IX

Y así fue como el quinto día de agosto, durante el consulado de Cneo Pompeyo Magno y Marco Licinio Craso, un año y nueve meses después de que Estenio fuera por vez primera a ver a Cicerón, dio comienzo el juicio contra Cayo Verres.

Tened en cuenta el calor. Calculad el número de víctimas interesadas en verlo comparecer ante la justicia. Recordad que, en cualquier caso, Roma rebosaba de ciudadanos que habían acudido a inscribirse en el censo, y también las elecciones y los inminentes Juegos de Pompeyo. Tened en cuenta que la vista iba a enfrentar a los mejores oradores del momento en una lucha cara a cara (más adelante Cicerón lo calificaría de «un duelo de gran magnitud»). Juntad todo eso y podréis haceros una idea del ambiente que reinaba aquella mañana en el tribunal de extorsiones. Cientos de espectadores decididos a tener un lugar privilegiado habían dormido al raso en el foro. Al amanecer ya no quedaba libre ningún lugar a la sombra. En la segunda hora, sencillamente ya no había sitios libres. En los pórticos y en los peldaños del templo de Castor, en el foro y en las columnatas que lo rodeaban, en las azoteas y en los balcones de las casas situadas en las laderas de las colinas, en cualquier lugar donde un ser humano pudiera acomodarse, encajarse o colgarse, había ciudadanos de Roma.

Frugi y yo íbamos de un lado a otro, como perros pastores, conduciendo el rebaño de nuestros testigos al tribunal. Y menudo grupo exótico y colorista formaban, con sus sagradas túnicas y atuendos regionales, víctimas todos ellos de las distintas iniquidades de Verres, movidos por la promesa de venganza… sacerdotes de Juno y Ceres, los siervos de la Minerva de Siracusa y las sagradas vírgenes de Diana; nobles griegos descendientes de Cécrops o Eurístenes o de las grandes casas de Ion o Minion, y fenicios cuyos ancestros habían sido sacerdotes de Tirio Melkart o se decían emparentados con el sidonio la; impacientes multitudes de arruinados herederos y sus custodios, empobrecidos campesinos, comerciantes de grano o armadores de barcos; dolientes padres cuyos hijos habían sido entregados a la esclavitud; niños que lloraban a sus padres, muertos en las mazmorras del gobernador; delegaciones del monte Tauro, de las costas del mar Negro, de muchas ciudades del interior de Grecia, de las islas del Egeo y de todas las ciudades y mercados de Sicilia.

Yo estaba tan ocupado asegurándome de que se permitía pasar a todos los testigos y de que todos los arcones con las pruebas estaban allí y se hallaban debidamente custodiados, que tardé un rato en comprender el tipo de espectáculo que Cicerón había organizado. Las cajas con las pruebas, por ejemplo, incluían en esos momentos los testimonios públicos recogidos por los ancianos de casi todas las poblaciones de Sicilia. Cuando los miembros del jurado empezaron a abrirse paso entre el gentío para ocupar sus lugares en los correspondientes bancos, comprendí por qué Cicerón —como consumado actor que era— había insistido tanto en tenerlo todo listo y a la vista. La impresión que causaron en el tribunal fue abrumadora. Incluso los endurecidos rostros de Isáurico y Cátulo demostraron asombro. En cuanto a Glabrio, cuando salió del templo precedido de sus lictores, se detuvo un momento en lo alto de la escalinata y retrocedió ante aquel mar de rostros.

Cicerón, que se había mantenido aparte hasta el último momento, se deslizó entre la multitud y subió los peldaños hasta ocupar su sitio en el banco de la parte demandante. Se hizo una repentina quietud, una silenciosa expectación recorrió el tenso ambiente. Se dio la vuelta y, protegiéndose del sol con la mano, recorrió con los ojos entrecerrados el ingente público congregado a derecha e izquierda, como supuse yo que haría un general al comprobar el terreno y el cielo antes de la batalla. Luego se sentó y yo me situé detrás de él para poder pasarle los documentos que pudiera necesitar. Los secretarios del tribunal colocaron en su sitio la silla curul de Glabrio, señal de que se abría la sesión; todo estaba a punto, salvo por la ausencia de Verres y Hortensio. Cicerón, a quien yo veía más tranquilo que nunca, se echó hacia atrás y me susurró:

—Después de todo, quizá no vengan.

Pero no hace falta que diga que sí aparecerían, pues Glabrio envió a dos de sus lictores en su busca. En cualquier caso, Hortensio estaba obsequiándonos con un aperitivo de su táctica, que consistiría en perder tanto tiempo como pudiera. Al final, con una hora de retraso y entre irónicos aplausos, la inmaculada figura del cónsul electo se abrió paso entre la masa de espectadores, seguido de su ayudante, que no era otro que Escipión Nasica, el rival de Catón en asuntos de amor, de Quinto Metelo y, por último, de Verres, que por causa del calor parecía más rubicundo que de costumbre. Para un hombre con un mínimo de conciencia, contemplar aquellas filas de víctimas y acusadores alzadas contra él habría sido una visión infernal; sin embargo, aquel monstruo se limitó a hacer una leve inclinación de cabeza, como si estuviera encantado de saludar a tantos viejos conocidos.

Glabrio llamó al orden en la sala, pero, antes de que Cicerón tuviera tiempo de levantarse, Hortensio se puso en pie para plantear una cuestión reglamentaria. Según la ley Corneliana —declaró—, un demandante tenía derecho a llamar a un máximo de cuarenta y ocho testigos, sin embargo Cicerón tenía el) la sala el doble de ese número, ¿acaso había en ello un propósito intimidatorio? A continuación se embarcó en un largo, elegante y ensayado discurso sobre los orígenes del tribunal de extorsiones, que pareció durar casi otra hora. Al final, Glabrio lo interrumpió explicando que la ley no decía nada sobre el número de testigos presentes en un tribunal, y que solo se refería a los que debían prestar declaración; de nuevo invitó a Cicerón para que presentara su caso y, de nuevo, Hortensio intervino con una cuestión de procedimiento. La multitud empezó a impacientarse, pero él siguió con su táctica de levantarse cada vez que Cicerón se disponía a intervenir. Así transcurrieron las primeras horas del día, en una tediosa discusión de tecnicismos.

Fue mediada la tarde cuando Cicerón, poniéndose fatigadamente en pie por novena o décima vez, vio que por fin su rival permanecía sentado. Lo miró, esperó y extendió lentamente los brazos en gesto burlón. Una oleada de risas recorrió el foro. Hortensio respondió con un florido gesto de la mano, como diciendo «Por favor, continúa». Cicerón hizo una cortés reverencia y, aclarándose la garganta, se adelantó.

Era el peor momento para iniciar tan hercúlea empresa. El calor resultaba insoportable. La gente estaba aburrida e inquieta. Hortensio, sonreía con aire de superioridad. Solo quedaban poco más de dos horas de luz antes de que el tribunal suspendiera la vista hasta el día siguiente. No obstante, aquel iba a ser uno de los momentos más decisivos de la historia del derecho romano y, de facto, de la historia del derecho en general.

—Caballeros del jurado —dijo Cicerón. Yo incliné la cabeza y me dispuse a tomar mis notas en taquigrafía. Aguardé a que continuara. Era la primera vez que mi señor iniciaba un discurso importante sin que yo supiera qué iba a decir. Esperé un poco más, con el corazón latiéndome furiosamente, levanté la vista y lo vi paseando por el tribunal y alejándose de mí. Creí que se detendría y se encararía con Verres, pero en vez de eso pasó de largo y se detuvo ante los senadores que componían el jurado.

