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¿Cómo te encuentras hoy, prima?

Chloris dejó el tenedor para responder y se forzó a sonreír en dirección a su primo Tamhas y la esposa de éste, Jean, que se hallaban sentados al otro extremo de la mesa.

—Mucho mejor, gracias.

Tamhas la observó unos instantes antes de volver a centrarse en su plato de huevos y tortitas.

Chloris se sintió aliviada. No sabía cuánto tiempo podría seguir disimulando. La noche anterior no había podido cenar con los demás. La visita a la casa de los bosques la había dejado muy alterada, incapaz de enfrentarse a una conversación social. Diciendo que el paseo a caballo la había mareado, se había excusado y se había encerrado en su habitación. Jean le había encargado a la cocinera que le preparara un caldo ligero, pero ni siquiera eso había sido capaz de tomar, afectada como se sentía por los extraños acontecimientos de la tarde. Ni siquiera en esos momentos, a la mañana siguiente, estaba plenamente recuperada. Si no era capaz de mantener la compostura y responder a las preguntas de su anfitrión normalmente, éste lo notaría enseguida y le exigiría una explicación.

Sin embargo, el hombre de la casa del bosque se resistía a abandonar sus pensamientos. La distancia no la ayudaba a romper la conexión que se había establecido entre ellos. O, mejor dicho, entre su curiosidad y ese hombre.

Al montar en su caballo, movida por la necesidad de volver a toda prisa a casa de su primo, Chloris se había dado cuenta de que ni siquiera sabía su nombre.

Había llegado a la conclusión de que se lo había ocultado para protegerse a sí mismo. Aunque en algún momento había sido descortés e incluso la había tocado, había demostrado que, cuando se lo proponía, podía ser tan educado y encantador como cualquier miembro de la alta sociedad. Sin embargo, su auténtica naturaleza era muy distinta de la de ella: era un hombre esencialmente salvaje, rebelde y decadente.

Aunque la joven sabía que cualquiera podía acusarlo y denunciarlo por sus actividades, no se imaginaba que nadie se atreviera a desafiarlo. Ese hombre tenía una asombrosa aura de poder a su alrededor, sin duda debida a la magia. Pensándolo mejor, suponía que el mundo estaba lleno de hombres dispuestos a desafiarlo, ya que el misterioso habitante de los bosques no había jurado lealtad ni al rey ni a la Iglesia, sino a otro tipo de ley, una ley prohibida.

La noche anterior había salido de allí casi a la carrera, pero luego había permanecido muchas horas despierta pensando en lo que él le había dicho. Tenía la mente demasiado repleta de nuevas experiencias para poder dormir. Y no sólo la mente. Su cuerpo también recordaba la extraña excitación que había sentido, a pesar del peligro que suponía acercarse a gente que practicaba artes oscuras, tal vez incluso malignas.

El hombre tenía un atractivo arrollador. Cuando finalmente logró dormirse, tuvo sueños inquietantes, plagados de imágenes del desconocido. Chloris se preguntó si habría sido él el responsable. Al fin y al cabo, se había mostrado muy interesado en ella. ¿Tendría el poder de colocar imágenes en la mente de la gente? No tenía ni idea. Lo único que sabía era que nunca antes había recordado una conversación con tanto detalle, reviviendo cada instante, cada mirada, cada roce.

Ese hombre le daba miedo, pero al mismo tiempo la fascinaba. Era incuestionable que se trataba de un personaje muy convincente y persuasivo, pero seguía impresionada por el efecto que había provocado en ella. Por más vueltas que le daba, no lograba decidir si era sensato o una locura volver a su casa para someterse al ritual. La esperanza y la curiosidad la empujaban a intentarlo, pero la desconfianza y el miedo la paralizaban.

Mientras trataba de tomarse el desayuno, volvió a preguntarse si sería capaz de ponerse en sus manos, abrirse a él y aceptar que practicara con ella ese acto —un acto impío, pagano— para salvar su matrimonio y redimirse a ojos de su esposo. Llevaba años anhelando tener un hijo, pero ahora se había convertido en una cuestión de vida o muerte. Las dudas la habían apartado del bosque la noche anterior. Los actos del brujo, tan íntimos, no sólo la habían convencido de sus habilidades mágicas, sino también del poder que ese hombre tenía sobre su voluntad. Al recordarlo, una nueva oleada de excitación la recorrió.

