19

A las nueve de la mañana llamé al despacho de Julia Steinberger, pero ella no estaba, y en el departamento de química me dijeron que se encontraba dando clase en un seminario para graduados hasta el mediodía.

Yo tenía otras cosas que hacer en el campus.

En la oficina de psicología, había tres secretarias sentadas ante ordenadores, pero el escritorio de la recepcionista estaba vacío. Sobre la repisa del mostrador se amontonaba el correo, y varios estudiantes se agrupaban frente al tablón de avisos, mirando los anuncios de empleos.

—Dispense —dije.

La mecanógrafa más próxima alzó la vista de su trabajo. Joven, bonita, pelirroja.

Le mostré mi identificación de la Facultad de Medicina del otro extremo de la ciudad y dije:

—Probablemente, esto me convierte en persona non grata, pero tal vez tenga usted la amabilidad de ayudarme.

—Vaya —dijo ella, sonriendo y aún oprimiendo teclas—. ¿Traición, doctor? Bueno, yo no soy aficionada al fútbol, así que me da igual. ¿En qué puedo servirle?

—Busco a un estudiante graduado llamado Casey Locking.

—Tiene un despacho en el sótano, pero apenas viene por aquí. Realiza casi todo su trabajo en casa.

Fue hasta la parte de atrás de la oficina y volvió con las manos vacías.

—Qué raro. La carpeta de su expediente no aparece. Aguarde.

Tecleó y en la pantalla de su ordenador apareció una lista de nombres.

—Aquí está. Despacho Ese-cinco-tres-tres-uno, puede utilizar el teléfono del mostrador.

Lo hice, sin obtener respuesta. De todos modos, bajé por las escaleras. La mayor parte de las salas del sótano eran laboratorios. La de Locking estaba marcada con una ficha de cartulina. Nadie contestó a mi llamada.

Volví arriba y le dije a la pelirroja:

—No está. Es una lástima. Solicitó un empleo y yo venía con intención de concertar una cita con él.

—¿Quiere el número de su domicilio?

—No me vendría mal.

La muchacha anotó algo en un papel. Ya en el vestíbulo, lo leí. Era un número 213 con prefijo 858. Hollywood Hills, cerca de La Ciénaga. No era la casa de Mulholland.

Así que el chico había ido a Mulholland a ver a alguien. Probablemente, a Cruvic.

Su expediente había desaparecido. Utilicé uno de los teléfonos públicos del vestíbulo para llamar al número que me había dado la pelirroja. Al otro lado del hilo, la fluida voz de Locking respondió:

—No hay nadie en casa. Deja mensaje u olvídame.

Colgué y salí del edificio.

Había llegado el momento de hacer una visita al departamento de historia.

Hays Hall era uno de los edificios más antiguos de la universidad, y se encontraba junto a la Biblioteca Palmer. Como esta, era de piedra caliza amarilla, y estaba igualmente manchada por la contaminación. El despacho de Seacrest se encontraba en el piso alto, y había que subir tres tramos de escalera para llegar a él. Un largo y resonante corredor con puertas de caoba tallada. La puerta de Seacrest se encontraba abierta, pero él no estaba dentro.

El despacho era amplio, frío, con las paredes pintadas de verde, el techo en forma de cúpula, ventanas emplomadas que necesitaban una buena limpieza, descoloridas cortinas de terciopelo castaño pendientes de aros de latón, librerías empotradas, una vieja alfombra persa que en tiempos fue roja y ahora era rosada.

Un feo escritorio victoriano de más de dos metros y, tras él, un sillón ortopédico tapizado con tela negra. Delante de la mesa, tres maltrechas butacas de cuero rojo, una de ellas remendada con cinta aislante. El escritorio estaba tan ordenado como el despacho de su casa: sobre el tablero, un montón de exámenes ordenadamente apilados, dos urnas neolíticas, y una máquina de escribir manual marca Royal. Sobre un papel secante de color verde, medio emparedado de ensalada de huevo y una lata de Sprite Light sin abrir. Ni una mancha, ni una miga.

Entró Seacrest, secándose las manos con una toalla de papel. Llevaba un suéter gris de cuello de pico sobre una camisa marrón a cuadros y una corbata de punto. Los puños del suéter estaban desgastados. Los ojos de Seacrest parecían nublados. Pasó junto a mí, se sentó tras el escritorio y fijó la vista en el emparedado.

—Buenos días —saludé.

Él cogió el emparedado y le dio un bocado.

—¿En qué puedo servirlo?

—Si dispone de tiempo, me gustaría hacerle unas preguntas.

—¿Respecto a qué?

—Respecto a su relación con su esposa.

Dejó el emparedado. No me había invitado a tomar asiento y yo continuaba de pie.

—Mi relación con mi esposa —repitió con voz suave.

—No deseo entrometerme…

—Pero supongo que lo va a hacer, porque para eso le paga la policía.

Arrancó un pedazo de corteza de pan y lo masticó lentamente.

—Bonito trabajo —dijo.

—¿Perdón?

—¿Cuál es el motivo de su intromisión?

—Si este es mal momento, profesor…

—Déjese de tonterías. —Se echó para atrás en el sillón—. ¿Sabe una cosa? Hasta la visita nocturna que me hicieron Sturgis y usted, no me di cuenta de que me consideraban sospechoso. ¿A qué fueron, por cierto? ¿Intentaban pillarme por sorpresa? ¿Esperaban que yo mismo me incriminase de algún modo? ¿Dice que si este es mal momento? Siempre es mal momento. —Meneó la cabeza y siguió—: Esta cochina ciudad. Todos quieren escribir su gran reportaje sensacionalista. Dígale a Sturgis que lleva demasiado tiempo viviendo en Los Angeles, y debería aprender a investigar como es debido. —Su rostro había enrojecido vivamente.