—Caballeros del jurado —repitió, dirigiéndose a ellos directamente—, en esta grave crisis política os es ofrecido, no por sabiduría del hombre sino casi como un regalo del cielo, justamente lo que más necesitáis, algo que ayudará más que cualquier otra cosa a que mitiguéis la impopularidad de vuestro estamento y las sospechas que acechan a este tribunal. Se ha establecido la creencia, tan perjudicial para la República como para vosotros mismos, de que ni este tribunal ni vosotros, senadores, condenaríais a un hombre culpable si tuviera el dinero suficiente.

Las dos últimas palabras las pronunció con un magnífico tono de desprecio.

—¡No te equivocas! —gritó una voz de entre el público.

—Sin embargo —prosiguió Cicerón—, el carácter del hombre al que acuso es de tal naturaleza que podréis utilizarlo para limpiar vuestro buen nombre. Cayo Verres ha robado los tesoros de Sicilia, se ha comportado como un pirata y se ha convertido en una pestilente plaga para la provincia. Declarad culpable a este hombre y recuperaréis con justicia el respeto de todos. Si no lo hacéis, si su inmensa fortuna es suficiente para doblegar vuestra integridad, entonces al menos habré conseguido una cosa: la nación no creerá que Verres tiene razón y yo no, pero ¡sin duda sabrá cuanto debe saber sobre lo que es un jurado de senadores romanos!

Fue un buen comienzo. Un murmullo de aprobación surgió de la multitud igual que un vendaval agitando los árboles de un bosque, y en cierto y curioso sentido la atención pareció trasladarse veinte pasos hacia la izquierda. Fue como si los senadores, sudando bajo el sol y agitándose incómodamente en sus bancos de madera, se hubieran convertido en los acusados, y el enorme plantel de testigos recién llegados de cualquier rincón de Sicilia fuera el jurado. Cicerón nunca se había dirigido a tan inmensa multitud, pero las enseñanzas de Molón a orillas del mar dieron su fruto y, cuando se volvió hacia el foro, su voz sonó clara y potente.

—Dejad que os cuente el malvado plan que Verres tiene ahora mismo en mente. Para él resulta evidente que estoy planteando un caso tan bien fundado que lograré demostrar que es un ladrón y un criminal no solo ante este tribunal sino ante el mundo entero. No obstante, tiene tan baja opinión de la aristocracia, cree que los tribunales senatoriales son tan corruptos y manejables, que va por ahí presumiendo abiertamente de que ha comprado las fechas más convenientes y seguras para la celebración de este juicio y que, solo para asegurarse, ¡ha comprado el cargo de cónsul para sus dos amigos que han intentado intimidar a mis testigos!

Eso era lo que la gente había ido a escuchar. El murmullo de aprobación se convirtió en un rugido. Metelo se levantó, furioso, y lo mismo hizo Hortensio, en quien habitualmente los rifirrafes en los tribunales provocaban poco más que un irónico arquear de cejas. Los dos gesticulaban irritadamente hacia Cicerón.

—¿Cómo decís? —respondió este volviéndose hacia ellos—. ¿Pensabais que no diría nada de un asunto tan serio? ¿Que me iba a preocupar algo salvo mi deber y mi honor cuando el país y mi propia reputación se hallan en tan grave peligro? Metelo, me sorprendes. Has intentado intimidar a los testigos, especialmente a los más timoratos de entre los pobres sicilianos abrumados ya por la desgracia, con tu condición de cónsul electo y apelando a la autoridad de tus otros dos hermanos.

¡Si eso no es corrupción judicial, me gustaría saber qué lo es! ¿Qué no harás a favor de un pariente inocente si eres capaz de dejar a un lado tu honor y sentido del deber para ayudar a un completo canalla que no tiene ningún vínculo contigo? Porque te diré una cosa: Verres ha ido por ahí diciendo que si eres cónsul es solo gracias a sus influencias, ¡y que en enero tendrá a los dos cónsules y al presidente del tribunal que más le convengan!

En este punto tuve que dejar de escribir porque el tumulto no me dejaba oír. Metelo y Hortensio hacían bocina con las manos y gritaban a Cicerón, mientras Verres gesticulaba furiosamente a Glabrio para que pusiera fin a todo aquello. Los senadores que componían el jurado seguían sentados, muy quietos —estoy seguro de que todos deseaban hallarse en cualquier otra parte—, los lictores se esforzaban por contener a los miembros del público que intentaban llegar al estrado. Al final, Glabrio se las arregló para restaurar el orden, y Cicerón prosiguió en tono mucho más calmado: —Así pues, esas son sus tácticas. Hoy el tribunal no ha comenzado su tarea hasta bien entrada la tarde. Todos aceptan que el día de hoy no cuenta para nada. Solo faltan diez días para los Juegos de Pompeyo, que durarán quince días y vendrán seguidos por los Juegos Romanos. Así pues, no esperan iniciar su réplica hasta pasados al menos cuarenta días. Y entonces, gracias a los largos discursos y a las técnicas dilatorias, cuentan con poder prolongar el juicio hasta que empiecen los Juegos de la Victoria, tras los cuales apenas quedará tiempo, si es que queda, para que este tribunal pueda reunirse. De esta manera confían en que el ímpetu de la acusación se agotará y que el caso volverá a presentarse de nuevo pero con Marco Metelo como presidente del tribunal, ¡el mismísimo Marco Metelo, que ahora se sienta en los bancos del jurado!

»Por lo tanto, ¿qué debo hacer? Si dedico a mi parlamento todo el tiempo que la ley me concede, corro el grave peligro de que el hombre al que persigo se me escabulla entre los dedos. «Abrevia tu discurso» fue la obvia respuesta que me dieron hace unos días; desde luego, un buen consejo. Sin embargo, tras pensarlo debidamente, se me ha ocurrido una solución mejor: caballeros, ¡no voy a hacer parlamento alguno!

Levanté la vista, estupefacto. Cicerón miraba a Hortensio y su rival le devolvía la mirada con la mayor expresión de perplejidad pintada en el rostro. Tenía todo el aspecto de un hombre que ha estado paseando alegremente por el bosque creyéndose a salvo y que, de repente, oye un ruido sospechoso tras él y se detiene de golpe.

—En efecto, Hortensio —prosiguió Cicerón—, no voy a seguirte el juego y a pasar los próximos diez días entregado al interminable discurso de costumbre. No voy a dejar que este caso se prolongue hasta enero, cuando tú y Metelo, como cónsules, podáis utilizar a vuestros lictores para que intimiden a mis testigos y los hagan callar. No voy a concederos, caballeros del jurado, el lujo de cuarenta días de ausencia para que os olvidéis de mis cargos y podáis perderos junto con vuestras conciencias en los recovecos de las argumentaciones de Hortensio. No pienso retrasar la sentencia de este caso hasta que toda la gente que ha venido a Roma para inscribirse en el censo y ver los juegos se haya dispersado de regreso a sus hogares repartidos por toda Italia. Pienso llamar a mis testigos sin pérdida de tiempo. Empezaré ahora mismo y este será mi procedimiento: leeré los cargos individualmente, los comentaré y argumentaré; luego presentaré a los testigos relacionados con ellos y los interrogaré. Entonces, Hortensio, tendrás la misma oportunidad que yo de comentar y repreguntar. Haré lo que digo y habré concluido y expuesto mi caso en el plazo de diez días.

