XVII
La conferencia estaba prevista para el anochecer, lo cual significaba que no había tiempo que perder. Mientras el sol se ocultaba tras el perfil de la Esquilina, y yo subía hacia el Palatino por segunda vez en aquel día, me invadió la inquietante premonición de que me encaminaba hacia una trampa. ¿Cómo podía estar yo seguro —o estarlo Cicerón, para el caso— de que Celio no había cambiado su fidelidad en favor de Craso? ¿Acaso no resultaba absurdo aplicar el concepto de lealtad a la momentánea inclinación o preferencia de la que podía encapricharse aquel joven? Sin embargo, no había forma de remediarlo. Celio me guiaba ya por un estrecho callejón hacia la parte de atrás de la mansión de Craso. Apartó una gruesa cortina de tupida hiedra y reveló una pequeña puerta con remaches de hierro que yo habría jurado que el tiempo y la herrumbre habían bloqueado para siempre. Sin embargo, un seco empujón de Celio hizo que se abriera silenciosamente y entramos en un almacén vacío.
Al igual que en la casa de Catilina, el edificio era muy antiguo y con el paso de los siglos había recibido distintos añadidos, de modo que no tardé en desorientarme mientras recorríamos los laberínticos pasillos. Craso era famoso por la habilidad de sus esclavos, y con tantísimo personal a su servicio parecía imposible que lográramos llegar a nuestro destino sin ser descubiertos. Pero si Celio había desarrollado algún talento durante sus años de estudio de derecho en Roma, ese era sin duda el entrar y salir subrepticiamente de cualquier sitio. Tomamos un atajo por un patio interior, nos escondimos en una antecámara mientras pasaba una sirvienta y nos metimos en una espaciosa habitación decorada con elegantes tapices de Babilonia y Corinto. Debía de haber una veintena de lujosas butacas dispuestas en semicírculo en el centro, y numerosos candelabros de pie iluminaban el espacio. Celio cogió rápidamente una de las lámparas, cruzó la sala y levantó un grueso tapiz que representaba a Diana derribando un ciervo con una flecha. Tras ella había una especie de nicho, el espacio que podría haber ocupado una estatua, lo bastante alto y profundo para dar cabida a una persona y con un pequeño saliente en lo alto para dejar un candil. Me metí enseguida porque oí que se acercaban voces. Celio se llevó un dedo a los labios, me hizo un guiño y dejó caer cuidadosamente el tapiz. Sus pasos se alejaron rápidamente, y me quedé solo.
No veía nada, pero no tardé en acostumbrarme al débil resplandor de la lámpara de aceite que había junto a mi hombro. Apliqué el ojo al tapiz y me di cuenta de que la urdimbre estaba llena de diminutos agujeros que habían sido practicados en el tejido y que me permitían tener una vista completa de la estancia. Oí más pasos, de repente mi visión quedó oscurecida por la parte posterior de una calva y sonrosada cabeza, y la voz de Craso sonó con fuerza en mis oídos —tanto que a punto estuve de caerme del susto— mientras, con su habitual campechanía, solicitaba a sus visitantes que lo siguieran. Se apartó, y las siluetas de otros individuos pasaron ante mis ojos para ocupar sus asientos: el desgarbado Catilina; Híbrida, con su rostro de borracho; César, alto y elegante; el impecable Léntulo Sura; Mucio, el héroe de la tarde, y unos cuantos agentes de sobornos. A todos ellos los reconocí, y también a unos cuantos senadores que aspiraban a un tribunado. Todos parecían de excelente humor y bromeaban entre ellos, hasta el punto que Craso tuvo que dar unas cuantas palmadas para llamar su atención.
—Caballeros —dijo de pie frente a ellos y dándome la espalda—, gracias por haber venido. Tenemos muchos asuntos que tratar y poco tiempo para hacerlo. El primero es Egipto. César, por favor…
Craso se sentó y el interpelado se puso en pie. Se pasó los dedos por los ralos y largos cabellos y se los recogió tras la oreja. Intentando no hacer el menor ruido, abrí mi libreta, saqué el punzón y, tan pronto como César empezó a hablar, yo empecé a anotar.
Si llegados a este punto me permiten una pequeña inmodestia, debo decir que mi sistema taquigráfico es el más maravilloso de los inventos. Reconozco que Xenofón tenía una versión más primitiva casi cuatrocientos años antes que yo, pero se trataba más de una ayuda que de estenografía propiamente dicha. Además, su sistema era apto únicamente para el griego, mientras que el mío resume toda la lengua latina, con su vocabulario y compleja gramática, en solo cuatro símbolos, y lo hace de tal modo que puede enseñarse a cualquier alumno. En teoría, hasta una mujer podría ser estenógrafa.
