XVI
Trouscaillon había vuelto a ponerse el uniforme de polismán y aguardaba melancólicamente a que cerrasen el Monte de Piedad en la plazuela situada cerca del cabaré. Entretanto contemplaba, pensativamente (al parecer), a un grupo de vagabundos que dormían sobre las rejas de un respiradero del metro, disfrutando de la tibieza mediterránea que tales bocas deparan y que la huelga no había conseguido disipar. Durante unos instantes meditó sobre la fragilidad de las cosas humanas y sobre cómo los proyectos de los ratones no suelen realizarse más de lo que se realizan los proyectos de los antropoides. Inmediatamente después se puso a envidiar —pero solo unos instantes. No hay que exagerar— la suerte de aquellos desheredados de la fortuna… Desheredados, pero también liberados del peso de las servidumbres sociales y de las convenciones del mundo. Trouscaillon suspiró.
Un sollozo más profundo le hizo eco, turbando así el hilo de los pensamientos trouscaillones. Kepasa kepasa kepasa, se dijeron los pensamientos trouscaillones volviéndose a calzar en el acto el uniforme de polismán y perforando circularmente las sombras con pupila minuciosa hasta identificar el origen de la musical intervención en la silueta de un andaba agazapado en un banco. Trouscaillon se acercó tomando las precauciones de rigor. Los vagabundos, que se habían visto en peores pasos, siguieron roques.
El pájaro de marras parecía dormitar, lo que no tranquilizó a Trouscaillon ni le impidió dirigirle la palabra en los siguientes términos:
—¿Qué hace usted aquí a horas tan intempestivas?
—¿Y a usted qué le importa? —contestó el interpelado, a quien llamaremos señor X.
Trouscaillon se había formulado ya la misma duda mientras se dedicaba a devanar las suyas. En efecto: ¿qué carajo le importaba? Verdad es que eran exigencias del oficio, pero desde la fuga de Marceline se abría paso en su pecho cierta tendencia a ablandar la piel coriácea de los actos con la esperma de los deseos. El polismán, luchando contra tan funesta inclinación, reanudó la conversación de la siguiente manera:
—Pues sí —dijo—. Me importa.
—En ese caso —contestó el señor X— es diferente.
—Entonces, ¿me autoriza a formular de nuevo la proposición interrogativa que hace unos instantes enuncí en su presencia?
—Enuncié —corrigió el desconocido.
—Enuncíe —dijo Trouscaillon.
—Enuncié, con acento agudo.
—Enuncié —dijo por fin Trouscaillon—. La gramatlca no es mi fuerte. A veces me gasta bromas pesadas. Dejémoslo. ¿Entonces?
—Entonces, ¿qué?
—Mi pregunta.
—¡Atiza! —exclamó el señor X—. Se me ha olvidado. Después de tanto tiempo…
—¿Tengo que volver a empezar?
—Parece ser.
—¡Qué trabajo!
Trouscaillon se abstuvo de suspirar, temiendo que la cosa pudiera suscitar reacciones en su interlocutor.
—Venga —le dijo cordialmente el desconocido—, haga un pequeño esfuerzo.
Trouscaillon lo hizo desmesurado:
—Nombre, apellido, fecha de nacimiento, lugar de nacimiento, número del carné de la seguridad social, número de su cuenta en el banco, libreta de la caja de ahorros, recibo del alquiler de la casa, recibo del gas, recibo de la luz, tarjeta semanal del metro, tarjeta semanal del autobús, factura de los muebles, prospecto de la nevera, llavero, cartilla de racionamiento, firma en blanco, salvoconducto, bula de la parroquia, tutti-frutti, menos cuento, deme sin rechistar toda su documentación. Y observe que paso por alto el tema automovilístico, papeles del coche, permiso de conducir, cinturón de seguridad, faro antiniebla, pasaporte internacional y la tira, porque todo eso no debe de estar a su alcance.
—Señor agente, ¿ve usted ese autocar? (gesto).
—Sí.
—Pues yo soy quien lo conduce.
—Ah.
—No parece estar muy en forma. ¿Cuánto va a tardar en reconocerme?
Trouscaillon, algo tranquilizado, se sentó junto a él.
—Con su permiso —dijo.
—Está usted en su casa.
—Lo que hago no es muy reglamentario.
