II
El día en que se demostraría el cambio decisivo empezó como cualquier otro: una hora antes del amanecer y con Cicerón siendo el primero en levantarse, como era su costumbre. Yo me quedé tumbado en la oscuridad un rato más, escuchando el sonido de sus pasos en el piso de arriba mientras él practicaba los ejercicios aprendidos en Rodas (un viaje del que hacía ya seis años); luego abandoné mi jergón de paja y fui a lavarme la cara. Era el primer día de noviembre, y hacía frío.
Cicerón tenía una modesta casa de dos plantas, encajada entre un templo y un bloque de pisos, en la colina Esquilina; aunque, si uno se tomaba la molestia de subir a la azotea, se veía recompensado con una buena vista sobre el humeante valle y los grandes templos que se alzaban en la colina Capitolina, a poco más de media milla[1] hacia el oeste. En realidad, la casa era de su padre, pero el anciano caballero no estaba bien de salud y pocas veces abandonaba la campiña, de manera que Cicerón disponía plenamente de ella, junto con su mujer, Terencia, su hija de cinco años, Tulia, y una docena de esclavos: yo; dos secretarios a mi cargo, Sosisteo y Laureo; el mayordomo, Eros; Filotimo, el contable de Terencia; dos sirvientas; una niñera; un cocinero; un ayuda de cámara, y un portero. En alguna parte también había un viejo filósofo, Diodoto el Estoico, que de vez en cuando salía de su cuarto y se reunía con Cicerón para cenar cuando su amo necesitaba un poco de ejercicio intelectual. Así pues, vivíamos quince personas en aquella casa. Terencia se quejaba sin cesar de lo apretados que estábamos, pero Cicerón no tenía intenciones de mudarse porque en esos momentos se hallaba plenamente inmerso en su fase de hombre del pueblo, y aquella casa encajaba muy bien con la imagen que pretendía dar.
Lo primero que hice aquella mañana, al igual que todas las mañanas, fue atarme a la muñeca una cuerda a la que iba unida una pequeña libreta de notas de mi propio diseño. Consistía en cuatro (no una o dos, como era habitual) láminas de cera, por las dos caras, montadas en marcos de haya muy finos y dotados de anillas para poder cerrarlos. De ese modo podía tomar muchas más notas en una sola sesión de dictado que un secretario medio. Aun así, tal era el torrente diario de palabras de Cicerón, que siempre me aseguraba de llevar en el bolsillo láminas de recambio. A continuación, descorrí la cortina de mi diminuta habitación, crucé el patio y fui hasta el tablinum[2] encendiendo las lámparas y comprobando que todo estuviera listo. El único mueble era un aparador donde descansaba un cuenco lleno de garbanzos. (El nombre de Cicerón deriva de cicer, que significa «garbanzo»; y él, convencido de que un nombre poco frecuente era una ventaja en el mundo de la política, siempre se preocupaba por resaltarlo.) Una vez satisfecho, crucé el atrio hasta el vestíbulo de la entrada, donde el portero me esperaba ya con la mano en el gran picaporte de hierro. Comprobé la luz por la estrecha ventana y, cuando vi suficiente claridad, asentí al portero, que descorrió los cerrojos.
Fuera, en la fría calle, se agolpaba la habitual multitud de miserables y desesperados, y yo tomé nota de cada uno de ellos a medida que traspasaban el umbral. A la mayoría los reconocí; a los que no, les pregunté el nombre. A los que sabía que eran casos perdidos los devolví a la calle. No obstante, mis órdenes decían: «Si tiene voto, que entre», de modo que el tablinum no tardó en llenarse de ansiosos clientes que esperaban disponer de unos minutos del tiempo del senador. Me quedé junto a la entrada hasta que comprobé que la gente había formado una fila. Me disponía a retirarme cuando una figura con el cabello despeinado, barbuda y ataviada con la adusta vestimenta de los que llevan duelo, hizo acto de presencia en la entrada. No tengo reparo en reconocer que me dio un buen susto.
—¡Tiro! —exclamó—. ¡Loados sean los dioses!
Dicho lo cual se desplomó contra la puerta sin dejar de mirarme con ojos pálidos y apagados. Creo que le calculé unos cincuenta años. Al principio me costó situarlo; sin embargo, entre las tareas de cualquier secretario se halla la de poner nombres a los rostros, de modo que poco a poco en mi mente empezó a componerse una imagen: una gran casa con vistas al mar, un jardín ornamental, una colección de estatuas de bronce, una ciudad del norte de Sicilia; Termas[3], esa era.
—Estenio de Termas —le dije, tendiéndole la mano.
No me correspondía hacer comentarios sobre su aspecto ni preguntarle qué estaba haciendo allí, a cientos de millas de su hogar y en tan lamentable estado. Lo dejé en el tablinum y me dirigí al estudio de Cicerón. El senador, que aquella mañana tenía una cita en los tribunales para defender a un joven acusado de parricidio, y de quien se esperaba que acudiera a la sesión vespertina del Senado, se hallaba estrujando una pequeña pelota de cuero para fortalecer sus dedos mientras el ayuda de cámara lo vestía con la toga. Al mismo tiempo escuchaba a Sositeo, que le leía una carta, y dictaba un mensaje a Laureo, a quien yo había enseñado los rudimentos de mi sistema taquigráfico. Cuando entré, me arrojó la pelota —que atrapé casi sin pensar— y me hizo un gesto con el que me solicitaba la lista de pedigüeños. La leyó ávidamente, como siempre hacía. ¿Qué había cazado aquella noche? ¿Algún ciudadano prominente de un clan interesante? ¿Acaso un Sabatini?¿Un Pomptini? ¿O algún comerciante lo bastante rico para votar en las elecciones consulares? Aquel día no había más que la morralla habitual, y su rostro se fue ensombreciendo hasta que llegó al último nombre.
—¿Estenio? —Interrumpió su dictado—. ¿No es aquel tipo de Sicilia? ¿Aquel tan rico, el de los bronces? Será mejor que averigüemos qué quiere.
—Los sicilianos no tienen voto —indiqué.
—Bueno, pues pro bono —dijo muy serio—. Además, tiene muchos bronces. Será al primero que vea.
Así pues, me fui a buscar a Estenio, que recibió el tratamiento acostumbrado —la sonrisa que era casi una marca de la casa, el viril apretón con ambas manos, la prolongada y sincera mirada a los ojos—, y luego fue invitado a tomar asiento y a contar lo que lo había llevado hasta Roma.
Yo recordaba ya más cosas de Estenio. Habíamos estado en un par de ocasiones en su casa de Sicilia, cuando Cicerón se ocupaba de las vistas previas de los casos de la ciudad. En esa época era uno de los ciudadanos destacados de la provincia, pero en aquel instante su vigor y su confianza se habían esfumado. Declaró que necesitaba ayuda, que se enfrentaba a la ruina, que su vida se hallaba en terrible peligro y que le habían robado.
—¿En serio? —preguntó Cicerón mientras ojeaba un documento que tenía encima de la mesa y no prestaba toda la atención; un abogado de fama oye muchas historias de mala suerte—. Lo siento.
¿Quién te ha robado?
—El gobernador de Sicilia, Cayo Verres. El senador alzó vivamente la cabeza.
A partir de ese momento no hubo forma de interrumpir a Estenio. Mientras el hombre narraba su historia, Cicerón cruzó su mirada con la mía y me hizo un pequeño gesto para que tomara notas. Quería tener constancia de aquello. Cuando Estenio hizo una pausa para tomar aliento, mi señor le pidió amablemente que retrocediera un poco en la historia, hasta el día, casi tres meses atrás, en que recibió la primera carta de Verres.
