VIII

El viaje de regreso desde Reggio resultó mucho más cómodo que el de ida hacia el sur porque nos hallábamos a comienzos de la primavera y la península presentaba un aspecto agradable y acogedor. De todas maneras, no puede decirse que tuviéramos demasiadas oportunidades de admirar las flores y los pájaros. Instalado en la parte trasera de su traqueteante carromato cubierto, Cicerón trabajó incansablemente durante todo el trayecto en la preparación de las líneas básicas de su acusación contra Verres. A medida que me reclamaba los documentos yo iba a buscarlos al carro de los equipajes y lo seguía a paso vivo mientras me esforzaba por anotar cuanto me dictaba, lo cual no era tarea fácil. Su plan, tal como yo lo entendía, consistía en presentar cuatro demandas por separado con el montón de pruebas acumuladas: una por corrupción en el ejercicio de la magistratura; otra por extorsión en la recaudación de impuestos; la tercera por pillaje en propiedades municipales y privadas, y la cuarta por aplicación de castigos tiránicos e ilegales. Agrupamos las declaraciones de los testigos y los demás documentos, y ni los bamboleos ni los botes le impidieron que preparara borradores de su discurso de apertura. (Del mismo modo que había entrenado su cuerpo para que cargara con el peso de su ambición, con su fuerza de voluntad logró no marearse en los viajes y a lo largo de los años sacó adelante un montón de trabajo mientras viajaba de un lado a otro por toda Italia.) De este modo, casi sin darse cuenta de dónde se encontraba, completamos el trayecto en menos de quince días y por fin llegamos a Roma para los idus de marzo, exactamente dos meses después de haber abandonado la ciudad.

Por su parte, Hortensio no se había quedado de brazos cruzados, sino que había iniciado un complejo proceso para desviar la atención. Naturalmente, tal como Cicerón sospechaba, su plan era una trampa para hacerlo salir de Sicilia antes de lo previsto. Dasanio no se había molestado en viajar a Grecia para reunir ninguna prueba; de hecho, ni siquiera había salido de Roma. No obstante, eso no le había impedido presentar cargos contra el antiguo gobernador de Acaya ante el tribunal de extorsiones, y el presidente de la sala, Glabrio, sin nada que hacer hasta que regresara Cicerón, no había tenido más remedio que permitirle proceder. Así pues, allí estaba Dasanio, con Hortensio a su lado, discurseando incansablemente ante un jurado formado por senadores mortalmente aburridos. Y cuando la locuacidad de Dasanio flaqueaba, el Maestro Bailarín se levantaba con sus elegantes movimientos y empezaba a hacer piruetas por el tribunal mientras exponía sus complejas argumentaciones.

Quinto, obrando como de costumbre igual que un experimentado oficial de estado mayor, había preparado un calendario de campaña mientras su hermano estaba fuera y lo había desplegado en su despacho. Cicerón fue a estudiarlo nada más entrar en la casa y, con una sola mirada, comprendió la naturaleza y el alcance del plan de Hortensio. Interminables borrones de tinta roja marcaban los festivales, es decir, las jornadas en que el tribunal no celebraría audiencias; una vez eliminadas estas, solo quedaban veinte días hábiles hasta que el Senado decretara el tradicional período de receso. Dicho receso duraba otros veinte días, a los que seguían los cinco del Festival de Flora. Luego llegaba el Día de Apolo, los Juegos Tarentinos, el Festival de Marte y demás. En otras palabras: un día de cada cuatro era festivo.

—Para expresarlo claramente —dijo Quinto—, a juzgar por cómo van las cosas, creo que Hortensio no tendrá problemas para mantener ocupado al tribunal hasta casi la fecha de las elecciones consulares, a finales de julio. Luego, tú mismo tendrás que enfrentarte a las elecciones para el edificio, a comienzos de agosto. Por lo tanto, lo más temprano que podríamos presentarnos ante el tribunal sería el quinto día de agosto; sin embargo, a mediados de ese mes comienzan los Juegos de Pompeyo, que se prevé que duren quince días. Y luego vienen los Juegos Romanos, los Juegos Plebeyos…

—¡Por caridad! —exclamó Cicerón tras echar un vistazo al calendario—¿Acaso en esta condenada ciudad nadie hace nada aparte de ir a ver cómo se matan entre ellos los hombres y los animales? —El entusiasmo que lo había acompañado durante todo el viaje desde Siracusa pareció abandonarlo igual que el aire escapa de una vejiga. Había vuelto preparado para la lucha, pero Hortensio era demasiado astuto para enfrentársele cara a cara en un tribunal. Bloqueo y desgaste: esas eran sus tácticas, y eran las adecuadas. Todos sabían que los recursos materiales de Cicerón escaseaban. Cuanto más tiempo tardara en llevar su caso ante los jueces, más dinero le costaría. Los testigos empezarían a llegar a Roma en uno o dos días, y sin duda esperaban que los gastos del viaje y la estancia les fueran reembolsados, y las pérdidas que pudieran sufrir en sus negocios, compensadas. Por si esto fuera poco, debía hacer frente a los gastos de su candidatura al cargo de edil; y, suponiendo que ganara, durante un año al menos tendría que mantenerse por sus propios medios en el cargo, reparando los edificios públicos y organizando dos juegos oficiales. No podía permitirse el lujo de escatimar gastos en esas tareas: los votantes no perdonaban a los tacaños.

