38
No me desperté.
Más bien me descubrí ordenando y organizando mis pensamientos y me sentí como un tramoyista preparando sus artilugios antes de salir al escena no. Evidentemente, yo era minimalista, porque mi escenario no consistía en más que un suelo negro, una lámpara colgante y tres sillas.
Caminé hacia la luz y miré las sillas.
En una estaba sentada Lasciel, otra vez en su versión rubia y con estética angelical, aunque sin la túnica blanca. En su lugar llevaba un mono de la prisión del correccional de Illinois. El naranja le sentaba muy bien. Llevaba grilletes en las muñecas y en los tobillos y estaba sentada muy remilgadamente en aquella silla.
En la segunda silla estaba yo. Bueno, era una versión mía, una especie de álter ego de mi subconsciente. Llevaba el pelo más corto y mejor peinado que yo y lucía una barba oscura cortada tan meticulosamente como el pelo. Tenía puesta una camisa de seda negra y unos pantalones también negros. Sus manos, ambas, estaban sanas y sobre ellas, colocadas en forma de carpa y unidas por las yemas de los dedos, apoyaba su barbilla.
—Otro sueño —dije y suspiré. Me desplomé sobre la tercera silla. Tenía más o menos la misma pinta que cuando me había levantado aquella mañana. Mi camisa estaba rota por una cuchillada, sin embargo, no tenía nada de sangre en el torso, y mi piel no había sido lacerada ni rasgada con una cadena. Pero no quise hacerme ilusiones.
—No es un sueño exactamente —me dijo mi subconsciente—. Llámalo reunión de mentes.
Lasciel sonrió ligeramente.
—No —dije señalando a Lasciel—. Ya le he dicho todo lo que tenía que decirle.
—Volví a girarme hacia mi álter ego, aunque pensándolo bien tal vez era más correcto llamarlo mi álter ello. —Y tú, eres un poco gilipollas. Y esa miradita que tienes solo dice una cosa de ti: «hechicero del mal». Y eso es precisamente contra lo que yo lucho profesionalmente.
El otro Harry suspiró.
—Ya te lo he dicho antes. No soy ningún demonio oscuro. Simplemente soy la esencia más primaria de tu ser. Soy el encargado de preocuparse de cosas como la comida, la supervivencia. —Sus ojos oscuros parpadearon ante Lasciel—. O como el apareamiento —dijo con un gruñido y volvió a mirarme—. Las cosas importantes de la vida.
—Que esté teniendo este sueño significa que sin duda necesito un buen terapeuta —le dije. Miré a mi otro yo y le solté—: Fuiste tú, ¿verdad? Fuiste tú quien quiso coger la moneda.
—Antes de señalar a nadie, ten claro que soy parte de ti —dijo él—. Y sí. El potencial que puede otorgarnos la alianza con Lasciel —inclinó la cabeza hacia ella, galantemente y con mirada caballaresca— es demasiado grande como para ignorarlo y pasar de largo. Hay demasiadas cosas ahí fuera decididas a acabar contigo. Mientras tengas la moneda de Lasciel, ambos tendríais la posibilidad de reunir más poder, en caso de que lo necesitaseis, para defenderos de los demás y, de esta manera, podrías evitar que seres sin escrúpulos, como Cassius, la utilizaran.
Hice una mueca.
—¿Y?
—Y —dijo él—, es el momento de considerar utilizar un poco de ese poder.
Lo miré y le dije:
—¿Has estado hablando con ella a mis espaldas?
—Durante meses —dijo pausadamente—. Pero solo por educación. Después de todo, tú no querías tener nada que ver con ella.
—Gilipollas —le dije—. La única razón por la que yo no hablaba con ella era porque no quería ser tentado.
—Yo lo fui —dijo mi subconsciente—. Y, sinceramente, deberías escucharme más a menudo. Si hubieses seguido mi consejo sobre el tema de Murphy, ahora no estaría en Hawái, en la cama con Kincaid.
Lasciel tosió delicadamente y dijo:
—Caballeros, me gustaría darles un consejo…
Mi otro yo y yo mismo dijimos a la vez, con el mismo tono de voz:
—¡Cállate!
Lasciel parpadeó pero acató la orden.
Mi doble y yo nos miramos y asentimos despacio.
—Estamos de acuerdo, entonces, en que su presencia e influencia es peligrosa.
