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Tamhas Keavey se puso la toga corta y se sentó en la sala del consejo municipal. Mientras se acomodaba, saludó al resto de los reunidos, observándolos de cara a futuras alianzas. Todos los hombres importantes de la ciudad estaban allí, ya fueran terratenientes como él o representantes de los distintos gremios, como el de los panaderos, el de los artesanos y el de los mercaderes. También estaba presente un representante de la universidad, un ilustre académico que era el orgullo de Saint Andrews, ya que les proporcionaba atención y prestigio y atraía a algunas de las mejores mentes de Europa.
Cuando los murmullos se acallaron, una rápida mirada alrededor le confirmó que ya estaban todos reunidos.
El señor MacDougal, jefe del consejo, se levantó. Tras unas breves palabras de bienvenida, pasó sin dilación a tratar los temas del día.
—Como miembros del consejo, estamos aquí reunidos para considerar cómo debe progresar esta institución. Durante cientos de años, Saint Andrews ha sido el centro religioso y espiritual de Escocia, la joya de la Corona. Pero la situación ha cambiado desde la unión con Inglaterra. —Su expresión se ensombreció—. Es nuestro deber proteger y reparar la reputación de nuestra ciudad. En nuestra anterior reunión discutimos maneras de conseguirlo y acordamos abrir el consejo a más gremios para reforzar la institución. —Asintió—. En cuanto la noticia se conoció, nobles artesanos de todos los ramos acudieron al consejo pidiendo representar a sus gremios.
Un murmullo de aprobación se extendió alrededor de la mesa.
MacDougal hizo entonces un gesto al ujier, que abrió la puerta.
Tamhas Keavey alargó el cuello para ver de quién se trataba. El recién llegado resultó ser el dueño de una imprenta asociada a la universidad. Algo nervioso, explicó que la imprenta estaba bien establecida al amparo de la facultad, y que su deseo era involucrarse de manera más activa en los asuntos de la ciudad.
Tamhas escuchó, aburrido, el relato de cómo el impresor pensaba incrementar la actividad de la imprenta, ya que era un área de negocios que no le interesaba. El consejo votó y todos los presentes aceptaron al hombre como representante de su gremio.
El nuevo miembro tomó asiento a la mesa.
Maese MacDougal tomó la palabra de nuevo. Keavey se sorprendió al enterarse de que habían recibido una nueva solicitud de ingreso en el consejo, y prestó atención para ver si, a diferencia del impresor, el recién llegado tenía algo que pudiera interesarle a nivel personal o de negocios. Cuando MacDougal dio la orden, el ujier volvió a abrir la puerta.
Al igual que la mayoría de los presentes, Tamhas se volvió para ver quién había llegado. El hombre entró con decisión e inclinó la cabeza en dirección al jefe del consejo.
Tamhas frunció el cejo. Era Lennox Fingal. ¿Qué demonios estaba haciendo ese hereje allí?
Sorprendentemente, MacDougal parecía alegrarse de ver al intruso.
—Señor Fingal, bienvenido. —Se volvió hacia la asamblea—. Maese Fingal ha venido a presentar su taller de fabricación de carruajes y a pedir ser reconocido como carrocero oficial de Saint Andrews.
A Tamhas empezó a hervirle la sangre. Estaba tan indignado por la idea de que Lennox Fingal pudiera unirse al consejo que no oyó ni una palabra de lo que éste decía sobre su negocio. Fingal era un tipo, cuando menos, sospechoso. Los rumores decían que en su casa de los bosques tenían lugar todo tipo de actos paganos, y se había ganado a pulso su reputación de libertino y mujeriego. Sin embargo, a Tamhas eso le preocupaba poco. Estaba convencido de que ese hombre practicaba la brujería.
Cuando llegó el momento de votar, Tamhas lo hizo en contra, igual que otro miembro del consejo. Cuando le pidieron sus motivos, el otro hombre expuso que la fabricación de carruajes llevaba poco tiempo en la zona y que no tenía tradición en el condado, a pesar de la calidad de los productos de Fingal. Acabó sugiriéndole a maese Fingal que volviera a intentarlo al año siguiente.
Cuando le llegó el turno a Tamhas, se obligó a responder con cautela. Maese MacDougal lo estaba observando con curiosidad. Fingal lo miraba fijamente, con una sonrisa irónica plantada en la cara. ¿Le estaría haciendo favores al líder del consejo a cambio de su ayuda para entrar?
