confín Azul, y dejaremos la isla para regresar a nuestro país de origen. Manteneos unidos y con los ojos bien abiertos. Búho, sácanos de aquí.
Aurino Estriado reemprendió la marcha sin más dilación, y los demás lo imitaron. Nadie hizo preguntas: la presencia de Ellenroh Elessedil lo impedía. Wren volvió la cabeza una vez, y vio que su abuela se acercaba a Eowen, que parecía haber entrado en trance, y la agarraba suavemente para sostenerla. Detrás, el fulgor del volcán teñía la Quilla del color de la sangre. Parecía que todo se había disuelto en un baño de rojo.
Como sombras contra la luz neblinosa, el grupo descendía por la ladera del Killeshan entre la escabrosa mezcla de lava solidificada, madera seca y maleza. Todos los sonidos habían quedado atrás, en el lugar donde los demonios centraban su atención en un supuesto enemigo que, según estaban empezando a descubrir, ya no estaba allí. Delante solo se oía el rumor de las aguas aceradas del Rowen en su imperturbable transcurso hacia el mar. Los temblores continuaban siguiéndolos, estremecimientos que recorrían la roca volcánica y sacudían los árboles y arbustos, pero su impacto disminuía a medida que se alejaban. La bruma cenicienta ensuciaba el aire y les impedía distinguir el halo del amanecer de los contornos de la tierra. La respiración de Wren se normalizó y su cuerpo se relajó. Ya no se sentía atrapada como en el túnel, y el sofocante calor había disminuido notablemente de intensidad. Empezó a tranquilizarse, a sentirse en sintonía con la tierra, y sus sentidos se extendieron como antenas invisibles, dispuestas a captar lo que estaba oculto para los demás.
Sin embargo, no consiguió detectar la presencia de los demonios que les tendían una emboscada. No eran más que una docena, pequeños y nudosos, resecos como leños. Arremetieron contra ellos, armados con ramas espinosas y palos. Eowen cayó, y el Búho desapareció entre una maraña de brazos y piernas. Todos los demás se agruparon y defendieron de sus atacantes con lo primero que encontraron a mano, rodeando a Eowen para protegerla. Los miembros de la Guardia Real lucharon con una ferocidad implacable, matando a todos los demonios que se acercaban a ellos. La lucha concluyó casi antes de que hubiera empezado. Solo una de aquellas negras criaturas consiguió escapar con vida; todas las demás estaban tiradas en tierra, sin vida.
El Búho salió de detrás de una roca con una manga hecha jirones y su delgado rostro lleno de arañazos. Tras hacerles una seña, se apartó del sendero que habían seguido hasta entonces y los condujo rápidamente desde la cima de una pendiente hasta una estrecha hondonada que serpenteaba en la niebla. Ahora mantenían los ojos bien abiertos para descubrir a tiempo cualquier posible ataque, conscientes de que los demonios podrían encontrarse en el lugar más inesperado, ya que no todos habían ido a la Quilla. El cielo adquirió un peculiar tono amarillo por encima de sus cabezas cuando ascendió el sol, que trataba en vano de atravesar la bruma cenicienta. Wren avanzaba con el sigilo de un reptil, armada con un cuchillo en cada mano y escudriñando las sombras atentamente en busca del más leve indicio de movimiento.
Estaban cerca del río Rowen cuando Aurino Estriado, de repente, les ordenó que se detuvieran. Se puso en cuclillas y les indicó por señas que lo imitasen; luego se volvió, gesticuló para ordenarles que se quedaran donde estaban y desapareció ante ellos en medio de la niebla. Apenas estuvo ausente cinco minutos. Con un movimiento de cabeza, señaló hacia la izquierda. Agachados, se deslizaron por una hilera de peñascos hasta donde una larga cresta ocultaba el río Rowen. A partir de este punto recorrieron más de un kilómetro paralelos al río, y después subieron, con cautela, a una colina. Wren oteó la apacible y grisácea superficie del río, ancha y vacía, que se perdía en la distancia.