(Pausa.)
—Aunque —prosiguió Trouscaillon— en lo tocante al reglamento no puede decirse que hoy sea mi día.
—¿Nervios?
—Huesos de taba.[16]
(Pausa.)
Trouscaillon añadió:
—Asunto de faldas.
(Pausa.)
Trouscaillon continuó:
—… Lo tengo en la punta de la lengua… necesito desahogarme… confesar, lo que se dice cantar de piano…
(Pausa.)
—Es natural —dijo Fédor Balanovitch.
Un mosquito revoloteó en el cono de luz de un farol. Quería calentarse antes de picar pieles nuevas. Lo consiguió. Su cuerpo calcinado cayó lentamente sobre el asfalto amarillento.
—Adelante —dijo Fédor Balanovitch—. Si no se decide, empiezo yo.
—No, no —dijo Trouscaillon—. Sigamos hablando de mí.
Y, tras rascarse el cuero cabelludo con una uña rapaz y podadora, pronunció una serie de frases no desprovistas de imparcialidad e incluso de nobleza. He aquí sus palabras:
—No le diré nada de mi infancia ni de mi juventud. Tampoco me detendré en mi educación, puesto que no la tuve, ni en mis estudios, casi inexistentes. En lo relativo a ellos, no se hable más. Llegamos así a la época de mi servicio militar, que prefiero pasar por alto. Soltero desde mi más tierna infancia, la vida ha hecho de mí lo que usted ve.
Se interrumpió para meditar unos instantes.
—Siga —dijo Fédor Balanovitch—, si no quiere que empiece yo.
—Decididamente —dijo Trouscaillon—, las cosas me van mal. Y todo por culpa de la mujer que conocié esta mañana.
—Conocí.
—Conocíe.
—Conocí, sin e y con acento agudo.
—Conocí.
—¿Quién? ¿El carcamal que chupa rueda de Gabriel?
—No, no. Esa no. Además me ha decepcionado al permitir que me fuera a mis ocupaciones (¡y qué ocupaciones!) sin hacer ni siquiera un gesto para detenerme. Lo único que le interesaba era ver bailar a Gabriela. ¡Gabriela! Tiene gracia… Tiene verdadera gracia.
—¡Vaya si la tiene! —dijo Fédor Balanovitch—. En todo París no encontrará nada igual. Se lo digo yo, que me conozco así (gesto) el bainait de esta ciudad.
—Los hay con suerte —dijo distraídamente Trouscaillon.
—Eso sí: he visto tantas veces ese número, que ahora —se lo confieso— estoy hasta la coronilla. Lo malo que tiene Gabriel es que no se renueva. Los artistas son así. ¡Qué le vamos a hacer! Encuentran un truco y lo exprimen hasta la última gota. Aunque, la verdad, eso lo hacemos todos, cada cual en lo suyo.
—Yo no —dijo ingenuamente Trouscaillon—. Yo renuevo constantemente mi repertorio.
—Porque todavía no ha encontrado el truco definitivo. Está usted buscándolo. Ya verá como cuando dé con él, se para. Estoy seguro de que hasta el momento los resultados dejan que desear. No hay más que verle: tiene aspecto de perdedor.
—¿Incluso con el uniforme?
—Eso no cambia nada.
Trouscaillon, abrumado, se calló.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó de repente Fédor Balanovitch.
—La verdad es que no lo sé del todo. Estoy esperando a la viuda Mouaque.
—Pues yo espero simplemente a que salga mi rebaño de tarados para llevarlo al redil. Mañana tienen que pegarse el madrugón. Salen a primera hora rumbo a Gibraltar para visitar las antiguas fortificaciones. Hay que respetar el itinerario.
—Los hay con suerte —murmuró distraídamente Trouscaillon.
Fédor Balanovitch se encogió de hombros sin dignarse a contestar.
En ese momento se oyó un clamor: el Monte de Piedad cerraba sus puertas.
—Más vale tarde que nunca —dijo Fédor Balanovitch.
Se levanta y va hacia el autocar. Así, sin molestarse en decir adiós.
Trouscaillon también se levanta. Titubea. Los vagabundos duermen. El mosquito está muerto.
