7

Llegué a mí apartamento y, en menos de un segundo, Butters ya estaba dentro y a salvo bajo la protección de los hechizos. Ratón apareció desde la cocina y saltó sobre mí, moviendo el rabo.

—¡Me cago en la leche! —dijo Butters—. ¡Tienes un poni!

Me reí. Ratón olfateó mi mano y luego se alejó para olisquear los píes y las piernas de Butters, dándole un aire solemne y ceremonioso a lo que hacía. Enseguida estornudó, levantó la mirada hacia Butters y empezó a mover el rabo.

—¿Puedo acariciarlo? —preguntó Butters.

—Si lo haces no te dejará en paz.

Fui a mi habitación a coger unas cosas del armario y cuando volví Butters estaba sentado frente a la chimenea, avivando el fuego y echando leña fresca. Ratón se había sentado a su lado y lo miraba con paciente interés.

—¿Qué raza es? —preguntó Butters.

—Mitad chow-chow, mitad mamut lanudo. Un chowmut lanudo.

La mandíbula de Ratón se abrió y dio paso a una sonrisa perruna.

—¡Uau! ¡Menudos dientes que se gasta! —dijo Butters—. No muerde, ¿no?

—Solo a los malos —le dije. Cogí la correa y se la enganché al collar—. Voy a llevarlo a dar una vuelta. Cuando venga a dejarlo quiero que te cierres con llave y que te quedes aquí quietecito.

Nervioso y preocupado preguntó:

—¿Te vas?

—Estás a salvo —le dije—. Tengo medidas de seguridad que no dejarían que Grevane te encontrase aunque utilizase su magia.

—¿Estás hablando de conjuros y cosas de esas?

—Sí —le dije—. Mis hechizos contrarrestarán los de Grevane e impedirán que te localice mientras resuelvo un par de asuntos.

—¿No vas a estar aquí? —me preguntó Butters. No parecía muy confiado.

—Grevane no te encontrará —sentencié.

—¿Y si lo hace?

—No lo hará.

—Ya, ya, seguro que no. Te creo —dijo Butters tragando saliva—. Pero ¿y si lo hace?

Intenté sonreírle de manera tranquilizadora.

—También tengo otros hechizos que impiden que nadie cruce la puerta. Ratón te vigílará y le voy a dejar una nota a Thomas pidiéndole que se quede en casa esta noche, solo por si acaso.

—¿Quién es Thomas?

—Mi compañero de piso.

Cogí un trozo de papel y un bolígrafo de una caja que estaba bajo la mesita y escribí una nota.

Thomas:

Han salido a la palestra unos nuevos malos y se quieren cargar al hombrecillo que está en el cuarto de estar. Se llama Butters. Lo he traído aquí para mantenerlo fuera del radar mientras negocio con ellos. Hazme un favor y vigílalo hasta que vuelva.

Harry

Doblé la nota y la dejé allí encima.

—Es listo y bastante fuerte. No sé cuándo volverá, pero cuando lo haga dile que yo te traje aquí y dale esta nota. Estarás bien.

Butters exhaló despacio.

—Vale, ¿y adónde vas?

—A la librería —le dije.

—¿Por qué?

—Grevane estaba leyendo un ejemplar del libro llamado Die Lied der Erlking. Quiero saber por qué.

Butters se quedó mirándome durante un segundo y dijo:

—En aquella situación, entre amenazas, pistolas, zombis y no sé qué más, ¿te fijaste en el libro que tenía en la mano?

—Pues sí. Joder, soy un fuera de serie.

—¿Y yo qué hago? —me preguntó.

—Duerme un poco. —Estiré el brazo y señalé la estantería—. Puedes leer, si lo prefieres, y coge lo que quieras de la cocina. ¡Ah! Una cosa más: no abras la puerta bajo ningún concepto.

—¿Por qué no?

—Porque el hechizo podría matarte.

—¡Oh! —dijo—. Claro, por supuesto, el hechizo.

—No estoy de broma, Butters. Está ahí para que nadie pueda entrar, pero si abres la puerta puede tener un efecto de absorción. Thomas y yo tenemos un talismán que nos permite entrar. A cualquier otra persona, la destrozaría.

