III

El brutal desafío del gobernador de Sicilia pilló desprevenido a Cicerón. Estaba convencido de que había llegado a un pacto entre caballeros que garantizaría la vida de su cliente. «Pero, claro, en el fondo ninguno de ellos es un caballero», se quejó amargamente mientras recorría la casa a grandes zancadas hecho una furia. ¡Se habían burlado de él! ¡Lo habían tomado por tonto! ¡Se presentaría en el Senado y expondría sus viles mentiras!

Yo sabía que no tardaría en calmarse, porque Cicerón era muy consciente de que carecía del rango necesario en la cámara para exigir ser escuchado.

Sin embargo, no tenía forma de eludir el hecho de que se hallaba ligado a la penosa obligación de proteger a su cliente; así pues, la mañana en que Estenio se enteró de su fatal destinó, Cicerón convocó una reunión en su estudio para determinar cuál era la mejor manera de responder. Por primera vez, que yo recuerde, canceló todas sus entrevistas y seis de nosotros nos reunimos en su despacho: Cicerón, su hermano Quinto, su primo Lucio, Estenio, yo (para tomar notas) y Servio Sulpicio, ya era reconocido como uno de los mejores juristas de su generación. Lo primero que hizo mi señor fue invitarle a que diera su opinión legal.

En teoría —dijo Servio—, nuestro amigo tiene derecho a apelar en Siracusa, pero únicamente ante el gobernador, que da la casualidad que es precisamente Verres; de manera que esa posibilidad queda excluida. Iniciar una querella contra Verres tampoco es una opción viable porque, como gobernador en activo, goza de inmunidad; además, Hortensio será el pretor de la corte de extorsiones hasta enero, y, por si fuera poco, el jurado estaría compuesto por senadores que nunca condenarían a uno de los suyos. Podrías presentar nuevamente una moción en el Senado, pero ya lo has hecho y el resultado a la vista está. Si lo intentaras de nuevo seguramente te encontrarías con la misma situación. Estenio no puede seguir viviendo en Roma ante los ojos de todos: cualquiera que haya sido condenado por un delito capital se ve excluido automáticamente de la ciudad, de manera que no puede quedarse. Es más, Cicerón, tú mismo puedes ser condenado por mantenerlo bajo tu techo.

—Entonces, ¿cuál es tu consejo?

—El suicidio —contestó Servio. Estenio dejó escapar un gemido—. Hablo en serio —añadió el jurista al tiempo que se volvía hacia él—, me temo que es una opción que deberías considerar antes de que te apresen. Supongo que no quieres sufrir el flagelo, los hierros candentes ni la agonía de la muerte en la cruz…

—Gracias, Servio —lo interrumpió rápidamente Cicerón antes de que su amigo tuviera tiempo de describir con detalle aquellos tormentos—.Tiro, necesitamos un lugar donde podamos ocultar a Estenio. No puede seguir aquí: es el primer sitio donde lo buscarían. Servio, tu análisis me parece acertado. Verres es un bruto, pero un bruto astuto, y esa es la razón de que se sienta lo bastante fuerte para seguir adelante con el proceso. En otras palabras, después de haberlo meditado durante la noche, me parece que solo nos queda una pequeña posibilidad.

—¿Y cuál es?

—Acudir a los tribunos.

La propuesta causó una agitación inmediata, pues en aquella época los tribunos eran un grupo por completo desacreditado. Tradicionalmente habían fiscalizado y contrapesado el poder del Senado al convertirse en la voz de la gente humilde, pero después de que Sila hubiera derrotado a las fuerzas de Mario, y de eso hacía ya diez años, los aristócratas los habían desposeído de cualquier poder: ya no les estaba permitido convocar reuniones ciudadanas ni proponer legislaciones o impugnar conductas como la de Verres por crímenes o comportamientos indebidos; como humillación definitiva, cualquier senador que se convertía en tribuno quedaba automáticamente descalificado para ocupar cualquier otro cargo superior, como una pretoría o un consulado. En otras palabras, el tribunado era un callejón sin salida, el lugar donde quedaban confinados los agitadores y los rencorosos, los incompetentes y los que no podían aspirar a otra cosa; en definitiva, la cloaca adónde iban a parar los detritos del cuerpo político. Ningún senador digno de ese nombre o que albergara aspiraciones políticas estaba dispuesto a tener contacto alguno con los tribunos.

