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Soy todo ojos

En algunas especialidades, como es el caso de la Oftalmología, los residentes pasan directamente a dedicarse a su servicio desde el primer año, sin tener que hacer rotaciones en otros servicios y, en consecuencia, librándose de las odiadas guardias de Puerta.

Durante la carrera de Medicina apenas se estudian los ojos durante un cuatrimestre, unas tres horas a la semana. Así que prácticamente todo lo que deben saber sobre ellos lo aprenden durante la residencia en el hospital.

Según sus hospitales, rotarán por todas las subespecialidades de la Oftalmología (retina, glaucoma, estrabismo, cataratas y órbita), tres meses en cada una, pegados como lapas al residente mayor y acoplándose a la actividad normal del servicio hasta que puedan ser más o menos independientes. Cogiendo sus vicios, sus manías, recetando los mismos fármacos, haciendo o deshaciendo según hayan visto hacer durante cuatro años.

Por la mañana pasarán consulta o irán al quirófano los días que toque (dos o tres a la semana), y a partir de las tres de la tarde harán las guardias en su servicio, alejados de residentes de otras especialidades, que suelen confraternizar en las Urgencias. Aunque siempre quedan las fiestas de residentes o los amigos que están en otros servicios para hacer vida social.

Durante sus dos o tres primeros meses en el servicio, un R1 de Oftalmología prácticamente no hace nada más que mirar («ver, oír y callar»). Ni siquiera se esteriliza cuando toca entrar al quirófano, así que como mucho puede seguir la operación a través del monitor que hay en la misma sala de operaciones, mientras el adjunto y algún erre mayor que él operan.

Solo transcurrido ese tiempo prudencial es posible que le dejen lavarse para ayudar como instrumentista, e ir dando los aparatos necesarios en el orden correcto al oftalmólogo que opera. Un poco más adelante, ya como primer ayudante, podrá mirar sentado junto al adjunto.

Lo único que puede llegar a operar un residente de primer año son aquellas cosas en las que no corre peligro la vista del paciente. Son los famosos pingajos, verruguitas y pequeños quistes que salen en los párpados o en la parte externa de los ojos y que son relativamente fáciles de intervenir (¡sin poner en riesgo el ojo!) para alguien que solo lleva unos meses dedicándose a esto.

Oficialmente nadie le dice al paciente que quien le va a intervenir es un residente recién salido de la facultad, aunque cada vez son más los hospitales que están advirtiendo de ello en los consentimientos informados, un documento que se debe firmar antes de someterse a una cirugía y en el que se explica el procedimiento y sus posibles riesgos.

Además, la mayoría de los grandes hospitales públicos españoles son universitarios y tienen a futuros médicos en formación entre su plantilla. Así que aunque no se trata técnicamente de un engaño, sí se intenta quitarle importancia para no preocupar al paciente.

Esta es una especialidad en la que el paciente está despierto y puede oír lo que ocurre a su alrededor mientras le están operando, por lo que los adjuntos tratan de cumplir al mismo tiempo una doble labor: formar a sus pupilos sin poner nerviosos a sus pacientes por la impericia de los residentes. Por eso, más de uno suele jugar al karaoke dentro de la sala de operaciones, cantando discretamente en voz alta cada paso de la cirugía mientras quien realmente la está llevando a cabo es un R2 o R3: «Ves… Ahora con esas pinzas tan finas levanto la membrana retiniana, y ahora lo que tengo que hacer es…».

En un quirófano de Oftalmología hay dos oculares con los que ir viendo con detalle la operación, como si fuesen dos prismáticos de aumento: uno para el que está operando y otro para el primer ayudante, sentado a su derecha, justo en la oreja del paciente.

Un residente nunca está solo a la hora de operar, y aunque su adjunto le deje la responsabilidad de hacerlo, siempre le puede reemplazar si ve que se atasca o que no está suficientemente seguro de lo que está haciendo. Uno mismo puede decir cuándo ha llegado la hora de levantarse si no está muy seguro de cómo seguir, o si siente miedo y pasa el testigo a sus mayores…

De hecho, lo habitual es que los MIR empiecen varias cirugías y se levanten para dejar seguir al adjunto hasta que, finalmente, y transcurrido cierto tiempo, llegan a completar una operación ellos solos, sin ayuda. Tampoco es raro que empiece y el adjunto le sustituya en la parte más compleja para luego dejarle seguir… En definitiva, un discreto baile alrededor de la camilla, acompañado de bromas, consejos, correcciones y pequeñas broncas.

