14
En un mundo de luces y sombras, de vacíos nebulosos en los que la verdad solo era un destello de incongruencia, de vida despojada de materia y transmutada en vaporosas transparencias, Walker Boh se encontró cara a cara con lo imposible.
—He estado esperando mucho tiempo tu llegada, Walker —dijo el fantasma que tenía ante sí.
Era Cogline, que había muerto hacía varias semanas en la Chimenea Rocosa, asesinado por los umbríos que lideraba Rimmer Dall, acompañado de Susurro. Walker había presenciado la terrible lucha, y él mismo había estado a punto de morir a causa del veneno inyectado por el Áspid en su brazo, postrado e indefenso en su dormitorio mientras el anciano y el gato del páramo libraban su último combate. Lo había visto todo: el ataque final de los monstruos creados por poderes oscuros, el fuego de la magia del anciano refulgiendo como contraataque y la explosión que había consumido a todos los que se encontraban en su radio de acción. Cogline y Susurro habían desaparecido junto a varias docenas de sus atacantes. Nadie había logrado sobrevivir, excepto Rimmer Dall y unos cuantos espectros que salieron despedidos por la onda expansiva de la explosión.
Sin embargo, Cogline y el gran gato del páramo estaban allí. No sabía cómo, pero habían encontrado la manera de llegar a Paranor. Sombras surgidas de la muerte.
Pero Walker Boh los encontraba tan reales como él, un reflejo de sí mismo en aquel mundo crepuscular al que lo había trasladado la piedra élfica negra. Parecían espectros, pero, en contra de toda lógica, estaban vivos. Walker se sentía abrumado por tantas contradicciones. Sentía un nudo en la garganta que le impedía hablar. ¿Quién estaba vivo y quién no?
—Walker. —El anciano pronunció su nombre, y el sonido de esa palabra lo sacó del abismo en que estaba sumido.
Cogline se aproximó con lentitud y cautela, consciente al parecer del miedo y la confusión que su presencia había provocado en su discípulo. Le habló en voz baja a Susurro, y el gato del páramo se sentó obedientemente sobre las patas traseras, fijando con interés sus luminosos ojos en Walker. El cuerpo de Cogline seguía siendo tan frágil y huesudo como siempre bajo los pliegues de sus raídas vestiduras, y la luz grisácea y neblinosa lo atravesaba en finos rayos. Walker se sobrecogió cuando el anciano alargó las manos para tocarle el hombro. Los esqueléticos dedos bajaron hasta cogerlo del brazo.
—Estoy vivo, Walker. Y Susurro también. Ambos estamos vivos —dijo el anciano, estrechándolo con cariño y firmeza—. Nos ha salvado la magia.
Walker Boh permaneció callado, mirando a los ojos a su interlocutor sin comprender, intentando encontrarle la lógica a sus palabras. ¿Vivos? ¿Cómo era posible? Por fin, ante la necesidad de dar una respuesta, de sobreponerse al miedo y a la confusión, asintió con la cabeza.
—¿Cómo habéis llegado hasta aquí? —preguntó con voz vacilante.
—Ven a sentarte conmigo —respondió Cogline.
Lo llevó hasta un banco de piedra adosado a la pared: ambos eran un trémulo destello de alivio que se recortaba contra las sombras, envueltos en niebla y fulgor. Los sonidos estaban amortiguados dentro de la Fortaleza, como si algún huésped indeseado obligara a sus ocupantes a moverse con sigilo para no llamar su atención. Walker miró a su alrededor, incrédulo aún, escudriñando el laberinto de senderos que se perdían por detrás y por delante de él, captando imágenes fugaces de murallas, almenas y torres de piedra que se elevaban a su alrededor, tan carentes de vida como las tumbas sepultadas en la tierra. Se sentó junto al anciano y, cuando lo hizo, sintió el contacto de Susurro, que se frotaba contra él.
—¿Qué nos ha sucedido? —preguntó, recobrando parte de su firmeza y determinación, en un intento de descubrir la verdad y sobreponerse a la incertidumbre—. Mira qué aspecto tenemos. Parecemos fantasmas.
