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Por su pijama les conoceréis
Si entra en la cafetería un grupo de médicos con pijama verde, desaliñados, despeinados y con mala cara, es muy probable que sean los de Cirugía Digestiva, que han tenido una mala noche de guardia y llevan operando varias horas seguidas.
El grupo de médicos bronceados, bien aseados, y con zuecos de diferentes colores, seguramente sea el de los cirujanos plásticos. Se dice de ellos que llegan incluso bien peinados cuando les despiertan en mitad de la noche para una urgencia.
Los urólogos, en su mayor parte varones, tienen fama de ser sumisos en su casa, de decir «Sí, cariño» a su esposa a todas horas; carácter que compensan en el hospital siendo los más machotes, demostrando su hombría con frecuencia delante de las residentes.
Si un médico está tomando café, él solo, en la cafetería, tiene muchas papeletas de ser un neurocirujano. Aunque a estos también se les puede reconocer porque caminan, por lo general, un palmo por encima del suelo. Si el ejemplar sanitario en cuestión tiene pinta de friki, con gafas de pasta y cara de empollón, probablemente el espécimen sea un neurólogo que estará lamentándose de ser un incomprendido.
Los restos de yeso en el atuendo nos sitúan ante un traumatólogo. Tienen fama de ser los brutos del colectivo. Por lo general se trata de hombres, con poca afición a escribir en la historia cínica de sus pacientes: «Resumen del caso: vino a operarse y se operó».
Por otro lado, si observa a un grupo de médicos desharrapados y con manchas de café en la bata, probablemente se encuentre ante los anestesistas. Son los que posiblemente más fama de vagos gastan entre sus compañeros (y los que peor se llevan con los cirujanos), aunque ellos se defienden asegurando que su tarea empieza antes de que el cirujano llegue al quirófano y sigue después de que este se vaya (y que por eso nadie les ve trabajar). Por eso también dicen las malas lenguas que el sonido que más le gusta a los anestesistas es el de las grapas sobre el papel, que indican que ya está listo el parte y es hora de irse a casa.
En el portal de vídeos Youtube, una parodia francesa (La semaine de l’anesthesiste, es decir, «La semana del anestesista») les retrata jugando a las marionetas en el quirófano, participando imaginariamente en el campeonato mundial de sudokus, preparando su instrumental al ritmo de la música de Misión imposible, o matando el aburrimiento disparando flechas de plástico sobre una diana pintada con rotulador sobre el cráneo del paciente al que están operando. ¡Y hasta viendo La guerra de las galaxias en pantalla gigante mientras comen palomitas!
Una mesa con mayoría de chicas, con algún osito de peluche enganchado en el fonendo o bolígrafos de colores en los bolsillos, indica que se encuentra usted ante los pediatras. Mientras que si el fonendo que cuelga del cuello del especialista es electrónico, último modelo, probablemente se trate de un cardiólogo («Tenemos fama de prepotentes, de ser el servicio mimado del hospital»).
Los ginecólogos suelen ir acompañados de su abogado (en previsión de posibles demandas), mientras que algunos psiquiatras parecen estar peor que algunos de sus pacientes.
Los radiólogos gastan fama de autistas, porque siempre son otros colegas los que acuden a buscarles, pero ellos no se relacionan con nadie motu proprio.
Los que someten al paciente a un tercer grado para que no se les pase nada por alto y poder alcanzar así un diagnóstico diferencial adecuado son los médicos de Familia, que a veces llevan un cartel en la bata que dice: «Comodín». Aunque en su afición a pedir pruebas compiten con los de Medicina Interna, que tienen entre sus manos a la mayoría de enfermos pluripatológicos del hospital (los llamados «puerros»*), que les llegan largados* del resto de servicios.
Muchas de estas características son ya apreciables antes incluso de comenzar la residencia, hasta el punto de que algunos profesores de academia se atreven a hacer apuestas sobre qué elegirán ciertos alumnos que ya tienen aires de cirujano, pinta de dermatólogo o cara de urólogo.
