Capítulo 81
La ruptura fue siempre el reverso oscuro de la alomancia. La dote genética de la persona podía convertirla en un alomántico en potencia, pero para que el poder se manifestara, el cuerpo debía sufrir un trauma extraordinario. Aunque Elend hablaba de lo terrible que había sido su paliza, en nuestro tiempo liberar la alomancia en una persona era más fácil que antaño, pues teníamos la infusión del poder de Conservación en las líneas de sangre humana a través de las pepitas que el Lord Legislador concedía a la nobleza.
Cuando Conservación estableció las brumas, tenía miedo de que Ruina escapara de su prisión. En aquellos primeros días, antes de la Ascensión, las brumas empezaron a cambiar a la gente como hacían en nuestra época, pero esta acción de las brumas era sólo una de las formas de despertar la alomancia en una persona, pues los atributos genéticos estaban enterrados demasiado profundamente para salir con una simple paliza. Las brumas de esos días crearon solamente brumosos: no hubo nacidos de la bruma hasta que el Lord Legislador dio uso a las pepitas.
La gente malinterpretó la intención de las brumas, ya que el proceso de ruptura alomántica hacía que algunos murieran, sobre todo los viejos y los niños. No era éste el deseo de Conservación, pero había renunciado a la mayor parte de su consciencia para formar la prisión de Ruina, y las brumas tuvieron que funcionar como mejor pudieron sin direcciones específicas.
Ruina, sutil como siempre, sabía que no podía impedir que las brumas hicieran su trabajo. Pero pudo hacer lo inesperado y animarlas. Y así, ayudó a hacerlas más fuertes. Eso causó la muerte de las plantas del mundo, y creó la amenaza que sería conocida como la Profundidad.
Vin se volvió hacia Ruina, proyectando una sonrisa. La nube de retorcida bruma negra parecía agitada.
Así que puedes influir en un solo sicario, replicó Ruina, volviéndose sobre sí mismo, alzándose en el aire. Vin lo siguió, flotando sobre la Dominación Central entera. Debajo, pudo ver a los soldados de Demoux corriendo al campamento, despertando a la gente, organizándolos para la huida. Algunos de ellos seguían ya los senderos en la ceniza hacia la seguridad de las cavernas.
Pudo sentir el sol, y supo que el planeta se hallaba demasiado cercano a él para estar a salvo. Sin embargo, no podía hacer nada más. Ruina no sólo la habría detenido, sino que ella no comprendía aún su propio poder. Se sentía como debió de hacerlo el Lord Legislador: todopoderosa, pero torpe. Si trataba de mover el mundo, sólo empeoraría las cosas.
Pero había conseguido algo. Ruina dirigía a sus koloss hacia la ciudad a paso vertiginoso, pero no llegarían a los Pozos hasta dentro de varias horas. Tiempo suficiente para que la gente se refugiara en las cavernas.
Ruina debió de advertir lo que ella estaba estudiando, o tal vez sintió su complacencia. ¿Crees que has vencido?, preguntó, divertido. ¿Por qué, porque has conseguido detener a un puñado de kandra? Siempre fueron los sicarios más débiles que el Lord Legislador creó para mí. Tengo por costumbre ignorarlos. Sea como sea, Vin, no puedes creer de verdad que me has derrotado.
Vin esperó, viendo como la gente huía a la relativa seguridad de las cavernas. Mientras el grueso llegaba y los soldados los separaban por turnos, enviándolos a las diferentes entradas, su buen humor empezó a desvanecerse. Había conseguido contactar con Elend, y aunque pareció una gran victoria en el momento, ahora podía ver que era poco más que otra táctica dilatoria.
¿Has contado los koloss de mi ejército, Vin?, preguntó Ruina. Los he hecho con tu gente, ya sabes. He reunido a cientos de miles.
Vin se concentró, enumerando al instante. Él estaba diciendo la verdad.
Ésta es la fuerza que podría haber lanzado contra vosotros en cualquier momento, dijo Ruina. La mayoría situados en las Dominaciones Exteriores, pero los he hecho venir, marchar hacia Luthadel. ¿Cuántas veces he de decírtelo, Vin? No puedes ganar. Nunca pudiste hacerlo. He estado jugando contigo.
Vin se contuvo, ignorando sus mentiras. Él no había estado jugando con ellos: había estado tratando de descubrir los secretos que había dejado Conservación, el secreto que había guardado el Lord Legislador. Con todo, los números que Ruina había conseguido reunir seguían siendo asombrosos. Había muchos más koloss que gente dirigiéndose a las cavernas. Con una fuerza así, Ruina podía atacar incluso una posición bien fortificada. Y, según contaba Vin, Elend tenía menos de mil hombres con entrenamiento de batalla.