—Así es —me confirmó mi doble—. No podemos permitir que dicte nuestras acciones ni dirija nuestras elecciones a través de la sugestión o la manipulación. —Mi doble la miró y dijo—: Pero podemos y debemos usarla como un recurso, bajo nuestro meticuloso control. Puede ofrecernos una cantidad ingente de información. —Volvió a mirarla y dijo—: Y de diversión.
Lasciel bajó la mirada y sonrió, levemente.
—No —dije—. Ya tengo a Bob para cuando necesito información. Y si quiero sexo… ya me las arreglaré.
—Ahora no tienes a Bob —dijo mi doble—. Y has querido sexo cada veinte minutos desde la última vez que lo practicaste.
—Te estás desviando del tema —le dije hoscamente—. No estoy tan loco como para permitir que un ángel caído me satisfaga virtualmente en mi tiempo de ocio.
—¡Escúchame! —dijo con una voz que empezaba a ponerse agria y autoritaria—. Esta es la pura verdad. Vas a meternos de lleno en una batalla contra unas fuerzas que no podrás batir de ninguna de las maneras únicamente con tu capacidad. Y no solo eso, sino que tu ayuda principal, los centinelas, podrían revelarse contra ti si supiesen la verdadera naturaleza de lo que estás intentando. Estás herido. Y no tienes contacto con el resto de tus aliados.
—Es el camino correcto —dije apretando la mandíbula.
Mi doble puso los ojos en blanco.
—Dime, ¿es moralmente necesario que mueras en el proceso?
Fruncí el ceño.
—Sabes que esta reunión es una mera formalidad, ¿no? —me dijo—. En realidad tú ya has planeado pedirle ayuda a Lasciel. Por eso leíste el libro por encima, antes de que te lo quitaran. Querías que ella fuese por tu mente y lo leyese para acabar por facilitarte el texto, tal y como hizo con el ritual de invocación del Erlking.
Levanté un dedo.
—Lo hice únicamente por sí no era capaz de extraer de Grevane la suficiente información como para saber qué es lo que están tramando los discípulos de Kemmler.
Mi doble arqueó una ceja.
—¿Y cómo ibas a conseguir tú eso?
—No seas tan listillo —repliqué.
—El asunto —dijo— es que sin echarle un vistazo no tenías una mínima posibilidad, o incluso ninguna, de prevalecer. Deberías conocer la forma en la que intentan manipular esas energías. También deberías saber si va a haber un lugar o un momento en el que tengan la guardia más baja para poder asaltarlos. Deberías saber los detalles del Darkhallow o deberías directamente saber cómo cortarte tus propias muñecas.
—No tengo por qué —le dije—. Puedo quedarme aquí sentado y esperar a que aparezca el Erlking.
—Es lo mismo. —Mi doble estuvo de acuerdo—. Además, tu cuerpo no está en condiciones de hacer nada en este momento. —Se echó hacia delante—. Libérala para que nos ayude.
Inhalé despacio y miré a Lasciel durante un momento. Luego dije:
—Después de matar a Justin, tomé ciertas decisiones en casa de Ebenezar. Me prometí una cosa: viviría a mi manera. Conocía las diferencias entre el bien y el mal y me juré a mí mismo que no cruzaría la línea. No me iba a permitir convertirme en un Justin DuMorne.
—¿No quieres sobrevivir? —me preguntó mi doble.
Me levanté de la silla y empecé a caminar hacia la oscuridad, alejándome de la lámpara.
—Por supuesto que quiero. Pero hay cosas que son más importantes que la supervivencia.
—Sí —dijo mi doble—. Como las personas que van a morir cuando tú mueras y no detengas a los discípulos de Kemmler.
Me quedé paralizado en la frontera con la oscuridad.
—Dale la espalda a todo si quieres —me dijo mi doble—. Elige caminar y alejarte de esta fuerza en nombre de tus principios. Pero después de que mueras noblemente, pesarán sobre tus hombros todos aquellos a los que ya no puedas proteger, aquellos que un día te pidieron ayuda, aquellos que murieron a consecuencia del Darkhallow y todas las vidas que podrías haber protegido en un futuro.
Miré hacia la oscuridad y cerré los ojos.
—A pesar del lugar del que viene, Lasciel te ofrece el poder del conocimiento. Si rechazas ese poder, poder que solo tú puedes asumir, estarás faltando a tu responsabilidad de proteger y defender a aquellos que no son lo suficientemente fuertes como para hacerlo solos.