—Soy consciente de vuestras objeciones —prosiguió Cicerón mientras alzaba la mano para acallar los murmullos—. Sin embargo, los tribunos todavía disponen de un mínimo poder, ¿no es así, Servio?

—Tienes razón —convino el jurista—. Les queda todavía, con carácter residual, la Potestas Auxilii Ferendi. —La expresión de perplejidad que apareció en nuestros rostros le causó obvia satisfacción—. Significa —explicó con una sonrisa— que tienen la facultad de conceder su protección a personas particulares en contra de las decisiones injustas tomadas por los magistrados. Sin embargo, Cicerón, debo advertirte de que tus amigos, entre los que me cuento con gran honor, empezarán a mirarte con otros ojos si decides juntarte con esa chusma. Insisto en lo del suicidio —Repitió—. ¿Qué problema hay? Somos mortales, se trata únicamente de una cuestión de tiempo. Al menos, de ese modo uno se marcha con honor.

—Estoy de acuerdo con Servio en lo del riesgo que corremos si nos aproximamos a los tribunos —intervino Quinto. (Cuando Quinto hablaba con su hermano mayor solía utilizar el «nos»)—. Nos guste o no, hoy en día el poder en Roma reside en el Senado y los nobles. Esa es la razón de que nuestra estrategia se haya basado en cimentar prudentemente tu reputación a través de tu labor de abogado ante los tribunales. Si corre la noticia de que no eres más que otro vulgar demagogo, nos causaremos un daño irreparable frente a las personas que realmente cuentan. Por otra parte, y me duele plantearlo, ¿has considerado cuál puede ser la reacción de Terencia si te decides por esa opción?

Servio soltó un bufido ante semejante comentario.

—Cicerón, nunca conquistarás Roma si no eres capaz de dominar a tu esposa.

—Créeme, Servio, conquistar Roma es un juego de niños comparado con dominar a mi esposa.

El debate continuó un rato más. Lucio se mostró partidario de una aproximación inmediata a los tribunos al margen de cuáles pudieran ser las consecuencias. Estenio se hallaba demasiado aturdido por el miedo y la desdicha para tener opinión alguna. Al final, Cicerón se volvió hacia mí y me preguntó qué opinaba. En otras compañías, sin duda semejante iniciativa habría sido motivo de sorpresa, ya que la opinión de un esclavo carecía de cualquier relevancia a los ojos de los romanos; sin embargo, aquellos hombres estaban acostumbrados a que Cicerón me consultara de tanto en cuanto. Contesté, con la debida prudencia, que no creía que a Hortensio le hubiera complacido la reacción de Verres, y que la posibilidad de que el caso se convirtiera en motivo de escándalo público podía llevarlo a presionar a su cliente para que rectificara: en ese sentido, acudir a los tribunos suponía un riesgo que valía la pena correr. Mi respuesta complació a Cicerón.

—A veces —dijo, resumiendo la conversación con un aforismo que nunca he olvidado—, cuando en política te encuentras en un callejón sin salida, lo que tienes que hacer es empezar una pelea; empezar una pelea aunque no sepas si vas a ganarla, porque solamente cuando la has empezado, y todo se ha puesto en marcha, surge la esperanza de ver la luz al final del túnel. Gracias, caballeros.

Y con aquellas palabras la reunión llegó a su fin.

No había tiempo que perder, pues si las noticias de Siracusa ya habían llegado a Roma, resultaba sensato pensar que los hombres de Verres no tardarían en hacer acto de presencia. Mientras Cicerón hablaba, yo ya había pensado en un posible escondite para Estenio. Nada más concluir la reunión, fui a ver a Filotimo, el administrador de Terencia. Se trataba de un joven gordezuelo y lascivo al que era fácil encontrar en la cocina persiguiendo a las doncellas para satisfacer uno u otro, aunque preferiblemente ambos, de sus apetitos. Le pregunté si en los bloques de apartamentos de su señora había algún rincón disponible y, cuando me dijo que sí, lo obligué a que me entregara la llave. Me asomé a la calle para ver si había merodeadores sospechosos y, cuando me sentí seguro, persuadí a Estenio para que me siguiera.