Así pues, no le quedaba más remedio que sufrir una nueva y dolorosa reunión con Terencia. La noche de su regreso de Siracusa cenaron juntos y en privado. Al cabo de un buen rato fui llamado a su presencia y me dijo que le llevara los borradores de su discurso de apertura. Cuando entré, vi que Terencia estaba reclinada en su diván, no sin cierta rigidez, y daba bocados irritados a su comida. Cicerón, según me fijé, no había tocado su plato. Me alegré de entregarle los borradores y escapar de inmediato. En esos momentos el discurso era extensísimo, mi amo podría haber tardado dos días en pronunciarlo. Luego lo oí caminar arriba y abajo, declamando algunos fragmentos, y comprendí que ella le había exigido que le presentara el caso antes de adelantarle más dinero. Es de suponer que lo que Terencia oyó debió de gustarle, porque a la mañana siguiente Filotimo nos abrió otra línea de crédito por valor de cincuenta mil sestercios. Aun así, para Cicerón resultó una experiencia humillante, y por esas fechas empecé a registrar en él una creciente preocupación por el dinero, asunto que hasta entonces no le había interesado lo más mínimo.

Llegado al octavo rollo de charta hierática, tengo la sensación de que me estoy perdiendo en circunloquios y que debo avivar el ritmo si no quiero morir antes de haber acabado o matar a mis lectores de aburrimiento. Por lo tanto, permitidme que pase lo más deprisa posible por los cuatro meses que siguieron. Cicerón se vio obligado a trabajar con más ahínco que nunca. Primero, dedicaba las mañanas a ocuparse de sus clientes (además estaban los casos atrasados que se habían acumulado durante nuestra estancia en Sicilia). Luego, acudía a los tribunales o al Senado, según qué organismo celebrara sesión. En el Senado, mantenía la cabeza baja para evitar trabar conversación con Pompeyo el Grande, no fuera que le pidiera que desistiera de su demanda contra Verres o de su candidatura a edil o, peor aún, que se ofreciera a ayudarlo, circunstancia que lo habría dejado en deuda con el hombre más poderoso de Roma y que deseaba evitar a toda costa. Cuando los tribunales y el Senado interrumpieron sus sesiones durante las fiestas públicas y los recesos, pudo por fin dedicar todas sus energías al caso de Verres, escoger las pruebas e instruir a los testigos. Casi un centenar de sicilianos habían viajado hasta Roma, y para la mayoría de ellos se trataba de la primera visita a la ciudad. Había que mantenerlos controlados; esa tarea recayó en mi persona, me convertí en una especie de guía turístico que recorría la ciudad procurando evitar que cayeran en manos de los espías de Verres, se emborracharan o se metieran en peleas. Permitidme que os diga que un siciliano nostálgico de su tierra no es alguien fácil de manejar. Fue un gran alivio que el joven Frugi regresara de Siracusa para echarme una mano. (El primo Lucio se había quedado en Sicilia para mantener el flujo de pruebas y testigos.) Por último, al caer la tarde, Cicerón y su hermano Quinto reanudaban sus visitas a los cuarteles generales de las distintas tribus para recabar su apoyo a su candidatura de edil.

Hortensio tampoco se quedó ocioso: mantuvo al tribunal de extorsiones ocupado con su tediosa demanda utilizando a Dasanio como marioneta. Sus triquiñuelas no tenían límite. Por ejemplo, hizo todo lo que pudo para mostrarse amistoso y congraciarse con Cicerón. Cada vez que se encontraban en el senaculum, esperando el quórum de la asamblea, lo saludaba calurosamente y se lo llevaba aparte para charlar en privado sobre la situación política. Al principio semejante actitud halagó a mi señor, pero no tardó en descubrir que Hortensio y los suyos estaban haciendo correr el rumor de que Cicerón había aceptado un cuantioso soborno para retirar su demanda, de ahí los abrazos en público. Nuestros testigos, que se hacinaban en los pisos del centro de la ciudad, se enteraron de los rumores y, presas del pánico, corrían de un lado para otro igual que gallinas asustadas ante un zorro. Cicerón tuvo que ir a verlos uno por uno para tranquilizarlos. La siguiente ocasión en que Hortensio se le acercó con la mano tendida, él le dio la espalda. Hortensio se encogió de hombros y se fue.

¿Qué le importaba? Todo marchaba como había planeado.

Quizá debería decir algo más de aquel notable personaje —el Rey de los Tribunales, lo llamaba su claca de seguidores— cuya rivalidad con Cicerón animó durante años los foros de justicia romanos. La base de su éxito radicaba en su memoria. No había constancia de que hubiera utilizado notas en más de veinte años de ejercicio de la abogacía. Para Hortensio, memorizar un parlamento de cuatro horas y pronunciarlo de cabo a rabo, sin errores, en el Senado o en el foro no suponía ningún problema. Y tan prodigiosa memoria no era algo gris y aburrido, nacido del estudio nocturno, sino que brillaba con luz propia. Tenía una alarmante capacidad para recordar todo lo que sus oponentes habían dicho, ya fuera en declaraciones o ante interrogatorios, y se lo echaba a la cara siempre que le convenía. Era como un gladiador doblemente armado en la arena de los tribunales, luchaba con tridente y también con espada, con red y con escudo. En ese verano cumplió cuarenta y cuatro años; vivía con su mujer, un hijo adolescente y una hija más pequeña en una casa exquisitamente decorada del Palatino, puerta con puerta con su cuñado, Cátulo. «Exquisito», esa era la palabra que definía a Hortensio. Exquisito en los modales, exquisito en el vestir, exquisito en el peinado, exquisito en el perfume, exquisito en el gusto por las cosas buenas de la vida. Nunca decía una grosería, pero le perdía la codicia, una codicia que alcanzaba proporciones colosales: un palacio en la bahía de Nápoles, un zoo privado, una bodega con diez mil ánforas del mejor vino, un cuadro de Cidias comprado por ciento cincuenta mil sestercios, anguilas adornadas con joyas, árboles regados con vino, la fama de haber sido el primer hombre que había servido un pavo real en una cena… Todo el mundo conocía esas historias. Era esa extravagancia la que había determinado su alianza con Verres, que lo abrumaba con todo tipo de presentes robados —el más notable de todos era una esfinge tallada en una pieza de marfil— y que le financiaba su campaña al cargo de cónsul.

