13
Chloris se sentía tan turbada que corrió hasta el lugar donde la esperaba su yegua tan a prisa como pudo, sin importarle si se le rompía el vestido al engancharse con las ramas o si se manchaba de barro las botas y las medias. En cuanto alcanzó al animal, montó y lo puso al galope, al mismo ritmo que la sangre le latía por las venas.
Se arrepentía de todo lo que había hecho. ¿Cómo se había dejado llevar hasta esa situación? Era lo más arriesgado que había hecho nunca. Su conciencia había tratado de advertírselo, pero no le había hecho caso. La respuesta, obviamente, no era difícil de encontrar. Lennox la había seducido a conciencia, y la pasión que había despertado en su interior había superado todos los límites, incluidos los de la razón.
«Idiota», se reprendió mientras cabalgaba a toda velocidad, sin preocuparse por su seguridad ni de pensar adónde se dirigía.
Sin embargo, cuando Torquil House apareció en el horizonte, hizo que la yegua aflojara el paso y, tras girar en redondo, cabalgó en dirección a Saint Andrews.
No fue una decisión consciente. Mientras seguía batallando con sus demonios interiores se encontró recorriendo las calles familiares donde había pasado sus años de infancia. En medio del caos emocional había llegado hasta allí, probablemente impulsada por el anhelo de recuperar sus raíces, de sentir que pertenecía a alguna parte, aunque ese lugar ya no existiera tal como lo recordaba.
Hasta ese instante no había querido volver a ver la casa. Durante las últimas semanas había empezado a existir sólo por y para Lennox. Pero al romperse su vínculo de una manera tan brusca y traumática, había tenido que buscar otra cosa a la que anclarse. Ésa era la razón de que se encontrara frente a la alta casa donde había nacido, la misma donde sus padres habían vivido y habían muerto.
Tras desmontar del caballo, se quedó mirando el edificio que le era tan conocido. No había estado en esa calle desde que se marchó a Edimburgo para casarse con Gavin, y no había estado en el interior de la casa desde que Tamhas se la había llevado a la suya al convertirse en su tutor legal. Respiró hondo y se dijo que era lo bastante fuerte para hacer eso. Tenía que enfrentarse a su pasado para poder afrontar el futuro.
Llamó a dos chiquillos que pasaban por allí y le ofreció una moneda a cada uno si se quedaban vigilando a la yegua unos minutos. Ellos accedieron encantados, quitándose las gorras y acariciando al animal mientras Chloris se acercaba a la puerta.
—El señor y la señora no están en casa —le dijo la criada que abrió.
—No he venido a visitar a tus señores. Yo viví aquí hace muchos años —le contó, deseando que la voz no le temblara tanto—. ¿Hay alguien más en la casa aparte de ti?
La joven negó con la cabeza. Era una muchacha tímida.
—No te robaré mucho tiempo. Si me dejaras visitar la vieja habitación de los niños, te quedaría muy agradecida.
La criada se mordió el labio inferior antes de replicar:
—No debo, señora.
Chloris abrió la mano, mostrándole las monedas que le ofrecía a cambio de que le hiciera ese favor.
Los ojos de la chica se iluminaron al verlas.
—Te prometo que no estaré mucho rato. Sólo es que no quiero perder mis recuerdos de infancia.
Tras unos instantes más de duda, la joven se decidió y la dejó pasar.
—¿Sólo quiere ver la antigua habitación de los niños? —preguntó tras cerrar la puerta rápidamente y señalar hacia la escalera—. ¿Se refiere a la habitación alargada en la parte de atrás? ¿La que da al jardín?
—Exacto, a ésa me refiero —respondió Chloris, poniéndole las monedas en la mano y cerrándole los dedos antes de que cambiara de opinión. La muchacha hizo una rápida reverencia de agradecimiento y la guio escaleras arriba.
Mientras la seguía, Chloris iba mirando a su alrededor, fijándose en los cambios que se habían hecho durante su ausencia y en las cosas que permanecían tal y como las recordaba. Al aproximarse a la estancia en cuestión, se preparó para lo que le esperaba. Sabía que algunos de los recuerdos que tendría serían tristes, pero confiaba en que hubiera alguno feliz también.
La criada abrió la puerta y se apartó para dejarla pasar.
—Gracias. —Chloris respiró hondo. Había llegado el momento de aceptar su destino. Tenía que dejar de perseguir sueños imposibles y olvidarse de ese hombre al que no debería haber permitido que se ganara un lugar en su vida y en su corazón.
