21

 

De repente, mi madre me pidió papel, y yo le entregué un cuaderno. Sacó un bolígrafo de su bolso y empezó a escribir. Luego se levantó y miró fijamente a través de la ventana delantera. Yo miré también, y vi un coche que giraba en la carretera para entrar en el camino. Mi madre arrancó la hoja de papel en la que había estado escribiendo, la metió en su bolso y me devolvió el cuaderno, que yo metí en el cajón de la mesa. El coche era el del tío Sid, y al entrar en la curva cerrada que había frente a la casa, dio media vuelta en ella, se dirigió hacia la parte central de la fachada, rodeó mi Dodge y el coche de mi madre, y aparcó frente a ellos. Era una maniobra divertida, para la que no hallé ninguna explicación, pero la mirada de mi madre mientras observaba aquellas evoluciones desde la ventana demostraba que ella sí conocía su significado. Tío Sid se apeó, y mi madre le abrió la puerta. Lo abrazó, lo estrechó contra su pecho y exclamó:
—¡Sid! ¡Sid! ¡Al fin has venido! ¡Me alegro tanto de verte!
Él la estrechó también y le dijo:
—¡Hola, Myra! ¡Oye! ¡Tienes muy buen aspecto! —y otro abrazo—. Myra, la última vez que tuve noticias de mi hermana fue hace un par de noches, cuando vine de Flint, tras leer todo aquello en los periódicos. David me dijo que ella se había marchado, que se pelearon a causa de aquella chica que no sé cómo se llama. Supuse que se habría dirigido a Flint y esperé, esperé y esperé. Pero no vino —y luego, tras estudiar el rostro de mi madre—: Myra, ¿qué ha ocurrido?
—La Pequeña Myra ha muerto. Se ahogó.
—¿Dices... que se ahogó?
Por el modo como lo dijo tuve la impresión que aquello lo había estudiado, que estaba fingiendo, que Sid sabía ya que mamá se había ahogado o que, si lo ignoraba, al menos lo suponía. Aquello sonaba a falso. Pero mi madre prosiguió, como si él estuviera realmente conmovido, y le dijo:
—Ahogada, Sid, ahogada. Hoy han encontrado su cadáver porque se enganchó en la rama de un árbol, entre dos aguas.
Él escuchó, moviendo de vez en cuando la cabeza, llevándose las manos al rostro y sacándose el pañuelo para secarse los ojos, que no estaban húmedos, por lo que pude ver. Pero se los frotó, de todos modos.
Mi madre prosiguió:
—Para nosotros ha sido un golpe, como podrás comprender, ya que ella era la única, aparte de Jody Howell, que sabía la verdad acerca de David. Antes no estuvimos nunca muy unidas, pero cuando ella aceptó criarlo y lo trajo aquí, nos quisimos como nunca dos mujeres hayan podido quererse. Hay algo más, sin embargo. Entre tú y yo hemos de hacer una cosa.
—No vayas tan de prisa —susurró—. Dame un minuto, Myra. Aún no me he acostumbrado a ello —y luego, dirigiéndose a mí—: ¿Puedo llamar por teléfono?
Le contesté afirmativamente, y fue a descolgar el aparato. Introdujo una moneda de dólar, marcó y luego habló, pero no supe con quién. Contó en voz baja lo que había ocurrido.
—Mejor será que se lo digas a todos. En cualquier caso, van a enterarse. Es inútil ocultarlo. Volveré tarde a casa. Bastante tarde, porque habré de estar aquí algún tiempo.
Regresó a su asiento, e imprimiendo un tono natural a su voz, preguntó a mi madre:
—Bueno, Myra, ¿qué hemos de hacer?
—Me refiero a esa bolsa, Sid. La bolsa que la Pequeña Myra tomó, la del pirata aéreo.
—¿Se llevó ella esa bolsa?
—Así es, Sid.
—Bueno, un momento. Los periódicos dijeron algo, que la Policía no estaba satisfecha. Pero ¿qué tiene que ver ella con todo eso? ¿Quién dice que se llevó la bolsa?
—Lo digo yo, Sid.
—¿Y en qué te basas?
—Aquí había tres personas. Dave, la chica y ella. Dave no fue, ni tampoco la chica. Así que tuvo que ser ella.
—¿Cómo sabes que los otros no fueron?
—Tengo la palabra de David.
—Que creerás, supongo —dije yo, provocando una situación tensa.
Mi madre se volvió hacia mí y me gritó:
—¿Quieres callarte? ¿Quieres dejarme hablar sin entremeterte? ¿Quieres callarte por una vez en tu vida?
—Sí, me callaré.
Lo dije muy enfadado, y ella se me acercó y me abofeteó.
—¿Y quién dice que alguien se lo llevó? —preguntó Sid como si nada se hubiera dicho—. Por el modo como lo contaron los periódicos, esa bolsa hundió en el río.
—Pues no se hundió.
—¿Cómo lo sabes?
—Todo ha sido comprobado. El policía que se quedó aquí la pasada noche encontró por la mañana la cinta, con membrete del banco, de uno de los fajos de billetes. Ella debió de traer el dinero aquí, de modo que la bolsa no se hundió.
