I

Mi nombre es Tiro. Durante treinta y seis años fui el secretario particular de Cicerón, el estadista romano. Al principio fue emocionante, luego sorprendente, más tarde arduo, y al final, sumamente peligroso. Creo que durante esos años Cicerón pasó más tiempo conmigo que con cualquier otra persona, incluida su propia familia. Fui testigo de sus reuniones privadas y el portador de sus mensajes secretos; puse por escrito sus discursos, sus cartas y su creación literaria, incluida su poesía, un torrente tal de palabras que tuve que inventar lo que vulgarmente se llama «taquigrafía», un sistema de transcripción que hoy sigue utilizándose para dejar constancia de las deliberaciones que tienen lugar en el Senado y gracias al cual recibo una modesta pensión. Esto, junto con unos pocos legados y la generosidad de unos cuantos amigos, me basta para mantenerme en mi retiro. No necesito gran cosa. Los viejos nos alimentamos del aire, y yo ya tengo un montón de años; casi cien, por lo que dicen.

Durante las décadas que siguieron a la muerte de Cicerón a menudo me preguntaron, casi siempre entre susurros, cómo era realmente; no obstante, mis labios se mantuvieron siempre sellados. ¿Cómo podía saber quién era un espía del gobierno y quién no? Siempre viví con el temor a la purga. Sin embargo, dado que mi vida se acaba y ya nada temo —ni siquiera la tortura, pues no duraría ni un instante en manos del carnicero o sus ayudantes—, he decidido ofrecer este trabajo a modo de respuesta. Lo basaré en mis recuerdos y en los documentos que me fueron confiados.

Dado que el tiempo que me resta ha de ser inevitablemente breve, me propongo escribir utilizando la taquigrafía en unas cuantas docenas de rollos del mejor papiro —charta hierática, ni más ni menos— que atesoro desde hace tiempo con este propósito. Ruego por anticipado que se me perdonen los posibles errores y los defectos de estilo. También ruego a los dioses que me permitan terminar mi labor antes de que llegue mi propio fin. Cicerón, en lo que fueron sus últimas palabras, me pidió que contara la verdad sobre él, y en eso pondré todo mi empeño. Si el personaje no siempre aparece como paradigma de la virtud, que así sea. El poder proporciona al hombre numerosos lujos, pero un par de manos limpias es algo que rara vez se cuenta entre ellos.

Cantaré acerca del poder y del hombre. Por «poder» entiendo el poder oficial, el poder político, lo que en latín se conoce como imperium, el poder sobre la vida y la muerte con el que el Estado inviste al individuo. Cientos de hombres han ambicionado ese poder, pero Cicerón fue un personaje único en la historia de la República por el hecho de pretenderlo sin más recursos que su talento. A diferencia de Metelo u Hortensio, no provenía de las grandes familias de la aristocracia con favores políticos acumulados generación tras generación y que hacen valer en tiempo de elecciones; ningún poderoso ejército respaldaba su candidatura, como sí fue el caso de Pompeyo y Julio César, y no disponía de una fortuna como la de Craso para engrasar su camino. Cuanto tenía era su voz, y puso todo su esfuerzo en hacer de ella la voz más famosa del mundo.

Tenía veinticuatro años cuando entré a su servicio; él, veintisiete. Yo no era más que un simple esclavo de la servidumbre, nacido en la propiedad familiar situada en las colinas de Arpino; ni siquiera había visto Roma. Él era un joven abogado que padecía ataques de nervios por agotamiento y luchaba por superar sus numerosos impedimentos naturales. Pocos habrían apostado a favor de sus posibilidades o las mías.

La voz de Cicerón en aquel tiempo no era el temible instrumento que posteriormente devendría, sino áspera y ocasionalmente propensa al tartamudeo. Creo que el problema radicaba en que tenía tantas palabras dando vueltas en su cabeza que en los momentos de apuro se le encallaban en los labios, como cuando un par de ovejas, apremiadas por el rebaño que las sigue, intentan pasar al mismo tiempo por la puerta del cercado. En cualquier caso, esas palabras eran a menudo demasiado complejas para su público. El Erudito, solían llamarlo sus inquietos oyentes, y también el Griego; pero ninguno de esos apodos eran un cumplido. A pesar de que nadie dudaba de su talento para la oratoria, su constitución era demasiado enclenque para sustentar su ambición, y el esfuerzo que para sus cuerdas vocales suponían las numerosas horas de retórica, a menudo al aire libre y sin importar la estación ni la época del año, podía dejarlo ronco o afónico durante días. El insomnio crónico, y los problemas de digestión se añadían a sus flaquezas. Para expresarlo crudamente, si quería prosperar en la política, tal como era su firme deseo, necesitaría ayuda profesional. Así pues, decidió pasar un tiempo alejado de Roma, viajando, para ampliar horizontes y consultar a los principales maestros de la retórica, la mayoría de los cuales vivían en Grecia o en Asia Menor.

