IV
Otra de las máximas de Cicerón decía que si debes hacer algo impopular, lo hagas con el mayor entusiasmo posible, porque en política no se gana nada mediante paños calientes. Así pues, aunque nunca antes había expresado opinión alguna sobre Pompeyo o los tribunos, no hubo causa que a partir de entonces contara con un partidario más fervoroso. Los pompeyanos quedaron encantados de que tan brillante elemento se uniera a sus filas.
Aquel invierno fue largo y frío en la ciudad, y sospecho que para nadie tanto como para Terencia. Su personal código de honor le exigía apoyar a su marido contra los enemigos de este que habían invadido su hogar; pero tras haberse sentado entre los malolientes pobres y haber escuchado a Cicerón fustigar a los de su clase, veía su casa invadida a todas horas por aquellos desechos políticos: hombres del rudo norte que hablaban con feo acento y solían poner los pies encima de la mesa mientras tramaban planes hasta altas horas de la noche. Palícano era el jefe de todos ellos, y en su segunda visita en enero llevó consigo a uno de los nuevos pretores, un colega senador de Piceno, el lugar de origen de Pompeyo. Cicerón hizo todo lo posible para mostrarse cortés. Unos años antes también Terencia habría considerado un honor acoger a un pretor en su casa. Sin embargo, Afranio carecía de alcurnia y de cualquier parentesco notable. De hecho, tuvo incluso la osadía de preguntarle si le gustaba bailar y, cuando ella se retiró horrorizada, declaró que eso era lo que más le gustaba en la vida, se arremangó la toga y le preguntó si alguna vez había visto un par de pantorrillas tan hermosas.
Hombres como aquellos formaban el núcleo de los representantes de Pompeyo en Roma, y llevaban consigo los aires y maneras propios de un campamento militar. Eran obtusos hasta resultar casi brutales, pero dada la naturaleza de lo que estaban planeando tal vez no le quedara otro remedio. La hija de Palícano, Lolia —una jovencita de aspecto desaliñado muy poco del gusto de Terencia—, se unía ocasionalmente a las reuniones de hombres, ya que estaba casada con Aulo Gabinio, otro de los lugartenientes piceanos de Pompeyo que servía junto a su jefe en Hispania. El tal Gabinio hacía de enlace entre los comandantes de las legiones, que a su vez proporcionaban información acerca del grado de lealtad de las centurias, lo cual no era un asunto menor, ya que, tal como decía Afranio, no tenía sentido conducir un ejército hasta las puertas de Roma para restaurar el poder del tribunado y que las legiones acabaran poniéndose alegremente del lado de la aristocracia si esta, llegado el caso, les ofrecía el dinero suficiente.
A finales de enero, Gabinio envió noticias de que los últimos reductos rebeldes de Uxama y Calagurris habían sido capturados y que Pompeyo se encontraba listo para conducir a sus legiones de vuelta a casa. Cicerón llevaba semanas trabajando entre los pedarii, llevándose a los senadores a un aparte en las pausas de los debates y convenciéndoles de que los esclavos rebeldes del norte de Italia suponían una creciente amenaza para sus negocios y el comercio. Hizo un buen trabajo. Cuando la cuestión se planteó en el Senado, a pesar de la tenaz oposición de los aristócratas y los partidarios de Craso, la asamblea votó por estrecho margen permitir que Pompeyo conservara intacto su ejército y lo devolviera a la madre patria para aplastar a los seguidores de Espartaco en el norte. A partir de ese momento, el consulado fue prácticamente del joven general, y el día de la moción Cicerón regresó a casa sonriendo. Cierto, había sido objeto del desprecio de los aristócratas, que en esos momentos lo odiaban más que a cualquier otro hombre de Roma; y el cónsul presidente, el exquisito Publio Cornelio Léntulo Sura, incluso había fingido no verlo cuando intentó hablar, pero ¿qué importaba eso? Había entrado a formar parte del círculo de íntimos de Pompeyo el Grande, y, como todo el mundo sabe, la forma más rápida de prosperar en política consiste en arrimarse a quien ya está en la cumbre.
Me avergüenza reconocer que durante aquellos ajetreados meses nos olvidamos por completo de Estenio de Termas. El hombre solía aparecer por las mañanas en casa de Cicerón con la esperanza de conseguir una cita. Seguía viviendo en el infame agujero de Terencia. Apenas tenía dinero y no podía aventurarse más allá de la ciudad, ya que su inmunidad terminaba en las murallas de Roma. No se había cortado el cabello ni afeitado la barba, y, a juzgar por su olor, tampoco se había cambiado de ropa desde octubre. Lo cierto era que hedía —pero no a locura, sino a obsesión— y no dejaba de sacar pequeños trozos de papel que después arrugaba y tiraba en la calle.