—¿Cuál fue tu reacción?
—Me preocupé un poco. Él ya tenía cierta… reputación. Su nombre significa «verraco, cerdo», y la gente lo llama «el cerdo con sangre en el hocico». De todas maneras, no pude negarme.
—¿Guardas la carta?
—Sí.
—¿Y en ella Verres menciona explícitamente tu colección de arte?
—¡Oh, sí! Dice que había oído hablar de ella a menudo y que deseaba verla.
—Y después de eso, ¿cuánto tardó en presentarse para quedarse?
—Muy poco. Una semana, como mucho.
—¿Iba solo?
—No. Lo acompañaban sus lictores. Tuve que buscar alojamiento también para ellos. Los guardaespaldas son siempre tipos rudos, pero aquellos eran la peor panda de brutos que he visto nunca. El jefe, Sextio, es el verdugo oficial de la isla y exige dinero a sus víctimas, las chantajea amenazándolas con hacer mal su trabajo, ya sabes, con dejarlas lisiadas si no le pagan de antemano.
—Estenio tragó saliva y empezó a jadear. Nosotros esperamos.
—Tómate tu tiempo —dijo Cicerón.
—Pensé que Verres querría darse un baño tras el viaje y que después podríamos cenar; pero no, dijo que quería ver mi colección de inmediato.
—Recuerdo que tenías algunas piezas muy buenas.
—Era mi vida, senador. No puedo expresarlo más claramente. Treinta años de viajes y regateos. Bronces corintios y delios, pinturas, plata, nada que no hubiera escogido personalmente. Tenía el discóbolo de Mirón y el lancero de Policleto. También algunas copas de plata obra de Mentor. Verres se mostró elogioso. Dijo que merecían más atención y más espectadores. Dijo que era una colección digna de ser exhibida al público en general. Yo no hice caso hasta que estábamos cenando en la terraza y oí ruidos procedentes del patio interior. Mi secretario llegó y me avisó de que acababa de llegar un carro tirado por bueyes y que los lictores de Verres estaban cargando en él todas las cosas.
Estenio guardó silencio nuevamente, y no me costó imaginar la vergüenza que semejante situación debió de producir en alguien orgulloso como él: su esposa gritando; la servidumbre traumatizada; las huellas de la suciedad allí donde antes estaban las obras de arte. El único sonido en el estudio era el golpeteo de mi punzón en la cera.
—¿Y no protestaste? —preguntó Cicerón.
—¿A quién, al gobernador? —rió amargamente Estenio—. No, senador. Seguía con vida, ¿verdad? Si él lo hubiera dejado así, me habría tragado mis pérdidas y tú nunca habrías oído de mí ni una queja; pero coleccionar puede convertirse en una enfermedad, y a tu gobernador Verres le ha dado muy fuerte. ¿Te acuerdas de aquellas estatuas en la plaza de la ciudad?
—Desde luego. Tres bronces estupendos. ¡No irás a decirme que Verres también los ha robado!
—Lo intentó. Ocurrió cuando ya llevaba tres noches bajo mi techo. Entonces me preguntó a quién pertenecían. Yo le contesté que eran propiedad de la ciudad desde hacía siglos. ¿Sabes que tenían cuatrocientos años de antigüedad? Bueno, pues me dijo que le gustaría tener permiso para retirarlas y llevárselas a su residencia de Siracusa, también en régimen de préstamo. Para ello me pidió que intercediera ante el consejo de la ciudad. En esos momentos ya me había dado cuenta de la clase de hombre que era, de modo que, con todo el respeto, le dije que no. Esa misma noche se fue. Unos días después recibí notificación de que el día cinco de octubre iba a ser llevado ante los tribunales acusado de falsificación.
—¿Quién presentó los cargos?
—Un enemigo mío llamado Agathino. Se trata de un cliente de Verres. Mi primer pensamiento fue encararme con él. En lo que a mi honradez se refiere, no tengo nada que ocultar. Nunca en mi vida he falsificado un documento. Pero entonces me enteré de que el juez sería el propio Verres y que ya había decidido cuál iba a ser mi pena: me flagelarían ante toda la ciudad como castigo a mi insolencia.
—¿Huiste entonces?
—Esa misma noche. Cogí una barca y fui por la costa hasta Messina.
Cicerón apoyó el mentón en su mano y contempló a Estenio. Yo reconocí el gesto. Estaba evaluando al testigo.
—Dices que la vista iba a celebrarse el cinco del mes pasado, ¿te enteraste de cómo fue?
—Esa es la razón de que me encuentre aquí. Durante mi ausencia fui condenado a ser flagelado y a una multa de cinco mil sestercios. Pero eso no es lo peor. En la vista, Verres aseguró que disponía de nuevas pruebas en mi contra, en concreto de haber espiado a favor de los rebeldes de Hispania. Para el primer día de diciembre ya se ha fijado un nuevo juicio en Siracusa.
—Pero espiar es un delito capital.
—Créeme, senador. Verres tiene intención de que me crucifiquen. Presume de ello abiertamente. El mío no sería el primer caso. Necesito ayuda. Por favor, ¿me ayudarás?
Pensé que Estenio iba a ponerse de rodillas y a besar los pies senador, y supongo que Cicerón lo creyó también, porque se levantó rápidamente de su asiento y empezó a caminar por la estancia.
—Me parece, Estenio, que este caso presenta dos cuestiones distintas. Una es el robo en tu propiedad, y ahí, francamente, no veo qué puede hacerse. ¿Por qué crees que los hombres como Verres desean convertirse en gobernadores? Porque de ese modo saben que pueden tomar lo que quieren dentro de lo razonable. La segunda cuestión, la manipulación de un proceso legal, creo que es más prometedora.
»Conozco a varias personas con gran experiencia legal que viven en Sicilia; de hecho, una de ellas vive en Siracusa. Escribiré a esta última y la apremiaré para que, como favor especial hacia mí, acepte hacerse cargo de tu caso. Incluso le daré mi consejo sobre el modo en que debería llevar el asunto. Tendría que recurrir ante el tribunal para que se declaren nulos los procedimientos incoados basándose en el hecho de que no estabas presente para poder replicar. Si eso falla, y Verres sigue adelante, tu abogado debería venir a Roma y argumentar que las pruebas son inconsistentes.
Sin embargo, el siciliano meneaba la cabeza.
—Senador, si solo necesitara un abogado de Siracusa no habría hecho el viaje hasta aquí. Comprendí que a Cicerón no le gustaba el rumbo que tomaba la situación. Un caso como aquel podía tenerlo totalmente ocupado durante días, y los sicilianos, como yo le había advertido, no tenían voto. Desde luego, ¡eso sí que era pro bono!
—Escucha —le dijo en tono reconfortante—, tu caso es sólido. Está claro que Verres es un corrupto. Abusa de la hospitalidad, roba, levanta falso testimonio y amaña los juicios para obtener sentencias condenatorias. Su posición es indefendible. Un abogado de Siracusa puede llevar el asunto fácilmente. Te lo prometo. Pero ahora, si me disculpas, tengo un montón de clientes que ver y me esperan en los tribunales dentro de una hora.
Me hizo un gesto con la cabeza, y yo me adelanté y puse una mano en el brazo de Estenio para guiarlo a la salida. El siciliano se desembarazó de mí.
—Pero ¡te necesito! —insistió.
—¿Por qué?
