23
Atlanta, Georgia
Viernes, 16 de mayo, 9:15
Suzanne entró en el despacho. Paul Cutler se levantó desde detrás de su enorme escritorio de nogal y se dirigió hacia ella.
—Le agradezco que se haya molestado en recibirme —dijo ella.
—No es molestia, señora Myers.
Cutler empleaba el apellido que ella había dado a la recepcionista. Sabía que a Knoll le gustaba usar su propio nombre. Una muestra más de su arrogancia. Ella prefería el anonimato. Tenía menos posibilidades de dejar una impresión duradera.
—¿Por qué no me llama Jo?
Aceptó el asiento y estudió a aquel abogado de mediana edad. Era alto y delgado, con el cabello fino y castaño. No era calvo, simplemente era evidente que no conservaba tanto pelo como tuviera en su juventud. Vestía con la esperada camisa blanca, pantalones oscuros y corbata de seda, pero los tirantes añadían un toque de madurez. Su sonrisa era arrebatadora y le gustaba el brillo de sus ojos castaños. Parecía modesto y carente de pretensiones, alguien a quien, decidió rápidamente, era posible encantar.
Afortunadamente, estaba vestida para ello. Tenía puesta la peluca castaña y unas lentillas azules le tintaban los ojos. Unas discretas gafas octogonales con borde dorado acrecentaban la ilusión. La falda de crepé y la chaqueta cruzada de grandes solapas las había comprado el día anterior en Ann Taylor, y tenían un distintivo toque femenino. La idea era apartar la atención de su rostro. Al sentarse había cruzado las piernas, exponiendo lentamente las medias negras. Trató de sonreír un poco más de lo habitual.
—¿Es usted investigadora artística? —Preguntó Cutler—. Debe de ser un trabajo interesante.
—Puede serlo. Pero estoy convencida de que su trabajo es igualmente desafiante.
Suzanne inspeccionó rápidamente la decoración del despacho. Sobre un canapé de cuero colgaba una reproducción enmarcada de Winslow, con una acuarela de Kupka a cada lado. Otra de las paredes estaba cubierta de diplomas y certificados de pertenencia a asociaciones profesionales, así como premios del Colegio de Abogados de Estados Unidos, la Asociación de Abogados Legalizadores y el Colegio de Abogados Judiciales de Georgia. Había dos fotografías en color tomadas en lo que parecía una cámara legislativa: Cutler dando la mano al mismo hombre de edad avanzada.
Señaló los cuadros.
—¿Conoce el mundo del arte?
—No mucho. Tengo algunas cosas. Sin embargo, participó activamente en el High Museum.
—Debe de proporcionarle grandes satisfacciones.
—El arte es importante en mi vida.
—¿Por eso ha aceptado recibirme?
—Por eso y por simple curiosidad.
Suzanne decidió entrar en faena.
—He estado en los juzgados del condado de Fulton. La secretaria de su exmujer me indicó que la jueza Cutler estaba fuera de la ciudad. No me quería decir adonde había ido y me sugirió que me acercara a hablar con usted.
—Sami me ha llamado hace un rato. Dice que es algo relacionado con mi exsuegro.
—Así es. La secretaria de la jueza Cutler me confirmó que un hombre apareció allí ayer, preguntando por su exmujer. Europeo, alto, rubio. Usó el nombre Christian Knoll. Llevo toda la semana siguiendo a ese individuo, pero lo perdí ayer por la tarde en el aeropuerto. Temo que pueda estar siguiendo a la jueza Cutler.
La preocupación nubló la expresión del abogado. Excelente. Había acertado en sus suposiciones.
—¿Para qué iba a seguir a Rachel ese tal Knoll?
La franqueza era un riesgo calculado. Quizá el miedo hiciera bajar las barreras al abogado y pudiera descubrir exactamente adonde había ido Rachel Cutler.
—Knoll vino a Atlanta para hablar con Karol Borya. —Decidió omitir cualquier referencia a que Knoll, de hecho, había llegado a hablar con Borya el sábado por la noche. No había necesidad de ofrecer demasiadas pistas.
Debe de haberse enterado de la muerte de Borya y haber empezado a buscar a su hija. Es la única explicación lógica para el hecho de que fuera a verla a su despacho.
—¿Cómo puede saber él, o usted misma, nada sobre Karol?
—Sin duda estará usted al tanto de las actividades del señor Borya mientras fue ciudadano soviético.
—Nos lo dijo. ¿Pero cómo lo averiguó usted?
—Los registros de la comisión para la que el señor Borya trabajó en el pasado son públicos hoy día en Rusia. No es complicado estudiar la historia. Knoll está buscando la Habitación de Ámbar y probablemente esperaba que Borya supiera algo al respecto.
—¿Pero cómo supo dónde encontrar a Karol?
—La semana pasada, Knoll estuvo registrando los documentos de una depositaría en San Petersburgo, información que hasta hace muy poco no ha estado disponible para su estudio. Allí obtuvo las señas.
—Eso no explica qué hace usted aquí.
—Como le he indicado, estoy siguiendo a Knoll.
—¿Cómo supo que Karol había muerto?
