Capítulo 11
El Primer Contrato, a menudo mencionado por los kandra, fue en un principio sólo una serie de promesas hechas al Lord Legislador por la Primera Generación. Anotaron estas promesas, y al hacerlo codificaron las primeras leyes kandra. Les preocupaba gobernarse solos, independientemente del Lord Legislador y de su imperio. Por eso, tomaron lo que le habían escrito y le pidieron su aprobación.
Él les ordenó que lo grabaran en acero, y luego firmó personalmente al pie. Este código fue lo primero que aprendieron los kandra al despertar de su vida como espectros de la bruma. Contenía órdenes para reverenciar a las generaciones anteriores, sencillos derechos legales garantizados a cada uno, instrucciones para crear nuevos kandra y una exigencia de dedicación total al Lord Legislador.
Lo más preocupante: el Primer Contrato contenía una orden que, invocada, requería el suicidio en masa de todo el pueblo kandra.
KanPaar se inclinó hacia delante en su atril, los huesos rojo cristalino chispearon a la luz de las lámparas.
—Muy bien, pues, TenSoon, traidor al pueblo kandra. Has exigido este juicio. Haz tu alegato.
TenSoon inspiró profundamente (¡qué bueno era poder hacerlo de nuevo!) y abrió la boca para hablar.
—Diles —continuó KanPaar, con una mueca indescifrable—, explica, si puedes, por qué mataste a uno de los nuestros. A un compañero kandra.
TenSoon vaciló. El Cubil de la Confianza permaneció en silencio: las generaciones de kandra estaban demasiado bien educadas para agitarse y hacer ruido como una muchedumbre de humanos. Permanecieron sentados con sus cuerpos de roca, madera e incluso metal, esperando la respuesta de TenSoon.
La pregunta de KanPaar no era la que TenSoon esperaba.
—Sí, maté a un kandra —dijo TenSoon, desnudo y helado en la plataforma—. Eso no está prohibido.
—¿Tiene que estar prohibido? —acusó KanPaar, señalando—. Los humanos se matan unos a otros. Los koloss se matan unos a otros. Pero ambos pertenecen a Ruina. Nosotros pertenecemos a Conservación, el elegido del Padre. ¡No nos matamos unos a otros!
TenSoon frunció el ceño. Era una línea de interrogatorio muy extraña. ¿Por qué pregunta esto?, pensó. Mi traición a todo nuestro pueblo es, sin duda, más grande que el asesinato de uno de sus miembros.
—Me sentí obligado por mi Contrato —dijo TenSoon sinceramente—. Debes saberlo, KanPaar. Fuiste tú quien me asignó al humano Straff Venture. Todos sabemos qué clase de persona era.
—No muy distinta de cualquier otro hombre —escupió uno de los Segundos.
En otro tiempo, TenSoon habría estado de acuerdo. Pero sabía que algunos humanos eran distintos. Había traicionado a Vin, y sin embargo ella nunca lo odió por ello; muy al contrario, lo comprendió y se apiadó de él. Aunque no se habían hecho aún amigos, aunque él no había llegado a respetarla demasiado, ese momento le había ganado su devota lealtad.
Vin contaba con él sin saberlo. TenSoon se irguió un poco y miró a KanPaar a los ojos.
—Fui asignado al humano Straff Venture por Contrato pagado —dijo—. Me entregó a los caprichos de su retorcido hijo, Zane. Fue Zane quien me ordenó que matara al kandra OreSeur y ocupara su lugar, para poder espiar a la mujer Vin.
Hubo unos cuantos susurros apagados ante la mención de ese nombre. Sí, habéis oído hablar de ella. La que mató al Padre.
—¿Y por eso hiciste lo que ordenó ese tal Zane? —preguntó KanPaar en voz alta—. Mataste a otro kandra. ¡Asesinaste a un miembro de tu propia generación!
