III
—Pobre hombre, ¡no soporta tener que hacerlo! —observó pesarosa Lady Sandgate dirigiéndose al que había quedado de sus dos invitados después de que Lord John, hallándose sometido a una presión extrema, hubiese tenido que abandonar a toda prisa la mansión de Bond Street.
—¡Ya lo creo que no! —Lord Theign, sonrojado tras haber exhibido tal arte para expresar su propia personalidad, apenas dio importancia al asunto—. Pero la verdad es que se pasa de la raya, y eso ayuda a aclarar las cosas... ¡bah! Ahora —echó una ojeada al reloj— debo ir a ver a Kitty.
—Kitty... teniendo en cuenta lo que ella quiere, ¡no le va a estar muy agradecida por lo que ha hecho! —opinó Lady Sandgate.
—Ella jamás me agradece nada —era evidente en ese momento que la resignación de Lord Theign acrecentaba su amargura—. ¡De modo que tampoco hay que lamentarlo mucho!
—En todo caso, ¿no va a esperar usted a Bender? —preguntó su anfitriona.
Lord Theign se mostró indiferente.
—¿Qué se supone que debo hacer con él ahora?
—Bueno, está claro, ¡si él acepta el precio que usted le diga...!
Lord Theign se quedó meditando, y después, como si se divirtiera hasta cierto punto consigo mismo, dijo:
—¡Que me parta un rayo si sé cuál es mi precio! —Entonces fue a buscar su sombrero—. Pero hay un asunto más —recordó mientras volvía con él—; ¿dónde está mi descastada hija?
—Si se refiere a Grace, y de verdad quiere verla, haré que lo averigüen.
—Ahora no. —Entonces se acordó—: ¿Se ve con el charlatán ése?
—¿El señor Crimble? Sí, se ve con él.
Lord Theign mantenía la mirada clavada en ella.
—¿Cómo de lejos han llegado?
Lady Sandgate superó una cierta turbación.
—Bueno, aún no han llegado, creo, tan lejos como querrían.
—¿Y ellos querrían —¡válgame Dios!— casarse?
—Sospecho que sí. ¿Qué posición adoptaría usted llegado el caso?
Lord Theign respondió con la debida prontitud:
—Me parecería sencillamente innoble por parte de Grace.
El vehemente rechazo que inspiraba a Lady Sandgate esta clase de lenguaje se vio atemperado por la cautela.
—Ah, querido, ¿tan terrible es?
No podía evitar sentir una oscura repugnancia ante la idea en cuestión.
—Nos decepciona tanto... Es caer tan bajo respecto a lo que hemos sido y lo que hemos hecho siempre; ¡tan bajo, tan bajo, tan bajo que me asombra que no se dé usted cuenta de ello!
—Oh, ¡a ese respecto creo que aún le quedan muchos motivos para no perder el ánimo! —Lady Sandgate lanzó una carcajada reconfortadora.
Lord Theign pareció reflexionar sobre los vagos motivos a los que había aludido su amiga; no dio, sin embargo, la impresión de considerarlos suficientes como para colmar del todo el anhelo que le imponía su carácter.
—Bueno, querida —dijo en un tono más suave—, me va a hacer falta todo el agrément que su afecto sea capaz de proporcionarme.
Era imposible dar una respuesta más profusa que la que dio entonces Lady Sandgate; por lo demás, nada hubiera podido ser más grato que la modestia que demostró:
—Ah, mi afectuoso Theign es, como usted creo que sabe, una fuente permanentemente desbordada, pero cuando se encuentra en un entorno más mundano —usted mismo lo habrá comprobado— no es más que una pobre hebra enredada en mis lamentables asuntos, un junco roto; no tan grande, en todo caso, como solían decir que era! Usted es, de acuerdo con el sentido natural de grandeza, el gran hombre por antonomasia en su forma de hacer y de tomarse las cosas, y lo es instintivamente.
Pero Lord Theign suspiró y gruñó, pensando en las previsibles contrariedades, presintiendo la tensión y la fatiga que le traería aquella resolución de su hija.