Además, estaban el sol y su calor destructivo, la muerte de las cosechas del mundo, la suciedad del agua y la tierra con varios palmos de ceniza… Incluso los ríos de lava, que ella había detenido, estaban comenzando de nuevo, pues cubrir los montes de ceniza sólo había proporcionado una solución temporal. Incluso una solución mala. Ahora que las montañas no podían entrar en erupción, en la tierra aparecían grandes grietas, y el magma, la sangre hirviente de la tierra, se abría paso por ahí.
¡Llevamos tanto retraso!, pensó Vin. Ruina tuvo siglos para planear esto. Aunque creíamos que éramos muy listos, caímos en sus tretas. ¿De qué sirve secuestrar a mi pueblo bajo tierra si van a morir de hambre?
Se volvió hacia Ruina, que contemplaba su ejército koloss, hinchado, girando sobre sí mismo. Sintió un odio que pareció incompatible con el poder que tenía. El odio la asqueó, pero no se desprendió de él.
Esta cosa que tenía delante… destruiría todo lo que ella conocía, todo lo que amaba. No podía comprender el amor. Construía sólo lo que podía destruir. En ese momento, invirtió su decisión anterior. Nunca volvería a considerar un ser vivo a Ruina. Humanizarlo daba demasiado respeto a la criatura.
Hervir de indignación, mirar, no sabía qué otra cosa hacer. Así que atacó.
Ni siquiera estaba segura de cómo lo hizo. Se lanzó contra Ruina, forzando su poder contra el suyo. Hubo fricción entre ambos, un choque de energía, y atormentó su cuerpo divino. Ruina gritó, y, mezclada con Ruina, ella conoció su mente.
Ruina se sorprendió. No esperaba que Conservación pudiera atacar. El movimiento de Vin se parecía demasiado a la destrucción. Ruina no supo cómo responder, pero devolvió su poder contra ella en un reflejo protector. Sus entidades chocaron, amenazando con disolverse. Finalmente, Vin se retiró, lacerada, repelida.
Su poder era demasiado parejo. Opuesto, aunque similar. Como la alomancia.
Oposición, susurró Ruina. Equilibrio. Sospecho que aprenderás a odiarlo, aunque Conservación nunca pudo.
—¿Así que esto es el cuerpo de un dios? —preguntó Elend, haciendo rodar en su palma la perla de atium. La comparó con la que le había dado Yomen.
—En efecto, majestad —contestó Sazed. El terrisano parecía ansioso. ¿No comprendía lo peligrosa que era su situación? Los exploradores de Demoux, los que habían regresado, informaban que los koloss estaban sólo a unos minutos de distancia. Elend había ordenado a sus tropas que se apostaran en las puertas de la Tierra Natal, pero su esperanza de que los koloss no supieran encontrarlos era tenue, considerando lo que Sazed le había dicho de Ruina.
—No puede sino venir aquí —explicó Sazed. Se hallaban en la caverna rodeada de metal llamada el Cubil de la Confianza, el lugar donde los kandra habían pasado los últimos mil años reuniendo y guardando el atium—. Este atium es parte de él. Es lo que ha estado buscando todo este tiempo.
—Lo que significa que tendremos a un par de cientos de miles de koloss tratando de arrancarnos la garganta, Sazed —dijo Elend, devolviéndole la perla—. Yo digo que se la demos.
Sazed palideció.
—¿Dársela? Majestad, mis disculpas, pero eso significaría el fin del mundo. Instantáneamente. Estoy seguro.
Magnífico, pensó Elend.
—Todo saldrá bien, Elend —dijo Sazed.
Elend frunció el ceño y miró al terrisano, que parecía tan tranquilo.
—Vin vendrá —explicó Sazed—. Ella es el Héroe de las Eras: llegará para salvar a su pueblo. ¿No ves lo perfecto que es todo esto? Está preparado, planeado. Que tú vinieras aquí, que me encontraras en el momento exacto… Que podrías liderar al pueblo a la seguridad de estas cavernas… Bien, todo encaja. Ella vendrá.
Interesante momento para recuperar la fe, pensó Elend. Hizo rodar la perla de Yomen entre sus dedos, pensando. Fuera de la sala, pudo oír susurros. La gente (mayordomos de Terris, líderes skaa, incluso unos pocos soldados) estaba escuchando. Elend podía oír la ansiedad en sus voces. Habían oído hablar de la llegada del ejército enemigo. Mientras Elend miraba, Demoux se abrió paso cuidadosamente entre ellos y entró en la sala.
—Soldados en sus puestos, mi señor —dijo el general.
—¿Cuántos tenemos?
Demoux pareció sombrío.
—Los doscientos ochenta que yo traje —precisó—. Más quinientos de la ciudad. Otros cien ciudadanos corrientes que armamos con esos martillos kandra, o con armas de repuesto de mis soldados. Y tenemos cuatro entradas diferentes a este complejo de cavernas que hay que proteger.
Elend cerró los ojos.
—Ella vendrá —dijo Sazed.
—Mi señor —observó Demoux, llevando aparte a Elend—. Esto tiene mal aspecto.