—Estamos en un universo de existencia intermedia, Walker —respondió Cogline con voz serena—, situado en algún lugar a medio camino entre el mundo de los hombres mortales y el de los muertos. El lugar en el que Paranor reposa ahora, rescatado de la nada por la magia de la piedra élfica negra. La encontraste, ¿no es así? La recuperaste de donde estuviera escondida y la has traído. La has utilizado, como sabías que debías hacer, y has llegado hasta nosotros.
»Espera, no respondas todavía —prosiguió el anciano, interrumpiendo el intento de Walker de hablar—. Me he adelantado a lo que quería decir. Primero debes saber exactamente qué me sucedió. Después hablaremos de ti. Susurro y yo hemos vivido nuestra propia aventura, la cual nos ha traído hasta aquí.
»Hace algunas semanas, cuando hablé con el espíritu de Allanon, me advirtió que mi tiempo en el mundo de los mortales estaba a punto de expirar, y que la muerte iría a buscarme cuando volviera a ver la cara de Rimmer Dall. Cuando eso sucediera, debía coger la Historia de los druidas y no soltarla. Eso fue todo lo que me dijo. Cuando el Primer Buscador y sus umbríos llegaron a la Chimenea Rocosa, recordé las palabras de Allanon. Logré entretenerlos el tiempo suficiente para sacar el libro de su escondrijo. Lo aferré contra mi pecho en el porche de la casita y Susurro retrocedió hasta apretarse contra mí mientras los umbríos intentaban despedazarme.
»Tú creíste que era mi magia la que me envolvía, pero no era así. Cuando me acosaron los umbríos, acudió en mi defensa la magia contenida en la Historia de los druidas. Liberó un fuego blanco que consumió cuanto lo rodeaba y destruyó todo lo que no formaba parte de mí, excepto a Susurro, que intentaba protegerme. No nos causó ningún daño, sino que nos sacó de allí en un abrir y cerrar de ojos. Perdimos el conocimiento y caímos en un profundo sopor que nunca antes había experimentado. Cuando nos despertamos, estábamos en Paranor, dentro de la Fortaleza de los Druidas.
»No puedo saber con certeza lo que sucedió mientras la magia actuaba —prosiguió, inclinándose hacia Walker—, pero puedo imaginarlo. Los druidas nunca dejarían desprotegida su obra. No permitirían que ninguna de sus creaciones fuese utilizada sin el debido derecho y un motivo justificado. Eso sucedía, estoy seguro, con los tomos de la Historia. La magia que los protegía era tal que cualquier amenaza los hacía volver a la cripta de la Fortaleza que los había albergado durante tantos años. Eso fue lo que sucedió a la Historia que yo sujetaba. He buscado en la cripta y he encontrado el tomo de la Historia entre los demás, sin el menor daño. Allanon debía de saber que sucedería así, y que quien sujetara la Historia también sería transportado… de vuelta a Paranor, al santuario de los druidas, pero no al mundo de los mortales.
—Porque la Fortaleza está en otro lugar desde hace trescientos años —repuso Walker, empezando a comprender.
—Sí, Walker, porque Allanon había arrancado la Fortaleza de las Cuatro Tierras, y permanecería fuera de ellas hasta que los druidas la hicieran volver. Así que el libro volvió a su lugar, y Susurro y yo viajamos con él. —Hizo una breve pausa—. Parece que los druidas aún me necesitan.
—¿Te tienen aquí prisionero? —preguntó Walker.
—Eso me temo —respondió el anciano, esbozando una tensa sonrisa—. Carezco de la magia necesaria para liberarnos. Ahora formamos parte de Paranor, como los libros de la Historia. Aunque estamos sanos y salvos, no somos más que fantasmas en un castillo espectral, atrapados en un momento y un lugar crepusculares hasta que una magia más poderosa que la mía nos libere. Y esa es la razón de que haya estado esperándote. —Sus huesudos dedos apretaron el brazo de Walker—. Dime. ¿Has traído la piedra élfica negra? ¿Puedes enseñármela?