Tragó saliva.

—Bien. Vale. ¿Y qué pasa si el perro tiene que salir?

Suspiré.

—Sería imposible que el perro estropease este lugar más de lo que lo hace Thomas. De todas formas, vamos, Ratón, tenemos que asegurarnos de que te quedas relajado.

Ratón tenía un sexto sentido: sabía que cuando teníamos prisa no debía hacerse el remolón en el patio de la pensión. Fuimos hasta nuestra pequeña zona designada y volvimos sin retrasos. Lo metí dentro de casa con Butters, aceleré el Escarabajo y me dirigí a Bock Ordered Books.

Artemis Bock, el propietario de la tienda de ciencias ocultas más antigua de Chicago, era un viejo conocido de la zona del parque Lincoln, y la librería llevaba abierta desde mucho antes de que yo llegara a la ciudad. Aquel barrio, que era una extraña mezcla de lo peorcito de la gran ciudad, convivía, codo a codo, con el erudito ambiente de la universidad de Chicago. A pesar de ser mago aquel no era el tipo de lugar por el que me gustaba pasear de noche, pero esta vez no tenía elección.

Aparqué el Escarabajo una manzana más abajo de donde estaba la tienda, al otro lado de la calle. En las ventanas de las casas baratas de aquella zona ondeaban los colores de las bandas callejeras a las que pertenecían sus inquilinos. No me preocupaba que alguien intentara forzar y robar el Escarabajo azul mientras iba a la tienda, ya que no resultaba un coche muy tentador como para molestarse. De todas formas, para no correr riesgos, no hice ningún esfuerzo por esconder la pistola: con mucha calma, mientras me alejaba del coche, me la coloqué en la funda del hombro, bajo el abrigo. También tenía el bastón conmigo y, cuando cerré la puerta del coche, lo cogí con firmeza con la mano derecha. Empecé a andar calle abajo, muy consciente de mis actos, manteniendo una expresión tranquila y fría. No tenía permiso para llevar armas ocultas, así que podría acabar en la cárcel por pasearme con aquello. Por otro lado, aquella zona de la ciudad era el lugar favorito de algunos de los malvados habitantes del mundo sobrenatural, así que más probable que acabar en la cárcel era acabar en la tumba, y tendría muchas más papeletas para la segunda opción si se me ocurriese pasearme sin la pistola. Cuando me encuentro frente a este tipo de encrucijadas, me suelo inclinar por la supervivencia, gracias.

En el paseo hacia la tienda me crucé con un par de borrachuzos y traté de ignorar a una mujer que, pálida, escuálida y con la mirada vacía, se tambaleaba hacia mí, ataviada únicamente con unas medias de leopardo, un abrigo de piel y un sujetador. Sus pupilas se habían dilatado tanto que sus ojos azules parecían negros, y estaba demasiado colocada para caminar. Probablemente no fuese muy mayor, pero la vida había sido dura con ella. Me vio y por un segundo pareció que iba a ofrecerme sus servicios. Pero al acercarse y fijarse en mi cara, se hizo a un lado deseando volverse invisible. Pasé a su lado sin abrir la boca.

Era una noche muy fría. En pocas semanas haría tanto frío que personas como aquellas, los borrachos o la yonqui, verían su vida peligrar. Alguien encontraría un cuerpo y otro alguien, más tarde, llamaría a la policía. El agente de turno aparecería y cubriría el informe policial en el que constaría que el cuerpo encontrado se habría quedado sin vida por congelación letal. Algunas veces no era un accidente. Las bajas temperaturas facilitaban mucho la situación para que un camello, por ejemplo, matase a esa persona que tanto le sacaba de quicio. Solo es necesario un empujoncito para rematar la faena: quitarles alguna prenda de abrigo y dejar que la noche los devore. La mayoría de esos cuerpos solían encontrarse a unas manzanas de donde yo estaba.

