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Me propongo reanudar mi relato en un momento situado dos años después del final del último rollo, una elisión que me temo dice mucho de la naturaleza humana, porque si alguien me preguntara: «Tiro, ¿por qué te saltas un período tan largo de la vida de Cicerón?», me vería obligado a contestarle: «Amigo mío, porque esos fueron años de felicidad, y hay pocos asuntos cuya lectura resulte más aburrida que la felicidad».
El trabajo de edil del senador fue todo un éxito. Su principal responsabilidad consistió en mantener la ciudad debidamente abastecida de grano a buen precio y en esa tarea su acusación contra Verres le rindió grandes recompensas. Para demostrarle su gratitud, los campesinos y comerciantes de grano de Sicilia no solo mantuvieron los precios bajos, sino que en una ocasión incluso le enviaron un cargamento gratis. Cicerón fue lo bastante astuto para asegurarse de que otros compartían el regalo. Desde la sede de los ediles en el templo de Ceres hizo distribuir aquel envío al centenar de jefes de distrito que realmente gobernaban Roma, los cuales, agradecidos, se convirtieron en sus clientes. A lo largo de los meses siguientes organizó con su ayuda una maquinaria electoral que no tenía rival (Quinto presumía de que podía sacar a la calle a una multitud de doscientas personas en menos de una hora y donde hiciera falta). Así pues, no sucedía nada en la ciudad que Cicerón no supiera. Por ejemplo, si algunos constructores o un comerciante necesitaban cierto permiso o licencia, si deseaban conectar sus instalaciones a la red de suministro de agua, o si les preocupaba el estado de algún templo de su zona, tarde o temprano sus problemas llegaban a los oídos de los hermanos Cicerón. Fue esta minuciosa atención a los detalles tanto como su magnífica retórica, lo que hizo de Cicerón un formidable político. Incluso organizó unos juegos estupendos —en realidad fue Quinto quien se ocupó de hacerlo en su nombre—, y en el momento culminante del Festival de Ceres, cuando, de acuerdo con la tradición se soltaron zorros en la arena del Circo Máximo con antorchas encendidas atadas al lomo, los doscientos mil espectadores se levantaron de sus asientos para aclamarlo en el palco oficial.
«Que haya tanta gente que disfrute con tan abominable espectáculo —me comentó cuando regresó a casa esa noche— es algo que casi consigue que dude de los principios en que se basa la democracia.» A pesar de todo, le complacía que las masas lo consideraran alguien de fiar y que lo apodaran el Erudito o el Griego.
Las cosas también le fueron bien en la práctica de la abogacía. Hortensio, tras un año típicamente tranquilo y sin problemas ejerciendo de cónsul, pasaba cada vez más tiempo en la bahía de Nápoles, en compañía de sus enjoyados peces y sus viñedos, y dejó que Cicerón se hiciera con el dominio absoluto de los tribunales romanos. No tardaron tampoco en llegar regalos y donaciones de sus agradecidos clientes, y lo hicieron en tales cantidades que incluso pudo prestar por adelantado a su hermano el millón que necesitaba para entrar en el Senado. (Quinto, no sin cierto retraso, había puesto los ojos en la carrera política, a pesar de que era un mal orador y de que Cicerón comentaba en privado que la vida militar se ajustaba mejor a su temperamento.) La riqueza y el prestigio no llevaron a Cicerón a abandonar la casa de su padre, pues temía que la vida ostentosa en una mansión en el Palatino dañase su imagen de Campeón del Pueblo. Por el contrario, sin consultar a Terencia, se endeudó fuertemente a cuenta de futuras ganancias para comprar una gran finca rústica situada en los montes Albanos, cerca de Túsculo, alejada unas trece millas de los inquisidores ojos de sus votantes de la ciudad. Terencia, cuando él la llevó a visitarla, fingió estar enfadada y aseguró que el clima de las alturas era perjudicial para su reumatismo; no obstante, quedó secretamente encantada de contar con tan esplendoroso refugio situado a un día de viaje de Roma. Cátulo era el propietario de la finca vecina, y Hortensio también tenía una casa cerca; pero la hostilidad entre Cicerón y los aristócratas era tal que, a pesar de los largos veranos pasados leyendo y escribiendo a la fresca sombra de sus frondosos claros, ellos no lo invitaron a cenar ni una sola vez. Sin embargo, semejante actitud nunca molestó a Cicerón, más bien le divertía, porque su casa había pertenecido al más grande de los héroes de la aristocracia, a Sila, y sabía cuánto les irritaba verla en manos de un «hombre nuevo» salido de la humilde Arpino. La villa no había sido redecorada en más de una década, y cuando tomó posesión de ella encontró toda una pared pintada con un mural que mostraba al dictador recibiendo condecoraciones militares de manos de sus tropas. Lo primero que hizo Cicerón fue asegurarse de que sus vecinos se enteraban de que había ordenado que lo borraran ocultándolo bajo una capa de yeso.