No se advertía ningún movimiento.
—Los bajíos están llenos de criaturas con las que no nos conviene cruzarnos —dijo el Búho, que acababa de unirse a ellos, con una expresión ceñuda dibujada en su curtido rostro—. Cruzaremos el río por aquí, pero es demasiado ancho para hacerlo a nado. Tenemos que construir una balsa lo bastante grande para que quepamos todos.
Hizo que lo acompañaran los guardias reales para cortar la madera que necesitaban y dejó a Gavilán y a Garth con las mujeres. Ellenroh se acercó a Wren y le dio un corto y cariñoso abrazo, al tiempo que esbozaba una sonrisa tranquilizadora. Le dijo que todo iba bien, pero las arrugas de su frente delataban claramente su inquietud. Luego se retiró de su lado.
—Toca la tierra con las manos, Wren —dijo en voz baja Eowen de repente, agachándose junto a la muchacha. La joven puso las manos abiertas en el suelo y dejó que los temblores ascendieran por su cuerpo—. La magia está demoliendo cuanto nos rodea, todo lo que los elfos intentaron construir. El edificio de nuestra arrogancia y de nuestro miedo comienza a derrumbarse. —Sus cabellos rojizos se agitaban violentamente en torno a sus abstraídos ojos verdes. Parecía que acababa de despertar de una pesadilla—. Ella tendrá que revelártelo alguna vez, Wren. Tendrá que decírtelo.
Luego se alejó y fue a reunirse con la reina. Wren no acababa de comprender el significado de sus palabras, pero supuso que se referían a Ellenroh, a que aún se reservaba para sí algunos secretos.
La niebla se arremolinaba, ocultando el río Rowen, serpenteando a través de las grietas y hendiduras de la tierra, cambiando la forma de todo y dando un aspecto irreal a las cosas. Colt y Dal llegaron arrastrando unos troncos, los dejaron y volvieron a irse. El Búho atravesó la bruma en dirección al río, delgado como un palo y agazapado como un cazador. Todo se movían como si carecieran de materia, como retazos de recuerdos medio olvidados que hacían creer en lo que nunca había existido.
Una convulsión repentina sacudió la tierra bajo sus pies e hizo que a Wren se le cortara la respiración y tuviera que extender las manos para no perder el equilibrio. Las aguas del río Rowen se encresparon, acumulando su ímpetu en una ola que rompió contra la orilla y retrocedió, perdiéndose en la distancia.
«La isla entera está resquebrajándose», le dijo Garth por señas después de tocarle el hombro.
La joven asintió con la cabeza, recordando las palabras de Eowen, que atribuía el inminente cataclismo a un desequilibrio de la magia. Entonces había pensado que la vidente se refería al uso que Ellenroh había hecho de la Loden, pero ahora comprendía que sus palabras encerraban algo más. El desequilibrio de la magia no había sido provocado solo por el traslado de Arborlon, sino que, en tiempos pasados, los elfos habían intentado hacer algo que había fallado de forma estrepitosa, y lo que estaba ocurriendo era una consecuencia directa de aquello. Almacenó esta información en su cerebro para utilizarla en el momento adecuado.
Garth se fue donde estaban los guardias reales para ayudarlos con el trabajo de unir los troncos para construir la balsa. Gavilán hablaba en voz baja con Ellenroh, y sus ojos reflejaban inquietud e ira. Wren lo observó durante un breve instante, comparando lo que ahora veía con lo que había visto antes, la crispada tensión del presente con la despreocupada indiferencia del pasado: dos imágenes opuestas. Le intrigaba Gavilán. Había en él una compleja mezcla de posibilidades y atractivos. Le gustaba y quería tenerlo cerca, pero ocultaba algo que la preocupaba, algo que aún no era capaz de definir.
—Solo faltan unos minutos —dijo el Búho, pasando junto a ella como un fantasma y desvaneciéndose entre la niebla.