—Bien, ¿y a dónde nos lleva eso? Si ella tenía la bolsa consigo cuando se marchó, se hundió con ella al ahogarse.
—El dinero no se hundió, Sid.
Le contó el resto: que Jill encontró la bolsa cuando trataba de pescar un pez, que la volvió a poner en su sitio, que los bomberos encontraron el bote, y el resto.
—Quienquiera que sea el ladrón, fue remando en ese bote, tras robarlo, y se apoderó de la bolsa. Y aquí intervenimos nosotros. Tenemos que recuperar eso, la bolsa y el dinero que hay en ella.
—¿Y por qué nosotros?
—Al día siguiente de ocurrir el suceso, después de que el pirata aéreo recibiera esa cantidad, y una vez Dave lo hubo matado, donó a la chica ese dinero para que no le causara dificultades. Así que ahora es suyo. Y va a ser de nuestra familia en cuanto se case con David.
Abrí la boca una vez más para decir que no, que no estaba interesado en Jill, pero en vista de lo sucedido antes, cuando hablé, decidí retrasar mi observación. Tío Sid se me quedó mirando y dijo:
—Ya me imaginaba yo algo de eso —y luego, dirigiéndose a mi madre—: Yo diría que bueno, que no hay ninguna dificultad, si pudiera hacer algo. Pero te juro que no se me ocurre nada.
—Pues a mí, sí, Sid.
Abrió su bolso y sacó la hoja de papel, la que había arrancado de mi cuaderno, con el texto que había escrito.
—Sospecho de este hombre —dijo ella—, y aquí está lo que quiero que hagas. Síguele el rastro en seguida. Acampa donde él vive, en la carretera del río, cerca de Huntington. Aparca en la calle donde está su casa y vigila a esa sucia rata, averigua dónde va y qué hace y, sobre todo, en qué gasta su dinero. Con noventa y ocho mil dólares en su poder, tendrá que hacer algo: apostar en las carreras, gastar en mujeres o en bebidas... Cuando tengas algo que decirme, dímelo y yo empezaré a actuar desde aquí.
Tío Sid se sentó parpadeando. Miró primero el papel y luego a mi madre. Finalmente, dijo:
—Myra, me pides algo que yo no haré de ninguna manera. No es mi estilo. No sé nada de eso, no tengo por qué tomar una iniciativa en favor de alguien que, como esa chica, no significa nada para mí.
—Ella se va a convertir en uno de los nuestros, Sid.
—Bien, pues cuando lo sea, cuando la conozca y le tome cariño, si es que llego a tomárselo, ya hablaremos. Hasta entonces, habré de decir no.
—Podría ser demasiado tarde. Resultará inútil perseguirle después de que haya gastado el dinero.
—Myra, sigo diciendo que no.
Mi madre acercó su silla a la del tío Sid, y habló en tono más bajo, como si sólo él debiera oírle; como si yo no contara:
—Sid —le dijo en tono muy cariñoso—, aún no lo he dicho todo. No te habría pedido que hicieras una cosa así y pagaras los gastos, las comidas, tu habitación en uno de esos moteles, tu gasolina, el aceite y las propinas... Debí habértelo dicho antes —abrió su bolso y empezó a sacar billetes de a diez de un fajo, poniendo varios al lado de Sid, sobre el sofá, quizá diez o doce. Y añadió—: Me han dado mucho dinero y me alegraría...
Me di cuenta de que tramaba algo, y le dejé que hiciera su juego; pero, al mismo tiempo, empecé a ponerme muy nervioso. Sid miró fijamente los billetes, y no sé lo que pasó por su pensamiento; tal vez que si se quedaba con ellos nadie sabría nunca en qué los empleó. Por último, los tomó y los desarrugó, amontonándolos con cuidado en un fajo. A continuación, sacó su cartera de bolsillo para guardar aquella cantidad.
Ya he dicho que mi madre se había acercado al tío Sid, así que estaban ahora rodilla contra rodilla. De súbito, ella dio un manotazo a aquel fajo de billetes, que botó en la mesa y aterrizó en el suelo, frente al televisor. Sid dio un salto y fue en busca del dinero, pero yo me interpuse y luchamos hasta que lo arrojé contra el sofá. Mi madre, tras alisarse el vestido, tomó la cartera, y luego, arrodillándose junto a la mesa, empezó a contar lo que había en su interior. Parecían, sobre todo, billetes de veinte dólares. Una vez los hubo contado, dijo:
—Está bien, Sid; esto te delata. He contado cien de veinte, exactamente lo que ella se llevó consigo cuando se marchó de esta casa. Debían de estar aún en su bolso cuando tú fuiste la pasada noche a la otra casa, antes de bajar a la orilla a robar aquel bote y después tomar la bolsa de aquel árbol. Bien, Sid, ¿dónde está el dinero?
Cuando mi madre y yo alzamos la mirada, nos encontramos con la azulada automática del cuarenta y cinco con que Sid la apuntaba a ella. Apoyaba el arma en su rodilla.