III
—Ah, señor Crimble —preguntó afable Bender—, ¿trae usted las grandes noticias que andaba esperando?
Hugh pareció tardar unos instantes en comprender a qué se refería.
—¿Noticias del Moretto? No, señor Bender, aún no tengo noticias. —Ante el gesto de decepción del visitante, añadió con cierto aire candoroso—: Creo que le advertí que el asunto llevaría tres o cuatro semanas.
—Bueno, ¡en mi país no llevaría más de tres o cuatro minutos! —replicó disgustado Bender—. ¿No puede usted hacer que aligeren un poco?
—Espero de un momento a otro recibir un informe, señor Bender —dijo Hugh en tono bienhumorado.
—¿Y después me dejará llevármelo enseguida?
Tras guardar silencio un rato, Hugh habló con franqueza:
—Ah, no es por usted por quien estoy haciendo todo esto, señor Bender.
El ilustre coleccionista quedó momentáneamente desconcertado.
—Bueno, ¿y no puede actuar simplemente en aras del Arte?
—Eso creo que se lo debo dejar a usted, que al fin y al cabo lo está haciendo ya con gran éxito —dijo riendo Hugh.
Bender lo observó como un inspector hubiera observado una mejora en un edificio en el curso de su visita de inspección.
—¿No quiere usted acompañarme de aquí para allá, echándome una mano?
—¿Irme, digamos, de gira con usted? Francamente, señor Bender, ¡si tuviese algún peso...!
—¿Lo añadiría a su extremo de la viga? ¿Pero qué he hecho yo para que me traicione después de haber excitado de tal modo mi curiosidad y entusiasmo en Dedborough? Lo peor que he hecho —prosiguió Bender— ha sido rechazar el Moretto.
—¡¿Se lo han ofrecido?! —exclamó Hugh visiblemente turbado. Habiendo decidido, tras pensarlo dos veces, no delatar al dueño del extraordinario cuadro, Bender se limitó a mirarlo intensamente. Entonces Hugh añadió—: ¿Y por qué está usted tan ávido de noticias de Verona, como si fuese un Romeo en el exilio? —Bender pasó por alto esta singular combinación de lo comercial y lo literario, contentándose con mostrar una cordialidad distraída: daba la impresión de haber comprobado anteriormente lo útil que le resultaba en algunos casos. De modo que Hugh le hizo otra pregunta—: ¿No es la posibilidad de que se trate de un Mantovano lo que le ha impulsado a venir?
—He venido —dijo imperturbable Bender— porque Lord Theign me ha enviado un telegrama citándome aquí. ¿No está usted también aquí por eso?
Hugh dejó entrever por unos segundos el placer que le procuraba tener a su disposición múltiples respuestas entre las que elegir.
—¡No, por Dios! He venido a ver el magnífico Lawrence con el consentimiento de Lady Sandgate.
—Sí, ella es muy amable para esas cosas, no le cuesta a uno nada venir a ver lo que tiene. —Pese a encontrarse en una situación que resultaba peligrosa para él, a Bender le acometió de pronto la curiosidad—: ¿Anda alguien detrás de ese magnífico Lawrence?
—Oh, espero que no —dijo riendo Hugh—, a no ser que ande usted detrás de él. Es un cuadro extraordinario en sí mismo y éste es el lugar donde debe estar.
—¿Lo considera un cuadro extraordinario? —preguntó Bender en un tono neutro.
—Bueno, para ser un Lawrence me ha dejado pasmado. —Hugh describió así su reacción ante el cuadro como si aceptara de buena gana lo inútil que resultaba en términos estrictamente estéticos—. Pero ya sabe usted que me tomo muy en serio los cuadros. —Dio un puñetazo a su sombrero para indicar hasta qué punto andaba apurado de tiempo respecto al asunto en cuestión: así le encantaba mostrarse ante su amigo—. Tengo que hacer mi pequeño rapport. —Entonces quiso explicar brevemente de qué se trataba—. Formo parte de un grupo de jóvenes a los que les importan mucho las grandes obras de arte... y que velan por ellas. Por decirle toda la verdad sobre mí, también observamos atentamente lo que hacen los próceres.
—Bueno, yo también creo estar habituado a observar, si eso es efectivamente lo peor que uno puede hacer. —Y añadió con su característica tosquedad—: Ya sabe usted detrás de qué ando realmente, señor Crimble.
En este momento hubiéramos podido entrever una vez más la estrategia de Hugh.
—Al menos parece haberlo descubierto el tipo que escribe esta mañana en el Journal.