Sofocada, se llevó la mano al cuello. La fuerza de la reacción la sorprendió. Ningún hombre la había afectado de esa manera hasta ese momento. No sólo la alteraba cuando estaba con él, sino también cuando pensaba en él. Sabía que debería sentirse satisfecha por haber podido escapar a tiempo de una situación tan peligrosa y, sin embargo, lo que deseaba era repetir la experiencia. Se sentía atraída por el misterio, por la promesa de emociones desconocidas.

Un instante después, la entrada de la niñera interrumpió esos peligrosos pensamientos. Chloris agradeció la llegada de los pequeños Rab y Tam, los gemelos de Tamhas y Jean, vestidos y listos para pasar la mañana en su habitación. Siempre se alegraba de verlos. Eran unos adorables hombrecitos que acababan de cumplir tres años. Cada vez que se presentaban ante sus padres estaban serios, pero Chloris los había visto jugar alegremente en los jardines. Ésos eran los ratos en los que más disfrutaba de su compañía. A menudo se unía a sus juegos, o se sentaba en un banco cercano a observarlos.

Jean les dio un beso a los niños en la frente y les enderezó los cuellos de las camisas y los corbatines. Cuando se volvieron hacia su padre, Tamhas les limpió la boca con un pañuelo antes de hacerle un gesto a la niñera con la mano para que se los llevara. Rab y Tam se despidieron de su madre y de Chloris con sendas inclinaciones de cabeza antes de salir de la estancia con la niñera. La joven observó la escena con melancolía.

Jean le devolvió la mirada:

—Seguro que echas de menos a Gavin —comentó antes de seguir desayunando.

—Sí —respondió ella, como una esposa solícita, aunque en realidad se sentía extrañamente a la deriva. Aunque había nacido en Saint Andrews, su lugar se hallaba ahora en Edimburgo. Además, no estaba segura de que Jean se sintiera cómoda con ella en Torquil House durante tanto tiempo.

La mención a su marido hizo que Chloris notara la familiar sensación de fracaso. Gavin la había enviado al campo para que se fortaleciera y así estuviera en mejores condiciones de darle un hijo. En esos momentos era lo único que le interesaba. Su incapacidad de hacer realidad ese deseo la convertía en una fracasada. El enfado y la frustración estaban presentes cada vez que hablaba con ella. Al principio de su matrimonio, la relación había sido amistosa, pero ya no. Nunca había sido un hombre especialmente afectuoso y, últimamente, Chloris veía desaprobación en sus ojos cada vez que la miraba. Se estaba volviendo loca. Recordaba con pánico las últimas palabras que le había dicho cuando estaba a punto de partir hacia Saint Andrews. Habían sido una auténtica amenaza. Por eso se había atrevido a ir en busca del brujo del bosque. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por lograr su objetivo.

—Hoy hay reunión del consejo municipal —las informó Tamhas mientras se levantaba de la mesa—. Mandaré el carruaje de vuelta por si queréis ir al mercado.

—Sí, iremos. —El rostro de Jean se iluminó.

Chloris, en cambio, se desanimó considerablemente. Tendría que acompañar a Jean al mercado, cuando lo que en realidad le apetecía era quedarse a solas para poner en orden sus ideas.

Jean estaba hablando, así que se obligó a escucharla.

—Necesito encaje para un vestido nuevo. Quiero elegirlo personalmente, y mi modista me dijo que un mercader iba a traer una buena selección. Importa los mejores encajes de Flandes y los lleva al mercado. —Se volvió hacia Chloris con expectación—. ¿Me ayudarás a escogerlo?

—Me encantará.

Tal vez distraerse un poco era justo lo que necesitaba. Tras la incomodidad de los primeros días, Jean estaba haciendo un esfuerzo por llevarse bien con ella, ya que Chloris era la pupila de su marido.