Como saben todos los que lo dominan, pocas cosas son más perjudiciales para la escritura taquigráfica que unos dedos temblorosos. La ansiedad convierte los dedos en apéndices tan ágiles como las salchichas de Lucania, y yo temía que mi nerviosismo de esa noche fuera un impedimento para una escritura veloz. Sin embargo, una vez me puse manos a la obra, la tarea me resultó curiosamente tranquilizadora. No tenía tiempo de detenerme a pensar en el significado de lo que anotaba. Escuchaba las palabras («Egipto», «colonizador», «terreno público», «comisionistas») sin comprender lo que significaban. Mi única ambición era mantener el ritmo, y mi principal impedimento, el calor. Aquel cubículo parecía un horno. El sudor me caía gota a gota sobre los ojos, y la transpiración de las manos hacía que el punzón me resbalara entre los dedos. Solo en una ocasión, cuando tuve que inclinarme y acercar el ojo al tapiz para identificar al que hablaba, me di cuenta de la enormidad del riesgo que asumía. Experimenté entonces una terrible sensación de vulnerabilidad, empeorada por el hecho de que los allí presentes parecían mirar directamente hacia donde yo me encontraba. Catilina, en especial, parecía fascinado por la escena del tapiz que me ocultaba. El peor momento de la noche llegó al final, cuando Craso dio por terminada la conferencia.
—Y cuando volvamos a reunirnos —declaró—, el destino de todos nosotros y el de Roma habrá cambiado para siempre.
Catilina se levantó y caminó directamente hacia mí. Mientras yo me encogía contra la pared, pasó la palma de la mano por el tapiz, a menos de un palmo de mi sudoroso rostro. El recuerdo de aquel bulto deslizándose de arriba abajo ante mis ojos todavía me despierta en plena noche y me hace gritar. Lo único que Catilina deseaba era felicitar a Craso por aquella obra de arte; tras unas palabras sobre dónde lo había comprado y cuánto le había costado (detalle inevitable tratándose de Craso), los dos hombres se alejaron.
Me quedé largo rato esperando. Cuando por fin me atreví a volver a mirar a través del tapiz, vi que la habitación se hallaba vacía. Solo las sillas desordenadas indicaban que allí se había celebrado una reunión. Tuve que hacer un esfuerzo supremo por no apartar el tapiz y correr hacia la puerta. El trato con Celio era que lo esperaría, de modo que me obligué a sentarme, encogido en tan escaso espacio, con la espalda contra la pared y las rodillas rodeadas por los brazos. No tenía ni idea de cuánto rato había pasado allí ni de lo que había durado la conferencia, salvo que había sido el tiempo suficiente para que llenara las cuatro libretas que llevaba conmigo. Es posible que me quedara dormido porque, cuando Celio se presentó, las velas, incluido mi candil, se habían consumido casi del todo. Cuando apartó la cortina me sobresalté. Sin decir palabra, me tendió una mano para ayudarme a levantarme y juntos salimos de la estancia y nos escabullimos hasta el almacén. De nuevo en el callejón, me di la vuelta para darle las gracias.
—No hace falta —me dijo en un susurro. En la oscuridad pude ver el destello de emoción de sus ojos cuando añadió—: Lo he disfrutado.
Supe que no se trataba de una mera bravata; aquel inconsciente estaba diciéndome la verdad.
Era bien pasada la medianoche cuando llegué por fin a casa. Todos dormían, salvo Cicerón, que me esperaba en el salón. Por la cantidad de libros que había alrededor del diván comprendí que llevaba horas esperándome. Nada más aparecer yo se levantó de un salto.
—¿Y bien? —preguntó.
Cuando asentí para darle a entender que había cumplido con éxito mi misión, me pellizcó la mejilla y aseguró que era el secretario más valiente y listo que había tenido estadista alguno a lo largo de la historia. Saqué mis libretas del bolsillo y se las tendí. Él cogió una, la abrió y la sostuvo ante la luz.
—¡Ah, claro, lo has escrito con tus malditos jeroglíficos! —exclamó con un guiño de complicidad—. Ven y siéntate. Te traeré un poco de vino y me contarás toda la historia. ¿Quieres comer algo? —Miró a su alrededor con aire indeciso. Le costaba interpretar el papel de mayordomo. No tardé en hallarme sentado frente a él con una copa de vino, una manzana y mis notas, como un colegial al que hubieran llamado para que recitara la lección del día.
Ya no tengo aquellas tablillas de cera, pero Cicerón conservó entre sus más valiosos documentos la transcripción que hice. Mirándolo retrospectivamente, no me sorprende que no fuera capaz de seguir el debate original. Era evidente que los conspiradores se habían reunido muchas otras veces y que sus deliberaciones de esa noche denotaban que hacía tiempo que compartían abundante información. Hablaron sobre calendarios legislativos, enmiendas de propuestas y repartos de responsabilidades. Por lo tanto, no vayáis a imaginar que tras leer lo que había anotado todo quedó claro. Fue necesario que ambos dedicáramos varias horas a descifrar crípticos comentarios, a encajar unos con otros, hasta que conseguimos tener un texto coherente. De vez en cuando Cicerón hacía algún comentario del tipo «¡Astutos canallas! ¡Qué canallas tan listos!», se levantaba, daba vueltas por el salón y a continuación se sentaba y seguía trabajando.