—No —dije—. Eso no es… Esa no es mi responsabilidad.
—Claro que lo es —dijo mi subconsciente, con voz clara y resuelta—. ¡Cobarde!
Me detuve y me di la vuelta para mirarlo.
—Si decides caminar hacia tu muerte en lugar de hacer todo lo que esté en tu mano para evitar lo que se avecina, estás cometiendo un suicidio e intentando sentirte bien por ello. Eso es lo que hacen los cobardes. Es algo despreciable.
Repasé la lógica de su argumento y no encontré ninguna tesis contra él, por supuesto, porque a pesar de que mi doble pudiera parecer otra persona, no lo era. Era yo.
—Si abro esta puerta ahora —dije despacio—, puede que no sea capaz de volver a cerrarla nunca.
—Pero puede que sí —dijo mi doble—. No tengo ninguna intención de darle a ella ningún control, así que serás tú quien tome esa decisión.
—¿Y qué pasa si no puedo controlarla una vez que la libere?
—¿Por qué no ibas a ser capaz de hacerlo? Es tu mente. Tu voluntad. Tu elección. Todavía crees en el libre albedrío, ¿verdad?
—Es peligroso —le dije.
—Claro que lo es. Y ahora tienes que elegir. ¿Te enfrentarás a ese peligro? ¿O huirás ante él, condenando a aquellos que necesitan tu fuerza para evitar su muerte?
Me quedé mirándolo durante un minuto. Luego observé a Lasciel. Ella esperó, con la mirada tranquila y la expresión calmada.
—¿Puedes hacerlo? —le pregunté sin rodeos—, ¿puedes enseñarme lo que había en esas páginas?
—Claro —contestó con ciega sumisión, sin una pizca de resentimiento—. Me gustaría ofrecerte cualquier ayuda que tú me permitas.
Parecía humilde. Parecía que quería cooperar. Pero yo lo sabía bien. La mera sombra del ángel caído Lasciel era una fuerza vital muy poderosa. Podía parecer modesta y servicial, pero, para empezar, si esa fuese su verdadera naturaleza no habría caído. No pensaba que estuviese escondiendo impulsos asesinos ni nada así, mis instintos me decían que estaba verdaderamente contenta de ayudarme.
Después de todo, aquel era el primer paso. Y era paciente. Podía permitirse esperar.
Era realmente peligroso. Lasciel representaba nada menos que el atractivo encanto del poder en sí mismo. Nunca había querido ser mago. Dios, en muchas ocasiones había pensado en lo agradable que sería todo si no lo fuese. El poder había sido algo innato y si se había desarrollado con el tiempo había sido por una cuestión de supervivencia. Pero ya había probado el lado oscuro de la posesión de poder, la punzante satisfacción de ver a un enemigo caer ante mi fuerza. La lujuria de probarme a mí mismo contra otra persona, retada y comprobar quién es más fuerte. El hambre ciego hacía más de eso. Si te das un capricho una vez, puede que nunca puedas saciarte.
Una de las almas más frías y malvadas con las que me había encontrado me dijo que la razón por la que yo me esforzaba tanto por hacer lo correcto era porque me aterrorizaba la idea de mirar dentro de mí y encontrar el deseo de dejar la lucha y hacer lo que quisiera, libre de conciencia y de culpa.
Y ahora veo que él tenía razón.
Contemplé al ángel caído, esperando pacientemente, y sentí pavor.
Pero había vidas inocentes al borde del precipicio: hombres, mujeres y niños que necesitaban protección.
Si yo no los protegía, ¿quién lo haría?
Tomé aire profundamente y metí la mano en el bolsillo. Encontré una llave plateada y se la lancé a mi doble.
La cogió y abrió los grilletes de Lasciel.
Ella inclinó la cabeza ante él con respeto. Luego caminó hacia mí, preciosa y cálida bajo la luz desapacible, con la mirada baja. Sin rastro de timidez, se puso de rodillas, inclinó la cabeza y dijo:
—¿En qué puedo ayudarte, querido anfitrión?
Abrí los ojos y descubrí que estaba en el suelo, boca arriba. Había una vela encendida cerca. Ratón se había enroscado protegiéndome la cabeza y su lengua lamía mi cabeza, áspera, húmeda y templada.
Me dolía absolutamente todo el cuerpo. Había aprendido a bloquear el dolor gracias a las duras lecciones de Justin DuMorne, pero esto era demasiado.
Lasciel me había enseñado otra técnica.