—¿Crees que me gustó? —replicó TenSoon—. OreSeur era mi hermano de generación… ¡Un kandra al que conocía desde hacía setecientos años! Pero… el Contrato…
—Prohíbe matar.
—Prohíbe matar hombres.
—¿Y no es la vida de un kandra más valiosa que la vida de un hombre?
—Las palabras son específicas, KanPaar —replicó TenSoon—. Las conozco bien. ¡Yo ayudé a escribirlas! ¡Ambos estábamos allí cuando se crearon estos contratos de servicio usando el Primer Contrato como modelo! Nos prohíben matar humanos, pero no matarnos entre nosotros.
KanPaar se inclinó de nuevo hacia delante.
—¿Discutiste esto con Zane? ¿Sugeriste quizá que se encargara él mismo del asesinato? ¿Trataste siquiera de no matar a uno de los nuestros?
—No discuto con mis amos —dijo TenSoon—. Y, desde luego, no quería decirle al humano Zane cómo matar a un kandra. Su inestabilidad era bien conocida.
—Así que no discutiste. Simplemente mataste a OreSeur. Y luego ocupaste su lugar, fingiendo ser él.
—Eso es lo que hacemos —dijo TenSoon, con frustración—. Ocupamos el lugar de otros, actuando como espías. ¡De eso trata el Contrato!
—¡Les hacemos estas cosas a los humanos! —exclamó otro Segundo—. Éste es el primer caso en que se ha empleado a un kandra para imitar a otro kandra. Sientas un precedente preocupante.
Fue brillante, pensó TenSoon. Odio a Zane por obligarme a hacerlo, pero puedo ver la genialidad inherente. Vin ni siquiera sospechó de mí. ¿Quién iba a hacerlo?
—Tendrías que haberte negado —dijo KanPaar—. Tendrías que haber pedido que clarificara tu Contrato. ¡Si empiezan a usarnos de esta forma, para que nos matemos los unos a los otros, podríamos ser exterminados en cuestión de años!
—Nos traicionaste a todos con tu imprudencia —dijo otro.
¡Ah!, pensó TenSoon. Así que éste es su plan. Me establecen como traidor primero, para que lo que yo diga carezca de credibilidad más adelante. Sonrió. Era miembro de la Tercera Generación: ya era hora de empezar a actuar como tal.
—¿Nos traicioné con mi imprudencia? —preguntó TenSoon—. ¿Y vosotros, gloriosos Segundos? ¿Quién permitió que se asignara un Contrato al mismísimo Kelsier? ¡Asignasteis un servidor kandra al hombre que planeaba matar al Padre!
KanPaar se envaró, como si lo hubieran abofeteado, el rostro transparente lleno de ira a la luz azulina de las lámparas.
—¡No te corresponde lanzar acusaciones, Tercero!
—Parece que ya no me corresponde nada —replicó TenSoon—. Ni a ninguno de nosotros, ahora que el Padre está muerto. No tenemos ningún derecho a quejarnos, pues ayudamos a que sucediera.
—¿Cómo íbamos a saber que ese hombre tendría éxito donde otros no lo tuvieron? —farfulló un Segundo—. Pagó tan bien que…
KanPaar cortó al otro con una brusca gesticulación. No estaba bien que los miembros de la Segunda Generación se defendieran. Sin embargo, HunFoor, el kandra que había hablado, nunca había encajado del todo con los demás miembros de su generación. Era un poco más… denso.
—No hablarás más de esto, Tercero —dijo KanPaar, señalando a TenSoon.
—¿Cómo puedo defenderme, si no puedo…?
—No estás aquí para defenderte. Esto no es una vista: ya has admitido tu culpa. Esto es un juicio. ¡Explica tus acciones, y deja que la Primera Generación decida tu destino!
TenSoon guardó silencio. No era el momento de insistir. Todavía no.
—Lo que hiciste al ocupar el lugar de uno de tus propios hermanos ya es bastante malo de por sí —dijo KanPaar—. ¿Es necesario seguir hablando, o aceptarías ya tu juicio?