El infeliz se hallaba en un estado de absoluta dejadez, y las esperanzas de regresar a su hogar se habían esfumado ante el constante temor a ser arrestado. Me temo que, cuando vio el miserable edificio de Subura donde le dije que iba a tener que vivir, pensó que también nosotros lo habíamos abandonado. La siniestra escalera parecía a punto de venirse abajo. En las paredes se apreciaban huellas de algún incendio reciente. Su habitación en la cuarta planta, no era más que una simple celda con jergón de paja en un rincón y un ventanuco que daba a otro edificio igual situado al otro lado de la calle, a tan escasa distancia que Estenio podría estrechar la mano de su vecino. A modo de letrina disponía de un simple cubo; no obstante, si bien el lugar no ofrecía comodidades, sí brindaba seguridad. En aquel rincón dejado de la mano de los dioses sería imposible que lo localizaran. En tono quejumbroso me pidió que me quedara un rato para hacerle compañía; pero yo tenía que volver para reunir los documentos de su caso con el fin de que Cicerón pudiera presentarlo a los tribunos. Le dije que estábamos en una carrera contra el tiempo y me fui.

La sede del tribunado se hallaba puerta con puerta con la del Senado, en la vieja basílica Porcia. Aunque la institución no era más que un simple esqueleto al que habían arrancado todo el músculo del poder, la gente aún seguía acercándose por allí. Los descontentos, los desposeídos, los militantes, ese era el público habitual de los tribunos. Cuando Cicerón y yo cruzamos el foro vimos a una considerable multitud que, apiñada en la escalinata, intentaba averiguar qué ocurría en el interior. Yo cargaba con una caja llena de documentos, pero conseguí abrirle el paso al senador mientras recibía unas cuantas maldiciones y patadas por mis desvelos, ya que ninguno de aquellos ciudadanos sentía especial aprecio por la púrpura de los togados.

Había diez tribunos, que eran elegidos por el pueblo todos los años, y siempre se sentaban en el mismo largo banco, bajo un mural que ilustraba la derrota de los cartagineses. No era un lugar espacioso. Estaba lleno de gente y de ruido, y dentro hacía calor a pesar del frío de diciembre del exterior. Cuando entramos, un joven estrafalariamente descalzo arengaba a las masas. Era un tipo feo y rudo, y tenía una voz áspera y brutal. En la basílica Porcia siempre había un montón de chiflados, y al oír que su discurso parecía enteramente dedicado a argumentar por qué determinada columna no debía ser demolida, ni desplazada siquiera un ápice, para brindar más espacio a los tribunos, lo torné por uno de ellos. A pesar de todo, por alguna curiosa razón, conseguía que le prestaran atención. Cicerón lo escuchó con interés y al cabo de un momento comprendió, por las constantes referencias a «mi ancestro», que aquel extraño ser no era otro que el bisnieto del famoso Marco Porcio Catón, que originariamente había erigido la basílica y le dio su nombre.

Menciono esto porque el joven Catón —tenía a la sazón veintitrés años— acabaría convirtiéndose en una figura importante tanto en la vida de Cicerón como en la muerte de la República. Algo inimaginable entonces, pues todo apuntaba a que terminaría en un asilo de locos. Acabó su discurso y, cuando se marchaba, con los ojos desorbitados y sin mirar, tropezó conmigo. Su hedor a animal, sus cabellos, pegajosos y aplastados, y las manchas de sudor del tamaño de platos que se le extendían por las axilas de la túnica, quedaron grabados en mi mente. No obstante, había ganado el debate, y la columna permaneció en el mismo sitio tanto tiempo como duró el edificio, que desgraciadamente no fueron muchos años más.

