V
Esa noche, por primera y última vez en todos mis años de servicio, Cicerón bebió más de la cuenta. Lo oí discutir con Terencia durante toda la cena; no fue uno de sus agudos y glacialmente corteses intercambios, sino una bronca que resonó por toda la pequeña casa mientras ella lo maldecía por su estupidez a la hora de confiar en tan infame pandilla de indeseables, piceanos todos ellos, ¡ni siquiera verdaderos romanos!
—Pero, claro, ¡tampoco tú eres un verdadero romano!
Esta puya sobre los modestos orígenes provinciales de Cicerón daba siempre en la diana. No llegué a entender lo que él le contestó —lo dijo en un tono callado y malévolo—, pero, fuera lo que fuese, resultó devastador para Terencia; a pesar de que no era una mujer fácilmente impresionable, salió corriendo del comedor hecha un mar de lágrimas y desapareció escalera arriba.
Me pareció que lo mejor era dejarlo solo. Sin embargo, una hora más tarde escuché un estrépito. Al entrar me encontré con Cicerón, que a duras penas se tenía en pie, contemplando tina bandeja hecha añicos. Tenía la pechera de la túnica manchada de vino.
La verdad es que no me encuentro bien —me dijo.
Cogí su brazo, me lo pasé por los hombros y lo llevé a su cuarto, lo que no resultó precisamente fácil, pues pesaba bastante más que yo. Lo tumbé en la cama y le quité las sandalias.
—Divorcio —murmuró con la cabeza en la almohada—. Divorcio, Tiro. Esa es la respuesta. Y si tengo que renunciar al Senado porque no me lo puedo permitir, ¿qué más da? Nadie me echará de menos. Solo otro homine novo que ha salido de la nada. ¡Ay, Tiro!
Conseguí alcanzar el orinal y ponerlo delante de él antes de que empezara a vomitar.
—Volvamos a Atenas, querido amigo. —Tenía la cabeza baja y parecía que hablara con su propia vomitona—.Vayamos a vivir con Ático y a estudiar filosofía, y nadie aquí nos echará en falta…
Aquellas últimas palabras se fundieron con un lamento de autocompasión lleno de sílabas intercambiadas y de consonantes sibilantes imposibles de registrar con mis símbolos para acortar palabras. Dejé el orinal a un lado y soplé la lámpara. Cicerón se quedó dormido antes incluso de que yo llegara a la puerta. Debo confesar que esa noche me acosté muy preocupado.
Sin embargo, a la mañana siguiente, antes del amanecer, me despertó el habitual sonido de sus pasos yendo de un lado a otro en sus ejercicios matutinos; tal vez caminara un poco más despacio que otras veces, pero era muy temprano, ya que estábamos en pleno verano y no podía haber dormido muchas horas. Tal era la naturaleza del personaje. El fracaso constituía el combustible que alimentaba su ambición. Cada vez que sufría una humillación —cuando, siendo un joven abogado, su delicada naturaleza le fallaba, a su retorno de Sicilia o, como en esos momentos, tras el desaire de Pompeyo—, su fuego interior se apagaba momentáneamente y se encendía de nuevo con mayor fuerza. «Es la perseverancia, no el genio, lo que lleva a los hombres a la cima», solía decirme.
«Roma está llena de genios que nadie conoce. En este mundo, solo la perseverancia te permite seguir adelante.» Así pues, lo oí prepararse para un nuevo día de lucha en el foro romano y sentí que el viejo y conocido ritmo de la casa volvía a tomar el mando.
Me vestí y encendí las lámparas. Ordené al portero que abriera la puerta y comprobé la lista de clientes. Luego fui al estudio de Cicerón y se la entregué. Ni entonces ni nunca volvió a mencionar lo ocurrido la noche anterior, y sospecho que eso nos aproximó todavía más. No cabe duda de que presentaba un tono un tanto verdoso y que tenía que entrecerrar los ojos para leer los nombres, pero aparte de eso estaba completamente normal.
—¡Estenio otra vez! —gruñó al ver que el siciliano seguía esperando—. ¡Que los dioses se apiaden de nosotros!
—No viene solo —le advertí—. Esta vez se ha traído a dos compatriotas.
—¿Quieres decir que se ha multiplicado? —Carraspeó para aclararse la garganta—. De acuerdo. Que entre el primero y así nos libraremos de él de una vez por todas.
Y como en ciertos sueños recurrentes de los que uno no puede escapar, me encontré conduciendo otra vez a Estenio de las termas a presencia de Cicerón. Nos presentó a sus compañeros como Heraclio de Siracusa y Epicrates de Bidis. Ambos eran de avanzada edad, vestían, como Estenio, las ropas propias de quienes están de duelo, y llevaban el cabello y la barba sin cortar.
—Escúchame, Estenio —dijo Cicerón en tono severo una vez concluidos los apretones de manos con el trío de lamentable aspecto—, esto tiene que acabar.
Sin embargo, el siciliano se hallaba en el distante reino de propios pensamientos, donde los extraños difícilmente logran penetrar: los dominios del litigante obsesivo. Te estoy de lo más agradecido, senador. Primero, ahora que he conseguido las actas del tribunal de Siracusa —dijo sacando un pedazo de papiro de la bolsa que llevaba y poniéndolo en manos de Cicerón—, puedes ver lo que ese monstruo ha hecho. Esto fue lo que se escribió antes del veredicto de los tribunos, y esto —añadió entregándole otra hoja— es lo que se escribió después.
Con un suspiro, Cicerón cogió ambos documentos, los puso uno al lado del otro y los comparó.
