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Bienvenidos, residentes
Ahora tienes un papel con dos mitades en el bolsillo que dice que ya está, que ya eres residente. Puedes leer en letra impresa tu especialidad, tu hospital, lo que vas a ser de mayor, lo que llevabas tanto tiempo deseando. O lo que nunca habrías pensado que pondría en ese papel.
En ese resguardo con dos mitades que te dieron al salir de la sede del Ministerio de Sanidad figura también el número de teléfono de la Unidad Docente del área, donde te irán informando de la fecha elegida para la incorporación definitiva a los hospitales y la documentación que tendrás que presentar para formalizar tu nuevo contrato: una de las dos mitades del papel (la «credencial»), el DNI original y dos fotocopias, dos fotos tamaño carné (con nombre y apellidos por detrás, como en el tole), original y fotocopia de la cartilla de la Seguridad Social, el título de licenciado (original y fotocopia compulsada), el carné del Colegio de Médicos o el resguardo de la solicitud, y los datos bancarios.
Llamas y preguntas cuándo empiezas. ¿No lo coge nadie? Insiste: hay quien asegura que un día le atendieron al teléfono. Con un poco de suerte aún tienes por delante otro mes completo antes de que llegue tu primer día como médico interno residente en el hospital. Esta es la época que muchos aprovechan para visitar el que será su nuevo servicio. Es una norma de cortesía no escrita, aunque tampoco obligatoria. Los recién admitidos suelen pasar por su nuevo destino para presentarse al jefe, conocer a sus compañeros, ubicar el servicio en el plano del hospital y buscar a los erres* mayores en el cuarto de residentes…
También pueden localizar a su tutor de docencia, que será el responsable oficial de su formación durante los cuatro o cinco años siguientes. Suelen ser estos tutores los que organizan las rotaciones (en función de lo que se acuerda en cada comisión de docencia), los que deciden por qué servicios empezarán trabajando los residentes, o quienes encargan qué sesiones clínicas les toca preparar para presentar ante el resto de compañeros del servicio (explicar un caso raro o difícil o repasar la bibliografia sobre un tema concreto, por ejemplo).
Nuestra tutora era una señora complicada, pero claro, de eso no te das cuenta hasta que ya es demasiado tarde. Resultó que era una especie de Doctor Jekyll y Mr. Hyde, con una cara para todos los miembros del servicio, a los que odiaba profundamente, y otra completamente diferente para los residentes, a los que nos trataba en plan maternal.
Me fui a presentar y comenzó a hablarme completamente emocionada de nuestra especialidad. Me dijo que era preciosa, que le hacía mucha ilusión que yo la hubiese escogido… A punto estuvo de llorar y de abrazarme emocionada, cuando alguien nos interrumpió y la buena señora se transformó del todo.
Comenzó a gritar de tal manera que me quedé quieta en el sitio, tratando de pasar lo más desapercibida posible. Hasta que acabó la bronca, y se volvió hacia mí como si nada hubiese pasado. Entonces me llevó de tour por el servicio para enseñarme dónde estaban las cosas, a presentarme al resto de jefes y adjuntos con los que se llevaba tan mal, y me dio el calendario de rotaciones que me esperaban el primer año. Ese fue mi bautizo.
Los MIR dicen de ellos que hacen poco, que apenas explican cuatro cosas elementales para moverse por el servicio los primeros días. Y dicen que quienes de verdad cuidan de ellos en la residencia son los residentes mayores (y algunos adjuntos). Los tutores se defienden asegurando que su tarea no está reconocida ni gratificada como se merece: son simples voluntarios que aceptan el cargo porque les gusta, porque tienen su propia experiencia como MIR cercana, o porque pueden incluirlo en su currículum. En algunas comunidades reciben una pequeña remuneración económica, pero a cambio soportan la misma carga asistencial que el resto de adjuntos.
Este mismo tutor de docencia se encarga al final de cada curso de presentar una evaluación sobre estos alumnos: cuántos pacientes han atendido, por qué servicios han do, si están o no haciendo la tesis, si han asistido a congresos, seminarios o cursos, qué sesiones han dado… En teoría esta evaluación puede servir para que un MIR sea expulsado, igual que si comete alguna falta grave o deja de asistir al hospital. En la práctica no se conocen apenas casos de expulsión, y los que se mencionan en voz baja en las conversaciones de pasillo están rodeados por un cierto halo de leyenda urbana. «Se dice que un residente del hospital…», «Una vez en el hospital…».