Fédor Balanovitch claquesona varias veces para congregar a sus ovejas. Estas se felicitan por la deliciosa, inolvidable velada que acaban de pasar y chapurrean al unísono disputándose el honor de transmitir los plácemes en idioma autóctono. Pero hay que despedirse. Los elementos femeninos quieren besar a Gabriel. Los masculinos no se atreven.
—Menos alboroto —dice el almirante.
Los viajeros suben poco a poco al autobús. Fédor Balanovitch bosteza.
Verdolaga duerme en su jaula, que Turandot transporta con el brazo extendido. Zazie se debate valerosamente contra el sueño: no caerá tan bajo como Verdolaga. Charles ha ido a buscar su cacharro.
—¿Y qué tal mi tunantuelo? —dice la viuda Mouaque al ver a Trouscaillon—. ¿Una noche divertida?
—No demasiado —dice Trouscaillon—. No demasiado.
—Nosotros, en cambio, lo hemos pasado en grande. Aquí, el amigo, ha estado para troncharse.
—Gracias —dijo Gabriel—. Pero no se olvide del arte. En mi número hay algo más que risas. Hay arte.
—Parece que Charles tarda en encontrar su cafetera —dice Turandot.
—¿Y la pajarita qué tal? ¿Se ha divertido? —pregunta el almirante señalando al loro, que duerme con el pico bajo el ala.
—Se lleva un recuerdo imborrable —dice Turandot.
Los viajeros rezagados están ya en sus asientos. Enviarán tarjetas postales (gestos).
—Chau —exclama Gabriel—, adiós amigos,[17] chin chin, hasta la próxima…
Y el autobús se aleja con su cargamento de extasiados extranjeros. Al día siguiente, de buena mañana, saldrán rumbo a Gibraltar y a sus antiguas fortificaciones. Hay que respetar el itinerario.
El taxi de Charles frena al borde de la acera.
—Somos demasiados —dice Zazie.
—No importa —dice Gabriel—, porque ahora mismito nos vamos a tomar una buena sopa de cebolla.
—Gracias —dice Charles—. Yo paso.
Y no da más explicaciones.
—¿Qué pasa, Mado? ¿Vienes?
Madeleine sube y se sienta al lado de su futuro.
—Adiós a todo el mundo —grita por la ventanilla— y gracias por la delicia… y por la agrada…
Imposible oírla. El taxi ya está lejos.
—Si esto fuese América —dice Gabriel— los habríamos puesto perdidos de arroz.
—Eso pasaba en las películas de antes. En las de ahora se casan mucho menos. Yo prefiero que la diñen todos.
—Yo no —dijo la viuda Mouaque—. Yo prefiero el arroz.
—A usted nadie le ha preguntado nada —dice Zazie.
—Señorita —interviene Trouscaillon—, esa no es forma de tratar a una anciana.
—¡Qué guapo se pone cuando sale en mi defensa! —dice la viuda Mouaque.
—En marcha —dice Gabriel—. Vamos a Los Nictalopes. Allí todo el mundo me conoce.
La viuda Mouaque y Trouscaillon se les pegan.
—¿Has visto? —pregunta Zazie a Gabriel—. Llevamos al carcamal y a su poli cosidos al culo.
—No podemos impedírselo —dice Gabriel—. Estamos en un país libre.
—¿Por qué no les metes miedo? Estoy harta de ellos.
—En la vida hay que ser más comprensivo.
—Los polis también son seres humanos —dice la viuda Mouaque, que lo ha oído todo.
—Pagaré una ronda —dice tímidamente Trouscaillon.
—De eso nada —-corta Gabriel—. Esta noche soy yo el pagano.
—Solo una rondita —insiste Trouscaillon en tono lastimero—. De vino, por ejemplo. Algo a la altura de mis posibilidades.
—No dilapides la dote —dice Gabriel—. En mi caso es diferente.
—Y no sueñes con invitarnos —dice Turandot—. Recuerda que eres de la pasma. Yo trabajo en el ramo y nunca le serviría nada a un poli que apareciese en mi bar con un montón de gente para echarse un trago.
—Son ustedes un poco duros de mollera —dice Gridoux—. ¡Mira que no reconocerlo! Es el sátiro de esta mañana.
Gabriel se inclinó para examinarlo con más atención. Todo el mundo —sin excluir a Zazie, a la vez sorprendida y humillada— se calló esperando el veredicto. Especialmente Trouscaillon.
