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El campus universitario estaba formado por unos pocos edificios con unos cuantos dormitorios, varios edificios con aulas, el museo Mitchell y las oficinas de la secretaría. Las zonas que había entre ellos estaban muy bien cuidadas, el área de césped era demasiado pequeña como para poder llamar a aquello parque, pero era más grande de lo que a cualquiera le gustaría cortar cada semana. En medio de esa zona, justo enfrente del museo, había mesas de merendero dadas la vuelta y colocadas en círculo abierto hacia el cielo. Hice que Sue aminorase el ritmo e intenté imaginar a qué nos estaríamos enfrentando.

En fila, alrededor del círculo, había muertos vivientes propios muy del gusto de Grevane: muy firmes, macizos y con fuerza física. Sin embargo, había relativamente pocos de ellos en las condiciones de podredumbre y sequedad que estaban los que habían atacado mi apartamento. Estos muertos vivientes tenían pinta de que aún podrían ser salvados por un médico de urgencias un poco testarudo. Todos parecían miembros de una tribu nativa americana, igual que los espectros de la habitacadáveres, si no fuera por el estilo de sus ropas y por el armamento, que eran ligeramente diferentes.

Y también había otra cosa en la que se diferenciaban: estos muertos vivientes irradiaban algún tipo de frío espantoso y efímero, y la palidez de su piel emitía una luz escalofriante. Se podía sentir el poder tan puro que desprendían, incluso a cien metros de distancia. Estos zombis eran distintos a aquellos que habían atacado a los centinelas, tan diferentes como una vieja camioneta y un tanque de batalla moderno. No podríamos destruir a estos zombis tan fácilmente como a los otros porque tenían pinta de ser mucho más fuertes y más rápidos.

Estaban en fila alrededor del círculo interior, mirando hacia el exterior. Pero la línea era mucho más densa en la zona del círculo que apuntaba hacia la última localización de los centinelas que en nuestro lado. Había conseguido flanquear el pensamiento de quien quiera que hubiese organizado la posición de aquellos muertos, y esa reflexión me puso contento. Los espíritus, los espectros y las masas informes de luz luminiscente subían y bajaban alrededor del círculo como trizas de kelp y partículas de algas flotantes en un remolino. Cada vez que los relámpagos de la tormenta alumbraban aquel lugar, se veían todos de los mismos desagradables colores. E incluso mientras los miraba, notaba cómo se iban reproduciendo. Sue caminó inquietamente hacia delante y yo sentí la horrible sensación de frío en la piel de la cara y la frente, como si el tornado que se cernía sobre nuestras cabezas estuviese expulsando algún tipo de inversión pervertida de la luz del sol. Me agaché un poco bajo la espalda de Sue y la sensación se desvaneció.

Los fogonazos de luz, que venían de todas direcciones, tejieron una red de sombras por encima de aquel lugar. Además, los árboles y los edificios sumados a la tormenta eran de gran ayuda para mantener tapado y disimulado la mayor parte del círculo, que apenas se apreciaba desde la oscuridad de las manzanas cercanas. Divisé a alguien dentro del círculo, formado por las mesas de merendero, pero no distinguí quién era y tampoco descubrí si había más de una persona.

—Aquello de allí —dije en voz baja— es un grupo de zombis repugnantes.

—Y fantasmas —dijo Ramírez.

—Y fantasmas.

—Míralo de este modo —me dijo—: Con tantos como hay, raro será que no le acertemos a alguno.

—Vale —contesté—. Genial.

No quería hacerlo. Quería desaparecer y buscarme un agujero para meterme dentro. Pero en lugar de eso puse mi mano en el cuello de Sue, llamé su atención sobre los zombis e hice que se lanzase a la batalla.

Sue saltó hacia delante y golpeó a la primera fila de zombis antes de que ninguno se diera cuenta de que estaba allí. Engulló a uno con sus gigantescas mandíbulas, a otros cuantos los aplastó, se cargó a otros con el movimiento de la cola y en general hizo un buen trabajo. Después de su devastadora carga inicial, oí la voz desesperada de un hombre desde dentro del círculo y todos los zombis reemprendieron el ataque.