Toda mi vida he atesorado —y durante lo poco que me quede de ella lo seguiré haciendo— el recuerdo de las reacciones de Hortensio, Metelo, Verres y Escipión Nasica en ese momento. Naturalmente, Hortensio tan pronto como hubo recobrado el aliento, se puso en pie para denunciar que aquella ruptura con los precedentes era ilegal. Pero Glabrio estaba preparado y le contestó bruscamente que era privilegio de Cicerón presentar el caso como más le gustara, y que él, por su parte, estaba cansado de los parlamentos interminables, y así lo había expresado ante aquel mismo tribunal antes de las elecciones consulares. Su respuesta había sido preparada obviamente de antemano, y Hortensio se levantó de nuevo para acusarlo de entorpecer el procedimiento. Glabrio, que cuando tenía un buen día era como mínimo un hombre irritable, le replicó sin miramientos que se mordiera la lengua si no quería que sus lictores, cónsul o no, lo expulsaran de la cámara. Hortensio no tuvo más remedio que sentarse, ceñudo, con los ojos clavados en el suelo, mientras Cicerón concluía su discurso de apertura dirigiéndose nuevamente al jurado.

—Hoy los ojos del mundo están puestos en este foro, esperan ver hasta qué punto las conductas de los hombres que se hallan entre nosotros estarán marcadas por los dictados de su conciencia y la observancia de la ley. Del mismo modo en que emitiréis vuestro veredicto sobre el prisionero, el pueblo de Roma emitirá el suyo sobre vosotros. El caso de Verres establecerá si un tribunal compuesto por senadores es capaz de condenar no solo a alguien muy culpable, sino también muy rico. Dado que todo el mundo sabe que Verres solo destaca por sus innumerables delitos y sus innumerables riquezas, si resulta que es declarado inocente será imposible imaginar otra explicación que no sea la más vergonzosa. Por lo tanto, caballeros, os prevengo: por vuestro bien, procurad que tal cosa no ocurra. —Dicho lo cual, les dio la espalda—. Llamo a mi primer testigo, Estenio de Termas.

Dudo mucho que a alguno de los aristócratas que formaban ese jurado —Cátulo, Isáurico, Metelo, Catilina, Lucrecia, Emilio y los demás— se les hubiera dirigido alguien antes con semejante insolencia, y menos una persona sin una máscara ancestral que colgar en su atrio. No me cuesta imaginar cuánto hubo de repugnarles permanecer sentados escuchando, especialmente teniendo en cuenta el delirio de satisfacción con que la multitud congregada en el foro recompensó a Cicerón cuando este tomó asiento. En cuanto a Hortensio, casi podía decirse que daba pena. Toda su carrera se había basado en su habilidad para memorizar larguísimas frases y pronunciarlas con el aplomo de un actor, pero en ese momento había enmudecido y, lo que era todavía peor, durante los diez días siguientes iba a verse enfrentado a la necesidad de improvisar breves intervenciones para los interrogatorios de los testigos de Cicerón. No podía decirse ni remotamente que hubiera investigado o se hubiera preparado para ello, situación que se puso cruelmente de manifiesto cuando Estenio ocupó su lugar en el banco de los testigos. Cicerón lo llamó a él primero como reconocimiento por haber sido el iniciador de aquella formidable empresa, y el siciliano no lo defraudó. Había esperado largo tiempo el día de su comparecencia en los tribunales y aprovechó al máximo su oportunidad: hizo un relato conmovedor de cómo Verres había abusado de su hospitalidad, saqueado sus propiedades, levantado falsos cargos en su contra, sancionado e intentado flagelarlo; de cómo lo había condenado a muerte sin haber estado, como acusado, presente en el juicio, y cómo después había falsificado los archivos de los tribunales de Siracusa, archivos que Cicerón blandió como prueba y entregó al jurado.

Cuando Glabrio llamó a Hortensio para que interrogara al testigo, el Maestro Bailarín mostró cierta natural aversión a intervenir. La regla de oro de un contrainterrogatorio es no formular, nunca, jamás, una pregunta cuya respuesta el interrogador ignora. Y se daba la circunstancia de que Hortensio no tenía la más remota idea de lo que Estenio podría decir a continuación. Hojeó unos cuantos documentos, consultó en voz baja con Verres y por fin se acercó al estrado de los testigos.

¿Qué podía hacer? Tras cierto número de irritadas preguntas que pretendían dar a entender que el siciliano era hostil a la ley romana, le preguntó por qué de entre todos los abogados de Roma había escogido precisamente a Cicerón, un hombre que era un conocido agitador de las clases inferiores.

¿Acaso su objetivo inconfesado era simplemente azuzar el malestar?

—Pero si yo no acudí directamente a Cicerón… —contestó Estenio en su candoroso estilo—. El primer abogado al que fui a ver fuiste tú.

Hasta los miembros del jurado se rieron de aquello. Hortensio tragó saliva e intentó unirse a las risas.

—¿En serio? Pues no puedo decir que te recuerde.

—Es normal, eres un hombre muy ocupado. Pero yo sí te recuerdo, senador. Me dijiste que representabas a Verres y que no te importaba si me habían robado mis propiedades porque ningún tribunal romano creería en la palabra de un siciliano antes que en la de un romano.

Hortensio tuvo que esperar a que la lluvia de abucheos cesara.

—No tengo más preguntas para este testigo —dijo en tono deprimido. Y con eso el juicio quedó aplazado hasta el día siguiente.

Mi intención era describir con todo detalle el juicio de Cayo Verres, pero ahora comprendo que no tiene sentido. Tras el golpe maestro de Cicerón el primer día, Verres y sus abogados parecían las víctimas de un asedio: refugiadas en su agujero y rodeadas de enemigos por todas partes, convertidas en el objetivo de todo tipo de proyectiles y con túneles que socavaban los cimientos de sus frágiles murallas. No tenían manera de contraatacar. Su única esperanza consistía en resistir lo mejor que pudieran los nueve días del asalto y, a continuación, intentar reagrupar sus fuerzas durante la tregua impuesta por los Juegos de Pompeyo. El objetivo de Cicerón resultaba igualmente claro: destruir las defensas de Verres tan completamente que, para cuando hubiera terminado de plantear su caso, ni siquiera el jurado más corrupto de Roma se atreviera a declararlo inocente.

Y se lanzó a la tarea con su habitual disciplina. El equipo de la parte acusadora se reunía antes del amanecer. Mientras Cicerón hacía sus ejercicios, se afeitaba y vestía, yo le leía los testimonios de los testigos a los que llamaría ese día y repasaba la lista de pruebas. A continuación, me dictaba un resumen de lo que pretendía decir y después dedicaba una hora a familiarizarse con la agenda del día y a memorizar sus comentarios, mientras Quinto, Frugi y yo nos asegurábamos de que las cajas con las declaraciones de los testigos y las otras pruebas estuvieran preparadas. A continuación desfilábamos colina abajo hasta el foro… y era realmente un desfile, ya que en toda Roma se decía que el trabajo de Cicerón en el foro constituía el mejor espectáculo de la ciudad. Las multitudes del segundo y tercer día fueron tan numerosas como la del primero, y las declaraciones de los testigos resultaban con frecuencia conmovedoras, en especial cuando se deshacían en lágrimas al recordar las injusticias que habían sufrido. Concretamente me acuerdo de un tal Dio de Helaesa, al que habían robado diez mil sestercios, y también de dos hermanos de Agirio a los que habían obligado a entregar los cuatro mil sestercios recibidos de una herencia. Habría habido muchos más, pero Lucio Metelo ya había prohibido salir de la isla a una docena de testigos, entre ellos a Heraclio de Siracusa, el sumo sacerdote del templo de Júpiter, una evidente injusticia que Cicerón aprovechó hábilmente para su causa.