Además, aunque casi el 80 por ciento de los alumnos que se presentan al MIR son chicas, sigue habiendo ciertas especialidades «masculinas» (Urología o Traumatología, por ejemplo) y «femeninas» (pediatras y ginecólogos, de los que el resto de especialidades no tienen reparo en burlarse a menudo. Con cariño, eso sí).
Tampoco son extraños los piques o chistes entre especialidades:
Si quieres guardar un billete de quinientos euros para que no lo encuentre un traumatólogo, escóndelo en la historia clínica de sus pacientes. Si quieres esconderlo de un anestesista, guárdalo en un quirófano. Con un cirujano plástico no te molestes en esconderlo, porque seguro que lo encuentra de todos modos.
La cafetería es el lugar donde confluyen todos los servicios del hospital en algún momento del día: residentes y adjuntos, médicos y enfermeras. Allí es donde pueden observarse, como en un zoológico, los usos y costumbres, vicios y manías de cada especie. En su actitud, en el vestir, en lo que piden para desayunar… La cafetería es la llama da «habitación número 13» (porque no existe esa numeración en los cuartos de pacientes), a la que se escapan muchos en cuanto pueden.
Allí es donde se puede encontrar a los especialistas famosos por escaquearse de sus responsabilidades diarias, sutil y convenientemente delegadas en los residentes. En algunos sitios los llaman los «pata negra»; en otros prefieren hablar de los PCP (parálisis cerebral profunda) para referirse a los médicos que, literalmente, no hacen nada a lo largo del día. Estos mismos adjuntos poco amigos del trabajo responden en otros hospitales al apelativo de «Clexane», por el nombre de un fármaco que se utiliza para disolver trombos en la sangre.
Cuentan los MIR que se les reconoce porque llegan por la mañana al hospital y se dirigen sin más hacia la cafetería, donde les esperan su tertulia y sus churros, y donde se pueden quedar leyendo el Marca hasta bien entrada la mañana. Cuando toca dispersarse, unos se van a leer el periódico al despacho; al que le toca operar baja al quirófano; otro marca la perdiz con las enfermeras… Y así hasta que abre la cafetería para la hora de la comida y vuelven a ser los primeros en coger sitio.
No tienen reparo en que sean sus residentes quienes visiten a los pacientes ingresados en la planta; y algunos hasta se sienten incordiados en su tarea de leer la prensa cuando los residentes se sientan en su misma sala para dictar los informes.
Hay adjuntos estupendos, se desviven por ayudarte y por resolver tus dudas. Otros, una minoría, es verdad, tienen una cara que se la pisan, y son más partidarios de que tú solo te resuelvas la vida. Si les preguntas algo, vienen, miran y se van.
Pero es verdad que siempre hay algún adjunto a mano a quien preguntar, aunque no sea quien se supone que está a tu cargo oficialmente.
En esa misma cafetería es donde los MIR pueden desayunar, comer y cenar gratis cuando están de guardia, si es que les dejan escaparse al menos la hora o media hora que les corresponde. En algunos sitios los residentes que viven solos o comparten piso, los que no tienen a nadie esperándoles con la comida puesta cuando acaban su turno, también se suelen quedar a comer el menú hospitalario (primer y segundo plato, bebida, pan y postre por una cantidad que oscila entre los cinco y los ocho euros), sobre todo si por la tarde tienen algo de trabajo que hacer en el hospital, algo que consultar en la biblioteca, una sesión que preparar…
Aunque esta práctica depende mucho de la calidad de la cocina, porque hay quien procura evitar pasar por la cafetería del hospital a toda costa para no sufrir un shock anafiláctico; o hay quien prefiere robar algo del menú de los pacientes. También hay residentes capaces de sobrevivir durante varios días a base de postres para evitar el puré, el filete pasado y el pescado hervido que ofrece el menú del día.
