Capítulo 64

Cualquiera podría advertir que Ruina no envió a sus inquisidores a Fadrex hasta después de que Yomen confirmara, aparentemente, que había atium en la ciudad. ¿Por qué no enviarlos en cuanto se localizó el último depósito? ¿Dónde estuvieron sus lacayos todo el tiempo?

Hay que tener en cuenta que, para Ruina, todos los hombres eran sus lacayos, sobre todo aquellos a quienes podía manipular directamente. No envió a ningún inquisidor porque estaban ocupados haciendo otras tareas. En cambio, envió a alguien que, para él, era exactamente igual que un inquisidor.

Trató de introducir un clavo en Yomen, fracasó, y para entonces el ejército de Elend había llegado. Por tanto, utilizó a un peón diferente para que investigara el depósito y descubriera si el atium en verdad estaba allí. Al principio, no comprometió demasiados recursos en la ciudad, temiendo un engaño por parte del Lord Legislador. Como él, todavía me pregunto si los depósitos fueron diseñados, en parte, para este mismo propósito, para distraer a Ruina y mantenerlo ocupado.

—… y por eso debes enviar ese mensaje, Fantasma. Las piezas de todo este asunto están girando en el aire, arrojadas al viento. Tienes una pista que nadie más tiene. Hazla volar por mí.

Fantasma asintió, medio aturdido. ¿Dónde se encontraba? ¿Qué estaba pasando? ¿Y por qué, de pronto, todo parecía doler tanto?

—Buen chico. Hiciste bien, Fantasma. Estoy orgulloso de ti.

Trató de volver a asentir, pero todo era negrura y aturdimiento. Tosió, provocando algunos sonidos de sorpresa procedentes de un lugar lejano. Gimió. Había partes que le dolían mucho, aunque otras tan sólo le cosquilleaban. Y otras… bueno, no las sentía en absoluto, aunque creía que debería haber podido hacerlo.

Estaba soñando, advirtió mientras recuperaba lentamente la consciencia. ¿Por qué me he quedado dormido? ¿Estaba de guardia? ¿Debería estar de guardia? El taller…

Sus pensamientos se dispersaron cuando abrió los ojos. Había alguien de pie ante él. Un rostro. Un rostro… bastante más feo que la cara que esperaba ver.

—¿Brisa? —trató de decir, aunque sólo consiguió emitir un graznido.

—¡Ja! —exclamó Brisa, con inesperadas lágrimas en los ojos—. ¡Está despertando!

Otro rostro flotó ante él, y Fantasma sonrió. Ése era el que había estado esperando. Beldre.

—¿Qué ocurre? —susurró Fantasma.

Unas manos le acercaron algo a los labios: un odre con agua. La sirvieron con cuidado, ofreciéndole un sorbo. Fantasma tosió, pero consiguió tragarla.

—¿Por qué… por qué no puedo moverme? —preguntó. Lo único que parecía poder menear era la mano izquierda.

—Tienes el cuerpo vendado y entablillado, Fantasma —dijo Beldre—. Órdenes de Sazed.

—Las quemaduras —señaló Brisa—. Bueno, no son tan malas, pero…

—¡Al diablo con las quemaduras! —croó Fantasma—. Estoy vivo. No me lo esperaba.

Brisa miró a Beldre, sonriendo.

Hazla volar…

—¿Dónde está Sazed? —preguntó Fantasma.

—Deberías tratar de descansar un poco —advirtió Beldre, acariciándole suavemente la mejilla—. Has sufrido mucho.

—Y dormido mucho más, parece —dijo Fantasma—. ¿Sazed?

—Se ha marchado, mi querido muchacho —informó Brisa—. Fue al sur con el kandra de Vin.

Vin.

Un sonido de pasos, y un segundo después el rostro del capitán Goradel apareció junto a los otros dos. El soldado de mandíbula cuadrada sonrió de oreja a oreja.

—¡Superviviente de las Llamas, en efecto!

Tienes una pista que nadie más tiene…

—¿Cómo está la ciudad? —preguntó Fantasma.

—A salvo en su mayor parte —respondió Beldre—. Los canales se inundaron, y mi hermano organizó brigadas de bomberos. De todas formas, la mayoría de los edificios que ardieron no estaban habitados.

—La salvaste, mi señor —dijo Goradel.

Estoy orgulloso…

—La ceniza cae aún más copiosamente, ¿verdad? —quiso saber Fantasma.

Los tres intercambiaron una mirada. Sus expresiones de preocupación fueron confirmación suficiente.

—Necesito enviar un mensaje —dijo Fantasma—. A Vin.

—Muy bien —trató de calmarlo Brisa—. Lo haremos en cuanto estés mejor.

—Escúchame, Brisa —susurró Fantasma, mirando al techo, incapaz de hacer otra cosa que retorcerse—. Algo nos estaba controlando al Ciudadano y a mí. Lo vi… el ser que Vin liberó en el Pozo de la Ascensión. El ser que trae la ceniza para destruirnos. Quería esta ciudad, pero lo repelimos. Ahora, tengo que advertir a Vin.

Eso le habían enviado a hacer en Urteau. Encontrar información, y luego informar a Vin y a Elend. Ahora empezaba a comprender lo importante que podía ser esa misión.

—En estos momentos, viajar es peligroso, muchacho —dijo Brisa—. Las condiciones para enviar mensajes no son precisamente perfectas.

—Descansa un poco más —aconsejó Beldre—. Nos preocuparemos por eso cuando estés curado.

Fantasma rechinó los dientes, frustrado.

Tienes que enviar ese mensaje, Fantasma…

—Yo lo llevaré —resolvió Goradel en voz baja.

Fantasma miró a un lado. A veces, era fácil ignorar al soldado, con sus modales sencillos y directos y su agradable conducta. Sin embargo, la determinación en su voz hizo sonreír a Fantasma.

—Lady Vin me salvó la vida —dijo Goradel—. La noche de la rebelión del Superviviente, pudo dejarme morir a manos de la turba. Pudo haberme matado ella misma. Pero se tomó su tiempo para decirme que comprendía mi situación, y me convenció para que cambiara de bando. Si ella necesita esta información, Superviviente, yo mismo se la llevaré, o moriré en el intento.

Fantasma trató de asentir, pero su cabeza estaba bien sujeta por las vendas. Flexionó la mano. Parecía funcionar… o al menos funcionar lo suficiente.

Miró a Goradel a los ojos.

—Ve a la armería y que te preparen una placa de metal muy fino —ordenó—. Luego, regresa aquí con algo que yo pueda usar para arañar el metal. Estas palabras deben ser escritas en acero, y no puedo pronunciarlas en voz alta.

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