Empezó a ponerse de pie, y algo pequeño y veloz surgió de la maleza y se abalanzó sobre ella. Se tambaleó y cayó manoteando con desesperación, pero entonces se dio cuenta, con sorpresa, que la criatura que se aferraba a ella era Fauno. No pudo evitar una carcajada mientras abrazaba al jacarino.
—Fauno —dijo en voz baja, arrullando a la pequeña criatura—. Temía que te hubiera ocurrido alguna desgracia. Pero estás bien, ¿verdad? Sí, ya veo que estás bien.
Advirtió que Ellenroh y Gavilán observaban la escena con expresión desconcertada y se levantó rápidamente, tranquilizándolos con un gesto, sonriendo muy a su pesar.
—Grrr. ¿Has olvidado tu promesa?
Wren se volvió y vio a Stresa, que la miraba con las púas erizadas.
—¡Así que tú también estás bien, señor gatoespino! —exclamó la joven, arrodillándose junto a él apresuradamente—. Estaba preocupada por vosotros dos. No pude salir para comprobar si estabais a salvo, pero tenía la esperanza de que así fuera. ¿Os encontrasteis después de mi marcha?
—Sí, Wren de los Elfos —respondió el gatoespino con palabras frías y mesuradas—. Pfff. El jacarino volvió corriendo al amanecer, con los pelos revueltos, hablando de ti. Así que ahora cumple lo que prometiste. No te habrás olvidado de tu promesa, ¿verdad?
—No me he olvidado, Stresa —respondió Wren, haciendo un solemne gesto de asentimiento—. Prometí que, cuando saliera de la ciudad, te llevaría conmigo a la Tierra del Oeste, y cumpliré mi promesa. ¿Creías que iba a faltar a mi palabra?
—¡Jssst! —El gatoespino replegó las púas—. Esperaba que fueras persona de palabra. No como… —Se interrumpió en seco.
—Abuela —llamó Wren a la reina, y Ellenroh se acercó, con sus rizados cabellos movidos por el viento cubriéndole la cara como un velo—. Abuela, estos son mis amigos Stresa y Fauno. Nos ayudaron a Garth y a mí a encontrar el camino a la ciudad.
—Entonces también son amigos míos —dijo Ellenroh.
—Señora —contestó Stresa con torpeza, al parecer no muy satisfecho.
—¿Qué es esto? —Gavilán apareció junto a ellos, con una expresión divertida en sus ojos—. ¿Un gatoespino? Creía que habían desaparecido todos.
—Quedamos unos cuantos… pero no gracias a vosotros, desde luego —respondió Stresa en tono distante y frío.
—Eres descarado, ¿eh? —dijo Gavilán sin poder disimular su desaprobación.
—Abuela —intervino Wren—, prometí a Stresa que me lo llevaría conmigo cuando abandonara la isla, y debo cumplir mi promesa. Y también Fauno tiene que venir con nosotros. —Abrazó al peludo jacarino, que seguía con la cara enterrada en su hombro, aferrándose a ella como si fuera su segunda piel.
Ellenroh Elessedil parecía dudar, como si el llevar aquellas criaturas con ellos entrañara alguna dificultad que Wren no podía comprender.
—No lo sé —respondió, pensativa. El viento silbó detrás, arreciando. Miró hacia donde estaban los guardias reales, ocupados ahora en cargar los morrales y pertrechos en la balsa—. Pero si has dado tu palabra…
—¡Tía Ell! —exclamó Gavilán con acritud.
—Cállate, Gavilán —respondió la reina, dirigiéndole una mirada gélida.
—Pero si ya conoces las reglas…
—¡Cállate!
—Eso sería un grave error —dijo Gavilán, dirigiendo su mirada a Stresa, esquivando la de la reina y la de Wren. Su furia era evidente—. Tú deberías saberlo mejor que nadie, gatoespino. ¿Recuerdas quién te creó? ¿Recuerdas por qué?
—¡Gavilán! —La reina estaba lívida.
