Capítulo 44

Cada clavo, meticulosamente colocado, puede determinar de qué manera el cuerpo del receptor es alterado por la hemalurgia. Un clavo en un sitio concreto creará una bestia monstruosa, casi sin mente. En otro sitio, un clavo creará un diestro, aunque homicida, inquisidor.

Sin el conocimiento instintivo conseguido al tomar el poder del Pozo de la Ascensión, Rashek jamás habría podido usar la hemalurgia. Con su mente ampliada, y con un poco de práctica, pudo intuir dónde colocar los clavos que crearían los sirvientes que quería.

Es un hecho poco conocido que las cámaras de tortura de los inquisidores eran en realidad laboratorios hemalúrgicos. El Lord Legislador intentaba constantemente desarrollar nuevas clases de servidores. Es un testamento a la complejidad de la hemalurgia que, a pesar de mil años de intentarlo, nunca consiguiera crear nada con ella aparte de los tres tipos de criaturas desarrolladas durante aquellos breves momentos en que ostentó el poder.

Vin bajó por las escaleras de piedra. Desde abajo resonaban sonidos extraños. No tenía antorcha ni farol, y la escalera no estaba iluminada; sin embargo, desde abajo se reflejaba la suficiente luz para permitirle ver a través de sus ojos amplificados por el estaño.

Cuanto más lo pensaba, más sentido cobraba el gran sótano. Éste era el Cantón de Recursos, el brazo del Ministerio encargado de alimentar a la gente, mantener los canales y avituallar a los otros cantones. Vin suponía que este sótano estuvo una vez repleto de suministros. Si el depósito estaba realmente aquí, sería el primero que descubría oculto bajo un edificio del Cantón de Recursos. Vin esperaba encontrar en él grandes cosas. ¿Qué mejor lugar para ocultar tu atium y tus recursos más importantes que con una organización encargada del transporte y el almacenaje por todo el imperio?

La escalera era sencilla, utilitaria, y empinada. Vin arrugó la nariz ante el aire rancio, que parecía aún más sofocante para su amplificado sentido del olor. Con todo, agradecía la vista ampliada por el estaño, por no mencionar el oído, que le permitió captar el sonido de armaduras allá abajo… un indicativo de que necesitaba moverse con mucha cautela.

Y eso hizo. Llegó al pie de la escalera y se asomó a la esquina. Tres estrechos pasillos de piedra surgían del rellano, cada uno extendiéndose en una dirección distinta en ángulos de noventa grados. Los sonidos procedían de la derecha, y cuando Vin se asomó un poco más, casi dio un salto al ver a una pareja de guardias apoyados perezosamente contra la pared a poca distancia.

Guardias en los pasillos, pensó Vin, volviendo hacia la escalera. Definitivamente, Yomen quiere proteger algo aquí abajo.

Vin se agazapó sobre la fría y áspera piedra. El peltre, el acero y el hierro eran de relativa poca utilidad en estos momentos. Podía abatir a ambos guardias, pero sería arriesgado, ya que no podía permitirse hacer ningún ruido. No sabía dónde estaba el depósito, y por tanto no podía permitirse armar alboroto, no todavía.

Cerró los ojos, quemando latón y zinc. Despacio y con cuidado, aplacó las emociones de los dos soldados. Los oyó echarse hacia atrás, apoyarse contra la pared del pasillo. Entonces inflamó su sensación de aburrimiento, tirando de esa emoción. Volvió a asomarse a la esquina, manteniendo la presión, a la espera.

Uno de los hombres bostezó. Segundos más tarde, lo hizo el otro. Entonces bostezaron ambos a la vez. Y Vin cruzó el rellano y se asomó al pasillo oscuro del otro lado. Se apretujó contra la pared, el corazón latiéndole rápidamente, y esperó. No oyó ningún grito, aunque uno de los guardias murmuró que estaba cansado.

Vin sonrió entusiasmada. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había tenido que colarse en algún sitio. Había espiado y explorado, pero siempre confiando en las brumas, la oscuridad y su capacidad para moverse rápido para protegerla. Esto era diferente. Le recordaba los días en que Reen y ella robaban casas.

¿Qué diría ahora mi hermano?, se preguntó, recorriendo el pasillo con pasos silenciosos, innaturalmente ligeros. Pensaría que me he vuelto loca al colarme en un edificio no por riquezas, sino por información. Para Reen, la vida era supervivencia, los sencillos y duros hechos de la supervivencia. No te fíes de nadie. Hazte indispensable para tu banda, pero no seas demasiado amenazadora. Sé implacable. Mantente con vida.