Walker Boh recordó de pronto que todavía conservaba la piedra: apretaba el talismán con tanta fuerza que las aristas se le clavaban en la palma. Tendió la mano de forma vacilante y sus dedos se abrieron de uno en uno. Estaba receloso, asustado ante la posibilidad de que la magia lo arrollara. La piedra élfica negra lanzó un destello opaco en la superficie de su mano, pero la magia permanecía dormida, la no-luz estaba ausente.
Cogline contempló la piedra en silencio durante largo rato, con la duda y la admiración reflejadas en su enjuto y arrugado rostro.
—¿Cómo la encontraste, Walker? —preguntó el anciano, levantando la mirada—. ¿Qué ocurrió después de que Susurro y yo desapareciéramos?
Walker le habló entonces de la llegada de Aurora, la hija del rey del Río de Plata, y de cómo le había curado el brazo. Le contó todo lo que había sucedido en el viaje a Eldwist, la lucha de Aurora y sus compañeros para sobrevivir en aquella región de piedra, la búsqueda de Uhl Belk, los encuentros con el Cepo y Fauces Ávidas y la destrucción final de la ciudad y de quienes la preservaban.
—Llegué aquí solo —concluyó Walker con la mirada perdida mientras revivía las penurias del pasado—. Yo sabía lo que se esperaba de mí. Acepté ser el depositario de la confianza de Allanon, como antes lo fue Brin Ohmsford. —Miró a su alrededor—. Tú siempre me has dicho que tenía que aceptar para comprender, y creo que he seguido tu consejo. También he cumplido la misión que me encomendó Allanon. He utilizado la piedra élfica negra para restablecer la Fortaleza de los Druidas. Pero mírame, Cogline, parezco un fantasma, igual que tú. Si la magia ha logrado su propósito, ¿por qué…?
—Piensa, Walker —lo interrumpió el anciano con una mirada llena de pesar en sus cansados ojos—. ¿Qué fue lo que te encargó Allanon? Repítemelo.
—Que restaurara Paranor y propiciara el regreso de los druidas —respondió Walker con un suspiro, reflejando una profunda turbación en su pálido rostro.
—Sí, Paranor y los druidas… ¿Comprendes qué significa?
—Sí, Cogline —respondió Walker entre dientes, frunciendo el ceño con frustración y rechazo—. Debo convertirme en druida si Paranor vuelve a las Cuatro Tierras. Y lo he aceptado, aunque será a mi manera y no como pretende el espíritu de alguien que murió hace trescientos años. —Hablaba con furia y precipitación—. No estoy dispuesto a ser como eran ellos, aquellos viejos que…
—¡Walker! —exclamó Cogline, con un enojo tan intenso como el suyo, y eso lo aplacó—. Escúchame. No proclames lo que vas a hacer ni cómo lo harás hasta que hayas comprendido lo que se te pide. No se trata solo de aceptar un encargo y cumplirlo. Nunca se ha tratado de eso. Aceptar lo que eres y lo que debes hacer es el primero de los numerosos pasos que has de dar. Sí, has recuperado la piedra élfica negra y has invocado su magia. Sí, también has conseguido entrar en el desaparecido Paranor. Pero eso solo es el principio de lo que tienes que hacer.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué más hay? —preguntó Walker, sin poder salir de su asombro.
—Mucho, me temo —respondió el anciano, esbozando una melancólica sonrisa en sus arrugadas facciones, que parecían talladas en madera resquebrajada por el tiempo—. Has llegado a Paranor de una manera muy parecida a como hemos llegado Susurro y yo. Te ha traído la magia. Pero la magia solo concede la entrada en sus propios términos. Estamos aquí con su consentimiento, conservamos la vida bajo las condiciones que ella dicta. Ya has podido darte cuenta del aspecto que tienes: casi el de un fantasma, sin vida o solidez suficientes para ser como el resto de los humanos. Eso debería indicarte algo, Walker. Mira a tu alrededor. Paranor tiene la misma apariencia… Está y no está aquí; sus formas son ambiguas, y a su vida le falta plenitud.