A veces no queda más remedio que suspender a algún residente extranjero que apenas chapurrea el español. Aunque, como un gran hospital universitario madrileño reconoce en su página de Internet, «en la práctica todos los residentes salen de los centros con las especialidades finalizadas, y el mercado de trabajo de los especialistas no suele tener en cuenta la calificación del final de la residencia».
Esta presentación más o menos informal es un buen momento para preguntar si se puede ir haciendo algo hasta que toque incorporarse definitivamente. En algunos casos te recomendarán leer algún libro o manual, o que estudies alguna técnica básica que será útil desde el primer día. Otros te dirán que descanses y disfrutes, que ya tendrás tiempo de ponerte al día los próximos cuatro o cinco años.
Para muchos ese será el único saludo que crucen con su nuevo jefe de servicio en mucho, mucho tiempo… De hecho, para la mayoría, el jefe no pasará de ser ese señor mayor, serio, que acude a las sesiones clínicas por la mañana, vestido de traje y corbata debajo de la bata, que se sienta lejos de los residentes y que apenas se aprenderá sus nombres («Están a su bola», «Pasan de ti», son comentarios habituales).
Otros tendrán más suerte y el trato será algo más cercano. Incluso les saludarán por los pasillos. Sin embargo, jefes y residentes están separados por tantos peldaños jerárquicos en el escalafón hospitalario que irremediablemente están condenados a no cruzarse demasiado.
La diferencia generacional pesa mucho si viste bata blanca, y en general los residentes prefieren tener a mano a adjuntos jóvenes, que aún tengan fresca su propia experiencia MIR, y que suelen ser los más dispuestos a la docencia. Aunque de todo hay.
Muchos MIR compaginan estas presentaciones oficiales con otras cuestiones logísticas, a menudo mucho más estresantes. Toca buscar piso, cambiar de ciudad, hacer mudanza, despedirse de mucha gente… «Busco piso». «Tenemos habitación libre en piso MIR para compartir». «Busco piso cerca del hospital». «Alojamiento ideal para residentes»… Estos son algunos de los anuncios más repetidos en los foros MIR que proliferan por Internet cuando ya se han adjudicado las plazas y toca desplazarse de ciudad para incorporarse a un servicio.
Para la incorporación definitiva al hospital hay que esperar una llamada de la Unidad de Docencia que indique la fecha exacta, aunque los hospitales más modernos se comunican con sus futuros residentes a través de la página de Internet, en la que van colgando avisos sobre el día de incorporación, la firma del contrato y otros requisitos. En estos primeros días algunos servicios organizan charlas orientativas sobre su funcionamiento interno, cómo se organizan las guardias y rotaciones, y cuál será el primer servicio en el que les tocará trabajar a los residentes.
Entre las gestiones de esos primeros días toca también firmar el contrato. «Casi sin leerlo, no creo que nadie se lo lea», confiesa más de uno. «A mí solo me dieron las dos hojas que debía firmar, el resto ni sé qué decía». Y como si de un taller de montaje se tratase, hay que pasar por la siguiente puerta para hacerse un reconocimiento médico completo y luego visitar la Lencería a recoger los uniformes.
Allí, en un sótano del hospital («Si consigues llegar sin perderte»), varias amables señoras te toman las medidas, te buscan algo de tu talla, te cogen las mangas o el largo del pantalón si hace falta, y te dan dos pijamas, dos batas y un par de zuecos que luego cada cuál va cambiando por los que trae de su casa, más cómodos, más estampados, más bonitos… Las tallas más demandadas siempre suelen escasear y hay quien acaba por llevarse de casa sus propios uniformes si quiere asegurarse de tener siempre un pijama limpito a mano.
Los médicos de familia son diferentes (también en esto), y a ellos les dan el uniforme en Gerencia de Atención Primaria, aunque muchos acaban yendo a buscarlos con el resto de sus compañeros de otras especialidades al servicio de Lencería, «porque aquí nadie te pregunta de qué eres».
