7
Huían muy deprisa y en completo silencio a través del In Ju. El gatoespino abría la marcha, arrastrando su cuerpo parduzco y espinoso entre los arbustos y las hierbas, bajo las zarzas y también sobre los leños, como si todos los obstáculos fueran idénticos y tuviese que realizar el mismo esfuerzo para superarlos. La muchacha y el gigantesco nómada lo seguían inmediatamente detrás, obligados a rodear las áreas de maleza más espesas, a escoger el camino con mayor precaución y a tantear el terreno antes de poner los pies sobre él. Conseguían mantener el ritmo solo porque Stresa tenía la amabilidad de volver la vista de vez en cuando y esperar a que ellos lo alcanzasen.
Ninguno hablaba mientras corrían, pero todos mantenían el oído aguzado, alerta a cualquier sonido que pudiera anunciar que el wisteron se acercaba.
La selva se volvió más oscura y empezaron a aparecer telarañas por todas partes. Muchas eran restos de trampas usadas o deterioradas hacía mucho tiempo, pero muchas otras estaban enganchadas a las redes que había extendidas sobre las copas de los árboles, a lo largo de los arbustos o incluso sobre pequeños fosos abiertos en la tierra. El tejido era transparente, invisible excepto en aquellas zonas donde se habían adherido a sus hilos hojas o suciedad, que le daban color y delimitaban su forma; pero incluso en estos casos era difícil de detectar. Wren pronto dejó de preocuparse por cualquier otra cosa y se concentró en las peligrosas redes. Solo una araña tejería redes como aquellas, se dijo, y se forjó una imagen mental del wisteron.
Pocos minutos después de haber emprendido la huida oyó los movimientos del wisteron. Percibió su ruido con nitidez. Algo azotaba la maleza y los arbustos, tronchaba las ramas más gruesas de los árboles, arañaba las cortezas, chapoteaba y agitaba las aguas. El wisteron era una criatura descomunal, y no hacía el menor esfuerzo por ocultarse. Sonaba como si una fuerza inexorable arrollara todo lo que encontraba a su paso, implacable e ineludible. El In Ju era una gigantesca catedral verde de la que había sido expulsado el silencio. Wren se sintió de repente atenazada por el miedo.
Entraron en un extenso claro ocupado por un lago, que los obligó a cambiar de dirección. Tras vacilar durante un breve instante, lo rodearon por la derecha, siguiendo una loma baja en la que crecía un espeso zarzal. Stresa se abrió paso entre las zarzas, habilitando un pequeño túnel. Wren y Garth lo siguieron, haciendo acopio de valor, ignorando los arañazos y cortes que sus aguijones les producían. Los sonidos que anunciaban la proximidad del wisteron aumentaban de intensidad a sus espaldas.
Entonces, los sonidos cesaron de repente.
Stresa se detuvo inmediatamente, como si se hubiera quedado petrificado. Los dos nómadas lo imitaron. Wren escuchó sin moverse y Garth puso las manos sobre la tierra. Todo estaba quieto. Los árboles se alzaban inmóviles a su alrededor, y la penumbra, empañada de niebla, los envolvía como una cortina de gasa. Solo se oía el murmullo del viento… pero no soplaba ni la más leve brisa. Wren sintió que un estremecimiento recorría todo su cuerpo. En el aire podía apreciarse la quietud de la muerte. Dirigió una rápida mirada a Stresa, que estaba mirando hacia arriba.
El wisteron se desplazaba por las copas de los árboles.
Garth se irguió y desenvainó su cuchillo. Wren escrutó la cubierta de hojas y ramas que se extendía sobre sus cabezas en un esfuerzo inútil por captar alguna señal. El susurro se oía más cerca, más reconocible; ya no parecía el murmullo del viento al rozar con las hojas de los árboles, sino el movimiento de un ser de grandes proporciones.
Stresa empezó a correr, una extraña bola de tierra espinosa que se precipitaba hacia un bosquecillo de koas. Wren y Garth lo siguieron por instinto sin perder un instante. La muchacha sudaba a raudales bajo la ropa, y el cuerpo le dolía a causa del esfuerzo que tenía que hacer para avanzar sin hacer ruido. Corría encogida, sin atreverse a mirar atrás ni hacia arriba, ni en ninguna otra dirección, sino únicamente hacia delante, siguiendo los movimientos del gatoespino. El sonido de las hojas llenaba sus oídos, mezclado con crujidos de ramas. Los pájaros volaban como dardos a través del cavernoso bosque y producían ráfagas fugaces de color y movimiento que se esfumaban en un abrir y cerrar de ojos. La selva, perlada de humedad, se había paralizado a su alrededor, y daba la impresión de ser un mundo petrificado en el que solo ellos se movían. Los koas, venerables gigantes anclados en el tiempo, mostraban sus imponentes troncos cubiertos de musgosas enredaderas.
De pronto, Wren se sobresaltó. Las piedras élficas habían empezado a quemarle el pecho.
«Otra vez no —pensó con desesperación—. No volveré a utilizar la magia». Pero sabía que eso era exactamente lo que iba a hacer.