Cuando el carruaje regresó al cabo de un rato, ambas mujeres ya estaban listas para salir. El coche se puso en marcha, sacudiéndose a causa de las piedras y los baches del camino en dirección a Saint Andrews, y Chloris reparó en que Jean parecía muy animada ante la perspectiva de visitar la pequeña ciudad. La esposa de su primo se volvió a mirar por la ventana con tanto ímpetu que varios mechones de pelo se le soltaron del recogido. Con una mano sostenía la cortinilla y con la otra jugueteaba con el broche con que se cerraba la capa al cuello. Tenía los ojos brillantes, y el ligero rubor que le cubría las mejillas era de lo más favorecedor. Chloris sonrió, ya que ella conocía bien la sensación de opresión que se sentía en casa de Tamhas. La había experimentado sobre todo de joven. Ahora que su situación había cambiado, Torquil House se había convertido en una especie de refugio. Jean era más joven que ella, y parecía estar luchando con su papel de señora de la casa. Se había casado con Tamhas hacía cuatro años, y se había quedado embarazada enseguida de los gemelos. Chloris no estaba celosa. Lo que sentía no eran celos; era una especie de melancolía por no poder cumplir con sus obligaciones como esposa.

Al ver su sonrisa, Jean se la devolvió.

—Estoy disfrutando de tu compañía, prima —le dijo alzando la voz para hacerse oír por encima de los crujidos del carruaje—. No solemos tener visitas en casa.

Parecía una oferta de amistad, y Chloris la aceptó encantada.

—Y yo de la tuya. Te agradezco mucho que me abrieras las puertas de tu casa.

Jean pareció relajarse. ¿Era eso lo que necesitaba? ¿Sentir que había sido idea suya que Chloris fuera de visita?

Se sacudió la capa, buscando ocupar la mano de alguna manera.

—Al principio me costó un poco —admitió—. Tamhas habla de ti con mucho cariño y sé que estuvisteis muy unidos de jóvenes, tras la muerte de tu familia.

Chloris trató de ocultar su sorpresa. Las palabras de Jean podían ser malinterpretadas. ¿Lo habría hecho conscientemente, para ver cómo respondía? La joven parecía sincera en su preocupación.

—No fue fácil para él asumir la responsabilidad de una pariente en un momento tan doloroso —repuso—. Fue muy amable por su parte y se lo agradezco. Igual que le agradezco que me buscara un marido respetable cuando llegó el momento.

Jean alzó las cejas. Al parecer, no era eso lo que había esperado oír. La expresión de su rostro despertó la curiosidad de Chloris, aunque no quiso insistir para no disgustar a su prima política. Justo empezaban a entenderse. No quería perder el terreno ganado.

¿Sería verdad que Tamhas hablaba bien de ella? No era eso lo que recordaba de su juventud. Cuando había llegado a la casa, las cosas no habían sido fáciles entre ellos. Lloraba a menudo por sus padres, hasta que él se hartó y se dedicó a viajar por el extranjero, dejándola sola con sus libros y sus recuerdos.

Cuando finalmente regresó, lo hizo convertido en un hombre ambicioso y seguro de sí mismo. Tomó el control de la relación y le planteó una serie de cosas que ella no pudo admitir. Le sugirió una unión carnal. Si quedaba satisfecho con el resultado, se casaría con ella. La presión que esa proposición supuso para una joven inexperta sin ninguna pariente que la aconsejara fue enorme. Tamhas le dio tiempo para reflexionar. Parecía convencido de que ella acabaría rindiéndose a sus deseos. Pero Chloris no cambió de idea y siguió negándose. Al ver que su plan original fallaba, Tamhas la trató como a un peón con el que comerciar para obtener prestigio y poder. Por aquella época ya había superado la que se consideraba la edad idónea para casarse, por lo que Tamhas tardó un poco en llegar a un acuerdo con Gavin Meldrum, de Edimburgo. Chloris aceptó la proposición de éste con gran alivio, sin saber que la situación que la aguardaba allí sería peor que la que había conocido hasta ese momento en Torquil.