Vin no había olvidado sus lecciones. Siempre formarían parte de ella: eran lo que la había mantenido viva y alerta, incluso durante sus años con la banda de Kelsier. Pero no las seguía al pie de la letra. Las templaba con confianza y esperanza.

Tu confianza te matará algún día, pareció susurrarle Reen en el fondo de su mente. No obstante, como es lógico, ni siquiera el propio Reen se había ceñido a su código a la perfección. Había muerto protegiendo a Vin, negándose a entregarla a los inquisidores, aunque hacerlo podría haberle salvado la vida.

Vin continuó adelante. Pronto quedó claro que el sótano era una extensa red de estrechos pasillos que rodeaban salas más grandes. Se asomó a una, entornó la puerta y encontró algunos suministros. Eran artículos básicos, harina y similares, no los suministros de larga duración cuidadosamente envasados, organizados y catalogados de un depósito cualquiera.

Tiene que haber una zona de descarga en uno de estos pasillos, supuso Vin. Probablemente sea una rampa que conduzca a ese subcanal que discurre por la ciudad.

Vin siguió su camino, aunque sabía que no tendría tiempo de registrar todas las habitaciones del sótano. Se acercó a otro cruce de pasillos y se agazapó, frunciendo el ceño. La distracción de Elend no duraría eternamente, y tarde o temprano alguien acabaría por descubrir a las mujeres que había dejado inconscientes. Tenía que llegar rápido al depósito.

Miró alrededor. Los pasillos estaban escasamente iluminados por alguna lámpara ocasional. Sin embargo, la principal fuente de luz parecía proceder de la izquierda. Recorrió este pasillo, y las lámparas se hicieron más frecuentes. Pronto captó el sonido de voces, y se movió con más cuidado al acercarse a otra intersección. Se asomó. A lo lejos, advirtió a dos soldados a la izquierda. A su derecha, había cuatro.

Entonces aquí es, pensó. Sin embargo, esto iba a ser un poco más difícil.

Cerró los ojos, prestando atención. Podía oír a ambos grupos de soldados, pero parecía haber algo más. Otros grupos en la distancia. Vin detectó uno de éstos y empezó a tirar con un poderoso influjo de emociones. Aplacar y encender no se bloqueaban con piedra o acero; durante los días del Imperio Final, el Lord Legislador había emplazado aplacadores en diversas secciones de los suburbios skaa, para que suavizaran las emociones de todos los que estaban cerca, afectando a cientos, incluso a miles de personas a la vez.

Esperó. No sucedió nada. Intentaba encender la furia y la irritabilidad de los hombres. Sin embargo, no sabía si estaba tirando en la dirección adecuada. Además, aplacar y encender no eran acciones tan precisas como empujar acero. Brisa siempre explicaba que el contorno emocional de una persona era un complejo amasijo de pensamientos, instintos y sentimientos. Un alomántico no podía controlar mentes y acciones. Sólo podía empujar.

A menos…

Inspirando profundamente, Vin apagó todos sus metales. Entonces quemó duralumín y zinc, y tiró en la dirección de los lejanos guardias, golpeándolos con un poderoso estallido amplificado de alomancia emocional.

Una imprecación retumbó al momento por todo el pasillo. Vin se estremeció. Por fortuna, el ruido no iba dirigido a ella. Los guardias del pasillo se asomaron, y la discusión en la distancia se hizo más fuerte, más ferviente. Vin no tuvo que quemar estaño para oír la refriega cuando estalló y los hombres se gritaron unos a otros.

Los guardias de la izquierda corrieron a averiguar cuál era el origen del tumulto. Los de la derecha dejaron a dos hombres atrás, y por eso Vin bebió un frasco de metales, y luego encendió sus emociones, ampliando al máximo su sentido de la curiosidad.

Los dos hombres corrieron tras sus compañeros, y Vin se abalanzó hacia ese pasillo. Vio que sus instintos habían resultado ser correctos: los cuatro hombres vigilaban una puerta que daba a una de las salas de almacenamiento. Vin tomó aire, abrió la puerta y se metió dentro. La trampilla interior estaba cerrada. Pero ella sabía qué buscar. La abrió y saltó a la oscuridad.

Lanzó unas cuantas monedas mientras caía, usando su sonido para saber a qué distancia estaba el suelo. Aterrizó sobre áspera piedra, en medio de una completa oscuridad, mucho más negra de lo que el estaño podía permitirle ver. Palpó a su alrededor hasta encontrar un farol en la pared. Sacó su pedernal, y pronto tuvo luz.