—Veamos. Esta es el acta oficial de tu juicio por traición, en la que consta por escrito que estabas presente el día de la vista. Sí, ya sabemos que eso es absurdo. Y aquí… —Sus palabras se enlentecieron a medida que comprendía las implicaciones—. Aquí dice que no estabas presente. —Alzó la mirada. La visión de sus legañosos ojos empezaba a aclararse—. Entonces, ¿debo entender que Verres ha falsificado los procedimientos de su propio tribunal y que después ha falsificado su propia falsificación?
—¡Exacto! —gritó Estenio—. Cuando Verres supo que me habías llevado ante los tribunos y que toda Roma comprendía que yo no podía estar en Siracusa el primer día de diciembre, tuvo que eliminar toda huella de su mentira. Pero el primer documento viajaba ya hacia mis manos.
—Bien, bien, bien —contestó Cicerón sin dejar de examinar el papiro—. Tal vez Verres esté más preocupado de lo que imaginamos. Veo que aquí pone que ese día tuviste un abogado que te representó, «Cayo Claudio, hijo de Cayo Claudio, del Palatino». Caramba, Estenio, eres un hombre afortunado, tener tu propio abogado romano… ¿Quién es?
—El administrador de Verres. Cicerón miró a Estenio con atención.
—¿Qué más llevas en esa bolsa?
Entonces, en aquella calurosa mañana de verano, el contenido cayó y se desparramó por el suelo: cartas, nombres, borradores de documentos oficiales, notas manuscritas sobre rumores y habladurías…, los frutos de siete meses de desvelos de tres hombres desesperados, pues Verres también había desposeído a Heraclio y Epicrates de sus propiedades; la una valorada en sesenta mil sestercios y la otra en treinta mil. En ambos casos, Verres había abusado de sus prerrogativas para levantar falsas acusaciones y asegurarse veredictos favorables a sus intereses. A los dos les robaron más o menos en la misma época que a Estenio. Hasta entonces los dos habían sido personajes influyentes en el seno de sus respectivas comunidades. Los dos se habían visto obligados a abandonar la isla sin llevar un céntimo y a buscar refugio en Roma. Y al enterarse de la aparición de Estenio ante los tribunos, lo habían localizado para proponerle su colaboración.
«Como víctimas individuales, eran débiles —diría Cicerón años más tarde al recordar el caso—, pero cuando juntaron sus causas descubrieron que tenían un entramado común de contactos e influencias que se extendía por toda la isla: desde Termas, en el norte, hasta Bidis, en el sur, pasando por Siracusa, en el este. Aquellos eran hombres sagaces por naturaleza, duros por experiencia y tenaces por educación, y se habían confesado sus respectivos secretos de un modo que jamás habrían hecho ante un senador de Roma.» Visto desde fuera, Cicerón seguía pareciendo un tranquilo abogado, pero a medida que el sol se hizo más fuerte, y yo fui apagando las lámparas, percibí que una creciente excitación se apoderaba de él. Allí estaba la declaración jurada de Dio de Halaesa, a quien Verres había extorsionado exigiéndole una suma de diez mil sestercios a cambio de no llevarlo a juicio mediante falsas acusaciones y después le había robado todos sus caballos, tapices y objetos de oro y plata. Allí estaban los testimonios de los sacerdotes cuyos templos Verres había saqueado: desde un bronce de Apolo, firmado en plata por el escultor Mirón y ofrecido por Escipión un siglo y medio antes, robado del santuario de Escolapio en Agrigento, pasando por una estatua de Ceres, sacada de Catina y una de la Victoria proveniente de Henna, hasta el saqueo del antiguo santuario de Juno en Melita. Allí estaban las pruebas de los campesinos de Herbita y Agirium, amenazados con ser flagelados hasta la muerte a menos que pagaran por la protección de los sicarios de Verres. Ahí estaba la historia del infeliz Sopater de Tindaris, capturado en pleno invierno por los lictores del gobernador y atado desnudo a una estatua ecuestre, a la vista de toda la comunidad, hasta que él y sus conciudadanos aceptaron entregar el valioso bronce municipal que se levantaba en el gimnasio de la localidad.
—Lo que Verres gobierna no es una provincia —comentó un perplejo Cicerón en voz baja—, es un estado criminal de cabo a rabo.
Había docenas de historias más como aquellas.
Con el permiso de los tres sicilianos, recogí los papeles, hice un legajo con ellos y los guardé en el arcón de seguridad del senador.
—Amigos, es vital que de esto no se sepa ni una palabra —les dijo Cicerón—. Seguid reuniendo pruebas y testimonios, pero hacedlo discretamente. Verres ha utilizado la violencia y la intimidación muchas veces, y podéis estar seguros de que volverá a utilizarlas para protegerse. Debemos pillar desprevenidos a esos canallas.
—¿Quieres decir que nos ayudarás? —preguntó Estenio, que apenas se atrevía a acariciar la idea. Cicerón lo miró, pero no contestó.
Más tarde, ese mismo día, cuando regresaba de los tribunales, el senador solucionó su discusión de la noche anterior con su esposa: envió al joven Sosisteo al viejo mercado de flores del foro Boario, delante del templo de Posturno, para que comprara un ramo de fragantes flores. Luego le entregó el ramo a Tulia y le dijo solemnemente que le tenía reservada una tarea vital: debía llevárselas a su madre y anunciarle que provenían de un tosco admirador de provincias. («¿Lo has entendido, Tuliola? de un tosco admirador de provincias.») La niña se adentró muy seria en los aposentos de Terencia, y supongo que la cosa surtió efecto, porque esa noche, cuando por insistencia de Cicerón los divanes fueron subidos a la azotea, y la familia cenó bajo las estrellas de verano, las flores ocuparon un lugar destacado en el centro de la mesa.