Se resguardaron en el bosque de los koas, adentrándose de forma apresurada en un corredor formado por troncos y sombras. Wren levantó la vista para descubrir posibles trampas. No había ninguna. Vio que Stresa se desviaba hacia unos espesos matorrales y se precipitaba en su interior. Garth y ella lo siguieron, inclinados para pasar entre las ramas, y arrastrando los morrales con cuidado para disminuir el ruido que hacían al rozar las ramas.
Agazapados en la oscuridad y con la respiración entrecortada, se arrodillaron en el suelo de la jungla y esperaron. Los minutos pasaban. Las frondosas ramas de su refugio amortiguaban cualquier sonido procedente del exterior, por lo que no podían percibir el siniestro susurro. Su escondrijo era estrecho, y la tierra emanaba olor a madera podrida. Wren se sentía atrapada. Hubiera preferido encontrarse en campo abierto, donde pudiera orientarse y correr. De repente, se apoderó de ella un intenso deseo de salir de aquel estrecho refugio, pero la serena expresión del semblante de Garth calmó su ánimo. Stresa se había colocado a la entrada, aplastado contra la tierra, con la cabeza erguida y las pequeñas orejas de felino tiesas.
Wren se deslizó junto a la criatura y atisbó el exterior.
Las púas del gatoespino se erizaron.
En ese mismo instante, la joven nómada vio al wisteron. Estaba entre los árboles, tan lejos de donde estaban escondidos que no era más que una silueta en la cortina de niebla. Sin embargo, no había posibilidad de error. Reptaba por las ramas como un espectro gigantesco… No, se corrigió. No reptaba. Acechaba. No con las precauciones de un felino, sino con más seguridad y determinación. Robaba la vida del aire al pasar, como si absorbiera todo sonido y movimiento. Tenía cuatro patas y cola, y se valía de las cinco extremidades para agarrarse a las ramas de los árboles e impulsarse hacia delante. Tal vez en otra época hubiese sido un mamífero; todavía conservaba este aspecto. Pero se movía como un insecto. Era contrahecho y deforme, con los miembros articulados como gigantescas anclas que le permitían balancearse con absoluta libertad en cualquier dirección. Era aún más robusto, musculoso y grotesco que el ser lobuno que los había seguido desde Grimpen Ward.
El wisteron se detuvo y se dio la vuelta.
A Wren se le atragantó el aliento, y lo retuvo en la garganta con una tenacidad que amenazaba con pararle el corazón. El wisteron permaneció suspendido contra el fondo gris como una sombra gigantesca y aterradora. Luego, de repente, se alejó entre balanceos. Pasó ante ella como la promesa de su propia muerte, insinuante, provocador, susurrando mudas amenazas. Sin embargo, no la vio; no se entretuvo. Aquella tarde había elegido otras víctimas.
Por fin, desapareció.
Poco después abandonaron su refugio para reanudar la marcha, nerviosos y agazapados, movidos por la imperiosa necesidad de salir cuanto antes del In Ju. Sin embargo, no lo consiguieron antes de que oscureciera y se vieron obligados a pasar aquella noche en el pantano. Stresa descubrió una gran oquedad en el tronco de un baniano muerto, y los dos nómadas se deslizaron a su interior, sin mucho entusiasmo, a instancias del gatoespino. No deseaban estar encerrados, pero era mejor que dormir a cielo descubierto y que las criaturas del pantano los pillaran desprevenidos. En cualquier caso, el tronco estaba seco y el frío nocturno no era tan intenso. Los dos nómadas se envolvieron en sus pesadas capas y se sentaron de cara a la abertura, escudriñando la lóbrega oscuridad, percibiendo el olor a podrido y a humedad y observando el paso furtivo de las omnipresentes siluetas.
—¿Qué se mueve ahí fuera? —preguntó Wren a Stresa, sin poder contener ni un segundo más su curiosidad.
Acababan de comer. El gatoespino parecía dispuesto a engullirlo todo: el queso, el pan y la carne desecada que llevaban a partes iguales, además de las larvas e insectos que devoró por su cuenta. En aquel momento estaba sentado a un lado de la abertura del baniano, mordisqueando una raíz.
Levantó la mirada, alarmado.
—¿Ahí fuera? —repitió. Sus palabras eran tan guturales que Wren apenas logró entenderlas—. Grrrssst. No gran cosa, en realidad. Unas criaturas pequeñas y feas que no se atreverían a dar la cara en otras circunstancias. Ahora se atreven a deambular… jjjrrgg… porque todos los seres peligrosos, a excepción del… uuussst… wisteron, están en Arborlon, esperando el momento en que la Quilla ceda.
—Háblame de la Quilla —le pidió Wren.
Sus dedos se movían para traducir a Garth las palabras del gatoespino.
—La Quilla es la muralla que rodea la ciudad —dijo Stresa, dejando la raíz en el suelo, mientras su áspera voz volvía a convertirse en un ronroneo—. Fue edificada por la magia, y es la magia la que mantiene a los demonios al otro lado. Pero la muralla se está debilitando, mientras que los demonios se fortalecen. Los elfos no parecen capaces de hacer nada para evitarlo. —El gatoespino hizo una breve pausa—. ¿Cómo habéis averiguado la existencia de los demonios? Jssttt. ¿Me dices otra vez cómo te llamas? ¿Grrlwren? ¿Wren? ¿Quién te habló de Morrowindl?