Puede que estuviera a unos treinta metros de la tienda, cuando crucé la línea invisible donde la atmósfera opresiva y peligrosa de la parte diabólica de la ciudad disminuye varios grados. Algunos pasos después atisbé, en la distancia, un edificio del campus de la universidad de Chicago. Me proporcionó cierta tranquilidad, pero esa promesa tácita de seguridad y de cumplimiento de la ley era solo una ilusión. Los crímenes disminuían a medida que te acercabas al campus, sin embargo, lo único que evitaba que los elementos oscuros traspasaran las fronteras de los dos mundos eran puros convencionalismos y patrullas de policía relativamente frecuentes.

Bien, había algo más, pero yo no me podía permitir su implicación. Mavra me había prohibido que nadie más se involucrase, y eso quería decir que, aunque necesitase ayuda, no debía ni pensar en pedirla. Solo dependía de mí. Y si los problemas venían a visitarme, tendría que resolverlos solito.

Los depredadores responden al lenguaje corporal. Circulé como si estuviese de camino a arrancarle la cara a alguien, hasta que llegué a la tienda y entré.

Artemis Bock, el propietario, estaba sentado detrás del mostrador, mirando hacia la puerta. Era un hombre enorme, de unos cincuenta y tantos años, muy ancho de hombros y sin afeitar, estaba bastante gordo pero se adivinaban unos curtidos músculos bajo aquella capa de grasa. Sus nudillos parecían, por el tamaño y la textura, pelotas de golf; en ellos tenía cicatrices de heridas que debía de haberse hecho antes de ser vendedor. Probablemente no fue nada tan potente como un mago, pero sabía bien cómo moverse por Chicago entre la teoría básica de magia. Su tienda estaba protegida con media docena de sutiles hechizos que eran de gran ayuda para ahuyentar a quien estuviese buscando problemas.

Las campanillas de la puerta tintinearon cuando entré y simultáneamente otra más grave sonó por algún sitio más allá del mostrador. Bock tenía un brazo en el tablero y otro oculto en la parte de abajo. No lo puso a la vista hasta que se encontró con mi cara a través de sus gafas de leer. Asintió. Cruzó los brazos encima del mostrador otra vez, se encorvó sobre lo que parecía una revista de coches y dijo:

—Señor Dresden.

—Bock —contesté asintiendo.

Sus ojos brillaron cuando vio mi bastón y me dio la sensación de que, por alguna razón, sabía que llevaba una pistola bajo la chaqueta.

—Necesito meterme en la jaula —le dije.

Sus pobladas cejas se convirtieron en una sola.

—Los centinelas estuvieron aquí hace menos de un mes. Mi tienda está limpia y lo sabe.

Levanté la mano del guante en un gesto pacífico.

—No estoy en visita de inspección. Son asuntos personales.

Hizo un ruido sordo con la garganta, la intención era algo intermedio entre reconocimiento y disculpas. Echó la mano hacia atrás sin mirar y alcanzó una llave que colgaba de un gancho en la pared. Me la pasó. Tuve que dejar que mi bastón cayese sobre la sinvergüenza de mi mano izquierda para poder coger la llave con la derecha. Estoy seguro de que no fue nada elegante, pero por lo menos no se me cayeron al suelo las dos cosas, que habría sido más propio de mí.

—¿Quiere venir conmigo? —le pregunté. Bock no dejaba que los clientes examinaran los libros de la jaula sin su supervisión.

—¿Y qué le voy a decir? —me dijo mientras pasaba una hoja de la revista.

Asentí y decidí empezar por el final de la tienda.

—Señor Dresden —dijo Bock.

—¿Sí?

—Circula el rumor de que un asunto muy escabroso está teniendo lugar. Bill ha venido hoy por aquí y dice que la gente está muy nerviosa.

Hice una pausa. Billy Borden era el líder de una banda de auténticos hombres lobo que se hacían llamar los Alphas y vivían en el vecindario del campus. Unos cuatro años atrás, los Alphas habían aprendido a transformarse en lobos y habían declarado los alrededores del campus, zona libre de monstruos. Para demostrarlo despellejaron a unos cuantos, y lo hicieron tan bien que el inframundo local (compuesto por vampiros, necrófagos y otros del estilo) decidió que seria más fácil ir a cazar a otra parte.