Feliz, pues, se sentía Cicerón en el otoño de su trigésimo noveno año: próspero, popular, descansado tras un mes en el campo y deseoso de que llegaran las elecciones del siguiente mes de julio, momento en que ya tendría la edad suficiente para optar a una pretoría, el último peldaño antes del premio definitivo del consulado.
Y en esta crítica coyuntura de su destino, justo cuando la suerte se disponía a darle la espalda y su vida volvió a ser interesante, se reanuda mi relato.
El aniversario de Pompeyo era a finales de septiembre, y por tercer año consecutivo Cicerón recibió la invitación a una cena en su honor. Cuando abrió el mensaje, soltó un gruñido, pues ya había descubierto que en esta vida hay pocas bendiciones tan onerosas como contar con la amistad de un gran hombre. Al principio consideró halagador que lo invitaran al círculo de íntimos de Pompeyo, pero al cabo de un tiempo se cansó de escuchar siempre las mismas historias de batallas —Normalmente acompañadas por ilustrativos movimientos de platos y jarras por toda la mesa—, de cómo el joven general había engañado a tres ejércitos enemigos en Auximun, acabado con diecisiete mil numidios en una sola tarde a la edad de veinticuatro años, o derrotado a los rebeldes hispanos cerca de Valencia. Pompeyo no había dejado de dar órdenes desde los diecisiete años y tal vez esa fuera la razón de que no hubiera desarrollado ni la sutileza ni el intelecto de Cicerón. La conversación tal como la entendía el senador —el ingenio espontáneo, compartir cuchicheos y agudas observaciones que formaban parte de fantásticas disertaciones sobre la naturaleza de los asuntos humanos— era algo desconocido para Pompeyo. Al general le gustaba erguirse ante un fondo de respetuoso silencio, manifestar alguna obviedad y volver a sentarse para disfrutar de los halagos de sus invitados. Mi señor solía decir que prefería que un dentista borracho del foro Boario le arrancara algunos dientes antes que escuchar uno de aquellos monólogos.
La raíz del problema estaba en que Pompeyo se aburría. Tal como había prometido, al finalizar su mandato como cónsul se retiró a la vida privada con su mujer, su joven hijo y su hija pequeña. Pero entonces, ¿qué? Carente de cualquier talento para la oratoria, no había nada en el foro que pudiera mantenerlo ocupado. La actividad literaria no le interesaba, y lo único que podía hacer era contemplar con envidia cómo Lúculo proseguía su victoriosa conquista de Mitrídate. No había cumplido todavía los cuarenta y, como suele decirse, parecía que su futuro ya había pasado de largo. De vez en cuando hacía visitas esporádicas al Senado desde su mansión, no para participar sino para escuchar los debates, ocasiones que aprovechaba para organizar largas procesiones de amigos y clientes. Cicerón, que se sentía obligado a recorrer parte del camino junto a él, comentaba que era como observar a un elefante intentando encontrarse a gusto en un hormiguero. A pesar de todo, seguía siendo el hombre más importante del mundo, contaba con un montón de seguidores entre los votantes, y era persona con la que no convenía indisponerse, especialmente cuando se celebrarían elecciones en menos de un año. Aquel verano había conseguido un tribunado para Gabinio, su compañero de armas, de modo que seguía conservando su influencia en la política.
Así pues, el trigésimo día de septiembre, Cicerón partió hacia la fiesta de rigor y volvió no muy tarde para ofrecernos a Quinto, a Lucio y a mí un relato de los acontecimientos. Pompeyo disfrutaba como un niño recibiendo regalos, y Cicerón le había llevado una carta escrita de puño y letra por Zenón, el fundador del estoicismo, que Lucio había comprado en su nombre en Atenas. El documento tenía doscientos años de antigüedad y un valor incalculable. A mi señor le habría encantado guardarlo para su biblioteca de Túsculo, pero confiaba en que si se la regalaba a Pompeyo quizá conseguiría estimular el interés del general por la filosofía. Lo que ocurrió fue que Pompeyo apenas lo miró, pues toda su atención estaba en el regalo de Gabinio: un cuerno plateado de rinoceronte que contenía cierto afrodisíaco egipcio hecho con excremento de babuino.