Poco a poco, sin que nadie sepa cómo, irremediablemente, los bolsillos del uniforme, sea bata, pijama o ambos, se irán llenando de cosas, cargados de trastos inútiles que acaban por volverse imprescindibles y que dirán de ti que ya eres un residente con los bolsillos deshilachados y a punto de descoserse del todo:
- La tarjeta identificativa con tu nombre y especialidad, y que en algunos hospitales además da acceso a las habitaciones para dormir en la guardia.
- Las llaves de la taquilla, de casa, del cuarto de residentes, de la biblioteca… No importa que el manojo sea abundante y tenga un llavero grande, porque en los bolsillos del uniforme cabe todo.
- El teléfono móvil. Puede que interfiera con los dispositivos sanitarios y que a los pacientes les riñan por utilizarlos dentro del hospital, pero no hay médico que se precie que no lo tenga a mano. Durante las guardias, se convierte en el cordón umbilical que comunica al MIR con el mundo exterior.
- Los bolígrafos, dos o tres mejor que uno solo.
- El vademécum, el libro de los fármacos en versión reducida (incluye sus nombres comerciales, principios activos, efectos secundarios, indicaciones, dosis…). Algunos colegios de médicos lo regalan en el momento de colegiarse.
- Algún otro manual para consultar en caso de dudas: el Protocolo de Urgencias, por ejemplo.
- La linterna.
- El martillo de reflejos.
- El fonendo. Llegados a este punto existen encendidas discusiones sobre cuál es el lugar más apropiado para llevar este instrumento médico. Algunos defienden que debe ir colgado al cuello como seña identificativa, por comodidad o para tenerlo a mano y fácilmente accesible cuando llegue el caso de usarlo. Otros prefieren guardarlo como quepa en el bolsillo, por discreción, para no intimidar a los pacientes… La tesis más extendida apunta a que los residentes lo suelen llevar al cuello, tal vez como rémora de su época de estudiantes en prácticas en el hospital («por lucirse»), mientras que los adjuntos suelen llevarlo en la bata junto al resto de las cosas. «¡Al rotar por Traumatología ni se te ocurra traer eso!», aconsejan los residentes mayores. Además, en los últimos años comienzan a hacer furor los modelos de colores, igual que los gorros y zuecos.
- Otros. En los bolsillos de la bata puede caber el paquete de pañuelos de papel, la funda de las gafas, crema de manos, lágrimas artificiales para los ojos secos, una goma para el pelo, un pequeño monedero con cambio para la máquina de café, algún trozo de papel arrugado, alguna lista de teléfonos y extensiones útiles del hospital, o una libreta (IMPRESCINDIBLE en los primeros días).
Algunos residentes que viven cerca del hospital, o que suelen ir a trabajar en coche, acaban por ir vestidos de médicos desde casa. Sobre todo cuando toca hacer guardia en Urgencias, donde algunos no tienen ni una taquilla en la que guardar sus cosas. Por eso muchos convierten los bolsillos en el bolso ideal, y todas sus cosas van con ellos en el pijama quirúrgico, desde casa hasta el hospital y viceversa.
El primer día suele pasar casi sin darse cuenta, pegado como una lapa a algún residente mayor o a algún amigo que cayó en el mismo servicio «por suerte», pasando consulta o planta con ellos, como un espectador pasivo que mira todo con los ojos muy abiertos y la libreta en el bolsillo de la bata. Muchos salen agobiados, se fustigan porque no saben nada, porque se sienten perdidos. Algunos tratan de recordar las cosas que hacían cuando eran estudiantes en prácticas, y más o menos se acuerdan de cómo se pasa visita o se hace una historia clínica:
Fue un día horroroso. Parecía el primer día de cole. Me fui a presentar a mi tutor y me dijo que me tocaba empezar a rotar por cirugía general. Así que cuando logré encontrar el servicio, la sesión ya había empezado y me echaron la primera bronca por llegar tarde.
Claro, no les podía decir que llevaba media hora dando vueltas por el hospital como un pardillo porque no lo encontraba. Encima cuando acaba la sesión clínica ves que todo el mundo empieza a desperdigarse por ahí y sabe a dónde se tiene que dirigir, pero yo estaba allí en medio, en una especialidad que no era la mía y parado como un pasmarote sin saber qué rumbo tomar.