—Sí, el tipo del Journal de esta mañana lo ha descubierto tres o cuatro semanas —eso es lo que parecen tardar aquí en hacerlo todo— después de que yo haya empezado a negociar. Es más, durante todo este tiempo lo han sabido al otro lado del océano.
—Oh, ¡en América se enteran de las cosas con independencia de que sucedan o no! —asintió risueño Hugh—. Debe de haber hablado usted muy alto.
—Bueno, más que hablar lo que he hecho ha sido babear —reconoció Bender—, porque me temo que, cuando de verdad deseo algo, eso es lo que suelo hacer hasta que lo consigo. Ya me oyó usted en Dedborough, y parece que por fin le ha llegado el eco a la prensa diaria de su país, tan dinámica ella.
—¡Entonces seguro que querrán recuperar el tiempo perdido! ¿Pero lo ha hecho usted con el fin de preparar una coartada? —preguntó Hugh.
—¿Una coartada?
—Babeando, como usted dice, consigue desviar la atención. Dudo que crea posible hacerse con el cuadro de Sir Joshua... pero mientras tanto se habrá aclarado el asunto del Moretto.
Bender guardó silencio hasta que hubo comprendido del todo esta exhibición de sutileza por parte de Hugh.
—¿Entonces por qué diablos lanza usted una campaña a favor del Moretto?
—Si lo pregunta es porque ese cuadro es el que corre un peligro mayor —dijo Hugh.
—Bueno, estamos hablando de las cosas realmente valiosas. Si ustedes proclaman a los cuatro vientos lo mucho que valen, ¿cómo no vamos a querer agarrarlas y llevárnoslas... lo mismo que hicieron ustedes en su día?
—Ah, son casos distintos —dijo sonriendo Hugh—, ¡lo digo en su provecho!
—Sí, ahora les ponen otro precio; tienen ustedes realmente un gran olfato para saber cuándo aumenta el valor de las cosas. En todo caso le voy a ofrecer por ello su inmerecida comisión, y tal como están las cosas debería alegrarse de que esté dispuesto a pagársela.
Nuestro joven amigo reflexionó unos instantes con la mirada fija en Bender, y luego habló de nuevo con ingenuo ardor:
—Es muy probable que pueda usted conmigo, señor Bender; al fin y al cabo, parece ser que ha podido con gente mucho más importante que yo. ¿Pero podría —se lo pido encarecidamente— darme su palabra de que, cuando las obras valiosas que estamos destinados a perder caigan en sus manos, nos permitirá por lo menos despedirnos de ellas, verlas una vez más en Londres antes de que se las lleven?
A Bender se le demudó visiblemente el rostro.
—¿Quiere decir entregárselas a los hombres-sándwich de Bond Street?
—A los hombres-cartel, del tipo que sean, ¡no me importa tanto la rebanada humana que se meta dentro! Deje que, a modo de compensación, podamos ver esas obras tan valiosas durante tres o cuatro semanas.
—¿Me pide usted que le dé una garantía genérica en ese sentido? —replicó Bender.
—Bueno, con una garantía particular me vale por ahora —dijo Hugh—. Permítame que le formule este ruego en relación con el caso concreto que nos ocupa... bueno, me refiero a la obra cuyo valor está siendo calculado ahora.
—¿El Mantovano-Moretto?
—¡El Moretto-Mantovano!
Bender lanzó una sonrisa predatoria.
—¿No valdría más esperar hasta saber con seguridad cuál de ellos va primero?
Hugh indicó con un gesto que aquello resultaba indiferente en la práctica.
—Puede que el interés público, al estar tan implicado en este asunto, ayude a resolverlo. Quiero decir con esto que saldrá enormemente beneficiado del debate que se desarrolle acerca de la autoría, de lo que es probable o no. El debate favorecerá la certeza.
—Y la certeza —reflexionó Bender— hará que se organice un escándalo.
—¡Naturalmente que se organizará un escándalo! —aseguró rotundo Hugh—. Por espacio de un mes será usted el hombre más insultado de Inglaterra, suponiendo que tenga el valor de quedarse aquí; con excepción, claro está, del pobre Lord Theign.
—Quien, por otro lado, no debe asustarse hasta el punto de echarse atrás, porque eso no me convendría nada.
—Y sin embargo estará totalmente a merced de mis maquinaciones —dijo riendo Hugh, como si la situación fuese divertida para ambos—, si se me permite concebir la esperanza de tener éxito. El único problema —prosiguió— es que, a mi modo de ver, el echarse atrás en vista del clamor plebeyo, como él lo llamará, no concuerda lo más mínimo con sus costumbres, de manera que si el escándalo resulta excesivo para su gusto o para sus nervios se quedará impertérrito y no se moverá ni un milímetro. Pero por lo menos habrá sucedido lo que le he rogado a usted que consienta: el cuadro lo habrá visto mucha gente verdaderamente interesada por él.