—¡Cómo me habría gustado recuperar esa carta! —se quejó Cicerón mientras se dejaba caer en un diván con el dorso de la mano en la frente—. ¡No me extrañaría que en estos momentos alguna sirvienta estuviera utilizándola para encender el fuego!
—¿Quién más había? —preguntó Quinto, ávido de saber. Hacía solo unos días que había regresado de Umbría, donde había ejercido el cargo de cuestor, y estaba sediento de noticias.
—Bueno, el séquito de siempre. Estaba el nuevo tribuno electo Gabinio, desde luego; y su suegro, el exquisito Palícano; Afranio, el mejor bailarín de Roma; esa criatura hispana, Balbo; Varro, el erudito; ah, y Marco Fonteyo —añadió como de pasada, pero no lo bastante para que Lucio no detectara al instante las implicaciones de aquel nombre.
—¿Y de qué hablaste con Fonteyo? —preguntó Lucio con el mismo mal disimulado interés.
—De esto y lo otro.
—¿De su juicio?
—Por supuesto.
—¿Y quién defiende a ese canalla?
Cicerón guardó silencio y luego respondió en voz baja.
—Yo.
Para los que no están familiarizados con el caso debería explicar que unos años antes el tal Fonteyo había sido gobernador de la Galia Exterior, y que un invierno, cuando Pompeyo se hallaba especialmente apurado luchando contra los rebeldes de Hispania, Fonteyo envió al asediado general las provisiones y los reclutas suficientes para que sobreviviera hasta la primavera. Aquello fue el comienzo de una amistad. Fonteyo se las arregló para hacerse inmensamente rico a la manera de Verres, imponiendo impuestos exorbitantes e ilegales a la población. Al principio los galos se conformaron diciéndose que el robo y la explotación eran desde siempre las excrecencias que acompañaban a toda civilización. Sin embargo, tras el resonante triunfo de Cicerón en su demanda contra el gobernador de Sicilia, el cabecilla de los galos, Induciomaro, se plantó en Roma para pedir al senador que los representase a ellos también ante el tribunal de extorsiones. Lucio se mostró totalmente partidario de que aceptara; en realidad, había sido él quien había llevado al galo a presencia de Cicerón. Induciomaro, un ser de aspecto brutal y salvaje, vestía el atuendo bárbaro de zamarra y calzón, y lo cierto es que me dio un buen susto cuando le abrí la puerta una mañana. Sin embargo, Cicerón rechazó educadamente la propuesta. Pasó un año y los galos consiguieron encontrar por fin un equipo legal digno de confianza en las personas de Platorio, que acababa de ser elegido pretor, y de marco Fibio, su ayudante. El caso no tardaría en verse ante los tribunales.
—¡Eso es inaceptable! —protestó Lucio con vehemencia—. No puedes defenderlo. ¡Es tan culpable como Verres!
—Bobadas. No ha matado ni encarcelado a nadie con pruebas falsas. Lo peor que puede decirse de él es que aplicó impuestos excesivos a los comerciantes de vino de Narbona y que obligó a algunos lugareños a pagar más que otros a cambio de que les arreglaran las carreteras. Además —Añadió rápidamente antes de que Lucio pudiera rebatir su benévola interpretación de las actividades de Fonteyo—, ¿quiénes somos tú o yo para decidir si es culpable o no? Eso corresponde al tribunal, no a nosotros. ¿O acaso serías tan tirano como para negar el derecho a la defensa a un abogado?
—Le negaría tu defensa —replicó Lucio—.Ya oíste de labios de Induciomaro las pruebas que hay contra él. ¿Acaso hay que olvidarlo todo solo porque Fonteyo es amigo de Pompeyo?
—Este asunto no tiene nada que ver con Pompeyo.
—Entonces, ¿por qué lo haces?
—Política —repuso Cicerón, que de repente se dio la vuelta, se sentó, plantó los pies en el suelo y miró fijamente a Lucio—. El peor error de cualquier estadista —le dijo muy serio— consiste en permitir que sus compatriotas sospechen que pone los intereses de los extranjeros por encima de los de su propio pueblo. Esa fue la mentira que mis enemigos difundieron sobre mí después de que representara a los sicilianos en el caso de Verres, y esa es la calumnia que pretendo refutar si defiendo a Fonteyo.