—Porque mi única esperanza de que se haga justicia se halla aquí, no en Sicilia, donde Verres controla los tribunales. Y todo el mundo me ha dicho que Marco Tulio Cicerón es el segundo mejor abogado de Roma.
—¿Ah, sí? ¿Eso dicen? —El tono de mi amo había adquirido ribetes de sarcasmo: odiaba aquel epíteto—. Entonces, ¿por qué conformarse con el segundo? ¿Por qué no acudir directamente al número uno, a Hortensio?
—Lo hice —dijo el visitante con aire desanimado—, pero me rechazó. Representa a Verres.
Acompañé al siciliano a la puerta, regresé y me encontré a Cicerón solo en su estudio, recostado en su silla y mirando la pared mientras se pasaba la pelota de cuero de una mano a la otra los textos legales se amontonaban en su escritorio. Precedentes en alegaciones, de Hostilio, era el que tenía abierto; Condiciones de venta, de Manilio, era el otro.
—¿Te acuerdas de aquel borracho pelirrojo que nos encontramos en el muelle de Puteoli el día en que regresamos de Sicilia? Su «¡Oooh! ¡Mi buen amigo! ¡Regresa de su provincia, claro!».
Yo asentí.
—Pues ese era Verres. —La pelota iba de una mano a la otra, de una mano a otra—. Esa clase de tipos son los que hacen que la corrupción tenga mala fama.
—Me sorprende que Hortensio esté en tratos con él.
—¿Sí? A mí no. —Dejó de lanzar la pelota y se la quedó mirando en la palma de la mano—. «El Maestro Bailarín» y «el Verraco»… —Meditó unos instantes—. Un hombre en mi posición tendría que estar loco para liarse contra Hortensio y Verres juntos, y aún más hacerlo por un siciliano que ni siquiera es ciudadano romano.
—Cierto.
—Cierto —repitió, aunque hubo una extraña vacilación en su modo de decirlo que a veces hace que me pregunte si ya entonces había intuido la situación, el extraordinario conjunto de posibilidades y consecuencias que se extendían en su mente como un formidable mosaico. Pero si lo había intuido o no es algo que nunca sabré, ya que en ese momento su hija Tulia entró corriendo, vestida todavía con el camisón, para enseñarle algún dibujo que había hecho, y todo el interés de mi señor se centró en ella mientras la cogía en brazos y la sentaba en su regazo—. ¿Tú has hecho esto?
¿De verdad lo has hecho tú sola?
Lo dejé y me escabullí de vuelta al tablinum para anunciar que íbamos con retraso y que el senador tenía que marcharse a los tribunales. Estenio, que seguía dando vueltas por allí, me preguntó cuándo podía esperar una respuesta, a lo cual solo pude responderle que debería aguardar junto con los demás. Poco después de eso, Cicerón apareció con Tulia, dio los buenos días y saludó a cada uno por su nombre. («La primera regla de la política, Tiro: no olvides nunca una cara.») Como de costumbre, su aspecto era impecable: el cabello, peinado hacia atrás y lustrado con ungüento; la piel, perfumada; la toga, recién lavada; los zapatos rojos, limpios y relucientes; el rostro, bronceado por los años de declamación al aire libre. Limpio, pulcro, en forma… Resplandecía. Los reunidos lo siguieron hasta el vestíbulo, donde Cicerón levantó a su radiante hija en el aire, la mostró a los presentes y le dio un sonoro beso en los labios. Se oyó un «¡Aaah!» general e incluso algún aplauso. No era un gesto de cara a la galería —lo habría hecho igualmente de no haber nadie mirando, pues quería a aquella pequeña Tulia más de lo que llegaría a querer a nadie en su vida—, pero sabía que los electores romanos eran una panda de sentimentales y que no le haría ningún daño que el rumor de su paternal devoción circulara por ahí.
Así pues, salimos a la brillante promesa que nos deparaba aquella mañana de noviembre y nos sumergimos en el bullicio de la ciudad, con Cicerón caminando por delante; yo a su lado, con mi libreta preparada; Sosisteo y Laureo pisándonos los talones y cargando con las cajas de documentos que necesitaría para su comparecencia ante los tribunales, y un par de docenas de peticionarios y parásitos varios —incluido a Estenio— siguiéndonos desde las elegantes alturas de la colina Esquilina hasta el humo y el ajetreo de Subura. Allí, la altura de los edificios oscurecía la luz del sol, y el apretado gentío estranguló a nuestra falange de seguidores hasta convertirla en una delgada línea que de algún modo no dejaba de seguirnos. Allí, Cicerón era un personaje conocido, un héroe entre los tenderos y comerciantes cuyos intereses había representado y que llevaban anos viéndolo pasar. Sin interrumpir ni una sola vez su rápido paso, sus agudos y azules ojos tomaron buena nota de cada inclinación de cabeza y de cada saludo de bienvenida, y apenas tuve que recordarle nombre alguno porque él conocía a sus votantes mucho mejor que yo.
No sé cómo son las cosas en la actualidad, pero en aquella Toca había seis o siete tribunales en sesión permanente, cada uno de ellos situado en una zona distinta del foro; de modo que cuando abrían sus puertas, todos a la misma hora, uno apenas podía moverse entre los abogados y sus ayudantes que iban de un lado para otro. Y, como para complicar aún más las cosas, el pretor de cada sala solía llegar siempre desde su casa precedido de media docena de lictores que iban abriéndole camino. Ese día quiso la suerte que nuestra pequeña comitiva llegara al foro en el mismo instante en que Hortensio —que en esa época era también pretor— se dirigía con gran boato al edificio del Senado. Todos nos vimos retenidos por sus guardias y obligados a dejar pasar al gran hombre, y ni siquiera en este momento creo que su intención fuera cortar el paso a Cicerón, puesto que era un hombre de modales refinados, casi femeninos; simplemente no lo vio. Pero la consecuencia fue que el llamado «segundo mejor abogado de Roma», con su cordial sonrisa de saludo petrificada en los labios, se quedó mirando con tal intensidad la espalda de su competidor, mientras se alejaba, que me extrañó que Hortensio no empezara a rascarse entre los omóplatos.
Esa mañana nuestros asuntos se centraban en el tribunal de lo penal, que se reunía ante la basílica Emilia, donde el joven Cayo Popilio Laenas, de quince años, acusado de haber asestado una puñalada con un punzón a su padre en un ojo, causándole la muerte, iba a ser juzgado. No tardé en ver a una gran multitud apiñada en torno al tribunal. Cicerón tenía previsto pronunciar el discurso de cierre que presentaba las conclusiones de la defensa, y eso ya era atracción suficiente. Pero si fracasaba a la hora de convencer al jurado, Popilio, como parricida convicto, sería desnudado, azotado hasta que sangrara, encerrado dentro de un saco junto con un perro, un gallo y una víbora, y arrojado así al río Tíber. La sed de sangre se olía en el aire y, mientras los curiosos se apartaban para dejarnos pasar, vi brevemente a Popilio, un joven notoriamente violento cuyas cejas formaban un único y grueso trazo. Se hallaba sentado al lado de su tío en el banco reservado para la defensa, miraba con aire desafiante y escupía a cuantos se atrevían a acercarse demasiado.
—Debemos conseguir la absolución —dijo Cicerón—, aunque solo sea para evitar que el perro, el gallo y la pobre serpiente sufran el calvario de verse encerrados en un saco junto con Popilio.