La comunidad mágica de Chicago, es decir, los humanos, se ubicaban en torno a unos cuantos barrios de la ciudad. El grupo que vivía en la zona del campus era el más pequeño, pero probablemente el más informado de todos. Los rumores siempre encuentran la manera de infiltrarse en los ambientes del ocultismo, cuando algo malvado se desata todos se apresuran a resguardarse o esconderse. Es el instinto de supervivencia, que yo defiendo a capa y espada, de aquellos que desarrollaron algún talento para la magia, pero no el suficiente para considerarse una amenaza. La situación ya estaba en la cuerda floja, como para que el novato de Billy, que no tiene más que un truco para todo, pretendiera lanzarse al vacío y enfrentarse él solo a los malos.

Por supuesto, eso era exactamente lo que Billy Borden había hecho. Billy y compañía no le llegaban ni a la suela de los zapatos a Grevane. Que no se me malinterprete: son una auténtica amenaza para un nivel medio de magia negra, sobre todo si trabajan unidos, pero no estaban acostumbrados a enfrentarse a alguien de la talla de Grevane. Billy tenía que quitarse del medio, pero no podía ponerme en contacto con él para decírselo. Joder, incluso aunque lo hiciera, se pondría a gritarme como un poseso y me diría que podía encargarse de esto él solo. Si quería que se escondiese, tendría que hacerlo de otra manera.

—Si lo vuelve a ver —le propuse a Bock—, dígale de mi parte que se oculte, pero que mantenga los ojos bien abiertos. Y que se ponga en contacto conmigo antes de hacer nada.

—Algo está pasando —dijo Bock. Sus ojos brillaron al mirar el calendario.

De repente me di cuenta de que había tres o cuatro pares de ojos más en la tienda. Eran otros clientes. Es verdad que era tarde, pero la comunidad ocultista no es que tenga precisamente unos horarios muy convencionales y, además, solo faltaban dos días para Halloween. Miento, ya era casi la una de la madrugada, así que Halloween sería al día siguiente. Eso significaba para muchos el famoso «truco o trato», pero para otros era el temido Samaín, por no hablar de todas las creencias relacionadas con ese día que existían dentro de los círculos del ocultismo. Había que hacer ciertas compras.

—Puede ser —le dije a Bock—. Quizás estaría bien que se resguardase detrás del umbral después de la medianoche los próximos dos días. Por si acaso.

La expresión de Bock me reveló que pensaba que yo no le estaba contando todo lo que sabía. Le contesté, también con la mirada, que se metiese en sus putos asuntos, y me dirigí hacia el fondo de la tienda.

La tienda de Bock era más grande de lo que parecía desde fuera. Hubo un tiempo en el que la parte de atrás fue una taberna clandestina y la de delante una tienda ultramarinos de barrio. La parte delantera contaba ahora con una zona donde se exponían bolas de cristal, incienso, velas, aceites, varitas mágicas y todo tipo de instrumentos simbólicos para rituales de magia. Todo muy new age para los clientes interesados. Había varias estatuas e imágenes para santuarios personales, esterillas para meditación, algunos muebles y otros objetos de decoración de cualquier religión alternativa que se te pueda ocurrir, incluyendo figuras de Buda y Ganesh.

Detrás de la zona de ocultismo había varias filas de estanterías repletas de libros que convertían aquello en la más amplia sección de ocultismo, del mundo sobrenatural, paranormal y místico de la ciudad. La mayoría de los libros estaban cargados de filosofía o religión, sobre todo, de cualquier tipo wicca; pero también había textos hindúes, cabalísticos, de vudú… e incluso en un par se trataban las antiguas religiones nórdicas y griegas. Sorteé todo aquello. La magia no era algo que necesitase de Dios, o de un dios, o de varios dioses para que te ayudasen, sin embargo, mucha gente así lo creía. Incluso algunos magos del Consejo eran profundos creyentes y sentían que era precisamente aquello lo que los obligaba, de alguna manera complicada, a practicar su magia.