Los zombis sacaron rápidamente arcos, lanzas y garrotes, e incluso se lanzaron desarmados a por Su e. No fue nada bonito. Las flechas inundaron el aire a una velocidad sobrenatural y, al golpear la piel del tiranosaurio, sonaron como disparos. Un zombi clavó con fuerza una lanza en el gigantesco músculo del muslo de Sue. Un garrote se estrelló contra varios de sus dientes y hasta hubo un zombi que, a pecho descubierto, saltó sobre su costado y llegó a agarrarse a la cuerda que sujetaba las sillas de montar, luego dirigió su puño contra la carne de encima del codo del animal y empezó a arrancarle trozos de tejido con las manos.

Desplegué la nube de luz azul centelleante de mi brazalete escudo a tiempo de interceptar una flecha que venía en camino. Otras tantas chocaron contra él con la fuerza de las balas, incluso manteniéndolo firme y estático. No me avisó, pero noté que Ramírez se giraba hacia la derecha y de su mano izquierda, de sus dedos estirados, salía un disco cóncavo de luz verde, como si de una tela de araña se tratase, que nos protegió de los zombis.

A pesar de lo fieros, fuertes y veloces que eran aquellos zombis no le llegaban a Sue ni a la suela de los zapatos.

Las heridas que habrían aterrorizado a cualquier animal vivo a ella solo la enfurecían, y a medida que aumentaba su rabia, su piel gris y negra se iba tiñendo de un brillo plateado de energía. Gruñó con tanta fuerza que me sacudió el pecho y el estómago y me atravesó los tímpanos. Atrapó a uno de los zombis con la boca y lo arrojó por el aire. Salió volando por encima del edificio de cinco pisos que estaba al lado y desapareció entre la lluvia y la oscuridad. Dio un pisotón que destrozó el asfalto de la carretera y dejó marcada su huella a más de cinco centímetros de profundidad. El asalto zombi se convirtió en un ejercicio masivo de tácticas suicidas, a cada momento uno de los soldados muertos se lanzaba contra Sue, y el tiranosaurio no solo acababa con sus no­ vidas, sino que su ira crecía y se iba volviendo cada vez más poderosa e imparable.

Era como manejar un terremoto carnívoro.

—¡Mira! —gritó Ramírez—. ¡Fíjate en eso!

Seguí su gesto y descubrí a Grevane en el círculo, con su gabardina y su sombrero de fieltro. El nigromante mantenía con una mano el ritmo del tambor que le colgaba del cinturón. Con la otra cogió un torcido bastón de madera negra. Se quedó mirándonos, dibujó el odio en su cara y sus ojos brillaron con maldad demente.

Ordené a Sue que se acercara al círculo, pero de pronto la voluntad del tiranosaurio ya no era tan maleable ni se dejaba guiar con tanta facilidad. La cólera y la furia de la batalla habían encharcado su pequeño cerebro y ahora no era más que una máquina de alto tonelaje alborotado, sedienta de muertes.

—¡Date prisa! —gritó Ramírez.

—¡No me hace caso! —le contesté. Concentré mi energía con más fuerza todavía, pero era como si un hombre intentase contener a una máquina excavadora. Rechiné los dientes intentando desesperadamente pensar en una manera de que Sue hiciese lo que quería. Por fin tuve una idea. En vez de intentar detener sus ansias de lucha, la animé y la dirigí a los zombis que estaban más cerca del círculo.

Sue respondió con sed de sangre y regocijo, virando bruscamente para atacar a los zombis que estaban al lado del redondel triturándolos y rematándolos a su paso.

—¡Tenemos que saltar! —grité.

—¡Yujuuu! —gritó Ramírez mostrando su resplandeciente sonrisa blanca.

