VII

Bender se acercó con admirable determinación: apenas necesitaba que Lord John le presentase.

—Me alegro mucho de conocerle, Lord Theign, y más aún en su preciosa casa. —A lo que añadió, ante la jovial indiferencia del señor de Dedborough—: Me he dado una vuelta con su amable permiso y apoyándome en mi conocimiento intuitivo; no me ha hecho falta ninguna orientación, pero de haberla necesitado, hay allí un caballero que me la habría prestado con mucho gusto. —Haciendo un gesto elocuente con la mano, evocó a la persona que tan dispuesta se había mostrado a ayudarlo—: Un joven delgado y nervioso que lleva gafas; supongo que es escritor. ¿Amigo suyo también? —preguntó a Lord John.

La respuesta fue inmediata y vehemente.

—No, el caballero que usted menciona no es amigo mío ni mucho menos, señor Bender.

—Es amigo de mi hija —explicó con naturalidad Lord Theign—. Espero que se estén ocupando de él.

—Oh, sí, se han cuidado de ofrecerle todo el té, el pan y la mantequilla que quisiese, y hasta han tenido la amabilidad de desplazar un mueble —añadió con minuciosidad el señor Bender— para que pudiera subirse a una silla y contemplar así muy de cerca un cuadro de Moretto.

Este detalle, sin embargo, no pareció sentar bien a Lord John.

—¿Subirse a una silla? ¡Lo que hay que oír!

Bender lo veía de otra manera.

—¿Cómo? Si yo mismo me he subido... ¡por poco me pongo a toquetear el cuadro! El caballero ha despertado en mí cierto interés —al propietario del cuadro quizá le podía interesar saberlo— por ese Moretto. —Bender continuó avanzando por este camino—. Pero imagino, Lord Theign, que lo más valioso que tiene es su espléndido Sir Joshua. Nuestro amigo, el que anda por ahí, tiene también mucho que decir sobre ese cuadro, aunque no tuvimos que mover ningún mueble para mirarlo. —Hizo una pausa, como para disfrutar comprobando lo tranquilo que se había quedado su anfitrión, y al sonreír exhibió una dentadura admirable—. La impresión que me ha suscitado el cuadro me ha llevado, además, a pensar en otra cosa. ¿Está usted dispuesto, Lord Theign, a atender una propuesta?

Lord Theign miró a los ojos a Bender, quien dejó que estas pocas palabras ominosas hablaran por sí solas.

—¿La de que yo le entregue La bella duquesa de Waterbridge? No, señor Bender, esa propuesta me deja totalmente frío.

—¡Le envidio, mi querido Bender! —había exclamado entretanto, de forma impulsiva, Lord John.

—Supongo que no me envidia —respondió sereno su amigo— tanto como yo envidio a Lord Theign. —Éste último y Bender siguieron mirándose fijamente y de forma penetrante—. La proposición que le hago es clara y simple, y con ella quizá me evite las dificultades que surgirían de una relación prolongada y cada vez más estrecha. En todo caso tengo experiencia en primeros sobresaltos, y estaría encantado de que hablásemos de hombre a hombre.

No había ninguna duda de que Bender era del todo sincero y a la vez afable; no buscaba la ironía, y su falta de ceremoniosidad era tan sólo en una pequeña proporción el resultado de una decisión consciente. No era menos obvio que Lord Theign comprendía todo esto, y que le divertía.

—¿De hombre rico a hombre pobre es como debo entenderlo? Para hablar con usted —añadió Lord Theign— tendría que ser tentado, y ni siquiera soy susceptible de serlo. Así son las cosas —dijo sonriendo impasible.

Su actitud pareció por un momento servir de modelo a Lord John.

—La bella duquesa de Waterbridge, señor Bender, es la manzana dorada de uno de esos grandes árboles familiares; las personas respetables no se dedican a arrancarles las ramas, de cuya venerable sombra tanto disfrutan en esta época grosera y estridente.

Bender le miró como si acabase de hacer una pirueta sin venir a cuento.

—¿Y si ellos no venden a sus antepasados dónde diablos se puede comprar a todos los antepasados?

—Seguro que no se los puede comprar en Dedborough. ¿No responde esto de momento a su pregunta? —preguntó Lord Theign.