No podría haberle explicado a nadie cómo lo había hecho. No estaba seguro de entenderlo, por lo menos, a un nivel consciente. Simplemente lo sabía. Reuní todo mi dolor y lo eché a una hoguera en llamas en la que ardían mis pensamientos. Enseguida empezó a remitir lentamente.
Cogí aire y me senté. Mi cerebro registró la punzante tortura de los músculos de mi estómago, la verdad es que fue tan horrible que requirió que me concentrase.
—¡Dios santo, Harry! —dijo Butters. Su voz era densa y arrastraba las palabras, parecía que se estuviese tapando la nariz. Su mano tocó mis hombros—. No te levantes.
Dejé que me empujase de vuelta hacia el suelo. Necesitaba un par de minutos para que el dolor acabara de apagarse.
—¿Estás muy mal?
Solté aire.
—Estoy fatal, pero creo que no me ha llegado a perforar la pared abdominal. La piel y el tejido están dañados, pero podrás frenar la hemorragia. —Tragó saliva y vi que se le estaba poniendo la cara un poco verde—. Bueno, en el mejor de los casos. ¿Estás bien?
—Sí, sí, estoy bien. Eso solo que… trabajo con cadáveres porque me cuesta manejar la situación con personas vivas.
—Ah. ¿Puedes tomarte el almuerzo delante de un cadáver de tres meses de edad, pero unos primeros auxilios en mi estómago es pedir demasiado?
—Sí. Quiero decir, sigues vivo, es muy raro. Sacudí la cabeza.
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —Estaba sorprendido de lo calmada y tranquila que parecía mi voz.
—Unos quince minutos —dijo Butters—. Encontré algunas vendas y alcohol en el petate del viejo. Tu estómago está ya limpio y cubierto, pero no tengo mucha idea de lo que puedes tener. Debes ir a un hospital.
—Tal vez después —le dije. Me eché hacia atrás y empecé a repasar lo que Lasciel me había proporcionado sobre lo que había visto en el libro. Joder, estaba escrito en alemán. Yo no sabía alemán, pero Lasciel había traducido un libro sobre el Darkhallow. Me parecía como si hubiésemos estado hablando durante una hora o más, pero el tiempo de los sueños y el de la vida real no siempre se corresponde.
La nariz de Butters estaba hinchada. Todavía tenía algo de sangre por la cara, pero resultaba ya como una cuestión de estilismo que le favorecía, especialmente con esos ojos negros. Se acercó y se puso a colocar los vendajes de mi estómago.
—Oye —le dije en voz baja—. Te dije que corrieses. Estaba haciéndome el héroe y cubriendo la retaguardia. Lo estropeaste todo.
—Lo siento —contestó con tono serio—. Pero… cuando llegué afuera no pude correr. Es decir, quería hacerlo. Realmente quería, pero después de todo lo que has hecho por mí… —Sacudió la cabeza—. Simplemente no podía hacerlo.
—¿Y qué hiciste?
—Di vueltas alrededor del museo e intenté buscar ayuda, pero con toda la lluvia y la oscuridad no había nada por allí. Así que corrí hasta el coche y cogí a Ratón, pensé que tal vez él podría ayudarte.
—Y pudo —le dije—. Y tanto.
El rabo de Ratón se balanceó, chocando con el suelo, y siguió lamiéndome la cabeza. Me di cuenta, débilmente, de que me estaba limpiando las docenas de picaduras de serpiente.
—Pero no podría haberlo hecho sin ti, Butters —le dije—. Me has salvado la vida. Cinco minutos más tarde y yo habría pasado a la historia.
Parpadeó y luego dijo:
—Es verdad, te he salvado la vida.
—Fuiste muy valiente —le dije. Su espalda se puso más recta.
—¿Tú crees? —me preguntó.
—Claro.
—Y mira esto —dijo, señalándose a la cara, con la boca abierta en una dentuda sonrisa—, me he roto la nariz, ¿no?
—Completamente.
—Como si fuese un boxeador, o como uno de esos detectives aguerridos.
—Te lo has ganado —le dije—, ¿te duele?
—Muchísimo —dijo, aunque seguía sonriendo. Parpadeó un par de veces, y casi se podía ver cómo funcionaba el engranaje de su cerebro aumentando la velocidad—: No huí. Y peleé contra él. Salté encima de él.
Me quedé en silencio y dejé que lo procesase.