—¿Y los galos?
—A los galos los representará a la perfección Platorio.
—No tanto como si los hubieras representado tú.
—Pero tú mismo dices que el caso de Fonteyo apenas se sostiene… Deja que el caso peor fundado sea defendido por el mejor abogado. ¿Qué podría ser más justo que eso?
Cicerón le dedicó la más deslumbrante de sus sonrisas, pero Lucio se negó a abandonar su indignación. Sabiendo, supongo, que la única manera de derrotar a Cicerón en una discusión era dejando de discutir, se levantó y salió cojeando del atrio. Hasta ese momento no me había percatado de lo enfermo que parecía, de lo delgado y encorvado que se le veía. Lo cierto era que nunca se recuperó de los esfuerzos realizados en Sicilia.
—Palabras, palabras, palabras —dijo Lucio amargamente—. ¿De verdad no hay truco de prestidigitación que no puedas realizar con ellas? Sin embargo, Marco, como les sucede a todos los hombres, tu mayor fuerza es también tu mayor debilidad. Lo siento por ti, querido primo, de verdad que lo siento, porque no tardará en llegar el momento en que ya no sepas diferenciar el truco de la verdad. Y entonces estarás perdido.
—¡La verdad! —rió Cicerón—. Ese sí que es un término bien definido, ¡el más adecuado para que salga de la boca de un filósofo!
Sin embargo, Cicerón dirigía su sarcasmo al vacío, porque Lucio ya se había marchado.
—Volverá —dijo Quinto.
Pero no volvió, y durante los días que siguieron Cicerón se dedicó a preparar su intervención ante el tribunal con la expresión de un hombre que se ha resignado a someterse a un desagradable pero necesario tratamiento quirúrgico. En cuanto a su cliente, Fonteyo, llevaba esperando tres años a que llegara ese momento y había aprovechado bien el tiempo haciendo acopio de todo tipo de pruebas que pudieran apoyar su defensa. Disponía de testigos llegados de Hispania y la Galia, incluidos a oficiales de campo de Pompeyo, y un buen número de codiciosos campesinos y comerciantes —miembros de la comunidad romana de la Galia— que estaban dispuestos a jurar que el día era la noche si de ello obtenían algún beneficio. El único problema —Cicerón se dio cuenta de ello nada más hacerse con el caso— se hallaba en que Fonteyo era plenamente culpable. Permaneció sentado largo rato contemplando la pared de su despacho mientras yo me afanaba de puntillas a su alrededor. Es importante que explique lo que estaba haciendo porque resulta necesario para comprender su carácter. No estaba intentando dar —como habría hecho cualquier cínico abogado de segunda categoría— con una astuta táctica que le permitiera aventajar a su oponente. Estaba tratando de encontrar algo en lo que creer. Esa era la esencia de su genio tanto en su calidad de letrado como de estadista. «Lo que convence es la convicción —solía decir—. Sencillamente, tienes que creer de verdad en el argumento que planteas, de lo contrario estás perdido. No hay razonamiento ni argumentación, por muy lógica o brillante que sea, capaz de hacerte ganar un caso si quienes te escuchan creen que te falta convicción.» Algo en lo que creer. Eso era cuanto necesitaba. A partir de ahí se aferraría a ello y lo embellecería, lo haría crecer; durante una hora o dos lo transformaría en el asunto más importante del mundo y lo expondría con tal pasión que aplastaría cualquier atisbo de racionalidad en los planteamientos de su adversario. Después, como de costumbre, se olvidaría de la cuestión por completo. ¿Y en qué creía cuando se trataba del caso de Marco Fonteyo? Contempló la pared durante varias horas y llegó a esta conclusión: su diente era un romano perseguido dentro de su propia ciudad por el enemigo tradicional de Roma, los galos y, fueran cuales fuesen los perfiles del caso, eso era una especie de traición.