Sé todo esto porque, cuando la cena tocaba a su fin, fui inesperadamente llamado por Cicerón. Era noche cerrada, ni un soplo de brisa agitaba la luz de las velas, y los sonidos que llegaban por el valle desde la ciudad se entremezclaban con el perfume de las flores en el cálido ambiente de junio, fragmentos de música, voces, las llamadas de los centinelas a lo largo del Argiletum, el distante ladrido de los perros guardianes que vagaban sueltos por los barrios de la tríada capitolina. Lucio y Quinto reían por alguna broma de Cicerón, y ni siquiera Terencia podía disimular su buen humor mientras golpeaba a su marido con la servilleta y le advertía que ya estaba bien. (Por suerte, Pomponia se encontraba visitando a su hermano en Atenas.)
—¡Ah! —dijo Cicerón dándose la vuelta—. Aquí está Tiro, el maestro en política de todos nosotros; lo cual significa que puedo proceder a realizar mi pequeña declaración. Me parece apropiado que esté presente y la escuche él también. Sabed que he decidido optar al cargo electo de edil.
—¡Vaya, estupendo! —exclamó Quinto, que creía que el anuncio formaba parte de la broma de antes. Sin embargo, enseguida dejó de reír y comentó con aire perplejo—: Pero eso no tiene gracia…
—La tendrá si gano.
—Pero no puedes ganar. Ya oíste lo que dijo Pompeyo. No te quiere como candidato.
—No corresponde a Pompeyo decidir quién ha de ser candidato y quién no. Somos ciudadanos libres, libres para realizar nuestras propias elecciones. Y yo elijo presentarme al cargo de Marco, no tiene sentido presentarse a algo sabiendo que vas a perder —insistió Quinto—. Ese es precisamente el tipo de gesto heroico e inútil en el que Lucio, aquí presente, cree.
—Pues brindemos por el heroísmo inútil —dijo Lucio alzando su copa.
—Pero no podemos vencer a la oposición de Pompeyo insistió Quinto—. ¿Y qué sentido tiene ganarse la enemistad de Pompeyo?
Ante lo cual Terencia replicó:
—Después de lo de ayer, la pregunta correcta es: ¿qué sentido tiene ganarse la amistad de Pompeyo?
—Terencia tiene razón —intervino Cicerón—. Ayer aprendí una lección. Supongamos que espero un año o dos y permanezco pendiente de cualquier palabra de Pompeyo con la esperanza de recibir el favor mientras le hago de correveidile. Todos hemos visto hombres así en el Senado, hombres que envejecen mientras aguardan que se cumplan las medias promesas que les hicieron. Al final, se consumen y su momento pasa sin que tengan nada que ofrecer. Prefiero retirarme ahora mismo de la política que permitir que me ocurra algo parecido. Si uno ambiciona el poder, llega un momento en que debe tomarlo. Este es mi momento.
—Pero ¿cómo piensas conseguirlo?
—Llevando a juicio a Cayo Verres y acusándolo de extorsión.
Ahí estaba. Yo lo sabía desde primera hora de la mañana. Y estoy seguro de que él también, pero había preferido tomarse su tiempo; probarse la decisión, como si dijéramos, para ver qué tal le sentaba. Y la verdad es que le sentaba estupendamente. Nunca lo había visto más decidido. Tenía todo el aspecto de un hombre convencido de que la fuerza de la historia corría por sus venas. Nadie dijo una palabra.
—¡Vamos! —exclamó con una sonrisa—. ¿A qué vienen esas caras largas? ¡Todavía no he perdido! Y, por otra parte, no creo que vaya a perder. Esta mañana he recibido la visita de unos sicilianos que han acumulado las pruebas más increíbles contra Verres, ¿no es así, Tiro? Lo tenemos todo abajo, a buen recaudo. Y, cuando ganemos, ¡pensadlo!, derrotaré a Hortensio ante los tribunales y toda esa historia del «segundo mejor abogado de Roma» se habrá acabado para siempre. De acuerdo con los derechos que se asignan tradicionalmente al demandante victorioso, ocuparé el cargo del inculpado, lo que significa que me convertiré en pretor de la noche a la mañana; se acabará así el constante levantarse y sentarse en los bancos de atrás del senado con la esperanza de que me permitan hablar. Además, de ese modo me hallaré en el centro de la atención del público y mi elección como edil quedará asegurada. Pero lo mejor de todo es que lo haré yo, Cicerón, y no deberé favores a nadie, o al menos no a Pompeyo el Grande.
—¿Y qué pasa si perdemos? —preguntó Quinto, que por fin había recobrado la voz—. Somos abogados defensores. Nunca presentarnos acusaciones. Tú mismo lo has dicho cientos de veces: «Los abogados defensores ganan amigos; los acusadores, solo enemigos». Si no consigues terminar con Verres, hay bastantes posibilidades de que acabe siendo elegido cónsul. Si eso ocurre, no descansará hasta que te haya destruido.
—Eso es cierto —admitió Cicerón—. Si tienes que matar a un animal peligroso, es mejor que te asegures de que lo conseguirás con el primer golpe. Pero ¿acaso no lo veis? de ese modo puedo ganarlo todo: rango, fama, cargo, dignidad, autoridad, independencia, una base de clientes en Roma y Sicilia te abre el camino que me llevará a convertirme en cónsul.