Los guardias reales interrumpieron su trabajo y lo miraron. El Búho volvió a surgir de la neblina y Eowen se puso al lado de la reina.
Gavilán permaneció inmóvil unos segundos más; después giró sobre sus talones y se dirigió a la balsa con paso arrogante. Durante un momento, nadie más se movió: parecían estatuas envueltas por la niebla.
—Lo siento —dijo por fin Ellenroh, sin dirigirse a nadie en particular, con voz débil y desalentada.
Después se alejó también, seguida de Eowen. Sus juveniles facciones reflejaban tal aflicción que Wren decidió no acompañarla.
En cambio, miró a Stresa, y vio que la risa del gatoespino destilaba amargura.
—Ella no quiere que salgamos de la isla. Fffttt. Ninguno de ellos quiere.
—Stresa, ¿qué ocurre? —preguntó Wren, también enojada ahora, desconcertada por la animosidad que la aparición de Stresa había generado.
—Grrr. Wren Ohmsford. ¿No lo sabes? Jssst. Así que sigues sin saberlo, pese a ser nieta de Ellenroh Elessedil. ¡Qué extraño!
—Vamos, Wren —dijo el Búho, pasando junto a ella una vez más y tocándole ligeramente el hombro—. Ya es hora de que nos marchemos… ¡Rápido, ahora mismo!
Los guardias reales llevaban la balsa hacia las aguas de la orilla, y los demás componentes del grupo los seguían de cerca.
—¡Explícame lo que ocurre, Stresa! —exigió.
—Viajar por el Ro… Rowen no es precisamente mi pasatiempo favorito —dijo el gatoespino, ignorando la orden de Wren—. Yo me sentaré en el centro, si no os importa. Jssttt. Y si os importa, también.
Nuevos temblores sacudieron la isla y, a sus espaldas, el Killeshan escupió un torrente de fuego carmesí. La ceniza y el humo invadieron la atmósfera, y un retumbo surgió de las profundidades de la tierra.
Todos estaban llamando a Wren, que corrió hacia ellos precedida por Stresa y con Fauno colgado del cuello. Se sentía furiosa por la desconfianza que mostraban con ella al negarse a hablar en su presencia de ciertos temas, al ocultarle cosas de forma totalmente deliberada. Aborrecía el trato que recibía, y cada vez estaba más convencida de que, si no forzaba la situación, ninguno le diría nada sobre los elfos y Morrowindl.
Llegó a la balsa cuando ya la empujaban hacia el interior del Rowen y se encontró con la mirada abiertamente hostil de Gavilán, lo que la impulsó, inconscientemente, a ponerse al lado de Garth. Los guardias reales ya estaban metidos en el agua hasta las rodillas, equilibrando la balsa. Stresa saltó a bordo sin pedir permiso y se instaló con matemática precisión en el centro de los morrales y pertrechos, tal como había dicho que haría. Nadie puso ninguna objeción ni hizo comentario alguno. Triss llevó hasta su lugar a Eowen y a la reina, que aferraba el báculo Ruhk con ambas manos. A continuación, subieron Wren y Garth. Los miembros del pequeño grupo se coordinaron para apartar la balsa de la orilla, inclinándose hacia delante con el fin de repartir su peso sobre los troncos de la improvisada embarcación, y con las manos agarradas a las agarraderas de cuerda que los guardias habían hecho para que pudieran sujetarse.
La corriente los arrastró casi al instante. Los que estaban más cerca de la orilla patalearon para esquivar los márgenes del río, las rocas y las raíces de los árboles. El Killeshan continuaba vomitando fuego y cenizas, retumbando con furia. Los cielos se tiznaron con una nueva capa de humo, lo que dificultaba aún más el paso de la luz. La balsa alcanzó el centro del cauce, mecida por el movimiento del agua, y ganó velocidad. El Búho daba órdenes a gritos a sus compañeros, que intentaban en vano dirigir la balsa hacia la otra orilla. Brotaron surtidores en la roca volcánica de la ribera que habían dejado atrás, que agrietaron la costra de lava de las tierras altas al escupir vapor y gas hacia el cielo. El Rowen se estremeció por la fuerza del movimiento sísmico y empezó a agitarse. Las aguas se alborotaron, y se formaron pequeños remolinos. Pasaban detritos arrastrados por la corriente. La balsa sufría violentas sacudidas y bandazos, y sus ocupantes se veían obligados a aferrarse a ella con todas sus fuerzas para no salir despedidos.