—¿Qué has hecho de los bigotes? —le preguntó Gabriel en tono a la vez pacífico y amenazador.
—No irá a hacerle daño —dijo la viuda Mouaque.
Gabriel agarró a Trouscaillon por las solapas y lo llevó a la luz de un farol para completar el análisis.
—Sí —dijo—. ¿Y los bigotes?
—Los he dejado en casa —contestó Trouscaillon.
—¿Así que es usted un poli de verdad?
—No, no —protestó Trouscaillon—. Es solo un disfraz… Me lo pongo para divertirme… Para pasar el rato… Como su tutú… Lo mismito que su tutú, pero en grado diferente.
—Sí —dijo Gridoux en un arrebato de inspiración—, en tercer grado.
—De todos modos no irá a hacerle daño —dijo la viuda Mouaque.
—Esto requiere explicaciones —dijo Turandot sobreponiéndose a su inquietud.
—Cotorreas, cotorreas… —dijo débilmente Verdolaga.
Y volvió a dormirse.
Zazie no abría el pico. Sobrepasada por los acontecimientos y aturdida por la somnolencia, hacía todo lo posible por encontrar una actitud adecuada a la situación y, al mismo tiempo, a la dignidad de su persona, pero no daba con ella.
Gabriel, levantando en vilo a Trouscaillon bajo la luz del farol, lo contempló otra vez en silencio, volvió a dejarlo delicadamente en el suelo y le dirigió la palabra en los siguientes términos:
—¿Qué pretendes siguiéndonos de esta forma?
—No les sigue a ustedes —dijo la viuda Mouaque—, sino a mí.
—En efecto —dijo Trouscaillon—. Usted quizá no entiende de estas cosas…, pero cuando se pierde la cabeza por una gachí…
—Qué estás (¡oh, qué cielo!) insinuando (me ha llamado) sobre mí (gachí) —dijeron, perfectamente sincronizados, Gabriel (y la viuda Mouaque), el primero con furor (y la segunda con fervor).
—No sea gilipollas —añadió Gabriel dirigiéndose a la viuda—. Este tipejo no le cuenta ni mucho menos todo lo que hace.
—No he tenido tiempo —dijo Trouscaillon.
—Es un sátiro repugnante —dijo Gabriel—. Esta mañana siguió a Zazie hasta mi casa. Disgustoso.
—¿Hiciste eso? —preguntó la viuda Mouaque, descompuesta.
—Aún no la conocía a usted —dijo Trouscaillon.
—¡Confiesa! —aulló la viuda Mouaque.
—¡Ha confesado! —bramaron Turandot y Gridoux.
—¡Por fin te decides a confesar! —gritó Gabriel con voz tonante.
—¡El muy guarro! —berreó la viuda Mouaque.
Este coro de vociferantes exclamaciones hizo salir de la oscuridad a dos embicis.
—Escándalo nocturno —aullaron—, alboroto lunar, follón somnívoro, medianoche ululante, oh sí pero es que… —gritaban al mismo tiempo los dos embicis.
Gabriel, discretamente, soltó las solapas de Trouscaillon.
—¡Un momento! —exclamó Trouscaillon demostrando una notable presencia de ánimo—. ¡Un momento! ¿Es que tienen los ojos en el cogote? ¿Ven mi uniforme? Soy de la poli, miren mis alas.
Y agitaba en el aire la esclavina.
—¿De dónde diablos sales? —dijo el embici adiestrado para trabar conversación—. Nunca te he visto por este barrio.
—Es posible —contestó Trouscaillon, animado por una audacia que todo buen escritor se vería obligado a calificar de insensata—. Es posible, pero eso no impide que sea poli y que poli siga siendo.
—Y todos estos —dijo el embici con aire astuto—, todos estos (gestos), ¿también son polis?
—¡De ningún modo! Son gente de paz.
—El asunto no me parece muy católico —dijo el embici que sabía hablar.
El otro se limitaba a hacer muecas. Terrible.
—Pues le aseguro que he hecho la primera comunión —contestó Trouscaillon.
—Esa frase no huele a poli —comenzó el embici que sabía hablar—. Adivino en ti al lector de esas publicaciones subversivas que se hacen lenguas de la alianza entre el hisopo del cura y el hisopazo del guardia. Pero téngalo muy presente (habla a la redonda): los polis a los curas se la meten por aquí (gesto).