Por su parte, Cicerón inventaba excusas constantemente para evitarlo. Estaba claro que una vez satisfechas sus obligaciones se sentía desligado de él, pero no era esa la única explicación. Lo cierto es que el político es como el tonto del pueblo, capaz de concentrarse únicamente en un asunto a la vez, y el pobre Estenio se había convertido en agua pasada. De lo único que hablaba todo el mundo era del inminente enfrentamiento que iba a tener lugar entre Pompeyo y Craso. El caso del siciliano había pasado a ser una molestia.
A finales de primavera, Craso —tras haber derrotado a la fuerza principal de Espartaco en el sur de Italia, matar al cabecilla y capturar a seis mil prisioneros—, inició su marcha sobre Roma. Poco tiempo después, Pompeyo cruzó los Alpes y barrió la rebelión de los esclavos del norte; a continuación envió una carta a los cónsules, que fue leída en el Senado, en la que apenas reconocía el mérito de Craso y, en cambio, proclamaba que había sido él quien realmente había puesto fin «de un modo total e inapelable» a la guerra de los esclavos. La señal para sus partidarios no podía estar más clara: ese año solo habría un general triunfador, y no sería Marco Licinio Craso. Por último, y para despejar cualquier posible duda, al final de su mensaje Pompeyo anunciaba que también él se dirigía a Roma. No resulta de extrañar que en medio de tan emocionantes acontecimientos de proporciones históricas todos nos olvidáramos de Estenio.
Seguramente debió de ser en algún momento del mes de mayo, o puede que a principios de junio, cuando un mensajero se presentó en casa de Cicerón con una carta. El hombre me permitió recogerla, aunque se mostró ciertamente reacio, pero se negó a marcharse hasta haber recibido contestación. Esas, aseguró, eran sus órdenes. A pesar de que vestía ropas de civil, no me costó deducir que estaba en el ejército. Llevé el mensaje a Cicerón, que estaba en el estudio, y observé que su expresión se ensombrecía al leerlo. Me lo entregó, y cuando vi el encabezamiento, «De Marco Licinio Craso, imperator, a Marco Tulio Cicerón. Saludos…», comprendí el motivo de su ceño. No había nada amenazante en la carta: se trataba simplemente de una invitación para que se reuniera a la mañana siguiente con el general victorioso en su ruta hacia Roma, cerca de Lanuvium, en el hito de la milla dieciocho.
—¿Acaso puedo negarme? —me preguntó Cicerón, y acto seguido se respondió a sí mismo—: No, no puedo. Sería interpretado como una ofensa imperdonable.
—Seguramente pretende recabar tu apoyo.
—¿Tú crees? —dijo en tono sarcástico—. ¿Qué te hace pensar eso?
—¿No podrías brindarle un limitado sostén siempre y cuando no entre en conflicto con tus proyectos con Pompeyo?
—No. Ese es el problema. Pompeyo lo ha dejado muy claro: espera una lealtad incondicional. Así pues, Craso planteará la pregunta fatídica: «¿Estás conmigo o contra mi?», y yo tendré que enfrentarme a la peor pesadilla de un político: tener que dar una respuesta directa. —Suspiró—. En fin, de todos modos tendremos que ir.
Partimos a la mañana siguiente, poco después del amanecer, en un carro descubierto de dos ruedas; nos acompañaba el ayuda de cámara de mi señor, que para la ocasión se desempeñaba también como conductor. Era el mejor momento del día y la mejor época del año. Hacía bastante calor como para que la gente se bañara en la piscina pública de la puerta Capena, pero el aire era lo bastante fresco para no resultar sofocante. No había ni rastro del polvo habitual de las carreteras, y el verde de las hojas de los olivos resplandecía. Incluso las tumbas que se alineaban a ambos lados en el tramo de la vía Apia justo después de las murallas ofrecían un aspecto alegre y colorista bajo aquel sol matutino. Habitualmente, Cicerón llamaba mi atención sobre algún monumento concreto y me explicaba cosas de él; por ejemplo, la estatua de Escipión el Africano o la tumba de Horacia, asesinada por su hermano por haber demostrado excesiva tristeza ante la tumba de su amante; sin embargo, aquella mañana su habitual buen humor parecía haberlo abandonado. Sin duda Craso lo tenía preocupado.
—Media Roma le pertenece —comentó—. Incluso esas tumbas. Eso no debería extrañar a nadie. Casi podrías meter a una familia entera dentro de ellas. ¿Por qué no? Craso lo haría. ¿Nunca lo has visto trabajar? Mira, digamos que se entera de que un incendio está arrasando un barrio concreto.
¿Qué hace? envía a un grupo de esclavos para que pasen por las casas y ofrezcan a los propietarios comprárselas por un precio tirado. Entonces, cuando los infelices han dado su conformidad, ¡envía a otro grupo con los medios necesarios para apagar el fuego! Y ese es solo uno de sus trucos. ¿Sabes cómo lo llama Sicinio? Y no olvides que Sicinio es de los que no temen a nadie… Dice que Craso es «el toro más peligroso de la manada».