Mi amo siempre insistía en que no era tarea de un abogado preocuparse de si su cliente era culpable o no, eso correspondía al tribunal. A él le incumbía únicamente defenderlo lo mejor posible. A cambio, los Popilio Laenas, que podían presumir de tener cuatro cónsules en su árbol genealógico, se verían obligados a darle su apoyo en su carrera hacia el poder cuando se lo licitara.
Sosisteo y Laureo habían dejado en el suelo las cajas con las pruebas, y yo me disponía a desatar y abrir la que tenía más cerca cuando Cicerón me dijo que lo dejara estar.
—Ahórrate la molestia. Tengo todo mi discurso aquí dentro —me dijo dándose un golpecito con el dedo en la sien. Se inclinó educadamente ante su cliente—. Buenos días, Popilio, estoy seguro de que este asunto quedará resuelto enseguida. —Luego se volvió hacia mí y me dijo en voz baja—: Tengo un trabajo más importante para ti. Dame tu libreta de notas. Quieto que vayas al edificio del Senado, localices al secretario jefe y veas si hay posibilidad de que incluya esto en el orden del día de esta tarde. —Escribía rápidamente—. No digas nada todavía a nuestro amigo siciliano. El peligro es grande. Debemos obrar con mucha cautela y dar solo un paso cada vez.
No fue hasta que hube abandonado el tribunal y me encontraba a medio camino del edificio del Senado cuando me atreví a echar un vistazo a lo que Cicerón había escrito: «Que en opinión de esta casa el procesamiento por delitos capitales de personas que se hallan ausentes debería ser prohibido en las provincias». Comprendí de inmediato lo que aquello significaba y noté que se me encogía el corazón. Astutamente, hábilmente, indirectamente, Cicerón estaba preparándose para enfrentarse a su gran rival. Y yo era el portador de su declaración de guerra.
Gelio Publicola era el cónsul encargado de ocupar la presidencia durante el mes de noviembre. Se trataba de un militar de la vieja escuela, obtuso y encantadoramente estúpido. Se decía de —o al menos lo decía Cicerón— que cuando cruzó Atenas con sus ejércitos, veinte años atrás, se ofreció a mediar entre dos escuelas filosóficas enfrentadas y las convocó a una reunión para que debatieran y dilucidaran de una vez por todas el verdadero sentido de la vida y, en adelante, no perdieran más tiempo en debates infructuosos. Yo conocía bastante bien al secretario de Gelio, y puesto que el orden del día de la tarde estaba anormalmente despejado y no había nada programado, salvo un informe sobre la situación militar, se avino a incluir la petición de Cicerón.
—Pero advierte a tu señor —me previno— de que el cónsul se ha enterado de su pequeño chiste sobre los filósofos y no le ha hecho ninguna gracia.
Cuando regresé al tribunal, Cicerón se hallaba en pleno discurso de alegaciones de la defensa. No era uno de los que más tarde decidiría conservar, de modo que, por desgracia, carezco del texto. Lo que sí recuerdo es que ganó el caso mediante el hábil recurso de prometer que si el joven Popilio era absuelto, dedicaría el resto de su vida al servicio militar, promesa que pilló totalmente por sorpresa a la acusación, al jurado y al propio acusado. Sin embargo, funcionó, y tan pronto como el veredicto se hubo pronunciado, sin dedicar un momento más al desagradable Popilio y sin entretenerse siquiera en tomar un bocado, partió hacia el edificio del Senado seguido de su corte de admiradores, cuyo número había aumentado tras haber corrido el rumor de que el gran abogado tenía previsto un nuevo discurso.
Cicerón solía decir que no era en la cámara del Senado donde se manejaban los verdaderos asuntos de la República, sino fuera, en el vestíbulo al aire libre que se conocía como senaculum, donde los senadores se veían obligados a esperar mientras se constituía el quórum. La reunión diaria de figuras de blancas togas, que podía durar una hora o más, constituía uno de los grandes espectáculos de la ciudad. Y mientras Cicerón se sumergía entre ellas, Estenio y yo nos unimos a la multitud de curiosos que se agolpaba al otro lado del foro. (El siciliano, pobre hombre, no tenía ni idea de lo que sucedía.)
Está en la naturaleza de las cosas que no todos los políticos consiguen alcanzar la misma grandeza. De los seiscientos hombres que componían entonces el Senado, solo ocho podían salir elegidos pretores —destinados a presidir los tribunales— en un año cualquiera, y solo dos de ellos conseguían alcanzar el supremo imperium del consulado. En otras palabras, más de la mitad de los que deambulaban por el senaculum estaban condenados a no ocupar nunca un cargo electivo. Eran lo que los aristócratas llamaban burlonamente los pedarii, los hombres que votaban con los pies, que los arrastraban obedientemente de un lado a otro de la cámara siempre que se llamaba a votar. Y sin embargo, a su manera, esos ciudadanos eran la columna vertebral de la República: banqueros, hombres de negocios y terratenientes de toda Italia; hombres ricos, prudentes y patriotas, siempre suspicaces ante la arrogancia y pompa de la aristocracia. Al igual que Cicerón, muchos de ellos eran homo novus, los nuevos hombres», los primeros miembros de sus familias que habían sido elegidos para el Senado. Se trataba de sus iguales, y verlo pasear entre ellos aquella tarde era como observar a un maestro de esgrima en su estudio, a un escultor ante su piedra: allí, una mano asía delicadamente un codo; allá, un brazo se posaba sobre unos musculosos hombros; con este, una chanza vulgar; con aquel otro, unas solemnes palabras de condolencia mientras enlazaba, contrito, las manos en el pecho; si algún pelmazo lo entretenía, parecía disponer de todo el tiempo del mundo para escuchar sus historias; pero entonces su mano revoloteaba, cazaba al vuelo a cualquiera que pasara cerca, y él se alejaba con la elegancia de un bailarín mientras se despedía con cuna tierna mirada de disculpa antes de empezar a trabajarse a cualquier otro. De vez en cuando hacía un gesto en nuestra dirección y un senador nos miraba, puede que meneando la cabeza con incredulidad o asintiendo como promesa de apoyo.
— ¿Qué ha dicho de mí? —preguntó Estenio— ¿Qué va a hacer?
No respondí porque ni yo mismo lo sabía.
En ese momento saltaba a la vista que Hortensio ya se había percatado de que algo ocurría, pero no sabía de qué se trataba exactamente. El orden del día había sido expuesto en su lugar de costumbre, junto a la puerta de entrada del Senado. Vi a Hortensio detenerse para leerlo —«El procesamiento por delitos capitales de personas que se hallan ausentes debería ser prohibido en las provincias.»—Y dar media vuelta, totalmente perplejo. Gelio Publicola se hallaba sentado en la entrada, en su asiento de marfil tallado, rodeado de sus ayudantes, a la espera de que las entrañas del animal sacrificado fueran examinadas por los augures y estos las declararan favorables antes de llamar a los senadores y pedirles que iniciaran la sesión. Hortensio se le acercó y preguntó con un gesto de las manos qué ocurría. Gelio se encogió de hombros y, a modo de respuesta, señaló con ademán irritado a Cicerón. Hortensio se volvió y descubrió a su ambicioso rival rodeado de un conspirativo corro de senadores, frunció el entrecejo y fue a reunirse con sus amigos de la aristocracia: los tres hermanos Metelo —Quinto, Lucio y Marco— y los dos cónsules de avanzada edad que eran quienes de verdad gobernaban el imperio: Quinto Cátulo (cuya hermana estaba casada con Hortensio) y el triunfador por partida doble Servilio Vatia Isáurico. El solo hecho de escribir sus nombres después de tantos años me eriza el cabello; hombres como ellos, severos e implacables, profundamente imbuidos de los valores republicanos, no existen hoy en día. Hortensio seguramente les había hablado de la moción, porque los cinco se volvieron lentamente para mirar a Cicerón. En ese instante, un trompeta hizo sonar el toque de llamada que indicaba el comienzo de la sesión, y los senadores empezaron a entrar en fila.