Si un residente se lava las manos es buena noticia: significa que ese día va a tocar bola. El proceso es minucioso, y aunque la teoría dice que debería durar tres minutos, rara vez se enjabonan durante tanto tiempo. Hay que prestar especial atención a las uñas, y llevar la espuma hasta el codo, abrir el grifo sin tocarlo con las manos y aclarar después todo el antebrazo para pasar al quirófano con las manos semialzadas y el agua aún chorreando.

Allí se secan bien con unas gasas tamaño servilleta y se ponen la bata de operar que una enfermera les anuda a la espalda. Solo les queda colocarse los guantes de goma, que cubran por encima las mangas de la bata para poder tener las manos bien libres de estorbos y atarse la última cinta de la bata, por delante y a la altura de la cintura.

El gorro es como los que se utilizan en la ducha, pero de una telilla verde claro poco favorecedor. Se pone por la mañana al llegar al hospital y ahí se queda prácticamente hasta la hora de irse a comer. Es un complemento indispensable para la higiene quirúrgica, pero no hay peinado que resista con dignidad después de varias horas y cuatro o cinco cirugías.

Todo transcurre con diligencia. En los hospitales donde no hay enfermeras instrumentistas, los propios oftalmólogos se van preparando la mesa con todo lo que van a necesitar. Uno de estos especialistas cubre completamente el cuerpo del paciente con una sábana verde, y le tapa además la cara con varios paños del mismo color para que solo quede al descubierto un pequeño orificio redondo por donde asoma el ojo.

El otro acerca una gasa cogida con unas pinzas largas al cubo de la basura para que un auxiliar lo impregne bien de Betadine y se lo aplica al paciente por el párpado. También se cubren con los mismos paños color verde quirófano las sillas donde adjunto y residente se van a sentar durante la operación.

El que va a operar, en la cabecera de la camilla, se descalza y aparta sus zuecos a un lado para manejar mejor los pedales de la máquina, y se arrellana en el taburete, sin tocar nada con las manos.

En un rincón de la sala, ajeno a todo lo que está pasando a su alrededor, vestido de verde, con la mascarilla anudada y medio caída sobre el pecho, un anestesista lee el periódico. A una orden del adjunto la luz general del quirófano se apaga y, alumbrados por un potente foco que apunta directamente al ojo, comienza la operación.

Según la gravedad del asunto, la pericia del cirujano y la tranquilidad que muestre el paciente, la operación puede estar lista en unos treinta o cuarenta minutos; y en muchos casos, como las cataratas, por ejemplo, el paciente irá a su casa ese mismo día, después de descansar un par de horas en la sala de los sillones, donde espera con el ojo cubierto por gasas. Al residente le queda aún completar el papeleo del procedimiento y acompañar al adjunto a informar a la familia de que todo ha ido correctamente.

Las mañanas de quirófano son un encadenamiento de lavarse las manos y ratos muertos en la sala de los cafés, esperando a que esté listo el paciente de la próxima intervención. Mientras, se comentan las incidencias de cada operación. Que si lo nervioso que estaba el paciente que no dejaba de moverse, que si los problemas con el inyector para introducir la lentilla que sustituye al cristalino por la incisión corneal, que si las enfermeras que no se han callado, que si el ordenador que se ha quedado colgado, que si…

Lo normal es que los residentes de ojos no lleguen a aprender las técnicas de alguna de las cirugías más complicadas (de las que apenas se hacen tres o cuatro al año) hasta que ya son adjuntos, algo que los hospitales asumen y que tratan de cubrir mediante la subespecialización de sus médicos, una vez que ya son oficialmente especialistas. Entonces podrán atender y aprender más de la retina y operar una membrana epirriteniana, o tumores orbitarios y otras rarezas por el estilo.

Si algún día hay una operación fuera de lo común en los quirófanos del hospital, es posible que los residentes que están operando en los otros pasen a verlo: pero ni en todos los hospitales existen los auditorios de cristal que aparecen en las series estadounidenses, ni tienen las mismas ansias por operar a toda costa, como se ve en la tele.