Y allí estaba la puerta, en la pared que conducía a la caverna de almacenaje. Las molduras en la roca habían sido arrancadas, y la puerta, forzada. La pared seguía allí, y la puerta en sí estaba intacta, pero abrirla había requerido claramente una enorme cantidad de trabajo. La puerta estaba lo bastante entreabierta para que pasara una persona. Obviamente, a Yomen le había costado mucho esfuerzo llegar incluso hasta allí.

Debía de saber que estaba aquí, pensó Vin, irguiéndose. Pero… ¿por qué abrirla de esta forma? Tiene un nacido de la bruma que podría haberla abierto con un tirón de acero.

Con el corazón temblando de expectación, Vin se deslizó por la abertura y entró en el silencioso depósito. Saltó al suelo de inmediato y empezó a buscar la placa que contenía la información del Lord Legislador. Sólo tenía que…

Tras ella, la piedra rozó contra la piedra.

Vin giró, sintiendo un instante de aguda y terrible comprensión.

La puerta de piedra se cerró tras ella.

—… y por eso el sistema de gobierno del Lord Legislador tenía que caer —dijo Elend.

Los estaba perdiendo. Lo notaba: más y más gente perdía el hilo de la discusión. El problema era que Yomen sí que estaba interesado.

—Cometes un error, joven Venture —repuso el obligador, dando un golpecito en la mesa con su tenedor—. El programa de mayordomos del siglo VI ni siquiera fue diseñado por el Lord Legislador. El recién formado Cantón de la Inquisición lo propuso como un medio de control de población para Terris, y el Lord Legislador accedió a ello provisionalmente.

—Esa provisionalidad se convirtió en un modo de someter a una raza entera.

—El sometimiento comenzó mucho antes —corrigió Yomen—. Todo el mundo conoce la historia, Venture. Los terrisanos eran un pueblo que se negaba por completo a someterse al gobierno imperial, y tuvieron que ser sometidos de forma estricta. Sin embargo, ¿puedes decir abiertamente que los mayordomos de Terris fueron maltratados? ¡Son los sirvientes más respetados de todo el imperio!

—Yo no diría que es justo perder la masculinidad para ser convertido en esclavo favorito —dijo Elend, arqueando una ceja y cruzándose de brazos.

—Al menos hay una docena de fuentes que podría citarte —replicó Yomen, agitando una mano—. ¿Qué hay de Trendalan? Decía que ser eunuco lo había liberado para perseguir pensamientos más potentes de lógica y armonía, ya que no lo distraían las lujurias mundanas.

—No tenía otra elección —protestó Elend.

—Pocos de nosotros tenemos otra elección en nuestros puestos —observó Yomen.

—Prefiero que la gente tenga esa capacidad de elección —dijo Elend—. Habrás visto que he dado a los skaa libertad en mis tierras, y a la nobleza, un consejo parlamentario donde tienen participación en el gobierno de la ciudad donde viven.

—Altos ideales, y reconozco las palabras de Trendalan en lo que dices haber hecho. Sin embargo, incluso él dijo que era improbable que un sistema semejante conservara mucho tiempo su estabilidad.

Elend sonrió. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había tenido una buena discusión. Ham nunca se implicaba demasiado en los temas (le gustaban las cuestiones filosóficas, pero no los debates eruditos), y a Sazed no le gustaba discutir.

Ojalá hubiera conocido a Yomen cuando era más joven, pensó Elend. Cuando tenía tiempo de preocuparme sin más por la filosofía. ¡Ay, las discusiones que podríamos haber tenido…!

Por supuesto, seguramente esas discusiones habrían terminado con Elend en manos de los Inquisidores del Acero por revolucionario. Con todo, debía admitir que Yomen no era ningún tonto. Conocía su historia y su política… sólo que tenía creencias completamente erróneas. Cualquier otro día, Elend se habría alegrado de persuadirlo de ese hecho.

Por desgracia, esta discusión en concreto se volvía cada vez más tensa para Elend. No podía mantener la atención de su oponente y la de la multitud. Cada vez que intentaba hacer algo para recuperar a la muchedumbre, Yomen parecía recelar… y cada vez que Elend intentaba captar la atención del rey, la multitud se aburría con el detalle filosófico.

Así que Elend se sintió verdaderamente aliviado cuando por fin llegaron los gritos de sorpresa. Segundos después, una pareja de soldados llegó corriendo a la sala, llevando en brazos a una joven aturdida y ensangrentada con un vestido de baile.

¡Por el Lord Legislador, Vin!, pensó Elend. ¿Era realmente necesario?