Menos mal que un residente mayor me dijo que podía bajar con él a quirófano. En mi primer día… ¡Pero si no había dado nunca antes un punto! Y después de que una enfermera muy maja me enseñase cómo se hace el lavado de manos hasta me dejaron tirar de valva*…
Tienes un poco la misma sensación del primer día de prácticas en el hospital, cuando aún eras estudiante de Medicina. Llegas descolocado, con toda la ilusión del mundo, sin saber qué vas a encontrarte, pero te sientes como un pulpo en un garaje.
Y lo que te encuentras son un montón de médicos, señores mayores, que van a ser tus compañeros de trabajo, que empiezan a darte consejos, a presentarte a gente, a decirte cosas que vas a necesitar cada día, a pretender enseñarte de un golpe todo lo que saben. Y tú estás allí intentando memo rizarlo todo en la cabeza (títulos de libros, nombres de enfermeros, de auxiliares, de otros adjuntos… ¡hasta tu propio nombre!) por no sacar la libreta que llevas en el bolsillo y parecer un poco memo.
Poco a poco, los nuevos R1 —los residentes nuevos— van cogiendo el ritmo y acostumbrándose a la dinámica de trabajo, a las rutinas de cada servicio. En Medicina Interna aprenden que a primera hora se cogen las analíticas, y que antes de que pase el adjunto a visitar a los pacientes ya deben haber revisado el historial, explorado y reexplorado al paciente, revisado las pruebas, comprobado el famoso evolutivo… «Me impactaba mucho todo el papeleo. No sabes qué es lo que tienes que escribir, qué datos son importantes», comenta un residente.
Además hay que familiarizarse con el sistema informático que utiliza cada hospital, con el color de cada volante, con los consentimientos informados y los distintos impresos que hay que rellenar. No tardarán en darse cuenta de que el 80 por ciento de su trabajo va a ser burocrático. ¡Cada prueba es un papel! Han pasado de ser estudiantes de Medicina a médicos residentes, y dentro de los pasillos del hospital ya no cuenta el número que sacaron en el MIR, sino lo que hagan. «Cuando llegas al hospital da igual que hayas sido el número uno de tu promoción. Hay gente que ni siquiera se entera, así que no te marca de ninguna manera, nadie tiene un trato diferente contigo. Ni para bien, ni para mal».
Y cuando menos se lo esperen aparece el primer paciente. Ese que no se olvida nunca o que se borra de la mente en cuanto sale de la consulta. Ese al que se le hace la historia clínica en veinte partes porque siempre se olvida algo que había que preguntarle. Ese al que se le piden doscientas pruebas más de las necesarias para confirmar que, efectivamente, tiene un catarro. Nada que ver con el día a día del doctor House, el de la tele.
La realidad es que la mayoría de las veces verán enfermedades corrientes y molientes. Manejarán una lista de apenas doce o quince diagnósticos vulgares y apenas en unas pocas ocasiones al año tendrán la «suerte» de dar con un caso raro, de tener que tomar decisiones médicas arriesgadas, creativas. Los pacientes raros rompen la rutina, gustan, son casos bonitos que se pueden presentar en una sesión, una prueba para sus conocimientos e inteligencia… Pero pocas veces caerán en manos de un R1.
Sobre todo, coinciden los consultados independientemente de la especialidad, se apoyan en sus erres mayores. Ellos son los que les explican cómo funciona el servicio, les muestran los quirófanos, les alertan sobre la personalidad de tal o cual adjunto, enseñan las habitaciones para dormir en las guardias, dónde están las máquinas que sirven el mejor café, la biblioteca, el ascensor más rápido y menos concurrido… Para los mayores, educar a un residente recién llegado no deja de ser una inversión de futuro. Y, de forma algo egoísta, cuanto antes les enseñen ciertas tareas rutinarias, antes podrán traspasarles esa responsabilidad.