Las elecciones al consulado se celebraban el vigésimo séptimo día de julio. El vigésimo tercero, el jurado del tribunal de extorsiones votó exonerar al antiguo gobernador de Acaya de todos los cargos presentados contra él. Cicerón, que había llegado corriendo desde su casa, donde estaba ensayando su discurso de apertura, para conocer el veredicto, escuchó impasible mientras Glabrio anunciaba que el juicio contra Verres comenzaría el quinto día de agosto. «Confío en que entonces tu parlamento ante este tribunal sea algo más breve», añadió el pretor mirando a Hortensio, que respondió con una sonrisa altanera. Solo quedaba elegir al jurado. Y eso se hizo al día siguiente. Treinta y dos senadores, decididos por sorteo, era el número que la ley exigía. Cada parte tenía derecho a plantear hasta seis objeciones, pero Cicerón, a pesar de utilizarlas todas, tuvo que enfrentarse a un jurado hostil en el que figuraban, nuevamente, Cátulo y su protegido Catilina; aquel otro venerable personaje del Senado, Servilio Vatia Isáurico, e incluso Marco Metelo. Aparte de esos irreductibles aristócratas, tampoco podríamos contar con los cínicos como Emilio Alba, Marco Lucrecio y Antonio Híbrida, que se venderían como de costumbre al mejor postor (y Verres estaba mostrándose de lo más generoso con sus recursos). Creo que no había visto pintada en el rostro de nadie la expresión «el gato que se come al ratón» hasta que vi la cara de Hortensio el día en que se eligió el jurado. Contaba con las mejores cartas. Tenía el consulado en el bolsillo y, con él, estaba seguro de conseguir la absolución de Verres.

Los días que siguieron fueron los más estresantes que Cicerón había tenido que soportar hasta esos momentos en su vida pública. La mañana de las elecciones al consulado se sentía tan deprimido que a duras penas logró levantarse de la cama para ir a depositar su voto en el Campo de Marte. Sin embargo, tenía que dejarse ver como un ciudadano activo. Desde el momento en que las trompetas sonaron y la bandera roja se alzó sobre la colina Janícula, no hubo dudas en cuanto al resultado.

Hortensio y Quinto Metelo contaban con el respaldo de Verres y su oro, y también con el de los aristócratas y el de los seguidores de Pompeyo y Craso. Sin embargo, en esas ocasiones siempre se respiraba un ambiente de expectación. Los candidatos y sus seguidores salían en masa de la ciudad, con el sol de primera hora, hacia las garitas de voto, y los comerciantes montaban sus puestos de vino, salchichas y todo lo necesario para disfrutar de un feliz día de elecciones. Pompeyo, como primer cónsul y conforme a las antiguas costumbres, ya se hallaba de pie en la entrada de la tienda del contador, con un augur a su lado. En el momento en que los candidatos a cónsul y a pretor —puede que unos veinte senadores— se hubieron alineado con sus blancas togas, el gran hombre subió a la plataforma y pronunció la plegaria tradicional. Poco después empezaron las votaciones; los miles de electores deambulaban y cuchicheaban entre ellos hasta que les llegaba el turno de entrar en las zonas reservadas para el voto.

Aquella era la vieja República en acción, los hombres votando en sus correspondientes centurias, tal como llevaban haciendo desde tiempos antiguos, cuando como soldados elegían a sus comandantes. En estos días, en que el ritual ha perdido todo su sentido, es difícil imaginar cuán conmovedor resultaba semejante espectáculo incluso para un esclavo como yo, que carecía del derecho a voto. Constituía la encarnación de algo maravilloso: la de un impulso de la naturaleza humana que cobró vida hacía unos quinientos años entre la indómita raza que habitaba las duras peñas y los suaves pantanos de las Siete Colinas, un impulso que la empujó hacia la luz de la libertad y la dignidad, y la alejó de la barbarie de la sumisión. Y eso es precisamente lo que hemos perdido. Desde luego, no se trataba de una democracia en el puro sentido aristotélico de la palabra. El orden de prelación entre las ciento noventa y tres centurias existentes se determinaba en función de la riqueza, de manera que los más ricos siempre votaban los primeros y declaraban antes, lo que les suponía una considerable ventaja. Esas centurias también se distinguían por estar formadas por escasos miembros, mientras que las centurias de los pobres, como las de los suburbios de Subura, eran enormes y numerosísimas; como consecuencia, el voto de un rico contaba más. De todas maneras, el sistema, tal como se llevaba practicando desde hacía cientos de años, significaba libertad, y ninguno de los que se hallaban esa mañana en el Campo de Marte habría imaginado que algún día pudieran arrebatársela.