Sue persiguió a un zombi esquivo hasta una distancia de tres metros respecto a una de las mesas dadas la vuelta y, al saltar, se me escapó un grito de miedo y emoción. Era como tirarse desde un segundo piso, pero me las arreglé para caer de pies y que estos absorbieran la mayor parte del impacto, sin embargo, el fogonazo de dolor me reveló que las rodillas y los tobillos me dolerían durante días.

Me levanté y desplegué el escudo a tiempo para interceptar el golpe mortal de la cadena de Grevane.

—¡Idiota! —rugió—. Deberías haberte unido a mí cuando tuviste la oportunidad. —Sus ojos se encendieron y brillaron. Seguí la línea de su mirada. El tornado no estaba a más de diez metros del suelo.

—¡No podrás arrastrarlo mientras yo me quede aquí! —le grité, retirándome para rodear el círculo formado por las mesas. Cuando lo conseguí, esa sensación horrorosa y enfermiza de frío desapareció. A esa distancia, el tornado no me chupaba la fuerza vital. Estaba en el ojo del huracán metafísico—. Si te distraes un solo instante, el contragolpe te matará. ¡Se ha terminado!

—¡Aquí no se ha terminado nada! —gritó y la cadena volvió a precipitarse golpeando mi escudo—. ¡Es mío! ¡Me pertenece! ¡Yo era su alumno preferido!

Apenas oí los pasos que se aproximaban a espaldas vueltas, pero me giré a tiempo de levantar mi escudo frente a un zombi con una lanza. El arma se estrelló contra mi escudo elevado, pero mientras lo hacía sentí el impacto ardiente de la cadena de Grevane enroscada alrededor de mi pierna herida y cómo tiraba con fuerza. Perdí el equilibrio y me caí al suelo.

El zombi de Grevane arremetió contra mi espalda y empezó… ¡a morderme! Sentí un calor aterrador y un dolor tremendo en el músculo trapecio. Me había alcanzado, atravesándome la capa y el conjuro de mi guardapolvo. El zombi soltó un grito horripilante y luego se dirigió hacia mi cuello, hacia la zona de la nuca. Luché por quitármelo de encima, por liberarme de él, pero mi cuerpo estaba resentido y debilitado y él era increíblemente fuerte.

—¡Muere! —gritó Grevane, y su voz nerviosa soltó una risotada salvaje—. Muere, muere, muere…

Sus aullidos se detuvieron y se hizo el silencio, un ruido de asfixia y el zombi a mi espalda se paralizó de repente.

Logré quitármelo de encima a tiempo para ver a Grevane, a uno o dos metros de distancia y con la cadena deshecha sobre el suelo, agarrándose con sus manos el cuello. Sangre negra en la noche salió a borbotones entre sus dedos. Su expresión mostraba asombro. Puso los ojos en blanco y descubrí el corte suave, recto y largo que le abría el cuello de un lado a otro y le llegaba hasta la espalda.

Ramírez entró en mi ángulo de visión con su espada plateada en la mano y empapado en sangre. En su otra mano tenía la pistola. Sin dudar ni apresurarse, levantó la pistola y apuntó a la cabeza de Grevane, a un metro y medio de distancia. A continuación, ejecutó al nigromante.

El cuerpo perdió su fuerza, cayó al suelo y se quedó tirado en la hierba, bajo la lluvia, con una pierna temblando.

A nuestro alrededor, los zombis fueron perdiendo su vibrante animación y la mayoría simplemente se quedó de pie, quieta, con la mirada perdida. Al tiranosaurio Sue no le pudo importar menos; ella siguió con su banquete sangriento.

Ramírez se acercó a mí y me ayudó a levantarme.

—Siento haber tardado tanto. Tuve que librarme de algunos malos.

—Pero lo lograste —le dije, poniéndome en pie.

Asintió, sonriendo.

—No podía disparar contigo tan cerca, y bajo esta luz… Tuve que hacerlo a la antigua usanza. La verdad es que eras una gran distracción.

