Capítulo 59

No sé qué sucedía en las mentes de los koloss, qué recuerdos conservaban, qué emociones humanas conocían todavía verdaderamente. Sé que nuestro descubrimiento de la criatura que se hacía llamar Humano fue tremendamente afortunado. Sin su esfuerzo por volver a ser humano, tal vez nunca habríamos comprendido la relación entre los koloss, la hemalurgia y los inquisidores.

Naturalmente, tenía que representar otro papel. No grande, cierto, pero importante de todas formas.

Urteau había visto días mejores.

Desde luego, Vin ha hecho bien su trabajo aquí, pensó TenSoon mientras correteaba por la ciudad, asombrado por la destrucción. Unos dos años atrás, antes de que lo enviaran a espiar a Vin, fue el kandra de Straff Venture, y había visitado Urteau a menudo. Aunque nunca pudo compararse a la noble majestuosidad ni la extensa pobreza de Luthadel, era una ciudad hermosa, digna de ser la sede de una Gran Casa.

Ahora, un tercio largo de la ciudad eran ruinas calcinadas. Los edificios que no habían ardido estaban abandonados o abarrotados, una extraña mezcla, en opinión de TenSoon. Al parecer, se evitaban las casas nobles, mientras que los edificios skaa estaban repletos.

Lo más notable, sin embargo, eran los canales. Habían vuelto a ser inundados. TenSoon se sentó sobre sus cuartos traseros y contempló algún barco improvisado recorrer el canal, desplazando la pátina de ceniza que cubría el agua. Aquí y allá, detritos y escombros bloqueaban las vías de agua, pero en la mayoría de los sitios eran transitables.

Se levantó, sacudió su cabeza canina y continuó su camino. Había escondido en el exterior la bolsa con los huesos de Kelsier, pues no quería parecer extraño llevando una bolsa en el lomo.

¿Qué sentido tenía quemar la ciudad y luego restaurar sus canales? Tendría que esperar a encontrar una respuesta. No había visto a ningún ejército acampado fuera; si Vin estuvo aquí, ya se había trasladado a otro lugar. Ahora, el objetivo de TenSoon era encontrar a quien hiciera las veces de líder en los restos de la ciudad, y luego continuar su camino en búsqueda del Héroe de las Eras.

Mientras caminaba, oyó hablar a la gente, cómo habían logrado sobrevivir a los incendios que se habían cobrado gran parte de la ciudad. Parecían alegres. Había desesperación también, pero había una felicidad inadecuada. No era una ciudad cuyas gentes hubieran sido conquistadas.

Sienten que han derrotado al fuego, pensó TenSoon, abriéndose paso por una calle más poblada. No consideran un desastre haber perdido un tercio de la ciudad: consideran un milagro haber salvado dos tercios.

Siguió el fluir del tráfico hacia el centro de la ciudad, donde finalmente encontró a los soldados que esperaba. Eran definitivamente de Elend, pues llevaban la lanza y el pergamino en sus uniformes. Sin embargo, defendían un emplazamiento extraño: un edificio del Ministerio.

TenSoon volvió a sentarse, ladeando la cabeza. El edificio era obviamente un centro de operaciones. La gente entraba y salía bajo la mirada de los vigilantes soldados. Si quería respuestas, tendría que entrar. Pensó un instante en ir a recuperar los huesos de Kelsier. Sin embargo, descartó esa idea. No estaba seguro de querer tratar con las consecuencias de volver a hacer aparecer al Superviviente. Había otro modo de entrar, igualmente sorprendente, pero mucho menos preocupante desde el punto de vista teológico.

Se acercó a la entrada del edificio y subió los escalones, provocando unas cuantas miradas de sorpresa. Al acercarse a la puerta, uno de los guardias le gritó, agitando en su dirección el palo de una lanza.

—¡Eh! —dijo el hombre—. Éste no es sitio para perros. ¿De quién es este chucho?

TenSoon se sentó.