Fue la primera vez que le oí mencionar su gran ambición, en buena medida su renovada confianza se demostró en el hecho de que por fin se sintió capaz de pronunciar aquella palabra. Cónsul. Para cualquier hombre entregado a la vida pública representaba la apoteosis. Los años se distinguían unos de otros en los documentos oficiales y en las piedras capitulares por los nombres de los cónsules presidentes inscritos en ellos. Era lo más parecido que había bajo el cielo a la inmortalidad. ¡Cuántas noches habría pasado mi señor pensando en ello, soñando, acariciando la idea desde la adolescencia! A veces manifestar una ambición así antes de hora constituye una torpeza; exponerla prematuramente a la burla y el desprecio puede destruirla antes de que haya nacido debidamente. Pero otras veces ocurre justamente lo contrario, y el simple acto de expresarla hace que de repente parezca posible, plausible incluso. Eso fue lo que ocurrió esa noche: cuando Cicerón pronunció la palabra «cónsul», la plantó en el suelo como un estandarte para que todos la admiráramos. Y, por un momento, contemplamos a través de sus ojos un brillante y estrellado futuro y comprendimos que tenía razón: si acababa con Verres, tendría una oportunidad; podría, con un poco de suerte, llegar a lo más alto.
Durante los meses siguientes hubo mucho que hacer, y, como de costumbre, buena parte del trabajo recayó en mí. Primero, tracé un gran diagrama del electorado de los candidatos a ediles. En aquella época lo formaba la totalidad de los ciudadanos de Roma, divididos en treinta y cinco tribus. Cicerón pertenecía a la de los Cornelio; Servio, a la de los Letonia; Pompeyo, a la de los Clusturmina; Verres, a la de los Romilia; etc., etc. Cada ciudadano depositaba su papeleta en el Campo de Marte como miembro de su correspondiente tribu, y los resultados de las votaciones de cada tribu eran leídos entonces por los magistrados. Los cuatro candidatos que se llevaban el mayor número de votos de las distintas tribus eran declarados vencedores.
Cicerón contaba con varias ventajas en aquel particular sistema electoral. Una era que, a diferencia de en la elección de pretores y cónsules, los votos de todos los ciudadanos tenían el mismo valor, al margen de su patrimonio, y la mayoría de los partidarios de Cicerón se contaban entre los comerciantes y los numerosísimos pobres, por lo que los aristócratas tendrían dificultades para cerrarle el paso. Por otra parte, era un electorado relativamente fácil de desplazar. Cada tribu tenía su propio cuartel general en algún lugar de la ciudad, normalmente un espacio lo bastante grande para celebrar en él una cena o una reunión. Así pues, revisé nuestros expedientes y confeccioné una lista de todas las personas a las que Cicerón había ayudado o defendido en los últimos seis años y ordené los nombres por tribus. Posteriormente se contactó con esas personas para pedirles que se aseguraran de que mi señor sería invitado a hablar en cualquier reunión tribal que fuera a celebrarse. Es asombroso la cantidad de favores que puede pedirse tras seis años de infatigable ejercicio de la abogacía. La campaña de Cicerón no tardó en llenarse de citas y compromisos, y su jornada laboral se alargó aún más. Cuando el Senado o los tribunales cerraban sus sesiones, corría a casa para darse un baño, cambiarse y salir a atender cualquiera de sus nuevos compromisos. Su eslogan fue: «Justicia y reforma».
Quinto, como de costumbre, fue el director de la campaña, mientras que el primo Lucio se dedicaba a preparar el caso contra Verres. El gobernador tenía previsto regresar de Sicilia a finales de año, momento en el cual —justo en el instante en que entrara en la ciudad— perdería su imperium y, con él, su inmunidad. Cicerón estaba decidido a golpear a la primera oportunidad y, si era posible, no dar tiempo a su adversario a eliminar pruebas o a intimidar a los testigos. Por ese motivo, y para evitar levantar sospechas, los sicilianos dejaron de frecuentar su despacho; Lucio se convirtió en el mensajero entre Cicerón y sus clientes, reuniéndose en secreto con ellos en distintos puntos de la ciudad. De ese modo llegué a conocer mucho mejor a Lucio, y, cuanto más lo trataba, mejor me caía. En muchos aspectos se parecía a Cicerón. Tenía más o menos su misma edad, y era inteligente y divertido, además de un dotado filósofo. Los dos crecieron juntos en Arpino, fueron juntos al colegio en Roma y viajaron juntos a oriente. Sin embargo, los separaba una diferencia crucial: Lucio carecía por completo de ambiciones mundanas. Vivía solo en una pequeña casa llena de libros y, todo el día no hacía nada más que leer y pensar; una ocupación de lo más peligrosa para un hombre, pues, según mi experiencia, conduce inevitablemente a la dispepsia y la melancolía. Sin embargo, a pesar de su tendencia a la soledad, no tardó en tomarle el gusto a eso de abandonar su estudio todos los días, y le irritaron tanto las barbaridades de Verres, que sus ansias por llevarlo ante la justicia superaron a las del propio Cicerón. «Conseguiremos hacer de ti un abogado, querido primo», comentó admirativamente mi señor después de que Lucio le presentara otro conjunto de pruebas y declaraciones condenatorias.
Hacia finales de diciembre se produjo un incidente que por fin reunió, de manera dramática, los flecos sueltos de la vida de Cicerón. Una oscura mañana abrí la puerta y me encontré, al principio de la cola de la gente que esperaba, al mismo hombre al que habíamos visto en la basílica de los tribunos actuando como abogado defensor de la columna erigida por su abuelo: Marco Porcio Catón. Estaba solo, no le acompañaba ningún esclavo, y parecía como si hubiera pasado la noche en la calle. (Ahora que vuelvo a pensar en ello, es posible que lo hiciera, pero el aspecto de Catón era siempre tan dejado, como el de los hombres santos y los místicos, que era decirlo.) Naturalmente, a Cicerón le intrigó el que un hombre de tan eminente alcurnia se hubiera presentado ante su puerta, ya que Catón, por muy raro que fuera, pertenecía a lo más rancio de la aristocracia y estaba emparentado por sangre y matrimonio con las tribus de los Servilios, Lepidios y Emilios. Lo cierto es que Cicerón, tal fue el placer que su visita le causó, salió al tablinum en persona para darle la bienvenida y acompañarlo a su despacho. Era exactamente el tipo de cliente que siempre había soñado con encontrar entre sus redes alguna mañana.