—Lo sé —contestó Elend, resoplando suavemente—. ¿Les diste los metales a los hombres?
—El que pudimos encontrar —respondió Demoux en voz baja—. La gente no pensó en traer metal en polvo consigo cuando huyeron de Luthadel. Hemos encontrado a un par de nobles que eran alománticos, pero sólo eran nubes de cobre o buscadores.
Elend asintió. Había sobornado o forzado a los nobles alománticos útiles a unirse a su ejército ya.
—Les dimos esos metales a mis soldados —dijo Demoux—. Pero ninguno de ellos pudo quemarlos. ¡Aunque tuviéramos alománticos, no podríamos sostener esta posición, mi señor! No con tan pocos soldados, no contra tantos koloss. Los retrasaremos al principio, por la estrechez de las entradas. Pero… bueno…
—Me hago cargo, Demoux —dijo Elend con frustración—. Pero ¿tienes alguna otra opción?
Demoux guardó silencio.
—Esperaba que tú tuvieras alguna, mi señor —dijo.
—Ninguna —repuso Elend.
Demoux apretó los labios:
—Entonces moriremos.
—¿Qué hay de la fe, Demoux? —preguntó Elend.
—Creo en el Superviviente, mi señor. Pero… bueno, esto tiene muy mala pinta. Me siento como el hombre que espera su turno ante el verdugo desde que localizamos a esos koloss. Tal vez el Superviviente no quiere que tengamos éxito aquí. A veces, hay que morir.
Elend se dio la vuelta, frustrado, abriendo y cerrando el puño en torno a la perla de atium. Era el mismo problema de siempre. Había fracasado durante el asedio de Luthadel: fue Vin quien tuvo que proteger la ciudad. Había fracasado en Ciudad Fadrex: sólo la marcha de los koloss lo había salvado allí.
La regla más básica del gobernante era proteger a su pueblo. En este tema, Elend se sentía completamente impotente. Inútil.
¿Por qué no puedo hacerlo?, pensó Elend lleno de frustración. Me pasé un año buscando cavernas de almacenaje que proporcionaran comida, sólo para quedar atrapado con mi pueblo muriendo de hambre. Busqué el atium todo ese tiempo, con la esperanza de usarlo para conseguir la seguridad de mi gente… y, cuando por fin lo encuentro, es demasiado tarde para emplearlo en nada.
Demasiado tarde…
Se detuvo, y se volvió para mirar a la placa de metal del suelo.
Años buscando… atium.
Ninguno de los metales que Demoux le había dado a los soldados había funcionado. Elend había supuesto que el grupo de Demoux sería igual que los otros caídos por la bruma de Urteau, que estaría compuesto por todo tipo de brumosos. Sin embargo, había algo distinto en el grupo. Habían estado enfermos más tiempo que los demás.
Elend hizo a un lado a Sazed y agarró un puñado de perlas. Un enorme tesoro, como ningún hombre había poseído jamás. Valioso por su rareza. Valioso por su poder económico. Valioso por su alomancia.
—Demoux —exclamó, levantándose y lanzándole la perla—. Come esto.
Demoux frunció el ceño.
—¿Mi señor?
—Cómetelo.
Demoux hizo lo que le pedían. Vaciló un momento.
Doscientos ochenta hombres, pensó Elend. Separados de mi ejército porque fueron los que cayeron enfermos, los que estuvieron más tiempo enfermos. Dieciséis días.
Doscientos ochenta hombres. Una décimo sexta parte de los que cayeron enfermos. Uno de los dieciséis metales alománticos.
Yomen había demostrado que era posible un brumoso de atium. Si Elend no hubiera estado tan distraído, habría hecho la conexión antes. Si uno de cada dieciséis de los que caían enfermos permanecía en cama más tiempo, ¿no implicaría eso que habían ganado la más poderosa de las dieciséis habilidades?
Demoux alzó la cabeza, los ojos muy abiertos.
Y Elend sonrió.
Vin flotaba ante la caverna, viendo con temor cómo aparecían los koloss. Ya estaban sumergidos en el frenesí de sangre: Ruina tenía ese control sobre ellos. Eran miles y miles. La matanza estaba a punto de empezar.
Vin gritó cuando se acercaron, abalanzándose de nuevo contra Ruina, tratando de destruir a la criatura con su poder. Como antes, fue repelida. Se sintió gritar, temblar mientras pensaba en las inminentes muertes de abajo. Sería como las muertes del tsunami en la costa, pero peor.
Pues conocía a esta gente. Los amaba.
Se volvió hacia la entrada. No quería mirar, aunque no podía hacer otra cosa. Su esencia estaba en todas partes. Aunque retirara su nexo, sabía que seguiría sintiendo las muertes, que la harían temblar y sollozar.
Desde dentro de la cabeza, resonando, sintió una voz familiar.
—Hoy, hombres, os pido vuestras vidas.
Vin descendió a escuchar, aunque no podía ver en el interior de la cueva por causa de los metales de la roca. Sin embargo, podía oír. Si hubiera tenido ojos, sabría que se habría echado a llorar.