La mala relación con Tamhas había sido la causa de que no fuera antes de visita. De hecho, había acudido por la insistencia de Gavin. Por suerte, la edad y el matrimonio parecían haber ablandado a su primo. Seguía siendo un hombre ambicioso, pero parecía que había dejado las riendas de la casa a su esposa.

Mientras el carruaje se acercaba al viejo corazón de Saint Andrews, Chloris contempló las familiares calles. Por suerte, no pasaron ante la casa en la que había nacido y vivido hasta que la horrible enfermedad se había llevado a sus padres y a muchos de los criados. No había regresado allí desde el día en que se marchó.

Jean le señaló las casas que conocía, hablándole de los mercaderes y los comerciantes con los que Tamhas hacía negocios. A medida que las calles se estrechaban, cada vez costaba más circular. Los callejones estaban llenos de granjeros que llevaban ovejas y cabras a vender. El olor a mar les llegaba cada vez con más nitidez, y Chloris aspiró profundamente. El aroma la transportó a la niñez. Tenía algunos buenos recuerdos de cuando había ido con sus padres a ver el océano.

El cochero entró en un establo y ató los caballos antes de abrir la puerta del carruaje y ayudar a bajar a las dos jóvenes. Luego se dirigió al mercado delante de ellas, abriéndoles camino.

Sobre sus cabezas, las gaviotas volaban y graznaban, atrayendo la atención de Chloris. Desde las alturas, las aves no perdían detalle de la actividad que tenía lugar a sus pies, buscando algo que comer entre los carros y los puestos de los vendedores. Chloris se echó a reír cuando la mujer de su primo le señaló una gaviota especialmente descarada que volaba a ras de los productos expuestos, esperando un instante de distracción de los dueños. El buen humor de Jean debía de habérsele contagiado, ya que hacía tiempo que no se sentía tan llena de vida.

«¿O será acaso por otra razón?», se preguntó cuando imágenes del ilícito encuentro de la tarde anterior se abrieron paso en su mente. Lejos de Torquil House, se sentía más cómoda, y se permitió recordar los detalles de su impetuosa visita a la casita del bosque llamada Somerled. La experiencia la había llenado de energía. Ahora que estaba sana y salva, le gustaba recordar lo valiente y atrevida que había sido al ir hasta allí. Aunque no siguiera adelante con el ritual mágico, sabía que nunca olvidaría el extraño encuentro con el señor de Somerled. La intriga y excitación que sentía al recordar sus extrañas acciones eran emociones desconocidas, pero no tanto como para no darse cuenta de que no debería haberlas sentido. ¿Cómo podría mirar al pastor a la cara el domingo en la iglesia después de haber ido a buscar ayuda de personas consideradas malvadas —peores que sabandijas— por la gente temerosa de Dios?

A su lado, Jean estaba haciendo comentarios sobre el bullicio del mercado.

—No recuerdo haberlo visto nunca tan animado —asintió Chloris—. ¿Será que a Saint Andrews le ha sentado bien la unión entre Escocia e Inglaterra?

—Eso te lo responderá mejor Tamhas. Habla a menudo del tema. Dice que deberíamos buscar la forma de aprovecharnos de la unión con Inglaterra y dejar de hablar de independencia y guerra civil. —Acercándose a Chloris, la agarró del brazo y le susurró con complicidad—: La verdad es que la ciudad ha visto días mejores, pero Tamhas y el consejo municipal trabajan duro para atraer más comercio.

—Parece que sus esfuerzos están dando fruto.

Jean asintió.

—Reconozco que las conversaciones sobre política y comercio me resultan muy aburridas, pero no se lo digas a Tamhas, por favor.

—Tu secreto está a salvo conmigo —le aseguró Chloris con una sonrisa, aunque deseó que su marido hablara con ella de esos temas.

Gavin era un importante terrateniente, con numerosos vínculos con políticos y hombres de negocios de Edimburgo, pero se negaba a tratar esos temas con ella porque era una mujer. Tamhas, en cambio, hablaba con su esposa de negocios, pero ella sólo fingía interés para complacerlo.