—Ambos sabemos que la muerte de OreSeur tiene poco que ver con mi presencia aquí —respondió TenSoon.
—Muy bien. Continuemos pues. ¿Por qué no explicas a la Primera Generación por qué, si eres un kandra tan fiel a los Contratos, rompiste el Contrato con tu amo, desobedeciendo sus intereses para ayudar en cambio a su enemigo?
La acusación de KanPaar resonó en la sala. TenSoon cerró los ojos y recordó aquel día de hacía más de un año. Recordó estar sentado tranquilamente en el suelo de la Fortaleza Venture, viendo cómo combatían Zane y Vin.
No. No fue un combate. Zane estaba quemando atium, que lo hacía casi invencible. Había jugado con Vin, manipulándola y burlándose de ella.
Vin no era el ama de TenSoon: TenSoon había matado a su kandra y ocupado su lugar, la espiaba siguiendo órdenes de Zane. Y Zane era su amo. Él era quien tenía su Contrato.
Pero, en contra de toda su formación, TenSoon ayudó a Vin. Y, al hacerlo, le reveló el gran Secreto de los kandra. Su debilidad: que un alomántico podía usar sus poderes para asumir el control absoluto del cuerpo de un kandra. Los kandra servían a sus Contratos para mantener oculto este Secreto: se convertían en sirvientes para no acabar siendo esclavos. TenSoon abrió los ojos y contempló la silenciosa cámara. Era el momento que estaba esperando.
—No rompí mi Contrato —anunció.
KanPaar bufó:
—¡Dijiste lo contrario cuando viniste a vernos hace un año, Tercero!
—Os conté lo que había sucedido —dijo TenSoon, irguiéndose—. Lo que dije no era mentira. Ayudé a Vin en vez de a Zane. Debido en parte a mis acciones, mi amo acabó muerto a los pies de Vin. Pero yo no rompí mi Contrato.
—¿Estás dando a entender que Zane quería que ayudaras a su enemigo? —dijo KanPaar.
—No —contestó TenSoon—. No rompí mi Contrato porque decidí servir a un Contrato superior. ¡El Primer Contrato!
—¡El Padre está muerto! —exclamó uno de los Segundos—. ¿Cómo ibas a poder cerrar un Contrato con él?
—Está muerto —dijo TenSoon—. Eso es cierto. ¡Pero el Primer Contrato no murió con él! Vin, la Heredera del Superviviente, fue quien mató al Lord Legislador. Ella es nuestra Madre ahora. ¡Nuestro Primer Contrato es para con ella!
TenSoon había esperado oír gritos de blasfemia y condena. En cambio, recibió un silencio de asombro. KanPaar permaneció de pie, aturdido, tras su atril de piedra. Los miembros de la Primera Generación guardaron silencio, como de costumbre, sentados en sus huecos en penumbra.
Bien, pensó TenSoon. Supongo que eso significa que debo continuar.
—Tuve que ayudar a la mujer, Vin —dijo—. No pude dejar que Zane la matara, pues tenía un deber para con ella… un deber que comenzó en el momento en que ella ocupó el lugar del Padre.
KanPaar al fin encontró la voz.
—¿Ella? ¿Nuestra Madre? ¡Mató al Lord Legislador!
—Y ocupó su lugar —dijo TenSoon—. En cierto modo, es una de nosotros.
—¡Tonterías! —exclamó KanPaar—. Esperaba racionalizaciones, TenSoon… quizás incluso mentiras. Pero ¿estas fantasías? ¿Estas blasfemias?
—¿Has estado fuera recientemente, KanPaar? —preguntó TenSoon—. ¿Has dejado la Tierra Natal en el último siglo? ¿Comprendes lo que está sucediendo? El Padre está muerto. La tierra es un clamor. A mi regreso hace un año, vi los cambios en las brumas. Ya no se comportan como solían. Nosotros no podemos seguir como hasta ahora. ¡La Segunda Generación puede que no lo advierta, pero ha llegado Ruina! La vida terminará. ¡El tiempo del que hablaron los forjadores de mundos, quizás el tiempo de la Resolución, está aquí!