Elend se volvió hacia Yomen, y los dos compartieron una mirada. Entonces Yomen se levantó.

—¿Dónde está la emperatriz Venture? —exigió.

Hora de irse, pensó Elend, recordando su promesa a Vin. Sin embargo, algo le ocurrió. Probablemente nunca tendré otra oportunidad de acercarme tanto a Yomen. Y sólo hay un modo seguro de demostrar si es o no un alomántico.

Intentando matarlo.

Era arriesgado, quizás incluso una locura, pero cada vez estaba más seguro de que jamás convencería a Yomen de que entregara la ciudad. Había dicho que no era un nacido de la bruma; era muy importante comprobar si mentía o no. Así, confiando en sus instintos, Elend lanzó una moneda y se impulsó hasta el estrado. Los asistentes al baile empezaron a gritar, su idílico mundo hecho pedazos cuando Elend sacó un par de dagas de cristal. Yomen palideció y retrocedió. Dos guardias que fingían ser compañeros de cena del rey se levantaron de sus asientos, y sacaron bastones de debajo de la mesa.

—¡Mentiroso! —escupió Yomen mientras Elend aterrizaba sobre la mesa—. ¡Ladrón, carnicero, tirano!

Elend se encogió de hombros, y luego lanzó monedas a los dos guardias, derribándolos fácilmente a ambos. Saltó hacia Yomen, lo agarró por el cuello y lo arrastró. Gritos y jadeos llegaron de la multitud.

Elend apretó, ahogando a Yomen. Ninguna fuerza fluyó por los miembros del hombre. Ningún tirón o empujón alomántico que intentara librarlo de la presa de Elend. El obligador apenas se debatió.

O no es alomántico, pensó Elend, o es un actor magnífico.

Soltó a Yomen y lo empujó hacia la mesa. Elend sacudió la cabeza, un misterio que se…

Yomen saltó hacia delante, sacó un cuchillo de cristal y golpeó. Elend vaciló, esquivó, pero el cuchillo le abrió un tajo en el antebrazo. El dolor del corte ardió, amplificado por el estaño de Elend, y el emperador maldijo, retirándose.

Yomen volvió a golpear, pero Elend tendría que haber podido esquivarlo. Tenía peltre, y Yomen aún se movía con la torpeza de un hombre sin amplificaciones. Sin embargo, el ataque continuó, y de algún modo consiguió alcanzarlo en el costado. Elend gimió, la sangre caliente en su piel, y miró a los ojos de Yomen. El rey liberó el cuchillo, esquivando con facilidad el contraataque de Elend. Era casi como…

Elend quemó electrum, proporcionándose una burbuja de falsas imágenes de atium. Yomen vaciló de inmediato, confundido.

Está quemando atium, pensó Elend con sorpresa. ¡Eso significa que es un nacido de la bruma!

Una parte de Elend quiso quedarse y luchar, pero el corte en su costado era grave, lo suficiente para saber que necesitaba rápida atención. Maldiciendo su propia estupidez, se empujó al aire, salpicando de sangre a los aterrorizados nobles. Tendría que haber escuchado a Vin: iba a recibir una seria reprimenda cuando regresara al campamento.

Aterrizó, y advirtió que Yomen había decidido no seguirlo. El rey obligador permanecía junto a su mesa, empuñando un cuchillo enrojecido con la sangre de Elend, mirando lleno de furia.

Elend se volvió, arrojó un puñado de monedas y las empujó al aire por encima de las cabezas de los asistentes al baile, cuidando de no golpear a ninguno de ellos. Retrocedieron asustados y se echaron al suelo. Cuando las monedas aterrizaron, Elend las empujó para enviarse, con un salto breve y corto a través de la sala, hacia la salida que Vin había indicado. Pronto entró en un patio cubierto de bruma.

Se volvió para mirar el edificio, sintiéndose frustrado, aunque no sabía por qué. Había cumplido con su parte, había entretenido a Yomen y a sus invitados durante una buena media hora. Cierto, había resultado herido, pero había descubierto que Yomen era alomántico. Había merecido la pena saberlo.

Arrojó una moneda y se lanzó al aire.

Tres horas después, Elend se hallaba con Ham en la tienda de mando, esperando en silencio.

Le habían atendido el costado y el brazo. Vin no llegaba.

Explicó a los demás lo que había sucedido. Vin no llegaba.

Ham lo obligó a comer algo. Elend estuvo caminando de un lado a otro durante una hora después de eso, y Vin seguía sin llegar.

—Voy a volver —decidió Elend, poniéndose en pie.