La centuria de Cicerón, una de las doce compuestas enteramente por miembros de la orden ecuestre, fue llamada a media mañana, justo cuando empezaba a hacer calor. Mi señor se unió a los demás y, mientras caminaba con ellos hasta el recinto acordonado, procedió a trabajarse a los reunidos como tenía costumbre: una palabra aquí, una palmada en el hombro allá… Luego, formaron una hilera y desfilaron ante la mesa de los secretarios, que comprobaron su identidad y les entregaron las papeletas de voto. Si se producía alguna intimidación, solía ser allí, ya que los partidarios de los distintos candidatos podían acercárseles y susurrarles amenazas o promesas. Sin embargo, ese día todo transcurrió con tranquilidad. Vi a Cicerón cruzar el pequeño puente de madera y desaparecer tras los tableros para depositar su voto. Después de salir por el otro lado, pasó ante la fila de los candidatos y de sus amigos, que se hallaban de pie junto a una toldilla, se detuvo un momento para hablar con Palícano —el antiguo y rudo tribuno optaba a un cargo de pretor— y acto seguido salió sin dedicar una mirada a Hortensio ni a Metelo.

Al igual que las precedentes, la centuria de Cicerón dio su apoyo a la candidatura oficial —Hortensio y Quinto Metelo para cónsules, Marco Metelo y Palícano para pretores—, y a partir de ese momento fue cuestión de seguir hasta alcanzar una mayoría absoluta. Sin duda los ciudadanos más pobres eran conscientes de que no podían influir en el resultado, pero era tal la dignidad concedida por el derecho a voto, que pasaron toda la tarde soportando el calor mientras esperaban su turno para recoger las papeletas y cruzar el puente a toda prisa. Cicerón y yo recorrimos las filas para recabar apoyos para su candidatura a edil, y resultó maravilloso comprobar a cuánta gente conocía personalmente —no solo el nombre de los votantes, sino el de sus esposas y también el número de hijos y el trabajo al que se dedicaban— sin que yo tuviera que intervenir para recordarle ninguno. A la hora undécima, cuando el sol empezaba a declinar hacia la Janícula, se declaró al fin un alto y Pompeyo proclamó a los vencedores. Hortensio había conseguido el mayor número de votos para cónsul, y Quinto Metelo había quedado segundo. Marco Metelo era el que más votos había logrado para pretor. Sus jubilosos seguidores acudieron a rodearlos, y por primera vez vimos la pelirroja figura de Cayo Verres deslizándose hasta las primeras filas.

—El maestro de marionetas aparece para recibir sus aplausos —comentó Cicerón.

Y, sin duda, a juzgar por la forma en que los aristócratas le estrechaban la mano y le daban palmadas en la espalda, cualquiera habría dicho que era él quien había ganado el consulado. Un antiguo cónsul llamado Escribonio Curio abrazó a Verres y comentó en voz lo bastante alta para que todos lo oyeran:

—¡Aquí y ahora te informo de que el resultado de hoy significa tu absolución!

En política hay pocas fuerzas más difíciles de resistir como la sensación de que algo es inevitable; los seres humanos se mueven como rebaños y, al igual que las ovejas, siempre corren hacia la seguridad que les proporciona el vencedor. En esos momentos en todas partes se oía la misma opinión: Cicerón estaba acabado, Cicerón no tenía nada que hacer, los aristócratas volvían a la carga con renovadas fuerzas y ningún jurado sería capaz de condenar a Cayo Verres. Emilio Alba, que se las daba de gracioso, comentaba que estaba desesperado porque el mercado de los jurados del caso de Verres había tocado fondo y no podía vender su voto por más de tres mil sestercios. La atención general pasó a centrarse entonces en las inminentes elecciones a edil, y no pasó mucho rato antes de que Cicerón percibiese que la larga mano de Verres también había intervenido en ellas. Un tal Ranúnculo, que era agente electivo profesional y estaba predispuesto a favor de Cicerón, llegó aquella noche para anunciarnos que Verres había convocado una reunión en su casa para ofrecer cinco mil sestercios a todos los que lograran persuadir a su tribu de que no votaran a Cicerón. No me costó comprender que mi señor y su hermano Quinto se sentían seriamente preocupados. Pero, lo peor estaba por llegar. Unos días más tarde, la víspera de las elecciones, el Senado se reunió, con Craso como presidente, para presenciar el modo en que los pretores electos sorteaban qué tribunales ocuparían cuando tomaran posesión de sus cargos, en enero. Yo no estuve presente, pero Cicerón sí, y regresó a casa pálido y tambaleante. Había ocurrido lo impensable: Marco Metelo, que ya era jurado en el caso de Verres, ¡había conseguido además la presidencia del tribunal de extorsiones!

Ni siquiera en la peor de sus pesadillas había imaginado Cicerón algo así. Estaba tan abrumado que casi había perdido la voz.

—Deberías haber escuchado el tumulto que se organizó en la cámara —comentó a Quinto con un hilo de voz—. Craso tuvo que amañar el sorteo. Todo el mundo lo cree así, pero nadie sabe cómo lo hizo. Ese hombre no descansará hasta que me vea vencido, arruinado y en el exilio.