»¿Lo ves? —prosiguió el anciano, tensando los músculos de su fina boca—. Ni Susurro, ni tú, ni yo, ni Paranor, hemos retornado todavía al mundo de los humanos. Nuestra existencia se desarrolla en una especie de limbo, en algún lugar intermedio entre el ser y el no ser, y permanecemos a la espera. Estamos esperando, Walker, a que la magia nos restaure por completo. Porque aún no lo ha hecho, aunque hayas utilizado la piedra élfica negra y entrado en la Fortaleza. Porque aún no has dominado la magia.
Se inclinó y cerró los dedos de Walker sobre la piedra élfica negra. Después se apoyó en el respaldo del asiento, lentamente, perfilándose contra las sombras como un frágil manojo de ramas secas.
—Para que Paranor sea devuelto al mundo de los hombres es necesario que regresen los druidas. Mejor dicho, un druida. Tú, Walker. Pero aceptar lo que eso significa no basta para convertirte en druida. Tienes que hacer algo más para que la magia llegue a ser tuya, para que llegue a pertenecerte. Debes llegar a ser lo que se te ha encargado que seas. Debes transformarte.
—¿Transformarme? —Walker estaba aterrorizado—. ¡Me parece que ya lo he hecho! ¿Qué más transformación se me exige? ¿Debo desaparecer por completo? No, no me contestes. Dame un momento para que intente averiguarlo por mi cuenta. He aceptado el encargo de Allanon, he tomado posesión de la piedra élfica negra… ¡y todavía tengo que hacer más cosas para que esto sirva de algo! ¿Transformarme, dices? ¿Cómo?
—Lo desconozco —respondió Cogline, negando con la cabeza—. Solo sé que, si no lo haces, no te convertirás en druida ni Paranor volverá al mundo de los hombres.
—¿Me quedaré atrapado aquí si no lo consigo? —inquirió Walker, sin poder contener su furia.
—No. Puedes marcharte cuando lo desees. La piedra élfica negra puede sacarte de aquí.
Se produjo un angustioso silencio mientras se miraban. Eran como dos vagas sombras sentadas en el banco de piedra al pie de las murallas del castillo.
—¿Y tú? —preguntó Walker al fin—. ¿Y Susurro? ¿Podréis venir conmigo?
—Hemos podido conservar la vida a cambio de un precio, Walker —respondió Cogline, esbozando una débil sonrisa—. Estamos ligados de forma irrevocable a la magia de la Historia de los druidas. Debemos permanecer junto a ella. Si no son devueltas al mundo de los hombres, tampoco nosotros podremos volver a él.
—Por todas las sombras —dijo Walker, pronunciando esta palabra como si fuera una maldición, y sintió sobre sí el peso de las piedras de Paranor—. Por tanto, puedo obtener mi propia libertad, pero no la vuestra. Yo puedo marcharme, pero vosotros tenéis que quedaros aquí. —Esbozó una dura e irónica sonrisa—. No puedo abandonaros, porque vosotros habéis entregado vuestras vidas para salvar la mía. Eso lo sabéis, ¿verdad? Lo sabíais desde el principio y, por supuesto, también lo sabía Allanon. Estoy atrapado por todos los lados, ¿no es así? Puedo presumir de lo que seré y de lo que haré, puedo alardear de controlar mi propio destino, pero mis palabras están vacías.
—Walker, no hay nada que te ate a nosotros —respondió Cogline—. Susurro y yo luchamos para salvarte de forma desinteresada, sin esperar nada a cambio.
—Cogline, sé sincero; luchasteis porque era necesario para que yo pudiera cumplir el encargo de Allanon. No cabe duda de que os debo la vida. Y si ahora me niego a cumplir esa misión, o si fracaso en el intento, ¡todo lo que ha pasado sería en vano! —Tuvo que hacer un gran esfuerzo para controlar su voz, que amenazaba con convertirse en grito—. ¡Mirad lo que ha sido de mí!