—Os pido vuestras vidas —dijo Elend con voz resonante—, y vuestro valor. Os pido vuestra fe, y vuestro honor: vuestra fuerza, y vuestra compasión. Pues hoy os llevaré a la muerte. No os pido que agradezcáis este hecho. No os insultaré diciendo que es algo bueno, o incluso glorioso. Pero sí os diré esto.
»Cada momento que luchéis será un regalo para quienes están en esta caverna. Cada segundo que luchemos será un segundo más que miles de personas podrán respirar. ¡Cada golpe de espada, cada koloss abatido, cada aliento ganado es una victoria! ¡Es una persona protegida un momento más, una vida extendida, un enemigo frustrado!
Hubo una breve pausa.
—Al final, nos matarán —dijo Elend, con voz alta que resonaba por toda la caverna—. ¡Pero primero, que nos teman!
Los hombres gritaron ante estas palabras, y la mente amplificada de Vin pudo detectar unas doscientas cincuenta voces distintas. Los oyó dividirse, dirigiéndose a las diferentes entradas de la caverna. Un momento después, alguien apareció en la entrada frontal cerca de ella.
Una figura de blanco salió lentamente a la ceniza, la brillante capa blanca ondulando. Empuñaba una espada en una mano.
¡Elend!, trató de gritarle. ¡No! ¡Vuelve! ¡Atacarlos es una locura! ¡Te matarán!
Elend contempló las oleadas de koloss mientras se acercaban, pisoteando la negra ceniza, un infinito mar de muerte de piel azul y ojos rojos. Muchos llevaban espadas, los otros sólo rocas y palos. Elend era una diminuta mota blanca ante ellos, un puntito en un interminable lienzo azul.
Alzó la espada y atacó.
¡ELEND!
De repente, Elend estalló con una energía tan brillante que Vin jadeó. Se enfrentó al primer koloss, esquivando su espada y decapitando a la criatura de un golpe. Entonces, en vez de apartarse de un salto, giró al lado, descargando un golpe más. Otro koloss cayó. Tres espadas destellaron a su alrededor, pero todas fallaron por poca distancia. Elend se hizo a un lado, alcanzó a un koloss en el estómago, y luego blandió la espada (su cabeza apenas eludió otro golpe) y cercenó el brazo de un koloss.
Seguía sin apartarse. Vin se quedó inmóvil, viendo como abatía a un koloss más, y luego decapitaba a otro de un solo golpe fluido. Elend se movía con una gracia que nunca había visto en él: Vin siempre había sido mejor guerrero, aunque en este momento Elend la superaba con creces. Se movía entre las espadas koloss como si formara parte de una lucha coreografiada de antemano, y ante su brillante hoja caía un cuerpo tras otro.
Un grupo de soldados con los colores de Elend salió de la caverna, atacando. Como una oleada de luz, sus formas explotaron de poder. También ellos se movieron entre las filas koloss, golpeando con increíble precisión. Ni uno solo de ellos cayó mientras Vin miraba. Luchaban con milagrosa habilidad y fortuna, cada espada de los koloss caía un poco demasiado tarde. Alrededor de la brillante falange de hombres empezaron a apilarse cadáveres azules.
De algún modo, Elend había encontrado un ejército entero que podía quemar atium.
Elend era un dios.
Nunca había quemado atium, y su primera experiencia con el metal lo llenó de asombro. Los koloss a su alrededor emitían todos sombras de atium, imágenes que se movían antes que ellos, mostrándole a Elend exactamente qué iban a hacer. Podía ver el futuro, aunque sólo fuera unos pocos segundos. En una batalla, era suficiente.
Podía sentir que el atium amplificaba su mente, que lo hacía capaz de leer y usar toda la nueva información. Ni siquiera tenía que pararse a pensar. Sus brazos se movían por voluntad propia, blandiendo la espada con asombrosa precisión.
Giró entre una nube de imágenes fantasmales, golpeando la carne, sintiendo como si estuviera de nuevo en las brumas. Ningún koloss podía enfrentarse a él. Se sentía lleno de energía, lleno de sorpresas. Durante un tiempo, fue invencible. Había engullido tantas perlas de atium que casi tenía ganas de vomitar. Durante toda su historia, el atium había sido algo que los hombres habían necesitado para almacenar y guardar. Quemarlo parecía un despilfarro que sólo se usaba de vez en cuando, en casos de gran necesidad.
Elend no tenía que preocuparse por eso. Quemaba tanto como quería. Y eso lo convertía en un desastre para los koloss, un remolino de golpes exactos y fintas imposibles, siempre unos pasos por delante de sus oponentes. Un enemigo tras otro caían ante él. Y, cuando empezó a quedarse sin atium, se empujó sobre una espada caída de vuelta a la entrada. Allí, con suficiente agua para ayudarle a tragar, esperaba Sazed con otra bolsa de atium.