—¡Entre los derechos de nuestros aliados —tronó— ni siquiera figura el de recibir permiso para quejarse de sus sufrimientos!

A lo largo de aquel trance, y por increíble que parezca, Hortensio no dijo una palabra; Cicerón acababa sus interrogatorios, Glabrio cedía el turno al Rey de los Tribunales para que contrainterrogara, y su majestad negaba solemnemente con la cabeza o bien declaraba en tono grandilocuente: —No tenemos preguntas para este testigo.

El cuarto día, Verres adujo motivos de enfermedad para evitar comparecer, pero Glabrio no se mostró dispuesto a aceptarlos y declaró que el juicio proseguiría aunque tuviera que hacerlo ante el lecho de enfermo del acusado.

En la tarde del día siguiente Lucio, el primo de Cicerón, regresó por fin a Roma una vez concluida su misión en Sicilia. Cuando llegamos del tribunal, Cicerón se alegró mucho de encontrarlo esperando en casa y lo abrazó efusivamente. Sin la colaboración de Lucio a la hora de enviar a Roma testigos y cajas llenas de pruebas, el caso no habría estado ni la mitad de bien fundado. Pero el esfuerzo realizado durante aquellos siete meses había agotado visiblemente a Lucio, que nunca había sido un joven con una salud de hierro. Estaba muy flaco, y había desarrollado una tos áspera y constante. Aun así, su compromiso de llevar a Verres ante la justicia seguía siendo tan firme como siempre, tanto que se perdió las fases iniciales del juicio para poder dar un rodeo en su camino de regreso. Se quedó en Puteoli para averiguar el paradero de otros dos testigos: el caballero romano Cayo Numitorio, que presenció la crucifixión de Gavio en Messina, y un amigo de este, un comerciante llamado Marco Annio, que se hallaba en Siracusa cuando el banquero romano Herenio fue ajusticiado.

—¿Y dónde están esos caballeros? —preguntó Cicerón con impaciencia.

—Aquí —repuso Lucio—, en el tablinum; pero debo advertirte que no quieren declarar.

Cicerón entró a toda prisa para encontrarse con dos formidables hombretones de mediana edad.

«Los testigos perfectos, en mi opinión —diría más adelante—, prósperos, respetables, sobrios y, por encima de todo, nada sicilianos.» Tal como Lucio le había dicho, se mostraban reacios a prestar declaración. Eran hombres de negocios que no deseaban granjearse enemigos poderosos y a los que no apetecía nada sumarse al gran montaje antiaristocrático organizado en el foro por Cicerón. Sin embargo, este consiguió convencerlos, porque tampoco eran tontos y, en la balanza de las ganancias y las pérdidas, decidieron que les iría mejor si apostaban por el bando que iba ganando.

—¿Sabéis lo que Pompeyo le dijo a Sila cuando el viejo intentó denegarle un triunfo el día de su vigésimo sexto cumpleaños? —preguntó Cicerón—. Me lo contó en la cena del otro día, le dijo: «La gente adora al sol que sale, no al que se pone».

Con aquella poderosa combinación de nombres importantes y apelaciones al patriotismo y al propio interés consiguió ganarlos para su causa, y cuando entraron a cenar con Cicerón y su familia, ya le habían dado su apoyo.

—Sabía que si conseguía que estuvieran contigo unos minutos —le susurró Lucio—, lograrías que hicieran lo que quisieses.

Pensé que Cicerón presentaría a sus dos nuevos testigos al día siguiente, pero era demasiado astuto para eso. «Un espectáculo siempre debe acabar con un clímax», solía decir. En esos momentos, con cada nueva prueba que aportaba, el nivel de los delitos aumentaba lenta y deliberadamente; de la corrupción judicial, la extorsión y el robo había pasado a la imposición de los más crueles castigos. El octavo día del juicio se ocupó de la declaración de dos capitanes de navío sicilianos, Falacro de Centuripia y Onaso de Segesta, que relataron que ellos y sus hombres habían escapado a la flagelación y la ejecución porque habían sobornado al liberto de Verres, Timarcides (que, me alegra decir, se hallaba en la sala para experimentar en carne propia las humillaciones). Pero había todavía más y peor: a las familias que no habían podido recaudar los fondos suficientes para rescatar a sus parientes les habían exigido pagar una cantidad añadida al verdugo, Sextio, o de lo contrario este convertiría las decapitaciones en una carnicería.

—¡Pensad en lo insoportable del dolor de esas familias! —proclamó Cicerón—. Pensad en la angustia que se abatió en aquellos desdichados padres, ¡obligados a pagar no para salvar a sus hijos, sino para que tuvieran una muerte rápida!

Vi a los senadores del jurado menear la cabeza y murmurar entre ellos. Y cada vez que Glabrio invitaba a Hortensio a que contrainterrogara a los testigos y este declaraba que no tenía preguntas que hacer, se agitaban, inquietos. Su posición se estaba volviendo intolerable. Esa noche nos llegaron los primeros rumores de que Verres estaba haciendo las maletas y había vaciado su casa preparándose para huir al exilio.

Tal era la situación el noveno día, cuando presentamos a Annio y a Numitorio en la sala. La multitud allí congregada era, si cabe, mayor que de costumbre, pues solo faltaban dos días para el comienzo de los magnos Juegos de Pompeyo. Verres llegó tarde y visiblemente borracho. Tropezó al subir los peldaños del tribunal, y Hortensio tuvo que sujetarlo para que no cayera mientras estallaban las carcajadas entre el público. Al pasar ante Cicerón, le lanzó una mirada cargada de rabia y miedo, la mirada de un animal acorralado. Cicerón fue directamente al grano y llamó a su primer testigo, Annio, que describió el modo en que estaba inspeccionando un barco mercante en el puerto de Siracusa cuando un amigo se le acercó para decirle que un socio de ellos en los negocios, Herenio, se encontraba en el foro, cargado de cadenas y suplicando por su vida.

—Y tú ¿qué hiciste?

—Fui enseguida, desde luego.

—¿Y cuál era la escena?

—Había quizá un centenar de personas gritando que Herenio era ciudadano romano y que por lo tanto no podía ser ejecutado sin un juicio previo.

—¿Cómo sabían que Herenio era ciudadano de Roma? ¿Acaso no ejercía de banquero en Hispania?

—Muchos de nosotros lo conocíamos personalmente. A pesar de que tenía negocios en Hispania, había nacido en Siracusa, de una familia romana, y había crecido en la ciudad.

—¿Y cuál fue la respuesta de Verres a vuestras súplicas?

—Ordenó que Herenio fuera decapitado de inmediato.

Se escuchó un gemido de horror en la sala.

—¿Y quién asestó el golpe fatal?

—El verdugo oficial, Sextio.

—¿Hizo un buen trabajo?

—Me temo que no.

—Está claro —dijo Cicerón volviéndose hacia el jurado— que Herenio no había pagado lo suficiente en concepto de soborno a Verres y su pandilla.

Durante la mayor parte del juicio, Verres había permanecido medio hundido en su silla, pero en ese momento, empujado por los efectos de la bebida, se puso en pie de un salto y gritó que nunca había aceptado semejante soborno. Hortensio tuvo que tirar de él para obligarlo a sentarse. Cicerón no le prestó ninguna atención y siguió interrogando a su testigo.