»Supongo que sus sospechas no deberían sorprenderme. Sin duda, existe algún estúpido manual policial según cuyos dictados el marido siempre es sospechoso. Y los dos payasos que se ocuparon antes que ustedes de la investigación se mostraron hostiles hacia mí desde el principio. ¿Pero para qué lo metieron a usted en el asunto? ¿Creía realmente Sturgis que iba a dejarme impresionar por su agudeza psicológica? —Meneó la cabeza y de nuevo la emprendió a feroces bocados con el emparedado.

»Y no es que me importe en absoluto que sospechen de mí —siguió—. No tengo nada que ocultar, así que pueden ustedes husmear todo lo que les dé la gana. En cuanto a mi relación con mi esposa, ninguno de los dos éramos personas fáciles, así que el hecho de que siguiéramos juntos debería significar algo para ustedes. Además, ¿qué motivos podía tener yo para hacerle daño a Hope? ¿Dinero? Sí, es cierto que Hope ganó una fortuna el año pasado, pero el dinero no significa nada para mí. Cuando se establezca la testamentaría, quizá lo done todo para obras de caridad. Y si no me cree, aguarde y lo verá. ¿Qué otro motivo pude tener? —Se echó a reír—. No, Delaware, mi vida no ha mejorado en absoluto desde la muerte de Hope. Incluso cuando ella seguía entre nosotros, yo era bastante misántropo. Perderla, me ha dejado totalmente solo, y esa es una situación que no me hace nada feliz. Ahora, tenga la bondad de dejarme comer en paz.

Mientras me dirigía hacia la puerta, él dijo:

—Lástima que Sturgis tenga tan poca imaginación. Si se atiene al manual, lo único que conseguirá es desaprovechar las escasas posibilidades que tiene de descubrir la verdad.

—No es usted optimista.

—¿Acaso me ha dado la policía algún motivo para serlo? Quizá me conviniese contratar a un abogado. Aunque no se me ocurre a quién podría recurrir. —Lanzó una risa sonora—. Ni siquiera tengo abogado. Y no por falta de oportunidades. Alguien debió de dar mi número de teléfono al club de picapleitos, o quizá esos cabrones olfateen la desgracia. Inmediatamente después del asesinato, estuve recibiendo varias llamadas todos los días, hasta que al fin dejaron de molestarme; pero aún ahora, siempre hay alguno que lo intenta.

—¿Qué quieren de usted?

—Que demande al ayuntamiento por no podar los árboles. —Una nueva risa, tan sonora como la anterior—. Como si el aseo urbano fuese el problema.

—¿Cuál es entonces?

—El total derrumbamiento de cualquier tipo de orden. Lástima que yo no sea codicioso. Podría escribir un libro que se vendiese bien. ¿A que resultaría fantástico? El afligido viudo metido en la ronda de los programas de debate, siguiendo las huellas de Hope.

—A Hope se le daba muy bien.

—A Hope se le daba bien todo. ¿No lo comprende? Era una mujer excepcional.

Asentí con la cabeza.

—En realidad —siguió Seacrest—, ella despreciaba el juego de la publicidad, pero sabía que era útil.

—¿Ella misma se lo dijo?

—Sí, Delaware. Hope era mi esposa. Confiaba en mí.

Abrió el bote de refresco y miró el interior del orificio.

—Cristo bendito, no sé por qué pierdo el tiempo hablando. ¿Imagina usted siquiera lo que supuso para mí vivir bajo el mismo techo con una persona como ella? Fue como vivir con una obra maestra prestada, un Renoir o un Degas. Aunque uno sepa que nunca llegará a ser su dueño, y que ni siquiera podrá comprenderla del todo, se siente inmensamente agradecido a la suerte.

—Una obra maestra prestada… ¿por quién? —quise saber.

—Por Dios, por el destino… elija la superstición que más le plazca. —Dio un sorbo de refresco y dejó el bote—. Supongo que ahora se está preguntando si me sentía celoso. La respuesta es no. Me sentía abrumado; pero abrumado de agradecimiento y felicidad. Ya sé cuál es la siguiente duda que acude a su psicoanalítico cerebro: ¿qué vio ella en él? Y la respuesta es que, a veces, yo también me lo pregunto. Y ahora, Hope ha desaparecido… Y esos policías cretinos amigos suyos piensan que soy el culpable… ¿Está usted versado en historia, doctor Delaware?

—No la he estudiado formalmente desde que dejé la universidad, pero trato de aprender del pasado.

—Me parece admirable… ¿Se ha parado alguna vez a pensar qué es realmente la historia? Una relación de fracasos, iniquidades, errores de juicio, fallos de carácter, sangrientas crueldades, trágicos tropiezos. Los seres humanos son tan abyectos… El mayor argumento en favor del ateísmo es la repulsiva naturaleza de esos jirones de carne llenos de debilidades creados supuestamente a imagen y semejanza de Dios. O quizá sí exista un ser supremo, y sea tan cretino e incompetente como sus criaturas. ¿A que sería fantástico? Y ahora, tenga la bondad de dejarme en paz.