—No lo supe hasta que llegué el lunes a la ciudad.
—Señora Myers, ¿a qué se debe tanto interés en la Habitación de Ámbar? Estamos hablando de algo que lleva perdido más de cincuenta años. ¿No cree que si fuera posible dar con ella, alguien lo habría hecho ya?
—Estoy de acuerdo, señor Cutler. Pero Christian Knoll opina diferente.
—Dice usted que lo perdió ayer en el aeropuerto. ¿Qué le hace pensar que estaba siguiendo a Rachel?
—Una corazonada. Registré las terminales, pero no logré dar con él. Me fijé en los diversos vuelos internacionales que abandonaron la terminal pocos minutos después de que Knoll me despistara. Uno se dirigía a Munich. Dos a París. Tres a Francfort.
—Ella salió en el de Munich.
A Suzanne le pareció que Paul Cutler empezaba a entrar en calor. A confiar. A creer. Decidió aprovecharse del momento.
—¿Por qué viaja la jueza Cutler a Munich, recién muerto su padre?
—Su padre le dejó una nota acerca de la Habitación de Ámbar.
Ése era el momento de presionar.
—Señor Cutler, Christian Knoll es un hombre peligroso. Cuando va detrás de algo, nada se interpone en su camino. Apostaría a que él también tomó ese vuelo a Munich. Es importante que hable con su exmujer. ¿Sabe dónde se aloja?
—Me dijo que me llamaría desde allí, pero aún no he sabido nada de ella.
La preocupación resultaba evidente en sus palabras.
—En Munich son casi las tres y media.
—Estaba pensando eso mismo antes de que llegara usted.
—¿Sabe exactamente a dónde se dirigía? —Cutler no respondió y decidió presionarlo—. Entiendo que soy una extraña para usted, pero le aseguro que soy su amiga. Necesito dar con Christian Knoll. No puedo entrar en detalles por motivos de confidencialidad, pero tengo la firme creencia de que está buscando a su exmujer.
—Entonces debería hablar con la policía.
—Knoll no es nadie para la policía local. Éste es un asunto de las autoridades internacionales.
Cutler titubeaba, como si estuviera considerando aquellas palabras, sopesando sus opciones. Llamar a la policía llevaría tiempo. Involucrar a las agencias europeas, todavía más. Pero ella estaba allí, dispuesta a actuar de inmediato. La elección no debía de ser muy difícil y Suzanne no se sorprendió cuando la tomó.
—Se fue a Baviera a buscar a un hombre llamado Danya Chapaev, que vive en Kehlheim.
—¿Quién es Chapaev? —preguntó ella con inocencia.
—Un amigo de Karol. Trabajaron juntos hace años, en la Comisión. Rache4 pensó que Chapaev podría saber algo acerca de la Habitación de Ámbar.
—¿Y qué le hizo pensar eso?
Cutler rebuscó en un cajón de su escritorio y sacó un paquete de cartas. Se las entregó.
—Mírelo usted misma. Aquí está todo.
Suzanne tardó varios minutos en leer todas las cartas. No había nada definido ni preciso, pero ya no había duda de que tenía que impedir que Knoll se aliara con Rachel Cutler. Porque eso era exactamente lo que el hijo de perra planeaba. No había descubierto nada con el padre, de modo que lo tiró por las escaleras y decidió seducir a la hija para ver si sacaba algo.
Se incorporó.
—Le agradezco la información, señor Cutler. Voy a ver si consigo localizar a su exmujer en Munich. Tengo contactos allí. —Le ofreció la mano—. Quiero darle las gracias por su tiempo.
Cutler se levantó y le estrechó la mano.
—Y yo agradezco su visita y su advertencia, señora Myers. Pero no ha llegado a decirme cuál es su interés en todo este asunto.
—No tengo libertad para divulgarlo, pero baste decir que el señor Knoll está siendo buscado por diversas y graves acusaciones.
—¿Pertenece usted a la policía?
—Soy una detective privada contratada para dar con Knoll. Trabajo desde Londres.
—Qué extraño. Su acento suena más del este de Europa que británico.
Suzanne sonrió.
—Y así es. Soy de Praga.
—¿Quiere dejarme un número de teléfono? Si Rachel se pone en contacto podría comunicarla con usted.
—No es necesario. Ya lo llamaré yo más tarde, o mañana, si no es molestia.
Se volvió para marcharse y reparó en la fotografía enmarcada de una pareja mayor.
—Una buena pareja.
—Mis padres. Está tomada unos tres meses antes de su muerte.
—Lo siento.
Él aceptó las condolencias con una leve inclinación de cabeza y Suzanne abandonó el despacho sin decir nada más. La última vez que había visto a aquellas dos personas fue un día lluvioso, mientras subían, junto a otros veinte pasajeros, a un avión de Alitalia. Se preparaban para dejar Florencia, en un corto vuelo sobre el mar Ligurio que los llevaría a Francia. Los explosivos cuya colocación ella había pagado se encontraban a salvo en la bodega de carga. El temporizador ya estaba en marcha y se activaría treinta minutos más tarde, sobre el mar abierto.