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Congresistas y pichigüilis

Algunos residentes se familiarizan desde muy pronto con la figura del visitador médico. Son esos señores guapetes (generalmente jóvenes), bien trajeados y con un maletín en la mano que representan a la industria farmacéutica y que pronto empezarán a llamar por su nombre propio a los residentes.

De los visitadores obtendrán la mayoría de las veces pequeños regalos (material de oficina sobre todo), invitaciones a comer, ayuda para publicar artículos y, en especial, la posibilidad de asistir a congresos de su especialidad en España, en Europa o, en el mejor de los casos, en Estados Unidos.

Son unos señores muy amables y simpáticos que esperan educadamente a la salida de la consulta para no molestar. Nada ni nadie les impide la entrada a los hospitales. Hay residentes que se sienten más o menos violentos con esta relación, y hay otros que pronto se acostumbran y aprenden a convivir con ellos, a obtener esos pequeños regalos (un día son muestras de productos; otro, un fonendoscopio o una libreta con bolígrafo incorporado; o un libro de Medicina que cuesta cuarenta u ochenta euros) y, sobre todo, a pedir sin reparos una invitación para asistir a un congreso.

Al principio puede costar un poco vencer la timidez inicial, pero luego los MIR asumen con naturalidad algo que ven hacer a todo el mundo, mientras aseguran que ahora está mucho más regulado que antes:

A mí me daba mucho reparo, pero luego te das cuenta de que las presentaciones de fármacos entran dentro de sus campañas, aunque eso no quiere decir que te presionen directamente para que los recetes. Es más una forma de que recuerdes los productos por su nombre.

Algunos bromean cuando te regalan un boli y te dicen que solo sabe escribir el nombre de sus medicamentos, pero es una manera de bromear. Es todo más sutil que eso. De hecho, la mayoría de cosas que nos regalan están relacionadas de alguna manera con nuestra formación y la práctica médica. Que si un fonendo, un manual, libros, la inscripción a un congreso…

La mayoría de los visitadores empieza a relacionarse con los médicos desde que son residentes, porque saben que a lo que te acostumbres de pequeño es lo que luego vas a recetar cuando seas mayor. Así que nos suelen tratar con respeto. Con algunos hasta llegas a establecer cierta relación de amistad. ¡Y hasta te llaman de tú!

Otros te evitan, te miran más como a un estudiante, porque se creen que no podemos recetar directamente.

Al final es verdad que el que no llora no mama, y aunque te cueste un poco socializarte con los visitadores, muchas veces no te queda más remedio que llorarles, sobre todo porque no conozco a ningún residente que pueda pagar de su bolsillo los gastos que supone viajar a un congreso.

Ni los residentes, ni tampoco sus servicios se pueden permitir el lujo de financiarles la asistencia a los congresos, foros nacionales o internacionales en los que se supone que podrán mejorar su formación, actualizar conocimientos y conocer a otros colegas. Así que la posibilidad de hacer o no esos viajes de formación queda en manos de los laboratorios. Esto hace que las especialidades más recetadoras sean las mejor tratadas por el sector, las que más invitaciones reciben; mientras que otros residentes tendrán que depender del presupuesto de su servicio, de alguna beca o incluso de su propio bolsillo para poder asistir a congresos y seminarios.

Ir de congresos es un dineral. Solo la inscripción cuesta varios cientos de euros, más el viaje y el alojamiento durante esos días. Así que en la mayoría de los casos si no te invita nadie, simplemente no vas.

En algunas especialidades es casi imposible ir a un congreso en el extranjero siendo residente. Sin embargo, tengo amigos que han repetido viaje varias veces a lo largo del MIR sin tener que presentar ni un triste póster. También depende mucho de cuántos residentes sean en el servicio, porque a veces no queda más remedio que repartirse o sortearse los viajes para que todo el mundo tenga su oportunidad.

Al principio, cuando eres R1, te mueres por ir a todos los congresos. Cualquier cosa que sea viajar te parece interesante, aunque sea un simposio de viriasis emergentes en Palencia. Luego ya vas pasando un poco del tema y te vuelves más exigente. Cuando eres mayor te interesan sobre todo los cursos que permiten especializarse en alguna técnica o cuestión concreta, y entonces ya te puedes ir permitiendo seleccionar un poco mejor a qué vas y a qué no.