—Si lo que quiere decir es que mantengo la cabeza bien alta por las más nobles razones, le concedo que siempre he hecho eso. ¿Pero hasta cuándo van a seguir mis hijas cometiendo vulgaridades semejantes? Por el amor de Dios, ¿por qué se comportan así? ¿Qué diablos les ha ocurrido?, y ¿existe de veras el peligro de que, cuando Grace me ofrezca como prueba de su libertad y muestra de su peculiar gusto un yerno como el que usted dice, no me quede más remedio que tragar?
—¿Le parece tan inaceptable el señor Crimble? —preguntó Lady Sandgate como si de veras hubiese algo que decir.
—En las dos ocasiones en que me encontré con él antes de marcharme me pareció en extremo insolente y desvergonzado, pero aun cuando le enfureciese menos a uno e hiciera revolverse con menos violencia el viejo sentido del decoro que uno tiene, todo lo relacionado con él haría en todo caso inconcebible esa clase de relación.
Pero la voz del señor Gotch impidió a Lord Theign precisar qué clase de relación sería concebible aun a pesar de los defectos de Hugh: aquél había abierto de par en par la puerta al tiempo que pronunciaba de forma algo indecisa las palabras «El señor Breckenridge Bender». Lord Theign lanzó un grito de impaciencia, en tanto que Lady Sandgate dijo:
—¿Va a subir?
—Si Lord Theign acepta recibirle.
—Oh, se le pasó la hora —declaró Lord Theign—, ¡no puedo recibirle ya!
—¿Pero de veras no puede?... ¿Y no puedo yo recibirle entonces? —Lady Sandgate aguardó sin embargo a que la falta de respuesta significase «Hágale pasar»; Lord Theign, por su parte, no pudo por menos de soltar un gruñido de desganado asentimiento, como si le asombrara el que ella insistiese tanto en ello. Quizá le resultó hasta cierto punto iluminador el hecho de que ella continuase hablando mientras Gotch cumplía su orden—. ¿La clase de relación que usted estaría condenado a mantener con el señor Crimble supondría para usted caer más bajo, como le gusta decir, que la que viene manteniendo con el señor Bender?
Lord Theign respondió fijando en ella una mirada que no podía ser menos esclarecedora.
—¿Quiere decir que si los odio a los dos por igual?
Pero Lady Sandgate le atajó con un «¡Calle!» que le advertía de la presencia de Bender; la persona encargada de anunciarlo ya se había retirado.
Deseoso como estaba de marcharse, Lord Theign prescindió al instante de toda ceremoniosidad:
—Lamento no poder darle más de un minuto, señor Bender, y si ha tenido que esperar, como les ocurre a menudo a las personas bulliciosas como usted, por lo menos le aliviará saber que acabo de ordenar el cierre de la exposición. Sin demora. —Lo dijo con la firmeza necesaria para hacer inútil cualquier réplica o ruego.
La gran sorpresa de Bender se diluyó rápidamente en la naturalidad aún mayor de Bender.
—¿Cómo? ¿Lo dice en serio, Lord Theign? ¿Ha decidido retirar una obra que procura un placer inocente a miles de personas?
—Bueno —dijo con brusquedad Lord Theign—, si la han visto miles de personas se han cumplido mis deseos, y si les ha dado placer estoy satisfecho... y le invito a usted a estarlo.
—En otras palabras, ¿puedo ser yo quien retire el cuadro?
—Está bien... siempre que acepte el valor que he estimado.
—¿Pero cuál es, Lord Theign, cuál ha sido desde un principio su estimación? —preguntó en tono casi patético Bender.
Lord Theign, que ya se marchaba, guardó nuevamente silencio, y una vez alcanzada la puerta dirigió una súplica profunda a los lúcidos ojos de su anfitriona: este breve diálogo silencioso pareció inspirar su respuesta.
—Lady Sandgate se lo dirá. —La puerta se cerró tras él.
La encantadora dama sonrió entonces a su otro amigo, cuya apabullante presencia parecía exigirle una explicación sobre tan extraño proceder.
—Quiere decir que el valor que usted ha propuesto es escandalosamente alto.