Caminó hasta su despacho arrastrando los pies y se dejó caer en su silla. Era un día, el tercero de agosto, de calor asfixiante, y en la pequeña estancia apenas había sitio para moverse entre todo el material acumulado del caso Verres: los montones de archivos de los impuestos, las declaraciones juradas y los testimonios de los testigos se asaban entre el polvo y el calor. (Y todo eso no era más que una pequeña parte del total. Lo principal se guardaba bajo llave en la bodega.) El borrador de su discurso, su inmenso discurso de apertura que seguía creciendo como una prolífica locura, se hallaba repartido en distintas pilas sobre su mesa. Hacía ya tiempo que yo había renunciado a seguir su evolución. Solo Cicerón sabía qué iba a sacar de él. Lo tenía todo en la cabeza. Se masajeó las sienes con la punta de los dedos y, con voz ahogada, me pidió un vaso de agua. Yo me disponía a ir a buscarlo cuando oí un gemido y un golpe. Al volverme, vi que se había desplomado hacia delante y se había golpeado el cráneo contra el borde de la mesa. Quinto y yo corrimos a su lado y lo enderezamos. Una palidez de muerte le teñía las mejillas, y un brillante reguero de sangre le salía de la nariz. Tenía la boca fláccidamente entreabierta.

Quinto estaba aterrado.

—¡Ve a buscar a Terencia! —me gritó—. ¡Rápido!

Corrí escalera arriba hasta sus aposentos y le dije que el señor no se encontraba bien. Ella bajó de inmediato y tomó el mando de una manera magnífica. En esos momentos, Cicerón se encontraba débilmente consciente, con la cabeza entre las piernas. Terencia se arrodilló junto a él, pidió agua, se sacó un abanico de la manga y lo abanicó vigorosamente. Entretanto, Quinto, que no dejaba de retorcerse las manos, había despachado a los dos secretarios en busca del médico más próximo. No tardaron en regresar, acompañado cada uno de ellos por un galeno griego. Los muy condenados se enzarzaron de inmediato en una discusión sobre si era necesario purgar o sangrar al paciente. Terencia los echó sin más contemplaciones. También se negó a permitir que subieran a Cicerón a la cama; advirtió a Quinto que si lo hacían no tardaría en correr el rumor y que, entonces, el chisme de que su marido estaba acabado se convertiría en un hecho consumado. Así pues, lo obligó a ponerse en pie y, sujetándolo por el brazo para ayudarlo a que caminara con sus flaqueantes piernas, lo condujo al atrio, donde el ambiente era más fresco. Quinto y yo la seguimos.

—¡No estás acabado! —oí que le decía severamente—. Tienes el caso que tanto querías… ¡pues finalízalo!

Cicerón murmuró algo a modo de respuesta, y Quinto intervino:

—Todo eso está muy bien, Terencia, pero no entiendes lo que acaba de ocurrir.

Entonces le contó lo del nombramiento de Metelo como nuevo presidente del tribunal de extorsiones y lo que ello implicaba: una vez que ocupara la silla de la presidencia del tribunal, no habría la más mínima posibilidad de conseguir un veredicto de culpabilidad, y eso significaba que la única esperanza estaba en conseguir que el juicio quedara visto para sentencia antes del mes de diciembre, cosa imposible dada la habilidad dilatoria de Hortensio. Sencillamente, acumulaban demasiadas pruebas para el tiempo del que disponían. Tenían diez días antes de los Juegos de Pompeyo, pero el discurso de apertura de Cicerón consumiría la mayor parte de ellos. Apenas hubiera acabado de presentar su caso, el tribunal señalaría un receso para casi todo lo que restaba de mes; y cuando regresara, los miembros del jurado se habrían olvidado de las brillantes argumentaciones de Cicerón.

—De todas maneras, no es que importe mucho —concluyó amargamente Quinto—; la mayoría de ellos ya están a sueldo de Verres.

—Todo eso es cierto, Terencia —convino Cicerón mirando a su alrededor como si acabara de despertarse y se diera cuenta de dónde se hallaba—. Tengo que retirar mi candidatura a edil —Murmuró—. Bastante humillante sería no salir elegido, pero serlo y no poder ocupar el cargo resultaría aún peor.

—Patético —dijo Terencia mientras retiraba bruscamente el brazo—. ¡Si te rindes a la primera contrariedad sin oponer resistencia es que no mereces ser elegido!

—Querida mía —replicó Cicerón en tono suplicante y llevándose una mano a la frente—, si me explicas cómo puedo vencer al tiempo, estoy dispuesto a luchar con todas mis fuerzas; pero ¿qué quieres que haga si solo dispongo de diez días para presentar mi caso antes de que el tribunal suspenda las vistas durante no sé cuántas semanas?

Terencia se inclinó hacia él y sus rostros quedaron a escasos centímetros.

—¡Abrevia tu discurso de apertura!

Una vez que su mujer se hubo retirado a sus aposentos, Cicerón, que todavía no se había recuperado de su crisis nerviosa, se refugió en su estudio y se quedó allí sentado, largo tiempo, contemplando la pared. Lo dejamos solo. Estenio se presentó justo antes de que anocheciera para informarnos de que Quinto Metelo había hecho llamar a todos los testigos llegados de Sicilia para que se presentaran en su casa, y que algunas de las almas más asustadizas habían obedecido. Gracias a una de ellas, Estenio había conseguido un informe completo del modo en que Metelo había intentado intimidarlos para que retiraran sus testimonios. «¡Soy cónsul electo», había tronado, «uno de mis hermanos es gobernador de Sicilia y el otro va a presidir el tribunal de extorsiones. Se han tomado muchas medidas para que Verres no sufra ningún perjuicio. No olvidaremos a aquellos que se manifiesten en nuestra contra.» Tomé nota literal de la cita y con ella me fui a ver a Cicerón. No se había movido desde hacía horas. Le leí las palabras de Metelo, pero no dio muestras de haberme oído.