Dado que yo era el responsable de la conservación de la pequeña biblioteca de su padre y poseía conocimientos de griego, Cicerón pidió si podía tomarme prestado, como alguien pediría prestado un libro, para que lo acompañara en su viaje. Mi tarea consistiría en ocuparme de los trámites necesarios, alquilar el transporte, pagar a los maestros y demás, y regresar con mi señor transcurrido un año. Pero al final, al igual que los libros que se demuestran útiles, nunca fui devuelto.

Nos encontramos en el puerto de Brindisi el día en que nos disponíamos a embarcar. Eso ocurrió durante el consulado de Servilio Vatia y Claudio Pulquer, en el año setenta y cinco después de la fundación de Roma. Cicerón no era entonces la imponente figura en la que luego se convertiría y cuyos rasgos se hicieron tan populares que no podía pasear por la calle más insignificante sin que lo reconocieran. (¿Qué ha sido —me pregunto— de los miles de bustos y retratos que en su día adornaron tantos hogares particulares y edificios públicos? ¿Es posible que todos hayan acabado hechos añicos y quemados?) El joven que acudió a los muelles aquella mañana de primavera era flaco y de hombros caídos; en su cuello, curiosamente largo, una nuez del tamaño de un puño de un recién nacido se movía arriba y abajo cada vez que tragaba. Tenía los ojos saltones, la piel cetrina y las mejillas hundidas. En pocas palabras, era la viva imagen de una persona enfermiza. «Bien, Tiro —recuerdo haber pensado—, será mejor que aproveches al máximo este viaje, porque no va a durar mucho.» Primero nos dirigimos a Atenas, donde Cicerón había prometido darse el gusto de estudiar filosofía en la Academia. Yo llevé su equipaje hasta la sala de conferencias y me disponía a marcharme cuando él me llamó y quiso saber adónde pensaba ir.

—Voy a sentarme a la sombra, junto con los demás esclavos —contesté—, a menos que necesites de mis servicios.

—Así es —dijo—. Deseo que realices una tarea realmente agotadora. Quiero que entres ahí conmigo y aprendas un poco de filosofía, de ese modo tendré a alguien con quien hablar durante nuestros largos viajes.

Así pues, lo seguí y tuve el privilegio de escuchar a Antioco de Ascalón en persona disertar sobre los tres principios básicos del estoicismo, a saber: que la virtud es suficiente para alcanzar la felicidad, que nada aparte de la virtud es bueno, y que no hay que fiarse de las emociones. Tres sencillas reglas que, si los hombres fueran capaces de seguirlas, resolverían los problemas de este mundo. A partir de ese momento, Cicerón y yo charlamos a menudo sobre esas cuestiones, y nuestra distinta condición siempre quedó olvidada en aquel dominio del intelecto. Nos quedamos seis meses con Antioco y después proseguimos con el verdadero objetivo de nuestro viaje.

La escuela retórica dominante en aquella época propugnaba el llamado «método asiático». Su discurso, complejo y florido, lleno de frases altisonantes y rimas cantarinas, se acompañaba de grandes gestos y mucho caminar de un lado a otro. Su principal exponente en Roma era Quinto Hortensio Hortalo, universalmente considerado el orador más destacado de su época y cuyo particular juego de piernas lo había hecho merecedor del apodo el Maestro Bailarín. Cicerón, interesado en descubrir sus trucos, insistió en conocer a todos los mentores de Hortensio: Menipo de Estratonicea, Dionisio de Magnesia, Escilo de Cnido, Xenocles de Adramitio… Los nombres por sí solos ya daban una idea de su estilo. Cicerón pasó varias semanas con cada uno de ellos, estudiando pacientemente sus métodos, hasta que llegó a la conclusión de que les tenía tomada la medida.