La mayoría de los servicios animan a sus residentes a asistir a congresos, incluso a costa de faltar al hospital varios días. La mayoría de las veces tendrán que presentar algún póster o comunicación científica para asistir. Todo ello les dará puntos para su currículo, así que suele ser una práctica bastante habitual. De hecho, aparte de sus veintidós días de vacaciones y seis de asuntos propios, los MIR cuentan con seis días específicos para gastar cada año en actividades de formación.

Publicar en inglés en alguna revista importante es otro de los retos a los que se enfrentan los MIR. No siempre es fácil escribir directamente un artículo en la lengua de Shakespeare, así que muchos recurren a las ayudas a la investigación que ofrecen algunos hospitales para contratar los servicios de un traductor. Aunque lo más frecuente es que empiecen a dar los primeros pasos en el terreno de la investigación de la mano de otros compañeros más experimentados. Por eso siempre hay algún adjunto o residente mayor que se encarga de redactar el estudio que luego presentarán en algún foro médico.

A veces los mismos laboratorios que financian los viajes de los residentes les piden su colaboración para escribir el capítulo de un libro o la información de un folleto dirigido a pacientes… En fin, cualquier colaboración suele ser bien aceptada y además supone un dinerillo extra con el que completar el sueldo de MIR a final de mes.

Hay cursos que organiza la industria que están muy bien y te permiten aprender sin que necesariamente quieran presentarte un producto concreto, sino que pretenden colaborar a tu formación.

Puede que no sea la mejor manera de formarte, porque ellos van dejando caer su mensaje en cada actividad (¡claro que intentan manipularte sutilmente!), en cada cena de trabajo, pero es que no tienes otra manera de hacerlo. Los hospitales casi no tienen dinero para estas cosas y han acabado por ceder estas competencias casi íntegramente a los laboratorios.

Necesariamente tienes que ir a congresos si quieres ampliar tu formación, porque en el día a día bastante tienes con las sesiones y leer algún manual para conocer las cosas básicas (la teoría). Pero lo que son las novedades, los últimos avances, para saber por dónde van los tiros y conocer lo que están haciendo otros colegas en otros sitios, tienes que convivir con gente de otros hospitales.

¿Qué haces tú como residente si el manual de Urgencias que te interesa empollarte, y que te ha recomendado tu adjunto, lo edita una compañía farmacéutica y no se vende en ningún sitio? Pues no te queda otra que arrastrarte hasta el visitador y decirle que te interesa, que si te puede dar un ejemplar, que cómo lo puedes conseguir… A cambio sabes que te toca escuchar su charla y, después, creerte solo lo que quieras de todo lo que te dice. Hay marcas de medicamentos que tienes grabadas a fuego en el cerebro y son los que utilizas a diario, porque son los que has visto usar durante toda la residencia.

No se puede ser un talibán y negarse en redondo a tener ningún tipo de relación con la industria, porque hay muchas cosas que al final dependen de las compañías, y lo mejor es tener los pies en la tierra, tener tus principios muy claros y saber manejarles, igual que ellos lo intentan con nosotros. Hay que saber que ellos hacen su trabajo, igual que tú el tuyo.

Claro que es muy fácil picar. Cuando eres R1 de repente descubres un mundo nuevo. Te hacen regalos, te invitan a comer a sitios caros que tú no podrías pagar, puedes ir de viaje a sitios nuevos, te obsequian con libros de consulta que cuestan unos ochenta euros… En definitiva, cuando acabas de llegar al hospital y para el resto del personal no eres más que un mindundi, llega alguien que te halaga y te tiene en cuenta.

Ir a un congreso es como visitar un enorme parque temático para médicos. Algo así como un campamento para adultos. Lo normal es que los residentes de primer y segundo año vayan al congreso nacional de su especialidad (que cada uno o dos años se suele celebrar en una ciudad española diferente). A medida que se van haciendo mayores pueden tener la suerte de conseguir una plaza para ir a los congresos europeos y estadounidenses. Estos últimos son el premio gordo. Porque en realidad los congresos en Estados Unidos se convierten en congresos mundiales, en los grandes foros donde los mejores de cada especialidad presentan sus resultados, el lugar donde lucirse y sacar pecho. Así que el residente que tiene la suerte de ir al ASCO de oncología, a la AHA de cardiología, a la RSNA de radiología… puede empezar a frotarse las manos. Le esperan por delante varios días de intensa vida social y científica, de ponencias y salidas nocturnas (a partes casi iguales). Todo depende de cómo sepan aprovechar el tiempo.

