INTRODUCCIÓN
Ya son médicos, pero todavía no son especialistas. No son estudiantes, pero aún tienen mucho que aprender. Hay ciertas decisiones que no deben tomar solos, pero se quejan de que asumen demasiada responsabilidad. No residen en el hospital, pero casi… Tienen entre veinticinco y treinta años, han dejado atrás seis de carrera y un duro examen nacional, pero aún tienen cuatro o cinco años por delante para que todo eso les pueda servir de algo. Son los residentes de Medicina, los médicos internos residentes (MIR). Retratados en la tele y en el cine, son mitad médicos, mitad estudiantes.
¿Mano de obra barata o alumnos en prácticas? ¿Aprendices de Medicina o estudiantes con contrato? ¿Cómo son en realidad los futuros especialistas españoles? ¿Qué tiene su formación para que las autoridades presuman tanto del sistema MIR? ¿Qué piensan ellos, en realidad, de esta experiencia?
Llegan a un sitio que no conocen a ejercer una profesión que nadie les ha enseñado. Han salido de la facultad y, después de una dura prueba de méritos para poder elegir plaza, llegan a su nuevo puesto de trabajo cargados de información teórica, con la cabeza llena de datos, de enfermedades sobre el papel… Pero ignoran casi todo lo demás.
«No sabes nada. Solo tuvimos tres o cuatro meses de esta asignatura en la carrera». Esta es, quizás, la frase más repetida por la mayoría de los residentes de Medicina entrevistados para este libro. Da igual cuál sea su especialidad. Los de Oftalmología dicen que apenas aprendieron nada de los ojos en la facultad, pero tampoco los de Radiología salieron de sexto curso sabiendo demasiado de rayos X. Ni los dermatólogos aprendieron mucho acerca de la piel.
Así que ahí están, con su título de Medicina en el bolsillo y un sueño en la cabeza (ser oncólogo, cirujano, cardiólogo, pediatra). Les esperan pacientes que llevan demasiadas horas esperando, adjuntos*[1] que no tienen demasiado interés en la docencia, todo ello en medio de un sistema colapsado por la presión asistencial y la falta de efectivos. En ese entorno darán sus primeros puntos, atenderán su primer parto, sufrirán por su primer paciente muerto…
No saben muy bien cómo, pero lo harán. Aprenderán a base de errores, de pasar muchas horas trabajando, de hacer muchas guardias, de preguntar mil veces, de equivocarse otras tantas. Pasan más tiempo en el hospital que en su propia casa, haciendo honor a su nombre de guerra: residentes.
Tendrán que sacar horas para estudiar, para aprender los entresijos de su oficio, para leer libros gordísimos, escribir artículos y asistir a congresos médicos. Horas que perderán para la familia, la pareja, los amigos, divertirse, reírse y disfrutar del MIR. Pasarán sus primeras Navidades cenando en un hospital, rodeados de compañeros, enfermeras, celadores y pacientes. Y estarán varios meses rotando por otros servicios del hospital que nada tienen que ver con el suyo.
Son médicos. Son humanos. Los hay altos y bajos, guapos y feos, con vocación o dispuestos a hacerse ricos en una clínica privada en cuanto terminen la residencia. Los hay simpáticos y antipáticos, humildes y prepotentes. Hay gente encantada, disfrutando de su vocación, de su profesión. Y hay otros muy quemados, hartos de todo, deseando que el MIR acabe cuando antes. La mayoría de ellos no tiene nada que ver con los personajes de las series televisivas: no son tan heroicos, ni tan sexys, ni tan telegénicos.
Los hay que se verán reflejados en estas líneas, y otros que no se encuentren representados. Este libro ofrece un retrato del MIR desde fuera, a partir de lo que ellos me han contado y lo que me han dejado ver de su profesión. Pretende ser un retrato fiel a la realidad, pero necesariamente incompleto. Cada MIR es una historia, y cada uno de ellos podría haberla contado a su manera.
Puede que el lector eche de menos un protagonista en este relato, pero después de entrevistar a decenas de residentes lo más justo parecía que el protagonismo se lo llevase el colectivo, el propio MIR, con sus miserias y sus grandezas. Por eso las citas en primera persona que recorren la narración son anónimas, porque esas palabras textuales, esas anécdotas reales, podrían corresponder a cualquier residente de cualquier hospital español. A cualquiera, o a todos a la vez. Podría ser Eider la que está hablando, o Javi, Tamara, Fernando, José Juan, Gloria, Jaime, Inma, Paco… Podrían ser Marta o Marcos, Javi o Kike… Inés, María, Isabel, Santi, Elena, Manolo, José, Noemí, Rafa, Raquel, Loli, Amaia, Rubén, Nieves, María José, Paloma, Ainara, Eskarne… Gracias a todos ellos.
Gracias especialmente a Manuel Carmona, vocal de la Organización Médica Colegial. A Gustavo Tolchinsky, presidente de la Sección MIR del Colegio de Médicos de Barcelona. A Elena Hernández y Jaume Francisco, dos auténticos número uno. Al Servicio de Urgencias del Hospital de Plasencia, y al de Oftalmología del Ramón y Cajal de Madrid. Mil gracias a Fernando de Teresa, coordinador de la Escuela MIR del Colegio de Médicos de Granada. Y a Jorge García Macarrón, de la academia CTO. Y también doy las gracias a José Juan Uriarte, Juan Medrano y Pablo Malo, miembros fundadores de la insigne Txori Herri Medical Association (y a todos sus residentes de Zamudio). A Isabel Arenilla, bloguera. A Gonzalo Ares, pediatra. Y a Jordi Martí, por sus historias de cartilleros*. Gracias a Alejandro Prada, presidente de AMIRCAM, la asociación de médicos residentes de la Comunidad de Madrid. Gracias a Ricardo Cubedo, excelente oncólogo y mejor persona y, cómo no, gracias también al doctor José Luis de la Serna.
Agradezco también su ayuda y amabilidad al profesor José María Segovia de Arana, creador del sistema MIR en España allá por el año 1978. «El día que vi a un residente enseñándole una placa de tórax a un estudiante de Medicina en los pasillos del hospital, pensé: “Ya estamos en el buen camino”», me dijo un día que le entrevisté para el diario El Mundo.
Y en fin, gracias sobre todo, y ante todo, a mi familia.