Algo que tampoco aprenderán estos residentes en el hospital es a utilizar el láser para la cirugía refractiva, el que se emplea para corregir la miopía, y que no está disponible en muchos hospitales públicos por tratarse de una corrección estética más que de salud propiamente dicha. Aunque será, seguramente, una de las cuestiones más demandadas por familiares y amigos a propósito de su especialidad.

Seguramente sí les dejen desde R1 «matar marcianitos» con el láser cuando la lentilla de un operado de cataratas se ensucia, como dicen los pacientes, una técnica que no tiene demasiada dificultad para un buen novato que se precie.

Poco a poco aprenden cómo es una historia de ojos, qué hay que preguntarle al paciente… También se van manejando con los cacharros y aparatos del servicio, aprenden a ver el fondo de ojo, el manejo de las lentes para graduar… Hasta que son R4 y prácticamente se vuelven independientes, capaces de ver, diagnosticar y tratar por sí solos.

De hecho, durante las guardias los adjuntos solo tienen que estar localizables por el móvil, y quienes se encuentran en el hospital, bregando con los ojos urgentes que llegan, son los MIR, generalmente un erre pequeño y otro mayor.

Un R1 puede empezar a hacer guardias de veinticuatro horas (de ocho de la tarde a ocho de la mañana) solo quince días después de haber pisado el hospital por primera vez. Generalmente empiezan los fines de semana para que los erres mayores estén con ellos todo el tiempo, aunque en los días de labor pasan la mañana solos en Urgencias, mientras los mayores están en consulta o en el quirófano, según lo que toque.

Cuando llega el mediodía, los erres mayores bajan a la Urgencia a recoger a los pequeños para comer juntos y seguir por la tarde cubriendo la Urgencia a medias. Hasta que llega la noche… A la hora de dormir es de nuevo el más pequeño el que se queda con el busca para estar pendiente de todo mientras el erre mayor sube a dormir a las habitaciones de residentes. La mayoría de las noches pueden dormir las ocho horas del tirón, porque casi todas las urgencias oculares se atienden durante el día («Nadie sale de casa a las tres de la mañana por un picor de ojos»). Así que si ocurre algo realmente grave, el pequeño llama al mayor y este al adjunto, que es quien puede abrir el quirófano si hace falta coser: «Un ojo abierto es la única cosa realmente urgente», les recuerdan e insisten antes de marcharse tranquilamente a casa.

Por eso la mayoría de los residentes de Oftalmología puede echar un sueñecito por la noche y no suelen librar el día siguiente de la guardia, aunque la ley les dé ese derecho, porque han descansado y prefieren quedarse para estar en quirófano y seguir aprendiendo. Y con un poco de suerte, operando.

Aun así, no todo es tranquilidad en la vida de los MIR de Oftalmología. Más de uno se pregunta qué demonios quiere decir «que me ha cogido el arco» cuando atienden a algún obrero de la construcción muerto de dolor e incapaz de abrir los ojos. Generalmente el misterio se resuelve siempre igual: el residente pequeño llama al mayor, este le echa una gota de anestesia al paciente en cada ojo, el señor abre de repente los ojos y se va a casa con una pomada y la promesa de que le va a doler durante unos días. El famoso arco que despista a los R1 es en realidad una dolorosa quemadura en la córnea por soldar sin protección, un problema frecuente pero fácil de tratar una vez que los residentes aprenden la expresión y a manejar la situación.

Algunas personas mayores también acuden a Urgencias porque algo les impide abrir los ojos, aunque en su caso la causa hay que buscarla en la nevera: allí donde se guardan juntos y sin ninguna distinción las gotas para los ojos junto al pegamento Loctite y otros ungüentos. También en este caso la solución es sencilla para un Rl con varias guardias a sus espaldas.

Los residentes aprenden pronto los trucos de algunas personas para saltarse las listas de espera en el especialista. Son, por ejemplo, los que acuden a Urgencias con una catarata hecha y derecha, ya «con costra», y que aseguran que ayer empezaron a ver un poco borroso… O simplemente los que llegan argumentando que «Urgencias no tiene hora».

Un porcentaje muy elevado de los pacientes atendidos en los servicios de Oftalmología de la Sanidad pública son personas mayores con cataratas, así que los residentes tienen en sus manos no solo un ojo que operar, sino un señor mayor que está nervioso, que suele tener otras patologías asociadas, que no aguanta tumbado mientras le ponen la anestesia en el ojo, que tiene las piernas hinchadas, que no para de hablar…