Elend apuró las perlas rápidamente, y luego regresó a la batalla.
Ruina se enrabietaba y giraba, tratando de detener la risa. Sin embargo, esta vez, Vin era la fuerza de equilibrio. Bloqueó todos los intentos de Ruina por destruir a Elend y los demás, conteniéndolo.
No sabría decir si eres un necio, pensó Vin, dirigiéndose hacia la criatura, o si simplemente existes de un modo que te incapacita para considerar algunas cosas.
Ruina gritó, abalanzándose contra ella, tratando de destruirla como ella había intentado destruirlo. Sin embargo, una vez más, sus poderes estaban demasiado igualados. Ruina se vio obligado a retroceder.
La vida, dijo Vin. Dijiste que el único motivo para crear algo era poder destruirlo.
Flotó junto a Elend, viéndolo luchar. Las muertes de los koloss tendrían que haberla lastimado. Sin embargo, no pensaba en la muerte. Tal vez era la influencia del poder de Conservación, pero sólo veía a un hombre, debatiéndose, combatiendo, incluso cuando la esperanza parecía imposible. No veía muerte, veía vida. Veía fe.
Creamos cosas para verlas crecer, Ruina, dijo. Para sentir placer al ver que lo que amamos se vuelve más de lo que era antes. Dijiste que eras invencible, que todas las cosas se destruyen. Todas las cosas son tuyas. Pero hay cosas que luchan contra ti… y lo irónico es que ni siquiera puedes comprenderlas. Amor. Vida. Crecimiento.
La vida de una persona es más que el caos de su muerte. Emoción, Ruina. Ésta es tu derrota.
Sazed observaba ansioso desde la boca de la cueva. Un grupito de hombres se congregaba a su alrededor. Garv, líder de la Iglesia del Superviviente en Luthadel. Harathdal, el más destacado de los mayordomos de Terris. Lord Dedri Vasting, uno de los miembros supervivientes de la Asamblea del gobierno de la ciudad. Aslydin, la joven de quien al parecer Demoux se había enamorado durante sus breves semanas en el Pozo de Hathsin. Un puñado de personas más, lo suficientemente importantes, o fieles, para acercarse a mirar.
—¿Dónde está ella, maese terrisano? —preguntó Garv.
—Ella vendrá —prometió Sazed, la mano apoyada en la pared de roca. Los hombres guardaron silencio. Los soldados que no tenían la bendición del atium esperaban nerviosos con ellos, sabiendo que eran los siguientes si el ataque de Elend fracasaba.
Ella tiene que venir, pensó Sazed. Todo apunta a su llegada.
—El Héroe vendrá —repitió.
Elend cortó dos cabezas a la vez, derribando a los koloss. Hizo girar la hoja, cercenando un brazo, y luego atravesó el cuello de otra criatura. No la había visto acercarse, pero su mente había notado e interpretado la sombra de atium antes de que se produjera el ataque real.
Se alzaba ya en una alfombra de cadáveres azules. No tropezaba. Con atium, cada paso era exacto, su espada guiada, su mente despejada. Derribó a un koloss especialmente grande, y luego dio un paso atrás, deteniéndose un breve instante.
El sol asomaba por el este. Empezaba a hacer calor. Llevaban horas luchando, aunque el ejército de koloss parecía interminable. Elend mató a otro, pero sus movimientos empezaban a parecer más lentos. El atium amplificaba la mente, pero no impulsaba el cuerpo, y había empezado a recurrir al peltre para continuar. ¿Quién habría podido imaginar que podía cansarse, incluso agotarse, mientras se quemaba atium? Nadie había usado antes tanto metal como lo hacía Elend.
Pero tenía que seguir. Se estaba quedando sin atium. Se volvió hacia la boca de la caverna, justo a tiempo de ver como uno de sus soldados de atium caía en medio de un chorro de sangre.
Elend maldijo, girando, mientras una sombra de atium pasaba a través de él. Esquivó el mandoble que siguió, y luego cortó el brazo de la criatura. Decapitó a la siguiente, y luego cortó a otro las piernas. Durante la mayor parte de la batalla no había empleado saltos ni ataques alománticos, sólo esgrima directa. Sin embargo, sus brazos empezaban a cansarse y se vio obligado a empezar a empujar koloss para dominar el campo de batalla. La reserva de atium, de vida, dentro de él menguaba. El atium se quemaba muy rápidamente.
Otro hombre gritó. Otro soldado muerto.
Elend empezó a regresar a la caverna. Había tantos koloss… Su banda de doscientos ochenta hombres había matado a miles, pero a los koloss no les importaba. Seguían atacando, una brutal ola de determinación infinita, a la que sólo podían resistir por las reservas de brumosos de atium que protegían cada una de las entradas de la Tierra Natal.
Otro hombre murió. Se estaban quedando sin atium.