—¿Pero cómo puedo saber cuánto a menos que averigüe lo que está dispuesto a aceptar él? —Era evidente que el vigor del gran coleccionista de arte, con ser ya muy grande, no había aún alcanzado, sin embargo, el límite de su expansión—. ¿Acaso está aguardando ansiosamente a que se demuestre que el cuadro no es lo que sostiene el señor Crimble?
—No, él no está aguardando nada... Porque entiende que el terrible dictamen negativo de Pappendick, del que usted le escribió informándole, ha echado del todo por tierra la tesis del señor Crimble.
El rostro de Bender —enorme, a medio hacer— se volvió grave de pronto, evocando un terreno yermo que se hallase amenazado por una nube negra.
—Le escribí para informarle de manera totalmente honesta sobre Pappendick, pero también para decirle que aceptaría el cuadro en cualquier caso, aun a pesar del dictamen negativo.
—Ah, pero de ese modo lo aceptaría no por lo que es sino por lo que no es.
—No sabemos nada acerca de lo que no es —dijo Bender—, después de todo lo que ha ocurrido... En cambio, cada día hemos ido conociendo un poco mejor lo que sí es.
—¿Quiere usted decir la gran manzana de la discordia entre los expertos en arte...? —preguntó Lady Sandgate.
—Sí, la mayor que haya surgido en bastante tiempo. Creo que no me importa con tal que pueda lograr lo otro.
Pasado un instante Lady Sandgate reemprendió su avance; parecía que se hubiese asegurado de la solidez del puente principal.
—Bueno, si es la mayor manzana de la discordia me abstendré de tocarla, dejaré que se peleen los que entienden más que yo. Pero en vista de que Lord Theign me ha pedido que diga un precio, diré uno, mi querido señor Bender; y como prefiere los precios elevados trataré de complacerlo. Sólo que no será por el retrato de una persona sobre la que todos discrepan. En cambio el mundo entero está de acuerdo sobre mi bisabuela.
—Oh, ¡qué lata, Lady Sandgate! —Y su visitante se apartó de ella, encogido de hombros.
Pero ella al parecer creía tenerlo atrapado; o en el caso de de que ésta fuera una convicción fatua, por lo menos consideraba necesario ponerla a prueba.
—Se me ha puesto usted a tiro... de forma demasiado irresistible, y no irá a negarme que se ha dado cuenta de ello y que de hecho le agrada hasta cierto punto.
Bender se volvió de nuevo hacia ella con la actitud de quien acababa de encontrarse con un caso de audacia inigualable, aunque dejó enseguida de interesarle de veras la cuestión de si habían jugado con él de forma artera: era la suya una indiferencia semejante a la que mostraría hacia las deudas irrecuperables o los desfalcos un gran hotel o cualquier otro negocio que admitiese un cierto margen de desperdicio. Bender podía, evidentemente, permitirse el desperdicio: ¿y en todo caso no implicaba este término —cabía imaginarle preguntándose— una medida mezquina, del mismo modo que lo ‘artero’ no sería sino el juego del escondite de los niños en comparación con el juego más ambicioso de Bender?
—¿Debo entender que él pretendía disuadirme con aquello tan extraño que me dijo? —preguntó éste. Y mientras ella sonreía y se encogía audazmente de hombros, rechazando toda responsabilidad, prosiguió—: Honestamente, Lady Sandgate: ¿no va usted a ayudarme?
Estas palabras la impulsaron a mostrarse sincera pero no hicieron, sin embargo, mella en su regocijo.
—Señor Bender, señor Bender, ¡le ayudaré si usted me ayuda!
—¿De verdad me conseguirá algo de él para que pueda seguir arreglándomelas en adelante?
—Le conseguiré algo de él para que pueda seguir arreglándoselas.
—No le pido otra cosa; conseguir eso. Entonces podré moverme como me plazca. Pero sin eso estoy estancado.
—Lo tendrá —replicó ella— si antes puedo yo contar con usted para una minucia.
—Bueno —dijo con sequedad Bender al tiempo que fruncía el ceño—, ¿a qué llama usted una minucia?