Hundió la barbilla en el pecho y no volvió a abrir la boca hasta que pasamos el hito octavo y nos adentramos en campo abierto, no lejos de Bovila. Fue entonces cuando algo me llamó la atención: piquetes militares montaban guardia alrededor de lo que parecían pequeños cercos hechos con troncos. Ya habíamos dejado atrás cinco de ellos, separados por unos setecientos metros, y cuanto más nos adentrábamos por la carretera, mayor parecía la actividad que en ellos se desarrollaba: martilleo, cava de agujeros, tala de troncos. Fue Cicerón quien dio con la respuesta: los legionarios estaban construyendo cruces. Poco después nos encontramos con una columna de la infantería de Craso que marchaba hacia nosotros, camino de Roma, y tuvimos que apartarnos a un lado de la carretera para dejarla pasar. Tras los soldados iba una larga y renqueante procesión de prisioneros: cientos de esclavos rebeldes, vencidos y con los brazos atados a la espalda, un espantoso ejército de espectros descarnados que se dirigía hacia el terrible destino que sabíamos les estaban preparando pero que ellos probablemente ignoraban. Nuestro conductor soltó una maldición, azotó con las riendas los lomos de los caballos y volvimos a ponernos en marcha. Al cabo de poco más de una milla, vimos que la matanza había empezado: los prisioneros agonizaban clavados en las cruces que flanqueaban la carretera. Es algo que procuro no recordar, pero de vez en cuando vuelve a mí en sueños, sobre todo, y no sé por qué razón, la imagen de las cruces y los gritos de las víctimas mientras eran izadas con cuerdas por los soldados y depositadas con un golpe sordo en los profundos agujeros que les tenían preparados. No lo he olvidado, y tampoco el instante en que llegamos a la cima de una colina y contemplamos una larga avenida de cruces que se extendía milla tras milla, reverberando en el calor de la mañana; el aire parecía vibrar con los gritos de los moribundos, el zumbido de las moscas y los graznidos de los cuervos en lo alto.
—¡Así que esta es la razón por la que me ha hecho salir de Roma! —murmuró Cicerón, furioso—, ¡para intimidarme con el espectáculo de estos pobres infelices!
Se había puesto muy pálido, ya que era muy aprensivo ante el dolor y la muerte, incluso los que se infligían a los animales; ese era el motivo por el que procuraba no acudir a presenciar los juegos. Supongo que eso también explicaba su aversión hacia los asuntos militares. En su juventud había prestado el mínimo servicio militar obligatorio y era prácticamente incapaz de empuñar una espada o lanzar una jabalina. A lo largo de su carrera había tenido que hacer frente a las burlas de quienes lo criticaban por haber intentado eludir el servicio.
En el hito dieciocho, acampada junto a la carretera, rodeada por un foso y una empalizada de donde salía el típico olor a sudor y cuero que suele acompañar a los ejércitos en campaña, encontramos a la fuerza principal de las legiones de Craso. Los estandartes ondeaban en lo alto de la puerta donde el mismísimo hijo de Craso, un joven y vigoroso oficial, nos esperaba pata acompañar a Cicerón hasta la tienda del general. Otro grupo de senadores estaba siendo despedido cuando llegamos, de repente vimos a Craso ante su tienda, instantáneamente reconocible —«el Viejo Calvo», lo llamaban sus soldados—, ataviado, a pesar del calor, con la capa escarlata de los comandantes. Se mostraba todo afabilidad mientras despedía a sus visitantes, les deseaba un feliz trayecto de vuelta y se volvía hacia nosotros para darnos la bienvenida, incluso a mí, a quien estrecha mano como si fuera un senador más y no un simple esclavo que, en otras circunstancias, bien podría haber estado agonizando en una de aquellas cruces. Lo cierto es que si miro hacia atrás en un intento de determinar qué era lo que convertía a Craso en un personaje tan desconcertante, creo que era esto: su indiscriminada y distante simpatía, esa afabilidad que yo sabía que nunca flaquearía aunque hubiera decidido asesinarme. Cicerón me había comentado que su fortuna ascendía a unos doscientos millones de sestercios; sin embargo, Craso hablaba con todos como si fuera un simple campesino apoyado en la verja de su casa, y su tienda de campaña, al igual que su casa de Roma, era modesta y escasa en adornos.