—Deliras, TenSoon. Has pasado demasiado tiempo entre los humanos…
—Cuéntales a todos de qué trata esto realmente, KanPaar —interrumpió TenSoon, alzando la voz—. ¿No quieres que se sepa mi verdadero pecado? ¿No quieres que los otros se enteren?
—No fuerces esto, TenSoon —dijo KanPaar, señalando de nuevo—. Lo que has hecho es ya bastante malo. No lo empeores…
—Se lo dije a ella —interrumpió TenSoon de nuevo—. Le conté nuestro Secreto. Al final, me utilizó. Como los alománticos de antaño. ¡Asumió el control de mi cuerpo, usando el Defecto, y me hizo luchar contra Zane! Esto es lo que he hecho. Nos he traicionado a todos. Ella lo sabe… y estoy seguro de que se lo ha contado a otros. Pronto todos sabrán cómo controlarnos. ¿Y sabéis por qué lo hice? ¿No pretende este juicio dejarme expresar mi propósito?
Siguió hablando, pese al hecho de que KanPaar trataba de hablar más alto.
—Lo hice porque ella tiene derecho a conocer nuestro Secreto —gritó TenSoon—. ¡Es la Madre! Heredó todo lo que tenía el Lord Legislador. Sin ella, no somos nada. ¡No podemos crear nuevas Bendiciones, o nuevos kandra, por nuestra cuenta! ¡Ahora la Confianza es suya! Deberíamos acudir a ella. Si esto es realmente el final de todas las cosas, entonces vendrá la Resolución. Ella…
—¡Basta! —chilló KanPaar.
La sala volvió a quedar en silencio.
TenSoon permaneció en pie, respirando entrecortadamente. Durante un año, atrapado en su pozo, había planeado cómo proclamar esa información. Su pueblo había pasado mil años, diez generaciones, siguiendo los dictados del Primer Contrato. Merecían oír lo que le había sucedido.
Y, sin embargo, parecía tan… inadecuado gritarlo como un humano loco. ¿Lo creería alguien? ¿Cambiaría algo?
—Tú mismo reconoces que nos has traicionado —dijo KanPaar—. Has roto el Contrato, has asesinado a un miembro de tu propia generación, y has contado a una humana cómo dominarnos. Exiges ser juzgado. Así sea.
TenSoon se volvió en silencio, y miró hacia los nichos desde donde observaban los miembros de la Primera Generación.
Tal vez… tal vez ellos vean que lo que digo es verdad. Tal vez mis palabras los despierten, y caigan en la cuenta de que debemos ofrecer nuestro servicio a Vin, en vez de seguir sentados en estas cuevas esperando a que el mundo termine a nuestro alrededor.
Pero no sucedió nada. Ningún movimiento, ningún sonido. En ocasiones, TenSoon se preguntaba si aún vivía alguien allá arriba. No había hablado con ningún miembro de la Primera Generación desde hacía siglos: limitaban su comunicación estrictamente a los Segundos.
Si aún vivían, ninguno aprovechó la oportunidad de ofrecer clemencia a TenSoon. KanPaar sonrió.
—La Primera Generación ha ignorado tu alegato, Tercero —dijo—. Por tanto, como servidores suyos, nosotros, la Segunda Generación, juzgamos por su cuenta. Tu sentencia tendrá lugar dentro de un mes.
TenSoon frunció el ceño. ¿Un mes? ¿Por qué esperar?
Sea como fuere, ya todo había terminado. Inclinó la cabeza, suspirando. Había dicho lo que tenía que decir. Ahora los kandra sabían que su Secreto se había filtrado: los Segundos no podrían seguir ocultando ese hecho. Tal vez sus palabras llevarían a su pueblo a la acción.
Probablemente, TenSoon nunca lo sabría.