—Es una larga historia, Stresa —respondió Wren, apoyándose en el tronco del baniano—. Un jinete alado nos ha traído a la isla. Es la única persona que nos ha prevenido contra los demonios, a quien él llama monstruos. ¿Sabes algo de los jinetes alados?
—¡Ssttppft! Son elfos que poseen pájaros gigantes. Sí, los conozco. Venían aquí con mucha frecuencia. Pero ya no vienen. Los demonios están al acecho por si aparece alguno. Los derriban y los matan… fffftt… con rapidez. Y eso es lo que os hubiera sucedido a vosotros si no hubieran estado en Arborlon todos ellos… o al menos la mayoría. Al wisteron le traen sin cuidado esas cosas.
Arborlon, recordó Wren, había sido la ciudad de los elfos cuando vivían en la Tierra del Oeste. Había desaparecido al mismo tiempo que ellos. ¿La habrían reconstruido en Morrowindl? ¿Qué habrían hecho con Ellcrys? ¿La habrían traído consigo? ¿O habría vuelto a secarse, como en la época de Wil Ohmsford? ¿Era esa la causa de que hubiera demonios en Morrowindl?
—¿A qué distancia de la ciudad nos encontramos? —preguntó Wren, olvidando de momento esas cuestiones.
—Aún queda un largo camino —respondió Stresa, levantando su cara de gato—. El In Ju se extiende hasta la cadena montañosa de la Cornisa Negra, que a su vez se extiende por todo el extremo sur de la isla. Al otro lado se abre un valle por el que discurre el río Rowen. Rruuun. Y más lejos aún, sobre un risco situado bajo la boca del Killeshan, se levanta la ciudad de Arborlon. ¿Es allí adonde queréis ir?
Wren respondió asintiendo con la cabeza.
—¡Puaj! ¿Para qué?
—Para encontrar a los elfos —respondió la joven nómada—. He sido enviada para transmitirles un mensaje.
—Espero que el mensaje sea importante —dijo Stresa con un gesto de preocupación, mientras sus púas se alargaban un par de centímetros—. No veo cómo podrás entregarlo estando la ciudad sitiada por los demonios… si es que la ciudad todavía existe. Ssstt.
—Ya encontraremos la forma de entrar —respondió Wren de forma tajante para cambiar el tema de la conversación—. Stresa, antes has dicho que te hicieron los elfos, y que también hicieron a los demonios, pero no me has explicado cómo.
—¡Con magia, por supuesto! —dijo el gatoespino con voz áspera, dirigiendo a la muchacha una mirada de preocupación—. ¡Jrrruul! La magia élfica permite hacer cualquier cosa. Yo fui de los primeros, mucho antes de que decidieran crear a los demonios o a cualquiera de los otros seres. Eso sucedió hace casi cincuenta años. Los gatoespinos viven mucho tiempo. Ssppptt. Me crearon para que cuidara de las granjas, para que alejara a las alimañas y los depredadores. Yo era muy competente en estos asuntos. Todos lo éramos. Pfftt. Podíamos vivir de la tierra, necesitábamos muy pocos cuidados y éramos capaces de estar durante semanas sin pisar la ciudad. Pero entonces llegaron los demonios, acabaron con la mayoría de nosotros y las granjas se hundieron y todo el mundo acabó por abandonarlas. Eso fue todo. Nos dejaron a nuestra cuenta y riesgo… grrrsssst… lo cual era muy razonable, pues ya estábamos muy acostumbrados a hacerlo. Podíamos sobrevivir por nuestra cuenta. En realidad, fue mejor así. Me fastidiaría mucho que me encerraran en esa ciudad estando sitiada… jssstt… por los demonios. —La criatura profirió un ronco gruñido—. Siento náuseas solo de pensarlo.
Wren intentó buscar las razones que hubieran podido tener los elfos para utilizar de nuevo la magia. ¿De dónde procedía esta? No la habían utilizado cuando vivían en la Tierra del Oeste, ni la tenían desde la época de los seres fantásticos, a excepción de sus poderes curativos. La auténtica magia había estado perdida durante muchos años. Ahora, al parecer, y sin que ella pudiera imaginarse cómo, habían logrado recuperarla, al menos la suficiente para crear demonios, o para invocarlos. Una decisión funesta, sin duda, si es que la habían tomado. ¿Cómo podía habérseles ocurrido algo semejante?
De pronto se preguntó qué relación podían tener sus padres con todo aquello. ¿Estarían también ellos implicados en el uso de la magia? Si así era, ¿por qué le habían entregado las piedras élficas, la magia más poderosa de todas?
—Si fueron los elfos quienes crearon esos demonios con su magia, ¿por qué no pueden destruirlos? —preguntó, sintiendo todavía curiosidad por saber de dónde procedían los llamados demonios, y si eran realmente tales—. ¿Por qué no pueden utilizar su magia para liberarse?