Nos condujo al interior —e insistió en incluirme— mientras se disculpaba por el macabro espectáculo de la vía Apia apoyándose en el argumento de que lo creía necesario. Parecía especialmente orgulloso de la organización que le había permitido crucificar a seis mil hombres a lo largo de trescientas cincuenta millas de carretera —desde el victorioso campo de batalla hasta las mismas puertas de Roma— sin que se produjeran, según sus palabras, «escenas de violencia». Eso equivalía a diecisiete crucifixiones por milla, es decir, una cruz cada ciento diecisiete pasos —Craso era un genio con los números—, y el truco había radicado en no desatar el pánico entre los prisioneros, de lo contrario se habría encontrado con una batalla entre las manos. Así pues, cada milla, o a veces más para evitar levantar sospechas, el número requerido de esclavos prisioneros quedaba retenido junto a la carretera mientras el resto de la columna proseguía la marcha, y solo cuando sus camaradas se habían perdido de vista daban comienzo las ejecuciones. De ese modo, la tarea se había realizado con un mínimo de inconvenientes y con el mayor efecto disuasivo, ya que la vía Apia era la carretera más transitada de Italia.
—Cuando se enteren de esto, dudo que haya algún esclavo que en el futuro decida alzarse contra Roma —sonrió Craso—.Tú, por ejemplo, ¿lo harías? —me preguntó.
Cuando le respondí con gran fervor que sin duda no lo haría, me pellizcó amablemente la mejilla y me revolvió el cabello. El contacto de su mano me puso la carne de gallina.
—¿Está en venta? —le preguntó a Cicerón—. Me gusta. Te daría un buen precio por él. Veamos, puede que unos…
Mencionó una cantidad que superaba al menos en diez veces lo que yo valía, y durante unos instantes terribles temí que la oferta fuera aceptada y yo perdiera mi lugar en la vida de Cicerón, circunstancia que no habría podido soportar.
—No está en venta, a ningún precio —contestó Cicerón. El viaje lo había puesto de mal humor y en su tono se percibía cierta aspereza—. Además, para evitar cualquier malentendido, imperator, creo que lo mejor es que te diga claramente que he dado mi apoyo a Pompeyo el Grande.
—¿Pompeyo el qué? —se burló Craso—. ¿Pompeyo el Grande? ¿Grande como qué?
—Preferiría no decirlo —repuso Cicerón—. Las comparaciones pueden ser odiosas.
Y ante aquel comentario incluso Craso, a pesar de su férrea afabibilidad, dio un leve respingo.
En política existen ciertos individuos que no soportan hallarse juntos en la misma habitación aunque se dé la circunstancia de que por mutuo interés les convenga entenderse, y pronto quedó claro que Craso y Cicerón pertenecían a dicha categoría. Eso es lo que los estoicos no comprenden cuando aseguran que la razón, y no las emociones, debe desempeñar el papel principal en los asuntos humanos. Yo me temo que ocurre justo lo contrario, y que siempre será así, incluso —y quizá especialmente— en el supuestamente calculador mundo de la política. Pero si la razón no puede gobernar la política, ¿qué esperanza queda en cualquier otro ámbito? Craso mandó llamar a Cicerón para recabar su amistad. Cicerón acudió decidido a conservar su buena predisposición. No obstante, ninguno de los dos pudo ocultar su desprecio hacia el otro, y la reunión acabó siendo un desastre.
Vayamos al grano, ¿de acuerdo? —propuso Craso tras haber invitado a Cicerón a sentarse. Se quitó la capa y la entregó a su hijo; luego, se acomodó en el diván—. Hay dos cosas que me gustaría pedirte, Cicerón. Una es tu apoyo para mi candidatura al consulado. Tengo cuarenta y cuatro años, de modo que soy lo bastante mayor y creo que este año ha llegado mi ocasión. La otra es tu apoyo a mi petición de triunfo. Para ambas estoy dispuesto a pagar la cantidad que tengas por costumbre cobrar. Como sabes, en circunstancias normales insistiría en un contrato de exclusiva; pero, dado los compromisos que has adquirido, supongo que deberé conformarme con la mitad de ti. —Hizo una pequeña reverencia con la cabeza—. Medio Cicerón vale el doble que la mayoría de los hombres enteros.
—Eso resulta halagador, imperator. Te lo agradezco —contestó mi señor, guardándose ante lo que pudiera pasar—. Mi esclavo no está en venta, pero yo sí, ¿no es eso? Quizá debería pensarlo.
—¿Y qué tienes que pensar? Todo ciudadano cuenta con dos votos para el consulado. Dame uno a mí y el otro a quien te plazca. Simplemente asegúrate de que tus amigos siguen tu ejemplo. Diles que Craso nunca olvida a aquellos que lo favorecen, y de paso, tampoco a los que lo perjudican.
—Me temo que voy a tener que pensarlo igualmente. Una sombra cruzó el amistoso rostro de Craso como una carpa bajo el agua clara.
—¿Y en cuanto a mi triunfo?
—Creo firmemente que te has ganado ese honor. Sin embargo, como bien sabes, para aspirar a él es necesario que la acción militar en cuestión se haya extendido más allá de los dominios del Estado. El Senado ha consultado los precedentes. Según parece, no basta con recuperar territorios perdidos. Por ejemplo, cuando Fulvio recuperó Capua, tras su derrota ante Aníbal, no le fue concedido un triunfo. —Cicerón dio todas aquellas explicaciones con lo que parecía sincera tristeza.