Esa fue la línea argumental que Cicerón adoptó cuando se vio nuevamente en el familiar entorno del tribunal de extorsiones, ante el templo de Castor. El juicio se prolongó desde comienzos de octubre hasta mediados de noviembre y fue duramente disputado, testigo a testigo, hasta el último día, cuando Cicerón pronunció el discurso de conclusiones ante una multitud de espectadores. Desde mi lugar, detrás del senador, todos los días intenté localizar a Lucio entre el público, pero no fue hasta aquella mañana cuando me pareció distinguirlo: una pálida sombra apoyada contra una columna al fondo del tribunal. Y si era él —cosa que no puedo asegurar—, me he preguntado a menudo qué pensaba de la oratoria de su primo mientras este se lanzaba contra las pruebas de los galos apuntando con el dedo a Induciomaro («¿Sabes realmente lo que significa prestar testimonio? ¿Acaso el más importante caudillo de los galos merece ser colocado al mismo nivel que el más insignificante de los ciudadanos romanos?»), y exigiendo saber cómo un jurado romano podía creer en la palabra de un hombre cuyos dioses le exigían sacrificios humanos («Puesto que, ¿quién no sabe que hasta la fecha de hoy siguen manteniendo la bárbara costumbre de sacrificar seres humanos?»). ¿Qué habría dicho Lucio de su descripción de los testigos galos? «Pavoneándose de una punta a otra del foro, con esa expresión inquebrantablemente orgullosa en sus rostros y bárbaras amenazas en sus labios.» Y qué habría opinado del brillante golpe de efecto organizado por su primo justo al final, cuando presentó ante el tribunal, en los momentos finales de su discurso, a la hermana de Fonteyo, una virgen vestal ataviada de la cabeza a los pies con un vaporoso vestido blanco y con un chal de hilo cubriéndole los estrechos hombros; una joven que se alzó el velo para que el jurado pudiera ver sus lágrimas, visión que logró que su hermano se derrumbara entre llantos. Entonces Cicerón apoyó la mano suavemente en el hombro de su cliente.
—De estos peligros, caballeros, defended a este valiente e intachable ciudadano. Dejad que el mundo vea que tenéis más confianza en vuestros compatriotas que en los extranjeros, que os preocupa más el bienestar de vuestros conciudadanos que los caprichos de nuestros enemigos, que os inclináis más a favor de las súplicas de la joven que preside vuestros sacrificios que de las afrentas de aquellos que se han levantado en guerra contra los altares y sacrificios de todo el mundo. Y por último, caballeros, procurad demostrar, porque en ello se halla seriamente comprometida la dignidad del pueblo de Roma, que las oraciones de esta doncella vestal tienen más peso en vuestro ánimo que las amenazas de los galos.
Desde luego el discurso funcionó, tanto para Fonteyo, que resultó absuelto, como para Cicerón, que a partir de entonces fue visto como el más ferviente de los patriotas romanos. Cuando terminé de anotarlo con mi sistema de taquigrafía, levanté la vista, pero me resultó imposible reconocer a nadie entre el público, convertido en un ente monolítico y enfervorizado que, arrastrado por Cicerón, cantaba las alabanzas de la gloria nacional. Sea como fuere, deseo de corazón que Lucio no se hallara presente, aunque seguramente las probabilidades de que lo estuviera eran escasas, pues apenas unas horas después fue descubierto en su casa muerto.
Cicerón estaba cenando en privado con Terencia cuando llegó la noticia. El portador, poco más que un niño, era uno de los esclavos de Lucio, y lloraba desconsoladamente. De modo que me tocó a mí comunicárselo al senador. Cuando se lo dije, levantó la vista de la comida, me miró a los ojos y exclamó en tono irritado: «¡No!», como si estuviéramos en el tribunal y acabara de entregarle los documentos equivocados. Durante un buen rato eso fue lo único que dijo: «¡No, no!». No se movió, ni siquiera parpadeó. Parecía que su cerebro se hubiera bloqueado. Fue Terencia quien por fin habló para sugerirle amablemente que fuera a ver qué había ocurrido. Cicerón, anonadado, fue en busca de sus sandalias.
—No lo pierdas de vista, Tiro —me dijo Terencia en voz baja.