—Lo habrán visto —le corrigió Bender— tan sólo en el caso de que lo haya adquirido yo y de que el actual propietario haya prestado su autorización.
—¿Su autorización? —repitió Hugh en tono casi burlón—. ¡Pero si lo propondrá él mismo e insistirá en ello y lo logrará, una vez que se haya enfadado lo suficiente, es decir, tanto como es, sin duda, capaz de enfadarse por cualquier crítica del público a una decisión personal suya; y me temo que la crítica, o cuando menos el reproche, de esta mañana habrá hecho algo de mella en su bravuconería.
Bender, que con el tiempo se había convertido, inevitablemente, en un estudioso de la personalidad humana, estuvo a la altura de la situación:
—Sí, supongo que está bastante chiflado.
—Le han imputado —Hugh quiso recalcar esta última palabra— un propósito que a fin de cuentas aún no es culpable de albergar.
—De manera que —Bender estaba radiante de optimismo interesado—, como no se anden con cuidado, como se lo vuelvan a imputar, ¡entonces él sí se hará culpable de ello!
Un espectador experimentado habría percibido entonces en Hugh cierta euforia causada por la conciencia de estar logrando, hasta cierto punto, el efecto que había deseado.
—¿Acaso acaricia usted la idea de incitarles a cometer ese error, pescando así en aguas revueltas? —Y mientras Bender, con aire exuberantemente alegre y a la vez descarnadamente perspicaz, le examinaba atento, como sondeándole, Hugh agregó una observación más sutil—: Se nota que no hay en un tipo como ése pasión más intensa que la indignación: me refiero a la que le provoca el hecho de que alguien se tome alguna libertad. Y lo lógico es que considere como tal el hacer cualquier cosa que signifique tomar algo, sin pedírselo, de la mesa rechinante donde se celebra ese gran banquete que es su vida.
A la capacidad intuitiva de Bender le resultó cómodo participar en el desenmascaramiento de esta ilusión aristocrática:
—Sí, me figuro que siempre ha vivido como ha querido, como lo hacen en este país aquellos a los que todo les ha venido dado, así que el verse de pronto obligado a abandonar ese tipo de vida por culpa de un comentario desagradable... —Sin embargo renunció a expresar cabalmente lo que debía de suponer esto para Lord Theign, limitándose a exclamar—: ¡Qué triste!
—Exacto, señor Bender —dijo Hugh celebrando semejante conclusión—; no la abandonará sin haber dado antes la gran batalla.
Bender calculaba en ese momento las posibilidades de que Lord Theign saliera indemne de todo aquello, y así se lo reveló alegremente a Hugh:
—Bueno, ¡imagino que la batalla no será lo bastante dura como para impedirme tenerlo amarrado si quiero!
—En todo caso, y sea como sea la batalla —repuso Hugh—, no olvide usted, cuando esté combatiendo en primera línea, lo que le he instado a hacer... lo que reclama un país desolado como el mío.
Pero Bender sabía bien cómo responder a esto:
—A mí me importa ante todo, como es natural, lo que reclama mi país; esto es fácil de ver si se tiene en cuenta todo lo que hago por él. ¡Sin embargo me encantaría tenerlo a usted de mi parte!
—¡Pero menos de lo que a mí me gustaría tenerlo de la mía! —Hugh lanzó al decirlo una risa sincera y ansiosa. Entonces cayó en la cuenta de que debía marcharse—. Adiós... Voy a darme otra vuelta por la casa.
Pero Bender se puso de nuevo en alerta e hizo detenerse a Hugh cuando éste alcanzó la puerta.
—¿Cuánto vale ella realmente?
—¿Ella? —Hugh le miró fijamente unos segundos sin tener la más remota idea de a quién se refería—. ¿Lady Sandgate?
—Su bisabuela.
La aparición del mayordomo le impidió responder: éste, tras abrir la otra puerta de par en par, anunció a Bender la llegada de un nuevo visitante:
—¡Lord John!
Hugh lo oyó antes de franquear el segundo umbral y dio con una buena excusa para escabullirse:
—¡Pregúnteselo a nuestro amigo! —Se encaminó entonces hacia el corredor que desembocaba en la escalera a cuyo pie estaba la puerta de la calle. Lord John entró detrás de Gotch, quien, tras comunicar a aquél y a Bender que Lady Grace vendría en breve, dejó a los dos hombres solos en el salón de estar.