Me senté en un rincón para tomar notas mientras el joven Catón, que no era hombre dado a hablar por hablar, iba directamente al grano. Según explicó, necesitaba a un buen abogado, y le había gustado la forma en que Cicerón se había desenvuelto ante los tribunos, pues era una vergüenza que alguien como Verres se considerara por encima de las leyes más antiguas. Para abreviar: se había prometido a su prima, Emilia Lépida, una encantadora joven de dieciocho años cuya vida se había visto tempranamente afectada por la tragedia. A los trece años fue humillantemente rechazada por su novio de entonces, el joven altivo y aristócrata Escipión Nasica. A los catorce murió su madre. A los quince murió su padre. A los dieciséis murió su hermano, y ella se quedó sola en el mundo.
—Pobre chica —comentó Cicerón—. Así pues, si lo he entendido bien, siendo tu prima, debe ser la hija de Emilio Lepido Liviano, que fue cónsul hace seis años, ¿no? ¿Verdad que era el hermano de tu difunta madre, Livia? —Al igual que tantos pretendidos radicales, Cicerón tenía un amplio conocimiento de la aristocracia.
—Así es.
—Entonces, mi querido Catón, no me queda más que felicitarte por tan afortunado enlace. Con la sangre de esas tres Ilustres familias corriendo por sus venas, y habiendo muerto todos sus parientes más próximos, debe de ser una de las herederas más ricas de Roma.
—Lo es —dijo Catón con amargura—. Ese es el problema. Escipión Nasica, su antiguo pretendiente, acaba de regresar de Hispania tras luchar en el ejército de Pompeyo supuestamente llamado «el Grande», se ha enterado de lo rica que es tras la muerte del padre y el hermano, y ha reclamado a la joven como suya.
—Pero la última palabra le corresponderá a la joven, ¿no?
—Desde luego —contestó Catón—.Y lo ha elegido a él.
—Vaya —repuso Cicerón recostándose en su asiento—, en ese caso tienes un problema. Si quedó huérfana a los quince, seguramente se le asignó un tutor. Puedes hablar con él. Probablemente esté capacitado para prohibir ese matrimonio. ¿Quién es él?
—Yo.
—¿Tú? ¿Eres el tutor de la mujer con la que quieres desposarte?
—Sí. Soy su pariente más cercano.
Cicerón apoyó el mentón en la mano y estudió a su potencial cliente, el despeinado cabello, los sucios y desnudos pies, la túnica que no se había cambiado en semanas.
—Bien, ¿y qué quieres que haga?
—Quiero que inicies una demanda contra Escipión, y contra Emilia Lépida si es necesario, para poner fin a todo esto.
—Esa demanda… ¿quieres presentarla por tu condición de tutor o de prometido rechazado?
—Por cualquiera de las dos. —Catón hizo un gesto de indiferencia—. Por ambas.
Cicerón reflexionó.
—Mi experiencia con las jóvenes —dijo cautelosamente— es tan limitada como mi confianza en que la fuerza de la ley es inquebrantable. Aun así, mi querido Catón, hasta yo puedo decir que dudo de que el mejor modo de llegar al corazón de una mujer sea litigando.
—¿El corazón de una mujer? —repitió Catón—. ¿Qué tiene que ver el corazón de una mujer en esta historia? Esto es un asunto de principios.
«Y de dinero», habría añadido cualquiera de haber sido Catón otro hombre. Pero Catón disponía de la excelsa prerrogativa de los muy ricos: ningún interés en el dinero. Había heredado en abundancia y lo gastaba de igual modo y sin darse cuenta. Eran los principios los que movían a Catón, el inquebrantable deseo de no ceder en cuestiones de principios.
—Tendríamos que acudir al tribunal de malversaciones y estafas y presentar cargos por quebranto de promesa —comentó Cicerón—. También deberíamos demostrar la existencia previa de un contrato entre tú y la señorita Lépida y probar que después de eso se ha comportado como una tramposa y una mentirosa. Asimismo, tendríamos que demostrar que Escipión ha sido y es un manipulador y un canalla que solo persigue el dinero. No me quedaría más remedio que llamarlos a declarar como testigos y hacerlos trizas.
—Pues hazlo —contestó Catón con ojos centelleantes.
—Y al final de todo eso, seguramente perderíamos, pues no hay nada que a los jurados les guste más que las historias de amores condenados, salvo quizá las de los huérfanos. Y ella encarna ambas cosas. Me temo que te convertirías en el hazmerreír de Roma.
—¿Y qué me importa lo que la gente piense de mí? —replicó Catón en tono despectivo.
—Y suponiendo que ganásemos… Bueno, imagínatelo. Tendrías que sacar a la señorita Lépida a rastras del tribunal entre gritos y llantos, y llevártela a la fuerza por las calles de Roma hasta su nuevo hogar conyugal. Sería el escándalo del año.
—Así pues, ¿a esto es a lo que nos vemos reducidos? —preguntó Catón con amargura—. ¡El hombre honrado debe apartarse para que el canalla triunfe! ¿Es esta la justicia romana? —Se puso en pie—. Necesito a un abogado que tenga sangre en las venas. Y si no encuentro quien me ayude, juro que yo mismo iniciaré la demanda!
—Siéntate, Catón —le dijo Cicerón amablemente, y cuando el interpelado no obedeció, se lo repitió—: Siéntate, Catón, y te contaré algo sobre la ley y el derecho.
Catón torció el gesto, vaciló y finalmente se sentó en el borde de la silla, de manera que pudiera levantarse a la mínima sugerencia de que moderara sus convicciones.
