Cuidado, el bebé gatea
Desde el momento en que nace hasta que han transcurrido varios meses de vida, el bebé será un ser humano limitado por su exiguo vocabulario y su escaso movimiento, salvo el intestinal, que se acrecentará de manera constante. Más que un ser humano, podríamos decir que durante sus primeros meses el bebé es un simpático animal, en apariencia no más inteligente que un ciempiés o incluso que un estafilococo de pocas luces.
Pero, de repente, un día ocurre el milagro. Papá o mamá entrarán en el dormitorio donde se encuentra la cuna del bebé y descubrirán que, haciendo concienzudos esfuerzos, sudando de manera copiosa y con pujos que se traducen en mayor peso del pañal, el bebé intenta alzarse sobre manos y rodillas, y así, puesto en cuatro patas, procura avanzar sobre las sábanas.
Querido papá: ¡el bebé gatea!
Muy poco después habrá tonificado su sintonía muscular y se desplazará con mayor destreza y velocidad por las alfombras. Ocasionalmente, tropezará y rodará. Llorará o sollozará. Quizá resulte herido de consideración y hasta pierda el sentido. Pero volverá a intentarlo. Si es un bebé árabe, no solo gateará, sino que regateará. No hay ejemplo, por doloroso que sea, que permita disuadir al ser humano cuando se empecina en un error.
Lo primero que conviene observar sobre esta etapa es que, mientras lo considerábamos poco más que una larva, allí tendido en su cuna, inmóvil y silencioso, el bebé estaba observando. Callaba y observaba. Chupaba y observaba. Pujaba y observaba. Aumentaba el peso del pañal y observaba. Y, mientras estaba observando, además observaba.
¿Y qué observaba? Observaba a su alrededor. ¿Y para qué observaba? Para aprender de otros seres, para sacar conclusiones de lo que veía en la televisión o lo que discutían sus padres. Fue así como el bebé logró imitar la locomoción de los cuadrúpedos cuando aún sus piernecitas no le permitían ponerse en pie. Está comprobado que los bebés de familias que tienen gatos en casa aprenden a gatear antes que aquellos cuyas familias no tienen más modelos irracionales que papá y mamá. En cambio, los bebés de las islas Galápagos, por ejemplo, se desplazan con insoportable lentitud, y los de Australia lo hacen a saltitos, como los canguros, mientras los de las Canarias se posan sobre una rama. Algunos pequeñuelos, no contentos con moverse como animales domésticos, se detienen y hacen pipí contra las mesas o las sillas. En estos casos el bebé no gatea, sino que perrea. Otros reptan apoyados en el estómago (serpentean) o simplemente se impulsan de costado (cangrejean).
Cuando el niño recorra la casa velozmente con su ágil gateo, derribando a su paso lámparas, floreros, mesas y bibliotecas, usted mismo añorará, querido papá, aquellos dulces meses en que se limitaba a actuar como un ciempiés o un estafilococo.
Al final, el niño saldrá adelante en su propósito: sostenido por sus cuatro puntos de apoyo, correrá como un demonio y hará los primeros intentos por huir del hogar paterno. Usted mismo se sorprenderá, querido papá. Lo deja un instante en su alcoba para contestar al teléfono y, cuando regresa, el bebé ya no está. Se ha marchado de la alcoba y de la casa, y anda gateando por entre autobuses, automóviles y bicicletas. Sobra decir que semejante situación ofrece algunos peligros, pues el bebé es aún muy joven para conocer los colores de los semáforos y las indicaciones de tráfico.
Pero no se preocupe: la difícil etapa del gateo no durará mucho. Apenas unas pocas semanas o un par de meses. Muy pronto, el bebé querrá imitar a sus padres, e intentará ponerse de pie. Es un llamado atávico. Así lo, hizo el hombre de las cavernas hace millones de años, y se golpeó con el áspero techo de roca. Como el bebé no enfrenta siquiera este mínimo obstáculo, antes de lo que usted se imagina habrá pasado a nuestro próximo capítulo. Huuuuuuy…