La sede del Senado ocupaba un frío, siniestro y cavernoso templo del gobierno dividido por un amplio pasillo central cuyo suelo de damero estaba hecho de mármol blanco y negro. A ambos lados, y encarados, había largas hileras de bancos de madera, con cabida para seis personas, donde se sentaban los senadores. El fondo lo ocupaba un estrado reservado para las butacas de los cónsules. La luz de aquella tarde de noviembre era pálida y azulada y entraba en forma de chorros por las ventanas desprovistas de cristales que había justo debajo del techo de vigas. Las palomas arrullaban en los alféizares y revoloteaban por la cámara dejando caer pequeñas plumas y también ocasionales excrementos sobre los senadores. Algunos aseguraban que recibir una cagada en pleno discurso daba suerte; otros decían que era de mal agüero; y los menos estaban convencidos de que eso dependía del color de la deposición. Los supersticiosos eran tan numerosos como sus interpretaciones. Cicerón no les hacía aso, del mismo modo que tampoco hacía caso del estado de Lis vísceras del cordero, de si el trueno sonaba a la derecha o la izquierda, ni de la dirección en que volaban las palomas. En lo que a él se refería, todo eso eran estupideces; lo cual no evitó que, llegado el momento, montara una entusiasta campaña para ser elegido miembro del Colegio de Augures.
En virtud de una tradición que en aquella época todavía se observaba, las puertas del Senado permanecían abiertas para que la gente pudiera escuchar los debates. La multitud, y Estenio y yo entre ella, cruzó el foro hasta situarse en la antesala de la cámara, donde quedó retenida por un simple cordón. Gelio va había empezado a hablar y a dar cuenta de los informes entregados por los comandantes de campaña. En los tres frentes las noticias eran buenas. En el sur de Italia, el inmensamente rico Marco Licinio Craso —el mismo que en una ocasión había presumido de que ningún hombre podía considerarse verdaderamente rico si no era capaz de mantener a una legión compuesta de cinco mil hombres— estaba aplastando la revuelta de Espartaco con gran dureza. En Hispania, Pompeyo el Grande, tras seis años de lucha, se hallaba a punto de liquidar los restos de los ejércitos rebeldes. En Asia Menor, Lucio Lúculo disfrutaba de una serie de victorias ininterrumpidas sobre el rey Mitrídates. Una vez leídos los informes, los partidarios de cada uno de los generales se levantaron por turno para alabar las hazañas de sus patrones y denigrar sutilmente a sus rivales. Yo conocía el funcionamiento de aquellas sesiones por boca de Cicerón, y se lo expliqué a Estenio con un susurro de superioridad:
—Craso odia a Pompeyo y está decidido a terminar con Espartaco antes de que Pompeyo regrese de Hispania con sus legiones y se lleve todo el mérito. Pompeyo odia a Craso y ambiciona la gloria de dar la puntilla a Espartaco y privar a su enemigo de semejante triunfo. Craso y Pompeyo, por su parte, odian a Lucio Lúculo porque el suyo es el mando más glamuroso.
—¿Y a quién odia Lúculo?
—A Pompeyo y a Craso, naturalmente, por conspirar contra él.
Me sentía tan satisfecho como un niño que acaba de recitar su lección sin equivocarse, porque en aquella época todo parecía un juego, y yo no tenía ni idea de que algún día nos veríamos inmersos en él. El debate llegó a una pausa fuera de programa, sin que fuera necesaria ninguna votación, y los senadores se pusieron a charlar entre ellos. Gelio, que ya tenía más de sesenta años, cogió el orden del día y lo leyó forzando la vista y acercándoselo mucho a la cara; luego, recorrió la sala con la mirada en busca de Cicerón, quien, como senador novel, se hallaba confinado en un lejano banco situado cerca de la puerta. Por fin, Cicerón se levantó para que lo vieran, Gelio se sentó, y el murmullo de voces se fue extinguiendo. Cogí la libreta y el punzón. Se hizo el silencio y Cicerón dejó que creciera; un viejo truco para aumentar la tensión. Entonces, cuando ya había esperado tanto que casi parecía que algo no iba bien, empezó a hablar; al principio en voz baja y vacilante, obligando a los que escuchaban a forzar el oído mientras el ritmo de sus palabras los conquistaba sin que se dieran cuenta.
—Honorables miembros del Senado, comparado con los emocionantes relatos de nuestros soldados que acabamos de escuchar, temo que lo que voy a explicar parecerá realmente insignificante. —Su tono, entonces se elevó—. Pero si ha llegado el momento en que esta noble casa no tiene oídos para escuchar las quejas de un hombre inocente, todas esas valientes hazañas carecerán de importancia y nuestros soldados se habrán desangrado en vano. —De los bancos vecinos surgió un murmullo de aprobación—. Esta mañana se ha presentado en mi casa un hombre inocente que ha recibido un trato tan vergonzoso, monstruoso y cruel de manos de uno de nosotros, que, al oírlo, hasta los mismísimos dioses se han echado a llorar. Me refiero al honorable Estenio de Termas, que vive en la miserable, mal gobernada y desdichada provincia de Sicilia.
Al oír la palabra «Sicilia», Hortensio, que hasta ese momento se había mantenido repantigado en su banco de la primera fila, el más próximo al cónsul, torció ligeramente el gesto. Sin apartar la vista de Cicerón empezó a hablar en susurros con Quinto, el mayor de los hermanos Metelo, que enseguida se echó hacia atrás e hizo un gesto para llamar a Marco, el más joven del fraternal trío. Este se inclinó para recibir las oportunas instrucciones y, tras una breve reverencia ante el cónsul presidente, salió a toda prisa por el pasillo en mi dirección. Por un momento pensé que venía por mí —los Metelo eran tipos de armas tomar—, pero ni siquiera me miró, sino que levantó el cordón, pasó bajo él y desapareció abriéndose paso entre la multitud.
Entretanto, Cicerón ya se había lanzado. Tras nuestro regreso de Rodas, y con el precepto «Declamación, declamación, declamación» grabado en su mente, mi señor había pasado muchas horas en el teatro, estudiando el método de los actores, y había desarrollado un notable talento para la mímica y la imitación. Recurriendo al más ligero cambio en la voz o en el gesto, era capaz de dar vida en sus discursos a los personajes que mencionaba. Aquella tarde obsequió al Senado con una de sus magistrales interpretaciones: la jactanciosa arrogancia de Verres halló su contraste en la callada dignidad de Estenio; los sufridos sicilianos se encogieron ante la vileza de Sextio, el verdugo. El propio Estenio no daba crédito a lo que estaba presenciando. No llevaba más que un día en la ciudad y allí estaba, convertido en el centro de un debate en el mismísimo Senado romano. Entretanto, Hortensio no dejaba de lanzar miradas hacia la entrada y, justo cuando Cicerón llegaba al núcleo de su discurso —«Estenio nos pide que lo protejamos no solo de un ladrón, ¡sino de la persona que se supone debe perseguir a los ladrones»—, se puso finalmente en pie. Según las normas del Senado, un pretor en funciones siempre tenía prioridad sobre un humilde miembro de los pedarii, de modo que Cicerón no tuvo más remedio que cederle la palabra.