La confidencia las unió un poco más. Mientras recorrían los concurridos puestos del mercado, siguieron cogidas del brazo. El cochero les abría paso un poco por delante de ellas, sin alejarse demasiado por si necesitaban ayuda. Jean iba hablando animadamente junto a Chloris. De ese modo, recorrieron la mitad de la calle del mercado antes de que Jean le apretara el brazo.

—Ahí está el vendedor de encaje —anunció.

El mercader hizo una profunda reverencia cuando vio acercarse a las dos mujeres.

—Tengo el más fino encaje de Flandes —les dijo al tiempo que señalaba una selección de muestras y piezas de encaje colocadas sobre una mesa de caballete.

Jean las examinó cuidadosamente una por una, o eso le pareció a Chloris. Ella dejaba que la modista se ocupara de elegirlo, pero su prima disfrutaba escogiéndolo personalmente. Chloris la animó y pronto adquirieron una delicada cofia. Tras encargar una pieza entera de encaje para la próxima visita del mercader, se despidieron.

Jean estaba todavía más contenta que antes, pero de repente se quedó inmóvil y señaló un punto al otro lado de la calle empedrada.

—Deprisa. Hay alguien a quien debemos evitar a toda costa.

Chloris siguió las instrucciones de su prima, pero la curiosidad pudo con ella y se volvió a echar un vistazo. Al ver que se trataba del hombre del bosque, contuvo el aliento.

A la luz del fuego le había parecido muy atractivo, pero a la luz del sol era todavía más impresionante. Su presencia era apabullante. Desde el tricornio de fieltro que llevaba en la cabeza hasta las bruñidas botas, todo en él era irresistiblemente seductor. Avanzaba entre la multitud y era imposible no fijarse en él, ya que era casi una cabeza más alto que el resto.

Casi todo el mundo lo saludaba, lo que hizo que el rechazo de Jean le pareciera aún más grosero y fuera de lugar. De todos modos, casi era mejor no encontrárselo cara a cara, ya que no habría sabido explicar de qué lo conocía.

Como si hubiera notado la mirada de la joven, él se volvió hacia ella.

Los ojos del brujo se clavaron en los de Chloris y la saludó con una leve inclinación de la cabeza.

Ella tropezó entonces con el empedrado y se detuvo.

—Agárrate fuerte —le aconsejó Jean—. El suelo es irregular.

Chloris se limitó a asentir en silencio. Con el rabillo del ojo, vio que el hombre seguía observándolas descaradamente. Las examinaba con atención, como si estuviera tratando de averiguar el parentesco que existía entre ellas y la razón de su presencia en el mercado. Al ver que Jean se la estaba llevando al otro lado de la calle mientras le dirigía miradas hostiles, su sensual boca se curvó en una sonrisa. Aparentemente, la situación le resultaba divertida.

Por debajo del guante, Chloris sintió un cosquilleo en la palma de la mano. La sensible piel de la zona parecía recordar el efecto que le había provocado el día anterior al acariciarla. Era una sensación excitante y seductora, que le hizo hervir la sangre. Deseó que volviera a tocarla. Sorprendida por su reacción a la presencia del brujo, se preguntó a qué se debería. ¿Sería algo propio de su naturaleza? ¿Se debía a sus curiosos poderes o a su aire salvaje? Sofocada, Chloris apartó la mirada, recordándose que Jean no podía verla intercambiando miradas con el líder de los brujos. Sin embargo, la curiosidad fue más fuerte que ella.

—¿A quién debemos evitar? —preguntó, fingiendo inocencia.

—A aquel hombre de allí, Lennox Fingal. El hombre de moral más dudosa que existe —respondió su prima con el cejo fruncido.

«Lennox». El nombre resonó en la cabeza de la joven. Qué bien le sentaba. Era un nombre fuerte, directo, fácil de recordar. Tratando de obtener más información, fingió no entenderla.

—¿Moral dudosa?

Jean se acercó más a ella y bajó la voz.