—No tengo ni la más remota idea —respondió Stresa, con un gesto que denotaba que lo desconocía y cogiendo de nuevo la raíz—. Nadie me lo ha explicado. Como nunca voy a la ciudad, hace muchos años que no hablo con un elfo. Tú eres la primera… y no eres del todo una elfa, ¿verdad? Pruufft. Tienes la sangre mezclada. Y tu amigo es otra cosa.
—Es humano —respondió Wren.
—Pssst. Si tú lo dices… Nunca he visto a nadie que se le parezca. ¿De dónde procede?
Wren pensó por primera vez en la posibilidad de que Stresa no conociera la existencia de gentes distintas de los elfos y los jinetes alados, o de otros lugares fuera de las islas.
—Los dos venimos de la Tierra del Oeste, que forma parte de un país llamado las Cuatro Tierras, del que salieron todos los elfos hace años. Allí conviven habitantes de razas muy variadas. Garth y yo pertenecemos a una de ellas.
Stresa la miró con expresión pensativa. Su espinoso cuerpo se hinchó mientras juntaba las patas.
—Después de que encontréis a los elfos… grrr… y les deis vuestro mensaje, ¿qué vais a hacer? ¿Volveréis al lugar del que vinisteis?
Wren respondió con un gesto de asentimiento.
—La Tierra del Oeste, dices que se llama. ¿Se parece en algo… gruul… a Morrowindl?
—No, Stresa. Aunque también hay seres peligrosos. Pero no se parece en nada a Morrowindl.
Antes de acabar de hablar, la joven nómada pensó: «Todavía no, pero ¿cuánto tiempo durará esta situación, ahora que los umbríos se hacen cada vez más fuertes?».
—Pfftt. No creo que consigáis llegar a Arborlon por vuestros propios medios —dijo el gatoespino, mordisqueando la raíz e interrumpiendo a Wren en su reflexión. Sus extraños ojos azules estaban clavados en los de Wren.
—¿Por qué no? —preguntó la muchacha.
—Pft, pft. No veo la manera. No tenéis ni idea de cómo se tiene que escalar la Cornisa Negra. Suceda lo que suceda, tenéis que evitar la… jrrrwwl… Grada y a los dráculs. Abajo, en el valle, están los aparecidos. Son los peores de todos los demonios. Hay también docenas seres distintos. Ssspjt. Una vez que os descubran…
El espinoso cuerpo se erizó en un gesto muy expresivo y volvió a relajarse. Wren se sintió tentada de interrogarlo sobre los dráculs y los aparecidos. En lugar de hacerlo, dirigió a Garth una mirada inquisitiva, pidiéndole su opinión. Garth se limitó a responder con un gesto de indiferencia. Estaba acostumbrado a encontrar un camino.
—Bien, ¿qué sugieres que hagamos? —preguntó la muchacha al gatoespino.
—Os propongo un trato —respondió la criatura, pestañeando mientras se producía un ronroneo en su garganta—. Os conduciré a la ciudad. Si lográis traspasar la barrera de los demonios, entregar vuestro mensaje y volver a salir, os serviré de guía también en el camino de vuelta. Jrrruul. —Stresa hizo una pausa—. Pero a cambio, tenéis que prometerme que me llevaréis con vosotros cuando abandonéis la isla.
—¿A la Tierra del Oeste? ¿Quieres abandonar para siempre Morrowindl? —inquirió la muchacha, con el ceño fruncido.
—Sppppttt. No me gustaría quedarme aquí mucho más tiempo —respondió el gatoespino, asintiendo con la cabeza—. No podéis reprochármelo. He sobrevivido gracias a mi ingenio, a mi experiencia y a mi instinto, pero sobre todo gracias a la suerte, que siempre me ha acompañado. Pero ahora me ha abandonado. Si no hubierais pasado por casualidad cerca de la trampa donde había caído, ahora estaría muerto. Estoy harto de esta vida. Quiero volver a vivir como antes. Quizá pueda hacerlo en vuestra tierra.
«Tal vez sí o tal vez no», pensó Wren, y dirigió una mirada a Garth.
«No sabemos nada de esta criatura —respondió el gigante con rápidos movimientos de los dedos—. Piénsalo muy bien antes de tomar una decisión».
Wren le respondió con un gesto de asentimiento. Típico de Garth. No tenía razón, desde luego… Los dos debían tener en cuenta una cosa: el gatoespino los había salvado del wisteron, igual que ellos lo habían salvado a él. Y su compañía podría serles muy útil, ya que conocía los peligros de Morrowindl mucho mejor que ellos. Llevarlo con ellos cuando abandonasen la isla no era dar mucho a cambio.
A menos que las sospechas de Garth se confirmaran y el gatoespino les estuviera teniendo una trampa…
«No confíes en nadie», le había advertido la Víbora.
La joven titubeó durante un instante mientras analizaba la situación, y por fin decidió hacer caso omiso de la advertencia.
—Trato hecho —respondió Wren—. Creo que es una buena idea.
