Mi bebé es un sueño

Desde muy pronto, prácticamente desde la primera semana, el papá descubrirá que su sueño está íntimamente ligado al del bebé. Si bebé duerme, papá duerme; si bebé se desvela, papá se desvela; si bebé llora, papá acaba llorando.

Es este uno de los más extraordinarios misterios de la naturaleza, y el vínculo más profundo y silencioso que une al papá y al bebé.

Silencioso, conviene decirlo, si el bebé duerme. De otro modo, ese vínculo genético, folclórico, telúrico, será destrozado a berrido limpio por el bebé mientras papá, desesperado, no sabe qué hacer para que el dulce pequeñín de-je de JO-DER!!!

El sueño es uno de los estados naturales del bebé antes de los diez meses y entre los catorce y los veinticuatro años. Resulta lógico que el recién nacido quiera dormir. Lleva nueve meses embutido boca abajo en una especie de morral oscuro y húmedo, con el espinazo arqueado, hinchados los ojos, un dedito casi transparente en la boca y alimentándose por la barriga. ¿Cómo pretenden ustedes que, al salir de allí, no escoja la deliciosa opción de reposar con comodidad en una cuna mullida?

Sabiendo esto, es normal que el bebé duerma. Lo que no es normal es que deje dormir. El niño está programado por la biología para dormir durante el día y estorbar el sueño de los padres durante la noche. Sabiamente, la naturaleza reclama así la atención de papá y mamá, para que no se olviden de lo que hicieron aquella tarde de pasión arrebatada después de que mamá prometió a papá que «nada va a pasar». Al fin, uno pasó. Nadando.

En la repartición de deberes respecto al cuidado del bebé, es importante que mamá se reserve los más difíciles: alimentación, aseo, vestido, cosquillas, mimos. A papá, en cambio, le quedan los más sencillos: dormirlo cuando se resiste a hacerlo, sacarle gases rebeldes, pasearlo interminablemente por toda la casa en horas de la noche, aunque esté nervioso o de mal humor (hablamos del bebé). Calderón de la Barca escribió La vida es sueño como una obra testimonial que describe su estado de profundo agotamiento durante los primeros meses de vida de su hijo.

El despertar del adorable crío suele coincidir con los peores días de papá. Tan pronto como papá llega a casa tras doce horas de trabajo extenuante, el bebé abre los ojitos. Y no bien papá se acuesta, dispuesto a reparar las agotadas fuerzas, el bebé empieza a sollozar. Tardará en dar el primer alarido exactamente el mismo tiempo que emplee papá en capitular ante Morfeo y empezar a roncar. Una vez que el bebé escucha el primer ronquido paterno, estalla en gritos, llantos y clamores. Es otra expresión de aquel vínculo secreto y silencioso.

Los vecinos, que lo oyen desde lejos, tienen derecho a pensar que, después de haberlo metido en agua hirviendo, están despellejando al párvulo con una cuchilla de afeitar.

Ese es el momento en que mamá, semidormida, hará una seña a papá y pronunciará las terribles palabras:

—Te toca a ti, cariño.

Empezará entonces el viacrucis nocturno de papá. Alzará al bebé, lo arrullará, le susurrará fragmentos incoherentes de canciones de cuna y recorrerá todos los pasillos y habitaciones cargándolo de manera incansable durante horas, a sabiendas de que, si se detiene un solo instante, el bebé volverá a alzar el vecindario a gritos.

Recomendamos y transcribimos, entre las muchas canciones de cuna tradicionales, dos de comprobada eficacia: Arrorró mi niño y Duérmete, niño chiquito:

Arrorró mi niño,

Arrorró mi bien,

Arrorroncar pequeño,

Que yo estoy ya dormido,

Arrorroncar tú también.

En la cuna, en la cunita

Está mi niño pequeño.

Y papá ya quiere darle

Pildoritas para el sueño.

Duérmete, niño chiquito,

Aurora se acerca ya:

Aurora, que es la niñera,

Un sopapo te va a dar.

Finalmente, hacia las cuatro de la mañana, exhausto, ronco y con los párpados como lápidas, acabará al fin por dormirse. El papá. Porque el bebé, apenas note que papá dobla la guardia, triplicará los alaridos. El fino instinto infantil le ha indicado que papá debe levantarse a las seis y, si le permite que duerma ahora, a lo mejor mamá no podrá despertar a papá más tarde para que acuda al trabajo.

A las cinco y media, finalmente, el bebé cederá en su desvelo y cerrará los ojitos. Papá lo depositará plácidamente en la cuna y tendrá que apurarse: solo tiene media hora para darse un baño, afeitarse, vestirse, beber dos litros de café negro y salir a cumplir una nueva jornada de doce horas, al cabo de la cual lo espera otra vez su pequeño hijo, sonrosado, risueño y lleno de energías, pues acaba de despertarse de una larga siesta ¡el maldito!