Capítulo 33

La hemalurgia pertenece a Ruina. Destruye. Al adoptar las habilidades de una persona y dárselas a otra, el poder se pierde. En línea con el propósito confeso de Ruina (romper el universo en piezas cada vez más pequeñas), la hemalurgia concede grandes dones, pero el coste era muy elevado.

Los humanos podían haber despreciado a TenSoon, arrojándole cosas o maldiciéndolo a su paso. Los kandra eran demasiado ordenados para ese tipo de exhibiciones, pero TenSoon sentía su desdén. Vieron como lo sacaron de su jaula y lo condujeron de vuelta al Cubil de la Confianza para ser juzgado. Cientos de ojos lo observaban, desde cuerpos con huesos de acero, cristal, roca y madera. Los kandra más jóvenes eran más radicales en sus formas; los más viejos, más ortodoxos.

Todas las miradas eran acusadoras.

Antes, en el juicio, la multitud se había mostrado curiosa, quizás horrorizada. Eso había cambiado: el tiempo que TenSoon había pasado en la jaula de escarnio había funcionado como se pretendía. La Segunda Generación había podido promover su infamia, y los kandra que tal vez se habían apiadado de él ahora lo miraban con disgusto. En mil años de historia, nunca habían visto a un criminal como TenSoon.

Soportó las miradas y el desprecio con la cabeza alta, mientras recorría el pasillo con el cuerpo de un perro. Le resultó extraño, por naturales que sintiera los huesos. Sólo los había empleado durante un año, pero volver a ponérselos y rechazar el cuerpo humano flaco y desnudo fue más como volver a casa que cuando regresó a la Tierra Natal un año antes.

Y así, lo que se suponía que sería una humillación para él se convirtió, en cambio, en una especie de triunfo. Había sido una esperanza descabellada, pero había manipulado a la Segunda Generación para que le devolviera el cuerpo del perro. El saco incluso contenía el pelo y las uñas del cuerpo; era probable que simplemente hubieran recogido todo lo que quedó después de forzar a TenSoon a abandonarlo e ingresar en prisión el año anterior.

Los cómodos huesos le proporcionaron fuerza. Éste era el cuerpo que le había dado Vin. Ella era el Héroe de las Eras. Tenía que creer en eso.

De lo contrario, estaba a punto de cometer un grandísimo error.

Sus guardias lo condujeron al Cubil de la Confianza. Esta vez, había demasiados curiosos para que cupieran todos en la sala, así que los Segundos declararon que quienes fueran más jóvenes que la Séptima Generación esperaran fuera. Aun así, los kandra llenaban las filas de asientos de piedra. Permanecían sentados en silencio cuando condujeron a TenSoon al disco de metal ligeramente elevado situado en el centro del suelo de piedra. Las amplias puertas se abrieron, y los kandra más jóvenes se apiñaron fuera, escuchando.

TenSoon alzó la cabeza cuando subió a la plataforma. Las sombras de la Primera Generación esperaban arriba, cada una en su nicho separado, tenuemente iluminados de azul.

KanPaar se acercó a su atril. TenSoon vio satisfacción en el modo en que KanPaar se deslizaba por el suelo. El Segundo sentía que su triunfo era completo: lo que sucedía a quienes ignoraban las directrices de la Segunda Generación no sería olvidado fácilmente. TenSoon se sentó sobre sus cuartos traseros, vigilado por dos kandra con la Bendición de la Potencia chispeando en cada hombro. Llevaban grandes mazas.

—TenSoon de la Tercera Generación —proclamó KanPaar en voz alta—. ¿Estás preparado para soportar la sentencia de tu juicio?

—No habrá ningún juicio —replicó TenSoon. Sus palabras sonaron extrañas al surgir de la boca de un perro, pero fueron lo bastante claras para ser entendidas.

—¿Que no habrá juicio? —preguntó KanPaar, divertido—. ¿Pretendes ahora retractarte de lo que tú mismo exigiste?

—Vine a dar información, no a ser juzgado.

—Yo…

—No hablo contigo, KanPaar —interrumpió TenSoon, dando la espalda al Segundo y mirando hacia arriba—. Estoy hablando con ellos.

—Han oído tus palabras, Tercero —replicó KanPaar—. ¡Contrólate! No dejaré que conviertas este juicio en un circo, como hiciste antes.

TenSoon sonrió. Sólo un kandra tomaría por un «circo» una leve discusión. Sin embargo, no se apartó de los nichos de la Primera Generación.

—Ahora vamos a… —dijo KanPaar.

—¡Vosotros! —gritó TenSoon, haciendo que KanPaar se irritara de nuevo—. ¡Primera Generación! ¿Cuánto tiempo permaneceréis sentados en vuestros cómodos hogares, fingiendo que el mundo de arriba no existe? ¿Pensáis que, si ignoráis los problemas, no os afectarán? ¿O es que habéis dejado de creer en vuestras propias enseñanzas?

»¡Los días de bruma han llegado! ¡Ahora cae la ceniza interminable! La tierra tiembla y se estremece. ¡Podéis condenarme, pero no ignorarme! ¡El mundo pronto morirá! ¡Si queréis que la gente, en todas sus formas, sobreviva, debéis actuar! ¡Debéis estar preparados! ¡Pues puede que pronto necesitéis ordenar a nuestro pueblo que acepte la Resolución!