—Jrruul. Sabía que aceptarías —dijo el gatoespino, desplegando sus púas pomposamente y con un bostezo de satisfacción. Luego se estiró cuan largo era y apoyó cómodamente la cabeza sobre las zarpas—. No me rocéis mientras duermo —les advirtió—. Si lo hacéis, acabaréis con la cara llena de púas, y yo me sentiría muy mal si nuestra amistad terminase de esa forma. Pfjjtt.
Antes de que Wren tuviera tiempo de traducir a Garth su advertencia, los ojos de Stresa se cerraron, y el gatoespino se quedó profundamente dormido.
Después de hacer la primera guardia, Wren durmió hasta el amanecer. La despertaron los ruidos producidos por la febril actividad de Stresa: el rumor de sus púas y los arañazos de sus garras en la madera. Se levantó con la mente nublada y los ojos secos e irritados. Se sentía débil e intranquila, pero olvidó su malestar cuando Garth le tendió el pan y la cerveza. Sabía que los víveres se estaban agotando deprisa; una gran parte se había echado a perder. Pronto tendrían que reponer las provisiones. Esperaba que Stresa, a pesar de sus singulares hábitos nutritivos, pudiera ayudarles a seleccionar los productos comestibles. Mordió el pan y lo escupió. Sabía a moho.
Stresa salió del tronco hueco con algo de esfuerzo, y los dos nómadas lo siguieron a gatas, poniéndose de pie con dificultad porque tenían los músculos rígidos y doloridos. La aurora era una vaporosa calima gris que se filtraba entre las copas de los árboles, con fuerza suficiente para disipar apenas la oscuridad del espacio que había debajo. La ceniza volcánica se arremolinaba en toda la selva como una sopa burbujeante en una olla, pero las capas bajas del aire estaban quietas y sin vida. Unos seres pululaban en las fétidas aguas de las ciénagas y los hoyos, y sobre la madera muerta que flotaba en ellos, por lo que conformaban figuras y formas cambiantes en la penumbra. De las sombras surgían sonidos que quedaban suspendidos en el aire como un desafío.
Emprendieron la marcha a través de la penumbra, guiados por Stresa, que se arrastraba bamboleando su masa de púas. Avanzaron despacio pero sin interrupción durante toda la mañana, en medio de la ceniza y la neblina, un húmedo e incoloro manto que desprendía olor a muerte. Cuando la luz conseguía traspasar la niebla tornaba los tonos grises en plateados, pero seguía siendo tenue y difusa bajo la cubierta vegetal. Los hilos con los que el wisteron había tejido sus redes estaban enrollados en las ramas y las enredaderas, y las trampas colgaban por todas partes a la espera de atrapar alguna víctima descuidada. El monstruo no se dejó ver en ningún momento, pero podía percibirse su presencia en la quietud reinante.
El malestar de Wren aumentaba a medida que avanzaba la mañana. En aquellos momentos sentía náuseas y estaba empezando a sudar, e incluso en algunas ocasiones se le nublaba la vista. Sabía que había contraído una fiebre, pero no le dio importancia, pensando que pasaría pronto. Siguió caminando en silencio.
Poco después del mediodía, la espesa selva empezó a clarear, el terreno volvió a adquirir firmeza, el pantano fue cediendo el paso a la tierra seca y las copas de los árboles se separaron. Raudales de luz penetraban por los huecos abiertos entre los árboles y la bruma. El silencio se disolvió en una corriente de zumbidos y chasquidos. Stresa dijo algo entre dientes, pero Wren no logró entenderlo. Hacía un rato que no lograba coordinar sus pensamientos, y tenía la vista tan nublada que hasta el gatoespino y Garth le parecían unas simples sombras. Se detuvo, consciente de que alguien estaba hablándole. Cuando se giró para ver quién era, se desplomó.
Apenas recordaba lo que había sucedido después. La transportaron durante un rato, y casi no era consciente del movimiento, angustiada por un letargo que amenazaba con ahogarla. La fiebre la abrasaba, y por alguna razón comprendió que no sería capaz de librarse de ella. Se quedó dormida. Cuando despertó, descubrió que estaba arropada con mantas, pero volvió a dormirse inmediatamente. Recuperó la consciencia, presa de las convulsiones, y Garth la sujetó, obligándola a ingerir un líquido amargo y espeso. Lo vomitó y tuvo que beber más. Oyó que Stresa decía algo respecto al agua, sintió en la frente un paño refrescante y se durmió una vez más.
Tuvo un sueño. Tigre Ty estaba allí, junto a Stresa, y ambos la miraban fijamente, el rudo y tosco jinete alado y el perspicaz gatoespino. Hablaban con una voz parecida, áspera y gutural, y comentaban lo que veían, refiriéndose a cosas que al principio no comprendió y, después, a ella. Decían que le habían otorgado la facultad de utilizar la magia. Era evidente que la poseía. La magia era lo único en lo que podía confiar.