Elend gritó, blandiendo la espada a su alrededor, abatiendo a tres koloss con una maniobra que nunca debería de haber funcionado. Avivó acero y empujó al resto para apartarlo de él.
El cuerpo de un dios, ardiendo en mi interior, pensó. Apretó los dientes, y atacó mientras sus hombres seguían cayendo. Se enfrentó a un puñado de koloss, cercenando brazos, piernas, cabezas. Apuñalando pechos, cuellos, tripas. Continuó luchando, solo. Hacía tiempo que sus ropas no eran blancas, sino rojas.
Algo se movió tras él, y se dio media vuelta, alzando la hoja, dejando que el atium lo guiara. Sin embargo, se detuvo, inseguro. La criatura que tenía detrás no era ningún koloss. Vestía de negro, con una cuenca ocular vacía y sangrante, la otra perforada por un clavo que se había estampado en el cráneo. Elend podía ver a través del agujero de la cuenca vacía de la criatura.
Marsh. Tenía una nube de sombras de atium a su alrededor: también quemaba metal, por lo que sería inmune al atium de Elend.
Humano conducía a sus soldados koloss a través de los túneles. Mataban a todos los que hallaban en su camino.
Algunos se habían plantado ante la entrada. Lucharon con tenacidad. Eran fuertes. Ahora estaban muertos.
Algo impulsaba a Humano a continuar. Algo más fuerte que nada que lo hubiera controlado antes. Más fuerte que la mujercita del pelo negro, aunque ella era muy fuerte. Esta cosa era más fuerte aún. Era Ruina. Humano lo sabía.
No podía resistirse. Sólo podía matar. Abatió a otro humano.
Humano irrumpió en una gran cámara abierta llena de otras personas. Controlándolo, Ruina le hizo volverse y no matarlos. No es que Ruina no quisiera que lo hiciera. Pero quería más otra cosa.
Humano se abalanzó hacia delante. Se abrió paso entre rocas y piedras caídas. Apartó a humanos sollozantes. Los demás koloss lo siguieron. Durante un momento, todos sus deseos propios quedaron olvidados. Sólo existía su abrumador deseo de llegar a…
Una sala pequeña. Allí. Delante de él. Humano abrió las puertas. Ruina aulló de placer cuando entró en la sala. Contenía aquello que Ruina quería.
—Adivina qué he encontrado —gruñó Marsh, dando un paso adelante y empujando contra la espada de Elend. El arma salió volando de entre sus dedos—. Atium. Un kandra lo llevaba, con intención de venderlo. ¡Estúpida criatura!
Elend maldijo, esquivó a un lado el ataque de un koloss, y sacó de la vaina de su pierna la daga de obsidiana.
Marsh avanzó. Los hombres gritaban, maldiciendo, cayendo, mientras su atium se agotaba. Los soldados de Elend estaban siendo superados. Los gritos se apagaron cuando el último de los hombres que protegía la entrada murió. Dudaba que los demás duraran mucho más.
El atium de Elend le advirtió del ataque del koloss, le permitió esquivar, a duras penas, pero no podía ayudarle a matarlo con la daga. Y, cuando el koloss llamó su atención, Marsh golpeó con un hacha de obsidiana. La hoja cayó, y Elend saltó para esquivarla, pero perdió el equilibrio.
Trató de recuperarse, pero sus metales se acababan, no sólo el atium, sino también los básicos. Hierro, acero, peltre. No les había prestado mucha atención, ya que tenía atium, pero llevaba demasiado tiempo combatiendo. Si Marsh tenía atium, entonces estaban igualados, y sin metales básicos, Elend moriría.
Un ataque por parte del inquisidor lo obligó a avivar peltre para escapar. Abatió a tres koloss con facilidad, pues su atium aún le ayudaba, pero la inmunidad de Marsh era un serio desafío. El inquisidor pasó por encima de los cuerpos caídos de los koloss, dirigiéndose a trompicones hacia Elend, el único clavo de su cabeza reflejaba la luz demasiado brillante del sol en el cielo. El peltre de Elend se agotó.
—No puedes derrotarme, Elend Venture —dijo Marsh con voz rechinante—. Hemos matado a tu esposa. Te mataré también.
Vin. Elend no lo creyó. Vin vendrá, pensó. Nos salvará.
Fe. Era extraño sentirla en este momento. Marsh atacó.
El peltre y el hierro súbitamente cobraron vida dentro de Elend. No tuvo tiempo de pensar en aquella rareza: simplemente, reaccionó. Tiró de su espada, que yacía en el suelo a cierta distancia. Volteó en el aire y la agarró, blandiéndola con un velocísimo movimiento que bloqueó el hacha de Marsh. El cuerpo de Elend parecía pulsar, poderoso y enorme. Golpeó por instinto, obligando a Marsh a retroceder. Los koloss se apartaron por el momento, como asustados de Elend. O asombrados.