—¿De verdad es tan mala tu situación, Walker? ¿Tan mal te han tratado? —respondió Cogline con voz serena, tras guardar un breve silencio.
—¿Es que no puedo opinar sobre mi propio futuro? —inquirió Walker, fulminando al anciano con la mirada—. ¿He de resignarme a mi destino de convertirme en algo que detesto? ¿A que se me obligue a obrar de una forma que rechazo? Anciano, me asombras.
—Pero no lo bastante para provocar tu respuesta…
—Las respuestas son inútiles —contestó Walker con un gesto de desdén—. Cualquier respuesta que yo pudiera dar solo serviría para atormentarme después. Me siento traicionado por mis propios pensamientos en este respecto. Es mejor tratar con lo que es que con lo que podría ser, ¿verdad? —Exhaló un suspiro, sintiendo por primera vez que el frío de la piedra lo invadía—. Estoy tan atrapado en el castillo como vosotros.
—Escapa, entonces —le dijo Cogline, que se había apoyado en la muralla de la Fortaleza, dando la momentánea impresión de que iba a desaparecer en ella—. Pero no huyendo de tu destino, sino abrazándolo. Desde el principio has insistido en que no estabas dispuesto a dejarte manipular por los druidas. ¿Crees que yo no siento lo mismo? Ambos somos víctimas de unas circunstancias de hace trescientos años, y ninguno lo seríamos si hubiéramos tenido otra opción. Pero no la hemos tenido. Sin embargo, de nada sirve que nos lamentemos de nuestro destino. Por eso, Walker, haz algo que cambie las cosas en tu beneficio. Acepta tu destino, transfórmate en lo que debes ser, y después actúa de la manera que te parezca mejor.
—Así que he de transformarme, ¿eh? —inquirió Walker, esbozando una irónica sonrisa—. ¿Cómo lo hago, Cogline? Aún no me lo has dicho.
—Lo primero que debes hacer es leer la Historia de los druidas. Se dice que sus tomos contienen todos los secretos de la magia. —El anciano lo agarró del brazo impulsivamente—. Sube a la Fortaleza y saca la Historia de su cripta, libro a libro, y descubre sus enseñanzas. Podrás encontrar en ellas las respuestas que necesitas, o al menos te servirán como punto de partida.
—Sí —admitió Walker, reflexionando. Era posible que Cogline tuviera razón cuando decía que podría alcanzar sus objetivos si, en lugar de rechazar su destino, le daba la vuelta y lo usaba en su propio beneficio—. Sí, pueden ser un punto de partida. Lamento lo que te ha sucedido —se disculpó Walker, poniéndose de pie, y Cogline lo imitó. Después miró al anciano durante un breve instante y puso sobre sus hombros el brazo sano con afecto—. Repito lo que te dije en la Chimenea Rocosa antes de que llegara Rimmer Dall: que me equivoqué al responsabilizarte de lo sucedido, y que te agradezco todo lo que has hecho por mí. Encontraremos la forma de liberarnos, Cogline. Te lo prometo.
Retrocedió un paso, y Cogline le respondió esbozando una sonrisa, como un momentáneo rayo de sol que rompía la nebulosa penumbra.
Así pues, Walker entró en la Fortaleza precedido de Cogline y Susurro; tres espectros que deambulaban en un mundo crepuscular. La Fortaleza de los Druidas, oscura y lúgubre, rielaba como una imagen reflejada en las aguas de un estanque, en cuya superficie se proyectaban las sombras. La piedra de las paredes, del suelo y de las torres estaba fría y desprovista de vida, y los corredores serpenteaban como túneles bajo la tierra, negros y húmedos. Había huesos esparcidos sobre las alfombras de los salones con paredes revestidas de tapices: los restos de los gnomos que encontraron la muerte en el momento en que Allanon invocó la magia que sacó la Fortaleza de las Cuatro Tierras hacía trescientos años. Montones de polvo indicaban cómo habían acabado los mordíferos atrapados en la Fortaleza: todo lo que quedaba de ellos era un remoto recuerdo encerrado entre aquellos muros.
