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Con las enfermeras no conviene llevarse mal

Más allá de los líos televisivos entre médicos y enfermeras, estos dos colectivos tienen una particular relación amor-odio, sobre todo en el caso de los residentes; al principio mucho menos experimentados que el veterano personal de enfermería.

Hoy me ha pasado una cosa que me ha hecho mucha ilusión. He entrado a visitar a un paciente y en el cuarto estaba una de las enfermeras de la planta, que siempre me llama por mi nombre (como hacen casi todas las enfermeras con casi todos los residentes). Cuando me ha visto entrar, delante del paciente y de un acompañante, me ha llamado «doctora Menganita». Así como lo oyes, por mi apellido, como si fuese un adjunto de verdad.

Con las enfermeras no me aclaro muy bien todavía, me está costando cogerles el punto. El otro día las oí hablar por casualidad de los residentes en el control y ya nos tienen catalogadísimos: que si tal es más torpe y no te puedes fiar ni de las dosis que pone, que si el otro ya se apaña solo, que si cada año vienen peor… Ya me habían avisado los mayores de que enseguida te ponen fama y si ven que no eres muy espabilado intentan mangonearte o discuten tus decisiones y te tratan como si no hubieses aprendido nada en la carrera. Han criado a muchos residentes, como dice mi coerre, y nos calan a la primera.

Yo, por ahora, no he tenido ningún problema con ellas. Creo que les caí bien desde el principio y, poco a poco, con mucha mano izquierda, nos hemos hecho casi amigas. Incluso con la supervisora, que se cree que es la jefa del servicio, porque no deja de repetir que aquí las cosas se han hecho siempre así, que «nosotras (ellas) ponemos esto asá, que vosotros (nosotros) cada vez sabéis menos»…

Yo intento ir de buenas, y si las tratas con respeto ellas también acaban por respetarte a ti. Siempre hay gente maja, y a mí me salvaron la vida en los primeros días, cuando aún era R1, incluso diciéndome cómo utilizar algunos fármacos que yo no había visto nunca.

Claro que todo depende mucho de los caracteres, de cómo les entres desde el principio, de cómo de suelto estés en el servicio… Es verdad que conozco a algún residente que paga sus inseguridades con las pobres enfermeras (en mi hospital son la mayoría chicas), y las trata como si ellas no supiesen nada de pacientes y les recuerda todo el tiempo que «él es el médico». Y claro, así es difícil que haya buen ambiente.

Es verdad que tienen mucho ojo clínico (y un montón de años de experiencia), y al principio, cuando estás más agobiado, la mayoría intenta ayudarte, o te sugieren algo que a ti no se te había ocurrido en ese momento: «¿Y si le ponemos también esta medicación?». «Le voy preparando tanto de esto, ¿no?». «Le ha pedido ya esta prueba, ¿verdad, doctor?».

Desde luego, si te dejas aconsejar pueden ser de gran utilidad, aunque también hay residentes que están todo el día con eso de que «en enfermería hay mucho médico frustrado que intenta demostrar lo mucho que sabe de Medicina». Estos listos prefieren equivocarse antes que reconocer que no saben qué le pasa a su paciente.

Ellas son, desde luego, las que más contacto tienen con el paciente, así que a menudo son las únicas que se dan cuenta de ciertas cosas que tú (y el resto de médicos) has pasado por alto: «Este paciente no ha hecho ninguna deposición desde que ingresó hace tres días».

Dicen los R4 que con las enfermeras te vas llevando mejor cuanto mayor eres y cuanto más te vas ganando su confianza. Al principio algunas te ponen en entredicho y dudan de tus decisiones («¿Y por qué no le pones esto en lugar de aquello?») o intentan hacerte dudar («¿A cuánto diluimos esto?»), pero cuando ya tienes experiencia y las cosas claras, nadie te cuestiona si estás haciendo lo correcto.

Es lógico: imagínate que llevas un montón de años en tu trabajo y llega alguien de veintipocos años que te dice lo que tienes que hacer; no sé yo cómo se lo tomarían muchos MIR que van de sobraos por la vida.

El otro día, un R2 y un adjunto se estaban devanando los sesos por una señora que había llegado y no podía respirar. No tenían ni idea de lo que le pasaba, pero la mujer se estaba muriendo. Hasta que llegó uno de los enfermeros de la planta que lleva allí mil años y les sugirió que le colocasen una sonda nasogástrica. Allí estaba el hombre dirigiendo a los dos médicos, y la realidad es que fue él quien salvó la vida a la paciente.

A mí también me pasó un día en Urgencias, con un señor que se estaba ahogando. Tenía un EPOC enfisematoso y estaba hiperventilando (no le llegaba el aire a los pulmones) y yo no sabía ni por dónde empezar. Allí estaba yo, al borde de la cama, mientras me observaban desde el otro lado dos enfermeras nuevas, que acababan de llegar a la Urgencia y me preguntaban: «¿Qué hacemos?». «¡Y yo qué sé!», estuve a punto de contestarles, acordándome de las dos veteranas del turno de tarde… Al final, entre las tres conseguimos ponerle la cazoleta* con el oxígeno y estabilizar la paciente, pero aunque lo logramos, eché de menos toda la ayuda que te dan en estos casos las buenas (y experimentadas) enfermeras.

Dos adjuntos que nos habían estado mirando desde la otra esquina me dijeron al pasar por mi lado (cuando ya había pasado todo y mi pulso recuperaba su ritmo normal): «Le ha curado». A buenas horas mangas verdes, que diría mi abuela…

Además de muy intuitivos, enfermeras y celadores son muy reivindicativos, así que ni se te ocurra decirles algo en su rato de descanso, porque es sagrado y te pueden soltar algún bufido. Puede que tú lleves un montón de horas sin parar ni para tomar un café, pero como les molestes en su hora de la merienda…

Como nosotros no tenemos sindicatos, no nos queda otra que llevar la cuña al paciente o mover la camilla para trasladar a un paciente a rayos si toca hacerlo. Y como al final tú eres el responsable de tu paciente, si es urgente y no hay ningún celador disponible no te vas a cruzar de brazos diciendo: «No, yo no puedo porque no es mi tarea». Te tienes que aguantar, porque el paciente es responsabilidad del médico.

Mi compañera y yo, lo primero que hacemos cuando estamos de guardia es mirar la planilla de enfermería para saber con quién nos toca. Porque la noche puede cambiar mucho según estés con unas enfermeras o con otras. En todos los sentidos.

También para el papeleo, que al principio te desborda, ¡de qué manera! Los primeros días te pasas todo el rato con un papelito en la mano mendigando en busca de una enfermera o un celador que te eche una mano. Me acuerdo de mi primer parte de exüus, que es el que hay que hacer cuando fallece un paciente. Lo tuve que rellenar dos veces, porque me equivoqué, y fue uno de los celadores el que me tuvo que ir diciendo: «Aquí te falta esto; no te olvides de poner tu número de colegiado. Aquí lo otro…».

Al final, como dice mi erre mayor, a pesar de todos los pesares, siempre es mucho más complicado apañarte con las personas que con los impresos. Y la verdad es que no seríamos nadie sin la ayuda de los de enfermería.