Pero vayamos al grano. Descubrirnos que el plan que Craso y César habían estado tramando a lo largo de varios meses podía dividirse en cuatro fases. En la primera pretendían hacerse con el control del Estado arrollando en las elecciones, no solo logrando ambos consulados, sino también los diez tribunados y unas cuantas pretorías. Los agentes de sobornos habían informado de que ese capítulo era prácticamente cosa hecha y que las posibilidades de Cicerón disminuían de día en día. La segunda reclamaba que los tribunos introdujeran una amplia reforma agraria en diciembre, reforma que exigiría el reparto de las grandes fincas de titularidad pública, en particular de las fértiles llanuras de Campania, y su inmediata distribución en forma de granjas entre cinco mil miembros de la plebe urbana. La tercera fase implicaba la elección en el mes de marzo de diez comisionados encabezados por César y Craso, a los que se otorgarían amplísimos poderes para que vendieran las tierras conquistadas en ultramar y para que utilizaran los fondos así conseguidos para comprar vastas propiedades en la península itálica y destinarlas a programas de reasentamiento aún más amplios. La cuarta y última etapa exigía ni más ni menos que la anexión de Egipto para el verano siguiente utilizando como pretexto el disputado testamento de uno de sus difuntos reyes, Ptolomeo no sé qué, escrito diecisiete años antes, en el que supuestamente donaba todo su país al Imperio romano. Una vez más, los ingresos de dicha operación debían entregarse a los comisionados para que siguieran comprando propiedades en Italia.
—¡Por todos los dioses! ¡Es un golpe de Estado disfrazado de reforma agraria! —exclamó Cicerón cuando por fin concluyó la lectura de mis notas—. Esta comisión de diez miembros, encabezada por Craso y César, se adueñará del país. Los cónsules y demás magistrados se convertirán en simples figuras decorativas. Además, su dominio en la península se mantendrá a perpetuidad por los procedimientos de extorsión aplicados en el extranjero.
Se sentó y permaneció en silencio durante varios minutos, con los brazos cruzados sobre el pecho y la barbilla hundida.
Yo me encontraba agotado por la experiencia vivida y solo deseaba dormir. No obstante, la temprana claridad del verano que entraba en la estancia me indicó que habíamos estado trabajando toda la noche y que estábamos ya en la víspera de las elecciones. Me llegaron los ruidos de actividad del exterior, y poco después oí unos pasos que bajaban por la escalera. Era Terencia, en camisón, con el cabello revuelto, la cara embotada por el sueño y envuelta en un ligero chal. Me puse en pie respetuosamente y aparté la mirada, incómodo.
—¡Cicerón! —exclamó, ni siquiera se fijó en mí—. ¿Qué diantre estás haciendo aquí abajo a estas horas?
Él la miró y, fatigado, le contó lo sucedido. Terencia tenía una mente muy despierta para todo lo relacionado con la política o las finanzas —de no haber nacido mujer, quién sabe lo que habría hecho en la vida—, y el caso es que, tan pronto como lo hubo comprendido, quedó horrorizada. Era aristócrata hasta la médula, y la idea de privatizar el terreno que era propiedad del Estado para repartirlo entre la plebe sería, en su opinión, el primer paso para la destrucción de Roma.
—Debes encabezar la lucha contra ellos —apremió a Cicerón—. Eso podría hacerte ganar las elecciones. Todos los hombres decentes se pondrán de tu lado.
—¿Lo harán? —Cicerón cogió una de mis tablillas—. Una oposición firme podría acarrearme consecuencias muy negativas. Buena parte del Senado, la facción patriótica y la simplemente ambiciosa, está a favor de la anexión de Egipto. Y en la calle, el grito «¡Tierras para todos!» dará a Catilina y a Híbrida más votos de los que les quite. No, me temo que estoy atrapado. —Se quedó mirando la transcripción de la reunión y meneó lentamente la cabeza, como un artista que se negara a contemplar la obra de un rival de gran talento—. Realmente se trata de un plan magnífico, el golpe de un genio de la política. Solo César podría haberlo imaginado. En cuanto a Craso, a cambio de un pago adelantado de solo veinte millones, puede esperar hacerse con el control de la mayor parte de Italia y de la totalidad de Egipto. No me diréis que no es un estupendo rendimiento teniendo en cuenta la inversión…
—Pero… tienes que hacer algo —insistió Terencia— ¡No puedes permitir que eso suceda!