En esos momentos yo empezaba a estar seriamente preocupado, y habría ido a buscar a su hermano y a su mujer de no haber sido porque su mente pareció volver de donde hubiera estado vagando. Sin apartar la vista del frente me dijo en tono apagado: —Ve y conciértame una cita para ver a Pompeyo esta noche. —Cuando vacilé, temeroso de que se tratara de otra manifestación de su dolencia, me fulminó con la mirada—. ¡Ve, te digo!

Había poca distancia hasta la casa de Pompeyo, que se hallaba en el mismo distrito de la colina Esquilina. El sol ya se había puesto, pero había suficiente claridad y reinaba un calor sofocante aumentado por una tórrida brisa de levante, la peor de las combinaciones posibles en pleno verano, pues llevaba a la vecindad el hedor de los cadáveres en estado de putrefacción de las grandes fosas comunes que había al otro lado de las murallas de la ciudad. Creo que en la actualidad el problema no es tan acuciante, pero sesenta años atrás se llevaba a la puerta Esquilina todo lo que una vez muerto no se consideraba digno de ser enterrado: perros, gatos, caballos, mulas, esclavos, indigentes y fetos se amontonaban y pudrían juntos entre montones de detritos humanos. El hedor siempre atraía a bandadas de ruidosas gaviotas, y recuerdo que aquella noche en particular resultaba especialmente insoportable. Una rancia y penetrante hediondez que se te pegaba a la lengua y te entraba por la nariz.

La casa de Pompeyo era mucho más grande y lujosa que la de Cicerón. Había dos lictores apostados fuera y una multitud de curiosos que se agolpaban al otro lado de la calle. Alineadas a lo largo del muro había media docena de literas cubiertas; sus porteadores, en cuclillas, jugaban a los dados con huesos, prueba evidente de que estaba celebrándose una gran cena. Entregué mi mensaje al portero, que desapareció en el interior y regresó poco después con Palícano, que acababa de ser elegido pretor y se limpiaba la grasa del mentón con una servilleta. Me reconoció, me preguntó qué ocurría, y yo le repetí el mensaje.

—De acuerdo —me dijo con su brusquedad habitual—, puedes decirle de mi parte que el cónsul lo recibirá inmediatamente.

Seguramente Cicerón sabía que Pompeyo se avendría a recibirlo, porque cuando regresé ya se había puesto ropa limpia y a pesar de que seguía muy pálido estaba preparado para salir. Cruzó una última mirada con Quinto y partimos. No conversamos durante el trayecto porque Cicerón, que odiaba todo lo relacionado con la muerte, caminó todo el rato con la nariz y la boca tapadas con la manga de la túnica para mantener a raya las vaharadas que llegaban de la puerta Esquilina.

—Espera aquí —me dijo cuando llegamos a casa de Pompeyo, y no volví a verlo hasta horas después. Los restos del día se desvanecieron, el púrpura del cielo se fundió en la oscuridad y por encima de la ciudad empezaron a aparecer racimos de estrellas. Cuando la puerta se abría, los amortiguados sonidos de las voces y las risas llegaban hasta la calle, y llegué a oler la carne y el pescado que se cocinaba. De todas maneras, aquella hedionda noche todo olía a muerte, y me pregunté cómo era posible que Cicerón tuviera estómago para aguantarlo, ya que a esas horas era evidente que Pompeyo lo había invitado a unirse a la fiesta.

Caminé de un lado a otro, me apoyé contra el muro, intenté imaginar nuevos símbolos para mi sistema taquigráfico y, en general, procuré mantenerme entretenido mientras la noche seguía su curso. Por fin, los invitados de Pompeyo empezaron a salir, la mitad de ellos demasiado borrachos para tenerse en pie. Se trataba de la consabida panda de piceanos: Afranio, el antiguo pretor amante del baile; Palícano, desde luego, y Gabinio, su yerno, que tenía fama de ser un enamorado de las mujeres y el vino. Debió de tratarse de una reunión de viejos camaradas de armas, y me costó imaginar que Cicerón pudiera haber disfrutado. Únicamente el austero y erudito Varro —«el hombre que ha enseñado a Pompeyo dónde se encuentra la sede del Senado», según la descripción de Cicerón— podía haberle sido una compañía agradable, especialmente si tenemos en cuenta que salió sobrio. Cicerón fue el último en marcharse. Echó a caminar por la calle y yo corrí tras él. Había una luna amarilla estupenda, y no tuve dificultad en reconocer su silueta. Seguía tapándose la nariz, pues ni el hedor ni el calor habían disminuido. Cuando estuvo a una distancia prudencial de la casa de Pompeyo, se apoyó en la esquina de un callejón y vomitó violentamente.

Yo me acerqué por detrás y le pregunté si necesitaba ayuda. Él meneó la cabeza y me contestó:

—Ya está hecho.

Eso fue todo lo que me dijo, y también todo lo que dijo a Quinto, que lo esperaba ansioso en casa. «Ya está hecho.»

Al amanecer del día siguiente recorrimos a pie las dos millas que nos separaban del Campo de Marte para la segunda ronda de las elecciones. Aunque estas no tenían el mismo prestigio de las consulares o pretoriales, contaban con la ventaja de ser mucho más emocionantes. Treinta y cuatro hombres debían ser elegidos (veinte senadores, diez tribunos y cuatro ediles), lo cual significaba que había demasiados candidatos para que la votación pudiera controlarse fácilmente. Cuando el voto de un aristócrata tenía el mismo peso que el de un indigente, podía esperarse cualquier cosa. Craso, en su condición de segundo cónsul, era el presidente.