—Tiro —me dijo una noche mientras picoteaba de su habitual plato de verduras hervidas—, creo que ya tengo suficiente de estos perfumados bailarines. Me gustaría que buscases una embarcación que nos lleve de Lorima a Rodas. Intentaremos una nueva vía y nos apuntaremos a la escuela de Apolonio Molón.

Y una mañana de primavera, justo después del amanecer, con los estrechos del mar de Carpatia lisos y lechosos como una perla (deben disculpar estas ocasionales florituras, he leído demasiada poesía griega para mantener un estilo austero en latín), fuimos llevados en un bote de reinos desde el continente hasta aquella antigua y ruda isla, donde la recia figura de Molón en persona nos esperaba en el muelle.

Aquel Molón era un leguleyo originario de Alabanda que había pleiteado con éxito en los tribunales de Roma e incluso había sido invitado para hablar en griego ante el Senado —un honor inusitado—, tras lo cual se retiró a Rodas, donde abrió su escuela de retórica. Su teoría sobre la oratoria, opuesta totalmente a la de los defensores del método asiático, era sencilla: no te muevas mucho, mantén la cabeza erguida, cíñete al asunto en cuestión, hazlos reír, hazlos llorar y, en cuanto te hayas ganado su simpatía, siéntate, «Ya que nada —decía Molón— se seca más rápidamente que una lágrima». Sin duda, aquello era más del gusto de Cicerón, quien se puso totalmente en sus manos.

La primera iniciativa del maestro fue darle esa noche para cenar un cuenco lleno de huevos duros acompañados con salsa de anchoas; y cuando Cicerón lo terminó —no sin ciertas protestas, les aseguro—, le añadió un pedazo de carne roja pasado por las brasas de carbón y acompañado de un vaso de leche de oveja.

—Necesitas cuerpo, jovencito —le dijo mientras se daba una palmada en la prominente tripa—. Nunca una flauta enclenque ha producido una nota poderosa.

Cicerón lo fulminó con la mirada, pero masticó hasta que su plato quedó vacío. Esa noche, por primera vez desde hacía meses, durmió profundamente. (Lo sé porque yo solía dormir en el suelo, a su lado.)

Al amanecer empezaron los ejercicios físicos.

—Hablar en el foro —dijo Molón— es como correr en una carrera. Se necesita resistencia y fortaleza.

Lanzó un puñetazo fingido a Cicerón, que soltó un sonoro «¡Uf!» y casi cayó de espaldas. Molón lo obligó a ponerse de pie, con las piernas rectas y separadas, y a doblarse por la cintura hasta tocar veinte veces en cada pie. Luego hizo que se estirase boca arriba, con las manos enlazadas en la nuca, y le ordenó levantar el torso varias veces sin mover las piernas. También lo obligó a estirarse boca abajo y a separar el cuerpo del suelo otras veinte veces solo con los brazos y sin doblar las rodillas. Ese fue el régimen del primer día, y en los días que siguieron Molón añadió más ejercicios y aumentó su duración. Cicerón siguió durmiendo profundamente y dejó de tener problemas digestivos.

En cuanto al entrenamiento declamatorio, Molón sacó a su impaciente pupilo de la sombra del patio, lo puso bajo el sol del mediodía y lo obligó a recitar sus ejercicios —normalmente una escena de un juicio o un soliloquio de Menander— mientras subía por una pronunciada pendiente. De ese modo, con las lagartijas huyendo bajo sus pies y el ronroneo de las cigarras en los olivos como público, Cicerón fortaleció sus pulmones y aprendió a extraer el mayor número de palabras de cada inspiración.

—Mantén la voz en un registro medio —le instruía Molón—. Ahí es donde reside su poder. Ni demasiado grave ni demasiado aguda.

Por las tardes, para enseñarle a proyectar la voz, Molón se lo llevaba a una playa de guijarros, se alejaba ochenta pasos (el máximo alcance de la voz humana) y lo obligaba a declamar con el rugido del mar y el silbido del viento de fondo; lo más parecido, según decía, al murmullo de tres mil personas reunidas al aire libre o a la conversación entre dientes de los varios cientos de hombres que se sientan en el Senado. Esas eran distracciones las que Cicerón tendría que acostumbrarse.