—¿Y qué quieres que haga exactamente?
—¿Y tú eres el hombre más inteligente de Roma? —dijo con exasperación—. ¿Acaso no resulta obvio? Preséntate en el Senado esta misma mañana y expón lo que están tramando. ¡Denúncialos!
—¡Una táctica brillante, Terencia! —contestó Cicerón sarcásticamente (mi situación allí en medio cada vez me parecía menos agradable)—. Revelo la existencia de una medida muy popular y al mismo tiempo la denuncio, ¿no? Me temo que no me has escuchado. Los que van a salir más beneficiados de este complot son precisamente mis seguidores.
—¡Entonces la culpa únicamente es tuya por depender de semejante chusma! Ese es el problema de tu demagogia, Cicerón. Crees que puedes controlar al populacho, pero el populacho siempre acaba devorándote. ¿De verdad creías que podrías derrotar a tipos como Craso y Catilina cuando llegara el momento de subastar los principios en público? —Cicerón soltó un gruñido de irritación, pero me fijé en que no discutía con su mujer—. Dime una cosa —prosiguió ella—, si este «plan magnífico», como tú lo llamas, o mejor esta «empresa criminal», como la llamaría yo, es realmente tan popular como dices, ¿a qué viene tanto secreto y nocturnidad? ¿Por qué no lo presentan públicamente?
—Querida Terencia, porque los aristócratas piensan como tú. Nunca lo respaldarían. Las grandes fincas públicas serán las primeras que se parcelarán y repartirán. A continuación, vendrán sus vastas propiedades y dominios privados. Cada vez que César y Craso entreguen una parcela a alguien, se habrán ganado un nuevo cliente. Y en cuanto los patricios empiecen a perder el control de las tierras, estarán acabados. Además, ¿cómo crees que Hortensio y Cátulo reaccionarán cuando una comisión integrada por diez individuos elegidos por el pueblo empiece a darles órdenes? ¡El pueblo! Para ellos será igual que la revolución, ¡el regreso de Tiberio y Graco! —Cicerón arrojó la tablilla sobre la mesa—. No. Prefieren tramar en secreto, matar y sobornar para preservar el statu quo, como han hecho siempre.
—¡Y tendrán razón! —gritó Terencia abalanzándose sobre él con los puños en alto. Por un momento creí que iba a golpearlo—. ¡Tuvieron razón cuando retiraron el poder a los tribunos y también cuando intentaron detener a ese advenedizo de provincias que es Pompeyo! Y si tú tuvieras un mínimo de sensatez te presentarías ahora mismo ante ellos y les dirías: «Caballeros, esto es lo que Craso y César se proponen hacer. ¡Apoyadme e intentaré que no ocurra!».
Cicerón soltó un suspiro de exasperación y se dejó caer en el diván. Permaneció en silencio durante un rato, y de pronto miró a su mujer.
—Por todos los dioses, Terencia…, ¡qué arpía más astuta eres! —Se levantó y le plantó un beso en cada mejilla—. ¡Mi brillante y astuta arpía! Tienes razón. Mejor dicho, tienes la mitad de la razón, porque en realidad no hace falta que yo haga nada. No tengo más que pasar el asunto a Hortensio. Tiro, ¿cuánto tiempo tardarías en preparar una copia de esta transcripción? No hace falta que esté completa, basta con que tenga lo necesario para despertar el apetito de Hortensio.
—Unas pocas horas —respondí, asombrado por su repentino cambio de humor.
—¡Pues rápido! —me apremió, presa de una excitación como yo no había visto nunca—. ¡Ve a buscar recado de escribir!
Hice lo que me ordenaba. Mojó la punta de la pluma en la tinta, reflexionó unos instantes y se puso a escribir lo siguiente mientras Terencia y yo lo mirábamos por encima del hombro:
De: Marco Tulio Cicerón
Para: Quinto Hortensio Hortalo
¡Saludos!
Creo que es mi patriótico deber compartir contigo en secreto este documento que recoge lo hablado durante la reunión habida anoche en la mansión de Craso, en la que participaron César, Catilina, Híbrida, Sura y varios candidatos al tribunado cuyos nombres te resultarán familiares. Es mi intención nombrar a algunos de estos personajes en un discurso que pienso pronunciar hoy en el Senado. Si te interesara discutir de este asunto con más amplitud, me encontrarás un poco más tarde en casa de nuestro común y estimado amigo Ático.
—Con esto debería bastar —dijo, y a continuación sopló en la tinta para que se secara—. Ahora, Tiro, prepara una copia de tus notas tan completa como puedas, asegurándote de incluir los pasajes que harán que se les hiele en las venas su sangre azul, y a continuación entrégala, junto con mi nota, a Hortensio en persona al menos una hora antes de que se reúna el Senado. Y digo en persona, no a ningún sirviente. Envía también a uno de los esclavos a casa de Ático con un mensaje pidiéndole que me llame antes de salir.