La mímica fue acogida con cierta reserva por las personas allí congregadas, a excepción de Turandot, que esbozó una sonrisa servil. Gabriel se encogía visiblemente de hombros.
—A ver, tío —dijo el embici que sabía hablar—. Tú, sí, el del pestazo (pausa).
—A mejorana.
—¡A mejorana! —exclamó desdeñosamente Gabriel—. Es Barbouze de Fior.
—¿De verdad? —preguntó, incrédulo, el embici—. Habrá que olerlo.
Se acercó a Gabriel y hundió las narices en su chaqueta.
—¡Dios! —dijo a continuación, casi convencido—. Eche usted un vistazo —añadió dirigiéndose a su colega.
El otro se puso a husmear la chaqueta de Gabriel. Movió la cabeza.
—De todos modos —dijo el que sabía hablar— no voy a dejarme impresionar. Apesta a mejorana.
—¡Como si este par de gilipollas entendiera de perfumes! —dijo Zazie bostezando.
—Sapristi —dijo el embici que sabía hablar—. ¿Ha oído usted eso, subalterno? Se diría que roza el rizo del insulto.
—No es un rizado —dijo Zazie sin inmutarse—. Es una permanente.
Y al ver que Gabriel y Gridoux se descojonaban, añadió para su exclusivo deleite e instrucción:
—Es otro de los chistes que aprendí leyendo las Memorias del general Vermot.
—Oh sí, pero es que —dijo el embici— esta mocosa quiere burlarse de nosotros lo mismo que el otro con su mejorana.
—De mejorana, nasti —dijo Gabriel—. Voy a repetírselo: es Barbouze de Fior.
La viuda Mouaque se le acercó para husmear a su vez.
—Lo es —explicó a los dos embicis.
—A usted nadie le ha preguntado nada —dijo el que sabía hablar.
—Tiene razón —dijo entre dientes Zazie—. Ya se lo dije hace un rato.
—Sería cosa de empezar a ser más educados con las señoras —dijo Trouscaillon.
—Tú —dijo el embici que sabía hablar— más vale que no llames demasiado la atención sobre tu cabezota.
—Sería cosa —repitió Trouscaillon, haciendo gala de una valentía que conmovió a la viuda Mouaque.
—¿No tendrías que estar ya en tu cunita?
—Ja ja —se carcajeó Zazie.
—A ver, tus papeles —dijo el embici que sabía hablar dirigiéndose a Trouscaillon.
—Lo que hay que oír —dijo la viuda Mouaque.
—Y tú cierra el pico, vejestorio —dijo el embici que no sabía hablar.
—Ja ja —dijo Zazie.
—Haga el favor de ser educado con la señora —dijo Trouscaillon, cada vez más temerario.
—Otra frase indigna de un poli —dijo el embici que sabía hablar—. ¡Tus papeles! —aulló—. Y deprisa.
—En mi vida me he divertido tanto —dijo Zazie.
—Esto empieza a pasar de castaño oscuro —dijo Trouscaillon—. Me pide a mí los papeles y a los demás (gesto) nada.
—¡Qué falta de estilo! —dijo Gabriel.
—¡El muy guarro! —coreó Gridoux.
Pero los embicis no cambiaban de opinión tan fácilmente.
—¡Tus papeles! —aullaba el que sabía hablar.
—¡Tus papeles! —aullaba el que no sabía.
—Escándalo nocturno —sobreaullaron en aquel momento dos nuevos polis equipados con un coche celular—, alboroto lunar, follón somnívoro, medianoche ululante, oh sí, pero es que…
Con irreprochable olfato identificaron a los responsables, cargando en el coche, sin un titubeo, a Trouscaillon y a los dos embicis. El equipo completo desapareció en un abrir y cerrar de ojos.
—Y todavía dicen que no hay justicia en este mundo —dijo Gabriel.
La viuda Mouaque gimoteaba.
—No llore —dijo Gabriel—. Su maromo era moneda falsa. Y además estábamos hasta la coronilla de que nos siguiera. Hale, déjese de lágrimas y venga a jalarse una buena sopa de cebolla con nosotros. Las penas con pan y cebolla son menos.