Se espabiló de mala gana, con el cuerpo fresco otra vez. La fiebre había desaparecido. Se sentía débil y tan sedienta que parecía que le hubieran extraído todos los líquidos del organismo. Después de retirar las mantas, intentó levantarse, pero Garth acudió al instante para impedírselo. Le acercó una taza a los labios. Ella tomó algunos sorbos con esfuerzo y volvió a acostarse. Los ojos se le cerraban.
Cuando volvió a despertar, había oscurecido. Ahora se sentía más fuerte, con la vista clara, y era plenamente consciente de lo que sucedía a su alrededor. Se incorporó muy despacio sobre un codo y vio que Garth tenía los ojos fijos en los suyos. Estaba sentado junto a ella, sobre las piernas cruzadas, con el moreno y barbudo rostro demacrado y ojeroso por la falta de sueño. Wren miró más allá, hacia donde Stresa yacía hecho una bola; luego volvió centrar su atención en Garth.
«¿Te encuentras mejor?», preguntó el gigante por señas.
—Sí. Ya no tengo fiebre.
«Has dormido durante casi dos días», dijo Garth, asintiendo con la cabeza.
—¿Tanto tiempo? No me he dado cuenta. ¿Dónde estamos?
«Al pie de la Cornisa Negra —indicó con un gesto la oscuridad circundante—. Salimos del In Ju cuando te desmayaste, y acampamos aquí. El gatoespino consiguió identificar la enfermedad que sufrías y encontró una raíz que podía curarte. Creo que, si no hubiéramos contado con su ayuda, habrías muerto».
—Ya te dije que era una buena idea traerlo con nosotros —respondió Wren, y esbozó una débil sonrisa.
«Vuelve a dormir. Aún faltan varias horas para que amanezca. Si al despertar te encuentras con fuerzas, proseguiremos el viaje».
Wren se acostó sin poner ninguna objeción, y pensó que seguro que Garth no se había movido de su lado durante todo el tiempo que había estado enferma, ya que Stresa, seguro dentro de su armadura, no se habría preocupado de eso. La inundó un sentimiento de gratitud. Siempre podía contar con Garth. Decidió que su gigantesco amigo dormiría todo lo que necesitara cuando volviera a caer la noche.
Durmió bien. Se despertó descansada e impaciente por reanudar el viaje. Se cambió de ropa, aunque ya nada de lo que llevaba estaba limpio. Se lavó y desayunó. A instancias de Garth, dedicó unos momentos a ejercitar los músculos, asegurándose así de que contaba con la fuerza suficiente para afrontar los obstáculos que les esperaban. Stresa miraba, unas veces con curiosidad y otras con indiferencia. Wren no se olvidó de dar las gracias al gatoespino por su valiosa ayuda para combatir la fiebre. La criatura respondió que no sabía de qué le hablaba. La raíz que le había dado solo servía para provocar el sueño. Lo que de verdad la había salvado era su magia élfica, le aseguró. Acto seguido desplegó las púas y se alejó balanceándose en busca de alimento.
Necesitaron todo aquel día y la mayor parte del siguiente para escalar la Cornisa Negra, y hubieran tardado mucho más, suponiendo que hubiesen conseguido escalarla, sin la ayuda de Stresa. La Cornisa Negra era una altísima barrera de roca que se levantaba a lo largo de la ladera suroeste del Killeshan. Estaba a mitad de camino del recorrido. Al parecer, se había formado cuando se desprendió una parte del volcán y cayó sobre la selva, miles de metros más abajo. La superficie rocosa, en otro tiempo lisa, se había erosionado con el paso de los años, y ahora estaba llena de oquedades y salientes y cubierta de maleza y enredaderas. Solo había unos pocos lugares por lo que era posible escalarla, y Stresa los conocía todos. El gatoespino eligió uno donde la roca se había agrietado y se había creado una fisura que descendía hasta una altura de menos de cuatrocientos metros sobre el nivel de la selva. En el interior de la fisura se abría un paso que conducía a un valle. Stresa les dijo que era allí, a orillas del río Rowen, donde estaban los elfos.
Encabezó la escalada con una actitud resuelta.
La subida era difícil y lenta, y parecía interminable. No había pasajes ni senderos. De hecho, había muy pocos puntos de apoyo, y ninguno de ellos era estable. La lava solidificada les cortaba las manos y los pies como un cuchillo y podía romperse de forma imprevista en cualquier parte. Los dos nómadas llevaban puestos gruesos guantes y capas para protegerse la piel y evitar las mordeduras de las arañas y las picaduras de los escorpiones. La neblina cenicienta descendía por la pared rocosa como un líquido que se hubiera derramado por el borde, espesa e impregnada de azufre y hollín. La mayor parte de la vegetación que crecía en la roca era espinosa y dura, y era necesario cortarla. Cada centímetro de escalada era una lucha titánica que consumía sus fuerzas. Wren, que se sentía descansada cuando comenzaron la escalada, estaba extenuada antes del mediodía. Hasta Garth se agotó pronto a pesar de su gran resistencia.