—¡Pero todo esto no son más que tecnicismos! Si Pompeyo puede ser cónsul aun sin cumplir ninguno de los requisitos necesarios, ¿por qué no puedo yo tener mi triunfo? Me consta que no estás familiarizado con las dificultades del mando militar, ni siquiera con el servicio de las armas —Añadió sibilinamente—, pero hasta tú deberías admitir que he cumplido con lo que se pide: haber matado a cinco mil enemigos en combate, haber luchado bajo los auspicios, haber sido aclamado como imperator por las legiones, haber llevado la paz a las provincias y retirado mis tropas… Si alguien de tu influencia presentara esa moción en el Senado, mi disposición hacia él sería en extremo generosa.
Se produjo una larga pausa durante la cual me pregunté de qué modo resolvería Cicerón semejante dilema.
—¡Ahí tienes tu triunfo, imperator! —dijo de pronto señalando en dirección a la vía Apia—.
¡Ese es el monumento a la clase de persona que eres! Mientras los romanos tengan lengua en la que hablar, recordarán a Craso como la persona que sacrificó a seis mil esclavos a lo largo de trescientas cincuenta millas, con ciento diecisiete pasos entre cruz y cruz. Ninguno de nuestros grandes generales habría sido capaz de hacer algo parecido. Escipión el Africano, Pompeyo, Lúculo… —Los descartó a todos con un gesto de desprecio—. ¡Ni siquiera se les habría ocurrido!
Cicerón se recostó y sonrió. Craso le devolvió la sonrisa. Los segundos pasaron. Yo empecé a sudar. La situación no tardó en convertirse en una lucha por ver quién sería el primero al que se le borrara la sonrisa. Por fin, Craso se levantó y le tendió la mano.
—Muchas gracias por haber venido, mi joven amigo —dijo.
Cuando el Senado se reunió unos días después para determinar los honores, Cicerón votó junto con la mayoría para denegar el triunfo de Craso. El vencedor de Espartaco tuvo que conformarse con una ovación, en conjunto un premio de segunda categoría. En lugar de entrar en la ciudad en un carro tirado por cuatro caballos tendría que hacerlo caminando; la habitual fanfarria de trompetas sería sustituida por el canto de las flautas, y en vez de la obligatoria corona de laureles solo se le permitiría lucir una de mirra.
—Si ese hombre tiene la más mínima noción de lo que es el honor —comentó Cicerón—, rechazará la ovación.
No hará falta que diga que Craso no tardó en enviar su respuesta aceptándola.
Cuando el debate pasó a tratar de los honores de Pompeyo, Afranio recurrió a una hábil artimaña. Apeló a su rango pretoriano para levantarse al principio del debate y declarar que Pompeyo aceptaría con humilde gratitud lo que la asamblea quisiera gustosamente concederle. Al día siguiente llegaría a las afueras de la ciudad, acompañado por diez mil de sus hombres, y confiaba en dar las gracias personalmente a tantos senadores como pudiera. ¡Diez mil hombres! Después de aquello, hasta los aristócratas evitaron desairar abiertamente al conquistador de Hispania, y los cónsules recibieron la orden, votada por unanimidad, de atender sin demora la invitación de Pompeyo y ofrecerle un triunfo completo.
A la mañana siguiente, Cicerón se vistió con más cuidado aún que el habitual y consultó con Lucio y Quinto qué línea debía seguir en sus conversaciones con Pompeyo. Al final se decidió por una aproximación audaz. Iba a cumplir los treinta y seis, y eso lo convertía en posible candidato al edificio de Roma; cuatro ediles eran elegidos anualmente. Las funciones del cargo —el mantenimiento de los edificios y el orden públicos, la celebración de los distintos festivales, la concesión de las licencias de comercio, la distribución del grano y demás— suponían un método eficaz para consolidar los apoyos políticos. Eso sería lo que pediría: que Pompeyo lo respaldara para el cargo de edil.
—Creo que me lo he ganado —comentó.
Una vez zanjada la cuestión, nos unimos a la multitud de ciudadanos que se dirigían hacia el Campo de Marte, donde se rumoreaba que Pompeyo detendría a sus legiones. (Ostentar i Imperium militar dentro de los sagrados límites de la ciudad de Roma iba en contra de la ley, al menos en esa época. Por lo tanto, Craso y Pompeyo estaban obligados a tramar todos sus planes más allá de las murallas si querían conservar el mando de sus fuerzas.) La curiosidad por ver qué aspecto tendría el gran hombre era considerable, ya que el Alejandro de Roma, tal como lo llamaban sus seguidores, llevaba casi siete años luchando en el extranjero. Algunos se preguntaban cuánto habría cambiado; otros, entre los que me contaba, nunca lo habían visto. Cicerón va se había enterado por boca de Palícano de que Pompeyo planeaba instalar su cuartel general en Villa Pública, la casa de invitados del gobierno situada junto al lugar donde se votaba, de modo que hacia allí nos dirigimos Cicerón, Quinto, Lucio y yo.