La pena anula el tiempo. Todo lo que recuerdo de esa noche y de los días que siguieron son fragmentos de escenas, como las abigarradas alucinaciones que se dan en los procesos febriles. Recuerdo lo delgado y consumido que estaba el cuerpo de Lucio cuando lo encontramos; yacía de lado en su camastro, con las piernas encogidas y la mano izquierda sobre los ojos. Y el modo en que Cicerón se le acercó, con una vela en la mano, para llamarlo de vuelta a la vida. «¿Qué estaría viendo?» Eso era lo que no dejaba de repetir: «¿Qué estaría viendo?». Cicerón, tal como ya he señalado, no era una persona supersticiosa, pero no podía quitarse de la cabeza la idea de que a Lucio se le había presentado una visión de horror sin igual en los últimos momentos y que eso le había producido un susto de muerte. En cuanto al modo en que murió, debo confesar que durante todos estos años he guardado un secreto de cuya carga me alegra poder librarme en estos momentos. En un rincón del cuarto había una mano de almirez y un mortero con lo que nos pareció —al principio también a mí— un montoncito de hinojo. Parecía una suposición razonable, pues entre las muchas dolencias crónicas de Lucio figuraba la mala digestión, problema que solía aliviar con aceite de hinojo. Pero más tarde, cuando estaba limpiando la habitación, toqué aquellas hojas y percibí el mohoso olor de la cicuta. Supe entonces que Lucio se había cansado de la vida y que por alguna razón —ya fuera por impotencia ante las injusticias o porque no soportaba más sus dolencias— había elegido morir igual que su héroe: Sócrates. Siempre quise compartir esa información con Quinto y con Cicerón, pero me la guardé en la desdicha de aquellos días. Luego me pareció que no era el momento de desvelarlo y que resultaba más adecuado dejarles creer que había muerto de modo involuntario.
Recuerdo que Cicerón se gastó una suma tan desmesurada en flores e incienso que, cuando el cuerpo de Lucio estuvo debidamente limpio, ungido y dispuesto en la plataforma funeraria, con su mejor toga y con los huesudos pies apuntando hacia la puerta, parecía hallarse en medio de un jardín elíseo rebosante de pétalos y fragantes esencias, y eso a pesar de lo desapacible de aquel mes de noviembre. Tampoco he olvidado la gran cantidad —sorprendente tratándose de un hombre tan solitario— de amigos y vecinos que fueron a presentarle sus respetos, ni el cortejo fúnebre que subió a la colina Esquilina al anochecer, ni al joven Frugi, que lloraba con tal desconsuelo que apenas podía respirar. Recuerdo los cantos fúnebres y a los músicos, y las miradas de respeto de los ciudadanos a lo largo del camino, porque era un miembro de los Cicerón el que iba a reunirse con sus antepasados, y ese apellido se había vuelto importante en Roma. En medio del helado campo, el cuerpo fue colocado en la pira bajo las estrellas. El gran orador se dispuso entonces a pronunciar unas frases de elogio y despedida, pero en esa ocasión las palabras no le permitieron realizar los malabarismos de costumbre y tuvo que renunciar. Ni siquiera tuvo el ánimo suficiente para aplicar la antorcha que debía encender la leña, de modo que cedió la tarea a Quinto. Mientras las llamas se alzaban hacia la negrura, las plañideras arrojaron sus regalos de esencias y especias a la hoguera, y un humo perfumado y salpicado de chispas color naranja ascendió hacia la Vía Láctea. Esa noche me senté con el senador en su estudio mientras me dictaba una carta para Ático; sin duda fue un tributo al afecto que Lucio había despertado también en aquel noble corazón el hecho de que esa fuera la primera de los cientos de cartas de Cicerón que Ático decidió conservar.
Conociéndome tan bien como me conoces, apreciarás mejor que muchos la tristeza que la muerte de mi primo me ha causado y lo que su pérdida supone para mí tanto en la vida pública como en la privada. Todo el placer que un ser humano es capaz de brindar gracias a su bondad y a su encanto, él me lo brindó.
A pesar de haber vivido muchos años en Roma, Lucio siempre había dicho que deseaba que sus cenizas fueran enterradas en el panteón familiar de Arpino. Así, la mañana posterior a su cremación los hermanos Cicerón partieron con sus restos e iniciaron el viaje de tres días hacia el este acompañados por sus respectivas esposas y tras haber enviado un mensaje a su padre notificándole lo ocurrido. Naturalmente, yo también fui, porque, a pesar de que Cicerón se hallaba en período de luto, su correspondencia política y jurídica no podía quedar descuidada. No obstante, por primera y creo que única vez en todos los años que pasamos juntos, no se pasó el viaje trabajando, sino que se quedó sentado, con la barbilla apoyada en la mano, contemplando el paisaje que desfilaba ante sus ojos. Él y Terencia iban en un carro. Quinto y Pomponia, en el otro, discutían sin cesar, tanto que Cicerón se llevó a su hermano a un aparte y le suplicó que, aunque solo fuera por Ático, hiciera algo por arreglar su matrimonio.