—Pero ¿qué hay del contenido de lo que digo? —preguntaba Cicerón—. Sin duda atraeré la atención principalmente por la fuerza de mis argumentos, ¿no?

Molón hacía gestos de indiferencia.

El contenido de lo que digas no es asunto mío. Recuerda a Demóstenes: «Solo tres cosas cuentan en la oratoria: la declamación, la declamación y la declamación».

—¿Y mi tartamudeo?

—El ta… ta… tartamudeo no… no… no me mo… mo… molesta —contestaba Molón con una sonrisa y un guiño—. De verdad, aporta interés y cierto grado de sinceridad. El mismísimo Demóstenes tenía un ligero ceceo. El público se identifica con esos defectos. La perfección aburre. Ahora, aléjate por la playa un poco más y procura que te oiga.

De aquel modo tuve el privilegio de ser testigo desde el primer momento de cómo los trucos de la oratoria eran transmitidos de maestro a maestro.

—No hay que mostrar amaneramiento en el modo de inclinar el cuello. Nada de juguetear con los dedos. No muevas los hombros. Si has de utilizar los dedos para hacer un gesto, intenta doblar el dedo índice sobre el pulgar y extender los otros tres. Sí, así está bien. Naturalmente, los ojos han de seguir siempre la dirección del gesto, salvo cuando se trata de rechazar algo: «¡Oh, dioses, libradnos de semejante plaga!» o «No creo que merezca semejante honor».

No estaba permitido tomar nada por escrito, ya que ningún orador digno de ese nombre consideraría la posibilidad de leer un texto o consultar algún tipo de notas. Molón era partidario del sistema habitual de memorizar un discurso que consistía en hacer un recorrido imaginario por la casa del orador.

—Pon el primer punto que piensas exponer en el vestíbulo de la entrada e imagínatelo allí; el segundo asunto colócalo en el atrio, y recorre así la casa como lo harías de modo natural durante una visita, asignando las diferentes fases de tu discurso no solo a cada habitación, sino a las hornacinas y estatuas. Asegúrate de que todos los sitios están bien iluminados y definidos y que cada uno tiene sus propias características. De otro modo irás dando tumbos igual que un borracho que intenta llegar a su cama después de una juerga.

Cicerón no fue el único pupilo de Molón durante la primavera y el verano. En el debido momento se nos unieron Quinto, su hermano menor, y su primo Lucio, que llegó acompañado de dos amigos: Servio, un jurista que aspiraba a juez, y Ático —el guapo y encantador Ático—, que no tenía el menor interés por la oratoria, ya que vivía en Atenas, y sin duda no deseaba dedicarse a la política, pero disfrutaba en compañía de Cicerón. Todos se maravillaron ante el cambio que su aspecto y su salud habían experimentado, y la última noche que pasaron juntos —con el otoño llegó el momento de regresar a Roma— se reunieron para apreciar los efectos de las enseñanzas del maestro en la oratoria de Cicerón.

Desearía poder recordar de qué habló mi señor aquella noche, tras la cena, pero me temo que soy la prueba viviente de la cínica afirmación de Demóstenes de que en la declamación el contenido es irrelevante. Me mantuve discretamente entre las sombras, y cuanto puedo rememorar en este momento son las polillas que revoloteaban alrededor de las antorchas como volutas de ceniza, el estrellado cielo que se alzaba por encima del patio y la expresión de arrobo en los rostros de aquellos jóvenes, iluminados por el fuego y vueltos hacia Cicerón. Pero sí recuerdo cuáles fueron después las palabras de Molón, cuando su protegido, tras hacer una inclinación de la cabeza hacia un imaginario jurado, se sentó. Dejó transcurrir un instante de silencio, se puso en pie y dijo con voz ronca: —Cicerón, te felicito y me sorprendes. Lo siento por Grecia y su destino. La única gloria que nos quedaba era la supremacía de nuestra elocuencia, y ahora también eso nos has quitado. Márchate —Dijo con los tres dedos extendidos apuntando al oscuro mar que se adivinaba más allá de la iluminada terraza—, márchate, querido muchacho, ¡y conquista Roma!

Decirlo es fácil. Pero ¿cómo se consigue? ¿Cómo se conquista Roma sin más arma que la propia voz?

El primer paso es obvio: hay que convertirse en senador.