Stresa no tenía ese problema. El gatoespino era incansable; trepaba a un ritmo lento y seguro. Sus poderosas garras buscaban el punto de apoyo adecuado y se hincaban en la roca para impulsar su voluminoso cuerpo hacia arriba. Las arañas y los escorpiones no parecían afectarle; si se acercaban demasiado, se los comía. Encabezaba la marcha, escogía los lugares más accesibles para sus compañeros y hacía frecuentes paradas para que pudieran llegar a su altura. Se desvió ligeramente para acercar una rama cargada de bayas dulces y rojas, que devoraron con avidez y fruición. Al anochecer, como todavía estaban a mitad de la escalada, buscó un saliente para acampar. Lo limpió de todo cuanto pudiera suponer una amenaza para los nómadas y luego, ante su total asombro, se ofreció a hacer la guardia mientras ellos dormían. Garth, que había estado en vela las dos últimas noches a causa de la enfermedad de Wren, estaba demasiado fatigado para poner reparos. La muchacha durmió casi toda la noche. Después relevó al gatoespino antes del amanecer, solo para descubrir que Stresa prefería charlar a dormir. Quería conocer todos los detalles de las Cuatro Tierras y los seres que las habitaban. A su vez, le contó a Wren cosas de la vida en Morrowindl, haciéndole una desgarradora exposición de la lucha diaria por la supervivencia en un mundo que siempre estaba al acecho, en el que todas sus criaturas en unas ocasiones los cazadores y en otras las presas, y donde no existía ningún refugio seguro y la vida solía ser corta y triste.
—Grrr. No era así al principio —dijo el gatoespino con un ronroneo—. Pero cuando los elfos crearon a los demonios, todo se llenó de maldad. Pfff. ¡Los muy necios! Edificaron su propia cárcel.
Hablaba con tanta amargura que Wren decidió no ahondar en el tema. Aún no estaba completamente segura de que el gatoespino conociera bien los hechos. Los elfos habían sido siempre sanadores y protectores, nunca creadores de monstruos. Le resultaba difícil creer que hubiesen convertido un paraíso en un lugar de pesadilla. Seguía pensando que aquella historia debía de tener algunos factores que Stresa desconocía y que, por tanto, debía abstenerse de llegar a conclusiones mientras no conociese todos los detalles.
Con las primeras luces del alba reanudaron la escalada, impulsándose por las rocas, gateando y aferrándose a la superficie, con las alturas visibles a través del remolino de niebla. La lluvia los sorprendió en varias ocasiones, y quedaron completamente empapados. El calor disminuía a medida que ascendían la Cornisa Negra, pero persistía la humedad. Wren aún estaba débil a causa del ataque de las fiebres del pantano, y necesitó hacer acopio de todas sus fuerzas y de su poder de concentración para seguir poniendo un pie delante del otro y alargar la mano para impulsarse hacia arriba. Garth la ayudaba cuanto podía, pero apenas había espacio para moverse, y se veían obligados a realizar el ascenso en fila india.
De vez en cuando veían cuevas en la pared rocosa; eran aberturas oscuras, silenciosas y vacías. Stresa las evitaba de forma deliberada. Cuando Wren le preguntó qué había dentro de las cuevas, el gatoespino profirió un bufido y le dijo que no tenía ninguna necesidad de saberlo.
Por fin, a media tarde llegaron a la base de la fisura y al principio del angosto desfiladero. De nuevo se encontraron en terreno llano y firme, pero con los cuerpos doloridos y cansados. Volvieron la mirada hacia el extremo sur de la isla, que descendía hasta perderse en la inmensidad azul celeste del océano, formando una ondulante y nebulosa alfombra de selva verde y roca oscura. La Cornisa Negra se elevaba por encima de sus cabezas a ambos lados, escarpada y brumosa: una ininterrumpida muralla que desaparecía en el horizonte. Las aves marinas describían círculos en el firmamento. La luz del sol penetró por un hueco en las nubes y les cegó con su intensidad, y volvió vivos y brillantes los mortecinos colores de la tierra que había bajo sus pies. Wren y Garth entrecerraron los ojos para protegerlos de su resplandor, al tiempo que disfrutaban de su tibia caricia en el rostro. Pero poco después desapareció tan súbitamente como había aparecido. Los dos nómadas volvieron a sentir el frío y la humedad, y los colores de la isla se tornaron pálidos de nuevo.
Se volvieron hacia la fisura y empezaron a ascender en dirección a la boca del estrecho desfiladero; después entraron en él. La escarpada masa rocosa se elevaba a su alrededor, una mole taciturna y sombría, y el viento soplaba desde la cumbre del Killeshan en violentas y rápidas rachas que parecían la respiración de algún ser monstruoso. Hacía frío en el desfiladero, y los nómadas se ciñeron sus capas. La lluvia caía en ráfagas intermitentes y bruscas, y la niebla bajaba por las rocas como olas opacas.
Ya estaba oscureciendo cuando llegaron al final del desfiladero. Se encontraban al borde de un valle que se extendía hacia la última pendiente del Killeshan, un cuenco esmaltado en verde asentado bajo una lejana franja boscosa que se elevaba hasta la yerma roca volcánica de las altas laderas que había al fondo. El valle era ancho y, como estaba cubierto por la bruma, era difícil ver lo que escondía en su interior. Al este se vislumbraban los destellos de una cinta de agua que serpeaba entre colinas salpicadas de acacias y lomas enlazadas por curvas de roca negra y agujereada. Reinaba una profunda quietud en todo el valle.