Por supuesto, si así lo creían, mejor para ellos. La magia está íntimamente ligada a la confianza del mago. Algunos dirán que está relacionada con la fe del mago, que es prácticamente lo mismo. Tienes que creer en la magia para que funcione, no llega con pensar que va a pasar. Hay que pensar que tiene que pasar.

Esto es lo que hace que gente como Grevane sea tan peligrosa. La magia es esencialmente una fuerza de creación, de vida. La nigromancia de Grevane se burla de la vida, incluso cuando la utiliza para destruirla. Además de ser algo criminal y asqueroso, era absolutamente deshonesto utilizar la magia para crear una imitación podrida de vida humana. Se me revolvió el estómago solo con imaginarme haciendo un hechizo de ese tipo. Y Grevane creía en ello.

Todo eso lo convertía en un demente cada vez más perdido. Un lunático mortal, poderoso, tranquilo e inteligente. Sacudí la cabeza. ¿Cómo hacía para acabar siempre metiéndome en estos líos?

Me deslicé entre las estanterías hasta llegar a una puerta que había al final de la pared. A pesar de no estar muy escondida, no tenía marco y se hallaba a ras del muro que la rodeaba, tapizada con el mismo papel. Años atrás, aquella puerta estuvo abierta para que los clientes pudiesen pasar a beber sustancias ilegales. Ahora permanecía cerrada. Utilicé la llave de Bock para abrir y me colé hasta el fondo.

La parte trasera no era muy grande, consistía en una habitación con una oficina en una esquina y un par de estanterías con libros; en la pared de enfrente había una reja de hierro muy pesada. La habitación estaba llena de cajas, estantes y mesas, donde Bock guardaba el inventario que le sobraba (si es que le sobraba algo) y donde organizaba el embalaje de los pedidos que solicitaba. Había dos luces prendidas en las tomas de corriente de las paredes. La puerta de la oficina estaba entreabierta y la luz encendida. En la radio había sintonizada una emisora de rock clásico.

Fui hacia la puerta que había al lado de la reja de hierro y abrí el pestillo para poder entrar en la jaula. Bock guardaba allí todos los textos valiosos. Tenía, en el estante más alto, la primera impresión original de A través del espejo, de Lewis Carroll, autografiada y cuidadosamente plastificada. Entre otros, pues allí se podían encontrar muchos libros peculiares, algunos de ellos incluso de más valor.

Las otras estanterías estaban repletas de textos serios sobre la teoría de la magia. La información de muchos estaba sesgada con opiniones personales y filosofía, igual que lo estaban sus homólogos más modernos de las estanterías de la parte delantera. La diferencia residía en que la mayoría de ellos estaban escritos por miembros del Consejo de otra época. Había muy pocos volúmenes que tratasen la magia en un sentido tan elemental, como fuente pura de energía, de la forma en la que a mí me lo habían enseñado. Una notable excepción era Magia elemental, de Ebenezar McCoy. Era el primer libro que la mayoría de los magos leía y del que se aprendían las primeras lecciones. En él se trataba el asunto de las tuercas y los tornillos y el movimiento de la energía; también se hacía hincapié en la necesidad de control y responsabilidad por parte del mago.

Sin embargo, ahora que lo pensaba, Ebenezar nunca me proporcionó un ejemplar de su libro cuando me formó. Ni siquiera dedicó más de uno o dos días a charlar sobre él. Me había dicho lo que esperaba de mí y luego me lo demostró. Un método de enseñanza verdaderamente eficaz, en mi opinión.

Cogí un ejemplar del libro y lo miré durante un momento. Se me hizo un nudo en el estómago. Por supuesto, también me había mentido. O por lo menos nunca me contó toda la verdad. Durante todo el tiempo que me estuvo enseñando permaneció bajo las órdenes del Consejo, según las cuales debería ejecutarme si no me comportaba como era debido. No siempre me comporté como era debido. El viejo no me mató, pero tampoco confió en mí lo suficiente como para ser sincero. No me dijo que se dedicaba a hacer el trabajo sucio del Consejo. Que era un mandado y que rompía las leyes de la magia y ellos le daban su bendición. Traicionó la misma responsabilidad sobre la que escribió, sobre la que habló y de la que, según parece, vivió.