—Dicen que coquetea con la brujería. Vive en comuna, y todos los que viven con él son sospechosos de prácticas poco claras. Tamhas le tiene puesto el ojo encima.

Chloris se quedó muy sorprendida, tanto por la vehemencia de Jean como por la información que acababa de proporcionarle. ¿Tamhas vigilaba al hombre del bosque? Sabía que su primo se oponía a la brujería. No había olvidado que había echado de casa a Eithne años atrás por esa misma razón. Pero no tenía ni idea de que sospechara de los habitantes de la casa del bosque. Si lo hubiera sabido, no se habría atrevido a ir.

—No tiene el aspecto que uno espera de un brujo —replicó con sinceridad.

—Eso forma parte de sus trucos. Ese hombre es un canalla. Incluso aunque lo que dicen de él y la brujería no fuera cierto, lleva una vida disoluta en esa casa perdida en mitad del bosque. Es un diablo muy guapo, y no faltan mujeres que quieran meterse en su cama.

Jean se ruborizó y se aclaró la garganta, como si sólo por decirlo en voz alta fuera a ensuciarse por asociación. Chloris disimuló una sonrisa. Estaba segura de que su prima se había preguntado alguna vez cómo sería estar en la cama de un hombre como Lennox.

—Dicen que las mujeres no pueden defenderse de sus hechizos. Si decide seducir a una mujer, no hay nada que ésta pueda hacer para resistirse —soltó Jean de sopetón mientras movía inquieta los hombros—. Es un libertino y un sinvergüenza —añadió mirándolo por encima del hombro.

Chloris no hizo ningún comentario.

Entre la multitud, Lennox se levantó el sombrero e inclinó la cabeza, primero en dirección a Jean y luego a ella. Su atención se centró en Chloris, y la joven sintió que la sangre se le calentaba.

«Es un diablo muy guapo, y no faltan mujeres que quieran meterse en su cama». La advertencia de Jean resonó en su cabeza. Menos mal que se había marchado de su casa a tiempo. «Dicen que las mujeres no pueden defenderse de sus hechizos. Si decide seducir a una mujer, no hay nada que ésta pueda hacer para resistirse».

Al parecer, Chloris era una de ellas, porque no podía resistirse. El tal Lennox Fingal la estaba mirando a ella y sólo a ella, y le estaba provocando un efecto muy extraño. Parecía estar atravesándola con los ojos. Sabía que debería estar molesta, pero en vez de eso se sentía excitada.

Los ojos del brujo tenían un brillo singular.

Bajo la ropa, la piel de Chloris se encendió. Se sintió inquieta, incapaz de escapar de su mirada.

Jean seguía hablando a su lado, pero ella casi no se daba cuenta de lo que decía.

—Míralo. No nos quita ojo de encima, ¡será grosero!

Lo cierto era que las estaba observando, pero a Chloris no le pareció que lo hiciera por falta de educación, sino por un sincero interés.

La joven bajó la cabeza para disimular una sonrisa de satisfacción, y una sensación placentera se extendió por sus entrañas. Pero en ese preciso instante, el ruido de la calle aumentó de intensidad, se oyó un grito asustado a su derecha y la multitud se quedó inmóvil.

Media docena de gallinas se habían escapado de su cercado y corrían cacareando ruidosamente delante de Jean. La muchacha gritó, se levantó un poco la falda y echó a correr en dirección a la dueña de las gallinas. Al pasar por su lado, tropezó con ella, que trataba de volver a meter a los animales en el cercado con una mano. En medio del caos, la cesta de huevos que la granjera llevaba en la otra mano cayó al suelo y varios huevos acabaron rotos.

Las mujeres empezaron entonces a discutir.

Chloris observó consternada cómo Jean reprendía a la granjera por haber dejado escapar a las gallinas y se negaba a pagarle los huevos rotos. El cochero se había acercado a ellas. La multitud volvió a ponerse en movimiento, y Chloris se encontró separada de la esposa de su primo por los numerosos curiosos que se habían acercado a contemplar la discusión entre las dos mujeres.