—Acepta un consejo de un hombre que es diez años mayor que tú: no te lo tomes todo a la tremenda. A menudo los mejores y más importantes casos nunca llegan a los tribunales. Este me parece uno de ellos. Déjame ver qué puedo hacer.
—¿Y si fracasas?
—Entonces podrás proceder como mejor te plazca.
Cuando Catón se hubo marchado, Cicerón me comentó:
—Ese joven busca oportunidades para poner a prueba sus principios como los borrachos buscan pelea en la taberna.
Aun así, Catón había aceptado que Cicerón hablara con Escipión en su nombre, y me di cuenta de que mi señor esperaba con ganas esa oportunidad pues le daría ocasión de examinar de cerca a la aristocracia. No había en Roma hombre con un linaje más rancio que Quinto Cecilio Metelo Pío Cornelio Escisión Nasica (Nasica significa «nariz puntiaguda», y siempre la llevaba ostensiblemente en alto), no solamente era hijo natural de un Escipión, sino el hijo adoptado de Metelo Pío, pontífice máximo y cabeza titular del clan de los Metelo. Padre e hijo adoptado habían regresado recientemente de Hispania y, en esos momentos, se encontraban en la inmensa finca que Pío tenía en Tibur. Se esperaba que hicieran su entrada en la ciudad el vigésimo noveno día de diciembre, a caballo y siguiendo a Pompeyo en su triunfo. Cicerón decidió organizar una entrevista para el día trigésimo.
El día vigésimo noveno llegó a su debido tiempo, ¡y menudo día fue! Roma no había presenciado tamaño espectáculo desde los días de Sila. Mientras aguardaba en la puerta Triunfal tuve la impresión de que todos los habitantes de la ciudad estaban allí, a ambos lados del camino. Los primeros que cruzaron la puerta desde el Campo de Marte fueron los miembros del Senado —Incluido Cicerón—, a pie, seguidos por los cónsules y demás magistrados. A continuación pasaron los trompetas haciendo sonar sus fanfarrias. Luego, los carros cargados con los botines obtenidos durante la guerra en Hispania —oro y plata, monedas y lingotes, armas, estatuas, cuadros, jarrones, muebles, tapices y piedras preciosas—, maquetas de madera de las ciudades que Pompeyo había conquistado y saqueado, y placas con los nombres de las ciudades y los de los hombres importantes a quienes había dado muerte en combate. Después llegaron los enormes bueyes blancos destinados al sacrificio —con doradas guirnaldas y flores en su cornamenta—, conducidos por los sacerdotes de la ceremonia. Más tarde, los torpes elefantes —el símbolo heráldico de los Metelo— y los carros de bueyes que arrastraban las jaulas con los animales salvajes capturados en Hispania, que rugían y bramaban tras los barrotes. Luego, las armas y las insignias de los rebeldes derrotados, y a continuación los prisioneros, los abatidos seguidores de Sartorio y Perperna cargados de cadenas. Después, las coronas y los tributos de los aliados, llevados por los embajadores de distintas naciones. Luego, los doce lictores del imperator, con sus hachas y haces de ramas rodeados de laureles. Y por fin, en último lugar, en medio de los aplausos y los vítores de la multitud, pasaron trotando bajo la puerta los cuatro caballos blancos que tiraban del carro del imperator. Y allí estaba Pompeyo, el vencedor en persona. Llevaba una capa bordada de oro sobre una túnica floreada. En la mano izquierda sostenía el cetro; y en la derecha, un ramo de laurel. Una corona también de laurel le adornaba las sienes, y llevaba el apuesto rostro pintado con rojo de plomo ya que, en un día como aquel, constituía la personificación viviente del mismísimo Júpiter. De pie, a su lado, se hallaba su hijo de ocho años, Cneo, de rizados y rubios cabellos; y tras él, el esclavo encargado de susurrarle al oído que solo era humano y que todo aquello pasaría. Tras el carro, a lomos de un caballo negro, iba Metelo Pío; llevaba una pierna fuertemente vendada, prueba de las heridas recibidas en batalla. Le acompañaban Escipión, su hijo adoptado —un apuesto joven de unos veintipocos años; no me extrañó que la joven Lépida lo prefiriera a Catón—, y los comandantes de sus legiones, incluido Aulo Gabinio; les seguían los jinetes de caballería, cuyas corazas brillaban bajo el pálido sol de diciembre. Y, por último, las legiones de infantería de Pompeyo en orden de marcha: miles y miles de veteranos de rostros atezados que cantaban a pleno pulmón Io triunfe! y groseras canciones sobre su comandante (en ese día de gloria les estaba permitido), mientras hacían que el suelo se estremeciera bajo el potente paso de sus cáligas.
Les costó media mañana recorrer las calles y llegar hasta el foro, donde, de acuerdo con la tradición, mientras Pompeyo ascendía por la escalera del Capitolio para realizar el sacrificio ante el templo de Júpiter, sus más destacados prisioneros fueron bajados a las profundidades de la Carcer y sometidos a garrote. ¿Podía haber algo más apropiado que el mismo día en que se ponía fin a la autoridad militar del conquistador se hiciera lo propio con la vida de los conquistados?
Me llegaron los distantes sonidos de celebración del interior de la ciudad, pero preferí ahorrarme su visión y quedarme con la decreciente multitud, junto a la puerta Triunfal, para ver cómo Craso hacía su entrada y recibía su ovación. La aprovechó lo mejor que pudo, marchando junto a su hijo. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de sus agentes para animar la situación, resultó un pobre espectáculo comparado con la magnificencia de Pompeyo. Estoy seguro de que le desagradó profundamente tener que sortear las cagadas de los elefantes y los caballos que su colega consular había dejado tras de sí. Ni siquiera tenía prisioneros de los que presumir, pues los había crucificado prácticamente a todos a lo largo de la vía Apia.