Acamparon al abrigo del desfiladero, bajo un saliente rocoso que daba al valle. Pronto cayó la noche, con el cielo sobre sus cabezas tan encapotado que el mundo entero se volvió negro. El silencio del crepúsculo dio paso lentamente a una mezcolanza de sonidos sordos: el retumbo del Killeshan, intermitente y apenas perceptible; el siseo del vapor al salir entre las grietas que había abierto en la tierra el calor del núcleo volcánico; los gruñidos y bufidos de los depredadores; los súbitos alaridos que anunciaban una muerte y los nerviosos rumores de una huida. Stresa se hizo una bola y se colocó de cara a las tinieblas. Aquella noche tenía aún menos prisa en dormirse. Wren y Garth se sentaron junto a él, ansiosos e inquietos, preguntándose qué les esperaba. Ya se encontraban cerca de su destino; la joven nómada podía sentirlo. Pronto encontraría a los elfos. A veces, a través de la impenetrable oscuridad y la niebla, le parecía captar el trémulo resplandor de unas hogueras que parpadeaban en medio de la noche como si fueran ojos. Las hogueras estaban al otro lado del valle, en la parte alta de las laderas, justo debajo de la franja de árboles. Parecían solitarias y aisladas, y se preguntó si no la estarían engañando los sentidos. ¿Adónde habían llegado los elfos tras abandonar las Cuatro Tierras? ¿Quizá demasiado lejos? ¿Tan lejos que les era imposible regresar?
Se quedó dormida sin haber encontrado ninguna respuesta.
Al rayar el alba, volvieron a emprender la marcha.
Morrowindl se había convertido en un grisáceo y nebuloso mundo de sombras y sonidos. El valle descendía bruscamente a medida que avanzaban, lo que les daba la sensación de estar bajando a un pozo. El sendero era pedregoso, y la humedad lo hacía resbaladizo. El verdor, que a la incierta luz de la noche anterior les había parecido tan uniforme, se reducía ahora a pequeñas manchas de hierba y musgo agazapadas entre grandes extensiones de roca yerma. Volutas de vapor impregnadas de hedor a azufre se elevaban hacia el cielo para mezclarse con la bruma, y oleadas de un intenso calor atravesaban las suelas de las botas y les quemaban la piel de la cara. Stresa caminaba muy despacio, escogiendo el camino con cuidado al pasar sobre las rocas y sus aislados oasis verdes. En varias ocasiones se detuvo, volvió sobre sus pasos y cambió de rumbo. Wren no hubiera podido decir qué era lo que veía el gatoespino; ella era incapaz de distinguir nada. Una vez más se sentía despojada de sus habilidades. Era una extranjera en un mundo hostil y hermético. Intentó relajarse. Delante de ellos, la rechoncha figura de Stresa caminaba con paso bamboleante, y sus púas, semejantes a dagas, subían y bajaban de forma rítmica. Detrás, Garth se movía como un cazador. Su oscuro semblante tenía una expresión intensa, indescifrable, dura. Qué parecidos eran, pensó con sorpresa.
Acababan de descender de una pequeña elevación hasta un bosquecillo de arbustos cuando el ser les atacó. Se abalanzó sobre ellos desde la neblina, profiriendo un terrorífico alarido, con el vello erizado, las garras y dientes al descubierto y golpeando con desesperado frenesí. Tenía patas, tronco y cabeza… no tuvo tiempo de ver nada más. Pasó ante Stresa y cayó directamente sobre la muchacha, que apenas consiguió levantar los brazos cuando se le echó encima. De forma instintiva, se dejó caer hacia atrás; rodó y arrastró al ser, y después intentó quitárselo de encima. La criatura golpeaba y mordía, pero los gruesos guantes y la resistente capa protegieron a Wren de sus ataques. Entonces pudo verle los ojos, que eran amarillos y enloquecidos, y sentir su fétido aliento. Tras liberarse de su embestida, logró ponerse de pie. Con el rabillo del ojo vio que la criatura giraba para iniciar un nuevo ataque.
Entonces Garth pasó a la acción, esgrimiendo su espada corta. Un destello de hierro y el espantoso ser perdió un brazo. Cayó al suelo profiriendo furiosos alaridos y arañando la tierra. Garth se acercó a él con rapidez y le cortó la cabeza, tras lo cual la criatura se quedó inmóvil.
Wren permaneció de pie, todavía temblando e insegura de la naturaleza de aquel ser. ¿Un demonio? ¿Un animal? Miró hacia la masa ensangrentada e informe. ¡Había ocurrido todo con tanta rapidez…!
—¡Bufff! ¡Escuchad! —bufó Stresa de repente—. ¡Vienen más! ¡Por aquí! ¡Deprisa!
Se alejó velozmente del lugar, y Wren y Garth lo siguieron, adentrándose con él en la penumbra.
Ahora podían oír a sus perseguidores.