Estaba intentando protegerte, Harry, me dije a mí mismo.

Pero eso no lo convierte en correcto.

Nunca intentó ser un héroe ni un ejemplo para ti. Eso fue cosa tuya.

No cambia nada.

Nunca quiso hacerte daño. Tenía buenas intenciones.

Y la carretera al infierno está asfaltada con ellas.

Tienes que superarlo. Tienes que perdonarlo.

Cerré de golpe el libro y lo dejé en la estantería. Era demasiado cruel.

—¿Hola? —dijo una voz de mujer a mi espalda.

Casi me da un ataque. Mi bastón repiqueteó en el suelo, cuando me di la vuelta mi brazalete escudo estaba encendido y expulsando chispas, y la pistola del 44 estaba en mi mano derecha, apuntando a la oficina.

Era joven, tendría unos veinticinco años como mucho. Llevaba un vestido de lana largo y de cuello vuelto con una chaqueta; todo en tonos grises. Tenía el pelo castaño y recogido en un moño con un par de lápices. Las gafas y aquella cara con forma de corazón, con facciones suaves y seductoras, la convertían en una mujer muy atractiva. Tenía la barbilla y los dedos de la mano derecha manchados de tinta. Llevaba una etiqueta con su nombre en la que se veía el logo de la tienda y, debajo: «Hola, me llamo Shiela».

—¡Oh! —dijo muy tensa y empezando a ponerse pálida—. ¡Oh! Humm, llévese lo que quiera, no diré nada.

Dejé salir el aire entre los dientes y despacio bajé la pistola. Por haber escuchado una voz un poco elevada casi la emprendo a tiros. ¿Estás tenso, Harry? Expulsé la energía por mi brazalete escudo y se fue atenuando.

—Lo siento, señorita —le dije, tan educadamente como me fue posible—. Me asustó.

Parpadeó y me miró durante un segundo, sus facciones transmitían confusión.

—¡Oh! —dijo entonces—. No está robando.

—No —le dije.

—Eso está bien. —Se puso una mano en el pecho respirando algo aceleradamente. Debía de tener un pecho bastante generoso, dado que se apreciaban las curvas de su escote incluso con la chaqueta puesta. ¡Ah, fiel libido! Incluso cuando estoy hasta arriba de problemas, estás ahí para distraerme de cosas tan triviales como la supervivencia—. ¡Oh! Entonces es un cliente, supongo, ¿necesita ayuda?

—Solo estaba buscando un libro —le dije.

—Bueno —habló con ánimo mercantil—, para empezar, encienda esa lámpara que tiene ahí al lado y ahora encontraremos lo que está buscando. —Lo hice y Shiela se colocó bien la falda antes de acercarse hasta donde yo estaba. Tenía una altura media, tal vez un metro sesenta y siete o sesenta y ocho, lo que quería decir que era unos treinta centímetros más baja que yo. Se paró cuando estuvo cerca y me miró a través de sus gafas—. Usted es él. Es Harry Dresden.

—Eso es lo que el IRS[8] para de repetirme —dije.

—¡Vaya! —dijo. Se le iluminaron los ojos. Tenía unos ojos muy oscuros que le quedaban muy bien con la piel tan clarita. Cuando la tuve más cerca, pude comprobar que su atuendo era de gran ayuda para contener sus curvas. No es que fuera una modelo de bikinis, pero se veía que sería muy agradable acurrucarse junto a ella en una noche fría.

Tío, necesitaba salir más y quedar con chicas. Me froté los ojos y obligué a mi mente a volver al mundo real.

—Desde que llegué a Chicago —dijo ella—, siempre he querido conocerle.

—¿Es nueva en la ciudad? No la he visto por aquí antes.

—Hace seis meses que llegué —explicó—. Llevo cinco trabajando aquí.

—Bock la hace trabajar hasta muy tarde —le dije.

Asintió y se separó un ricito de pelo de la mejilla, dejándolo manchado de tinta.