—Dios mío —dijo—. He hecho algo… estúpido.
—De hecho, cuando sobrevives, debes cambiar el adjetivo y decir que has hecho algo valeroso. —Le extendí mi mano derecha y Butters la sacudió, cogiéndola con fuerza.
Miró al cuerpo de Cassius y la sonrisa se desvaneció.
—¿Y qué pasa con él? —preguntó.
—Está muerto —le dije.
—No me refería a eso.
—Ah —le dije—. Dejaremos aquí el cuerpo. No tenemos tiempo para moverlo. Será un John Doe[15] en los archivos públicos, y probablemente no lo investiguen demasiado. Si conseguimos salir de aquí rápido, no será ningún problema.
—No. Quiero decir… Dios mío, está muerto. Lo hemos matado.
—Desengáñate, soy yo quien lo ha matado. Tú solo intentaste ayudarme. Frunció el ceño y sacudió la cabeza.
—Tampoco estaba hablando de eso. Me da pena.
—Pues que no te dé —le dije—. Era un monstruo.
Butters frunció el ceño y asintió.
—Pero también era un hombre. O alguna vez lo fue. Estaba muy amargado. Tenía mucho odio. Tuvo una vida horrible.
—Nótese el tiempo pasado —le dije—. «Era».
Butters apartó la vista del cadáver.
—¿Qué fue lo que pasó al final? Hubo una luz y su voz sonó… extraña. Creí que iba a matarte.
—Me lanzó el hechizo de muerte —le dije.
Butters tragó saliva.
—Supongo que no funcionó, ¿no? Quiero decir, estás respirando.
—Funcionó —le dije. Sentí esa magia despiadada agarrándome y hundiéndome—. Creo que no era lo bastante fuerte como para matarme en el acto. Así que se decidió por otra cosa.
—¿Morir solo? —preguntó Butters en voz baja—. ¿Qué significa eso?
—No lo sé —le dije—. Y no sé si quiero saberlo. —Cogí aire y lo expulsé lentamente. No tenía mucho tiempo para quedarme allí tumbado esperando a recuperarme—. Butters, no tengo ningún derecho a preguntarte esto. Ya estoy en deuda contigo, pero necesito tu ayuda.
—Ya la tienes —me dijo.
—Ni si quiera te he dicho para qué —le dije.
Butters sonrió un poco y asintió.
—Lo sé, pero ya la tienes.
Sentí que mis labios se estiraban y daban paso a una sonrisa.
—Un pequeño asalto y ya estás acostumbrado. Creo que lo próximo que sabré de ti es que has montado un club de lucha. Ayúdame a levantarme.
—No deberías —dijo muy serio.
—No tengo elección.
Asintió, se levantó y me tendió su mano. La agarré y me levanté, esperando tambalearme, o desmayarme, o vomitar, por aquel dolor que sentía. No hice ninguna de esas cosas. El dolor seguía ahí, pero no me frenaba para moverme o pensar. Butters me miraba fijamente cuando sacudió la cabeza.
Encontré mi bastón y lo recogí. Caminé hacia la exposición de Búfalo Bill. Butters cogió la vela y luego él y Ratón empezaron a caminar. Miré alrededor durante un segundo y después tiré de una cuerda larga y pesada que salía de un agujero en la pared y encendía las luces de la exposición que había en el medio de la sala. Tiré un poco de ella para enrollarla en círculos. En cuanto terminé se la pasé a Butters.
—¿Qué estás haciendo? —me preguntó.
—Preparándome —le dije—. He averiguado cosas sobre el Darkhallow.
Butters parpadeó.
—¿Sí? ¿Cómo?
—Magia —gruñí.
—Vale —dijo—. ¿Y qué has averiguado?
—Que no es un rito. Es un gran hechizo —le dije—. Y que todo depende de que puedan juntar una tonelada de energía espiritual negra.
—¿Cómo qué? —preguntó.
—Como un montón de cosas. La energía nigromante, que va por ahí animando cadáveres, se manifiesta en sombras. Los espíritus depredadores de los cazadores ancestrales. Todo el miedo que parece estar creciendo desde anoche. Además, durante los últimos años se han vivido unos momentos de turbulencia mágica seria en Chicago. Los discípulos de Kemmler pueden poner esa turbulencia a su disposición también.
—¿Y luego qué?
—Se reúnen y mantienen la energía flotando en un gran círculo. Se crea algo así como un gran torbellino que se va tragando, como un embudo, a quien intente consumir la energía… Y de repente, ¡chas!: ¡un nuevo dios!