—¡Encoged las piernas! —les ordenó el Búho—. ¡Agarraos bien!
Fueron arrastrados por la fuerza de la corriente. La orilla desfilaba ante sus ojos como una borrosa sucesión de árboles y arbustos chamuscados, de abruptos campos de lava y de masas de niebla y calina. El volcán desapareció a sus espaldas, oculto tras un recodo del río y por el principio del valle en que se adentraba el cauce. Wren sentía pinchazos y golpes producidos por cosas que chocaban contra ella y se apartaban girando como si las moviera un hilo invisible. Empezaban a dolerle las manos y los dedos por llevar tanto tiempo crispados en torno a las agarraderas de cuerda, y su cuerpo estaba helado por la gelidez de las aguas montañosas. El ruido del río ahogaba el rugido del volcán, pero la joven seguía sintiendo su temblor, sus convulsiones. Delante aparecieron unos acantilados que se alzaban como si fueran murallas infranqueables, pero pronto se hallaron en mitad de la formación rocosa, porque la roca se dividía para permitir que el Rowen discurriera por un estrecho desfiladero. Durante algunos minutos, los rápidos fueron tan violentos que temieron que la balsa se estrellara contra las rocas. Luego el cauce volvió a ensancharse, y los acantilados se separaron. Giraron siguiendo una serie de amplias y perezosas olas y salieron a un lago que se adentraba en el nebuloso verdor de la selva.
El río aminoró su ímpetu y sus aguas se amansaron. La balsa dejó de dar vueltas y empezó a flotar lánguidamente hacia el centro del lago. Sobre la brillante superficie de las aguas flotaba una densa bruma que ocultaba ambas orillas y las transformaba en una verde máscara de silencio. Procedente de algún lugar perdido en la distancia, se oía el furioso estruendo del Killeshan.
En el centro de la balsa, Stresa levantó la cabeza y miró a su alrededor. Los penetrantes ojos del gatoespino se movieron rápidamente hasta encontrar los de Wren.
—¡Sss! ¡Debemos alejarnos de aquí! —dijo—. ¡Este… sss… no es buen sitio para quedarse! ¡Estamos cerca de las Tinieblas del Paraíso!
—¿Qué murmuras, gatoespino? —le preguntó Gavilán irritado.
Ellenroh puso la mano sobre el báculo Ruhk, que descansaba atravesado en la balsa.
—Búho, ¿sabes dónde estamos?
—Si el gatoespino dice que es peligroso… —respondió Aurino Estriado, negando con la cabeza.
Las aguas se agitaron con violencia a sus espaldas con un desgarrador rugido, y una descomunal cabeza negra emergió de la bruma con perezosa lentitud, encajada sobre un grueso y sinuoso cuerpo cubierto de escamas y protuberancias, que se ondulaba y flexionaba a la media luz del crepúsculo. De sus mandíbulas colgaban tentáculos que se retorcían como si tratara de buscar alimento. Abrió la verdosa boca, revelando una doble hilera de dientes curvados. Empezó a dar coletazos hasta que consiguió alzarse sobre ellos a menos de quince metros de distancia, y siseó como un reptil a la que hubieran pisado.
—¡Una serpiente! —exclamó Eowen en voz baja.
Los guardias reales habían tomado posiciones, formando una barrera entre el monstruo y las personas que habían sido confiadas a su protección. Tras desenvainar las armas, empezaron a remar hacia la orilla opuesta. Fue inútil. La serpiente nadó en silencio hacia ellos y los alcanzó sin apenas esfuerzo. Sumergió en las aguas sus fauces abiertas en ademán amenazador. Wren, que estaba situada junto a Garth, ayudaba a impulsar la balsa, pero la orilla parecía cada vez más lejana. En el centro de la embarcación, Stresa había desplegado sus púas en todas direcciones, ocultando la cabeza.