—Lo hiciste muy bien —le dije. Sentía una humedad caliente que me recorría la espalda—. Gracias a Dios que estaba loco.

—¿A qué te refieres? —preguntó Ramírez.

—A ahora, al final. Cuando ya le habías cortado el cuello todavía creía que podía seguir adelante. Intentó agarrarse a su control sobre los zombis. Fue como si no creyese posible que la muerte importase cuando se trataba de él.

—Y eso es bueno, porque…

—Se negó a creer que se estaba muriendo —le dije—. Y no nos lanzó su hechizo de muerte.

Ramírez asintió.

—Es verdad, tienes razón. ¡Hemos tenido suerte!

De repente una voz de hombre surgió:

—Yo no diría tanto, caballeros.

Me giré a la par que uno de los zombis que estaba allí parado, a mi lado, se dio la vuelta, levantó su lanza y se transformó en Cowl. Sacó una mano de las profundidades de su oscura capa y, sin mayor advertencia, un soplo de poder despiadado parpadeó y salió despedido desde la palma de su mano hasta golpear a Ramírez de lleno en el pecho.

El joven centinela no estaba preparado para aquello. El ataque de magia lo levantó del suelo y salió propulsado, como un muñeco de trapo. Cayó a tierra a unos cinco o seis metros de distancia y sus extremidades se golpearon como peso muerto. Se quedó allí tendido, sin moverse.

—¡No! —grité y me giré hacia Cowl. Las runas de mi bastón despidieron el poder del Hellfire. Levanté el bastón y grité—: ¡Forzare! —Envié una lanza de energía oscura hacia la negra figura.

Cowl cruzó inmediatamente las manos a la altura de las muñecas, formando una equis con sus brazos y alineando la energía defensiva ante él. No sé si no fue lo suficientemente rápido o bien no sabía la cantidad de energía a la que se enfrentaba. El ataque de fuerza abrasadora y cruda lo aporreó con tal fuerza en el lado derecho de su cuerpo que le dio la vuelta y lo desestabilizó. Se tambaleó con un movimiento helicoidal y se cayó al suelo.

Preparé mi bastón para dar otro golpe, pero de pronto alguien me apretó la espalda y noté cómo me metía los dedos entre el pelo y tiraba hacia atrás de mi cabeza. Noté el frío y mortal filo de un cuchillo en mi garganta.

—No te muevas —dijo Kumori en voz baja. Estaba un poco estirada para poder agarrarme del pelo y sujetar el cuchillo al mismo tiempo. Pero lo hacía bien. No tenía manera de escapar sin que me abriese una arteria. Apreté los dientes, mi poder estaba todavía listo para ser lanzado de nuevo y me debatía entre hacerlo o no. Kumori probablemente me matase, pero tal vez valiese la pena para así acabar con Cowl.

Miré hacia arriba, hacia el tornado con forma de peonza. La punta estaba ya casi rozándome la cabeza.

Cowl se volvió a poner en pie poco a poco, más sacudido que herido, y la cólera se irradiaba desde su cuerpo en ondas casi palpables.

—¡Idiota! —dijo con voz áspera—. Has perdido, ¿no te das cuenta? El juego ha terminado.

—No lo hagas —gruñí—. No vale la pena. Vas a matar a miles de personas inocentes.

La capucha de Cowl se inclinó hacia el tornado que descendía y caminó sobre la hierba hasta quedarse justo debajo de él.

—Mantenlo inmóvil —le ordenó a Kumori.

—Sí, señor —contestó Kumori. El acero apoyado en mi garganta no se desviaba ni un ápice.

La mano de Cowl se hundió en una bolsa que tenía a su lado y la sacó sosteniendo en ella a la calavera Bob. Las luces de las cuencas de los ojos de la calavera brillaban con luz azul y violeta.

—Ahí está, el espíritu —dijo Cowl sujetando la calavera en alto para que viera el tornado—. ¿Lo ves?