En ese momento, volvió a notar la mirada del hombre al que Jean había llamado Lennox, el líder de los brujos. Había cambiado de lugar. Ahora estaba a su izquierda, mirándola sólo a ella con una sonrisa en los labios.

Qué raro. ¿Habría provocado él el incidente? No lo creía, pero ¿y si fuera cierto que tenía poderes? Trató de quitarse esa idea de la cabeza pero, al devolverle la mirada, vio un rastro del extraño brillo que había visto en sus ojos antes de que las gallinas se escaparan. Le pareció que eran unos ojos demasiado luminosos, como si reflejaran la luz del mismo sol. Sin embargo, eso era del todo imposible, ya que en esos momentos el sol estaba oculto tras unas nubes, y los ojos del brujo quedaban cubiertos bajo el ala de su sombrero.

Chloris se estremeció.

Él alzó una ceja, como si le estuviera recordando su encuentro anterior, como si le estuviera recordando que había sido ella la que había ido a buscarlo. Chloris oyó entonces risas y gritos de ánimo que provenían del lugar donde se estaba desarrollando la disputa. Al parecer, los asistentes estaban disfrutando del espectáculo. Sofocada, se sintió culpable por haber abandonado a su prima. La buscó con la vista mientras las palabras de advertencia de Jean resonaban nuevamente en su cabeza. No podía olvidarlo. Ese hombre era un libertino, un mujeriego. Y eso por no hablar de sus creencias oscuras.

Al volverse hacia él, comprobó que ya no estaba. ¿Cómo podía haber desaparecido tan deprisa? Mientras se lo preguntaba, notó que algo le hacía cosquillas en la nuca. Instintivamente, levantó la mano para apartarse el pelo y, de repente, se puso tensa. No era un mechón de cabello suelto. Era él. Sintió primero su aliento, seguido del leve roce de sus labios.

Ya antes de volverse a mirar por encima del hombro supo que era él.

Notó que le apoyaba una mano en la cintura, como para tranquilizarla. Estaba tan cerca que, cuando volvió la cara hacia él, se le doblaron las rodillas. Ese hombre tan peligrosamente guapo y obstinado estaba casi pegado a su espalda.

—Cuidado —le susurró al oído—. No aparte la vista de su anfitriona mientras hablo con usted.

Con el rabillo del ojo, Chloris vio que le señalaba a Jean con la cabeza. La joven hizo lo que le decía, paralizada por la poderosa sensación de tenerlo tan cerca. El cuerpo entero le cosquilleaba, la piel le ardía, los nervios estaban vivos, caóticos.

—Está usted muy hermosa esta mañana, señora Chloris, si me permite el atrevimiento.

«¿El atrevimiento?» Ella disimuló una sonrisa. Ese hombre era el colmo de la desfachatez y se disculpaba por un inocente piropo. La mano de Lennox seguía fija en su cintura. Parecía como si estuviera reclamándola con ese leve contacto. En su mente apareció una imagen: él la cogía en brazos y se la llevaba mientras la multitud miraba hacia otro lado. La absurda idea la sorprendió. ¿De dónde había salido y por qué de pronto deseaba que se hiciera realidad? Empezó a ver borroso. Pestañeó y se obligó a mirar hacia la disputa. No era fácil hacerlo con su mano en la cintura, sus piernas pegadas a la falda y su aliento en la nuca.

—¿Ha pensado en lo que hablamos ayer?

Chloris apenas había pensado en otra cosa, pero no estaba dispuesta a admitirlo. Confesarle algo así a un hombre como él era darle demasiado poder sobre ella. Era imposible negar el efecto que tenía sobre ella tenerlo tan cerca, susurrándole al oído, mientras a su alrededor nadie se percataba de su conexión secreta. Era una locura, pero una locura deliciosa.

Volvió la cabeza ligeramente para asegurarse de que oía su respuesta susurrada.

—Sí, pero me temo que no sería sensato volver al bosque. A mi primo no le gustaría.

—¿A Tamhas Keavey? —preguntó él riendo por lo bajo.

Chloris frunció los labios. La tarde anterior no había mencionado su apellido y, sin embargo, Lennox lo conocía. Suponía que a un hombre como él no le faltaban recursos para descubrir quién era.