—¿Le digo a Laureo o a Sosisteo que empiece a llamar a tus clientes de hoy? —le pregunté antes de marcharme, porque oía las voces en la calle—. ¿Cuándo quieres que se abran las puertas?
—¡Esta mañana no recibiremos clientes! —gritó a modo de respuesta mientras subía por la escalera—. Pueden acompañarme al Senado si les apetece. Tú tienes trabajo que hacer, y yo un discurso que preparar.
Sus pasos sonaron en el piso de arriba, y yo me quedé solo con Terencia. Se llevó los dedos a las mejillas, donde Cicerón le había dado dos besos, y me miró, perpleja.
—¿Discurso? —dijo—¿A qué discurso se refiere?
Tuve que confesarle que no tenía ni idea, ni siquiera conocimiento previo de ese formidable ejercicio de invectivas que el mundo entero conoce con el nombre de In toga candida.
Me puse a escribir con toda la pulcritud y rapidez que la fatiga me permitió. Planteé el documento como si fuera una obra de teatro, con el nombre del narrador en primer lugar y, a continuación, sus observaciones. Eliminé gran parte de lo que me pareció material irrelevante, pero al final, acabé preguntándome quién era yo para juzgar. Así que decidí tener a mano mis notas por si necesitaba referirme a ellas durante el día. Una vez concluido el texto, lo sellé, lo metí en el estuche cilíndrico y salí. Cuando me abrí paso entre la multitud que bloqueaba la calle, los clientes se agarraban a mi túnica y me preguntaban cuándo aparecería el senador.
La casa que Hortensio tenía en el Palatino fue adquirida muchos años después por nuestro querido y amado emperador, lo cual puede dar una idea de lo magnífica que era. Yo nunca había estado allí, de modo que tuve que detenerme a preguntar la dirección varias veces. Se hallaba justo en la cima de la colina, en la vertiente suroeste que miraba hacia el Tíber. Tenía unas vistas tan magníficas de los verdes árboles y la suave y plateada curva del río, que uno habría creído encontrarse en el campo y no en la ciudad. Me parece que mencioné que Cátulo, cuñado de Hortensio, era el propietario de la mansión vecina. Toda la zona, donde reinaba la fragancia del jazmín y el mirto y cuyo silencio solo era interrumpido por el canto de los pájaros, desprendía una sensación de riquezas ancestrales y buen gusto. Hasta el mayordomo parecía un aristócrata. Le dije que portaba un mensaje del senador Cicerón para su señor, y a juzgar por la expresión de disgusto que apareció en su enjuto rostro al oír el nombre, cualquiera habría dicho que mis palabras habían sonado como una ventosidad. Hizo ademán de coger el estuche cilíndrico, pero me negué, de modo que me hizo esperar en el atrio, donde las máscaras de los antepasados consulares de Hortensio me contemplaron con sus ojos vacíos e inexpresivos. En una mesa de tres patas, situada en un rincón, había una esfinge exquisitamente tallada en una pieza de marfil. Comprendí entonces que debía de tratarse de la figura que Verres regaló al que fue su abogado durante tantos años y sobre la que Cicerón había bromeado. Me disponía a inclinarme para verla mejor, cuando Hortensio entró en la sala a mi espalda.
—Bien —dijo mientras yo me erguía—, nunca creí que vería a un representante de Marco Cicerón bajo el mismo techo de mis antepasados. ¿De qué va todo esto?
Iba vestido con el atuendo senatorial completo, salvo que en los pies llevaba zapatillas en vez de zapatos. Saltaba a la vista que se disponía a salir para asistir a los debates de la mañana. A mí también se me hizo extraño ver desprotegido al que había sido nuestro viejo enemigo, como si se hallara en la arena. Le entregué la carta de Cicerón. Él la abrió y la leyó ante mí.
Al leer los nombres que mencionaba, me lanzó una rápida mirada y yo comprendí que había mordido el anzuelo aunque intentara disimularlo.
—Di a tu amo que lo estudiaré cuando tenga tiempo —me dijo; cogió el documento de mis manos y se marchó lo mismo que había llegado, como si en sus cuidadas manos no llevara nada de interés. Sin embargo, estoy convencido de que en cuanto desapareció de mi vista corrió a su biblioteca para abrir el sello.
