Capítulo 42

Creo que los koloss eran más inteligentes de lo que estábamos dispuestos a reconocer. Por ejemplo, en un principio, sólo usaban los clavos que el Lord Legislador les daba para crear nuevos miembros. Él les proporcionaba el metal y los desafortunados cautivos skaa, y los koloss creaban nuevos «reclutas».

Tras la muerte del Lord Legislador, por tanto, los koloss deberían haberse extinguido rápidamente. Así los había diseñado. Si se liberaban de su control, esperaba que se mataran unos a otros y pusieran fin a su propia ira destructiva. Sin embargo, de algún modo lograron deducir que los clavos en los cuerpos de los koloss caídos podían ser recogidos, y reutilizados luego.

Ya no necesitaban un suministro nuevo de clavos. A menudo me pregunto qué efecto tuvo en su población la reutilización constante de esos clavos. Un clavo sólo puede contener una cantidad determinada de carga hemalúrgica, así que no podían crear clavos que les concedieran fuerza infinita, no importa a cuánta gente mataran esos clavos y cuánto poder extrajeran. No obstante, ¿quizás el uso repetido de los clavos reciclados proporcionó más humanidad a los koloss que creaban?

Cuando Marsh entró en Luthadel, tuvo mucho más cuidado que cuando entró en la población sin nombre de la frontera occidental de la dominación. Un inquisidor en la capital del imperio de Elend no pasaría inadvertido, y podría llamar una atención indebida. El emperador no estaba, y había dejado su patio de juegos abierto al uso de otros. No había ninguna necesidad de estropear eso.

Así, Marsh se movía de noche con la capucha puesta, quemando acero y saltando con monedas. Aun así, ver la magnífica ciudad (inmensa, sucia, pero su hogar pese a ello) era duro para la parte de Marsh que esperaba y observaba. En tiempos, el propio Marsh había dirigido la rebelión skaa en esta ciudad. Se sentía responsable por sus ocupantes, y la idea de que Ruina les hiciera lo que él le había hecho a la gente de la otra ciudad, donde había estallado el monte de ceniza…

No había ningún monte de ceniza tan cerca de Luthadel. Por desgracia, había cosas que Ruina podía hacerle a una ciudad que no implicaban fuerzas naturales. Camino de Luthadel, Marsh se había detenido nada menos que en cinco aldeas, donde en secreto había matado a los hombres que protegían los suministros de alimentos, y luego había prendido fuego a los edificios que los contenían. Sabía que los otros inquisidores iban por el mundo cometiendo similares atrocidades mientras buscaban aquello que Ruina deseaba por encima de todas las cosas. Lo que Conservación le había arrebatado.

Él aún tenía que encontrarlo.

Marsh saltó sobre una calle, aterrizó en un tejado rematado en pico, corrió por el borde y se dirigió hacia la zona nororiental de la ciudad. Luthadel había cambiado durante el año transcurrido desde la última vez que la vio. Los proyectos de trabajos forzados del Lord Legislador habían brutalizado a los skaa, pero mantenían las cosas limpias de ceniza e incluso daban a la enorme ciudad una sensación de orden. Ahora no había nada de eso. Obviamente, cultivar alimentos era una prioridad… y mantener limpia la ciudad tendría que esperar a otro momento, si es que había otro momento.

Ahora había muchos más montones de basura, y montículos de ceniza, que antes habrían sido arrojados al río que discurría por el centro de la ciudad, se agolpaban en callejones y contra los edificios. Marsh notó que empezaba a sonreír ante la belleza de la falta de reparaciones, y su pequeña parte rebelde se retiró y se escondió.

No podía luchar. No era el momento.

Pronto llegó a la Fortaleza Venture, sede del gobierno de Elend. Había sido invadida por los koloss durante el asedio de Luthadel, y sus vidrieras inferiores habían sido destrozadas por las bestias. Las ventanas habían sido sustituidas por tablones. Marsh sonrió y, después de un empujón de acero, saltó al balcón de la primera planta. Estaba familiarizado con este edificio. Antes de que Ruina lo tomara, había pasado varios meses viviendo aquí, ayudando al emperador Venture a mantener el control de la ciudad.

Marsh encontró con facilidad los aposentos de Penrod. Eran los únicos ocupados, y los únicos protegidos. Marsh se agazapó en los pasillos, observando con sus ojos inhumanos mientras consideraba su siguiente curso de acción.