La sala permaneció en silencio. Varias de las sombras de arriba se agitaron, como incómodas… aunque los kandra no solían reaccionar de esa forma. Demasiado poco alborotada.

Entonces una voz (suave, rasposa y muy cansada), habló desde arriba:

—¡Procede, KanPaar!

El comentario fue tan inesperado que varios miembros del público suspiraron boquiabiertos. La Primera Generación nunca hablaba en presencia de inferiores. TenSoon no se asombró: los había visto, había hablado con ellos, antes de que se volvieran demasiado superiores para tratar con nadie que no fueran los Segundos. No, no se asombró. Tan sólo se sintió decepcionado.

—Mi fe en vosotros estaba equivocada —dijo, casi para sí—. No tendría que haber regresado.

—¡TenSoon de la Tercera Generación! —expuso KanPaar, irguiéndose, el Cuerpo Verdadero cristalino chispeando cuando señaló—. ¡Has sido condenado al encarcelamiento ritual de ChanGaar! Serás golpeado hasta romperte, y luego encerrado en un pozo, con sólo un agujero para recibir tu ración de comida diaria. ¡Permanecerás allí durante diez generaciones! ¡Sólo después de eso serás ejecutado por hambre! Debes saber que tu mayor pecado fue el de la rebelión. Si no te hubieras desviado de la guía y sabiduría de este consejo, jamás habrías considerado adecuado romper el Primer Contrato. ¡Por tu causa, la Confianza ha sido puesta en peligro, igual que todos los kandra de todas las generaciones!

KanPaar dejó que la sentencia resonara en la cámara. TenSoon permaneció sentado en silencio sobre sus cuartos traseros. Obviamente, KanPaar esperaba algún tipo de respuesta por su parte, pero TenSoon no ofreció ninguna. Por fin, KanPaar indicó a los guardias que cogieran los temibles martillos.

—¿Sabes, KanPaar? —dijo TenSoon—. Aprendí unas cuantas cosas importantes mientras llevaba estos huesos hace un año.

KanPaar volvió a señalar. Los guardias alzaron sus armas.

—Es algo que nunca me había detenido a considerar —dijo TenSoon—. Los humanos, si lo piensas, no están hechos para la velocidad. Sin embargo, los perros sí.

Los martillos cayeron.

TenSoon saltó hacia delante.

Los poderosos cuartos traseros del perro lo pusieron en movimiento. TenSoon era miembro de la Tercera Generación. Nadie había estado comiendo y emulando cuerpos tanto como él, y sabía cómo colocar músculos en un cuerpo. Además, había pasado un año llevando los huesos de un sabueso, obligado a intentar seguir el ritmo de una maestra nacida de la bruma. Había pasado por un año de entrenamiento con los alománticos de más talento que el mundo había conocido.

Además, la masa corporal transferida de un humano flacucho componía un sabueso bastante poderoso. Esto, sumado a su habilidad para crear cuerpos, significaba que cuando TenSoon saltó, lo hizo de verdad. Sus guardias gritaron sorprendidos en el momento en que el salto llevó a TenSoon al menos tres metros más allá. Golpeó el suelo sin dejar de correr, pero no se dirigió hacia la puerta. Eso era precisamente lo que esperaban que hiciera.

Sin embargo, corrió directamente hacia KanPaar. El más destacado de los Segundos gritó, alzando unas manos inútiles mientras cincuenta kilos de sabueso chocaban contra él y lo derribaban al suelo de piedra. TenSoon oyó los agudos crujidos cuando los delicados huesos de KanPaar se quebraron y el Segundo gritaba de un modo muy poco adecuado para un kandra.

Eso parece apropiado, pensó TenSoon, abriéndose paso entre las filas de Segundos, rompiendo huesos. Sinceramente, ¿qué clase de idiota vanidoso lleva un Cuerpo Verdadero hecho de cristal?

Muchos de los kandra no sabían cómo reaccionar. Otros, sobre todo los más jóvenes, habían pasado mucho tiempo con humanos debido a los Contratos, y estaban más acostumbrados al caos. Se dispersaron y dejaron a sus compañeros mayores sentados en los bancos, aturdidos. TenSoon corrió entre los cuerpos, hacia las puertas. Los guardias apostados junto al atril, los que tenían que haberle roto los huesos, corrieron a socorrer a KanPaar, su sentido filial del deber superando a su deseo de impedirle la huida. Además, debían de haber visto a la multitud taponando la puerta, y supusieron que TenSoon sería detenido allí.

En cuanto llegó a la multitud, TenSoon volvió a saltar. Vin le había exigido saltar alturas increíbles, y había practicado con muchas estructuras musculares diferentes. Este salto no habría impresionado a Vin (TenSoon ya no tenía la Bendición de la Potencia que había robado a OreSeur), pero fue más que suficiente para permitirle despejar a los kandra. Algunos gritaron, y TenSoon aterrizó en un hueco libre antes de saltar de nuevo hacia la caverna abierta más allá.

—¡No! —oyó gritar en el Cubil de la Confianza—. ¡A por él!

TenSoon echó a correr por uno de los pasadizos. Corrió veloz, mucho más veloz de lo que habría conseguido ningún ser bípedo. Con su cuerpo canino, esperaba poder superar incluso a los kandra que tenían la Bendición de la Potencia.

Adiós a mi hogar, pensó TenSoon, dejando atrás la caverna principal. Y adiós al poco honor que me quedaba.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

El Héroe de las Eras
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