—Bueno —replicó Quinto no sin cierta razón—, si la opinión de Ático es tan importante para ti, ¿por qué no te casas tú con ella?
La primera noche la pasamos en la villa de Músculo, y ya habíamos llegado a Ferentio, en la vía Latina, cuando llegó un mensaje de Arpino avisando a los dos hermanos de que su padre había sufrido un ataque y fallecido el día anterior.
El padre tenía más de sesenta años y estaba delicado desde hacía mucho, por lo que la noticia causó menos impresión que la muerte de Lucio (cuyo fallecimiento parecía haber asestado el golpe definitivo al anciano). Si salir de una casa vestida de duelo y llegar a otra en las mismas condiciones puede parecer el colmo de la melancolía, debo confesar que la situación empeoró por la coincidencia de que llegamos a Arpino el vigésimo quinto día de noviembre, la fecha dedicada a Proserpina, reina de Hades, la encargada de que se cumplan las maldiciones que los muertos arrojan sobre los hombres. La villa de la familia Cicerón se hallaba a unas tres millas del pueblo, junto a una carretera serpenteante y pedregosa, en un valle rodeado de altas montañas. Hacía frío, y las cumbres aparecían cubiertas con un velo de nieve virgen que perduraría hasta mayo. Hacía diez años que yo no había estado allí, y el ver la villa tal como la recordaba, despertó extraños sentimientos en mi interior. A diferencia de Cicerón, yo siempre había preferido el campo a la ciudad. Había nacido allí; mi madre y mi padre habían nacido y muerto allí; durante el primer cuarto de siglo de mi vida, aquellos verdes prados y serpenteantes arroyos, con sus altos chopos y frondosas orillas, habían sido las fronteras de mi mundo. Al ver lo afectado que estaba y sabiendo la devoción que sentía por mi antiguo amo, Cicerón me invitó a que lo acompañara, junto con Quinto, a despedirlo. Yo debía a su padre casi tanto como ellos; cuando era pequeño, me tomó simpatía, me instruyó para que lo ayudara con sus libros y, por último, me dio la oportunidad de viajar con su hijo. Cuando me incliné para besarle la mano me invadió la poderosa sensación de estar regresando al hogar, y entonces se me ocurrió que quizá podría quedarme allí y trabajar como mayordomo, casarme con alguna joven de mi condición y tener hijos. Mis padres, a pesar de ser esclavos domésticos y no campesinos, murieron apenas hubieron cumplido los cuarenta años; por lo tanto, era lógico pensar que me quedaban unos diez años de vida. (¡Qué poco sabemos hasta qué punto el destino juega con nosotros!) Me dolía pensar en la posibilidad de abandonar este mundo sin dejar descendencia, así que decidí que plantearía el asunto a Cicerón a la mínima oportunidad.
Fue así como logré tener una conversación francamente profunda con él. Al día siguiente de nuestra llegada, el viejo patriarca fue enterrado en el panteón familiar; junto a él se depositaron las cenizas de Lucio en su urna de alabastro. Por último, se sacrificó un cerdo para consagrar el lugar.
A la mañana siguiente, Cicerón salió a dar un paseo por su recién heredada propiedad; yo lo acompañé por si necesitaba dictarme algún comentario, ya que la finca (pesaban tantas hipotecas sobre ella que su valor era casi nulo) se hallaba en un estado lamentable y necesitada de muchos trabajos. Cicerón comentó que su madre fue quien dirigió originalmente la hacienda. Su padre era demasiado soñador para tratar con los proveedores agrícolas y los agentes de la propiedad, y tras la muerte de su esposa dejó que la finca entrara lentamente en un total abandono. Creo que esa fue la primera ocasión en más de una década que oí a Cicerón hablar de su madre. Se llamaba Helvia. Había muerto veinte años atrás, cuando él era un adolescente, justo en el momento en que se disponía a marcharse a Roma para completar sus estudios. Yo casi no guardo recuerdos de ella, salvo que tenía fama de ser muy estricta y tacaña (la clase de ama que ponía señales en las ánforas para verificar si los esclavos robaban y que disfrutaba castigándolos si llegaba a sospechar que así había sido).