Marsh alzó una mano para empujar la espada de Elend, pero no sucedió nada. Fue… como si algo desviara el golpe. Elend gritó, cargando, repeliendo a Marsh con los golpes de su plateada espada. El inquisidor parecía aturdido mientras bloqueaba con el hacha de obsidiana, sus movimientos demasiado rápidos para explicarlos incluso con alomancia. Sin embargo, Elend siguió obligándolo a retirarse, sobre los caídos cuerpos azules, removiendo la ceniza bajo el cielo rojo.
Una poderosa paz inundó a Elend. Su alomancia brillaba, aunque sabía que los metales en su interior tendrían que haberse agotado. Sólo quedaba el atium, y sus extraños poderes no podían darle los otros metales. Pero no importaba. Por el momento, lo abrazaba algo más grande. Alzó la mirada, hacia el sol.
Y vio, durante un breve instante, a una enorme figura en el aire sobre él. Un personaje brillante y cambiante de puro blanco. Sus manos se extendían hacia sus hombros, la cabeza hacia atrás, el pelo blanco ondulando, la bruma ondulando tras ella como alas que se extendieran por el cielo.
Vin, pensó Elend con una sonrisa.
Elend se volvió a tiempo de ver como Marsh gritaba y saltaba hacia delante, atacando con su hacha en una mano, con algo enorme y negro como una capa detrás. Marsh se cubrió la cara con la otra mano, como para impedir que su ojo muerto viera la imagen que había en el aire tras Elend.
Elend quemó los restos de su atium, avivándolo en su estómago. Alzó la espada con ambas manos y esperó a que Marsh se acercara. El inquisidor era más fuerte y mejor guerrero. Marsh tenía los poderes de la alomancia y la feruquimia, lo que le convertía en otro Lord Legislador. No era una batalla que Elend pudiera ganar. No con una espada.
Marsh llegó, y a Elend le pareció comprender cómo había sido para Kelsier enfrentarse al Lord Legislador en aquella plaza de Luthadel, todos aquellos años atrás. Marsh golpeó con su hacha; Elend alzó a su vez la espada y se dispuso a golpear.
Entonces, Elend quemó duralumín con su atium.
¡Visión, Sonido, Fuerza, Poder, Gloria, Velocidad!
Las líneas azules brotaron de su pecho como rayos de luz. Pero quedaron oscurecidas por una cosa. Atium más duralumín. En un destello de conocimiento, Elend sintió un aturdidor poso de información. Todo se volvió blanco a su alrededor mientras el conocimiento saturaba su mente.
—Ahora lo entiendo —susurró mientras la visión se desvanecía, y junto con ella sus metales restantes. El campo de batalla regresó. Elend se alzaba sobre él, y su espada perforaba el cuello de Marsh. Había quedado atrapada en el clavo que sobresalía de la espalda del inquisidor, entre los omóplatos.
El hacha de Marsh estaba enterrada en el pecho de Elend.
Los metales fantasma que Vin le había dado cobraron de nuevo vida dentro de Elend. Se llevaron el dolor. Sin embargo, había un límite a lo que podía conseguir el peltre, no importa con cuánta fuerza se avivara. Marsh liberó su hacha, y Elend se tambaleó hacia atrás, sangrando, soltando la espada. Marsh se arrancó la espada del cuello, y la herida desapareció, sanada por los poderes de la feruquimia.
Elend se desplomó sobre una pila de cadáveres koloss. Estaría ya muerto, de no ser por el peltre. Marsh se acercó a él, sonriendo. Su cuenca vacía estaba recubierta de tatuajes, la marca que Marsh había recabado sobre sí. El precio que había pagado para derrocar el Imperio Final.
Marsh agarró a Elend por la garganta, empujándolo hacia atrás.
—Tus soldados están muertos, Elend Venture —susurró la criatura—. Nuestros koloss campan por las cavernas kandra. Tus metales se han acabado. Has perdido.
Elend notó cómo se le escapaba la vida, la última gota de un vaso vacío. Había estado aquí antes, en la caverna del Pozo de la Ascensión. Tendría que haber muerto entonces y sentirse aterrado. Esta vez, sin embargo, no lo estaba. No había pesar. Sólo satisfacción.
Elend miró al inquisidor. Vin, como un fantasma brillante, aún flotaba sobre ambos.
—¿Perdido? —susurró Elend—. Hemos ganado, Marsh.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo es eso? —preguntó Marsh, despectivo.
Humano se hallaba junto al pozo en el centro de la sala de la caverna. El pozo donde se había encontrado el cuerpo de Ruina. El lugar de la victoria.
Humano esperaba, aturdido. Un grupo de koloss se acercó a él, igualmente anonadados.
El pozo estaba vacío.
—El atium —susurró Elend, saboreando su propia sangre—. ¿Dónde está el atium, Marsh? ¿De dónde crees que conseguimos el poder para luchar? ¿Viniste a por ese atium? Bueno, se ha acabado. ¡Dile eso a tu amo! ¿Crees que mis hombres y yo esperábamos matar a todos esos koloss? ¡Hay decenas de miles! Eso no era lo importante.
