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«Cuando yo era residente estábamos peor»

El sueldo base que cobran actualmente (2009) los residentes españoles ronda los 1.135 euros brutos al mes (sin olvidar las pagas extraordinarias de junio y diciembre). Es la misma cantidad para toda España, a la que hay que sumar los complementos de grado de formación, que van aumentando con los años: un 8 por ciento del sueldo base para los R2, un 18 por ciento para los R3, un 28 por ciento para los R4 y un 38 por ciento los R5.

Lo que sí varía entre comunidades autónomas es el precio que se les paga por cada hora de guardia, que puede oscilar entre 9 y 13 euros para un R1, y entre los 15 y los 19 euros en el caso de los residentes más mayores (algo más en días festivos que en los laborables). En Cataluña, por ejemplo, un R1 cobra alrededor de 11 euros por hora de guardia, 13 euros los R2, 16 euros siendo ya R3, y hasta 18 euros si se trata de un R4.

Con todo, y teniendo en cuenta que suelen hacer una media de cinco guardias mensuales, el sueldo neto al mes de un residente oscila entre los 2.100 de un R1 y los 2.900 de un R5, cifras que han mejorado mucho su situación económica con respecto al pasado más cercano, cuando se pagaban las guardias a poco más de 5 euros la hora.

Para alcanzar esas cifras los residentes de Medicina han tenido que negociar con uñas y huelgas con las diferentes administraciones autonómicas. En Andalucía, por ejemplo, no hace mucho que los MIR cobraban un módulo fijo de 92 horas de guardias (cuatro días de 17 horas cada uno, más una guardia en un día festivo de 24 horas completas). Sin embargo, este sistema no contemplaba la posibilidad de que alguien trabajase tres festivos y dos días normales en lugar de cuatro días laborables y un festivo.

Ahora, en todas las comunidades se cobra por hora de guardia, y aunque desde agosto de 2008 está establecido por decreto un máximo de tres guardias mensuales, hay quien reconoce haber trabajado hasta nueve en un solo mes. Sobre todo en los primeros años de residencia, cuando están más sobrecargados; o en verano, cuando muchos hospitales no sustituyen a los adjuntos que se van de vacaciones.

El dinero puede ser una de las causas que lleva a muchos residentes a buscar otro trabajo adicional fuera del hospital, sobre todo en cínicas privadas, residencias de ancianos, academias para preparar el MIR… Una práctica cuando menos alegal, teniendo en cuenta que el decreto MIR establece que su programa de formación en el hospital debe llevarse a cabo «con dedicación a tiempo completo, sin compatibilizarlo con cualquier otra actividad profesional o formativa». La única excepción a esa norma son los cursos de doctorado.

Así que los que intentan completar su sueldo con otro trabajo (para pagar la hipoteca, por ejemplo) suelen cobrar en concepto de «otras cosas», algo que no implique ejercer como médico. Tampoco pueden desgravar ante Hacienda los seguros privados de responsabilidad civil que tienen que suscribir para guardarse las espaldas, además del que ya tienen en el hospital. En el mejor de los casos, estas pólizas rondan los 300 euros al año para una cobertura de hasta 1,2 millones de euros.

Otra práctica que muchos residentes reconocen de tapadillo es la venta de guardias. Dejar de hacer guardias no está permitido porque se supone que forma parte del proceso de formación de un residente, pero siempre hay quien tiene una boda, o prefiere descansar un sábado, o lleva demasiadas guardias acumuladas en un solo mes… O al contrario, quien necesita el dinero y no le importa hacer las de otros compañeros. La persona que vende su guardia recibe el importe correspondiente en su nómina mensual (con la retención correspondiente del IRPF), y quien acepta hacerla en su lugar suele cobrar por el cambio algo más de dinero (libre de impuestos), lo que genera algo de beneficio en dinero negro para quien finalmente la trabaja. En este mercado persa, el negocio más rentable ha sido durante muchos años suplir a un compañero un sábado, ya que oficialmente estas guardias (una al mes es obligatoria) se pagaban en muchos hospitales como un día laborable (algo que ha cambiado en la mayoría). Sin embargo, en el trueque se pagaban como si de un domingo se tratase. Es decir, casi el doble.