Si bien, volviendo a nuestra historia, los tribunos formaban un triste grupo, uno entre ellos destacaba por su talento y energía, y ese era Lolio Palícano, un hombre de gran orgullo y escasa alcurnia, nacido en Piceno, en el nordeste de Italia, la misma zona de influencia de Pompeyo el Grande. Se había dado por hecho que cuando Pompeyo regresara de Hispania usaría de su influencia para procurarle una pretoría, y Cicerón se sorprendió como el que más cuando ese mismo verano Palícano anunció de repente su candidatura al tribunado. Fuera como fuese, aquella mañana parecía satisfecho de hallarse donde estaba. Los tribunos recién elegidos siempre comenzaban su período en el cargo el décimo día de diciembre, de modo que Palícano acababa de estrenarse.

—¡Cicerón! —exclamó a modo de saludo—. ¡Me preguntaba cuanto tiempo tardarías en venir por aquí!

Nos contó que estaba al corriente de las noticias de Siracusa y que deseaba hablar con nosotros sobre Verres, pero que prefería hacerlo en privado porque había más asuntos en juego que la vida de un solo hombre, dijo misteriosamente. Nos propuso que nos viéramos al cabo de una hora en su casa de la colina Aventina. Cicerón aceptó, y acto seguido Palícano ordenó a uno de sus ayudantes que nos acompañara hasta allí y añadió que él iría por su cuenta.

Resultó ser un lugar espartano y poco pretencioso, ajustado al carácter de su propietario, cercano a la puerta Lavernia y situado fuera de las murallas de la ciudad. Lo que recuerdo con más claridad es el busto de Pompeyo, con el casco y la armadura de Alejandro Magno, de mayor tamaño que el natural y dominando el atrio.

—Bien —comentó Cicerón tras contemplarlo un momento—, supongo que representa un cambio con respecto a las Tres Gracias que suelen verse normalmente.

Ese era el tipo de comentario gracioso pero inapropiado que no tardaba en correr por la ciudad y acababa regresando a oídos de su víctima. Por suerte, yo era el único que lo acompañaba, pero aproveché la ocasión para comentarle lo que el ayudante del cónsul me había dicho acerca de su broma sobre Gelio y los filósofos. Cicerón fingió avergonzarse y prometió ser más circunspecto en el futuro —sabía, dijo, que la gente prefería que sus políticos fueran tipos grises—, pero, por supuesto, no tardó en olvidarse de su promesa.

—Nos largaste un buen discurso la semana pasada —dijo Palícano en cuanto llegó—.Tienes lo que hay que tener, Cicerón, de verdad que lo tienes, si se me permite decirlo. Sin embargo, esos bastardos de sangre azul te jodieron bien jodido y ahora estás de mierda hasta el cuello. Así pues, ¿qué piensas hacer? —Así era más o menos como solía hablar, toscas palabras pronunciadas con un tosco acento, lo que los aristócratas aprovechaban para ridiculizar su forma de expresarse.

Abrí la caja y entregué los documentos a Cicerón, que expuso sin pérdida de tiempo la situación de Estenio. Cuando hubo acabado, le preguntó qué oportunidades tenía de que los tribunos lo ayudaran.

—Eso depende —contestó Palícano pasándose la lengua por los labios y sonriendo abiertamente—. Sentémonos y veamos qué puede hacerse.

Nos condujo hasta otra habitación, pequeña y dominada por una enorme pintura mural donde aparecía nuevamente Pompeyo, pero en esta ocasión representado como Júpiter, rayos en los dedos incluidos.

—¿Te gusta? —le preguntó Palícano.

—Es extraordinaria —repuso Cicerón.

—En efecto, lo es —dijo el anfitrión con mal disimulada satisfacción—. ¡Esto sí que es arte!

Fui a sentarme en un rincón, bajo la deidad piceana, mientras Cicerón, cuya mirada yo no osaba cruzar, se acomodó en un diván frente a Palicano.