En aquella época, para lograr entrar en el Senado tenías que haber cumplido treinta y un años y ser millonario. Más exactamente, debías acreditar ante las autoridades activos por valor de un millón de sestercios, y eso únicamente para ser candidato en las elecciones anuales que se celebraban en julio, cuando veinte nuevos senadores eran elegidos para sustituir a los que habían muerto el año anterior o se habían empobrecido lo suficiente para no poder seguir manteniendo sus cargos. Pero ¿de dónde iba a sacar Cicerón un millón de sestercios? Desde luego, su padre no tenía tal cantidad de dinero. La propiedad de la familia era pequeña y estaba hipotecada. Por lo tanto, le quedaban las tres alternativas de siempre. Sin embargo, ganarlo le habría llevado demasiado tiempo, y robarlo habría sido arriesgado en exceso. Así pues, a su regreso de Rodas contrajo matrimonio. Terencia tenía diecisiete años, el cabello negro y rizado, y menos pecho que una tabla. Su hermanastra era una vestal, lo cual demostraba la categoría social de su familia; pero, lo más importante, Terencia era la propietaria de dos edificios de pisos para pobres en Roma, de ciertos terrenos boscosos en los alrededores de la ciudad y de una granja. Valor del conjunto: un millón y cuarto. (¡Ah, Terencia, vulgar, imponente y rica, menudo elemento eras! La vi hace solo unos meses, mientras era llevada a Nápoles en una litera abierta, por la carretera de la costa, gritando a sus portadores para que corrieran más. Tenía el cabello blanco y la piel como de madera de nogal; pero, por lo demás, no había cambiado.)

Así pues, en el debido momento, Cicerón se convirtió en senador —de hecho fue el que más votos recibió, pues se le consideraba el segundo mejor abogado de Roma, después de Hortensio— y acto seguido fue enviado lejos para que pasara el obligatorio año de servicio al gobierno —en su caso a la provincia de Sicilia— antes de ocupar su escaño en el Senado. Su cargo oficial era el de cuestor, el magistrado de menor rango. A las esposas no se les permitía acompañar a sus maridos en semejantes periplos, de modo que Terencia —estoy seguro de que con gran contento— se quedó en casa. Sin embargo, yo sí fui con él, pues por aquel entonces yo era una especie de prolongación de su persona a la que recurría inconscientemente, como quien tiene una mano o un pie de más. En parte, uno de los motivos de que me hubiera hecho indispensable radicaba en el hecho de que había inventado un sistema para tomar nota de sus palabras con la misma rapidez que él las pronunciaba. Mi sistema, humilde al principio —modestamente puedo atribuirme la invención del signo « &»—, llegó a llenar una libreta con cuatro mil símbolos. Me di cuenta, por ejemplo, de que a Cicerón le gustaba repetir ciertas frases, y aprendí a reducirlas a una línea o incluso a unos pocos puntos, algo que demuestra lo que mucha gente sabe: que los políticos básicamente repiten una y otra vez las mismas cosas. Cicerón me dictaba desde el baño o tumbado en el diván, en el interior de traqueteantes carruajes o paseando por el campo. Nunca se quedaba sin palabras, y yo nunca me quedaba sin símbolos con que atraparlas mientras volaban por el aire. Estábamos hechos el uno para el otro.

Pero regresemos a Sicilia. No os alarméis: no describiré con detalle nuestro trabajo. Como buena parte de la política, bastante deprimente fue mientras duró como para recordarlo sesenta y tantos años después. Lo que resultó memorable y significativo fue el viaje de regreso. Cicerón lo retrasó a propósito un mes, de marzo a abril, para asegurarse de que pasaría por Puteoli durante el receso de las sesiones en el Senado, justo en el momento en que todos los grupos políticos se encontraban en la bahía de Nápoles disfrutando de los baños medicinales. Recibí el encargo de alquilar la mejor embarcación de doce remos que fuera capaz de encontrar, para que Cicerón hiciera su entrada en el puerto a lo grande y ataviado por primera vez con la toga púrpura propia de los senadores de la República de Roma.