Todo empieza con una cita en el aeropuerto. Igual que las excursiones programadas del Imserso, los MIR que van de congreso (igual que los adjuntos) quedan en el mostrador de la compañía aérea correspondiente con el representante de la empresa que cubre los gastos de su invitación. Este se convertirá en su sombra durante varios días, en su amigo, su acompañante, su guía en la ciudad, su consejero, su apoyo espiritual…

En los congresos españoles suelen ir más a su aire, aunque también tendrán que cumplir ciertos compromisos con el laboratorio que les invita. Sin embargo, viajar al extranjero es la excusa perfecta para que su acompañante insista en llevarles de la mano todo el tiempo, en ayudarles con cualquier cosa que necesiten (casi hasta el aburrimiento).

Así que suben al avión, cargados con un inconfundible cilindro alargado de cartón que les delata y que nunca acaba de encontrar el hueco apropiado en el portamaletas que hay encima del asiento. Es en esa funda donde llevan el póster que han preparado con tanto esmero con sus compañeros durante los últimos meses y que ahora les toca exponer y defender.

A la llegada, después de ese momento de tensa espera en la cinta de las maletas, el grupo se dirige a la salida, buscando con la vista el cartelito de bienvenida de la compañía farmacéutica con la que viajan. De nuevo el representante toma el mando de la situación, igual que un profesor en las excursiones. Agrupa a los suyos, se presenta al representante local que porta el cartelito y todos juntos se dirigen al microbús, autobús o furgoneta para el traslado al hotel.

Si alguien se topa con un grupo de españoles en algún aeropuerto extranjero portando largos cilindros de cartón y siguiendo a un señor con un cartel en la mano con el nombre de una compañía farmacéutica, sepa que probablemente son médicos de congreso.

La hora de llegada suele ser demasiado tarde para acercarse al lugar donde se celebra la conferencia («Lo dejamos para mañana»), así que lo mejor es pasar por el hotel, dejar las maletas (incluido el póster, que a esas horas empieza ya a ser cargante) y aprovechar para dar una vuelta por la ciudad y cenar. «Si os parece, nos vemos a las nueve en recepción», es una frase habitual.

Todos juntos de nuevo disfrutan de la primera cena de su estancia congresual. En esto también hay clases y estilos, así que el sitio elegido dependerá de la naturaleza del grupo: si solo van uno o dos residentes con el representante la cosa será mucho más frugal e informal, pero si es un grupo más numeroso de adjuntos, si hay jefes de servicio a los que agasajar, o si están los gerifaltes del laboratorio farmacéutico, la cosa toma otro cariz.

A veces hay alguna recepción oficial organizada para el día de la llegada. O solo están reservadas las cenas para un par de noches durante la estancia y el resto del tiempo los MIR pueden ir por libre y aprovechar para quedar con compañeros que han venido con otros grupos… Todo depende.

La parte científica del congreso propiamente dicha (el motivo oficial del viaje) empieza al día siguiente, haciendo cola en los mostradores para recoger la acreditación (obligatorio colgársela al cuello y no abandonarla hasta el último día) y la típica bolsa negra de congresos que incluye el libro de ponencias (un kilo de papel reciclado, encuadernado, y con la letra del tamaño más pequeño posible que permite la imprenta), además de algo fundamental para no perderse nada: el programa.

El programa de un congreso (sobre todo en el caso de los más grandes) se parece mucho a un complicado sudoku de cifras y letras. En la fila de arriba, en horizontal, las salas; en vertical, los horarios (ininterrumpidamente de siete de la mañana a seis de la tarde). En color amarillo, las presentaciones orales; en verde, la sesión plenaria (inexcusable asistencia si se quiere estar en el ajo); en naranja, la discusión de pósteres. En morado, la zona donde sirven café gratis.

Lo primero que asusta ante una planilla de este tipo es la necesidad de ser omnipresente para no perderse nada importante, porque lo más frecuente es que las dos sesiones que más interesan a una sola persona coincidan el mismo día, a la misma hora (y cada una de ellas en una esquina diferente del megapalacio de congresos).

Normalmente, para facilitar las cosas a los asistentes, este tipo de reuniones se celebra en complejos inmensos (a las afueras de la ciudad) que obligan a recorrer pasillos y pasillos de moqueta hasta llegar a la sala donde se presentan los ensayos clínicos e investigaciones más punteros. Estas salas, para hacerlo todo aún más divertido, están bautizadas con nombres sencillos de recordar: «Edificio Norte, planta 0, sala 101-EJF».