Había pasillos en todas direcciones, escaleras rectas y curvadas, un laberinto enterrado en la roca. El silencio era penetrante, denso y profundo como la hojarasca del bosque a finales de otoño, inexorable y enraizado en las paredes del castillo. Ellos no lo desafiaron, no hablaron mientras pasaban a través de la cortina de quietud, atentos a lo que había más allá, en el camino que seguían y el que los esperaba. Había puertas y salas vacías por doquier, desoladas, inhóspitas y sumidas en la penumbra. Las ventanas se abrían a un mundo gris, una peculiar neblina que cubría todo lo que rodeaba la Fortaleza y la aislaba. Walker intentó descubrir algún vestigio del bosque que cercaba la colina yerma sobre la que se asentaba Paranor, pero los árboles habían desaparecido; o quizás él no pudiera verlos al haber quedado reducido a la nada al salir de las Cuatro Tierras. Las alfombras, los tapices y los cuadros habían perdido todo su color: hasta la piedra y el cielo se había descolorido. Solo quedaba la penumbra, una especie de vacío gris y muerto.
Sin embargo, había algo más. Era la magia que aislaba Paranor. Estaba presente a cada paso, invisible pero perceptible en una especie de remolino de bruma verdosa. Flotaba en las sombras y en los límites de su visión, perversa y segura, susurrando palabras de muerte. No podía tocarlos porque estaban protegidos por otra magia y formaban un todo con la Fortaleza, pero los vigilaba, atormentaba, provocaba y amenazaba. Podía asustarlos insinuando lo que les sucedería cuando su magia los abandonara y quedaran desprotegidos.
Era extraño que la presencia de la magia fuera tan obvia; Walker Boh la percibió enseguida. Era como si la magia fuese un ser vivo, un perro guardián que tenía encomendada la misión de rondar por la Fortaleza para descubrir a los intrusos y acabar con ellos. Su presencia le recordó al Cepo de Eldwist, un escalador que recorría los dominios de su amo para acabar con cualquier vestigio de vida. La magia carecía de la corporeidad del Cepo, pero producía la misma sensación. Walker la presentía como un enemigo al que tarde o temprano tendría que enfrentarse.
Ya en la biblioteca de los druidas, pasaron a la cripta que estaba oculta tras las estanterías. Allí, en una oquedad que se abría en los muros de la Fortaleza, encontraron los libros de la Historia, voluminosos tomos encuadernados en cuero y dispuestos en hileras. La magia que en otro tiempo los había ocultado a los ojos mortales se había debilitado cuando la Fortaleza desapareció del mundo de los hombres. Walker miró los volúmenes durante un rato, pensando por cuál decidirse; por fin cogió uno al azar, se sentó y empezó a leer. Cogline y Susurro se quedaron con él, quietos y en silencio. El tiempo pasaba, pero la luz no cambió. En Paranor no había días ni noches. No existían el pasado ni el futuro, solo el aquí y ahora.
Walker, absorto en la lectura, perdió la noción del tiempo. No sentía fatiga ni sueño, ni tenía hambre ni sed. Cogline le había dicho en cierta ocasión que en el mundo al que Paranor había sido enviado las necesidades de los mortales no existían. Walker y sus acompañantes eran ahora fantasmas, sin dejar de ser dos hombres y un gato del páramo. No formuló ninguna pregunta porque no era necesario.
Leyó durante varias horas, tal vez durante varios días o quizá durante varias semanas; nunca llegó a saberlo. Al principio leía sin comprender, limitándose a dejar que las palabras fluyeran ante sus ojos. El texto le resultaba lejano, desconectado de la vida que él había conocido antes de que Allanon le enviara los sueños. Trataba sobre los druidas y sus estudios, sobre el mundo que habían intentado construir tras el cataclismo de las Grandes Guerras, del Primer Consejo de Paranor y la reunión de las razas después del holocausto. ¿Qué consecuencias debía extraer de todo aquello?, se preguntó. ¿Qué repercusión podría tener en la actualidad?