Existen incluso rigurosos estudios científicos publicados por la Txori Herri Medical Association (cuyo nombre significa «pueblo de pájaros») que han tratado de medir la resistencia de los estómagos de los residentes a la comida hospitalaria. Sus investigaciones demostraron que una dosis de estos alimentos, que resultaría mortal para un MIR de primer año, es «perfecta y satisfactoriamente» tolerada y metabolizada por un R3 (que incluso es capaz de degustarla con placer).
Aunque depende del hospital, en el mío es posible hacer tacos de arroz con el cuchillo y el tenedor; aunque hay quien asegura que existen variedades de arroz más sueltas.
En el cuarto de residentes alguien ha dejado en el tablón varios teléfonos útiles para la supervivencia en las guardias: telepizzas, telechinos, telehamburguesas… Yo prefiero avituallarme en casa antes de salir, así ya no tengo que sobrevivir mojando las galletas maría en leche con cola-cao, como hacía siendo R1.
Dicen algunos adjuntos veteranos que antes, en los hospitales tradicionales, las que cocinaban eran monjas, que cuidaban con cariño al médico de guardia, y le colmaban de atenciones gastronómicas. Botella de vino incluida.
Las monjas se marcharon, el respeto al médico se redujo a dimensiones más humanas, y la comida, como el propio médico, se democratizó y proletarizó hasta llegar al rancho que es hoy en día. En algunos hospitales es posible que el recurso al autoservicio haga más tolerable el asunto, pero sin grandes alardes.
Teniendo todo esto en cuenta, ningún paciente debería extrañarse si esperando en las Urgencias de un hospital ve llegar a un repartidor de pizzas o del restaurante chino más cercano preguntando por los residentes de guardia para entregar un pedido.
Además de este sufrimiento gastronómico, la movilidad geográfica que provoca el traslado de residentes de unas comunidades a otras también puede ocasionar un fenómeno curioso de refuerzo de identidad cultural. Sobre todo en el caso de las llamadas autonomías históricas:
Es posible que los allegados de un MIR que se traslade a otra comunidad para hacer la residencia le noten algún cambio a su regreso a casa, al terminar el MIR. Y aunque es difícil establecer prototipos por comunidades (incluso por provincias, pues no se parece nada un MIR alavés a otro guipuzcoano o vizcaíno), es posible hablar de algunas características si nos referimos únicamente, por ejemplo, a los MIR vascos.
Como buen reflejo de la sociedad en la que viven, ligarán poco, estarán encantados de haberse conocido, evitarán hablar de política y pensarán que viven en el mejor de los mundos posibles.
Estas características han dado lugar incluso a la definición de un síndrome característico denominado en Psiquiatría «trastorno bilbaíno de la personalidad», o TBP, según sus siglas. Se trata de un cuadro recientemente descrito que consiste en un patrón general de inflación de la autoimagen y sobrevaloración del lugar de origen del paciente (Bilbao), con una notable locuacidad en sus manifestaciones, que comienza a edades tempranas de la vida y que se manifiesta al menos por cinco de los siguientes criterios:
- A desconocidos o personas procedentes de otras ciudades, el paciente tarda menos de quince segundos en comunicar que es de Bilbao.
- Parco de relaciones caracterizado por la alternancia entre la condescendencia y el desprecio hacia quienes no tienen la fortuna de ser de Bilbao.
- Alteración de la autoimagen: el paciente cree ser más alto, más rico, más guapo, más inteligente o incluso más bilbaíno de lo que es en realidad.
- Tendencia a mostrar de manera ostentosa su facilidad para gastar dinero, obstinándose en convidar a todo el mundo.
- Gran tendencia a la fabulación, con exposición de anécdotas y hechos grandiosos que invariablemente se desarrollan en Bilbao.
- Crónicos de grandiosidad.
- Celosos de la imagen de su ciudad de origen.
- Dan una respuesta inapropiada e intensa cuando se contradice su opinión sobre Bilbao.
- Son sardónicos y despectivos con las personas procedentes de provincias limítrofes.
Esta sintomatología es más acusada cuando el paciente se encuentra lejos de Bilbao.