Esta práctica suele ser más frecuente en los servicios con peor ambiente, o en los que las guardias están mal repartidas. Lo más habitual es que si toca trabajar un día que no se puede, se hagan cambios con los compañeros de servicio y se apañe la planilla para que todo el mundo quede satisfecho con el reparto.

Con estos trueques no es extraño que, cada mes, la planilla original (un complicado sudoku de iniciales, fechas y horas que solo son capaces de descifrar los miembros pertenecientes a esta secta) acabe llena de tachones y borraduras que solo los implicados pueden comprender.

A mediados del mes de mayo, automáticamente (siempre que hayan aprobado el curso anterior), los MIR pasan a su siguiente año de residencia, y sin mucha burocracia ni tiempo para celebraciones ascienden un peldaño en el escalafón. Enseguida conocerán las rotaciones que les esperan para el nuevo año y, en teoría, deberían firmar su nuevo contrato anual, con la correspondiente subida de sueldo. No obstante, muchos R3 y R4 reconocen que el único papel oficial que tienen en su poder es el que firmaron el primer día al llegar al hospital, con los 800 euros mensuales que ganaban siendo Rl y que se va renovando: «El paso es automático. Nadie te dice nada. Solo lo notas en la nómina».

El único requisito necesario para pasar de una R a la siguiente es que la comisión apruebe la evaluación de ese residente (trato con los compañeros, habilidades, capacidades, comportamiento). Un trámite que la gran mayoría supera sin problemas. Más habitual es que algún servicio suspenda el paso de un MIR por sus pasillos, por lo que el residente estará obligado a repetir esa rotación (y esmerarse más que en el primer intento) si quiere pasar de año.

La evaluación anual tiene la finalidad de calificar los conocimientos, habilidades y actitudes de cada residente al finalizar cada uno de los años que integran el programa formativo, en los siguientes términos:

Positiva, cuando el residente ha alcanzado el nivel exigible para considerar que se han cumplido los objetivos del programa formativo en el año de que se trate.

Negativa, cuando el residente no ha alcanzado el nivel exigible para considerar que se han cumplido los objetivos del programa formativo en el año de que se trate.

Eso es todo, ni más, ni menos.

El Comité de evaluación anual revisa sobre todo el Libro del residente, que es como un diario de a bordo del MIR, una memoria en la que deben apuntar durante todo el año todas sus rotaciones, cursos, sesiones, congresos, el número de pacientes que ha atendido (tanto ingresados como en la consulta), su estado y gravedad, las intervenciones quirúrgicas o las pruebas que ha realizado…

Para los MIR que suspendan la evaluación anual, porque la comisión considera que no ha cubierto los objetivos, está previsto un plan de recuperación específico. Esta segunda oportunidad se llevará a cabo en los tres primeros meses del siguiente año lectivo, «quedando supeditada la prórroga por los restantes nueve meses al resultado de la evaluación de la recuperación».

En otros casos, por embarazo (cada vez más frecuente entre las numerosas mujeres MIR) o por culpa de una enfermedad muy prolongada (o simplemente por ausencia injustificada), el tutor de residencia puede pactar con el residente la repetición de un año si este ha faltado más del 25 por ciento del cómputo total.

Aunque el Estatuto del residente, aprobado en octubre de 2006, establecía por primera vez un marco jurídico para regular la especial situación de los MIR, muchos hospitales siguen cometiendo algunos abusos. Y no es extraño que una residente que haya tenido un hijo durante la residencia pueda reengancharse después de la baja maternal sin mayores consecuencias, mientras que otra compañera en las mismas circunstancias se vea obligada a repetir el año porque su embarazo le ha impedido superar la evaluación.

Así que todo el mundo conoce a algún tutor o jefe de servicio («de mentalidad cerrada») que al conocer el estado de buena esperanza de una de sus residentes comienza a plantear problemas: «Puede que no apruebes el año»; «Si te coges la baja completa es probable que no alcances los objetivos necesarios para aprobar»; «Enhorabuena, pero…». Son excepciones y no representan a la mayoría de adjuntos, tutores y jefes de servicio que acuden puntualmente, ramo de flores en mano, a felicitar a la nueva madre, que se reincorpora sin problema al terminar la baja, tratando de recuperar al máximo el tiempo perdido.

