Capítulo 23
En la semana anterior a Navidad, el tiempo hizo lo correcto. La nieve comenzó a caer sobre Santa Fe en mitad de la noche y, cuando Wolf se despertó, había una fina capa de blanco en las laderas de Wilderness Gate. Al verla, se acordó de la festividad.
Había estado trabajando sin parar en el último guión de Jack; después de mucho corregir, reescribir y pulir, lo llevó a ciento diez páginas y se lo envió a Hal Berger a Los Ángeles para que revisaran los costos. En el curso normal de los hechos, habría estado en la producción en una semana, la distribución de los papeles para Año Nuevo y la filmación a principios de febrero, pero ahora todo eso no era posible. Lo único que podía hacer era arreglar el guión y esperar.
Wolf había pasado la última Navidad en Santa Fe con Julia, a quien la fiesta no le gustaba mucho, salvo por los regalos que él le hacía. Ella no quería tener un árbol en la casa —proclamaba que era alérgica—, de modo que se limitaban a ir a unas pocas reuniones y dormir hasta tarde en la mañana de Navidad. Al recordar el pasado, se dio cuenta de que no había pasado una verdadera Navidad desde la muerte de su primera esposa, y él amaba esa festividad.
Echó una mirada a su reloj y marcó el número de Jane Deering.
—Hola —respondió una voz soñolienta.
—Vamos, son las ocho. ¿Cómo puedes estar todavía en la cama?
—Ah, qué tal. Sara no tiene clase y las dos decidimos dormir hasta tarde.
—¿Qué planes tienes para las vacaciones?
—No muchos. Vamos a quedamos en casa.
—Tengo una idea mejor. ¿Por qué no haces una valija para ti y Sara, toman el avión de la tarde y vienen a Santa Fe para las fiestas?
Hubo un largo silencio en el otro extremo de la línea.
—Sé lo que estás pensando —aclaró Wolf—. Que no va a quedar bien. Bueno, ya sé que me equivoqué cuando estuviste aquí antes, pero esta vez no nos haremos ver, pasearemos por el desierto, nos quedaremos mucho en casa.
—No sé, Wolf.
—A Sara le encantará. Está nevando; tendremos una Navidad blanca.
—A veces los chicos son raros con respecto a la Navidad. No quiero perturbarla sacándola de casa.
—Habla con ella y luego me llamas.
—Está bien, dame una hora.
Wolf colgó, fue a la cocina y se preparó el desayuno, nervioso con respecto a cuál sería la respuesta. Si ella no venía, se quedaría en casa solo. Había rechazado invitaciones a reuniones, incluso una para una cena navideña con amigos y ahora caía en la cuenta, demasiado tarde, de que no quería estar sin compañía. El teléfono sonó; levantó el aparato de la cocina.
—Está todo bien. Llegaremos a Albuquerque a las cuatro de la tarde.
—¡Magnífico! —Al demonio con eso de no abandonar Santa Fe.
—Supongo que esta vez no necesitaré vestido de fiesta, ¿no?
—Sólo necesitarás un par de vaqueros y un buen abrigo. Aquí hace frío.
—Te veo a las cuatro.
Wolf colgó, radiante de felicidad. Tenía mucho que hacer antes de que llegaran sus invitadas.
Para la hora de almorzar, ya había llenado el Porsche con regalos y adornos para el árbol. La plaza estaba llena de gente comprando y Wolf pudo intercambiar saludos con una docena de amigos y conocidos. Todos los negocios y casas estaban decorados para las fiestas. Había olvidado lo hermosa que se ponía Salta Fe en Navidad.
A la una, terminadas las compras, sintió hambre. Fue con el auto hasta el Santacafé y, milagrosamente, encontró un sitio en la playa de estacionamiento. El lugar estaba abarrotado. Cuando logró abrirse camino a través de la puerta principal, se topó con una visión que lo atontó. En el escritorio de las reservas, hablando por teléfono, había una mujer tan parecida a Julia que, en un primer momento, pensó en una alucinación. Ciertamente, su pelo era oscuro, mientras que el de Julia era rubio, pero todo lo demás —los gestos, sus movimientos y en especial su sonrisa— eran los de Julia.
Desde atrás, una mano grande se posesionó de su codo y lo condujo hacia el bar de la izquierda.
—Hola, Ed —dijo Wolf, levantando la vista hacia el abogado.
—Hola, Wolf —contestó Ed, al tiempo que tomaba un taburete y lo colocaba debajo del trasero de su cliente—. Me alegro de encontrarte. Tengo algo que decirte.
Wolf casi no le prestaba atención.
—Allí hay una mujer tan parecida a Julia que podría ser su melliza —dijo, estirando el cuello para no perder de vista la entrada.
—Es la hermana de Julia.
Wolf le dedicó entonces toda su atención.
—Creí que estaba en la cárcel.
—La soltaron la semana pasada en forma incondicional. Llegó a Santa Fe y vino a verme. Yo le había ofrecido ayuda, pero nunca pensé que aparecería por aquí. Le di algunos nombres y consiguió este trabajo. Se ocupa de llevar los libros del restaurante y controlar los cambios de turno desde el escritorio.
—Caramba, me dio un buen susto —dijo Wolf, a la vez que su pulso comenzaba a normalizarse.
—Lo lamento. Te iba a llamar para avisarte. No me imaginaba que el parecido era tan grande.
—Es pavoroso —comentó Wolf.
—Nunca vi una fotografía de Julia, de modo que no sabía. Lamento haberte afligido así.
—No fue exactamente eso; más que nada me confundió, fue como retroceder en el tiempo. Julia aquí, en este restaurante donde estuvo tantas veces.
—Te entiendo. De nuevo te pido disculpas por no habértelo dicho antes. No tengo excusa.
—Estoy bien, Ed, no te preocupes.
—Venía del baño cuando te vi. Será mejor que me reúna con mi grupo.
—Por supuesto. Ve nomás.
Eagle se detuvo.
—¿Te interesaría conocerla?
Wolf reflexionó un instante.
—No creo que sea un buen momento, Ed. Después de todo, está trabajando. —En realidad, lo aterraba el hecho de conocerla, de estar cerca de ella.
—Seguro, lo entiendo. En otro momento.
—Claro. ¿Cómo se llama?
—Se la conoce como Bárbara Kennerly. Parece una persona decente a pesar de su pasado. —Eagle explicó las causas de su condena—. Pienso que la descubrieron en algo que ella no pudo controlar. En la cárcel hizo algo de terapia. Creo que ahora está bien.
Woolf asintió.
—Espero que así sea. Por su bien.
—De acuerdo con mi experiencia, la gente más común puede llegar a quedar enredada en algo inusitado. La mitad de las personas que defiendo son gente común.
—Como yo —apuntó Wolf.
Eagle sonrió.
—Como tú. Y como ella también. Trata de no tomar en cuenta su pasado para ponerte en su contra. —Eagle se excusó y se dirigió al grupo de amigos con quienes estaba comiendo.
Wolf combatió su urgencia por marcharse y se obligó comer algo en la barra y a concentrarse en ello. Sin embargo, todavía se sentía perturbado. Al dejar el restaurante, se alegró de no verla tras el escritorio.