El lugar estaba rodeado de un doble cordón de soldados, y cuando conseguimos llegar hasta los muros después de abrirnos paso entre la multitud, nos enteramos de que nadie tenía permitida la entrada a menos que dispusiera de la correspondiente autorización. Cicerón se sintió ofendido por el hecho de que ninguno de los soldados de guardia hubiera oído hablar de él, tuvimos suerte de que en ese instante Palícano pasó cerca de la puerta y pudo ir a buscar a su yerno, el comandante Gabinio, para que hablara en nuestro favor. Una vez dentro comprendimos que allí se encontraba ya más de la mitad de la Roma oficial, paseando entre las columnas y bullendo de curiosidad por hallarse tan cerca del poder.
Pompeyo el Grande ha llegado en plena noche —nos contó Palícano, que añadió pomposamente—; los cónsules están ahora con él. —Prometió volver con más información tan pronto como dispusiera de ella y acto seguido se abrió paso con aires de importancia entre los soldados y desapareció en el interior de la casa.
Durante las horas que transcurrieron sin que tuviéramos noticias suyas tomamos buena nota del ir y venir de los mensajeros, vimos con apetito como llevaban comida, fuimos testigos de la partida de los cónsules y de la llegada de Cátulo e Isáurico, los dos estadistas de mayor edad. Algunos de los senadores que aguardaban, sabedores de que Cicerón era un decidido partidario de Pompeyo y creyendo que formaba parte de su círculo de consejeros íntimos, no dejaron de acercarse para preguntarle qué estaba pasando.
—Todo a su debido tiempo, todo a su debido tiempo —contestó una y otra vez.
Al final, imagino que debió de cansarse de la situación, ya que me envió a buscarle un taburete y, cuando volví con él, lo apoyó junto a una columna, se sentó y cerró los ojos. Hortensio llegó hacia media tarde, se abrió paso entre los curiosos, a los que los soldados seguían manteniendo a raya, y fue admitido sin demora en la villa. Cuando un poco más tarde fue seguido por los tres hermanos Metelo, resultó imposible hasta para Cicerón fingir que aquello no era una humillación. Envió a Quinto a las puertas del Senado para ver si se enteraba de algún rumor. Mientras, Cicerón paseaba por entre las columnas y me ordenaba por enésima vez que intentara localizar a Palícano, Afranio o Gabinio, a cualquiera que pudiera franquearle la entrada a aquella reunión.
Recorrí la abarrotada entrada y, en medio de los empellones, me puse de puntillas e intenté atisbar por encima de las cabezas. Un mensajero salió y dejó la puerta entreabierta un segundo, de modo que pude ver brevemente las figuras vestidas de blanco, riendo y charlando, de pie alrededor de una gran mesa de mármol cubierta de documentos. Pero entonces me distrajo un tumulto en la calle. Entre gritos de Salve imperator y aplausos, la puerta se abrió de par en par y, flanqueado por una escolta de guardias, entró Craso. Se quitó el empenachado casco, lo entregó a uno de sus lictores, se enjugó la frente y miró alrededor. Sus ojos se posaron en Cicerón y le hizo un leve gesto de asentimiento acompañado por una de sus francas sonrisas. Debo decir que ese fue uno de los escasos momentos en que vi a mi señor quedarse sin palabras. Acto seguido, Craso se envolvió en su capa escarlata —no sin cierta magnificencia, debo admitir— y entró en Villa Pública mientras Cicerón se dejaba caer pesadamente en su taburete.
He sido testigo con frecuencia de un curioso aspecto del poder: el hecho de que 'cuando uno se halla físicamente cerca de su fuente suele ser cuando menos informado está sobre lo que realmente sucede. Por ejemplo, he visto a senadores salir de la cámara y despachar a sus esclavos al mercado de verduras para que se enteraran de qué estaba pasando en la ciudad que se suponía que ellos debían gobernar; y he sabido también de generales, rodeados de embajadores y legados, interrogar a un pastor que se hallaba cerca para conocer las últimas noticias del campo de batalla.
Eso mismo le pasó aquella tarde a Cicerón. Estuvo sentado a menos de veinte metros de la sala donde unos cuantos estaban repartiéndose Roma como si fuera un pollo asado y al final se enteró de lo que habían decidido gracias a Quinto, que lo había sabido por boca de un magistrado del foro, que a su vez se lo había oído decir a uno de los secretarios del Senado.