—Quiero decir —Lady Sandgate hizo una pausa— lo que a usted le parecería una minucia.
—Eso no me vale. No tiene la más mínima idea, Lady Sandgate —dijo con vehemencia— de lo que pienso en esta época tan necia. Aún no me he acostumbrado a ella.
—Ah, ¿no comprende que si le doy a usted una ventaja me quedo totalmente a su merced? —dijo apremiante ella.
—Bueno, ¿y qué merced merece que le conceda? —gruñó Bender.
Alegre y dueña de sí, Lady Sandgate guardó silencio unos instantes, y después señaló su santuario privado, el lugar donde se encontraba su preciado cuadro.
—Vaya a verla y entonces lo sabrá.
La gran renuencia inicial de Bender dio paso un instante después a una docilidad no menor: echó a andar de forma pesada hacia la otra sala, desde cuya puerta podía distinguirse el extraordinario Lawrence. Cuando hubo llegado allí contempló de nuevo el cuadro, que dio sin embargo la impresión de no poseer a sus ojos la menor frescura ni atractivo y de no encerrar para él ningún secreto. Acto seguido regresó donde estaba su anfitriona.
—¿Llama usted darme una ventaja a sacarme, guiada por su dulce modestia, una cantidad demasiado baja para que yo la pueda soportar?
—Voy a expresarlo de la mejor manera posible: una vez que le haya dado mi palabra de que contará con mi apoyo en lo referente al otro cuadro, me resignaré a aceptar cualquier suma que esté dispuesto a dar por éste, ¡la suma que resulte característica de usted!
—Si es una cuestión de resignarse —dijo Bender—, entonces se refiere, naturalmente, a la que no estoy dispuesto a dar... ¡y eso no es menos característico de mí!
Lady Sandgate ensayó con él su actitud radiante:
—Ya lo creo; ¡qué astuto es usted, mi querido millonario!
—Y supongo que le ha quedado claro —prosiguió Bender— que pienso apoyarme en usted siempre que quiera, con todo el peso de un hombre decidido.
—Bueno —dijo riendo Lady Sandgate—, le prometo que me someteré a esa presión, sea cual sea su dirección.
—¡Entonces estoy conforme! —Se detuvo frente a ella en medio de su desasosiego, habiendo adquirido un compromiso enorme, que resultaba sin embargo oscurecido por su inconmensurable personalidad—. ¿Cómo quiere que le pague?
Lady Sandgate se animó pensando en todas las hermosas opciones; entonces hizo su elección de la misma forma en que un árbol arroja un fruto redondo y maduro. Bender tomó el fruto, y tomó su privilegio.
—¿Me puede extender un cheque?
—Sí, si quiere se lo extiendo enseguida. —Y mientras palmeaba orgulloso el bolsillo del pecho, añadió—: Pero la chequera está abajo, en el coche.
—¿Está aparcado en la puerta? —Apenas le hizo falta el asentimiento de Bender para pulsar un timbre—. No me cuesta nada hacer que lo traigan. —Y mientras aguardaban exclamó—: ¡Es fantástico que vaya usted volando de un lugar a otro con su chequera!
Bender lo expresó en seguida de otro modo:
—¡Vuela bastante bien con el señor...!
—La chequera del señor Bender; está en su coche —dijo ella dirigiéndose a Gotch, quien había respondido a su llamada.
El dueño del interesante objeto le dio además las siguientes instrucciones:
—Encontrará usted en la funda un maletín rojo de cuero marroquí.
—De acuerdo, señor —dijo Gotch, y dirigiéndose a su ama añadió—: Lord John querría saber...
—¿Está allí Lord John? —le cortó Lady Sandgate.
Gotch se volvió hacia la puerta que estaba abierta.
—Aquí está, señora.
Mientras la observaba Bender, Lady Sandgate se resignó de inmediato a la complicación que significaba la presencia de Lord John.
—Ha sido él quien se ha acercado a Bond Street.
Bender se quedó mirando a Lady Sandgate, pero no tardó en captar la relación.
—¿Para detener el espectáculo? —Y puesto que el joven ya había llegado a su lado, añadió—: ¿Ha detenido usted el espectáculo?