—Es final de mes, estoy haciendo inventario. —De repente se afligió y dijo—: Ni siquiera me he presentado.

—¿Shiela? —intenté adivinar.

Se me quedó mirando durante un segundo y luego se ruborizó.

—Ah, claro. Lo pone en la etiqueta.

Le ofrecí la mano.

—Soy Harry.

Me dio la mano. Su pulso era firme y su piel suave y tibia; tenía un cosquilleo de energía propio de alguien que cuenta con un talento menor, pero que debe practicarlo.

Nunca me había preguntado cómo sería para otra persona sentir mi aura. Shiela respiró profundamente y su brazo saltó. Sus dedos emborronados apretaron mi mano con fuerza durante un segundo y me la mancharon.

—¡Oh! Lo siento, lo siento.

Me sequé la mano en mis pantalones de faena.

—He visto manchas peores esta noche —le dije—. Lo que me lleva de vuelta a los libros.

—¿Has manchado un libro? —me preguntó. Su cara y su voz reflejaron angustia.

—No. Solo era una asociación de ideas mal traída.

—¡Ah! Ah, vale —dijo asintiendo. Distraídamente entrelazó sus manos y dijo—: Estás aquí por un libro, ¿qué estás buscando?

—El título del libro es Die Lied der Erlking.

—Ah, yo ya lo he leído. —Arrugó la nariz, miró a lo lejos durante un segundo y volvió a hablar—: Hay dos ejemplares, en el estante de la derecha, la tercera fila desde arriba, el octavo y el noveno por la izquierda.

Parpadeé y me quedé mirándola. Enseguida fui hacia la estantería y encontré el libro donde ella había dicho.

—¡Uau! Bien hecho.

—Memoria fotográfica —dijo con una sonrisa orgullosa—. Es algo así como… un don que tengo. —Hizo un gesto con la mano con la que me había tocado.

—Debe de ser muy práctico para hacer inventario. —Miré otra vez hacia la estantería—. Aunque solo hay un ejemplar.

Frunció el ceño y se encogió de hombros.

—El señor Bock habrá vendido el otro esta semana.

—Seguro que sí —le dije, preocupado. Me molestó imaginarme a Grevane en aquella tienda, hablando con gente como Bock o Shiela. Cerré la jaula y me dirigí despacio hacia la parte delantera de la tienda.

Abrí el libro. Había oído alguna referencia antes, en otros trabajos. Se suponía que estudiaba las tradiciones populares alrededor del Erlkoenig o Elfking. Al parecer era un ser del reino de las hadas con un poder considerable, tal vez homólogo a las reinas de la Corte de las Hadas. El libro había sido recopilado, a principios del siglo pasado, por el mago Peabody, a partir de las notas de una docena de diferentes magos cascarrabias, la mayoría ya muertos. Estaba considerado un trabajo de pura especulación.

—¿Cuánto es? —pregunté.

—Tiene que estar ahí puesto, dentro de la tapa —dijo Shiela, andando educadamente a mi lado.

Miré. El libro costaba casi la mitad de la mensualidad de mi alquiler. No me extraña que no lo hubiese comprado antes. Las cosas no me habían ido mal últimamente, pero después de hacerme con la licencia de Ratón, sus vacunas y los camiones de comida que se tragaba, sumado a los problemas de Thomas con el trabajo… no me había sobrado nada. Tal vez Bock me lo pudiera alquilar o algo así.

Shiela y yo salimos de la parte trasera y empezarnos a caminar por la parte de delante. Cuando llegamos a la zona de los libros me dijo:

—Bueno, creo que ya conoces el camino desde aquí. Ha sido un placer conocerte, Harry.

—Lo mismo digo —le dije, sonriendo. Oye, era una mujer, y muy guapa. Su sonrisa era simplemente adorable—. Tal vez nos volvamos a tropezar.

—Me gustaría. Lo único que, si puede ser, la próxima vez sin pistola.

—Así que eres un poco antigua, ¿eh? —le dije.

Se rió y se fue hacia la parte trasera.