Atravesar con un clavo hemalúrgico a un sujeto no dispuesto era una perspectiva muy arriesgada. En este caso, el tamaño del clavo era irrelevante. De la misma manera que una pizca de polvo de metal podía impulsar la alomancia durante un rato, o un anillo pequeño podía contener una pequeña carga feruquímica, un trocito de metal pequeño podía funcionar para la hemalurgia. Los clavos de los inquisidores eran grandes para intimidar, pero un pequeño alfiler podía, en muchos casos, ser tan efectivo como un clavo enorme. Dependía de cuánto quisieras mantener el clavo fuera del cuerpo de una persona después de usarlo para matar a alguien.

Para los propósitos de Marsh de hoy, era preferible un clavo pequeño; no quería dar poderes a Penrod, sino simplemente penetrarlo con el metal. Marsh sacó el clavo que había hecho a partir del alomántico encontrado en la ciudad condenada unos días antes. Medía unas cinco pulgadas de largo: en realidad, más grande de lo necesario estrictamente hablando. Sin embargo, Marsh necesitaría clavarlo con fuerza en el cuerpo de un hombre, lo que significaba que tendría que ser al menos lo bastante grande para contener su forma. Había doscientos o trescientos puntos ciegos en el cuerpo de un humano. Marsh no los conocía todos: Ruina guiaría su mano cuando llegara el momento de golpear, asegurándose de que el clavo se hundiera en el lugar adecuado. Por el momento, la atención directa de su amo estaba concentrada en otro lugar, y daba a Marsh órdenes generales para colocarse en posición y prepararse para el ataque.

Clavos hemalúrgicos. La parte oculta de sí mismo se estremeció, recordando el día en que inesperadamente lo habían convertido en inquisidor. Creía que había sido descubierto. Actuaba como espía de Kelsier en el Sacerdocio del Acero. Poco sabía que no había sido identificado como sospechoso, sino como extraordinario.

Los inquisidores vinieron a por él de noche, mientras esperaba nervioso a reunirse con Kelsier y transmitirle lo que suponía iba a ser su último mensaje para la rebelión. Irrumpieron por la puerta, moviéndose tan velozmente que Marsh no pudo reaccionar. No le dieron ninguna opción. Sólo lo aplastaron contra el suelo, y luego le pusieron encima una mujer que no paraba de gritar.

Entonces, los inquisidores atravesaron el corazón de la mujer con un clavo hasta el ojo de Marsh.

El dolor era demasiado intenso para recordarlo. El momento era un agujero en su memoria, lleno de vagas imágenes de los inquisidores repitiendo este proceso, matando a otros desafortunados alománticos y clavando sus poderes (sus mismas almas, parecía) en el cuerpo de Marsh. Cuando aquello terminó, permaneció tendido en el suelo, con el nuevo flujo de información sensorial que le dificultaba incluso pensar. A su alrededor, los otros inquisidores bailaban, descuartizando los otros cuerpos con sus hachas, regocijándose con la suma de otro miembro a sus filas.

Ése fue, en cierto modo, el día de su nacimiento. ¡Qué día tan maravilloso! Penrod, sin embargo, no tendría esa alegría. No iban a convertirlo en inquisidor: sólo recibiría un único clavo pequeño. Un clavo hecho hacía días, y que todo ese tiempo había quedado fuera de un cuerpo, manando poder.

Marsh esperó a que Ruina entrara en él por la fuerza. No sólo el clavo tendría que ser plantado exactamente, sino que Penrod tendría que dejarlo dentro el tiempo suficiente para que Ruina empezara a influir en sus pensamientos y emociones. El clavo tenía que tocar la sangre; al menos, al principio. Después de clavado, la piel podría sanar en torno al metal, y el clavo seguiría funcionando. Sin embargo, para empezar, habría sangre.

¿Cómo lograba olvidar una persona las cinco pulgadas de metal que brotaban de su cuerpo? ¿Cómo lograba que los demás lo ignoraran? Ruina había intentado hundir un clavo en Elend Venture varias veces ya, y siempre había fracasado. De hecho, casi todos los intentos fracasaban. No obstante, las pocas personas conseguidas mediante este proceso merecían la pena.