Terminó un libro, cogió otro y luego otro, avanzando con seguridad a través de los volúmenes, buscando lo que necesitaba saber. Había explicaciones sobre hechizos y conjuros, sobre ensalmos destinados a ofrecer una pequeña ayuda, sobre el arte de curar mediante el tacto y el pensamiento, sobre métodos para sanar a las criaturas vivientes y devolver a la tierra su fertilidad. Pero nada de lo que había leído hasta entonces resolvía su problema. ¿Cómo podía pasar de lo que ahora era a lo que tenía que ser? ¿Dónde se explicaba el procedimiento? Pasaba las páginas, las palabras se sucedían y las respuestas seguían ocultas.
No terminó la lectura de una sola sentada, a pesar de que estaba libre de sus necesidades físicas y no dormía, ni comía, ni bebía. Salía a pasear de vez en cuando para pensar en otras cosas y permitir que su mente asimilara lo que había leído en la Historia. En unas ocasiones Cogline lo seguía como una sombra, y en otras lo acompañaba Susurro. Parecía como si hubiesen regresado a la Chimenea Rocosa, recorriendo sus senderos y disfrutando de su mutua compañía. Pero la Chimenea Rocosa había desaparecido, destruida por los umbríos, Paranor estaba vacío de luz y de vida, y ningún deseo podía cambiar los acontecimientos del pasado. «No es posible retroceder», se dijo Walker en más de una ocasión. Todo estaba perdido.
Después de un cierto tiempo empezó a desesperarse. Casi había terminado de leer la Historia de los druidas y no había conseguido descubrir nada. Sabía todo lo referente a los druidas, sus enseñanzas y sus creencias, su modo de vida y los fines que perseguían, pero nada sobre cómo adquirían sus habilidades. No se indicaba de dónde procedía Allanon, ni cómo había aprendido a convertirse en druida o quién se lo había enseñado, ni cuál era la naturaleza de ese aprendizaje. Los libros no tenían ni la más mínima referencia al conjuro que había aislado la Fortaleza ni a lo que se necesitaba para invertir el hechizo.
—No logro descubrirlo, Cogline —confesó Walker Boh al anciano, con todas sus esperanzas rotas, mientras el último volumen yacía abierto en su regazo—. Lo he leído todo y no me ha servido de nada. ¿Es posible que falte algún tomo? ¿Hay alguna otra cosa que pueda intentar?
Cogline negó con la cabeza. Las respuestas, si se habían recogido por escrito, tenían que estar allí. No había más libros ni otras fuentes de información. Todo el saber estaba recogido en la Historia. Allí empezaba y terminaba toda la ciencia de los druidas.
Walker salió de la biblioteca y paseó solo durante un rato, recorriendo las dependencias del castillo, sintiéndose traicionado y burlado por el capricho y la vanidad de los druidas. Pensó con amargura en lo que le habían hecho por ser quien era, en todo lo que había tenido que soportar. Su hogar había sido destruido. Había perdido un brazo y había estado a punto de morir. Lo habían engañado y embaucado en varias ocasiones. Le habían hecho sentirse responsable del destino del mundo. Por un momento se sintió invadido por la autocompasión, pero después se le tensó la boca. «¡Basta! —se dijo a sí mismo—. ¿Acaso no estás vivo? Otros no han tenido tanta suerte». Todavía estaba obsesionado por el rostro de Aurora; no podía olvidar su expresión cuando la dejó caer. «Recuérdame —le había pedido a Morgan Leah, pero esa súplica iba dirigida también a él—. Recuérdame…». ¡Como si alguien que la hubiese conocido pudiera olvidarla…!