—Lo que voy a contarte, Cicerón, no debe salir de esta casa. Pompeyo el Grande —dijo señalando con la cabeza el mural por si nos quedaba alguna duda de a quién se refería— regresará pronto a Roma tras seis años de ausencia. Y lo hará acompañado de su ejército, de manera que no pueda producirse ningún caprichoso doble juego por parte de nuestros amigos los nobles. Pretenderá un consulado y lo conseguirá. ¡Y lo conseguirá, además, sin oposición alguna!

Palícano se inclinó hacia delante, esperaba percibir asombro sorpresa, pero Cicerón recibió aquella sensacional información como quien oye hablar del tiempo.

—Así pues, a cambio de ayudarme con lo de Estenio, tendré que apoyarte con Pompeyo, ¿es eso?

—Eres un tío listo, Cicerón, ya te he dicho que tienes lo que hay que tener. ¿Qué te parece? —Cicerón apoyó el mentón en la mano y estudió a su interlocutor—. Para empezar, Quinto Metelo no se va a alegrar. Ya conoces el viejo poema: «En Roma, los Metelo, para el consulado son elegidos a dedo». Está programado desde que nació que el próximo verano le tocará el turno.

—¿Ah, sí? Pues por mí como si se la machaca. ¿Cuántas legiones tenía Quinto Metelo tras él la última vez que lo viste?

—Craso tiene legiones —comentó Cicerón—.Y también Lúculo.

—Lúculo se encuentra demasiado lejos y además tiene las manos ocupadas. En cuanto a Craso… Es cierto que odia a muerte a Pompeyo, pero el problema de Craso es que no es un verdadero soldado. Es un hombre de negocios, y con alguien así siempre se puede llegar a un acuerdo.

—Además, está el pequeño detalle de que la pretensión de Pompeyo es abiertamente inconstitucional. Para optar al consulado hay que haber cumplido los cuarenta y dos años. ¿Cuántos tiene Pompeyo?

—Treinta y cuatro.

—Ya me parecía a mí. Es casi más joven que yo. Por si fuera poco, un cónsul debe ser elegido por el Senado y haber servido como pretor, requisitos que Pompeyo no cumple. Tampoco ha pronunciado nunca un discurso político. Mira, Palícano, para expresarlo de manera simple: pocas veces ha habido alguien menos cualificado para ese cargo.

Palícano hizo un gesto displicente.

—Puede que todo eso sea cierto, pero afrontemos los hechos: Pompeyo ha gobernado países enteros durante años, y lo ha hecho respaldado por la autoridad consular. Es cónsul en todos los sentidos salvo nominalmente. Sé realista, Cicerón, no puedes esperar que un hombre como Pompeyo regrese a Roma y empiece desde abajo, optando a un cargo de cuestor como un aspirante cualquiera. ¿Qué supondría eso para su dignidad?

—Comprendo sus sentimientos, pero me has pedido mi opinión y te la estoy dando, y de paso te digo que los aristócratas no lo tolerarán. De acuerdo, puede que, si tiene diez mil hombres apostados ante las murallas de la ciudad, no les quede más remedio que aceptarlo como cónsul, pero tarde o temprano tendrá que disolver su ejército, y entonces, ¿cómo va a…? —Cicerón se interrumpió. Echó la cabeza atrás y empezó a reírse—. ¡Ja, ja! ¡Muy astuto!

—¿Lo has entendido? —preguntó Palícano con una sonrisa malévola.

—Lo he entendido. —Cicerón asintió con aire de aprobación—. Perfectamente.

—Bien. Lo que te estoy ofreciendo es la oportunidad de formar parte de todo eso. Pompeyo el Grande no se olvida de sus amigos.