Tamborileando los dedos encima de la mesa, empezó a hablar:
—Me preocupa no conocer los orígenes familiares de maese Fingal. Además, somos muchos en la ciudad los que desconfiamos de los que no van a misa.
«De los que prefieren ser abominables esclavos del diablo…», pensó para sí.
MacDougal frunció el cejo.
—Creo que podríamos llegar a alguna clase de acuerdo. —Se quedó pensando en silencio durante un rato y luego se volvió hacia Lennox Fingal—. Podríamos ofrecerle un lugar en el consejo no como representante de un gremio, sino como ciudadano.
Tamhas apretó los dientes para no gritar. El compromiso significaba que el voto de Lennox Fingal tendría menos peso en las cuestiones comerciales, pero si metía un pie en el consejo, ya no habría quien lo echara luego.
MacDougal siguió hablando:
—Si sus comentarios son bien recibidos por el resto de los miembros y sus aportaciones benefician a Saint Andrews, podríamos volver a presentar la solicitud de ingreso como carrocero oficial más adelante. Si ésta fuera aceptada, debería superar un período de prueba de un año. Si en ese tiempo los carroceros se integran en la comunidad y contribuyen a su progreso, el ingreso pasaría a ser permanente.
Fingal hizo una reverencia.
—Estoy muy agradecido por esta oportunidad de demostrar nuestra valía.
Tamhas Keavey se puso en pie, arrastrando la silla ruidosamente, y salió de la sala sin despedirse. Estaba furioso. ¡Qué vergüenza! Tras dejar la toga en el vestidor, se dirigió al vestíbulo.
—Espero obtener una acogida más favorable por su parte en el futuro.
Tamhas se detuvo en seco. Al volverse, vio que Lennox Fingal había salido tras él.
—Lo dudo mucho. —Tamhas no lo miró al responder, puesto que había algo maligno en los ojos de ese hombre.
Estaba convencido de que podía emplear la magia sólo con la mirada, y de que ése era el sistema que había usado para manipular a MacDougal. Eso, y algún que otro favor. Seguro que el muy canalla se había ganado al bonachón del jefe del consejo mediante sus malas artes. Lo averiguaría. Pronto descubriría qué había hecho Fingal para conquistar a MacDougal, arreglaría las cosas y ocuparía el lugar que se merecía como nuevo líder del consejo.
—Es una lástima —dijo Fingal—. Somos casi vecinos.
—No somos vecinos. Usted y yo no somos nada. Le advierto que ya he expulsado de Saint Andrews a otros como usted antes y que volveré a hacerlo si es necesario.
—¿Otros como yo? —Lennox alzó una ceja—. ¿Se refiere a personas con amplitud de miras?
—¿Se está burlando de mí?
—Claro que no. —Lennox sonrió, aparentemente cómodo—. Ah, quería felicitarlo por su buen gusto con las mujeres. Me he encontrado a su encantadora esposa y a su preciosa prima en el mercado hace un rato.
Tamhas apretó mucho los puños.
—Sus burdos intentos de sacarme de quicio me animan a seguir buscando las pruebas que necesito para ejecutar a todos los habitantes de Somerled.
Para su disgusto, su rival se echó a reír por lo bajo y, con una leve reverencia, se despidió:
—Hasta la vista, maese Keavey.
Tamhas se marchó. No tenía elección si no quería llegar a las manos. Salió de la sede del consejo municipal y se abrió camino a codazos por las calles abarrotadas, furioso porque Lennox Fingal había logrado meter un pie en el consejo. Iba a tener que prestar más atención a las actividades de ese hombre. Necesitaba más pruebas para poder denunciarlo por brujería. El tipo tenía una innegable capacidad de persuasión y eso era muy peligroso. Podía dominar a la gente haciéndoles favores y hechizándolos con su encanto, pero a Tamhas no lo engañaba. Estaba seguro de que encontraría a otras personas que también se dieran cuenta de los trucos del brujo.
La insinuación de que había estado cerca de sus parientes lo inquietaba especialmente, ya que Fingal era bien conocido por su capacidad de meterse en la cama de la mujer que quisiera. ¿Habría hablado con ellas en el mercado? ¿Habría usado sus trucos mágicos con ellas? Iba a tener que preguntárselo.