—Habla usted como si me importara ser o no razonable, lo que demuestra lo poco que entiende del asunto —dijo Bender con la paciencia que le daba su riqueza—. Con las ideas fantásticas que tengo, me sentiría avergonzado si usted no se resistiera. —Su sonrisa tenaz venía a proclamar su convicción—. Bueno, ¡supongo que puedo esperar!

Estas palabras afectaron visiblemente a Lord John: a partir de ese momento, y pese a su estudiada frivolidad, habría de permitirse dirigir continuamente miradas más intensas y prolongadas que de costumbre a su anfitrión.

—¡Seguro que el señor Bender tiene algo!

Parecía como si al cabo de un rato la presión callada de su amigo hubiese hecho efecto a Lord Theign.

—¿Algo?

—¿Algo, señor Bender? —insistió Lord John.

Esto hizo que Bender clavara en él una mirada bastante severa.

—¿Tiene usted algún interés en el asunto, Lord John?

Aunque impasible ante el desafío (si es que de veras lo era), Lord John invitó a Lord Theign a aceptarlo en su lugar.

—¿Me autoriza a hablar, aunque sólo sea un poco, como si tuviese algún interés en él?

Lord Theign dedicó cierta atención al ruego (y a quien lo hacía), y luego dio la impresión de pasar bruscamente a ignorarlos.

—Mi querido amigo, ¡puede usted divertirse todo lo que quiera a costa mía!

—Oh, no pretendía hacerlo a costa suya —dijo riendo Lord John—, ¡sino del señor Bender!

—Adelante, Lord John —dijo Bender, tan despreocupado como de costumbre, por más que uno tuviera la sensación de que nunca se le escapaba nada—, adelante, le animo a hacerlo, pero no abrigue usted la grata esperanza de despertar en mí un deseo que yo no tenga ya en germen. Otros lo han intentado ya en este mismo lugar, lo han hecho incluso a lo grande, de forma organizada, pero imagino que hay en mí una cualidad peculiar que hace que todo eso sea al parecer inútil. En cambio, si el germen está ahí —admitió Bender—, se desarrolla sin necesidad de ningún estímulo.

Lord John estableció de nuevo con Lord Theign ese modo peculiar de comunicación que parecía exclusivo de los dos.

—¡Cree que pretendo ofrecerle algo!

Lord Theign, al parecer deseoso de hacer gala de una cierta indiferencia hacia ese asunto, o cualquier otro semejante, se alejó nervioso hacia la puerta que daba a la terraza, deteniéndose tan sólo para sacar una cerilla de la caja que había sobre una mesa pequeña y encender un cigarrillo, y después hizo el siguiente comentario:

—¡Es muy probable que no vaya a poder con el señor Bender!

—Eso me hace lamentar más el no haber podido con usted, Lord Theign —dijo Bender.

—En cualquier caso, me atrevo a preguntarle, Bender —prosiguió Lord John—, si no estaría dispuesto a moverse, como dice usted, para conseguir que le vendan el Moretto.

La mirada que le lanzó Bender guardaba en cierto modo proporción con su cara ancha.

—¿Como digo yo? ¡Yo no he dicho semejante cosa!

—Pero es verdad que le gusta mucho —dijo Lord John con una mueca algo exagerada.

—Cuando no quiero que me guste algo no me gusta. En eso soy distinto a la mayoría de la gente; puedo hacer que algo me guste o no según mi voluntad. El problema con ese Moretto —prosiguió Bender-es que no ando detrás de él.

Su «detrás» sonó con la violenta claridad de un golpe súbito sobre la superficie resistente de las cosas, y tuvo sin duda algo que ver con el hecho de que Lord John se dirigiera una vez más a su anfitrión.

—Lo peor que me puede hacer es rechazarlo.

Lord Theign, quien, lleno de impaciencia, iba y venía por la sala, dándoles casi la espalda, arrojó a la terraza el cigarrillo que acababa de encender. Entonces se volvió para hablarles:

—Es la primera vez en la historia de esta casa —y es una larga historia, señor Bender— que se ofrece en venta un cuadro, o cualquier otra cosa de las que contiene.

Era fácil de percibir que estas palabras no habían impresionado mucho a Bender.

—Entonces también debe de ser la primera vez que se rechaza una oferta así.

—¡Pero nosotros no insistimos en absoluto! —Lord Theign se rió con franqueza.