—Seguramente ni siquiera él puede meter mano a las urnas —comentó Cicerón mientras se calzaba sus sandalias rojas.

Se había despertado preocupado y de un humor irritable. Fuera lo que fuese lo que había acordado con Pompeyo la noche anterior, le había perturbado el sueño, porque reprochó a su ayuda de cámara que las sandalias no estaban tan limpias como debían. Se vistió con la misma resplandeciente toga blanca que se había puesto ese mismo día seis años atrás, cuando había sido elegido senador, y antes de que le abrieran la puerta principal se irguió como si estuviera a punto de cargar con un gran peso. Una vez más, Quinto había hecho un buen trabajo: una magnífica multitud lo esperaba para acompañarlo hasta la zona de las votaciones. Cuando llegamos al Campo de Marte vimos que estaba lleno a rebosar hasta la mismísima orilla del río, ya que se estaba realizando un censo y miles de personas habían acudido a registrarse. Podéis imaginar el ruido que surgía de allí. Seguramente había un centenar de candidatos a los treinta y cuatro cargos, y aquellas relucientes figuras iban de un lado para otro, acompañadas de sus partidarios y amigos, intentando ganar hasta el último voto antes de que se abrieran las urnas. La pelirroja cabeza de Verres también se dejaba notar; acompañado de su padre, su hijo y su liberto Trimarcides —el ser que había invadido nuestra casa—, corría por todas partes haciendo generosas promesas a todo aquel que votara en contra de mi señor. Su visión pareció borrar definitivamente el mal humor de Cicerón, que se lanzó de inmediato a la caza de votos. En varias ocasiones pensé que nuestros grupos se encontrarían, pero la multitud era tal que no llegó a ocurrir.

Cuando el augur se declaró satisfecho, Craso salió de la sagrada tienda y los candidatos se reunieron al pie del estrado. Debo hacer constar que entre ellos se hallaba Julio César; aquel era su primer intento de alcanzar el Senado. Se encontraba junto a Cicerón, con quien entabló una amistosa conversación. Se conocían desde hacía tiempo; precisamente por recomendación de mi señor el joven Julio había ido a estudiar retórica a Rodas con Apolonio Molón. En estos momentos hay muchísima hagiografía acerca de los primeros años de César, tanta que podría pensarse que sus contemporáneos lo tenían por un genio desde la cuna. Sin embargo, no fue así. Cualquiera que lo hubiera visto aquella mañana, con su blanca toga, mesándose nerviosamente sus ya escasos cabellos, no lo habría distinguido de cualquier otro candidato de idéntica alcurnia. No obstante, había una diferencia importante: pocos eran tan pobres. Para presentarse a las elecciones, César sin duda había tenido que pedir cuantiosos préstamos, ya que vivía en un modesto hogar de Subura, una casa llena de mujeres (su madre, su mujer y su hija pequeña).Y en estos momentos lo veo no como el héroe deslumbrante que espera conquistar Roma, sino como un hombre de treinta años que permanece despierto por las noches, debido al jaleo que organizan sus empobrecidos vecinos, y medita amargamente sobre el hecho de que él, vástago de una de las más antiguas familias de Roma, se vea reducido a tan triste condición. Para los aristócratas, la antipatía que César sentía hacia ellos era mucho más peligrosa que la de Cicerón. Como persona que se había hecho a sí misma, mi señor simplemente los envidaba; pero César, que creía ser descendiente directo de Venus, los miraba con desprecio y como intrusos.

Pero al arrojar la distorsionadora luz del futuro sobre las sombras del pasado estoy adelantándome a los acontecimientos y cometiendo el mismo pecado que los hagiógrafos. Permitidme que deje constancia solamente de que aquellos dos hombres extraordinarios, a los que separaban seis años de diferencia y que tenían mucho en común en cuanto a inteligencia y porte, permanecieron charlando amigablemente al sol mientras Craso subía a la plataforma y leía la conocida plegaria: «Que este procedimiento acabe bien y felizmente para mí, para mis tareas y mi cargo ¡y para el pueblo de Roma!». Dicho eso, comenzaron las votaciones.