En cuanto a mí, regresé al fresco aire de la calle y bajé a la ciudad por otro camino, en parte porque tenía tiempo antes de que el Senado se reuniera y en parte porque la otra ruta pasaba demasiado cerca de la mansión de Craso. Salí a la calle etrusca donde se encuentran todas las tiendas de perfumes e incienso, y la mezcla de mi propio cansancio y los aromas reinantes hizo que me sintiera como drogado. Los asuntos del mundo me parecían extrañamente distantes. Recuerdo haber pensado que al día siguiente a aquella misma hora las votaciones del Campo de Marte ya estarían en curso y ya sabríamos si Cicerón llegaría a ser cónsul o no, y que tanto en un caso como en otro el sol seguiría luciendo, y la lluvia de otoño, cayendo. Me entretuve en el foro Boario y contemplé a la gente comprando flores, frutas y todo lo demás, y me pregunté cómo sería no tener intereses en política sino vivir simplemente, como dice el poeta, vita umbratilis, una vida a la sombra. Eso era lo que haría el día en que Cicerón me concediera mi libertad y mi granja. Comería la fruta de mis árboles y bebería la leche de mis ovejas; cerraría la puerta por las noches y nunca más volvería a pensar en elecciones. Fue lo más cerca que he estado nunca de la sabiduría.
Cuando al fin llegué al foro, doscientos senadores o más se habían reunido en el senaculum. Una multitud de curiosos, en su mayoría, a juzgar por sus rústicos atuendos, gente de fuera llegada a la ciudad para ejercer su derecho a voto, los observaban. Fígulo se hallaba sentado en su silla consular en la entrada del Senado, flanqueado por dos augures, a la espera de que se alcanzara el quórum. Entretanto, en el foro se levantaban pequeños tumultos cada vez que un candidato hacía su aparición con sus seguidores. Vi llegar a Catilina y a su curiosa corte, una mezcla de jóvenes aristócratas y chusma de la calle; y luego a Híbrida, cuya ruidosa panda de jugadores y borrachos, como Sabidio y Pentera, casi parecía un grupo respetable en comparación. Los senadores entraban ya en la cámara. Yo estaba empezando a preguntarme si a Cicerón no le habría ocurrido alguna desgracia cuando desde el Argiletum llegó el sonido de tambores y flautas. Dos columnas de jóvenes doblaron la esquina del foro agitando ramas por encima de sus cabezas; los niños corrían animadamente alrededor. Los seguía un considerable número de caballeros romanos encabezados por Ático, y, a continuación, Quinto con una docena de senadores de los bancos de atrás. Algunas doncellas lanzaban pétalos de rosa. Aquel espectáculo superaba con creces al de cualquiera de sus rivales, y la gente lo recibió con fuertes aplausos. En el centro de aquel torbellino de actividad, como si se hallara en el ojo del huracán, caminaba el candidato en persona, vestido con una inmaculada toga cándida, la misma que lo había acompañado en las tres victoriosas campañas anteriores. Para mí, contemplarlo desde la distancia era algo nuevo —normalmente iba siempre pegado a sus talones— y por primera vez me di cuenta de lo buen actor que era y de que en el atuendo había encontrado a su personaje. Todas las cualidades que se suponía que simbolizaba la blancura —claridad, honradez, pureza— se reflejaban en su recio porte y su firme mirada mientras caminaba y pasaba a mi lado sin verme. Por su forma de moverse y su aire ausente, supe que iba pensando en su discurso. Me uní a la cola de la procesión y cuando entró en la cámara oí los gritos de ánimo de sus seguidores y los correspondientes abucheos de sus rivales.
Nos obligaron a quedarnos atrás hasta que hubo entrado el último de los senadores. Solo entonces pudimos acercarnos a la entrada. Me aseguré mi habitual puesto junto a la puerta y enseguida noté que alguien se apretaba a mi lado. Era Ático, que estaba pálido por los nervios.
—¿Cómo es que tiene ánimos para algo así? —me preguntó.
Pero antes de que yo pudiera decir nada, Fígulo se levantó para anunciar el fracaso de su propuesta legislativa ante la asamblea popular.
Peroró durante un rato y por fin llamó a Mucio para que explicara por qué había vetado una medida que había sido aprobada previamente por la cámara. El ambiente se hizo repentinamente opresivo. Desde donde me hallaba podía ver a Catilina y a Híbrida entre las filas de los aristócratas, a Cátulo sentado una fila por delante, y a Craso unos lugares más lejos. César estaba en el mismo lado de la cámara, en el banco reservado para los ex ediles. Mucio se levantó y, en tono altisonante, explicó que la dignidad de su cargo le exigía actuar en beneficio de los intereses del pueblo, y que la Lex Figula, lejos de protegerlos, suponía una amenaza a su seguridad y un insulto a su honor.
—¡Tonterías! —gritó desde el otro lado del pasillo una voz que de inmediato reconocí como la de Cicerón—. ¡Te han comprado!
Ático me agarró del brazo.
—¡Allá va! —me susurró al oído.
—Mi conciencia… —replicó Mucio.
—Tu conciencia no tiene nada que ver en este asunto, ¡embustero! ¡Te vendiste igual que una ramera!