—La cosa pinta mal —dijo Quinto, aunque cualquiera se hubiera dado cuenta de ello a juzgar por su expresión—. Pompeyo será confirmado cónsul; y los poderes de los tribunos, restaurados. Todo eso sin la oposición de la aristocracia. Pero, a cambio, ¡cuidado!, Hortensio y Quinto Metelo serán cónsules al año siguiente con el pleno apoyo de Pompeyo, mientras que Lucio Metelo sustituirá a Verres como gobernador de Sicilia. Por último, Craso, ¡sí, Craso!, gobernará conjuntamente con Pompeyo con rango de cónsul, y los ejércitos de ambos serán disueltos el día en que tomen posesión de sus cargos.
—¡Yo tendría que haber estado ahí! —exclamó un abatido Cicerón—. ¡Yo tendría que haber estado ahí!
—Marco —le dijo su hermano con aire de tristeza al tiempo que le ponía la mano en el brazo—, nadie te habría admitido.
Cicerón parecía anonadado ante las proporciones de su fracaso: él, excluido; sus enemigos, recompensados; Craso, elevado al rango de cónsul. Sin embargo, se rehízo, liberó su brazo y se encaminó furioso hacia las puertas. Su carrera hubiera podido acabar allí, en la punta de la espada de cualquiera de los centinelas de Pompeyo, porque me pareció que Cicerón, en su desesperación, estaba decidido a abrirse paso por la fuerza hasta la mesa de los negociadores y exigir su parte. Sin embargo, era demasiado tarde. Los grandes hombres, una vez satisfechas sus ambiciones, estaban saliendo ya, precedidos de sus auxiliares y rodeados por los soldados que se cuadraban a su paso. Craso fue el primero en salir, y después, de entre las sombras, lo hizo Pompeyo, reconocible no solamente por el aura de poder que lo rodeaba —el aire parecía crujir a medida que avanzaba—, sino también por el perfil de sus facciones. Tenía un rostro amplio, de altos pómulos, y una gran masa de cabello ondulado y negro cuyo tupé se alzaba igual que la proa de un barco. Era un rostro lleno de fuerza y mando, como el cuerpo: anchos hombros y potente pecho; el torso de un luchador. Comprendí entonces por qué cuando era joven, y famoso por su crueldad, lo habían apodado el Muchacho Carnicero.
Y así salieron, el Viejo Calvo y el Muchacho Carnicero, ostensiblemente sin mirarse ni hablarse, y se dirigieron hacia la puerta, que se abrió de par en par cuando se acercaron. Al ver lo que ocurría, unos cuantos senadores salieron de estampida tras ellos, y nos vimos arrastrados por la corriente fuera de la villa, hacia lo que parecía un sólido muro de ruido y calor. Esa tarde debía de haber unas veinte mil personas reunidas en el Campo de Marte, y todas vociferaban su aprobación. Los soldados habían despejado una estrecha avenida y se mantenían unidos, con los brazos entrelazados, en el intento de contener a la multitud. Había justo el espacio suficiente para que Craso y Pompeyo caminaran codo con codo, aunque cuál era su expresión y si habían empezado a hablar era algo que no podía saber, pues nos encontrábamos bastante por detrás de ellos. Se acercaron lentamente al tribunal, donde se situaban los funcionarios en el momento de las elecciones. Pompeyo subió primero, en medio de una renovada salva de aplausos que recibió con radiante satisfacción, volviéndose de cara a la gente igual que un gato calentándose al sol. Luego, tendió la mano a Craso y lo ayudó a subir. Ante semejante demostración de unidad por parte de dos conocidos rivales, el gentío rugió de nuevo, un rugido que aumentó cuando Pompeyo cogió la mano de Craso y la alzó por encima de su cabeza.
—¡Qué espectáculo tan repugnante! —exclamó Cicerón, que tuvo que gritarme en la oreja para que le oyera—. ¡Un consulado exigido y entregado a punta de espada! Recuerda mis palabras, Tiro, ¡estamos asistiendo al final de la República!
Sin embargo, no pude evitar pensar que si mi señor hubiera estado presente en aquella conferencia y colaborado en el diseño de aquella operación, en esos momentos estaría alabándola como una pieza maestra de la razón de Estado.
Pompeyo hizo un gesto de la mano para acallar a la multitud y empezó a hablar como si estuviera pasando revista a sus tropas.
¡Gente de Roma! Los líderes del Senado me han trasladado generosamente su oferta de triunfo, que me satisface poder aceptar. También me han comunicado que podré presentar candidatura al consulado, lo que también me satisface aceptar, sin embargo, lo que más me satisface es que ¡mi viejo amigo Marco Licinio Craso va a ser mi colega!
Concluyó anunciando que al año siguiente celebraría un gran festival de juegos dedicado a Hércules en honor de las victorias alcanzadas en Hispania.