Así que lo primero ante este panorama es no dejarse llevar por el pánico y, lo segundo, organizarse un poquito. Conviene llevarse de casa indicadores adhesivos de colores para hacer un estudio detenido del programa y marcar en el libro las sesiones que realmente interesan. Esta labor resulta más amena si se lleva a cabo con un buen amigo MIR, con quien te puedes poner de acuerdo para repartir la tarea y dividiros las sesiones interesantes.

Toda esta preparación es prescindible si la parte científica del programa flojea, si el residente no tiene suficiente dominio del inglés (por su puesto, lengua oficial de estos saraos) o si le aburren sobremanera los Power Point que se presentan. En casos así el congreso ofrece varias alternativas interesantes.

Una es visitar la zona de pósteres. Suele ser el vestíbulo, en el que se colocan carteles de gran tamaño con los resultados (metodología, datos, porcentajes, gráficas) de algún estudio realizado por un grupo de médicos, el servicio de un hospital, un equipo de enfermería, otros residentes… Resultan menos aburridos que las ponencias y siempre existe la posibilidad de charlar con el autor si está por allí cerca, que a lo mejor incluso es español y conocido.

Si de verdad quiere uno integrarse en el ambiente, el MIR debería llevar en el bolsillo su pequeña cámara digital y hacer alguna foto al póster que le interese (para mirarlo en casa con más detenimiento).

La otra opción, preferida por la mayoría, es visitar la zona de expositores de los laboratorios. En una de las plantas del congreso, generalmente en el sótano, el visitante puede encontrar lo más parecido a una feria de muestras medicamentosa. Cada laboratorio (aunque también grupos de pacientes, editoriales de revistas médicas, empresas de tecnología sanitaria) coloca en este área su propio expositor, compitiendo por ser más atractivo, más espectacular… Para atraer a más visitantes, en definitiva.

La diversión consiste en ir paseando por la zona, deteniéndose en cada uno de los recintos para ver qué ofrece cada uno. Algunos dan café o helados gratis, otros permiten participar en algún juego interactivo de preguntas y respuestas sobre algún fármaco y llevarse un premio en caso de acierto; en otros se exponen los últimos avances en dispositivos médicos de la especialidad que se pueden probar, tocar, observar, valorar…

Y, en la mayoría de expositores, el deporte nacional es la caza del pichigüili*.

Este término, acuñado por la insigne Txori Herri Medical Association, se refiere a todos los trofeos y baratijas que pueden conseguirse gratuitamente en los puestos de los congresos médicos. Existen auténticas tesis doctorales circulando por Internet capaces de clasificar los pichigüilis en función de su valor, tamaño, color, modo de conseguirlo… Y hasta la satisfacción que genera su obtención en el médico-congresista.

En general se caracterizan por su bajo valor monetario (aunque elevado en términos de satisfacción personal tras conseguirlos), su fabricación en China a base de materiales de baja calidad, y su inseparable existencia junto al logotipo del medicamento o el laboratorio que los regala. Aunque proliferan especialmente en el seno de estos congresos y reuniones médicas, algunos visitadores también se encargan de entregarlos a domicilio en la propia consulta.

Sintetizando la cuestión, y admitiendo que el sector está ahora mucho más comedido en sus gastos de mercadotecnia que antaño, los pichigüilis suelen ser: bolígrafos, libretas (en su defecto notas adhesivas) y material de oficina en general (portalápices, pisapapeles, grapadoras, cajas de clips de colores), caramelos (envueltos con el color corporativo de la compañía), dispositivos electrónicos (desde memorias USB a calculadoras, pasando por agendas portátiles en el mejor de los casos o relojes de mesa y despertadores), bolsas de tela, de plástico para la playa, mochilas pequeñas o inmensas, y hasta maletas (estas son las más apreciadas, porque sirven para almacenar el resto de objetos que se van obteniendo durante la excursión); accesorios varios (camisetas, paraguas, chapas, chancletas de playa, bolsas de aseo para viaje, peines, pulseras de plástico de colores, solidarias con alguna causa); y rarezas personalizadas: desde una taza con la cara de su dueño estampada junto al asa, a una foto de la ciudad donde se celebra el congreso con una instantánea del congresista apoyado junto a su monumento más significativo.

Hay auténticos especialistas en localizar los pichigüilis más suculentos de cada congreso, y en hacerse con la última agenda electrónica que regalaban en un puesto, o con algo que nadie más ha localizado entre los mostradores. Es difícil competir con estos especímenes, así que si se localiza a uno de ellos y se consigue congeniar con él, lo mejor es tratar de seguir sus pasos e imitar su técnica.