El murmullo de las cientos de personas allí presentes empezó a crecer y Cicerón se levantó de repente con el brazo extendido y pidió ser oído. Justo en ese momento, una voz a mis espaldas exigió que se abriera paso a un senador que llegaba tarde a la sesión. Era Hortensio. Bajó apresuradamente por el pasillo, hizo una breve reverencia a Fígulo y ocupó su asiento al lado de Cátulo, con quien inició de inmediato una conversación en voz baja. En esos momentos, los seguidores de Cicerón entre los pedarii gritaban a voz en cuello que se le permitiera hablar, para lo cual, teniendo en cuenta que ostentaba rango pretoriano superior al de Mucio, tenía pleno derecho. Muy a regañadientes, Mucio cedió a los tirones de sus compañeros para que se sentara, momento en que Cicerón, con el brazo cubierto por la blanca toga y extendido como una estatua que reclamara justicia, lo señaló y declaró: —Una ramera, eso es lo que eres, Mucio. Y, además, una ramera traidora. Ayer declaraste ante la asamblea popular que yo no era apto para ser cónsul. Yo, la primera persona a la que te dirigiste cuando te procesaron por robo. Lo bastante bueno para defenderte pero no lo suficiente para defender al pueblo de Roma, ¿no es eso, Mucio? De todas maneras, ¿por qué debería importarme lo que digas sobre mí cuando todo el mundo sabe que te han pagado para que me difames?
Mucio se puso muy colorado. Blandió el puño y profirió una retahíla de insultos a modo de respuesta que no pude entender por culpa del tumulto general. Cicerón lo miró con desprecio y alzó la mano reclamando silencio.
—Pero, al fin y al cabo, ¿quién es Mucio? —dijo casi escupiendo el nombre y descartándolo con un chasquido de los dedos—. Mucio no es más que una ramera solitaria entre todo un plantel de prostitutas a sueldo. Y el chulo de todas ellas no es otro que un personaje de alcurnia que ha hecho del soborno su instrumento favorito; y creedme, caballeros, lo toca con la misma habilidad que el músico una flauta. Ha sobornado a jurados, ha sobornado a votantes, ha sobornado a tribunos. ¡No es de extrañar que despreciara nuestra ley contra la corrupción ni que el método que utilizó para que no saliera aprobada fuera precisamente el soborno! —Hizo una pausa y bajó la voz—. Hay cierta información que me gustaría compartir con esta cámara. —El silencio se apoderó del Senado—. Anoche, Antonio Híbrida y Sergio Catilina se reunieron junto a otras personas en casa de ese hombre de alta cuna…
—¡Di quién es! —gritó alguien.
Por un momento creí que Cicerón lo diría, pero en vez de eso su mirada cruzó la sala y se posó en Craso con tan calculada intensidad que habría sido lo mismo si hubiera ido junto a él y le hubiera puesto la mano en el hombro.
Craso se irguió ligeramente en su asiento y se inclinó hacia delante sin apartar ni un instante los ojos de Cicerón. Sin duda se preguntaba qué estaba por llegar. La cámara en pleno contenía el aliento. Sin embargo, Cicerón perseguía una presa distinta y, con un esfuerzo casi palpable, apartó la mirada de Craso y prosiguió.
—Como digo, este hombre de alcurnia, tras haber conseguido mediante sobornos que la Lex Figula fracasara, tiene un nuevo plan en mente y ahora se dispone a alcanzar el consulado mediante sobornos, pero no para él, sino para dos de sus criaturas: Híbrida y Catilina.
Como era de esperar, los aludidos se pusieron en pie de un salto para protestar, tal como Cicerón había calculado que harían, pero su rango no era superior al de él, y por lo tanto mi señor tenía derecho a no cederles la palabra.
—Bien, aquí están —dijo volviéndose hacia los bancos que tenía a su espalda—. ¡Son lo mejor que el dinero puede comprar! —Dejó que las risas fueran en aumento y escogió el momento oportuno para añadir—: Como dicen los juristas, caveat emptor![5] ¡Allá vosotros con lo que compráis!
Nada resulta más dañino para la autoridad y dignidad de un político que ser objeto de mofa, y si eso ocurre es de vital importancia que este actúe como si no le diera importancia. Sin embargo, Híbrida y Catilina, animados por los gritos de sus partidarios, no supieron qué era mejor, si permanecer de pie en actitud desafiante o sentarse y fingir indiferencia. Al final hicieron ambas cosas, se levantaron y se sentaron varias veces, como dos niños en un balancín, lo cual solo sirvió para aumentar la hilaridad general. Estaba claro que Catilina estaba perdiendo la paciencia, porque si hay algo que un hombre arrogante no tolera es que le tomen el pelo. César, en el intento de acudir en su ayuda, se levantó y preguntó adónde pretendía llegar Cicerón, pero este se negó a concederle el derecho a intervenir. Y el cónsul, que estaba divirtiéndose tanto como los demás, no quiso llamar al orden a Cicerón.