—Por supuesto —dijo la calavera, su voz sonaba fría y vacía—. Es exactamente como lo describió el maestro. Adelante. —Las luces de los ojos de la calavera giraron y se dirigieron hacia mí—. ¡Ajá! la oveja negra del Consejo Blanco. Te recomiendo que lo mates inmediatamente.

—¡No! —dijo Kumori firmemente—. Su hechizo de muerte podría destrozar todo el trabajo.

—Lo sé —dijo la calavera. Su tono era despectivo—. Pero si lo dejas vivir, cuando Cowl arrastre todo el poder podrá desbaratado. ¡Mátalo ahora!

—¡Silencio, espíritu! —dijo Cowl con voz amarga—. Tú no eres quien manda aquí. Desafíame bajo tu responsabilidad.

Las cuencas de la calavera se volvieron aun más frías, pero guardó silencio.

Tragué saliva. Bob… ya no era Bob. Sabía que estaría unido y en deuda con quien poseyese la calavera en la que residía; y que la personalidad del dueño influiría en la suya fuertemente. Pero nunca me había imaginado cómo sería. Bob no era exactamente un amigo, pero… me había acostumbrado a él. De alguna manera era como mi familia, era como el primo bocazas, pesado y desquiciante que siempre te está insultando pero que no falla a una cena de Acción de Gracias. Nunca había considerado la posibilidad de que un día pudiese convertirse en otra cosa.

En una cosa asesina.

La peor parte era que Bob le había dado a Cowl un buen consejo. Mi hechizo de muerte podría desbaratar el maleficio, pero, por otro lado, Cowl no parecía tener miedo a las maldiciones de muerte. Si me diera la oportunidad de esperar hasta que estuviese en el delicado momento de arrastrar el poder, no necesitaría nada tan fuerte como un hechizo de muerte para desequilibrarlo.

Por supuesto, me mataría. El filo de Kumori lo vería. Pero no podría frenarlo si no estaba vivo cuando descendiese.

Cowl colocó la calavera a su lado, en la hierba, y luego levantó las manos por encima de su cabeza y dejó que las mangas cayesen por detrás de sus erosionados brazos, cubiertos de viejas cicatrices. Comenzó un canto en voz baja, firme y fuerte.

El tornado se agitó. Y luego, casi delicadamente, empezó a descender hacia Cowl, desviándose hacia él tan ligera y lentamente como una pluma.

El poder del tornado giratorio rodó por los cielos, entre las nubes. Espíritus y apariciones arremolinadas gritaron y vociferaron su tormento como respuesta. Las manos de Kumori no temblaron ni se debilitaron un segundo, pero pude sentir que casi todas sus fibras de atención estaban dirigidas hacia Cowl.

Tal vez tuviera una oportunidad.

—Bob —susurré—. ¡Bob!

Las luces azules de sus ojos se giraron hacia mí.

—Piensa —le dije en voz baja—. Piensa, Bob. Me conoces. Has trabajado conmigo durante años.

Las luces azules de los ojos se redujeron.

—Bob —dije en voz baja—. ¡Tienes que recordarlo! Te puse un nombre.

La calavera se agitó un poco, como si la recorriese un escalofrío, pero los ojos mantuvieron ese brillo frío y azul.

Y de repente uno de ellos parpadeó, emitiendo una luz de su naranja habitual, e inmediatamente se volvió azul otra vez.

Mi corazón latió con repentina emoción. Bob, la calavera, ¡mi Bob!, me había guiñado un ojo.

Cowl continuó con su canto y las nubes giraron más y más rápido. La lluvia paró de golpe, tan rápidamente como si alguien hubiese cerrado el grifo, y el viento, lleno de espíritus, fantasmas, apariciones y espectros, fue alcanzado en una especie de gran remolino que los ocultó y arrastró en acelerados círculos. El aire estaba tan cargado que se hacía difícil respirar. El rugido de los espíritus agonizantes, el fortísimo viento y el estruendo de la profundidad de la Tierra se volvían cada vez más intensos.