—¿Ha encontrado lo que quería? —me preguntó Bock. Su voz sonaba rara, había algo en ella, pero no sabía bien el qué. No había ninguna duda de que estaba incómodo.

—Eso espero —le dije—. Humm, sobre el precio…

Bock puso mala cara bajo sus gruesas cejas.

—Ah. ¿Aceptaría un cheque?

Echó una mirada alrededor y luego asintió.

—Claro. Por ser quien es.

—Gracias —le dije. Le escribí un cheque, esperando que no se lo rebotasen antes de que saliese por la puerta. Eché yo también una mirada alrededor—. ¿Le he espantado a los clientes?

—Puede ser —me dijo incómodo.

—Lo siento —le dije.

—A veces pasa.

—Puede que sea mejor para ellos que estén en sus casas. Y, de hecho, para usted también lo sería.

Sacudió la cabeza.

—Yo tengo un negocio que sacar adelante.

Era adulto y llevaba en esta ciudad más tiempo que yo.

—Vale —le dije y le tendí el cheque—. ¿Vendió el otro ejemplar que tenía en el inventario?

Puso el cheque en el registro y metió el libro en una bolsa de plástico, la cerró y luego lo metió en un paquete de papel.

—Hace dos días —dijo después de pensarlo durante unos segundos.

—¿Se acuerda de a quién?

Resopló y sacudió su papada.

—Un señor mayor. Pelo largo, en disminución. Manchas en la piel.

—¿Con la piel muy flácida? —le pregunté—. ¿Se movía como muy tieso?

Bock volvió a mirar alrededor, nervioso.

—Sí, es ese. Mire, señor Dresden, yo solo llevo una tienda, ¿vale? No quiero meterme en ningún lío. No tenía ni idea de quién era ese hombre. Era solo un cliente.

—Está bien —le dije—. Gracias, Bock.

Asintió y me pasó el libro. Doblé la bolsa, me la metí en un bolsillo del guardapolvo y saqué las llaves del coche.

—¡Harry! —la voz de Shiela sonó baja pero urgente. Parpadeé y la miré.

—¿Sí?

Asintió y miró hacia la parte delantera de la tienda, su cara transmitía ansiedad. Miré hacia fuera.

En el exterior de la tienda había dos figuras. Estaban vestidas más o menos idénticas, togas largas y negras, capas largas y negras, mantos negros y grandes, y unos capuchones gigantescos y oscuros que no dejaban ver las caras que se hallaban dentro. Una silueta era más alta que la otra, pero, aparte de eso, lo único que hacían era permanecer quietas en la acera, esperando.

—Ya les dije la semana pasada a esos mismos tíos que no quería comprar ningún anillo —dije y miré a Shiela—. ¿Te has fijado? Soy muy gracioso cuando estoy bajo presión. Era un chiste de Tolkien.

—¡Ja! —dijo Bock, algo más que preocupado—. No quiero problemas aquí, señor Dresden.

—Tranquilo, Bock —hablé—. Si buscasen problemas, habrían tirado la puerta abajo.

—¿Han venido a hablar contigo? —preguntó Shiela.

—Probablemente —opiné. Por supuesto, si fueran más integrantes de la escuadra de Kemmler, habrían entrado directamente para intentar matarme. Grevane ya lo habría hecho. Repiqueteé los dedos, pensativo, a lo largo de mi bastón de madera.

Bock me miró, su expresión reflejaba preocupación. No era un tipo que se asustase fácilmente, pero tampoco era ningún tonto. Ya había destrozado tres… no, espera, cuatro, no, bueno, ya había destrozado, por lo menos, cuatro edificios durante los casos en los que trabajé en los últimos años, y no quería que la librería Bock Ordered Books apareciese en esa lista. Eso me dolía. Las personas normales me miraban como si estuviese loco cuando les decía que era un mago. Y los que ya lo sabían no me miraban como si estuviese loco, me miraban como si fuese un loco peligroso.

Supongo que cuatro edificios después, tenían sus razones para pensarlo.

—Tal vez sea mejor que cierren la tienda esta noche —les dije a Bock y a Shiela—. Voy a salir a hablar con ellos.