—Empecemos primero con los menos importantes —prosiguió mi señor cuando sus dos presas se hubieron sentado definitivamente—. Tú, Híbrida, no tendrías que haber sido elegido pretor, y no lo habrías sido si yo no me hubiera apiadado de ti y te hubiera recomendado ante las centurias. Vives abiertamente con una cortesana, no sabes hablar en público y a duras penas eres capaz de recordar cómo te llamas sin la ayuda de un nomenclator. Fuiste ladrón con Sila; y después, borracho. En pocas palabras, eres una broma; pero una broma de la peor especie, una broma que ha durado demasiado.
El silencio en la cámara en aquel momento era total, porque aquellos eran insultos que granjeaban enemistades de por vida. Cuando Cicerón se volvió hacia Catilina, la ansiosa presa de Ático en mi brazo se hizo más fuerte.
—En cuanto a ti, Catilina, ¿acaso no es un prodigio propio de tiempos diabólicos que optaras a, o incluso pensaras en el consulado? ¿A quién se lo pides? ¿A los cabezas del Estado que hace dos años se negaron a permitirte siquiera que te presentaras candidato? ¿A la orden de los caballeros a la que masacraste? ¿A la gente que todavía recuerda tu monstruosa crueldad cuando asesinaste a su líder y pariente mío, Graditano, y exhibiste después por las calles y en el templo de Apolo su cabeza recién cortada? ¿A los senadores en virtud de cuya autoridad estuvieron a punto de desposeerte de todos tus honores y entregarte cargado de cadenas a los africanos?
—¡Me declararon inocente! —bramó Catilina poniéndose en pie.
—¿Inocente, tú? —se burló Cicerón—¿Tú, que te has degradado cometiendo todas las perversiones sexuales imaginables, que has teñido tus manos con los peores crímenes, que has robado a tus aliados y violado las leyes y los tribunales de justicia? ¿Inocente tú, que te casaste en adulterio con la madre de la hija a la que violaste? Si tú has sido declarado inocente, solo me cabe suponer que todos los caballeros de Roma mintieron, que las pruebas documentales de la más honorable de las ciudades eran falsas, que Quinto Metelo Pío mintió y que África mintió.
¡Desdichado eres si no ves que no fuiste declarado inocente de nada sino solo apartado para el tribunal mucho más severo y el castigo mucho más terrible que te aguarda!
Ningún hombre podría haber tolerado aquellas palabras, pero en Catilina despertaron una especie de locura asesina. Soltó un alarido de rabia primitiva, se lanzó por encima del banco que tenía ante sí, chocó con Hortensio y Cátulo, y se abalanzó hacia el pasillo en un intento de alcanzar a su atormentador. Pero, naturalmente, esa era la reacción que Cicerón había querido provocar, y no se movió del sitio cuando Quinto y unos cuantos ex soldados corrieron a formar un círculo protector a su alrededor. De todas maneras, no habría hecho falta, porque Catilina, a pesar de su corpulencia, había sido retenido en el acto por los lictores del cónsul. Sus amigos, entre ellos Craso y César, lo cogieron rápidamente por los brazos y se lo llevaron a rastras a su asiento mientras él, hecho una furia, se debatía y gritaba. Toda la cámara se había puesto en pie para intentar ver lo que ocurría, de modo que Fígulo tuvo que interrumpir la sesión hasta que el orden quedó restablecido.
Cuando se reanudó, a Híbrida y a Catilina se les concedió, tal como dictaba la costumbre, la oportunidad de responder. Tanto el uno como el otro, temblando de rabia, derramaron el habitual torrente de insultos sobre la cabeza de Cicerón —ambicioso, indigno de confianza, homine novo, extranjero, cobarde por haber evitado el servicio militar— mientras sus seguidores los aplaudían. No obstante, ninguno de los dos tenía el talento para la invectiva de Cicerón, y hasta sus más decididos partidarios debieron de disgustarse al comprobar su incapacidad para refutar la acusación principal: la de que sus cargos se basaban en el soborno de un misterioso tercer personaje. Se hizo evidente que Hortensio e incluso Cátulo solo les brindaron el más tímido de los aplausos. En cuanto a Cicerón, se limitó a lucir una pétrea expresión y a permanecer sentado y sonriente bajo el alud de imprecaciones, aparentemente tan tranquilo como un pato bajo la lluvia. Solo más tarde —después de que Quinto y sus amigos militares lo hubieran escoltado rápidamente fuera de la cámara para evitar ulteriores agresiones de Catilina, y solo cuando hubimos llegado a la seguridad de la mansión de Ático en el Quirinal, y su puerta quedó cerrada y atrancada—, solo entonces pareció comprender Cicerón la enorme trascendencia de lo que había hecho.