Ensimismado, dobló por un corredor que llevaba al centro de la Fortaleza y a la boca del oscuro pozo donde se había originado la magia que selló Paranor. Su mente aún estaba ocupada por imágenes de Aurora, y revivió una vez más la visión del destino que le había mostrado el Oráculo del Lago. Se sintió invadido por una gran amargura. La visión se había cumplido. Las visiones del Oráculo del Lago siempre se cumplían. Primero había perdido el brazo, luego a Aurora, luego…
Se detuvo de repente en el centro del oscuro corredor, petrificado por el sobresalto, con la mirada perdida en el vacío. Lo había olvidado. Había una tercera visión. Respiró profundamente, reproduciendo en su mente esa imagen. Se encontraba en el interior de un castillo vacío y sin vida, y sobre él se cernía una muerte ineludible que lo perseguía sin descanso…
Expulsó bruscamente el aire de sus pulmones. ¿Era aquel el castillo? Cerró los ojos, intentado recordar. Sí, podía ser Paranor.
Sintió que se le aceleraba el pulso. En la visión se sentía impulsado a correr, pero no podía. Estaba paralizado mientras la muerte se acercaba. Una figura vestida de negro surgía a sus espaldas y lo retenía con rapidez para impedirle huir.
Allanon.
Sintió que el silencio se volvía más opresivo. ¿Qué significaba aquella tercera visión? ¿Cuándo se suponía que había de cumplirse? ¿Tendría lugar allí?
De repente lo supo, y la certeza lo golpeó con fuerza, pero no cabía la menor duda. La visión se cumpliría igual que las demás, y los hechos tendrían lugar allí mismo. Paranor era el castillo, y la muerte que lo acechaba era la tenebrosa magia invocada para sellar la Fortaleza de los Druidas. Allanon estaba detrás de él, sujetándolo; no físicamente, sino de una forma mucho más eficaz.
Pero había más, algunas cosas que aún no había adivinado. No estaba predestinado a morir. Ese era el significado más obvio de la visión del Oráculo del Lago, lo que el Oráculo quería que Walker creyera, pero las visiones eran siempre ambiguas. Revelaba las imágenes con habilidad, y estas se prestaban a más de una interpretación. Era preciso encajarlas como las piezas de un rompecabezas para descubrir su contenido.
Walker dejó que su mirada vagara por las oscuras y acechantes sombras que lo invadían todo. ¿Sería capaz de encontrar la manera de utilizar el ingenio del Oráculo del Lago en beneficio propio? ¿Lograría descifrar en esta ocasión la predicción del vengativo espíritu y adelantarse al momento en que se cumpliera? Si conseguía descifrarla ¿le daría la clave para comprender su destino dentro de la Fortaleza de los Druidas?
Sintió que en su interior empezaba a brotar un fuego, una ardiente determinación. Aún no tenía las respuestas que necesitaba, pero contaba con algo igual de valioso. Disponía de los medios para descubrirlas.
Retrocedió con el pensamiento al momento de su entrada en Paranor y a su encuentro con Cogline y Susurro. Las piezas que faltaban estaban allí, en alguna parte. Releyó la Historia de los druidas, vio una vez más las palabras encerradas en sus páginas, sintió de nuevo el peso de los libros, la textura de las encuadernaciones. Sin duda, allí había algo que había pasado por alto. Cerró los ojos, visualizando su propia imagen, reproduciendo todo lo que le había ocurrido. Mientras realizaba esta revisión mental, permanecía inmóvil en aquel pasillo solitario, envuelto en sombras y silencio, sintiendo que su confusión empezaba a ceder, y percibió susurros nuevos y acogedores. Buceó en su interior, sondeando los recovecos de su mente en los que se ocultaban los secretos más recónditos. Su magia salió a recibirlo. Se dijo que podía ver cualquier cosa si indagaba con tesón y paciencia. Se sumergió en la parte más tranquila de su ser, permitiendo que todo se disolviera.
¿Qué había pasado por alto?
«Quien tenga motivos y derecho para hacerlo, deberá utilizarla para alcanzar su fin adecuado».
Sus ojos se abrieron de repente. Levantó la mano muy despacio, palpando. Sus dedos encontraron lo que buscaban, cuidadosamente guardado entre los pliegues de la ropa, y se cerraron a su alrededor.
La piedra élfica negra.
Se alejó deprisa de allí, asiendo el talismán con fuerza. Su mente rebosaba nuevas posibilidades.