La sonrisa de Elend se ensanchó.
—El cuerpo de Ruina ha desaparecido, Marsh. Lo hemos quemado, los demás y yo. Puedes haberme matado, pero nunca conseguirás lo que viniste a buscar. Y por eso gano yo.
Marsh gritó lleno de furia, exigiendo la verdad, pero Elend la había dicho. Las muertes de los demás significaban que se habían quedado sin atium. Sus hombres habían luchado hasta agotarlo, como había ordenado Elend, quemando hasta los últimos restos.
El cuerpo de un dios. El poder de un dios. Elend lo había tenido un momento. Más importante, lo había destruido. Era de esperar que eso mantuviera a su pueblo a salvo.
Ahora es cosa tuya, Vin, pensó, aún sintiendo la paz de su contacto en su alma. He hecho lo que he podido.
Sonrió de nuevo a Marsh, desafiante, mientras el inquisidor alzaba su hacha.
El hacha decapitó a Elend.
Ruina se revolvió, lleno de furia, destructor. Vin tan sólo permaneció en silencio, viendo como el cuerpo sin cabeza de Elend se desplomaba en la pila de cadáveres azules.
¿Qué te parece?, gritó Ruina. ¡Lo he matado! ¡He destruido todo lo que amas! ¡Te lo he quitado!
Vin flotó sobre el cuerpo de Elend. Extendió dedos incorpóreos, le acarició la cabeza, recordando cómo fue usar su poder para insuflar su alomancia. No sabía lo que había hecho. Algo parecido a lo que hacía Ruina cuando controlaba a los koloss, tal vez. Sólo que al revés. Liberador. Sereno.
Elend estaba muerto. Ella lo sabía, y sabía que no había nada que pudiera hacer. Eso causó dolor, cierto, pero no el dolor que esperaba. Lo dejé ir hace mucho, pensó, acariciándole la cara. En el Pozo de la Ascensión. La alomancia me lo devolvió durante un tiempo.
Ella no sintió el dolor ni el terror que había conocido antes, cuando lo creyó muerto. Esta vez, sólo sintió paz. Estos últimos años habían sido una bendición, una extensión. Había renunciado a Elend para que fuera su propio dueño, para que se arriesgara como quisiera, y quizá para que muriera. Siempre lo amaría. Pero no dejaría de actuar porque él hubiera muerto.
Tal vez lo contrario. Ruina flotaba directamente sobre ella, lanzando insultos, diciéndole que iba a matar a los demás. Sazed. Brisa. Ham. Fantasma.
Quedan tan pocos de la banda original, pensó. Kelsier muerto desde hace tanto. Dockson y Clubs caídos en la batalla de Luthadel. Yeden muerto con sus soldados. OreSeur eliminado por orden de Zane. Marsh, caído para convertirse en inquisidor. Y los demás que se unieron a nosotros, muertos también. Tindwyl, TenSoon, Elend…
¿Acaso creía Ruina que iba a dejar que sus sacrificios fueran en vano? Se levantó, reuniendo su poder. Lo lanzó contra el poder de Ruina, como había hecho otras veces. Sin embargo, ahora fue diferente. Cuando Ruina contraatacó, ella no se retiró. No se protegió. Continuó adelante.
La confrontación hizo que su cuerpo divino temblara de dolor. Era el dolor de un encuentro frío y caliente, el dolor de dos rocas que se aplastan y se reducen a polvo. Sus formas ondularon en una tempestad de poder.
Y Vin continuó presionando.
¡Conservación no podía destruirte!, pensó, casi gritando contra la agonía. Sólo podía proteger. Por eso necesitaba crear a la humanidad. ¡Todo el tiempo, Ruina, esto ha sido parte de su plan!
¡No renunció a una parte de sí mismo, haciéndose más débil, simplemente para poder crear vida inteligente! Sabía que necesitaba algo tanto de Conservación como de Ruina. Algo que pudiera proteger y destruir. Algo que pudiera destruir para proteger.
Renunció a su poder en el Pozo, y a las nieblas, dándonoslo para que pudiéramos tomarlo. Siempre pretendió que sucediera esto. ¿Crees que fue tu plan? Era suyo. Todo el tiempo.
Ruina gritó. Ella siguió presionando.
Creaste aquello que podía matarte, Ruina, dijo Vin. Y cometiste un último gran error. No deberías haber matado a Elend. Verás, él era el único motivo que yo tenía para vivir.
No se retiró, aunque el conflicto de opuestos la hacía pedazos. Ruina gritó aterrado mientras la fuerza del poder de Vin se fundía por completo con el suyo.
La consciencia de Vin, formada ahora y saturada con Conservación, se dispuso a tocar la de Ruina. Ninguno cedió. Y, con un arrebato de poder, Vin se despidió del mundo, y luego arrastró a Ruina al abismo consigo.
Sus dos mentes se desvanecieron, como bruma bajo el sol caliente.