Al día siguiente, Cicerón se dirigió a casa de Escipión; yo debía acompañarle portando una caja llena de documentos. Se trataba de una de sus artimañas favoritas para intimidar a la oposición; no teníamos ninguna prueba, así que me limité a llenar la caja con viejas recetas. La residencia de Escipión se hallaba en la vía Sacra, frente a los comercios, aunque naturalmente no se trataba de comercios cualesquiera, sino de joyerías de lo más exclusivo que mantenían sus artículos tras rejas de metal. Esperaban nuestra visita, ya que Cicerón había enviado aviso de sus intenciones, y un mayordomo de uniforme nos acompañó al atrio. El lugar ha sido descrito como una de las maravillas de Roma, y lo era realmente, incluso en aquella época. El linaje de Escipión se remontaba como mínimo once generaciones, nueve de las cuales habían dado cónsules. Los muros que nos rodeaban aparecían cubiertos de máscaras de cera de todos ellos, algunas con siglos de antigüedad, oscurecidas por el humo y la suciedad (posteriormente, la adopción de Escipión por parte de Pío añadiría seis máscaras consulares más a aquel atrio), que desprendían ese penetrante olor a mezcla de incienso y polvo que para mí representa el aroma de lo antiguo. Cicerón se paseó por la estancia y estudió los nombres que aparecían en las placas. La más antigua tenía trescientos veinticinco años. Pero, naturalmente, fue la de Escipión el Africano, el vencedor de Aníbal, la que más le fascinó, y pasó un buen rato inclinado, contemplándola. Era un rostro noble y sensible, suave, sin arrugas, casi más una representación del alma que de la carne.
—Ajusticiado, desde luego, por el bisabuelo de nuestro actual cliente —suspiró Cicerón mientras se enderezaba—. La terquedad corre a chorros por la sangre de los Catón.
El mayordomo regresó, y lo seguimos hasta el tablinum. El joven Escipión estaba sentado en un diván, rodeado de una variedad infinita de objetos preciosos: estatuas, bustos, antigüedades, alfombras enrolladas y demás. Aquel lugar parecía la cámara funeraria de algún potentado de oriente. Cuando Cicerón entró, Escipión no se levantó (lo cual era un insulto tratándose de un senador) ni lo invitó a que tomara asiento, sino que se limitó a pedirle con voz ronca que explicara el motivo de su visita. Cicerón hizo exactamente eso, en tono firme pero cortés, y le informó de que el caso de Catón era inatacable, pues estaba prometido a la joven y era su tutor. Hizo un gesto señalando la caja de documentos que yo sostenía ante mí como un joven sirviente sostendría una bandeja, repasó los precedentes y concluyó diciendo que Catón estaba decidido a poner una demanda ante el tribunal de fraudes y a plantear una moción solicitando obsignandi gratia para evitar que la joven tuviera más contactos con otras personas implicadas en el caso. El único modo de evitar toda aquella humillación era que Escipión renunciara de inmediato a sus aspiraciones de pretendiente.
—Está completamente chiflado, ¿verdad? —contestó Escipión lánguidamente mientras se recostaba en el diván con las manos enlazadas en la nuca y sonreía mirando el pintado techo.
—¿Es esa tu única respuesta? —preguntó Cicerón.
—No. Mi única respuesta es esta: ¡Lépida! —Una recatada joven salió de detrás de un biombo, donde evidentemente había estado escuchando, cruzó con elegancia la habitación, se detuvo junto al diván y deslizó su mano en la de Escipión—. Esta es mi esposa. Nos casamos ayer por la tarde. Lo que ves alrededor son los regalos de boda de nuestros amigos. Pompeyo el Grande vino directamente de la ceremonia de sacrificio para ser testigo.
—Hasta el mismísimo Júpiter podría haber sido testigo, pero eso no habría bastado para que la ceremonia fuera legal —replicó Cicerón.
Sin embargo, viendo cómo bajó los hombros supe que el ánimo de lucha lo abandonaba. La posesión, afirman los juristas, equivale a nueve décimas partes de la ley, y Escipión no solo contaba con la posesión, sino también con la entusiasta aquiescencia de su nueva esposa.
—Bien —prosiguió mi señor al tiempo que miraba alrededor los regalos de boda—, en mi nombre, ya que no en el de mi cliente, recibid ambos mis más sinceras felicitaciones. Tal vez mi regalo de bodas convenza a Catón de la realidad de los hechos.
—Ese —dijo Escipión— sería el más raso regalo jamás otorgado.
—En el fondo de su corazón, mi primo es un buen hombre —terció Lépida—. Por favor, te ruego que le transmitas mis mejores deseos y mi esperanza de que algún día nos reconciliemos.
—Desde luego —contestó Cicerón con una galante reverencia; se disponía a marcharse cuando se detuvo bruscamente y dijo—: Qué pieza tan bonita. Es realmente preciosa.
Se trataba de una estatua de bronce que representaba a un Apolo desnudo —a la mitad del tamaño que el natural— tocando la lira; una sublime representación de la elegancia masculina en plena danza, con el detalle de los cabellos y el instrumento perfectamente realizado. El nombre del escultor estaba grabado en pequeñas letras de plata: MIRÓN.
—Ah, esa —contestó Escipión con total despreocupación—. Según parece, fue un regalo que uno de mis ilustres antepasados, Escipión el Africano, hizo a algún templo. ¿Por qué lo dices? ¿La conoces?
—Si no me equivoco, proviene del santuario de Escolapio, en Agrigento.
—Sí, de ahí viene —dijo Escipión—. De Sicilia. Verres la consiguió de los sacerdotes de allí y me la regaló anoche.