Frunció el ceño.
—No es que yo entienda mucho de todas estas cosas mágicas, pero suena peligroso.
—Y tanto que lo es —dije y crucé la habitación hasta un estante con equipamiento de hípica—. Es como intentar inhalar un tornado.
—Joder —dijo Butters—. ¿Y eso cómo nos ayuda?
—Antes de nada, he averiguado que el torbellino es mortal en sí mismo. Acabará con la vida de cualquier ser vivo que se acerque a él.
Butters tragó saliva.
—¿Matará a cuanto lo rodea?
—En un primer momento no, pero cuando el mago que esté en el torbellino haga que el poder descienda, se creará una especie de efecto aspirador en el lugar en el que solía estar la fuerza. El aspirador acabará con cualquier ser vivo que esté a un kilómetro y medio de distancia.
—¡Dios mío! ¡Eso matará a miles de personas!
—Solo si logran terminar el hechizo —le dije—. Cuando llegue el momento, lo menos que puedes hacer es alejarte de allí todo lo posible —comenté—. Pero acercarse al torbellino, la única forma de sobrevivir es rodeándote con energía nigromántica propia.
—¿Solo de esa con fantasmas y zombis? —me preguntó.
—Exactamente —cogí una montura del estante. Después cogí otra. Colgué ambas en los dos extremos de mi bastón y lo levanté como si fuese el yugo de un labrador, con las dos sillas colgando. Empecé a bajar las escaleras.
—Pero espera —dijo Butters—. ¿Qué vas a hacer?
—Meterme en el centro del torbellino —le dije—. El esfuerzo que requiere este hechizo es increíble. No me importa lo bueno que sea Cowl. Si lo golpeo cuando intente bajar el torbellino, lo desconcentraré. El hechizo se arruinará. El contragolpe lo matará.
—¿Y nadie saldrá herido? —me preguntó.
—Ese es el plan.
Asintió y luego se detuvo de golpe. Sentí su mirada ardiendo en mi espalda.
—Pero Harry. Para llegar hasta ahí vas a tener que invocar a los muertos tú mismo.
Me detuve yo también y lo miré por encima del hombro.
Su mirada mostró que había comprendido la situación.
—Y necesitarás un tambor.
—Sí.
Tragó saliva.
—¿No te buscarás problemas con tu gente por hacer esto?
—Es posible —dije—. Pero es un detalle técnico que debo explotar.
—¿Qué quieres decir?
—Las leyes de la magia se refieren específicamente al abuso de la magia cuando se usa contra seres humanos como nosotros. Técnicamente solo cuenta SI invocas cadáveres humanos.
—Pero tú me dijiste que la gente solo invocaba humanos.
—Sí. Por eso las leyes de la magia solo hablan de la nigromancia cuando utiliza cadáveres humanos, porque casi nunca hace falta especificar. Los chalados de los nigromantes solo pueden invocar humanos y los magos sensatos no practican la nigromancia en absoluto. No creo que nadie haya intentado nada como esto.
Llegamos a la planta principal del museo.
—Va a ser peligroso —le dije—. Creo que podemos hacerlo, pero no puedo prometerte nada, no sé si podré protegerte.
Butters caminó a mi lado unos pasos más con expresión seria.
—No puedes intentarlo sin contar con la ayuda de alguien. Y si tú no detienes esto, el hechizo matará a miles de personas.
—Sí —le dije—. Pero no puedo obligarte a ayudarme. Solo puedo pedírtelo.
Se mojó los labios.
—Puedo mantener el ritmo de los latidos.
Asentí y llegué a mi destino, me bajé el improvisado yugo de los hombros y tiré las dos monturas al suelo. Mi respiración estaba un poco acelerada por el esfuerzo, a pesar de que casi no sentía dolor ni presión.
—Necesitarás un tambor.
Butters asintió.
—Había unos tamtan en el piso de arriba. Voy a por uno.
Sacudí la cabeza.
—El sonido es demasiado agudo. Tu traje de polca todavía está en el maletero del coche, ¿no?
—Sí.
Asentí. Miré hacia arriba. Más arriba. Más arriba y otro destello de luz iluminó a la altísima, pálida y terrorífica Sue, el esqueleto más completo de tiranosaurio que la humanidad haya descubierto jamás.
—Vale, Butters —le dije—, ve a buscarlo.