—¡Senadores! —tronó Hortensio—. ¡Ya hemos escuchado bastante! ¡Esta es sin duda una de las mayores demostraciones de oportunismo que se han escuchado en esta noble casa! Nos ha sido presentada una confusa moción que ahora resulta que afecta a un solo hombre. No se nos ha advertido del tema que íbamos a tratar. No tenemos forma de saber si lo que estamos escuchando es cierto o no. Cayo Verres, un distinguido miembro de esta orden, ha sido difamado sin que haya tenido la oportunidad de defenderse. ¡Propongo que esta sesión se suspenda inmediatamente!
Hortensio se sentó entre los aplausos de los aristócratas. Cicerón se mantuvo en pie. Su rostro se mantenía impasible.
—El senador parece no haber leído la moción —dijo con fingido y burlón asombro—. ¿Dónde se menciona en ella a Cayo Verres? Caballeros, no estoy pidiendo a esta casa que vote sobre Cayo Verres. No sería justo juzgarlo hallándose ausente. Cayo Verres no está aquí para poder defenderse. Y ahora que hemos establecido dicho principio, ¿querrá Hortensio hacerlo extensivo a mi cliente y convenir en que él tampoco tendría que haber sido juzgado sin hallarse presente en el momento del juicio? ¿O es que hay una ley para los aristócratas y otra para el resto de nosotros?
Aquellas palabras elevaron la temperatura del debate y lograron que los pedarii y la multitud que se agolpaba en el exterior rugieran de entusiasmo. Noté que alguien empujaba a mis espaldas y vi que Marco Metelo se abría paso, entraba en la sala e iba rápidamente a sentarse junto a Hortensio. Cicerón lo observó al principio con expresión de perplejidad y después con cara de haber comprendido. De inmediato alzó la mano y reclamó silencio.
—De acuerdo, dado que Hortensio pone objeciones a la poca concreción de la moción original, volvamos a situarla para que no haya dudas. Propongo la siguiente enmienda: «Considerando que Estenio ha sido juzgado hallándose ausente, y habiendo convenido que ningún juicio debería haberse celebrado sin su presencia, cualquier juicio que se haya celebrado en esas condiciones debe ser invalidado».Y añado: votemos esta enmienda ahora y, siguiendo las más altas tradiciones del Senado romano, ¡salvemos a un hombre inocente del terrible castigo de la crucifixión!
Entre aplausos y abucheos, Cicerón se sentó y Gelio se levantó.
—La moción ha sido presentada —declaró el cónsul—. ¿Algún otro miembro de esta cámara desea decir algo?
Hortensio, los hermanos Metelo y unos pocos más de su grupo —como Escribonio Curio, Sergio Catilina y Emilio Alba— habían formado un corro alrededor del banco de primera fila, y por un momento pareció que la cámara procedería a una votación inmediata, cosa que a Cicerón convenía ampliamente. Pero cuando los aristócratas finalmente regresaron a sus asientos, la huesuda figura de Cátulo seguía en pie.
—Creo que hablaré —dijo—. Sí, creo que tengo algo que decir. —Cátulo era duro y despiadado como el pedernal y, además, el tatara-tatara-tatara-tatara-tataranieto (creo haber acertado en el número) del Cátulo que derrotó a Amílcar en la Primera Guerra Púnica. En su vieja y avinagrada voz resonaban dos siglos de historia—. Hablaré —repitió—, y lo primero que diré es que ese joven —señaló a Cicerón— no sabe nada de las más altas tradiciones del Senado romano; si las conociera, sabría que ningún senador ataca a otro si no es cara a cara. Eso demuestra su falta de alcurnia. Lo veo ahí, inteligente y despierto en su escaño, y ¿sabéis qué pienso, caballeros? Pienso en la sabiduría del viejo dicho: «Una onza de linaje vale más que una libra de mérito».
En ese momento fueron los aristócratas los que se partieron de risa. Catilina, de quien tendré que hablar largo y tendido más adelante, señaló a Cicerón y se pasó el dedo por el gaznate. Cicerón se ruborizó pero mantuvo la compostura. Incluso se permitió una leve sonrisa. Cátulo se volvió con evidente satisfacción hacia los bancos que tenía detrás, y eso me permitió ver brevemente su sonriente y aguileño perfil, como la cara acuñada de una moneda.
—Cuando entré por primera vez en esta casa, durante el consulado de Claudio Pulquer y Marco Perperna… —siguió, y su voz se convirtió en una monótona vibración.
Cicerón me lanzó una mirada. Dijo algo con los labios, alzó la vista hacia las ventanas y con un gesto de la cabeza señaló la puerta. Deduje al instante lo que quería decirme y, mientras me abría paso entre los espectadores, camino del foro, comprendí que Marco Metelo había sido enviado exactamente con el mismo encargo. En aquellos días, en que la medición del tiempo era más primitiva que en la actualidad, se consideraba que la última hora del día para hacer negocios comenzaba cuando el sol se ponía por detrás de la Columna Maeniana. Supuse que eso era lo que estaba a punto de ocurrir; y, de hecho, el funcionario responsable de efectuar la observación se hallaba en camino para comunicárselo al cónsul. Iba en contra de la ley que el Senado prolongara las sesiones más allá de la puesta de sol. Estaba claro que Hortensio y sus colegas habían planeado hablar ininterrumpidamente hasta el final de la sesión y evitar de ese modo que la moción de Cicerón pudiera ser sometida a voto. Para cuando tuve la confirmación de la posición del sol, volví a cruzar corriendo el foro y me abrí paso entre la multitud hasta la entrada de la sala, Gelio lo estaba anunciando:
—¡La última hora!
Cicerón se puso inmediatamente en pie con intención de reclamar turno de intervención, pero Gelio no estaba dispuesto a permitirlo. Cátulo tenía la palabra y seguía con su perorata, narrando una interminable historia de los gobiernos provinciales desde la época en que la loba amamantó a Rómulo. (Era un hecho conocido que el padre de Cátulo, también cónsul, murió tras encerrarse en una habitación sellada, encender un fuego de carbón y asfixiarse con el humo. Cicerón solía decir que sin duda lo había hecho para no seguir escuchando los discursos de su hijo.) Cuando al fin llegó a lo que parecía ser el final, pasó la palabra a Quinto Metelo. Cicerón se levantó de nuevo, pero de nuevo fue derrotado por el rango senatorial. Metelo ostentaba la categoría de pretor, y a menos que decidiera ceder la palabra, lo que evidentemente no hizo, Cicerón no podía intervenir. Durante unos instantes, mi amo se mantuvo en pie entre un coro de protestas; pero los hombres que lo rodeaban —uno de los cuales era Servio, su amigo jurista y ferviente admirador, que se había dado cuenta de que Cicerón estaba a punto de ponerse en ridículo— le tiraron de la toga hasta que finalmente se rindió y tomó asiento.