Bien, sin duda aquellas fueron unas palabras acertadas, pero las dijo demasiado deprisa, se olvidó de hacer las pausas necesarias tras cada frase, lo cual significó que los pocos que lograron oír lo que había dicho no tuvieron la oportunidad de repetirlo a los que tenían detrás y no se habían enterado. Dudo que en aquella vasta asamblea hubiera más de unos pocos cientos de personas que supieran qué había dicho Pompeyo; no obstante, siguieron aplaudiendo, y lo hicieron aún más cuando Craso, rápida y astutamente, le robó el protagonismo.
—¡Por mi parte! —gritó con la entrenada voz de un orador experimentado—, el mismo día de los juegos de Pompeyo… dedicaré una décima parte de mi fortuna…, de toda mi fortuna…, a proporcionar comida gratis al pueblo de Roma! ¡Comida gratis para todos y cada uno de vosotros durante tres meses… y un gran banquete en las calles! ¡Un banquete en honor a Hércules!
La multitud cayó rendida ante Craso.
—¡Menudo canalla! —comentó Cicerón con admiración—. ¡Una décima parte de su fortuna significa un soborno de veinte millones! Pero le va a salir barato. ¡Fíjate cómo ha convertido una posición de debilidad en una de fuerza! Apuesto a que no te lo esperabas. —Se volvió hacia Palícano, que se nos acercaba desde el tribunal, y le dijo—: Craso ha conseguido ponerse a la altura de Pompeyo. No tendríais que haberle dejado subir a esa plataforma.
—Tienes que venir a saludar al imperator —le instó Palícano—. Quiere darte las gracias personalmente.
Vi que mi señor vacilaba, pero Palícano insistió, tirándole de la manga, y supongo que Cicerón decidió que quizá valiera la pena sacar algo bueno de un día malgastado.
—¿Va a pronunciar un discurso? —preguntó mientras seguíamos a Palícano al tribunal.
—La verdad es que no pronuncia discursos —contestó Palícano por encima del hombro—.Todavía no.
—Eso es un error. Todos esperarán que diga algo. —Bueno, pues se quedarán con las ganas.
—¡Menudo desperdicio! —masculló Cicerón con disgusto—. ¡Qué no daría yo por disponer de un público así! ¡Cuántas veces se ha visto a tantos votantes reunidos en un mismo lugar!
Sin embargo, Pompeyo tenía muy poca experiencia en cuanto a oratoria pública. Además, estaba acostumbrado a mandar a los hombres, no a halagarlos. Tras un último saludo a la multitud, bajó de la plataforma. Craso hizo lo mismo, y los aplausos se extinguieron lentamente. La gente se quedó allí, sin saber qué hacer, y se produjo un palpable anticlímax.
—¡Menudo desperdicio! —repitió Cicerón—. ¡Yo sí que les habría ofrecido un buen espectáculo!
Tras el tribunal había una pequeña zona cerrada donde era costumbre que los magistrados esperaran antes de subir a oficiar en los días de elecciones. Palícano nos llevó hasta allí, después de hacernos pasar entre los guardias, y Pompeyo apareció unos momentos después. Un joven esclavo negro le entregó cuna toalla, y él se secó el sudor del rostro y de la nuca. Una docena de senadores aguardaban para felicitarlo; Palícano empujó. Cicerón hasta situarlo entre ellos y luego se retiró a observar junto con Quinto, Lucio y yo mismo. Pompeyo avanzaba ante la hilera de personajes, les estrechaba la mano, uno tras otro, mientras Afranio, a su espalda, le explicaba quién era quién.
—Encantado de conocerte… Encantado de conocerte —repetía Pompeyo.
Cuando se acercó, tuve mejor ocasión para examinarlo. Tenía un rostro noble, de eso no cabía duda; pero en sus carnosas facciones se apreciaba también una desagradable vanidad, y sus pomposas y distantes maneras no hacían más que enfatizar el evidente aburrimiento que le producía tener que saludar a todos aquellos tediosos civiles. Enseguida llegó hasta Cicerón.
—Este es Marco Tulio Cicerón —dijo Afranio.
—Encantado de conocerte —saludó Pompeyo.
Estaba a punto de pasar al siguiente cuando Afranio lo retuvo por el codo y le susurró: —Cicerón es uno de los mejores abogados de Roma y nos ha sido de gran utilidad en el Senado.
—¿Ah, sí? Bueno, entonces… sigue trabajando igual de bien.
—Lo haré —contestó rápidamente Cicerón—, ya que el año que viene tengo la esperanza de convertirme en edil.
—¿Edil? —Pompeyo se burló abiertamente de semejante ocurrencia—. No, no, no lo creo. Tengo otros planes en ese sentido. De todas maneras, no te preocupes: estoy seguro de que podremos encontrar una utilidad para un brillante abogado.
Dicho lo cual, siguió adelante —«Encantado de conocerte… Encantado de conocerte»—, dejando plantado a un estupefacto Cicerón.