—No pertenezco a ningún hombre —dijo.

El guardia dio un salto, sorprendido, y TenSoon sintió una especie de placer retorcido. Inmediatamente se reprendió por ello. El mundo estaba agonizando, y él se dedicaba a asustar soldados al azar. Con todo, era una ventaja de tener cuerpo de perro que nunca había considerado…

—¿Qué…? —decía el soldado, mirando alrededor para ver si era víctima de alguna broma.

—He dicho que no pertenezco a ningún hombre —repitió TenSoon—. Soy mi propio amo.

Era un concepto extraño cuyo peso, naturalmente, el guardia jamás podría comprender. TenSoon, un kandra, estaba fuera de la Tierra Natal sin un Contrato. Por lo que sabía, era el primero de su pueblo que hacía algo así en setecientos años. Parecía extrañamente… satisfactorio.

Varias personas lo observaban ahora. Se habían acercado otros guardias, que miraban a su camarada en busca de una explicación.

TenSoon se arriesgó.

—Me envía el emperador Venture —dijo—. Traigo un mensaje para vuestros líderes.

Para satisfacción de TenSoon, varios de los guardias dieron un respingo. El primero, sin embargo, experto ya en esto de hablar con perros, alzó un dedo vacilante, y señaló el edificio.

—Ahí dentro.

—Gracias —dijo TenSoon, levantándose y caminando entre la multitud, ahora silenciosa, mientras se dirigía a las oficinas del Ministerio. Oyó comentarios que decían «truco» y «bien adiestrado» a sus espaldas, y advirtió cómo varios guardias lo adelantaban a la carrera, con expresión urgente. Se abrió paso entre grupos y filas de gente, todos ignorantes del extraño suceso ocurrido en la entrada del edificio. Al final de las colas, TenSoon encontró…

A Brisa. El aplacador estaba sentado en una silla con aspecto de trono, con una copa de vino en la mano y con aspecto de estar muy satisfecho de sí mismo mientras hacía proclamaciones y zanjaba disputas. Parecía tan metido en su papel como en la época en que TenSoon estuvo al servicio de Vin. Uno de los guardias le susurró a Brisa, y ambos miraron a TenSoon mientras éste se acercaba a la primera fila. El guardia palideció un poco, pero Brisa tan sólo se inclinó hacia delante, sonriendo.

—Bueno —dijo, dando un suave golpe con su bastón contra el suelo de mármol—. ¿Siempre fuiste un kandra, o te comiste hace poco los huesos del perro de Vin?

TenSoon se sentó:

—Siempre fui un kandra.

Brisa asintió.

—Sabía que había algo raro en ti… demasiada buena conducta para ser un sabueso —sonrió, y dio un sorbo de vino—. ¿Lord Renoux, supongo? Ha pasado tiempo.

—En realidad, no soy él —contestó TenSoon—. Soy otro kandra distinto. Es… complicado.

Eso hizo que Brisa vacilara. Miró a TenSoon, y el kandra sintió un momento de pánico. Brisa era aplacador… y, como todos los aplacadores, tenía el poder de controlar el cuerpo de TenSoon. El Secreto.

No, se dijo TenSoon. Los alománticos son ahora más débiles que antes. Sólo con duralumín podrían controlar a un kandra, y Brisa es sólo un brumoso: no puede quemar duralumín.

—¿Bebiendo en el trabajo, Brisa? —preguntó TenSoon, arqueando una ceja canina.

—Por supuesto —contestó Brisa, alzando la copa—. ¿De qué sirve estar al mando si no puedes fijar tus propias condiciones de trabajo?

TenSoon bufó. En realidad nunca le había gustado Brisa, aunque quizá se debiera a su predisposición contra los aplacadores. O, tal vez, a su predisposición contra todos los humanos. De todas formas, no tenía ganas de cháchara.

—¿Dónde está Vin? —preguntó.

Brisa frunció el ceño:

—Creí que traías un mensaje de su parte.