Dentro de la sala estaba prohibido encender una lámpara o alumbrar un brasero. Mientras la oscuridad se hacía cada vez más profunda, el frío se intensificó, y las blancas figuras de los senadores, inmóviles en aquella penumbra de noviembre, convirtieron el lugar en un parlamento de fantasmas. Después de que Metelo diera la tabarra durante una eternidad y cediera la palabra a Hortensio, capaz él también de hablar durante horas de cualquier cosa, todos comprendieron que el debate había concluido. Poco después, Gelio dio por finalizada la sesión y salió cojeando por el pasillo como un simple anciano en busca de su cena; le precedían sus cuatro lictores, que portaban la silla curul. Una vez hubo franqueado la puerta, los senadores salieron tras él; Estenio y yo nos retiramos hacia el foro para esperar a Cicerón. Poco a poco la multitud que nos rodeaba se fue dispersando. El siciliano no dejaba de preguntarme qué había sucedido; pero me pareció más prudente no decirle nada, de modo que permanecimos en silencio. Me imaginé a Cicerón, sentado a solas en los bancos del fondo, aguardando a que la sala se vaciara para poder salir sin tener que hablar con nadie. Sin embargo, para mi sorpresa, salió charlando animadamente con Hortensio y otro senador de avanzada edad a quien no reconocí. Intercambiaron unas palabras en la escalinata del Senado, se estrecharon la mano y se despidieron.
—¿Sabes quién era ese? —me preguntó Cicerón cuando se nos acercó. Lejos de parecer abatido, se lo veía muy animado—. El padre de Verres. Ha prometido escribir a su hijo y conminarle a que interrumpa el proceso si nos comprometemos a no volver a plantear el asunto en el Senado.
El pobre Estenio se sintió tan aliviado que creí que iba a desmayarse allí mismo de pura gratitud. Cayó de rodillas y empezó a besar las manos del senador. Cicerón torció el gesto y lo obligó amablemente a levantarse.
—De verdad, querido Estenio, ahorra tus manifestaciones hasta que hayamos conseguido algo concreto. Solo ha prometido escribir. Eso es todo. No tenemos ninguna garantía.
—Pero ¿aceptas el ofrecimiento? Cicerón hizo un gesto de impotencia.
—¿Qué otra elección tenemos? Aun suponiendo que yo volviera a plantear la moción, ellos no tendrían más que repetir la táctica de hoy.
Entonces no pude resistirme a la tentación de preguntar por qué, si eso era así, Hortensio se había dignado ofrecer un trato.
Cicerón asintió lentamente.
—Esa es una buena pregunta. —La niebla ascendía desde el Tíber, y las lámparas de los comercios a lo largo del Argiletum brillaban pálidas y difusas. Cicerón aspiró el húmedo aire—. Supongo que solo puede deberse a que se siente avergonzado; lo cual, en su caso, no es fácil. Sin embargo, me da la impresión de que ni siquiera él desea que lo asocien públicamente con un delincuente declarado como Verres, de manera que prefiere silenciar el asunto discretamente. Me pregunto a cuánto asciende el anticipo que le ha dado Verres. Debe de tratarse de una suma enorme.
—Pero Hortensio no ha sido el único que ha salido en defensa de Verres —le recordé.
—No. —Cicerón se volvió para contemplar el edificio del Senado, y vi que acababa de ocurrírsele algo—. Están todos en el ajo, ¿verdad? Los hermanos Metelo son verdaderos aristócratas. Nunca levantarían un dedo para defender a nadie, aparte de a sí mismos, a menos que hubiera dinero de por medio. En cuanto a Cátulo, ese hombre solo desea oro. En los últimos diez años ha construido tanto en el Capitolio que el lugar se ha convertido más en su santuario que en el de Júpiter. Calculo, Tiro, que esta tarde hemos tenido ante nuestros ojos sobornos por valor de medio millón. Disculpa, Estenio, pero unos cuantos bronces de Delia, por muy estupendos que sean, no bastan para comprar ese tipo de protección. ¿En qué andará metido Verres en Sicilia? —De repente, se quitó el anillo con el sello del dedo—. Escucha, Tiro, lleva esto al Archivo Nacional y enséñalo a uno de los funcionarios. Pídele en mi nombre que te deje ver todos los documentos de la contabilidad oficial que Cayo Verres haya presentado en el Senado.
La consternación que me invadió debió de reflejarse en mi rostro.
—Pero el Archivo Nacional está en manos de la gente de Cátulo. Se enterará de lo que te propones.
—No hay forma de evitarlo.
—Pero ¿qué se supone que debo buscar?
—Cualquier cosa que te parezca interesante. Lo sabrás cuando la veas. Ve deprisa, mientras queda todavía algo de luz. —Pasó un brazo por los hombros del siciliano—. En cuanto a ti, Estenio, espero que cenes conmigo esta noche. Será una simple reunión familiar, pero estoy seguro de que mi mujer estará encantada de conocerte.
Yo tenía serias dudas al respecto, pero no era a mí a quien correspondía hacer ese tipo de comentarios.
El Archivo Nacional, que en aquella época apenas tenía seis años de existencia, se alzaba sobre el foro con una presencia aún más rotunda que hoy en día, ya que entonces contaba con menos competencia. Subí a toda prisa los peldaños de la escalinata hasta la primera galería y, cuando localicé al funcionario de turno, mi corazón latía con fuerza. Le mostré el sello y le pedí, en nombre del senador Cicerón, que me permitiera ver los estados de cuentas de Verres. Al principio, el hombre aseguró que no había oído nunca el nombre de Cicerón y que, además, el edificio estaba a punto de cerrar. Yo le señalé entonces la cárcel y le dije con firmeza que, si no quería pasar un mes en las mazmorras del Estado cargado de cadenas por haber entorpecido una misión oficial, lo mejor sería que fuera a buscar dichos documentos a la mayor brevedad. (Una lección que había aprendido de Cicerón era cómo ocultar mis nervios.) El hombre gruñó, lo pensó mejor y luego me dijo que lo siguiera.
El Archivo era uno de los dominios de Cátulo, un templo dedicado a él y a su clan. En lo alto de las bóvedas figuraba una inscripción (Q. LUTACIO CÁTULO, HIJO DE QUINTO, NIETO DE QUINTO, CÓNSUL, EN VIRTUD DE UN MANDATO DEL SENADO ORDENÓ LEVANTAR ESTE ARCHIVO NACIONAL Y LO APROBÓ CON SATISFACCIÓN) y junto a la entrada se erguía una estatua de Cátulo de tamaño natural en la que se lo veía algo más joven y heroico a como había aparecido ante el Senado aquella tarde. la mayor parte de los miembros del personal eran esclavos o libertos de Cátulo, y todos lucían su emblema (un pequeño perro) cosido en sus túnicas. Permitid que os explique la clase de hombre que era Cátulo: culpaba del suicidio de su padre al pretor Gratidiano —un pariente lejano de Cicerón— y, tras la victoria de los aristócratas en la guerra civil entre Mario y Sila, consideró llegado el momento de la venganza. Su joven protegido, Sergio Catilina, por órdenes de Cátulo, apresó a Gratidiano y lo hizo azotar por las calles hasta el panteón de los Cátulo. Allí le quebraron los brazos y las piernas, le amputaron la nariz y las orejas, le estiraron la lengua y se la cortaron, y le vaciaron las cuencas de los ojos. Luego, en aquel lamentable estado, le cortaron la cabeza, y Catilina se la presentó triunfalmente a Cátulo, que aguardaba en el foro. ¿Os extraña pues que me sintiera particularmente inquieto mientras esperaba a que me abrieran Las cámaras?