—Ah, disculpe, ¡yo sí insisto mucho! —Lord John, a quien el rostro y la actitud de Lord Theign incitaban a permitirse de nuevo cierta socarronería, llegó al extremo de remedar, aunque sin malicia, el estilo foráneo que encarnaba Bender—: No irá usted a decirme que no le parece interesante ese Moretto.

El confiado Bender tardó un rato en contestar.

—Bueno, si me hubiera visto subido en aquella silla habría pensado que sí me lo parece.

—Entonces debió de bajar de la silla bastante impresionado.

—Con quien estaba impresionado era con el joven.

—¿El señor Crimble? —Lord John tardó un instante en comprender a quién se refería—. ¿Con su opinión, de verdad? Entonces espero que conozca el valor del cuadro.

—Debería preguntárselo —observó Bender.

—¡Oh, aquí no dependemos de tipos como Crimble! —repuso Lord John.

Bender le dedicó una mirada prolongada.

—¿Conoce usted mismo su valor?

—¿Si conozco el valor del Moretto?

Lord Theign, quien entretanto había encendido otro cigarrillo, daba la impresión, mientras fumaba de manera algo extraña, de querer deponer la indiferencia que lo mantenía apartado de los otros dos hombres.

—Esa cuestión no debe preocuparnos, en vista de lo mucho que sabe al respecto el propio señor Bender.

—Bueno, Lord Theign, yo sólo sé en cuánto lo valora el joven. —Y ante la expectación de los otros añadió Bender—: Diez mil.

—¿Diez mil? —El dueño de la obra no mostró ninguna emoción.

—¿Hay algún problema con que sean diez mil? —dijo Lord John una vez más a la manera de Bender.

El destinatario de este divertido homenaje reflexionó.

—No hay ningún problema con que sean diez mil.

—¿Entonces hay algún problema con el cuadro? —preguntó Lord Theign.

—Sí, supongo que lo hay.

Estas palabras hicieron levantar las cejas a Lord Theign.

—¿Pero qué diablos es...?

—Bueno, ¡ésa es la cuestión!

Las cejas se alzaron aún más.

—¿Pretende decir el joven que está en duda el que sea un Moretto?

—Eso es lo que trataba de averiguar subido en la silla.

—¿Pero si vale diez mil, según él mismo dice...?

—Naturalmente, es una gran obra de todas formas —dijo Bender.

—¿Entonces qué inconveniente tiene usted, señor Bender? —dijo afable Lord Theign.

Éste último habló con total claridad.

—El inconveniente que tengo, Lord Theign, es que no me sirve un cuadro que valga diez mil.

—¿No le sirve? —La expresión tenía algo de singular—. ¿Pero qué se propone hacer con los cuadros?

—Lo que quiero decir —explicó Bender— es que no ando detrás de un cuadro de esa categoría.

—¿Pagar esa cifra sería para usted ir demasiado lejos? —dijo su noble anfitrión, quien ante la presión empezaba ya a hablar en términos comerciales.

Lord John había saltado al comprender la realidad.

—Lo que ocurre con el señor Bender es que quiere ir todavía más lejos.

—¿Más lejos? —repitió Lord Theign.

—Lo que ocurre con el señor Bender es que quiere gastar millones.

Lord Theign sonrió ante esta enormidad.

—Bueno, ¡no creo que haya ningún problema con eso!

—Usted sabe bien, Lord Theign, a qué está condicionado el que pague —dijo su invitado.

—Si la condición es el Sir Joshua, ¿cómo de lejos estaría dispuesto a ir? —preguntó Lord Theign.

Bender indicó con un gesto que la indeterminación inherente a la forma condicional de la pregunta le impedía satisfacer cabalmente la curiosidad de Lord Theign.

—Bueno, estaría dispuesto a ir lo más lejos posible.

—Verá, Lord Theign: él quiere algo idealmente caro —aclaró Lord John.

Al cabo de unos instantes Lord Theign decidió, al parecer, imbuirse del delicioso espíritu de estas palabras, y así lo demostró al dirigirse a Lord John:

—¿Entonces por qué no habría de poner el Moretto a un precio tan alto como él quisiera?

—Porque no puede usted violentar la esencial modestia del maestro Moretto —declaró Bender antes de que Lord John pudiera contestar. Consciente de que acababa de reaparecer el joven que lo había acompañado en su exploración de las salas, añadió—: En cualquier caso imagino que este caballero podrá explicárselo.