La libranza de la guardia es otro asunto que sigue siendo motivo de controversia en algunos servicios, donde los propios residentes prefieren no entrar en discordia porque saben que su evaluación y sus salidas profesionales dependen en buena medida de su relación con los adjuntos y con el jefe de servicio. De hecho, una encuesta realizada por la Asociación Española de Médicos Residentes mostraba que más de la mitad de los MIR consultados no libraba al día siguiente y llevaba a cabo, como norma general, jornadas laborales de treinta y dos horas. ¿Quién no recuerda el famoso lema, «Llevo treinta y dos horas sin dormir, ¿te opero?», que sacó a los MIR a la calle en 2007? Porque si bien el famoso Real Decreto («que regula la relación laboral especial de residencia para la formación de especialistas en Ciencias de la Salud») reconoce que «entre el final de una jornada y el comienzo de la siguiente deberá mediar como mínimo un periodo de descanso continuo de doce horas», añade una graciosa coletilla: «Salvo en casos de especial interés formativo, según criterio de su tutor o en casos de problemas organizativos insuperables». Y ¿qué servicio no tiene esos problemas insuperables cuando basa toda su capacidad de respuesta asistencial en los residentes?

La frasecita de marras fue uno de los motivos que sacó a los MIR a la calle en marzo de 2007 para protestar, porque consideraban que se prestaba a cualquier tipo de interpretación por parte de los jefes de servicio. De hecho, la coletilla del «especial interés formativo» fue sustituida en el nuevo decreto de febrero de 2008 por el siguiente texto, más claro y menos interpretable: «Entre el final de una jornada y el comienzo de la siguiente deberá mediar, como mínimo, un periodo de descanso continuo de doce horas».

Aunque, ojo: en muchos casos son los propios residentes los que voluntariamente renuncian a su derecho a librar la guardia.

En mi hospital nadie te mira mal si decides librar, pero a veces no merece la pena. Entre la guardia y la libranza ya son dos días que pierdes el contacto con tus pacientes, que dejas de pasar por la planta, y eso es demasiado tiempo desconectado.

Muchos de nosotros hacemos una pseudolibranza. Es decir, nos quedamos por la mañana, echamos un vistazo a los pacientes, te pones al día y te vas a casa a las doce o la una del mediodía. Aunque, claro, hay veces que aunque quieras no te puedes ir, y te tienes que quedar en el hospital por narices. Por necesidades del servicio.

En los servicios en los que unos residentes libramos y otros no, enseguida notas que los adjuntos no te tratan con tanto cariño como a tus compañeros. Algunos especialistas suelen contar más con los residentes que no libran la guardia; recurren a ellos si hay que publicar algún trabajo; notas que comentan más con ellos los casos que contigo…

Es una situación sutil, pero que va haciendo mella y enrarece el ambiente. Sobre todo porque al colectivo MIR le ha costado mucho que ese derecho se reconozca en un documento oficial, en un Real Decreto al que ahora nos podemos agarrar, para que luego haya compañeros que renuncien a disfrutarlo.

Además, entre los adjuntos ya mayores existe una tendencia generalizada que podría denominarse el síndrome «cuando yo era residente». Si se ponen a contarte batallitas, lo más habitual es que siempre digan que cuando ellos hicieron el MIR las cosas estaban mucho peor, que tenían que hacer diez o doce guardias al mes, que trabajaban (y sufrían) mucho más que ahora y que consideran, por tanto, que librar la guardia es un lujo que no nos merecemos hoy en día.

Lo mejor del MIR es que culminados tus estudios tienes la ocasión de verte haciendo algo para lo que te has preparado durante seis largos años. Lo peor es que tiene un tufillo cuartelario impresentable. Al igual que en la instrucción, parece que algunos piensan que la humillación y el machaque hacen hombres a los reclutas; en el sistema MIR ha existido una tendencia a la explotación del residente. Como si fuera necesario ser puteado para convertirse en un especialista de provecho.

Casi más problemáticas que las libranzas son las propias guardias. El famoso Real Decreto establecía que «ningún residente podrá hacer más de 37,5 horas de jornada ordinaria semanal ni más de 48 horas sumando la jornada ordinaria y la complementaria, todo ello en cómputo semestral y con un máximo de siete guardias al mes». Aunque Sanidad añadía a continuación: «Además, a partir de la plena entrada en vigor del decreto (1 de julio de 2008), el máximo de horas de guardia a realizar en seis meses será de 273, es decir, una media de tres al mes». Sin embargo, en la práctica esto es muy difícil de cumplir si las planillas y los organigramas de los hospitales están hechos pensando que los MIR van a hacer entre cuatro y siete guardias mensuales.