Los archivos se conservaban en cámaras incombustibles, construidas para soportar la descarga de un rayo y excavadas en la roca del Capitolio, y cuando los esclavos abrieron las grandes Muertas de bronce tuve una vista momentánea de los miles y miles de rollos de papiro que se guardaban en los huecos de la sagrada colina. Quinientos años de historia acumulados en tan pequeño espacio… Medio milenio de magistraturas, gobernantes, decretos proconsulares y edictos judiciales que abarcaban desde Lusitania hasta Macedonia, de África a Galia, y la mayoría de ellos dictados en nombre del mismo puñado de familias de siempre: los Emilio, los Claudio, los Cornelio, los Lutacio, los Metelo o los Servilio. Eso era lo que proporcionaba a Cátulo y a los de su clase la confianza necesaria para mirar por encima del hombro a simples caballeros de provincias como Cicerón.
Mientras buscaban los archivos de Verres me tuvieron esperando en la antesala hasta que por fin me entregaron una única caja de documentos que contenía quizá una docena de rollos. Por las etiquetas de los extremos comprendí que todos salvo uno eran estados de cuentas de la época en que Verres había sido pretor urbano. La excepción era un delgado pedazo de papiro, apenas merecedor de ser enrollado, que abarcaba su trabajo como magistrado de segundo rango durante los doce años precedentes, en pleno período de la guerra entre Sila y Mario, y donde solo figuraban escritas tres frases: «Recibí 2.235.417 sestercios. Gasté 1.635.417 sestercios en jornales, grano, pagos a los legados, al procuestor y a la cohorte pretoriana. En Ariminio dejé 600.000». A duras penas logré contener una carcajada al recordar los cientos de rollos llenos de meticulosas cuentas que yo había redactado en nombre de Cicerón cuando este había finalizado su misión como magistrado en Sicilia.
—¿Esto es todo lo que hay?
El funcionario me aseguró que sí.
—¿Y dónde están sus estados de cuentas como gobernador de Sicilia?
—No han sido entregados todavía al Tesoro.
—¡Pero si lleva dos años de gobernador!
El tipo me miró con rostro inexpresivo, y comprendí que era inútil perder más tiempo con él. Copié las tres líneas sobre la magistratura de Verres y me fui.
Mientras estaba en el Archivo, la oscuridad había caído sobre Roma. En casa de Cicerón, la familia ya se había sentado a cenar pero mi señor había dado instrucciones a Eros, el mayordomo, para que me hiciera pasar al comedor tan pronto regresara. Encontré a Cicerón recostado en un diván al lado de Terencia. Su hermano Quinto también se hallaba presente, junto con su esposa. El tercer diván lo ocupaban Lucio —el primo de Cicerón— y Estenio, que llevaba las mismas ropas mugrientas de la mañana y se revolvía incómodo. Aunque Cicerón parecía de buen humor, percibí la tensión en el ambiente nada más entrar. Siempre le gustaba festejar durante las cenas, pero su interés no estaba en la calidad de la comida o la bebida, sino en la compañía y la conversación. Quinto y Lucio, junto con Ático, eran los hombres a los que más apreciaba.
—¿Y bien? —me preguntó.
Yo le conté lo sucedido y le mostré mi copia de las cuentas de Verres como cuestor. Él las examinó, gruñó y arrojó la tablilla de cera sobre la mesa.
—Mira esto, Quinto. El canalla es demasiado perezoso hasta para mentir bien. Seiscientos mil sestercios. ¡Qué suma tan adecuada, ni un céntimo de más o de menos! ¿Y dónde los deja? ¡En una ciudad que entonces se hallaba ocupada por los ejércitos del enemigo, de modo que su pérdida pudiera serle fácilmente achacada! ¡Luego pasados dos años como gobernador sin enviar ni un informe! Realmente, Estenio, debo estarte agradecido por haber llamado mi atención sobre semejante sujeto.
—¡Oh, sí, Estenio, muy agradecidos! —exclamó Terencia con malvada dulzura—. ¡Muy agradecidos por ponernos en pie de guerra con la mitad de las familias decentes de Roma! de todas maneras, como a partir de ahora solo tendremos que relacionarnos con los sicilianos, supongo que no será ningún problema. Disculpa, ¿de dónde dijiste que venías?
—De Termas, mi señora.
—¿Termas? Creo que nunca he oído hablar de ese sitio, pero estoy segura de que ha de ser un lugar encantador. Podrías hacer un discurso al consejo de la ciudad, Cicerón. Ahora que Roma te ha cerrado las puertas para siempre, tal vez consigas pie te elijan los de allí. Tú serías el cónsul de Termas, y yo, la primera dama.
—Un papel que estoy convencido de que desempeñarías con tu habitual encanto —le respondió Cicerón dándole una palmada en el brazo.
Podían lanzarse puyazos así durante horas. A veces incluso me daba la impresión de que disfrutaban.
—Sigo sin ver qué puedes hacer tú para remediarlo —dijo Quinto. Acababa de regresar del servicio militar. Era cuatro años más joven que su hermano y poseía menos de la mitad de su inteligencia—. Si denuncias la conducta de Verres ante el Senado, volverán a no dejarte hablar; si lo denuncias ante los tribunales, se asegurarán de que sea declarado inocente. Mi consejo es que no metas las narices en este asunto.
—Y tú, ¿primo, qué dices?
—Yo digo que ningún hombre de honor puede formar parte del Senado y quedarse de brazos cruzados viendo cómo queda impune tamaña corrupción —contestó Lucio—. Ahora que conoces los hechos, tienes el deber de hacerlos públicos.
—¡Bravo! —exclamó Terencia—. ¡Acabas de hablar como un auténtico filósofo al que nunca ha interesado la consecución del poder!
Pomponia bostezó ostensiblemente.
—¿No podemos hablar de otra cosa? ¡La política es tan aburrida!
Pomponia era una fatigosa mujer cuyo único atractivo evidente —aparte de su generoso busto— era ser la hermana de Ático. Vi que las miradas de los dos hermanos Cicerón se cruzaban y que mi señor hacía un imperceptible gesto con la cabeza, como queriendo decir «No le hagas caso, no vale la pena discutir por ella».
—De acuerdo —convino—.Ya basta de política. En cambio, propongo un brindis. —Alzó la copa y los demás lo imitaron—. Por nuestro viejo amigo Estenio. Que, al menos, este día vea el comienzo de la recuperación de su fortuna. ¡Por Estenio!
Los ojos del siciliano brillaban con lágrimas de gratitud.
—¡Por Estenio!
—¡Y por Termas, Cicerón! —añadió Terencia, cuyos pequeños y negros ojos, sus ojos de arpía, brillaban con malicia por encima del borde de la copa—. ¡No nos olvidemos de Termas!
Cené solo en la cocina y, agotado, me fui a la cama con mi lámpara y mi libro de filosofía, aunque estaba demasiado cansado para leer. (Tenía entera libertad para tomar prestado cualquier cosa que quisiera de la pequeña biblioteca familiar.) Más tarde oí cómo se marchaban los invitados y se cerraba la cancela de la entrada; también a Terencia y Cicerón subir en silencio por la escalera y emprender caminos separados; hacía ya tiempo que ella había decidido dormir en la otra punta de la casa para evitar que él la despertara antes del amanecer. Escuché los pasos de Cicerón en las tablas de madera, por encima de mi cabeza, y entonces apagué la lámpara. Eso fue lo último que percibí antes de sumirme en un profundo sueño: sus pasos, arriba y abajo, arriba y abajo.
Transcurrieron seis semanas antes de que tuviéramos noticias de Sicilia. Verres había hecho caso omiso de las súplicas de su padre. El primer día de diciembre, en Siracusa, tal como había amenazado, juzgó a Estenio hallándose este ausente, lo declaró culpable de espionaje, lo condenó a morir crucificado y envió a sus agentes a Roma para que lo detuvieran y lo devolvieran a la isla para su ejecución.