Conviene pasear haciéndose el despistado entre los mostradores, con las manos en los bolsillos y asomando la cabeza con disimulo para ver qué regalan. Los pichigüileros más sutiles son capaces de meter la mano en el cesto y coger un puñado de bolígrafos mientras el encargado del expositor atiende a otro congresista y le muestra unos folletos informativos (los grandes despreciados en estas ferias).

Los MIR que acudan a estos actos por primera vez no deberían sorprenderse al ver a algunos de sus adjuntos y jefes de servicio perder la compostura (¡y hasta la dignidad!) haciendo una cola eterna para lograr una pequeña maleta portátil, el pichigüili estrella de esta edición («Me lo quitan de las manos, señora»).

A veces no basta con esperar turno, sino que es necesario cumplimentar larguísimas encuestas, atender duran te un rato a un comercial, dar los datos personales para recibir publicidad o participar en un entretenido juego on line y responder adecuadamente todas las respuestas para salir de allí enarbolando el bolígrafo volador de turno. Al más puro estilo perrito piloto de las tómbolas y verbenas.

La bisutería de la industria ejerce un poder increíble, incluso sobre adjuntos hechos y derechos. Así que al residente recién aterrizado el área de exposición de un congreso le parece poco menos que la cueva de Alí Babá (sin segundas).

Con el tiempo uno va descubriendo que los bolígrafos que regalan explotan con facilidad, los paraguas se rompen al primer golpe de viento, los cachivaches electrónicos gastan sus pilas de inmediato, y que los colorines de los diversos adornos y muñequitos se apagan en pocos días.

Una de las experiencias más bochornosas que viví en mi época de residente fue una avalancha de sesudos colegas, algunos peinando canas y otros luciendo calvas, agolpándose y discutiendo entre ellos para conseguir un vistoso paraguas en el expositor de un laboratorio cuando se corrió la voz de que se agotaban.

Hoy en día se empiezan a repartir los pichigüilis dentro de una bolsa con folletos y otro material informativo pseudocientífico. Y aunque esta fórmula puede ser más operativa y evita el acaparamiento, elimina el aspecto deportivo y competitivo que siempre entraña la caza de pichigüilis.

Si el lector lo desea, en el siguiente enlace puede ver una recopilación de fotografías de los chismes más extraños que se regalan en los congresos médicos: http://pichiguilis.blogspot.com/

Sin embargo, no solo de pichigüilis vive el congresista. Conviene sazonar la asistencia a los congresos con visitas turísticas, compras en los comercios locales, cenas y salidas nocturnas para poder competir a la mañana siguiente por ser el grupo que más tarde regresó al hotel. Aunque los residentes de primeros años suelen centrar todos sus esfuerzos en la parte científica del congreso, no es extraño que año a año vayan adoptando las buenas costumbres de sus mayores, y no regresen al palacio de congresos después de haber defendido su comunicación oral. Allá por el primer día. Veamos un posible diálogo típico de estas situaciones:

—Los MIR de Salamanca se encontraron en la discoteca con el grupo de Murcia y he oído que cerraron el bar. Esta mañana no estaba ninguno en el desayuno de mi hotel y no les he visto en la sesión de las ocho. ¿Dónde fuisteis vosotros?

—Esta tarde hemos estado paseando por la zona de las compras y hemos arrasado. ¿No me digas que no has entrado en la tienda que hay en la esquina de nuestro hotel? Está todo tirado de precio.

—Si no has visto el rascacielos X (o el museo Y, o la plaza Z) es como si no hubieses venido. Tienes que sacar un hueco para visitarlo, está en todas las guías de la ciudad.

—Oye, ¿por qué no quedamos esta noche con los de Barcelona? Mi coerre estudió allí y conoce a todo el mundo.

—Hoy nos llevan a cenar al restaurante más caro de aquí. Y vosotros, ¿qué vais a hacer? Apúntate mi móvil y nos vemos luego para tomar unas copas, que mañana es el último día y no pienso aparecer por el congreso hasta mediodía.

—Anoche me tocó sentarme al lado de mi jefe de servicio y no veas la cena que nos dio. Nos contó todas las batallitas de cuando él era joven y todos los planes que tenía para el servicio en el próximo año, y de cuando le habían llamado de la Consejería para felicitarle por su trabajo, y preguntándonos qué ponencia nos había parecido más interesante… ¡Y mientras, los coerres de la mesa de al lado muertos de risa y borrachos perdidos! ¡Vaya nochecita!