—Si le da miedo venir a Somerled —siguió diciendo él—, yo podría ir a verla en secreto. Sería menos peligroso para usted.

Chloris no daba crédito a lo que estaba oyendo.

—¿Cómo? ¿A Torquil House?

Eso sonaba todavía más peligroso. Aunque tal vez era precisamente lo que le gustaba. Buscar situaciones peligrosas para divertirse.

—Podría ir de noche. Conozco el lugar; no sería difícil.

A Chloris empezó a darle vueltas la cabeza. Una imagen de Lennox en su habitación apareció de pronto en su mente. Él acercándose. Él tocándola una vez más. Mientras pensaba en sus palabras, empezó a perder de vista la realidad.

—¿Para el ritual?

—Por supuesto. ¿Para qué, si no?

¿Era diversión eso que había oído en su voz?

—Estaría más cómoda en su propia habitación —continuó él. Con un dedo le recorrió la espalda, desde la nuca hasta donde empezaba el vestido, recordándole que había dicho que tendría que tocarla.

Chloris echó la cabeza hacia atrás al notar su contacto. Sintió que los huesos se le ablandaban y que la mente se le llenaba de pensamientos que no parecían suyos. Al imaginarse entre sus brazos recordó el calor mágico que él había conjurado en su vientre y se mareó un poco.

—Invocaré la rica vitalidad de la tierra y el poder de las estaciones para que florezcan en su interior.

Su seductor tono de voz mientras le susurraba esas palabras tan íntimas hizo que la temperatura de Chloris aumentara rápidamente. La asaltaron nuevas imágenes, aún más insólitas que las anteriores. Vio sus cuerpos unidos mientras él la imbuía de su poder mágico. Vio cómo la abrazaba y cómo su cuerpo se iluminaba desde el interior. Se tambaleó. Luego sintió cómo se alejaba de ella.

Y una inmensa sensación de pérdida la invadió.

—Su prima está a punto de regresar —la advirtió él—. Deme una señal e iré a visitarla a su casa a medianoche.

Aturdida, Chloris se volvió hacia el lugar donde la multitud se apartaba. Vio al cochero contando monedas y entregándoselas a la dueña de las gallinas. También vio a Jean, que se alejaba haciendo aspavientos.

No tenía tiempo que perder. Las advertencias de su prima aún le resonaban en la cabeza, pero necesitaba saber más. Se tambaleó un instante, pero al recuperarse vio que Jean había dado media vuelta e iba directa hacia ella con el cochero siguiéndola de cerca. Era peligroso, aunque necesitaba saber. Tenía que seguir adelante con el plan o se arrepentiría toda la vida de no haber aprovechado esa oportunidad.

Volvió a notar el cálido aliento de Lennox en el oído.

—Deme una señal y me marcharé. Nadie se dará cuenta de que hemos hablado.

Al parecer, estaba dispuesto a esperar hasta que ella respondiera, a pesar de que Jean estaba ya muy cerca de ellos. Ésta, que la había advertido de que no se fiara de ese hombre hacía escasos momentos. Debería sentirse asustada, lo sabía, pero lo único que sentía era la presencia de Lennox. Era como si su encuentro hubiera hecho desvanecerse al resto de la ciudad, como si sólo existieran ellos dos. Chloris se llevó entonces la mano a la espalda y lo buscó. Él enlazó sus dedos con los suyos, enviándole así una nueva corriente de excitación a través del brazo. Ella le apretó los dedos.

—A medianoche —susurró repitiendo sus palabras. Al hacerlo, se sintió todavía más aturdida.

A continuación, el brujo le soltó los dedos y ella bajó los párpados, aliviada.

Se había marchado.

Mientras respiraba hondo para tranquilizarse, se dio cuenta de que había accedido a una cita clandestina. Él iría a visitarla a medianoche. ¿A casa de Tamhas? El peligro de la propuesta se hizo aparente ahora que podía volver a pensar con claridad. Se tambaleó.

«¿Qué he hecho?»