«Existirá algún residente que solo haga tres guardias al mes, pero te va a costar encontrarlo», advierte con sorna un portavoz de una organización médica a quien quiera encontrar un ejemplar de esa rara avis.

Hay leyes que no son aplicables en la realidad. Nosotros somos solo seis residentes. Si cada uno hiciese únicamente tres guardias, se quedaría el servicio sin gente suficiente durante medio mes. Así que en algunos centros los MIR logran negociar algo a cambio. Como una especie de compensación por superar esos límites legales.

A veces también es puro egoísmo, porque nuestro sueldo depende en gran parte de las guardias, y si un mes haces muy pocas eso repercute en tu nómina. Hay gente que paga hipotecas, letras del coche, tiene hijos… y no puede permitirse dejar de ganar trescientos o cuatrocientos euros al mes.

Pasa lo mismo con la venta de guardias. Si vendes muchas de tus guardias lo acabas notando en el sueldo. Además, si estás en Urgencias con otros sesenta residentes le puedes vender tu guardia a alguien y no se nota. Pero si somos solo seis en el servicio, nadie quiere hacer más de las que le tocan, así que intentamos arreglarlo para que todo el mundo esté contento. Y si no, siempre podemos hacer cambios de días entre compañeros.

Cuando hay buen ambiente se hacen las planillas para que todo el mundo haga el mismo número de guardias y le toque trabajar los mismos sábados y domingos al mes.

A pesar de todos los problemas que aún quedan por resolver, y de todas las pegas que se les pueden poner, los Reales Decretos de octubre de 2006 y de febrero de 2008 han servido al menos para regular tanto los aspectos laborales (el primero) como formativos (el segundo) de la figura del residente en la Sanidad española, que carecía de cualquier marco jurídico para ampararles prácticamente desde 1971.

Así que en octubre de 2006 se puso por escrito por primera vez que la formación teórico-práctica del MIR consistía en ir alcanzando conocimientos y asumiendo responsabilidades de forma progresiva; y que esto se gratificaría con un complemento de grado de formación en su sueldo que iría aumentando cada año. Y establecía además que las mujeres embarazadas o los residentes con menores o un familiar a su cargo tenían derecho a realizar jornadas diarias no superiores a las doce horas.

Por otro lado, en febrero de 2008 se aclara con nitidez el papel de las unidades de docencia, las labores de los tutores (que deben estar acreditados para su tarea por el Ministerio de Sanidad), y el derecho de los residentes a reclamar ante una comisión en caso de que estén en desacuerdo con su evaluación negativa.

Los tutores, que siguen reclamando una remuneración por su tarea, o bien que les descarguen de algo de tiempo asistencial para ocuparse de su labor docente, siguen siendo los grandes desconocidos de esta película.

Es una labor altruista en la mayoría de los casos. No cobran por ello, ni tienen menos horas de consulta. Aunque a veces, oficiosamente, en algún servicio les descargan, por ejemplo, de pasar planta un día a la semana, o unos días al mes…

Para nosotros no debería haber nada más básico que un tutor. Alguien que, por ejemplo, te sepa decir cuál es el mejor hospital del país para hacer una rotación externa si te quieres especializar en una técnica concreta y te facilite las cosas para que puedas ir allí.

El Real Decreto dice que ellos son los primeros responsables del proceso de enseñanza y aprendizaje de un residente, con el que mantendrá un contacto continuo; pero no dice cómo lograr ese punto medio entre estar encima del residente y darle suficiente distancia para que pueda ir adquiriendo responsabilidades.

El tutor tiene que ser algo así como un compañero veterano al que recurrir, más un hermano mayor que un padre. Estaría bien que, además, tuviera un contenido y un programa explícito. Pero a mí no me lo han contado. Tampoco es de extrañar, si el Real Decreto formativo que se supone que clarificaría estas cuestiones se publicó en febrero de 2008, treinta añitos después de la creación de la vía MIR.

Teniendo en cuenta que sus líneas generales tendrán que ser desarrolladas por los distintos servicios autonómicos, es posible que nos lleve algún tiempo acabar de determinar cuál ha de ser su postura frente al MIR.