—Sin duda esta es una situación extraordinaria. Un centenar de vosotros certificáis la condición de romano de ese ciudadano. Sin embargo, Verres no tardó ni una hora en establecer la verdad de quién era. ¿Cómo lo explicas?

—Puedo explicarlo fácilmente, senador. Herenio viajaba en un barco proveniente de Hispania que fue incautado con toda su tripulación y cargamento por los esbirros de Verres. Luego fue enviado a la Cantera de Piedra, con los demás que iban a bordo, para ser ejecutado luego públicamente como pirata. Verres no sabía que Herenio no era de Hispania, sino que pertenecía a la comunidad romana de Siracusa y no tardaría en ser reconocido. Cuando Verres se percató de su error, era demasiado tarde para soltar a Herenio, pues sabía demasiado de sus tejemanejes.

—Perdón, pero no lo entiendo —dijo Cicerón haciéndose el tonto—. ¿Por qué iba a querer Verres ejecutar por pirata al pasajero inocente de un navío de carga?

—Necesitaba mostrar un número suficiente de ejecuciones.

—¿Por qué?

—Porque aceptaba sobornos a cambio de soltar a los verdaderos piratas.

Verres se puso en pie nuevamente y gritó que todo era mentira. Esa vez Cicerón se le acercó unos pasos.

—¿Dices que es mentira, tú, monstruo? ¿Mentira? Entonces, ¿por qué en los archivos de tu prisión figura que Herenio fue puesto en libertad? ¿Y por qué dicen, además, que el conocido pirata Heracleo fue ejecutado cuando nadie en toda la isla lo vio morir? Te diré por qué: porque tú, el gobernador romano de la isla, el responsable de la seguridad en los mares, ¡aceptabas sobornos de los mismísimos piratas!

—¡Ah, Cicerón, el gran abogado que se cree tan listo! —exclamó Verres amargamente con la voz pastosa por culpa de la bebida—. ¡El que cree saberlo todo! Bien, pues hay algo que no sabes: tengo a Heracleo en mi casa de Roma, bajo mi particular vigilancia. Él podrá deciros a todos que esto es mentira.

En estos momentos sorprende que alguien pudiera proclamar algo tan estúpido, pero los hechos están debidamente registrados en las actas del tribunal. Entre el alboroto que se organizó, Cicerón solicitó a Glabrio que enviara a sus lictores para apresar al famoso pirata y que este fuera entregado a la custodia oficial en «beneficio de la seguridad pública». Luego, mientras se procedía a cumplir con lo solicitado, llamó a su segundo testigo del día: Cayo Numitorio. Pensé para mis adentros que Cicerón estaba yendo demasiado lejos, que podía haber sacado más provecho de la torpe declaración de Verres. Sin embargo, como el gran abogado que era, había intuido que el momento de la verdad, el momento de asestar el golpe de muerte, había llegado. Hacía meses, desde su llegada a la isla, que sabía con qué arma deseaba hacerlo. Numitorio juró decir la verdad y subió al estrado. Cicerón le hizo declarar sin rodeos los hechos esenciales relacionados con Publio Gavio: era un comerciante que viajaba en barco desde Hispania; el barco fue confiscado y sus pasajeros llevados a la Cantera de Piedra, de donde Gavio logró escapar de algún modo; consiguió llegar a Messina y embarcar rumbo a la península, pero fue arrestado en el último momento y entregado a Verres cuando este llegó para visitar la ciudad. La multitud escuchaba sumida en un profundo silencio.

—Describe a esta sala lo que sucedió entonces.

—Verres convocó un tribunal en el foro de Messina —explicó Numitorio— e hizo que arrastraran a Gavio ante él. Luego, anunció a todo el mundo que aquel hombre era un espía, delito para el que solo cabía una sentencia. Ordenó que levantaran una cruz en la bocana del puerto de manera que el condenado, en su agonía, pudiera contemplar la península. A continuación ordenó que desnudaran a Gavio y lo flagelaran públicamente ante todos nosotros; por último, lo torturaron con hierros candentes y lo crucificaron.

—¿Habló Gavio en algún momento?

—Solo al principio, para jurar que la acusación era falsa, que no era un espía extranjero, sino un ciudadano romano, concejal de la ciudad de Consa y ex legionario en la caballería bajo el mando de Lucio Raecio.

—¿Cuál fue la reacción de Verres al oír aquello?

—Dijo que todo era mentira y ordenó que empezara la ejecución.

—¿Puedes describir de qué modo se enfrentó Gavio a la muerte?

—Con valentía, senador.

—¿Como un romano?

—Como un romano.

—¿Gritó algo?

—Sólo mientras lo flagelaban y veía como calentaban los hierros.

—¿Y qué dijo?

—Cada vez que recibía un latigazo gritaba: «¡Soy ciudadano romano!».

—Puedes repetirlo, en voz alta, por favor, para que todos puedan oírlo.

—Gritaba: «¡Soy ciudadano romano!».

—¿Solo eso? —insistió Cicerón—. Permíteme que me asegure. Recibe un latigazo —alzó las manos unidas por las muñecas y se inclinó hacia delante, como si estuvieran azotándole— y dice apretando los dientes: «¡Soy ciudadano romano!». Recibe otro latigazo y grita: «¡Soy ciudadano romano!». Recibe otro golpe y grita: «¡Soy ciudadano romano!».

Mis pobres palabras son incapaces de describir el efecto que causó la actuación de Cicerón en quienes la presenciaron. El silencio que reinaba en el tribunal amplificó sus palabras. Fue como si todos nosotros fuéramos testigos de aquel monstruoso error de la justicia. Algunos hombres y mujeres —creo que amigos de la víctima— empezaron a gritar, y de la multitud surgió un rugido de indignación. No obstante, Verres se libró una vez más de la mano de Hortensio y se puso en pie.

—¡No era más que un sucio espía! —bramó—. ¡Un espía! ¡Lo decía solo para aplazar el castigo que merecía!

—¡Pero lo dijo! —tronó Cicerón triunfalmente volviéndose hacia él y señalándolo con el dedo—. ¡Admites que lo dijo! ¡Por tus propias palabras te acuso de que ese hombre afirmó ser ciudadano romano y tú no hiciste nada! ¡Su mención de la ciudadanía no te llevó a vacilar o a retrasar, aunque solo fuera brevemente, la ejecución de una muerte tan cruel y repugnante! Si tú, Verres, hubieras sido hecho prisionero en Persia o en la más remota región de la India y te condujeran al patíbulo, ¿qué otro grito proferirías sino que eres ciudadano romano? ¿Qué hay por lo tanto del hombre al que te apresuraste a matar? ¿Acaso su declaración de ciudadanía no habría podido salvarlo durante una hora, durante un día, mientras era comprobada? ¡No, imposible teniéndote a ti sentado en el asiento del juez! Y, sin embargo, incluso el hombre más humilde, el de más baja cuna de cualquier territorio salvaje, ha sabido siempre, hasta ahora, que el grito de «¡Soy ciudadano romano!» es su última defensa y refugio. No fue a Gavio, a un pobre hombre, a quien clavaste en aquella cruz de agonía, ¡fue al principio universal que establece que los romanos son personas libres!