Siguiendo la tradición, la primera tribu que entró en el recinto fue la Suburana; no obstante, a pesar de los esfuerzos realizados por Cicerón a lo largo de los años, no votó por él; sin duda aquello fue un golpe para mi señor y le demostró que los agentes de Verres se habían ganado el sueldo. Cicerón se limitó a hacer un gesto de indiferencia: sabía que muchos personajes influyentes que todavía tenían que votar lo estarían mirando, de modo que era importante mantener una apariencia de confianza. Luego, una tras otras, llegaron las tres otras tribus de la ciudad: la Esquilina, la Colina y la Palatina. Cicerón obtuvo el apoyo de las dos primeras, pero no de la tercera, algo que difícilmente podía sorprender, pues era la más próxima a la aristocracia. El resultado, por lo tanto, era de empate a dos, un comienzo más tenso de lo que le habría gustado. Entonces empezaron a formar en fila las treinta y una tribus rústicas: la Emilia, la Camila, la Fabia, la Galeria… Yo conocía por nuestros archivos cómo se llamaban todas, sabía quiénes eran los personajes clave de cada una de ellas, quiénes necesitaban favores y quiénes los debían. Tres de ellas votaron por Cicerón. Quinto apareció, le susurró algo al oído, y por fin pudo mi señor relajarse un poco: sin duda el dinero de Verres había sido una gran tentación para esas tribus compuestas principalmente por habitantes de la ciudad. Siguieron desfilando una tras otra bajo el polvo y el calor: la Horacia, la Letonia, la Papiria, la Menenia… Cicerón permanecía sentado en su taburete durante los recuentos, pero cuando los votantes pasaban ante él, tras depositar su voto, se levantaba, hacía un esfuerzo de memoria para saludarlos por su nombre, les daba las gracias y les transmitía sus respetos a sus familias. La Sergia, la Pupina, la Romilia… Cicerón fracasó con la última, lo cual no resultaba sorprendente, pues se trataba de la tribu de Verres, pero a media tarde había conseguido el apoyo de dieciséis y solo necesitaba dos más para asegurarse la victoria. No obstante, Verres no se rendía y se mantenía activo, acompañado de su hijo y de Timarcides. Durante una larga e insufrible hora, la balanza pareció inclinarse de su lado. La Sabatini no votó por Cicerón, y tampoco la Publilia; pero al final consiguió arrancar el voto de la Scaptia, y fue por fin la Falernia, de la Campania del norte, quien lo puso en cabeza. Contaba con el apoyo de dieciocho tribus de las treinta que habían votado. Todavía quedaban cinco, pero qué importaba. Tenía la victoria en el bolsillo. Verres desapareció en algún momento y se fue a casa a contar sus bajas. César, cuya candidatura al Senado acababa de confirmarse, fue el primero en felicitar a Cicerón. Vi a Quinto alzar los puños triunfalmente y a Craso mirarnos con disgusto desde la distancia. Hubo gritos de alegría de los espectadores que habían llevado sus propios recuentos —esos curiosos zelotas que siguen los resultados electorales con el mismo fervor que otros las carreras de caballos— y se sentían satisfechos con lo ocurrido. Hasta el vencedor parecía anonadado por su hazaña, pero nadie podía discutírsela; ni siquiera Craso, que pronto tendría que proclamarla en voz alta, a pesar de que las palabras se le atravesaran en la garganta. Contra todo pronóstico, Marco Cicerón se había convertido en edil de Roma.

Una gran multitud —las multitudes siempre son más nutridas tras una victoria— acompañó a Cicerón desde el Campo de Marte hasta su casa, en cuya entrada los esclavos de la servidumbre se habían reunido para aplaudirlo. Incluso Diodoto el estoico hizo una de sus escasas apariciones. Todos nos sentíamos orgullosos de pertenecer a tan eminente figura. Su gloria se reflejaba en cada miembro de la casa, y nuestra autoestima aumentaba con ella. Tulia salió corriendo desde el atrio al grito de «¡Papá!» y se le abrazó a las piernas. Hasta la mismísima Terencia lo estrechó entre sus brazos sonriendo. Todavía conservo esa imagen de los tres en mi memoria, la del joven y triunfante orador con la mano izquierda sobre la cabeza de su hija y rodeando con el brazo derecho los hombros de su feliz esposa. Se trata de un obsequio que la naturaleza ofrece a los que raramente sonríen: cuando lo hacen, sus rostros se transforman. Comprendí entonces que Terencia, a pesar de las quejas hacia su marido, disfrutaba de su brillantez y sus triunfos.

Fue Cicerón quien deshizo el abrazo a regañadientes.

—Os doy las gracias a todos —declaró contemplando a su admirativo público—, pero no es el momento de celebraciones. Este solo llegará cuando Verres sea derrotado. Mañana, por fin, abriré la sesión del tribunal en el foro. Así pues, recemos a los dioses para que no pasen muchos días antes de que un honor mucho mayor que el de hoy descienda sobre esta casa. Bueno, ¿a qué estáis esperando? —preguntó con una sonrisa—. ¡Todos a trabajar!

Cicerón se retiró a su estudio con Quinto y me hizo una señal para que los siguiera. Se dejó caer en su silla con un suspiro de alivio y se quitó las sandalias. Por primera vez desde hacía más de una semana, la tensión había desaparecido de su rostro. Pensé que no querría empezar enseguida la urgente tarea de dar forma definitiva a su discurso, pero al parecer tenía otros planes para mí. Volvería a la ciudad con Sosisteo y Laureo para, entre los tres, visitar a todos los testigos de Sicilia, notificarles su victoria, comprobar que se mantenían firmes y darles instrucciones para que se presentaran a la mañana siguiente ante el tribunal.

—¿A todos? —pregunté, asombrado—. ¿Al centenar completo?

—Eso es —me contestó. Su firmeza de siempre volvía a salir a la luz—.Y di a Eros que contrate a una docena de porteadores, gente de fiar, para que lleven los arcones con las pruebas hasta el tribunal en el mismo momento en que yo salga hacia allí mañana.

«Todos los testigos… Una docena de porteadores… Todos los arcones con las pruebas…» Confeccioné una lista con sus órdenes.

—Pero todo esto nos tendrá ocupados hasta más allá de la medianoche —comenté, incapaz de ocultar mi perplejidad.

—Pobre Tiro. No te preocupes. Ya tendremos tiempo más que suficiente para dormir cuando estemos muertos.

—No me preocupa mi sueño, senador —repuse muy serio—. Me preguntaba cuándo tendría tiempo para ayudarte con tu discurso.

—No voy a necesitar tu ayuda —me dijo con una leve sonrisa y llevándose un dedo a los labios para advertirme que no dijera nada. De todos modos, puesto que yo no tenía ni idea de qué pretendía decirme con su comentario, no había peligro de que revelara sus planes. Así pues, no por primera vez, salí de su presencia en un estado de total confusión.