—Nunca escuché una palabra de elogio de sus labios, Tiro —me confesó—, ni hacia mí, ni hacia mi hermano, y eso que me esforzaba como un loco por complacerla. —Se detuvo y contempló los campos y el gélido y tumultuoso río (Fibreno, creo que lo llamaban), en cuyo centro había una pequeña isla con un bosquecillo y un pabellón medio derruido—. De niño solía ir a sentarme allí —Me dijo, pensativo—. ¡La de horas que pasé en ese lugar! Me imaginaba que me convertiría en un nuevo Aquiles, pero en los tribunales en vez de en el campo de batalla. Ya conoces a nuestro Homero: «Alto para aventajar, destacando por encima del resto».
Guardó silencio un rato, y yo comprendí que había llegado mi oportunidad, de modo que le expuse mi plan; en realidad creo que medio farfullé, de un modo bastante inepto, que quizá pudiera quedarme allí y restaurar la finca para él y devolverla a su estado original. Durante todo el rato, Cicerón no apartó la vista de la isla de su infancia.
—Sé exactamente lo que quieres decir —comentó, dejando escapar un suspiro, cuando hube terminado—.Yo siento lo mismo. Esta es la verdadera patria de mi hermano y mía, ya que descendemos de una antigua familia de la zona. Aquí se encuentran nuestros cultos ancestrales, aquí está nuestra raza, aquí se hallan los túmulos de nuestros antepasados. ¿Qué más puedo decir? —Se volvió para mirarme, y me fijé en lo claros y azules que eran sus ojos a pesar de las recientes lágrimas—. Sin embargo, considera lo que hemos visto esta semana las carcasas vacías de aquellos a quienes amábamos, y piensa en el terrible ajuste de cuentas que la muerte presenta a los hombres.
¡Ah! —Meneó la cabeza vigorosamente, como si quisiera despejarla de un mal sueño, y volvió su atención hacia el paisaje. Al cabo de un momento, en un tono muy distinto, dijo—: Bueno, te aseguro que por mi parte no tengo intención de abandonar este mundo dejando sin aprovechar un gramo de mi talento ni la mínima energía de mis piernas. ¡Y tu destino, querido amigo, es caminar ese camino conmigo! —Nos hallábamos el uno junto al otro, y me dio un amistoso codazo en las costillas—. ¡Vamos, Tiro! Un secretario capaz de tomar nota de mis palabras casi con más rapidez de la que yo puedo pronunciarlas… ¡Semejante maravilla no puede malgastarse contando ovejas en Arpino! No hablemos más de estas tonterías.
Ese fue el fin de mi idilio pastoral. Volvimos caminando a la casa y, entrada la tarde —o tal vez fuera al día siguiente, no puede uno fiarse de la memoria—, oímos el galope de un caballo por el camino del pueblo. Recuerdo que había empezado a llover y que todos nos habíamos refugiado con bastante malhumor en el interior de la casa. Cicerón leía, Terencia cosía, Quinto se ejercitaba en desenvainar la espada, y Pomponia yacía tumbada en el diván porque le dolía la cabeza. (Seguía afirmando que la política era aburrida, cosa que ponía a Cicerón de los nervios aunque no lo demostrase. «Menuda estupidez —se me quejó un día—. ¿Aburrida la política? ¡La política es la historia viva! ¿Qué otra esfera de la actividad humana saca lo más noble que hay en el alma de los hombres y al mismo tiempo lo más bajo? ¿Qué otra procura tantas emociones o expone con mayor viveza nuestra fuerza y debilidad? ¿Aburrida? ¿Acaso la vida es aburrida?») En fin, el caso es que, cuando oí que el galope se detenía ante la puerta de la casa, salí para dar la bienvenida al jinete y tomar de su mano un mensaje que llevaba el sello de Pompeyo el Grande. Cicerón lo abrió y dejó escapar un grito de sorpresa.
—¡Roma ha sido atacada! —anunció, e incluso Pomponia se levantó del diván. Leyó el resto rápidamente. La flota consular había sido incendiada en sus amarres de invierno en Ostia. Dos pretores, Sextillo y Belinio, junto con sus lictores y el resto de su personal, habían sido secuestrados. Todo había sido obra de los piratas, y su intención, pura y simplemente, era extender el terror. El pánico se había adueñado de la capital. La gente reclamaba una respuesta.
—Pompeyo me llama a su lado sin demora —anunció Cicerón—. Pasado mañana piensa reunir a un gabinete de guerra en su casa de campo.