Es cuestión de jerarquía: los R1 y R2 tienen que pegarse a los R3 y R4 para aprender. Y estos aprenden de los adjuntos. Siempre hay alguien que hace de tabla de salvación en esos días:
Yo había llegado al hospital un lunes y ese mismo fin de semana me tocó acompañar a un erre mayor a pasar visita. Lo pasé fatal, porque no sabes nada, estás completamente perdido y de repente te ves solo. No sabía qué había que hacer, así que me apoyé mucho en las enfermeras: «¿Vosotras cómo hacéis esto?». Me acuerdo que me pasé todo el tiempo preguntándoles.
El siguiente lunes me tocó quedarme sola por primera vez en una consulta para ver pacientes. Sola por primera vez; siete días después de llegar. No se me olvidará que el primero de ellos fue un señor que llegaba remitido por su ambulatorio porque tenía un cáncer de colon. Me di cuenta de que nadie le había dicho a él lo que tenía, pero a mí tampoco me habían enseñado hasta dónde le tenía que decir la verdad, si era yo la que le debía informar de su diagnóstico… Nadie te prepara para eso. Al final pedí las pruebas necesarias para que el paciente volviese a la consulta de Cirugía. Esta vez sí, atendido por un adjunto.
Yo no dormía nada al principio. Si estaba de guardia, por el miedo a quedarme dormida y que me llamasen para aten der a alguien. Si no tenía guardia, pensando en los pacientes que había visto ese día, con miedo de haber cometido algún error y que evolucionasen mal y tuviesen que volver. Era pura ansiedad, todo el día con taquicardia y echando mano de vez en cuando al Lexatin* para pasar el trago. Un residente de primer año hace un montón de tareas que no supervisa nadie, y que vas aprendiendo sin que nadie te enseñe.
Por ejemplo, ayudar en un trasplante:
Lo recuerdo porque se supone que un R1 de Cirugía tiene que asistir primero a varios trasplantes, únicamente para mirar, aprender y acompañar al adjunto y a los dos residentes mayores que están localizables en las guardias de trasplantes, por si aparece un órgano disponible.
Estos dos pobres residentes están ayudando durante todo el tiempo que dura el proceso, desde que se localiza el órgano hasta que se le implanta al receptor, aunque los adjuntos que están con ellos van cambiando hasta tres o cuatro veces: uno participa en la extracción, otro en la colocación… Pero los MIR no se mueven de ahí, desde el principio hasta el final.
El paciente que iba a donar sus órganos estaba en muerte cerebral, conectado a un respirador, y ocurrió lo que no puede ocurrir en estos casos: que entró en parada cardiorrespiratoria. Eso es lo que más teme cualquier residente. Que ocurra una parada estando tú solo y que no haya ningún adjunto localizable en ese momento. Temes no ser capaz de hacer lo que se supone que tienes que hacer.
En aquel caso la parada nos obligó a acelerar todo el proceso para que el órgano siguiese siendo viable. Y yo, que en teoría solo estaba allí para mirar, para aprender, acabé ayudando con la bolsa para preservar el hígado y las soluciones que se utilizan para mantenerlo en buen estado hasta que se le coloca al paciente que lo está esperando. Todo salió bien, pero gracias a que el adjunto se pasó todo el tiempo gritándome como un loco para decirme lo que debía hacer; mientras yo lo iba ejecutando casi como un autómata. Fue un momento de gran tensión.
Algunos adjuntos jóvenes y residentes mayores coinciden en que en los últimos tiempos se está viviendo un cambio generacional. Cuando muchos de ellos comenzaron el MIR, hace cinco, seis o diez años, un residente no era un estudiante, sino un médico que se responsabilizaba de lo que hacía, que se implicaba con su trabajo y liberaba de alguna carga a sus adjuntos. Ahora, apuntan, las nuevas generaciones llegan al hospital con una actitud más infantil, escudándose en que aún no son médicos de pleno derecho, sino más bien estudiantes, para así no asumir ciertas responsabilidades.
Tal vez tenga algo que ver, sospechan, con que cada vez se ofertan más plazas y hasta los aspirantes que tienen mala nota en el examen MIR pueden elegir algo. «Cada vez entran con peor número», se lamenta un veterano jefe de servicio, mirando un papel pinchado en la pared con el nombre y el número de orden de los MIR que están a punto de llegar este año. «No sé cuántas preguntas habrán respondido en el examen para tener ese número», bromea.