—¡Está más vivo que nunca! —contestó Lord John mientras se retiraba Gotch: un presuroso, agitado y jadeante Lord John, sorprendentemente distinto del premioso mensajero a quien Lady Sandgate había visto salir a desempeñar su cometido hacía poco—. ¡Pero Theign debería estar aquí! —dijo excitado, dirigiéndose a ella—. Le anuncio que viene el príncipe.
—¿El príncipe? —dijo jadeando Lady Sandgate, como abrumada por la carga que suponía un honor semejante—. ¿Viene detrás de usted?
Bender vislumbraba, con un entusiasmo y un candor notorios, todo un mundo de ventajas asociativas y de posibilidades prometedoras para la más ambiciosa de sus empresas.
—¿Anda el príncipe detrás del cuadro?
Pese a esta pregunta, Lord John seguía sin pensar en otra cosa que el mensaje que había de transmitir.
—Estuvo allí con Mackintosh para admirar el cuadro, ¡que cree, por cierto, un Mantovano puro y simple!, y me honró acordándose de mí. Cuando me oyó informar a Mackintosh de las opiniones que nuestro noble amigo me había manifestado aquí, y de las que, a pesar de lo avergonzado que sin duda me sentía —prosiguió el joven dirigiéndose a Lady Sandgate—, intenté dar cuenta con la mayor claridad posible, se mostró tan encantado con todo ello que declaró que no deberían retirar el cuadro sino, al contrario, continuar exhibiéndolo, dado lo mucho que vale, y que pensaba venir aquí a felicitar y dar las gracias a Theign, y a explicarle sus razones.
Su anfitriona se puso a buscar de forma desesperada una señal.
—¡Pero si Theign está en casa de Kitty, qué mala pata! ¿El príncipe viene a visitarlo aquí?
—La visita a usted, mi querida dama; viene a las seis menos cuarto, y así quiso que yo se lo hiciese saber.
—Es muy amable de parte del príncipe, ¡pero —dijo dándose cuenta de su estado— ni siquiera estoy vestida!
—Tendrá tiempo para eso —dijo en tono confortador el joven— mientras voy corriendo a Berkeley Square. Y discúlpeme, Bender, si tomo prestado su coche a pesar de lo cerca que está el sitio.
—¡Eso, eso, coja su coche! —Lady Sandgate por poco sacó a Lord John de allí a rastras.
—Puede usar mi coche, no faltaba más —aportó Bender—, pero quiero saber detrás de qué anda el hombre.
—¿El hombre? ¿Qué hombre? —preguntó casi sin detenerse su amigo.
—El príncipe... ¡si me concede que es un hombre! ¿Anda detrás de mi cuadro?
Lord John negó alegre toda autoridad en la materia.
—Si usted espera podrá comprobarlo, mi querido amigo.
—Oh, ¿por qué habría de esperar? —soltó la prudente Lady Sandgate, refrenándose inmediatamente después, en un giro tan veloz como elegante—. Esperar, esperar, señor Bender... ¡No le abandonaré por el príncipe! —Entonces se dirigió de nuevo a Lord John—: ¿Dice que quiere felicitarle?
—Felicitar a Lord Theign por su decisión, sí, como le he dicho; se la anuncié a Mackintosh siguiendo la insólita orden de Theign, y su alteza, que estaba justo allí en ese momento, se lanzó enseguida a comentarla.
Se le demudó el rostro a Lady Sandgate mientras reflexionaba, como si hubiera caído rápidamente en la cuenta de lo que había hecho su informador y del verdadero motivo del interés del príncipe: todo ello la hizo rehuir y a la vez ocultar el asunto en vista de quien la acompañaba en ese momento.
—¿La decisión de retirar el cuadro?
También Lord John guardó cierta discreción.
—No quiso ni considerar algo así; dijo que debe permanecer donde está. ¡Así que en esas estamos!
Esto llevó a Bender a formular una serie de preguntas que resultaban lógicas y hasta obvias.