Y, desde luego, que a nadie que desempeña la función de tutor se le ocurra trasladarse de Murcia (es un decir) a Extremadura (otro decir), porque igual tiene que adaptarse a normativas diferentes. Si además se traslada de Galicia (otro suponer) a Cataluña (por decir algo), también tendrá que aprender la lengua vernácula. Pero esa es otra historia que demuestra la variada riqueza de los hombres y las tierras de España.

En este texto se dice claramente que la supervisión de un residente de primer año será «de presencia física», y que sus responsables visarán por escrito las altas, bajas y demás documentos relativos a la actividad asistencial en las que intervengan los residentes de primer año. Mientras que, ya en el segundo año, «la supervisión decreciente tendrá carácter progresivo», aunque siempre podrán «recurrir y consultar a los profesionales presentes cuando lo consideren necesario». El Real Decreto no aclara, eso sí, qué hacer en el caso de que los adjuntos estén ausentes o ilocalizables cuando se les necesita.

Así, superando año tras año, hasta la evaluación final que es la que les dará derecho al título oficial de especialista.

Los residentes tenemos una carga asistencial tan grande, que a menudo se olvida la parte formativa del programa MIR, la que dice que estamos ahí para aprender.

Muchos adjuntos (y a veces nosotros mismos) no tienen conciencia de que el residente está aprendiendo. Pero claro, si tú eres R2 y ya eres el responsable de una guardia, y ni siquiera logras localizar a tu adjunto para que te resuelva una duda sobre un paciente al que estás viendo, cómo va a estar ahí para enseñarte Medicina.

Sabemos que para aprobar el MIR hay que cumplir el programa formativo, el que fija la Comisión Nacional de cada especialidad, pero luego cada comunidad e incluso cada hospital lo interpreta a su manera. Hay centros, incluso, que pasan la mano con los residentes extranjeros, algunos de los cuales no tienen ni idea de español (lo justo para pasar el examen MIR y la prueba de idioma que hacen ahora), porque les necesitan como mano de obra.

Lamentablemente hoy en día hay diecisiete formas distintas de ser residente. Y eso que todos llegamos al MIR a través de un examen común. Pero, en la práctica, las transferencias lo desordenan todo.

Es verdad que después de las manifestaciones que hubo a principios del año 2007, protestando contra el decreto de octubre de 2006, en las que conseguimos una importante subida salarial, nuestras reivindicaciones se han hecho más suaves y la voz del colectivo se ha apagado un poco. Aunque sigue habiendo problemas que resolver.

Las preocupaciones de un MIR no se acaban una vez que tiene el título de especialista en el bolsillo. Es entonces cuando empieza su nueva vida como adjunto en busca de trabajo. Porque, no hay que olvidarlo, el MIR no es una oposición que dé derecho a un puesto de trabajo, sino que da acceso a una plaza de formación, con una duración determinada y una fecha de expiración. Y las posibilidades de encontrar una plaza a la que agarrarse terminada esa formación dependen de factores tan diversos como la comunidad autónoma de residencia, la especialidad elegida o la edad media de los adjuntos de su servicio. Nadie elige plaza MIR en un hospital pensando que cuando acabe la residencia va a poder seguir trabajando allí, porque las posibilidades suelen ser muy remotas.

Si la edad media del servicio es muy elevada y hay varios especialistas a las puertas de la jubilación, entonces las probabilidades aumentan. Si es un hospital en crecimiento, nuevo, o que atiende cada vez a mayor población de pacientes, entonces existe otra baza a favor del residente. Si es un momento en el que dicho servicio está ganando poder y el jefe aspira a tener más peso dentro de la organización del hospital… ¡Bingo!

Si no, lo más probable es que acabada la residencia el nuevo adjunto comience su peregrinaje en busca de trabajo, lo que le obligará a aceptar y encadenar varios malos contratos antes de tener una plaza en propiedad. Contratos de un día, de noches, solo de guardias, de veinticuatro horas, para reforzar los festivos, en alguna institución privada…

Así hasta que el día menos pensado suena la flauta y comienza su nueva vida como adjunto con contrato. En un hospital nuevo, con compañeros nuevos, nuevos pacientes y, ahora también, residentes a su cargo.