Ham lo miró:

—El, has perdido mucha sangre. Yo diría que lo único que te mantiene en pie es el peltre.

Era cierto. Elend sentía la fatiga bajo su velo de peltre.

—Puedo soportarlo —repuso.

—De esa forma te matarás.

—No me importa. Yo…

Elend se interrumpió cuando sus oídos amplificados por el estaño oyeron a alguien acercarse a la tienda. Retiró la puerta de lona antes de que el hombre llegara siquiera, sobresaltándolo.

—¡Mi señor! —exclamó el hombre—. ¡Mensaje de la ciudad!

Elend agarró la carta, la abrió.

Pretendiente Venture —decía la nota—. La tengo, como probablemente has deducido. Hay una cosa que siempre he advertido en los nacidos de la bruma. Todos son demasiado confiados. Gracias por la estimulante conversación. Me alegro de haberte podido mantener distraído tanto tiempo.

Rey Yomen.

Vin estaba sentada en silencio en la oscura caverna, la espalda apoyada contra el bloque de piedra que era la puerta de su prisión. En el suelo, junto a ella, se hallaba el fluctuante farol que había traído a la inmensa sala.

Había empujado y tirado, tratando de abrirse paso. Sin embargo, pronto advirtió que las piedras rotas que había visto desde fuera, el proyecto de trabajo que supuestamente habían empleado para abrir la puerta, tenía en realidad un objetivo diferente. Al parecer, Yomen había eliminado las placas de metal del interior de la puerta, las que un alomántico podía empujar o tirar para abrirlas. Eso dejó a la puerta convertida en un simple bloque de piedra. Con peltre amplificado por duralumín, ella podría haberla empujado para abrirla. Por desgracia, le resultaba difícil encontrar un punto de apoyo en el suelo, que caía en pendiente desde el bloque. Además, debían de haberle hecho algo a los goznes, o quizás incluso hubieran apilado más rocas al otro lado, porque ni siquiera podía hacer que la puerta cediera.

Apretó los dientes llena de frustración, sentada de espaldas a la puerta de piedra. Sin duda, Yomen le había tendido una trampa. ¿Tan predecibles eran Elend y ella? En cualquier caso, era un movimiento brillante. Yomen sabía que no podía enfrentarse a ellos. Así que se había limitado a capturar a Vin. Eso surtía el mismo efecto, pero sin asumir ninguno de los riesgos. Y ella había caído justo en la trampa.

Ella había estudiado toda la sala, intentando encontrar una salida, pero no había encontrado nada. Peor aún, no había encontrado ningún alijo oculto de atium. Costaba decirlo, con todas las latas de comida y otras fuentes de metal, pero su búsqueda inicial no había sido prometedora.

—Pues claro que no está aquí —murmuró para sí—. Yomen no habría tenido tiempo de sacar todas estas latas; pero, si planeaba atraparme, se habrá llevado el atium de aquí. ¡Qué idiota soy!

Se echó atrás, molesta, frustrada, exhausta.

Espero que Elend hiciera lo que le dije, pensó. Si también a él lo habían capturado…

Vin golpeó la cabeza contra las obstinadas piedras, frustrada. Algo sonó en la oscuridad.

Vin se detuvo, luego se incorporó rápidamente y se agazapó. Comprobó sus reservas de metal: tenía bastante, por el momento.

Probablemente estoy…

Volvió a repetirse. Una suave pisada. Vin se estremeció, advirtiendo que sólo había revisado la cámara por encima, y que sólo buscaba atium y otras formas de salir. ¿Podría haber estado alguien oculto allí dentro todo el tiempo?

Quemó bronce, y lo sintió. Un alomántico. Nacido de la bruma. El que había sentido antes, el hombre al que había perseguido.

¡Así que es eso!, pensó. Yomen quería que su nacido de la bruma se enfrentara a nosotros… ¡pero sabía que tenía que separarnos primero! Sonrió, incorporándose. No era una situación perfecta, pero eso era mejor que pensar en la puerta inmóvil. Podía derrotar al nacido de la bruma y retenerlo como rehén hasta que la liberaran.

Esperó a que el hombre estuviera cerca: lo notó por el latido de los pulsos alománticos, esperando que él no supiera que podía sentirlos, y entonces giró, lanzándole el farol de una patada. Saltó hacia delante, guiándose hacia el enemigo recortado por los últimos aleteos del farol. Él alzó la cabeza para mirarla mientras surcaba el aire, dagas en mano.

Y Vin reconoció su rostro.

Era Reen.

FIN DE LA TERCERA PARTE

El Héroe de las Eras
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