¡Horror, el bebé camina!
Si usted, querido papá, sufrió cuando el bebé gateaba, llorará lágrimas de desesperación cuando el bebé camine. Y si se sintió morir cuando el bebé aprendió a desplazarse en cuatro patas, querrá matarlo cuando el bebé lo haga en dos.
Hemos dicho en el capítulo anterior que el bebé imita cuanto ve a su alrededor. Por eso aprende a sonreír observando a mamá, a gatear observando al gato de la casa y a volar observando al pájaro por la ventana. Algunos bebés incluso aprenden a hablar prematuramente si les cuelgan un loro en la cabecera de la cama, pero desde el punto de vista de la higiene no es recomendable.
Del mismo modo, a fuerza de mirar que a su alrededor caminan muchas personas en dos pies, el bebé se percatará de que gatear es poca cosa y querrá andar, como ve que lo hacen los bípedos. Naturalmente, es aún muy joven para saber que la frágil columna vertebral del bípedo exige un esfuerzo especial para sostener erguida la anatomía del Homo sapiens. A duras penas sabe qué es un Homo sapiens, ignora que él mismo es un bebé insapiens, y de su condición de bípedo solo conoce un par de sílabas. (Véase capítulo «El bebé y los gases»).
Es importante que los padres tengan en cuenta la capacidad de imitación del niño, porque de ellos depende la posibilidad de retrasar su desarrollo y contar por un tiempo más prolongado con los encantos infantiles de su pequeñín. Esto significa que si en presencia del bebé los padres optan siempre por gatear, el niño tardará en copiar el desplazamiento bípedo y se movilizará durante largo tiempo apoyado en manos y rodillas. En algunos experimentos, el niño ha tardado años en andar erguido, gracias a que sus padres tuvieron buen cuidado de ocultarle semejante medio de locomoción. En 1978, el famoso físico holandés Johann van de Kaat pasó a recoger su diploma de la Universidad de Ámsterdam galopando orgulloso en cuatro patas. Tenía a la sazón veintinueve años.
Debemos aceptar, sin embargo, que no es frecuente hallar tanta dedicación por los hijos en los padres de hoy, acuciados por las angustias de la vida moderna y el imperativo publicitario de caminar con calzado de marca.
Conviene, pues, resignarse a que el bebé, agotado el trance del gateo, realice los primeros experimentos para mantenerse en pie. Conmovidos, los padres verán cómo le temblarán las piernas, se tambaleará, perderá el equilibrio, caerá, volverá a incorporarse, se tambaleará de nuevo, perderá el equilibrio nuevamente, caerá, se incorporará otra vez, otra vez se tambaleará, otra vez perderá el equilibrio, caerá, por enésima ocasión se incorporará, se tambaleará de nuevo y, mucha atención, ya no caerá. Por alguna extraña circunstancia que desafía todas las leyes de la física, el bebé sigue en pie. O más precisamente en pies, salvo que sea un bebé de garza. Las piernas vacilan, las rodillas amenazan con doblarse, pero no ocurre el temido derrumbe infanticida. El bebé será el primer sorprendido. Su rostro denotará al mismo tiempo alegría, temor y expectativa. Los padres prorrumpirán en aplausos y lanzarán alegres gritos destinados a animarlo:
—¡Upa, bebé, vamosh…!
—¡E bebé ta tamina!
—¡Tí, tí: pashito a pashito e nene ta taminando!
El bebé los mirará desde su flamante posición de bípedo, avergonzado por los estímulos que acaba de oír, y pensará si vale la pena persistir en su hazaña para que esos dos tontos exclamen idioteces por el estilo. Pero sentirá el llamado ancestral del Homo sapiens —o la fémina sapiens—, y dará un paso más.
—¡Oto pashito y oto pashito, viva e bebé!
—¡Bavvo, bavvo nene!
—¡Ah cosha peshiosha, e bebé ta taminando!
—¡Sí, e bebé ta tamina!
Algunos niños, al no resistir más los degradantes gritos de sus padres, abandonarán en este punto toda intención de caminar erguidos y vivirán felices el resto de sus días sentados en una silla, con la tranquilidad de que nunca más tendrán que asistir al doloroso espectáculo de ver a papá y mamá convertidos en subnormales.
Los demás pequeños insistirán en dar un pasito y otro pasito, y así, muy pronto, serán caminadores denodados. No pasará mucho tiempo antes de que comiencen a abrir puertas, provocar estropicios en la cocina, derribar cajones, atravesar calles sin mirar, perderse en los supermercados, desaparecer corriendo en los centros comerciales, conseguir novios que a todos nos parecen poca cosa para la niña o novias que resultan demasiado liberadas para el niño; un día se irán de casa apoyados en los dos pies, y solo volverán ocasionalmente, y, cuando lo hagan, será apenas con impaciencia y por un rato, puesto que tienen programas mucho más atractivos que acudir de visita donde ese par de tarados.