La habitación estaba más vacía de lo que la recordaba. La mesa y las sillas de estudio habían desaparecido, y su lugar lo ocupaban un bonito armario ropero y varios baúles.
—¿La señora de la casa no tiene hijos?
—Oh, sí, sí los tiene, pero ya han crecido y se han casado. Esta habitación no se usa nunca.
Chloris asintió y se adentró un poco más en la estancia. Sus pies recorrieron un camino muy familiar que la llevó hasta la chimenea donde cada mañana se había sentado junto a su madre a leer y estudiar. En esa habitación, Chloris había pasado de ser una niña a ser una mujercita. Eithne la acompañaba todas las tardes en aquella época. Mientras cosían —Eithne ocupada con los remiendos de la ropa de casa y Chloris con su delicada labor—, la niñera le hablaba de los clanes del norte y de sus costumbres, tan distintas de las de los habitantes de las Lowlands. A veces también le contaba cuentos de hadas, historias de las extrañas y mágicas criaturas que vivían en el mar o en las montañas.
Gracias a su madre se había convertido en una jovencita educada que se sentía segura y querida, y gracias a Eithne había aprendido a creer que la magia estaba por todas partes, a su alrededor. Había sido un tiempo dorado, un tiempo de felicidad que terminó bruscamente cuando la enfermedad entró en la casa y se llevó a sus padres. De un día para otro, el mundo de Chloris se rompió.
Recorrió con los dedos la repisa de piedra de la chimenea, donde hacía tiempo que no ardía ningún fuego.
El último día que había estado allí la chimenea también estaba apagada. Nadie había encendido el fuego porque era el día del funeral de sus padres y Chloris debía caminar al lado del carro que llevaba los dos ataúdes hasta Kirk.
Eithne había entendido sus motivos para no querer ir, aunque le había dicho que se equivocaba.
—Debes ir, querida niña. Sé que no quieres despedirte de ellos pero debes hacerlo.
Chloris se había abrazado a su niñera, llorando.
—No puedo.
—En esta vida siempre tienes que mantener la cabeza alta, pase lo que pase.
Eithne estaba tan disgustada como ella. Recordó que, mientras la regordeta mujer la abrazaba y la consolaba, no dejaba de temblar. Al pensar en ello sabiendo lo que en esos días sabía, se dio cuenta de que probablemente Eithne era consciente de que Tamhas Keavey no le daría trabajo en su casa. Esas palabras debían de ser su consejo de despedida para guiarla en la vida.
—Vamos, te están esperando abajo —la animó—. Es hora de irse.
—No puedo. No quiero vivir. Quiero irme con ellos.
Eithne la besó en la frente y Chloris recordó la sensación de bienestar que había experimentado. Parecía cosa de magia.
—Todavía tienes momentos felices por delante, mi niña. También habrá días oscuros. Tus seres queridos siempre vivirán en tu interior. Aunque ya no puedas abrazarlos, siempre estarán aquí —añadió llevándose la mano al corazón—, y eso te ayudará a seguir adelante. Debes vivir mirando hacia el futuro y esperar los días en los que el sol volverá a brillar en tu corazón.
Chloris parpadeó. Así se había sentido mientras estaba con Lennox, como si el sol brillara en su interior. Desde el instante en que él le había desabrochado el collar de perlas que llevaba al cuello, había empezado a liberarla del dolor que cargaba en lo más hondo del pecho y había reemplazado esos sentimientos por otros más ligeros y felices. La había llenado de recuerdos agradables en los que poder pensar con una sonrisa, liberándola así de los recuerdos oscuros y dolorosos.
«Liberada», eso era lo que él le había dicho. Tan liberada que había sido capaz de regresar a su antigua casa y de enfrentarse a los recuerdos. ¿Tendría Eithne el don de la adivinación? ¿Tendría razón? ¿Los recuerdos de la breve felicidad que había conocido junto a Lennox permanecerían en su corazón para siempre, aunque las cosas hubieran acabado entre ellos?
Sí, sabía que nunca lo olvidaría. Del mismo modo que conservaba el amor por sus padres en el corazón y en la memoria, Lennox ocuparía un lugar de honor a su lado. Por un instante le pareció que Eithne la abrazaba para animarla, como si le estuviera prometiendo algo. Pero sólo fue un instante.