Los que pertenecen a esas nuevas generaciones dicen, en cambio, que más allá de todo el conocimiento teórico que han adquirido en los seis años de carrera no saben nada. Nada de nada. Necesitan una media de un par de meses para no perderse por el hospital, para hacerse con la dinámica, para aprenderse los nombres de toda la gente nueva que tienen que conocer cada día, para ser útiles.
A veces la primera prueba de fuego llega antes de que estén preparados:
Era mi segunda guardia en el hospital, hacía solo un mes y medio que me había incorporado a mi plaza en trauma. La teoría me la sabía muy bien, pero luego está la parte física, la que no te aprendes hasta que no te toca, porque no está en los libros.
Así que ahí estaba yo, a la una de la madrugada, delante de un chaval que se había caído desde un muro a cierta altura mientras se fumaba un porro. Le habían dado mórficos para el dolor en la ambulancia, pero él venía gritando como un descosido porque traía el tobillo totalmente mirando a Cuenca. Yo no había visto una luxación así nunca, así que salí disparado al quirófano a preguntarle a mi adjunto, que estaba operando, qué podía hacer. «Cógete un libro y redúcela», me dijo sin levantar la vista del bisturí.
Tal cual. Me metí en el despacho, mientras seguía oyendo los gritos en la urgencia, y repasé cuál era la maniobra que tenía que hacerle para volver a colocarle el tobillo en su sitio. Salí pitando, le dije a una enfermera que me ayudase, le cogí el pie y… ¡catacroc! El tipo se quedó grogui al momento, porque tan pronto como el tobillo volvió a su sitio le desapareció el dolor y empezaron a hacer efecto el cannabis y los mórficos. Me dio un subidón que ni te imaginas: de repente ves que has sido capaz de hacerlo tú solo y que lo que has estudiado durante tanto tiempo sirve de algo. Y estás encantado.
El primer año puede llegar a ser muy duro, y todos los residentes conocen a cuatro o cinco compañeros que abandonan, que no aguantan la presión. Hay quien simplemente no se siente realizado, o se da cuenta de que la especialidad no tiene nada que ver con lo que esperaba (o la eligió porque no le quedaba otra).
El cambio impuesto por el ministerio, que obliga a renunciar a una plaza antes de volver a inscribirse al examen MIR tiene como objetivo reducir estas renuncias, que dejan a los compañeros de servicio con dos manos menos a mitad de año.
Todo indica que la medida tendrá poder disuasorio y muchos se lo pensarán dos veces antes de volver a examinarse. En cambio, quienes de verdad quieran renunciar a la plaza deberán hacerlo en septiembre y optar al paro hasta que vuelvan a reengancharse a un nuevo servicio, lo que aumentará también el número de meses que dejan a su servicio colgado.
A veces no es sencillo decidir si lo que has elegido te gusta en tan pocos meses, necesitas un tiempo para situarte. Y si encima te pasas casi todo el primer año rotando por otras especialidades, a veces no puedes conocer de verdad la que tú has elegido hasta que ya eres R2.
Yo dejé Pediatría cuando era R1. Descubrí que echaba de menos las enfermedades de los adultos. Había escogido eso porque quería especializarme en neonatología, pero el contacto con los bebés no terminó de convencerme. El trato con mis compañeros y con todo el servicio era muy bueno, pero era la especialidad lo que no me gustaba.
Por eso me parece que la gente tiene derecho a cambiar; a arrepentirse, como pasa en otras profesiones. Si al menos pudieses estar trabajando como médico sin tener la especialidad y cobrando un sueldo, mucha gente podría trabajar en residencias o en hospitales privados al salir de la facultad mientras se prepara el examen para optar a algo que realmente desea.
La mayoría de los R1 se quejan de que tienen demasiada responsabilidad desde el principio. En teoría, por ejemplo, no pueden dar altas a los pacientes, pero todos lo han hecho alguna vez, porque no siempre hay una figura que se responsabilice por encima de ellos. Tampoco deben abrir solos un quirófano, pero…
Los R1 deberían estar supervisados por un adjunto en todo momento, pero en muchos hospitales no es así. Los primeros días tienes la sensación de que la facultad no te ha servido de nada. No tienes ni idea de cómo tratar con un enfermo, y eso que ellos por lo general suelen ser bastante comprensivos. Además, casi nadie te dice que prefiere que le vea un médico mayor que tú.