El griterío que ovacionó el fin del largo discurso de Cicerón fue aterrador. En lugar de disminuir lentamente, cobró nueva energía y ganó en fuerza y volumen. Entonces vi con el rabillo del ojo cierto movimiento en nuestra dirección. Algunas toldillas, bajo las cuales algunos espectadores se refugiaban del sol, empezaron a venirse abajo con un terrible ruido de desgarro. Un hombre saltó desde un balcón encima de la multitud. Se oyeron gritos. Una turba dispuesta al linchamiento se lanzó hacia la plataforma. Hortensio y Verres, aterrorizados, se levantaron y derribaron el banco que tenían detrás. Glabrio gritó que la sesión quedaba suspendida y él y sus lictores subieron corriendo los peldaños que los separaban del templo; el acusado y su eminente consejero iban indignamente pegados a sus talones. Algunos miembros del jurado también huyeron hacia el santuario del sagrado edificio (pero no Cátulo, a quien recuerdo de pie igual que una roca, mirando al frente mientras la corriente de cuerpos pasaba a su alrededor). Las pesadas puertas de bronce se cerraron de un portazo. Cicerón intentó restablecer el orden subiéndose a su banco y haciendo gestos que pedían calma. Sin embargo, cuatro o cinco individuos de rudo aspecto corrieron hasta él, lo sujetaron por las piernas y lo llevaron en volandas. El terror me invadió tanto por su seguridad como por la mía, pero él se limitó a extender los brazos como si pretendiera abrazar a todo el mundo. Por fin lo sentaron en sus hombros y de cara al foro. El estallido de aplausos que se oyó fue como el calor que surge al abrir la puerta de un horno ardiente, y las voces que coreaban «¡Ci-ce-rón!», «¡Cice-rón!», «¡Ci-ce-rón!» hendieron los cielos de Roma.

Ese fue el fin de Cayo Verres. Nunca supimos exactamente qué ocurrió en el interior del templo después de que Glabrio suspendiera la sesión, pero Cicerón creía que Hortensio y Metelo dejaron claro a su cliente que seguir con su defensa era inútil. Su propia reputación y dignidad habían quedado gravemente afectadas. Tenían que cortar cualquier relación con él antes de que la reputación del Senado sufriera mayores menoscabos. Ya no importaba la generosidad con la que Verres había sobornado al jurado: ningún miembro se atrevería a votar a favor de su inocencia tras las escenas que acababan de presenciar. El caso es que Verres salió del templo a hurtadillas, cuando la multitud se hubo dispersado, y huyó de la ciudad al anochecer —algunos aseguran que vestido de mujer— y a todo galope camino del sur de la Galia. Su destino era el puerto de Massilia, donde tradicionalmente los exiliados podían intercambiar sus desdichadas historias ante un trozo de pescado asado y fingir que se encontraban en la bahía de Nápoles.

Lo único que quedaba por hacer era establecer la cuantía de la multa que se le iba a imponer, y cuando Cicerón regresó a casa convocó una reunión para discutir la cantidad apropiada. Nadie sabrá nunca el valor de todo lo que Verres robó durante los años que pasó en Sicilia (algunos cálculos rondan los cuarenta millones), pero Lucio, como era de esperar en él, fue el más dispuesto a una solución radical: la incautación de todos sus bienes, fueran estos cuales fuesen. Quinto estimó que una multa de aproximadamente diez millones sería suficiente. Cicerón, que tan resonante victoria acababa de obtener, se mantuvo extrañamente callado y se quedó en su estudio, pensativo, mientras jugueteaba con un punzón metálico. Por la tarde recibimos una carta de Hortensio en la que nos transmitía una oferta de Verres: pagar un millón ante el tribunal a modo de compensación. Lucio se sintió especialmente ofendido; «Un insulto», dijo. Cicerón no vaciló en echar al mensajero de malos modos. Una hora más tarde, este regresaba con lo que Hortensio llamaba «su última oferta», un millón y medio. Esa vez Cicerón dictó una carta un poco más larga:

De: Marco Tullio Cicerón

A. Quinto Hortensio Hortalo

¡Saludos!

A la vista de la ridícula cantidad que tu cliente propone como compensación por su maldad sin precedentes, es mi intención solicitar a Glabrio que me permita proseguir mi acusación mañana, cuando tendré la oportunidad de dirigirme al tribunal para tratar de este y otros asuntos.

—¡Veamos hasta qué punto a él y a sus aristocráticos amigos les apetece que sigamos restregándoles las narices en su propia inmundicia! —exclamó dirigiéndose a mí.

Acabé de sellar la carta y, cuando se la hube entregado al mensajero y regresé, Cicerón me esperaba para dictarme el discurso que se proponía pronunciar al día siguiente: un demoledor ataque contra la aristocracia por haber prostituido sus nobles nombres y los de sus antepasados al haber participado en la defensa de un canalla como Verres. Animado especialmente por Lucio, derramó en él la aversión que sentía hacia ellos. «Somos conscientes de la envidia y el desprecio con que algunos nobles contemplan los méritos y las energías de los homo novus, y también de que basta con que cerremos un momento los ojos para vernos metidos en cualquier trampa, de que si dejamos abierto el menor resquicio para la sospecha de una conducta impropia pagaremos en el acto por ello, de que nunca debemos bajar la guardia ni permitirnos asueto alguno. Tenemos enemigos, enfrentémoslos; tenemos tareas que acometer, arrimemos el hombro; pero no olvidemos que un enemigo abierto y declarado ¡es menos formidable que uno que se oculta y no dice nada!

—Ahí van otros mil votos —masculló Quinto.

La tarde transcurrió en la misma línea, y sin que recibiésemos respuesta de Hortensio. Poco antes de que empezara a oscurecer, se oyó un tumulto en la calle y Eros entró corriendo en el estudio de Cicerón con la noticia de que el mismísimo Pompeyo el Grande aguardaba en el vestíbulo. Sin duda, aquello era algo extraordinario, pero Cicerón y su hermano apenas tuvieron tiempo de parpadear antes de que escucháramos la llamada de aquella conocida voz militar.

—¿Dónde está? ¿Dónde está el mayor orador de nuestro tiempo?

Cicerón masculló un juramento y salió al tablinum, seguido de Quinto, Lucio y de mí, justo a tiempo de ver cómo el primer cónsul se acercaba a grandes zancadas. Los confines de la modesta vivienda lo hacían parecer aún más corpulento de lo habitual.

—¡Ahí está! —exclamó—. ¡Ahí está el hombre a quien todos desean ver!

Fue directamente hasta Cicerón, lo rodeó con sus poderosos brazos y lo estrechó en un abrazo de oso.

Desde donde me hallaba, justo detrás de mi señor, pude ver que los grises y astutos ojos de Pompeyo nos escrutaban uno por uno. Cuando se separó, insistió en que le fuéramos presentados, incluido yo. De ese modo un humilde sirviente de Arpino como el que esto escribe puede presumir de haber estrechado la mano de los dos primeros cónsules de Roma a la edad de treinta y cuatro años.

Pompeyo había dejado a sus guardaespaldas en la calle y entró en la casa completamente solo, lo cual constituía una inequívoca muestra de confianza y favor. Cicerón, cuyos modales eran impecables, ordenó a Eros que avisara a Terencia de que Pompeyo estaba abajo y me dio instrucciones para que sirviera vino.

—Solo un poco —dijo Pompeyo poniendo su fuerte mano sobre la copa—.Vamos camino de una cena y solo me quedaré un momento. No podía pasar por aquí sin presentarte mis respetos. Hemos seguido tus progresos durante los últimos días, Cicerón. Nuestro amigo Glabrio nos ha mantenido informados. Te felicito. ¡Bebamos a tu salud! —Levantó la copa, pero me fijé en que ni una gota llegaba a sus labios—.Y ahora que tu importante caso ha concluido con éxito, confiamos en verte más a menudo, especialmente teniendo en cuenta que pronto seré un simple ciudadano como tú.