—¡Bob! —grité en medio de la cacofonía—. ¡Tienes mi permiso!

La luz anaranjada salió por una de las cuencas de la calavera y extendió su resplandor desde la circunferencia de las mesas dadas la vuelta. Pero aun así, vi el cuerpo encendido de energía de Bob siendo arrastrado por las corrientes de magia. Luchó contra el horrible tornado y de repente me di cuenta de que sin la tapadera de la calavera o cualquier otro contacto con un cuerpo físico, Bob no se diferenciaba en nada de los otros espíritus que estaban siendo atrapados en la apabullante vorágine. Si se completaba el Darkhallow, él también sería atrapado y devorado.

Me pareció observar que el cuerpo de Bob era aspirado entre las nubes de espíritus atrapados, pero había demasiada luz y demasiado ruido como para estar seguro de nada.

Cowl continuaba con su canto y vi que tenía el cuerpo arqueado por la tensión. Durante un minuto más o menos, se despegó del suelo físicamente, hasta que sus botas estuvieron a unos nueve o diez centímetros del suelo. Su voz pasó a ser parte de la salvaje tormenta, parte de la energía oscura, y nos envolvía con su eco. Empecé a comprender el tipo de poder al que nos estábamos enfrentando. Era un poder tan profundo como el océano y tan ancho como el cielo. Era oscuro y letal, horrible y bello, y Cowl estaba a punto de apoderarse de todo. La fuerza que le otorgaría lo convertiría en alguien más poderoso que todo el Consejo Blanco. Lo colocaría en una liga tan superior a la suya que su fuerza no significaría virtualmente nada.

Era poder suficiente como para cambiar el mundo. Para darle forma al gusto de uno. El pico del tornado giró hacia abajo, bailó ligeramente sobre los labios de Cowl y luego se deslizó suavemente entre ellos. Cowl aulló la última repetición de su cántico con la boca abierta de par en par.

Apreté los dientes. Bob no había sido capaz de ayudarme, no podía dejar que Cowl completase el hechizo. Incluso si tenía que entregar mi vida.

Concentré mi energía para lanzar el último hechizo de mi existencia: una explosión contra Cowl que desbaratase el encantamiento e hiciese que toda esa cantidad ingente de energía lo hiciese pedazos.

Kumori lo sintió y noté que se le escapaba un gritito. El cuchillo me quemaba la garganta.

En ese momento, el dinosaurio que yo había convocado se sumergió entre las nubes de espíritus salvajes y se dirigió directamente hacia Kumori; en sus ojos brillaban llamas anaranjadas. El tiranosaurio Bob soltó un alarido y atacó con sus gigantescas garras a Kumori.

La aprendiz de Cowl era dura y competente, pero no había entrenamiento capaz de ayudarte a prever o a prepararte para la visión de un dinosaurio furioso que se lanza sobre ti. Se quedó paralizada durante el segundo más breve, en el que yo pude girarme y liberarme de sus brazos. El cuchillo golpeó mi garganta y sentí un fuerte escozor. Me pregunté si aquello habría sido lo mismo que sintió Grevane.

No tenía más tiempo. Me lancé a través de la hierba, agarrando mi bastón con las dos manos y lo balanceé cual bate de béisbol hacia la cabeza de Cowl.

El bastón le atizó en la mandíbula inferior, que la tenía salida, y le cerró la boca de un golpe, derribándolo. El tornado emitió bruscamente un chillido y se llenó de una furiosa luz roja. Ahogué un grito y me caí sobre el costado derecho, desplegando mi brazalete escudo sobre mí para protegerme de las poderosísimas fuerzas que ahora sobrevolaban libres tras la chapuza del hechizo.

Había más sonidos, tan altos que no existe ninguna palabra que los describa, una luz incandescente, caras agonizantes y formas de espíritus y fantasmas que hacían que la tierra temblase bajo nuestros pies.

Cayó la oscuridad.