En ese momento de la conversación yo no tenía ni idea de qué estaban hablando. Solo cuando caminábamos de regreso a casa, Cicerón me lo explicó: Pompeyo pretendía aspirar al consulado apoyándose en la plena restauración del poder del tribunado, de ahí la sorprendente decisión de Palícano de convertirse en tribuno. La estrategia no nacía de ningún sentimiento altruista por parte de Pompeyo para dotar de mayor libertad al pueblo de Roma —aunque imagino que en algún momento, mientras tomaba sus baños en Hispania, se vio a sí mismo con satisfacción como el campeón de los derechos civiles—, no: se trataba de una cuestión de simple y puro oportunismo. Pompeyo, como buen general, comprendía perfectamente que, al defender ese programa, atraparía a la aristocracia en un movimiento envolvente entre sus soldados acampados fuera de la ciudad y la gente común de la calle. Hortensio, Cátulo, Metelo y los demás no tendrían más remedio que concederle el consulado y aceptar la restauración del tribunado o arriesgarse a ser aniquilados. Y una vez lo hubieran hecho, Pompeyo podría licenciar su ejército y, si fuera necesario, gobernar por encima del Senado apelando directamente al pueblo. Se convertiría en invulnerable. Tal como Cicerón me la describió, era una jugada magnífica, y él la había captado, en un destello de genialidad, durante la conversación con Palícano.

—Y, exactamente, ¿qué recibiría yo? —preguntó.

—Un indulto para tu cliente.

—¿Nada más?

—Dependería de lo bueno que fueras. No puedo hacerte promesas concretas. Eso tendrá que esperar hasta que Pompeyo haya regresado.

—Mi querido Palícano, se trata de una oferta un tanto pobre, por decirlo de alguna manera.

—Bueno, mi querido Cicerón, tú también estás en una posición de cierta debilidad, por decirlo de alguna manera.

Cicerón se levantó, y pude ver que estaba enojado.

—Siempre puedo marcharme.

—¿Y dejar que tu cliente sufra una larga agonía en alguna de las muchas cruces de Verres? —Palícano también se levantó—. Permíteme que lo dude. No creo que seas tan duro, Cicerón. —Nos acompañó hasta la puerta, y pasamos ante Pompeyo disfrazado de Júpiter y ante Pompeyo disfrazado de Alejandro Magno—. Os veré a ti y a tu cliente en la basílica mañana por la mañana —Dijo estrechando la mano de mi amo en los peldaños de la entrada—. Después de eso, estarás en deuda con nosotros, y nosotros te observaremos.

La puerta se cerró con un golpe firme. Cicerón se dio la vuelta y echó a andar.

—Si esa es la clase de sutileza que demuestra en público —comentó—, ¿qué crees que debe de guardar en el retrete? Y esta vez, Tiro, no me pidas que me muerda la lengua porque no me importa quién pueda oírme.

Me adelantó y atravesó las puertas de la ciudad con las manos enlazadas en la espalda, cabizbajo y meditabundo. Naturalmente, Palícano estaba en lo cierto: Cicerón no tenía otra alternativa. No podía abandonar a su cliente, pero estoy seguro de que sopesó los riesgos políticos de pasar de una simple petición a los tribunos a lanzarse a una campaña para la plena reinstauración del tribunado. Eso le costaría el apoyo de los moderados como Servio.

—Bien —me dijo con una media sonrisa cuando llegamos a casa—, creo recordar que dije que buscaba una pelea, y me parece que ya la he conseguido.

Preguntó a Eros, el mayordomo, dónde estaba Terencia, y pareció aliviado al saber que se hallaba en su cuarto. Al menos así no tendría que darle la noticia hasta al cabo de unas cuantas horas. Fuimos a su estudio, y justo había empezado a dictarme su discurso a los tribunos — «Caballeros, representa un honor comparecer por primera vez…»—Cuando oímos gritos y un golpe sordo provenientes de la entrada. Cicerón, a quien le gustaba pensar con los pies y nunca dejaba de moverse, salió corriendo a ver qué pasaba. Yo lo seguí a toda prisa. En el vestíbulo había seis individuos de aspecto amenazador armados con palos. Eros se retorcía en el suelo, tenía las manos en el estómago y la sangre le manaba de una herida en el labio. Otro desconocido, armado no con un palo sino con un documento de aspecto oficial, se acercó a Cicerón y le anunció que estaba autorizado para registrar la casa.

—¿Autorizado por quién? —Cicerón se mostraba calmado, más de lo que yo me habría sentido de haber estado en su pellejo.

—Cayo Verres, propretor de Sicilia, dictó esta autorización en Siracusa el primer día de diciembre —dijo mientras blandía el documento ante las narices de Cicerón durante un momento insultantemente breve—. Busco al traidor Estenio.