Cicerón hizo una discreta reverencia.

—Sería un placer para mí.

—Pasado mañana, por ejemplo. ¿Cómo te va?

—Es el día en que comienzan tus grandes juegos. Sin duda estarás muy ocupado. ¿Qué tal otro día?

—¡Tonterías! Ven a ver la inauguración de los juegos desde nuestro palco. No te perjudicará que te vean en nuestra compañía. Deja que el mundo conozca nuestra amistad —añadió grandilocuentemente—.Te gustan los juegos, ¿verdad?

Cicerón vaciló. Comprendí que su cerebro sopesaba a toda prisa las consecuencias de rechazar o aceptar la invitación, pero lo cierto era que no tenía elección.

—Me encantan los juegos —contestó—. No hay nada que me guste más.

—Estupendo —dijo un radiante Pompeyo. En ese momento, Eros apareció con el mensaje de que Terencia no se encontraba bien, que prefería quedarse en la cama y rogaba que la disculparan—. Es una pena —comentó Pompeyo, ligeramente contrariado—. Esperemos que haya otras oportunidades más adelante. —Me entregó la copa, intacta—. Debemos seguir nuestra ruta. Además, estoy seguro de que andas muy ocupado. Por cierto —comentó en el atrio mientras se daba la vuelta—, ¿has establecido ya el importe de la multa?

—Todavía no —contestó Cicerón.

—¿Qué te han ofrecido?

—Un millón y medio.

—Acéptalo —dijo Pompeyo—. Ya los has cubierto de mierda. No hace falta que les obligues a comérsela. Sería embarazoso para mí en lo personal y para la estabilidad del Estado que siguieras adelante con este caso. Me entiendes, ¿verdad? —Asintió amistosamente con la cabeza y se marchó.

Oímos que la puerta principal se abría y que el comandante de su escolta ponía firmes a los soldados. La puerta se cerró. Durante unos instantes, nadie dijo nada.

—¡Qué hombre tan desagradable! —comentó Cicerón—. Traedme otra bebida. Mientras iba en busca de la jarra, vi a Lucio con expresión ceñuda.

—¿Qué derecho tiene a hablarte de ese modo? Además, ¿no ha dicho que se trataba de una visita de cortesía?

—¿Una visita de cortesía? ¡Oh, Lucio! —rió Cicerón—. Ha sido la visita del casero.

—¿Del casero? ¿Qué alquiler le debes? —Puede que Lucio fuera un filósofo, pero no era un completo idiota y por fin comprendió lo que había ocurrido—. ¡Ah, ya lo entiendo! —dijo mientras una expresión de disgusto se le dibujaba en el rostro y se daba la vuelta.

—Ahórrame tu superioridad, Lucio —le dijo Cicerón cogiéndolo por el brazo—. No tenía elección. Marco Metelo consiguió la presidencia del tribunal de extorsiones. El jurado fue sobornado. Todo estaba previsto para que fracasara. Hasta yo estuve a esto —separó apenas un centímetro el índice y el pulgar— de renunciar. Fue entonces cuando Terencia me dijo aquello de «abrevia tu discurso», y comprendí que esa era la respuesta, presentar todos los documentos y todos los testigos en el plazo de diez días y avergonzar a la otra parte. Se trataba de eso, Lucio, ¿lo entiendes?, de avergonzar a la otra parte ante toda Roma hasta el punto de que no tuvieran más alternativa que declararlo culpable.

Cicerón hablaba de tal manera que parecía que Lucio fuera un jurado de un solo hombre al que tuviera que convencer. Ejercía todos sus poderes de persuasión sobre su primo, y escrutaba su expresión para leer en ella las palabras y los argumentos con los que se inclinaría a su favor.

—Pero precisamente Pompeyo… ¡Después de lo que te hizo! —dijo Lucio con amargura.

—Escucha, Lucio. Lo único que necesitaba era un pequeño, pequeño favor, y era la seguridad de que podría proceder como mejor me pareciera y llamar a mis testigos sin problemas. No hubo sobornos de por medio, pero tenía que asegurarme de antemano el consentimiento de Glabrio. Sin embargo, estaba claro que no podía dirigirme al pretor del tribunal directamente, de modo que me estrujé los sesos pesando quién sí podía.

—Y solo había un hombre en toda Roma que pudiera —intervino Quinto.

—¡Exacto! —exclamó Cicerón—. Solo había un hombre al que Glabrio estaba obligado a escuchar por un vínculo de honor. El hombre que le había devuelto a su hijo cuando su mujer, de la que se había divorciado, murió. ¡Pompeyo!

—Pero no fue un pequeño favor —protestó Lucio—. Fue una intervención brutal, y ahora hay que pagar un precio igualmente brutal; pero no serás tú quien lo pague, ¡sino el pueblo de Sicilia!

—¿El pueblo de Sicilia? —repitió Cicerón, que empezaba a perder la paciencia—. ¡El pueblo de Sicilia no ha tenido mejor amigo y aliado que yo! ¡De no haber sido por mí, este caso no habría existido y no tendríamos sobre la mesa una oferta de un millón y medio de sestercios! ¡Por Júpiter, de no ser por mi intervención, Verres habría sido elegido cónsul dentro de dos años! ¡No puedes acusarme de haber abandonado al pueblo de Sicilia!

—Entonces niégate a pagar el alquiler —replicó Lucio cogiéndolo de la mano—. Mañana, en el tribunal, busca causar el mayor daño posible ¡y que Pompeyo se vaya al cuerno! Toda Roma está de tu parte. El jurado no se atreverá a contradecirte. ¿A quién le importa Pompeyo? Dentro de cinco meses, como él mismo reconoce, ni siquiera será cónsul. Prométemelo.

Cicerón estrechó la mano de Lucio fervientemente entre las suyas y lo miró a los ojos, la rutina del doble apretón de manos que yo conocía y había visto tan a menudo en aquella misma estancia.

—Te prometo que lo pensaré —contestó—.Te lo prometo.

Puede que lo pensara. ¿Quién soy yo para negarlo? Pero dudo que dedicara a la cuestión algo más que un instante. Cicerón no era un revolucionario. Nunca había deseado encabezar una multitud para derribar los cimientos del Estado, y esa habría sido su única esperanza de supervivencia si Pompeyo y la aristocracia se ponían en su contra.

—El problema de Lucio —comentó apoyando los pies encima de la mesa cuando su primo se hubo marchado— es que cree que la política consiste en luchar por la justicia. La política es una profesión.

—¿Crees que Verres ha sobornado a Pompeyo para que interviniera y limitara los daños? —Preguntó Quinto expresando en voz alta la misma duda que me había asaltado.

—Podría ser. Pero lo más probable es que simplemente no quiera verse atrapado en una guerra civil entre el pueblo y el Senado. Si de mí dependiera, me encantaría poder incautar todas las posesiones de Verres y abandonar a ese desgraciado en los pastos de la Galia. Pero eso no va a ocurrir —suspiró—, de manera que lo mejor será ver qué provecho podemos sacar de ese millón y medio.