Ruina vino a él, y Marsh perdió el control de su cuerpo. Se movió sin saber qué hacer, siguiendo órdenes directas. Pasillo abajo. No ataques a los guardias. Entra por la puerta.

Marsh hizo a un lado a los dos guardias, abrió la puerta de una patada y entró en la antesala.

Bien. Al dormitorio.

Atravesó la habitación en un segundo, mientras los dos soldados pedían ayuda demasiado tarde. Penrod era un hombre mayor con aire digno. Tuvo la valentía de saltar de la cama al oír los gritos, y agarrar un bastón de duelo de su mesilla de noche.

Marsh sonrió. ¿Un bastón de duelo? ¿Contra un inquisidor? Desenvainó su hacha de mano de obsidiana.

Enfréntate a él, dijo Ruina, pero no lo mates. Haz que sea una batalla difícil, pero permítele sentir que te contiene.

Era una petición extraña, pero la mente de Marsh estaba tan directamente controlada que ni siquiera podía pararse a pensarlo. Sólo pudo saltar para atacar.

Fue más difícil de lo que parecía. Tuvo que asegurarse de golpear con el hacha de formas que Penrod pudiera bloquear. En varias ocasiones tuvo que decantar velocidad de uno de sus clavos, que funcionaban como una mente de metal feruquímica, para desviar su hacha en la dirección adecuada, no fuera a decapitar por accidente al rey de Luthadel.

Sin embargo, lo consiguió. Hirió a Penrod unas cuantas veces, luchando todo el tiempo con el pequeño clavo oculto en la palma izquierda, dejando que el rey pensara que lo estaba haciendo bien. Momentos después, los guardias se unieron a la lucha, lo que permitió a Marsh guardar mejor las apariencias. Tres hombres normales contra un inquisidor no eran nada, aunque desde su punto de vista lo parecía.

No pasó mucho rato antes de que una docena de guardias irrumpiera en la antesala, al rescate de su rey.

Ahora, dijo Ruina. Hazte el asustado, prepárate para clavarlo, y disponte a huir por la ventana.

Marsh decantó velocidad y se movió. Ruina guió su mano derecha con exactitud mientras colocaba la izquierda contra el pecho de Penrod, hundiendo el clavo directamente en el corazón del hombre. Marsh oyó a Penrod gritar, sonrió ante el sonido y saltó por la ventana.

Poco después, Marsh colgaba ante esa misma ventana, sin que nadie lo viera ni lo advirtiera, ni siquiera las numerosas patrullas de guardia. Era demasiado habilidoso, demasiado cuidadoso, para que lo divisaran escuchando con sus oídos amplificados por el estaño, colgando bajo un saliente de piedra cerca de la ventana. En el interior, los cirujanos se explicaban.

—Cuando intentamos sacar el clavo, la hemorragia aumenta drásticamente, mi señor —explicó uno de ellos.

—La esquirla de metal está peligrosamente cerca de tu corazón —dijo otro.

¿Peligrosamente cerca?, pensó Marsh con una sonrisa desde su posición invertida. El clavo le atravesó el corazón. Naturalmente, eso los cirujanos no podían saberlo. Como Penrod estaba consciente, asumían que el clavo estaba cerca, pero que había fallado.

—Tenemos miedo de sacarlo —dijo el primer cirujano—. ¿Cómo… te sientes?

—Lo cierto es que bastante bien —contestó Penrod—. Me duele un poco, y me siento incómodo. Pero fuerte.

—Entonces dejemos el fragmento, por ahora —resolvió el primer cirujano, preocupado. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? Si extraía el clavo, mataría a Penrod. Un astuto movimiento por parte de Ruina.

Esperarían a que Penrod recuperara sus fuerzas, y luego intentarían extraer de nuevo el clavo. Una vez más, eso amenazaría la vida de Penrod. Tendrían que dejarlo correr. Y, con Ruina capaz ahora de tocar su mente (no de controlarlo, sino sólo de empujar las cosas en ciertas direcciones), Penrod pronto se olvidaría del clavo. La incomodidad desaparecería, y con el clavo bajo la ropa, nadie lo encontraría extraño.

Entonces pertenecería a Ruina, como cualquier otro inquisidor. Marsh sonrió, se soltó del saliente y cayó a las oscuras calles de abajo.

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