—¿Pero dónde estamos, y qué tiene que ver el príncipe con la decisión de Lord Theign si es por ella por lo que estoy aquí? ¿Cuál es la decisión de Lord Theign, maldita sea? ¿Cuál es su insólita orden?
Lord John, al que habían entretenido demasiado rato y que tenía ya una mano en la puerta, dio largas a Bender de la misma forma en que lo había hecho anteriormente Lord Theign:
—Lady Sandgate, ¡Cuénteselo usted! ¡Debo apresurarme!
Bender le vio esfumarse, lo que no hizo sino acrecentar su desconcierto.
—¿De qué demonios... ¡discúlpeme!... está hablando? ¿Y de qué opiniones que había manifestado Lord Theign les informó allí?
Su anfitriona reaccionó como si hubiera resuelto dar por inexistente el objeto de su curiosidad... por temor a verse en la obligación de dar por existentes otras cosas.
—Me lo endosan todo a mí, querido Bender, pero no tengo la más mínima idea.
La miró de soslayo.
—¿Y por qué dice el tipo que usted lo sabe?
Muy confundida en un primer momento, a Lady Sandgate terminó sin embargo por ocurrírsele una respuesta:
—¡Porque el tipo anda tan ansioso que no sabe ni lo que dice! —Entonces se sintió aliviada al ver reaparecer a Gotch, quien llevaba en una bandeja el objeto que había sido enviado a buscar y hacia el cual llamó la atención de los otros dos en el momento indicado:
—El maletín rojo.
Lady Sandgate casi se abalanzó sobre él.
—Su bendita chequera. Déjela sobre mi mesa —le dijo a Gotch, y apenas aguardó a que éste se hubiera marchado para añadir, dirigiéndose a su visitante—: ¿Podríamos terminar antes de que él llegue?
—¿El príncipe? —Los pensamientos de Bender, que ella intentaba reconducir hacia el terreno del que se habían alejado hacía un rato, volvían ahora tímidamente sobre sus pasos—. ¿Estará interesado en su bisabuela?
—Bueno, ¡puede que lo esté cuando la vea! —dijo riendo Lady Sandgate—. Y estoy segura de que Theign, cuando venga, le informará de todo cuanto desee. ¿Le saco la chequera? —preguntó, animando a Bender. Le había conducido de forma persuasiva hasta su escritorio y ahora trataba de hacer que se acomodase frente a él. Fue ella misma quien abrió el maletín —acarminado, con bordes dorados— de modo que él no tuviera más que servirse—. ¡Menudos cheques! ¡Qué cantidades más grandes! ¡No puede extender uno, pongamos, por dos libras diez!
—¡Eso es justamente lo que se merece usted que haga! —Después permaneció inmóvil, en actitud solemne, como un sumo sacerdote a cuyo alrededor se desarrollara algún tipo de ceremonia: así, en concordancia con esta imagen, parecía que ella, al tenderle a continuación una hoja inmaculada extraída del cuaderno oblongo, estuviese presentando un niño de linaje regio ante la pila bautismal.
En medio de su preocupación, Bender no cogió el cheque, de modo que Lady Sandgate lo colocó sobre la mesa y delante de él, y después se apartó con un jovial «Bueno, ¡ahí se lo dejo!». No había guardado su prudente distancia (cierto es que no paraba de girar nerviosa la cabeza) durante mucho rato cuando se encontró casi cara a cara con Gotch, que estaba de pie en la puerta, muy erguido: tenía un nuevo anuncio que hacer.
—El señor Crimble desea ver a Lady Grace.
—¿El señor Crimble... otra vez? —Lady Sandgate estaba descompuesta.
El anuncio causó a Bender, quien lo oyó desde el escritorio, un efecto bien distinto.
—¿El señor Crimble? Vaya, ¡es justo la persona que quiero ver!
Gotch, volviéndose hacia el vestíbulo, vio que no tenía más cederle el paso.
—Aquí está, señora.
—Entonces comuníqueselo a Lady Grace.
—Ya ha bajado —dijo Gotch mientras Hugh llegaba y Lady Grace entraba en escena desde la otra pieza luciendo todos sus alegres accesorios: sombrero, bufanda y guantes.