De ese modo Cicerón se enteró de que Cayo Verres había regresado a Roma y había empezado a extender los tentáculos de la corrupción.
—¡Canalla! —exclamó mientras caminábamos colina abajo—. ¡Canalla, canalla, canalla!
Tenía fundados motivos para sentirse alarmado, ya que era lógico suponer que, si Verres había regalado el Mirón a Escipión, Hortensio, los hermanos Metelo y el resto de sus prominentes aliados habrían recibido sobornos aún más jugosos. Y era precisamente de entre ellos de donde saldría elegido el jurado de cualquier juicio futuro. Otro golpe, aunque menor, era el descubrimiento de que Pompeyo había estado presente en la mis, la fiesta de Verres y los aristócratas más importantes. Pompeya siempre había mantenido estrechos lazos con Sicilia, pues, siendo un joven general, restauró el orden en la isla e incluso pasó la noche en casa de Estenio. Si bien Cicerón no esperaba recibir su apoyo —ya había aprendido la lección en ese sentido—, al menos confiaba en que el gran hombre mantuviera cierta neutralidad. Una terrible posibilidad se abría ante él: si seguía adelante con sus planes de procesar a Verres, podía verse enfrentado a todas las facciones poderosas de Roma unidas contra él.
Sin embargo, en aquellos momentos no tenía tiempo para sopesar las implicaciones de su descubrimiento. Catón había insistido en conocer el resultado de su entrevista con Escipión de inmediato y estaba esperándolo en casa de su hermanastra, situada en la misma vía Sacra, a pocos metros de la residencia de su rival. Cuando llegamos, tres niñas —ninguna de las cuales me pareció menor de cinco años— entraron corriendo en el atrio seguidas de su madre. Creo que era la primera vez que Cicerón se encontraba con Servilia, que más adelante se convertiría en una de las mujeres más formidables de las muchas mujeres formidables que vivieron en Roma. Tenía casi treinta años, unos cinco menos que Catón, y era atractiva pero no guapa. A los dieciséis años tuvo de su primer marido, Marco Bruto, ya difunto, su primer hijo; del segundo, el enfermizo Junio Silano, había parido aquellas tres niñas en rápida sucesión. Cicerón se agachó para hablar con ellas mientras Servilia los observaba. La madre siempre insistía en que salieran a saludar, pues de ese modo se familiarizarían con las maneras de los adultos; aquellas niñas eran su gran esperanza para el futuro, y deseaba que se convirtieran en mujeres de mundo.
Por fin, apareció una niñera y se las llevó, y Servilia nos condujo al tablinum. Allí nos esperaba Catón en compañía de Antipater el Tirio, un filósofo estoico que rara vez se apartaba de su lado. Catón se tomó la noticia del matrimonio de Lépida tan mal como cabía esperar, se puso a caminar a grandes zancadas y a maldecir, lo cual me recordó otra de las agudezas de mi señor: Catón era un perfecto estoico mientras nada lo contrariara.
—Tranquilízate, Catón —le dijo Servilia al cabo de un rato—. Es obvio que el asunto está cerrado, de modo que será mejor que lo aceptes. Tú no la amabas; no sabes lo que es el amor. Por otra parte, ni siquiera necesitas su dinero porque tienes de sobra con el tuyo. No es más que una jovencita ingenua. Puedes encontrar cientos mejores que ella.
—Me pidió que te transmitiera sus mejores deseos —comentó Cicerón, lo que provocó una nueva catarata de improperios por parte de Catón.
—¡No estoy dispuesto a aceptarlo! —bramó.
—Lo harás —afirmó Servilia; se volvió hacia Antipater, que pareció encogerse, y dijo—: Explícaselo tú, filósofo. Mi hermano cree que sus elevados principios son fruto de su intelecto, cuando en realidad no son más que emociones infantiles presentadas por falsos filósofos como masculinas cuestiones de honor. —Se volvió nuevamente a Cicerón—. Si Catón tuviera más experiencia con el sexo opuesto, se daría cuenta de las tonterías que está haciendo. Pero ni siquiera te has acostado nunca con una mujer, ¿no es así, Catón?
Cicerón se sintió incómodo, conservaba el puritanismo de los de su clase en materia de sexo, y no estaba acostumbrado a los abiertos comentarios de la aristocracia.
—Si es así es porque creo que debilita la esencia masculina y resta fuerza al pensamiento —Contestó Catón con hosquedad.
Aquel comentario provocó tal risotada por parte de su hermana, que Catón se puso tan colorado como el rostro de Pompeyo pintado de rojo el día anterior y salió de la habitación hecho una furia llevándose con él a su filósofo estoico.
—Te pido disculpas —dijo Servilia volviéndose hacia mi señor—. A veces creo que no es muy inteligente. De todas maneras, cuando Catón se empeña en algo, no cede, y supongo que a su manera eso es una virtud. Se mostró muy halagador en cuanto a tu discurso sobre Verres ante los tribunos. Te hizo aparecer como un tipo peligroso. Me gustan los tipos peligrosos. Deberíamos vernos de nuevo. —Le tendió la mano para despedirse, y tuve la impresión de que él se la retenía más tiempo del que dictaba la simple cortesía—. ¿Estarías dispuesto a aceptar el consejo de una mujer?
—Si proviene de ti —contestó Cicerón retirando la mano—, desde luego.
—Mi otro hermano, Cepio, es decir, mi hermano completo, se ha prometido con la hija de Hortensio. El otro día me contó que Hortensio habla de ti, sospecha que planeas llevar a Verres ante los tribunales y tiene un plan en mente para evitarlo. No puedo decirte más.
—Y en el improbable caso de que realmente tuviera intención de procesar a Verres, ¿cuál sería tu consejo?
—Muy sencillo —contestó Servilia con la mayor seriedad—: olvídalo.