Cuando se encontraban a unos cien metros de la orilla, la serpiente asestó un coletazo a la balsa por debajo, la levantó del agua junto con sus nueve ocupantes y la balsa giró por los aires. A continuación cayó sobre el lecho del río, dando un golpe que los dejó sin aliento. Los asideros se escurrieron de entre los dedos, y salieron despedidos junto con los bultos. Eowen chapoteó con desesperación y, cuando estaba a punto de hundirse, Gavilán la sacó a la superficie. La balsa había empezado a deshacerse por la fuerza del golpe; las ataduras se aflojaron y se soltaron los troncos. El Búho les gritó que patalearan, y lo hicieron con furioso frenesí porque no les quedaba otra opción.
La serpiente volvió de nuevo hacia ellos, emergiendo del Rowen con un resoplido que salpicó agua por todas partes. Emitió un terrorífico grito, parecido a una profunda y retumbante tos, y se abalanzó sobre ellos agitando y flexionando su enorme y monstruoso cuerpo. Wren y Garth salieron despedidos de la balsa cuando la bestia la alcanzó, arrastrando consigo a Ellenroh y a Fauno. Wren vio que Gavilán se sumergía y que los demás se dispersaban. Entonces la serpiente asestó un nuevo coletazo y todo desapareció en una explosión de agua. La balsa saltó por los aires hecha pedazos. Wren se hundió, con Fauno fuertemente aferrado a ella. Volvió a salir a la superficie, jadeando en busca de aire. Las cabezas se agitaban en el agua contra las olas que había provocado el ataque. La serpiente volvió a levantar la cabeza en la neblina, pero esta vez Triss y Colt habían acertado a la bestia, asestándole fuertes tajos y profundas estocadas con sus espadas. El aire quedó salpicado de sangre oscura y escamas, y el monstruo emitió un aullido desgarrador. Su cuerpo se sacudía para librarse de sus atacantes. Después se sumergió. En ese mismo momento, Triss hundió su afilada espada en la escamosa cabeza y se apartó de un salto. Colt seguía atacando, y su semblante juvenil mostraba una expresión torva.
El cuerpo de la serpiente se contorsionó y los empujó en todas direcciones, haciendo girar a la vez los troncos sueltos de la destrozada balsa.
Uno de ellos golpeó de refilón a Wren en la cabeza. La joven percibió una fugaz visión de la serpiente que se hundía, de Garth llevando a Eowen hacia la orilla y de Ellenroh y el Búho aferrados a los restos de la balsa, y después todo quedó sumergido en unas profundas tinieblas.
Fue arrastrada por las aguas, insensible, sin control, entumecida hasta los huesos. Era consciente de que se estaba hundiendo, pero no se sentía con fuerzas para evitarlo. Contuvo la respiración cuando la cubrieron las aguas del río; después, sin poder resistir más, exhaló el aire y sintió que el agua inundaba sus pulmones. Gritó sin producir ningún sonido. Sintió el peso de las piedras élficas que colgaban de su cuello, y notó que empezaban a quemarle en el pecho.
Entonces algo la agarró y empezó a tirar de ella, algo que al principio se cerró sobre su túnica y luego se deslizó en torno a su cuerpo. Una mano primero, luego un brazo; alguien la había cogido. Ascendió lentamente a la superficie.
Por fin pudo sacar la cabeza fuera del agua, jadeante y sofocada, esforzándose por respirar mientras tosía para expulsar el agua de sus pulmones. Su salvador estaba a sus espaldas, tirando de ella hacia un lugar seguro. Se dejó llevar sin oponer resistencia, todavía aturdida por el golpe y casi ahogándose. Pestañeó para quitarse el agua de los ojos, y volvió la mirada para ver la superficie del Rowen. Las aguas brillaban como una lámina de plata ondulante, vacía salvo por los detritos. La serpiente había desaparecido. Oyó las voces de Eowen, el Búho y alguna más. Oyó su propio nombre. Fauno ya no estaba agarrado a ella. ¿Qué le habría pasado a Fauno?