Los tres pasamos el resto de la tarde confeccionando una lista de los principales y más justos demandantes. Y después de que Cicerón descontara sus gastos, que estimamos en unos cien mil sestercios, llegamos a la conclusión de que la suma bastaba para que cumpliera con sus obligaciones, al menos con Estenio y los de su nivel, y con los testigos que habían viajado desde tan lejos hasta Roma. Pero ¿qué les diríamos a los sacerdotes? ¿Cómo podíamos poner precio al saqueo de un templo cuyas estatuas estaban hechas de metales y piedras preciosas y que hacía mucho tiempo que habían sido desmanteladas y fundidas por los orfebres de Verres? ¿Y qué cantidad podía recompensar a las familias de Gavio y Herenio y de los otros inocentes a los que había asesinado? Con aquella tarea Cicerón conoció por primera vez el sabor del poder —que normalmente consiste en elegir entre opciones igualmente desagradables—, y le pareció muy amargo.

A la mañana siguiente nos dirigirnos al tribunal como de costumbre, con la habitual multitud concentrada en los sitios habituales; todo igual, salvo por la ausencia de Verres y la presencia de veinte o treinta miembros de las patrullas de los magistrados, apostados alrededor del tribunal. Glabrio abrió la sesión con un breve discurso en el que advirtió que no toleraría disturbios como el del día anterior. A continuación, llamó a Hortensio para que hiciera su declaración.

—Debido a problemas de salud… —empezó a decir Hortensio, pero las risas que surgieron de todas partes lo obligaron callar durante un buen rato—. Debido a problemas de salud provocados por la angustia de este proceso, y deseando evitar al Estado mayores inconvenientes, mi cliente Cayo Verres renuncia a seguir defendiéndose de los cargos presentados por el demandante.

Se sentó. Los sicilianos aplaudieron ante semejante concesión, pero hubo escasa respuesta por parte de los espectadores que aguardaban la intervención de Cicerón. Este se levantó, dio las gracias a Hortensio por su declaración, «algo más breve que los parlamentos que acostumbras a hacer aquí», y exigió para el acusado la pena máxima según la ley Cornelio: la pérdida a perpetuidad de todos sus derechos civiles, «de manera que la sombra de Cayo Verres no pueda volver a amenazar a sus víctimas ni suponer un peligro para la administración de justicia de la República de Roma». Sus palabras despertaron los primeros entusiasmos de la mañana.

—Desearía —prosiguió Cicerón— poder deshacer sus crímenes y devolver a los hombres y a los dioses cuanto Verres les robó. Desearía poder restituir a Juno las ofrendas y los adornos de sus santuarios de Melita y Samos. Me gustaría que Minerva pudiera ver los ornamentos de su templo de Siracusa. Quisiera que la estatua de Diana pudiera regresar a la población de Segesta, y la de Mercurio, a la de Tindaris. Me gustaría poder remediar la doble ofensa hecha a Ceres, cuyas imágenes se las llevó Verres de Henna y Catina. Desgraciadamente, el canalla ha huido y ha dejado tras él las paredes vacías y los suelos desnudos de sus casas de Roma y del resto del país. Su abogado calcula el valor de todo ello en un millón y medio de sestercios, y esa cantidad es la que debo pedir que se acepte como pago por sus crímenes.

Se oyó un murmullo de disgusto.

—¡No es suficiente! —gritó alguien.

—Estoy de acuerdo: no es suficiente. Y puede que algunos de los que están en este tribunal y apoyaron a Verres cuando su estrella ascendía, y otros que le prometieron su apoyo si conseguían convertirse en miembros del jurado, lleguen a inspeccionar su conciencia y, ¿por qué no?, ¡a inspeccionar también lo que contienen sus villas!

Aquellas palabras hicieron que Hortensio se pusiera en pie y protestara por el hecho de que el demandante hablara mediante acertijos.

—Bueno —contestó Cicerón como una centella—, ya que Verres le regaló una esfinge de marfil, al cónsul electo no le será difícil resolver acertijos.

No pudo ser una broma calculada, ya que Cicerón no sabía qué iba a decir Hortensio. O, pensándolo mejor, quizá peque de ingenuo y realmente formaba parte del arsenal de espontáneas agudezas que mi señor se reservaba para utilizarlas si se presentaba la ocasión. Fuera cual fuese la verdad, demostró lo importante que es el humor en los acontecimientos públicos, porque nadie recuerda nada de los últimos días del juicio salvo el chiste de Cicerón sobre la esfinge de marfil. Retrospectivamente, ni siquiera estoy seguro de que fuera especialmente gracioso; no obstante, consiguió que todos se rieran y convirtió en un nuevo éxito lo que habría podido ser un discurso comprometido. «Siéntate», había sido el consejo de Molón para cuando las cosas salían bien, y Cicerón lo siguió al pie de la letra. Le entregué una toalla, y él se enjugó el rostro y las manos mientras los aplausos seguían. Y con esas palabras finalizó su trabajo en el caso contra Cayo Verres.

Aquella tarde el Senado se reunió para celebrar su último debate antes del receso de quince días debido a los Juegos de Pompeyo. Para cuando Cicerón terminó de arreglar las cosas con los sicilianos, ya llegaba tarde a la sesión y tuvimos que salir a toda prisa del templo de Castor y atravesar el foro corriendo para llegar al Senado. Craso, como cónsul presidente aquel mes, ya había llamado al orden y estaba leyendo el último despacho de Lúculo sobre los progresos de la campaña en oriente. Para no interrumpirlo haciendo una llamativa entrada, mi señor prefirió quedarse en la antesala de la cámara, donde los dos escuchamos el informe de Lúculo. Según su propio relato, el aristocrático general había logrado toda una serie de aplastantes victorias: penetró en el reino de Tigranes, derrotó al mismísimo rey en la batalla, masacró a cientos de miles de enemigos y avanzó por territorio hostil hasta conseguir capturar la ciudad de Nisibisis y tomar como rehén al hermano del rey.

—Seguro que a Craso le están entrando ganas de vomitar —me susurró Cicerón de muy buen humor—. Su único consuelo es que Pompeyo debe de estar más furiosamente envidioso que él.

Ciertamente, Pompeyo, sentado junto a Craso con los brazos cruzados, parecía sumido en tristes ensoñaciones. Cuando Craso terminó de hablar, Cicerón aprovechó la interrupción para entrar en la cámara. El día era caluroso, y los rayos de luz que penetraban por las altas ventanas iluminaban torbellinos de polvo. Mientras todos lo observaban, caminó por el pasillo central, muy erguido, hacia el estrado consular y dejó atrás su antiguo y oscuro sitio junto a la puerta. El banco pretoriano parecía lleno, pero Cicerón aguardó pacientemente para reclamar el sitio que le correspondía, porque sabía —y la cámara también lo sabía— que una de las recompensas que tradicionalmente correspondía al demandante victorioso era asumir el rango del condenado. No sé cuánto se prolongó aquel silencio, roto solo por el murmullo de las palomas en el techo, pero me pareció interminable. Fue Afranio quien finalmente le rogó que se sentara junto a él y quien le dejó sitio suficiente empujando a sus vecinos a lo largo del banco. Cicerón se abrió paso saltando por encima de media docena de piernas extendidas y ocupó desafiantemente el sitio que le habían dejado. Contempló a sus rivales a su alrededor y sostuvo la mirada de cada uno de ellos. Nadie osó desafiarlo. Por fin, alguien se levantó para hablar y, con voz desganada, felicitó a Lúculo y a sus victoriosas legiones. Ahora que lo pienso, bien pudo haber sido Pompeyo. El murmullo de las conversaciones retornó poco a poco.

Cierro los ojos y veo sus rostros bajo la dorada luz de aquella tarde de verano —Cicerón, Craso, Pompeyo, Hortensio, Cátulo, Catilina, los hermanos Metelo— y me cuesta creer que ellos, y sus ambiciones, e incluso el edificio donde se sentaban, no sean ya más que polvo.