—No lo encontrarás aquí.

—Eso seré yo quien lo juzgue.

—¿Y quién eres tú?

—Soy Timarcides, liberto de Verres, y no pienso perder el tiempo hablando mientras el traidor escapa. Tú —dijo volviéndose al más próximo de sus hombres—, vigila la parte de delante. Vosotros dos, la de atrás. Los demás, seguidme. Empezaremos por tu estudio, senador, suponiendo que no pongas objeciones, claro está.

La casa no tardó en llenarse de los sonidos de la búsqueda: las fuertes pisadas en el mármol y los suelos de madera, los gritos de las esclavas, las ásperas voces masculinas, el ruido de los objetos que ocasionalmente caían y se rompían. Timarcides se afanó en el estudio abriendo todas las cajas que contenían documentos mientras Cicerón lo observaba desde la puerta.

—Difícilmente lo encontrarás en ellas —comentó—. No es un enano.

No hallando nada en el estudio, subieron por la escalera hasta el espartano dormitorio y vestidor del senador.

—Ten por seguro, Timarcides, que tú y tu señor recibiréis vuestro merecido por esto pero multiplicado por cien —dijo Cicerón, que mantenía la calma con creciente dificultad mientras veía cómo ponían su cama patas arriba.

—¿Y tu mujer? —preguntó Timarcides—. ¿Dónde duerme?

—¡Ah! —exclamó mi señor—. Si yo estuviera en tu lugar, no me metería ahí.

Pero Timarcides no estaba dispuesto a escuchar. Había recorrido un largo camino, no encontraba lo que buscaba y las maneras de Cicerón le atacaban los nervios. Corrió por el pasillo, seguido por tres de sus hombres, gritando «¡Estenio, sabemos que estás ahí!», y abrió de golpe la puerta de los aposentos de Terencia. El grito que siguió y el sonido de la bofetada que esta propinó al rostro del intruso resonaron por toda la casa. A continuación siguió una catarata tal de insultos, expresados en un tono tan imperioso y a tanto volumen, que el lejano antepasado de Terencia que había mandado los ejércitos de Roma contra Aníbal en la batalla de Cannas, siglo y medio antes, sin duda se levantó de su tumba. Más adelante Cicerón diría: «Se lanzó sobre aquel infeliz liberto como lo haría una tigresa desde lo alto de un árbol. Casi sentí pena por él».

Seguramente Timarcides reconoció que su misión había fracasado y decidió no perder más puntos, porque unos instantes después él y sus rufianes se retiraban escalera abajo, seguidos por Terencia y por la pequeña Tulia, que blandía los puñitos, imitando a su madre, mientras se aferraba a sus piernas. Oímos la voz del liberto llamando a sus hombres, el sonido de pasos corriendo y el golpe de la puerta al cerrarse. Tras aquello, la casa quedó en silencio, salvo por los apagados lloros de una de las sirvientas.

—Y todo esto, Cicerón —dijo Terencia respirando hondo y acercándose a su marido con el pecho agitado—, ¿todo esto es porque hablaste en el Senado a favor de ese espantoso siciliano?

—Me temo que así es, cariño —respondió tristemente—. Están decididos a intimidarme.

—¡Pues no debes permitírselo! —Le cogió la cabeza entre las manos y se la sujetó con fuerza, un gesto no de ternura pero sí de apasionamiento, mientras lo miraba con furia a los ojos y añadía—: ¡Tienes que aplastarlos!

El resultado fue que a la mañana siguiente, cuando salimos hacia la basílica Porcia, Quinto iba a un lado de Cicerón, Lucio al otro, y tras él, ataviada con las ropas de una matrona romana y en una litera alquilada especialmente para la ocasión y llevada por porteadores, iba Terencia. Era la primera vez que se tomaba la molestia de acudir a oír un discurso de su marido, y puedo asegurar que Cicerón estaba más nervioso por tener que hablar en presencia de su esposa que por hacerlo ante los tribunos. A la habitual corte de clientes que lo siguieron desde que salió de casa se fueron sumando otros, especialmente cuando nos detuvimos en el Argiletum para sacar a Estenio de su escondite. En total, más de un centenar de personas nos acompañaron a través del foro hasta la sede de los tribunos. Timarcides y su panda nos siguieron desde cierta distancia, pero éramos demasiados para que se arriesgara a atacarnos. Por otra parte, sabía que si intentaba cualquier cosa en las inmediaciones de la basílica lo harían pedazos.