Y es que Cicerón se sentía tan seguro del éxito que había cosechado en Sicilia, que estaba convencido de que se convertiría necesariamente en el centro de atención a su regreso a Roma. Había impartido digna e imparcialmente justicia en cientos de apestosas plazas de mercado y a la sombra de miles de árboles polvorientos e infestados de avispas en plena llanura siciliana. Compró una cantidad inaudita de grano para alimentar a sus electores de la capital, y la envió a un precio igualmente inaudito pero en este caso por lo reducido. Sus discursos con ocasión de las ceremonias gubernamentales fueron obras maestras del tacto. Incluso fingió interés por las conversaciones de las autoridades locales. Era consciente de que lo había hecho bien, y resaltó sus logros a lo largo de los informes que envió al Senado. No obstante, debo confesar que a veces moderé su tono antes de entregarlos al mensajero e intenté insinuarle que quizá Sicilia no fuera precisamente el centro del universo. No me hizo el más mínimo caso.

Puedo verlo en este momento —de pie en la proa, entrecerrando los ojos mientras contemplaba los muelles de Puteoli a nuestro regreso a la península—, y me pregunto qué esperaba, ¿una banda de música que le diera la bienvenida? ¿Una delegación consular enviada para entregarle una corona de laureles? Sí, en efecto, había una multitud, pero no era por él. Hortensio, que ya tenía la mirada puesta en el consulado, había organizado un banquete en varias embarcaciones de recreo brillantemente engalanadas que se hallaban fondeadas cerca, y los invitados aguardaban para que los recogieran y los llevaran a la fiesta. Cicerón saltó a tierra, entre la indiferencia general, y miró alrededor, perplejo. En ese momento, algunos de los juerguistas se percataron de su nuevo y flamante atuendo senatorial y se le acercaron. Cicerón se irguió con anticipada satisfacción.

—Senador —dijo alguien—, ¿qué noticias hay de Roma? Mi señor se las compuso para mantener la sonrisa.

—No vengo de Roma, mi buen amigo. Regreso de mi provincia.

Un tipo pelirrojo, que a todas luces ya estaba borracho, exclamó:

—¡Oooh! ¡Mi buen amigo! ¡Regresa de su provincia, claro!

Se oyeron risas contenidas.

—¿Qué os parece tan gracioso? —interrumpió un tercero, deseoso de suavizar la situación—. ¿No lo sabéis? Viene de África.

La sonrisa de Cicerón había adquirido perfiles heroicos.

—De Sicilia, a decir verdad.

Puede que se produjera algún otro comentario en esta línea, no lo recuerdo. La gente empezó a alejarse cuando comprendió que no iban a ponerse al día de los chismorreos de la capital, y Hortensio no tardó en aparecer para acompañar al resto de sus invitados a los botes. Saludó cortésmente a Cicerón, pero evitó sugerir que se uniera a su fiesta. Nos quedamos solos.

Pensaréis que se trató de un incidente trivial; sin embargo, Cicerón solía decir que fue en ese instante cuando en su interior su ambición se tornó dura como una roca.

Había sido humillado por su propia vanidad, su insignificante posición en este mundo había quedado demostrada de un modo brutal. Permaneció allí largo rato, contemplando a Hortensio y sus amigos festejando en el agua, escuchando el alegre de las flautas, y cuando se dio la vuelta, había cambiado. No exagero. Lo vi en sus ojos. «Muy bien —parecía decir su expresión—, vosotros, pobres idiotas, podéis reíros y disfrutar; yo voy a ponerme manos a la obra.»

Esta experiencia, caballeros, me inclino a pensar que me resultó más valiosa que si me hubieran cubierto de salvas y aplausos. En adelante dejé de preocuparme por lo que el mundo pudiera saber de oídas sobre mi persona. A partir de ese instante me dediqué a que me vieran personalmente todos los días. Viví bajo la mirada del público. Frecuenté el foro. Ni el sueño ni mi portero evitaron que nadie pudiera verme. No permanecí sin hacer nada ni siquiera cuando no tuve nada que hacer; como consecuencia, el completo ocio fue algo que nunca llegué a conocer.

Me topé con este fragmento de uno de sus discursos no hace mucho y puedo certificar la veracidad de sus palabras. Se alejó del muelle caminando como en sueños y atravesó Puteoli hasta llegar a la carretera sin mirar atrás ni una sola vez. Yo, cargando con tanto equipaje como pude, lo seguí. Al principio sus pasos eran lentos y pensativos, pero adquirieron gradualmente velocidad, hasta que su zancada en dirección a Roma se hizo tan rápida que me costó seguirle.

Y con esto finaliza mi primer rollo de papel y empieza la verdadera historia de Marco Tulio Cicerón.