Por fin llegaron cerca de la orilla; su salvador dejó de nadar y se puso de pie, levantándola y dándole la vuelta al mismo tiempo. Entonces se encontró cara a cara con Gavilán.
—¿Te encuentras bien, Wren? —preguntó sin aliento, agotado por el esfuerzo de arrastrarla—. Mírame.
La joven lo miró, y el resentimiento que guardaba contra él se desvaneció al ver la expresión de su rostro. En él podían verse reflejados preocupación y una sombra de miedo, auténticos y sinceros.
—Me encuentro muy bien —respondió Wren, apretándole la mano, y aspiró con avidez una profunda bocanada de aire—. Gracias, Gavilán.
—Dije que podías contar con mi ayuda cuando la necesitases, pero no esperaba que aceptaras tan pronto mi oferta —dijo Gavilán, sin poder ocultar un sorprendente rubor.
La ayudó a salir del agua y la condujo hasta donde estaba Ellenroh, que la abrazó con ansiedad y susurró a su oído algo apenas audible, unas palabras que no era necesario oír para entenderlas. Garth también estaba allí, y el Búho, empapado y afligido, pero ileso. Vio la mayor parte de las provisiones del grupo amontonadas junto a la orilla, mojadas pero en buen estado. Eowen estaba sentada bajo un árbol, desgreñada y maltrecha, atendida por Dal.
—¡Fauno! —llamó Wren, e inmediatamente oyó un fuerte chillido.
Miró hacia el río Rowen y vio al jacarino agarrado a un trozo de madera, a muchos metros de distancia. Volvió corriendo al río y se metió en el agua hasta que le llegó al cuello. Entonces su peludo compañero abandonó su salvavidas y nadó hacia ella a toda velocidad. Se subió a su hombro, y la joven lo llevó a la orilla.
—¡Vaya, vaya, pequeño…! Tú también estás a salvo, ¿no es verdad?
Poco después, Triss salía del agua tambaleándose. Una parte de su bronceado rostro presentaba profundos arañazos, y tenía la ropa ensangrentada y hecha jirones. Se sentó un momento para que el Búho examinara sus heridas, y después fue a reunirse con los demás. Todos miraron las desiertas aguas.
No había señales de Colt ni de Stresa.
—La última vez que vi al gatoespino fue cuando la serpiente terminó de destrozar la balsa —dijo Gavilán en voz baja, en tono de disculpa—. Lo siento, Wren. Lo lamento de verdad.
Ella respondió con un asentimiento de cabeza, incapaz de hablar a causa de la pena. Rígida e inexpresiva, buscó con la mirada al gatoespino.
«Ya lo he abandonado dos veces», pensó.
Triss se agachó para coger una espada de entre los pertrechos salvados.
—Colt se hundió con la serpiente. No creo que pudiera liberarse.
Wren apenas oía sus palabras, ensimismada en sus sombríos pensamientos. «Tendría que haberlo buscado cuando se hundió la balsa. Tendría que haber intentado ayudarle».
Sin embargo, al mismo tiempo pensaba que no hubiera podido hacer nada.
—Tenemos que continuar la marcha —dijo el Búho—. No podemos quedarnos aquí.
Como si quisiera confirmar sus palabras, el Killeshan retumbó y la neblina se arremolinó lentamente. Dudaron un momento más, agrupados en la orilla, con la ropa goteando, en silencio e inmóviles. Luego se dieron la vuelta uno tras otro, cargaron a sus espaldas los morrales y pertrechos y, tras asegurarse de que las armas estaban en su lugar, se internaron entre los árboles.
A sus espaldas, el río Rowen se extendía como un sudario plateado.