Los diez tribunos ocupaban ya el banco. La sala estaba llena. Palícano se levantó y leyó la moción —«Que, según opina esta institución, la norma de alejamiento de Roma no debe aplicarse a Estenio de Termas»—, y a continuación Cicerón se levantó; tenía el rostro contraído por los nervios. A menudo el estómago se le revolvía antes de un discurso importante, y esa mañana, que no había sido una excepción, había vomitado en la alcantarilla antes de entrar. La primera parte de su exposición fue más o menos la misma que había presentado en el Senado, salvo que en ese momento pudo llamar a su cliente y presentarlo ante los tribunos con el fin de conmoverlos. Y, sin duda, nunca se ofreció ante una instancia romana una ilustración más perfecta que la de Estenio de lo que significa ser víctima. Sin embargo, el núcleo del discurso de Cicerón fue enteramente nuevo, diferente de su habitual retórica forense, y marcó un giro decisivo en su trayectoria política. Cuando llegó a él, los nervios habían desaparecido y su declamación era todo fuego.

—Caballeros, un viejo aforismo de los comerciantes de Macello dice que el pescado se pudre desde la cabeza hacia la cola. Pues bien, si hay algo que realmente se está pudriendo en la Roma de nuestros días, y quién duda de que lo hay, ¡os digo abiertamente que se halla en la cabeza misma!

¡Ha empezado por arriba! ¡Ha empezado en el Senado! —Se oyeron ruidosas ovaciones y pateos—.Y con la podrida y apestosa cabeza de un pescado solo se puede hacer una cosa, los comerciantes os lo dirán, ¡y es cortarla! ¡Cortarla y arrojarla bien lejos! —Más ovaciones—. Sin embargo, hace falta un buen cuchillo para cortarla, porque se trata de una cabeza aristocrática, ¡y todos sabéis cómo son! —Risas—. Se trata de una cabeza hinchada por el veneno de la corrupción y supurante de orgullo y arrogancia. Además, la mano que empuñe el cuchillo deberá ser fuerte y de nervios templados, porque esos aristócratas tienen el cuello de bronce. Os lo aseguro, ¡de bronce! —Más risas—. Pero Os digo que, ese hombre llegará. No está lejos. Vuestros poderes serán restaurados, os lo prometo, por muy dura que sea la lucha. —Unos cuantos listillos empezaron a corear el nombre de Pompeyo, pero Cicerón extendió tres dedos y los acalló—. Sobre vosotros recae ahora la prueba de mostraros dignos de esta lucha. ¡Demostrad vuestro coraje, caballeros! ¡Marcad hoy el inicio!

¡Asestad un golpe a la tiranía! ¡Liberad a mi cliente y después a Roma!

Más adelante, Cicerón se sintió tan avergonzado por la demagogia de su discurso que me pidió que destruyera la única copia que existía. Así pues, debo reconocer que estoy escribiendo esto de memoria. Sin embargo, lo recuerdo con absoluta claridad: la fuerza de sus palabras, la pasión de su exposición, la excitación que se apoderó del público mientras él lo azuzaba, el guiño que intercambió con Palícano cuando salió del tribunado; y a Terencia, que no movía un músculo, simplemente miraba al frente mientras la gente a su alrededor prorrumpía en aplausos. Timarcides, que había permanecido al fondo de la sala, se escabulló antes de que la ovación cesara, sin duda para volver a Sicilia a todo galope e informar a su señor de lo sucedido. En cuanto a la moción, no hará falta que aclare que fue aprobada por diez votos contra ninguno. A partir de ese momento Estenio podía considerarse a salvo siempre que permaneciera en Roma.