Las cosas a lo mejor serían algo diferentes si durante la carrera hubiésemos pisado algo más el hospital, si las prácticas sirvieran de verdad de algo y no solo para rellenar créditos. Pero cuando eres estudiante nadie se para a hacerte caso, salvo algún que otro residente que se apiada de ti.
Mejorar la universidad mejoraría el MIR. Por ejemplo, si en lugar de dedicar tantos meses a preparar el examen y a pagar academias privadas, hiciésemos R1 en sexto de carrera, como una especie de máster práctico que tienen en otros países.
Pero no es así, y al llegar pasas varios meses perdido. Muchos MIR se pasan horas intentando localizar a sus adjuntos para que den el visto bueno a un informe de alta, o para que les digan qué pruebas pedir.
Así que muchos acaban por «llevarse a los pacientes a casa», agobiados por si lo habrán hecho bien, incapaces de dormir a pierna suelta durante una buena temporada, y preguntándose por qué no hay nadie que supervise su trabajo.
Como todo lo que rodea al MIR es muy subjetivo, el resultado de la experiencia acaba dependiendo sobre todo de la actitud de cada uno. El «no me enseñan nada» de algunos se puede convertir en un «de todo se aprende». Así que al final cada uno cuenta la residencia según le ha ido. Si hubiese que cuantificarlo, podría decirse que el MIR es una mezcla al 80 por ciento de lo que uno aprende y un 20 por ciento de lo que otros le enseñan.
Y no solo hay que aprender de medicina, pues también hay un componente importante de psicología social. Los MIR tendrán que ir conociendo poco a poco a sus adjuntos, sus famas, sus manías. Sabrán quiénes están de verdad implicados en la docencia y a quiénes es mejor no preguntar porque les pueden hacer pasar un mal rato.
En los hospitales más grandes a veces estás demasiado a tu aire, y no encuentras a nadie a tu alrededor. En cambio, en los más pequeños a veces no tienes capacidad de decisión ni autonomía, porque siempre estás supervisado.
Ayer nos remitieron a un paciente porque su médico de cabecera sospechaba que podía tener una trombosis venosa profunda. Yo le miré y creía que no, pero mi adjunta me dijo que sí, que teníamos que hacerle las pruebas.
Le mandé a rayos y el radiólogo me echó a mí la bronca por pedir una prueba que él creía innecesaria. «Estoy de acuerdo», estuve a punto de decirle, pero me tuve que morder la lengua. Y un montón de veces como esta te ves enfrentado entre dos estamentos del sistema porque no tienes ninguna capacidad de decisión.
El hospital, poco a poco, deja de parecer tan grande como el primer día, los pacientes dejan de oler su miedo de primerizos y los adjuntos empiezan a caer del pedestal en el que estaban al principio. Así hasta que los nuevos residentes van descubriendo en primera persona las grandezas y las miserias de la Medicina. Con mayúsculas.
En general, y al principio, todo el mundo pasa de ti hasta que de verdad empiezas a serle rentable al servicio y te puedes valer autónomamente. Durante el primer mes somos como un estudiante de sexto con nómina. Así que lo mejor que puedes hacer es ir poniéndote pequeñas metas que te mantienen ilusionado para lo que te queda por delante, porque si no, es fácil que te hundas.
Aunque cada uno tiene su propia experiencia y hay gente que ya desde el primer día se siente totalmente integrado en el servicio. Como mi coerre* de trauma, que el primer día que entró en la sala de sesiones clínicas con otra R1 se encontró encima de la mesa dos goniómetros nuevos (un instrumento que se utiliza para medir ángulos, sobre todo en la rodilla), todavía en la funda y con sus nombres puestos. ¡Todo un detallazo!
Al final lo mejor que puedes hacer es pegarte a los erres mayores, sobre todo si has hecho prácticas en el mismo hospital de la residencia y ya les conoces. Pegarte a ellos y cumplir con eso de «ver, oír y callar» hasta que sepas de qué pie cojea cada uno.
Y es que, según coinciden muchos, es muy difícil encontrar el equilibrio entre la explotación («Somos mano de obra barata») y la formación («Estamos aquí para aprender»).