—Mentí a los guardias —dijo TenSoon—. Vengo a buscarla. Traigo noticias que tiene que oír… noticias relacionadas con las brumas y la ceniza.

—Bueno, entonces, mi querido amigo… o supongo que quiero decir mi querido perrito. Retirémonos. Puedes hablar con Sazed. Es mucho más útil que yo en este tipo de cosas.

—Y, como Fantasma apenas sobrevivió a la terrible experiencia —dijo el terrisano—, me pareció mejor dejar que Lord Brisa tomara el mando. Nos establecimos en un edificio distinto del Ministerio (parecía equipado para ser un centro burocrático), e hice que Brisa empezara a atender peticiones. Es mejor que yo en el trato con la gente, creo, y parece disfrutar de estar a cargo de las preocupaciones diarias de los ciudadanos.

El terrisano estaba sentado en su silla, con un cartapacio abierto sobre la mesa que tenía delante y un montón de notas a un lado. Sazed le pareció diferente a TenSoon por algún motivo que no sabría decir. El guardador llevaba las mismas túnicas, y tenía puestos los mismos brazaletes feruquímicos. Sin embargo, faltaba algo.

Ése, no obstante, era el menor de los problemas de TenSoon.

—¿En Fadrex? —preguntó TenSoon, sentado en su propia silla. Se hallaban en una de las habitaciones más pequeñas del edificio del Ministerio, una habitación que antaño fuera el dormitorio de uno de los obligadores. Ahora simplemente contenía una mesa y sillas, y las paredes y el suelo eran tan austeros como podía esperarse del mobiliario del Ministerio.

Sazed asintió.

—El emperador y ella esperaban encontrar allí otra de esas cavernas de almacenamiento.

TenSoon se derrumbó. Fadrex estaba al otro lado del imperio. Tardaría semanas en llegar aun con la Bendición de la Potencia. Tenía una caminata muy, muy larga por delante.

—¿Puedo preguntarte qué asunto tienes con Lady Vin, kandra? —preguntó Sazed.

TenSoon vaciló. En cierto modo, le parecía muy extraño hablar tan abiertamente con Brisa, y ahora con Sazed. Eran hombres a quienes había vigilado durante meses mientras se hacía pasar por perro. Nunca lo habían conocido, aunque sentía como si él los conociera a ellos.

Sabía, por ejemplo, que Sazed era peligroso. El terrisano era guardador, un grupo que TenSoon y sus hermanos habían sido entrenados para evitar. Los guardadores siempre estaban investigando rumores, leyendas e historias. Los kandra tenían muchos secretos; si los guardadores descubrieran alguna vez las riquezas de la cultura kandra, podría ser desastroso. Querrían estudiar, hacer preguntas y registrar lo que descubrieran.

TenSoon abrió la boca para decir «Nada». Sin embargo, se detuvo. ¿No buscaba a alguien que ayudara con la cultura kandra? ¿Alguien que se centrara en las religiones y que, tal vez, supiera mucho de teología? ¿Alguien que supiera de las leyendas del Héroe de las Eras? De todos los miembros del grupo además de Vin, TenSoon sentía la mayor consideración hacia el terrisano.

—Tiene que ver con el Héroe de las Eras —dijo TenSoon cuidadosamente—. Y la llegada del fin del mundo.

—¡Ah! —respondió Sazed, poniéndose en pie—. Muy bien, pues. Te daré las provisiones que necesites. ¿Partirás de inmediato? ¿O te quedarás a descansar un tiempo?

¿Qué?, pensó TenSoon. Sazed ni siquiera había pestañeado ante la mención de asuntos religiosos. No parecía propio de él.

Sin embargo, continuó hablando como si TenSoon no hubiera mencionado uno de los más grandes secretos religiosos de su época.

Jamás comprenderé a los humanos, pensó TenSoon, sacudiendo la cabeza.

El Héroe de las Eras
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