IV
Lady Grace se había vuelto para recibir a Hugh Crimble, quien se alegró tanto de encontrarse enseguida con ella que se le iluminó el rostro y se puso a hablar con desparpajo.
—Ha sido extraordinariamente amable de su parte el darme unos minutos de su tiempo a pesar de las actividades tan importantes que, según he visto, les tienen ocupados.
—Abandoné esas actividades tan importantes, que están, por cierto, a punto de finalizar para alivio de todos, creo yo —respondió la joven—, para evitar que usted emplease su precioso tiempo en buscarme.
A Crimble le pareció sin duda alguna, al oír esta brillante respuesta, como si la pálida mano de Grace le estuviera tendiendo la flor de la felicidad perfecta.
—Al marcharse de la fiesta con ese propósito se ha comportado conmigo con la misma generosidad que viene mostrando hacia mí desde aquel primer momento.
Se miraron sonrientes, como si existiera ya entre ellos una complicidad declarada y como si descubriesen que la relación que mantenían se había vuelto más estrecha durante el tiempo que no se habían visto; ella tenía el valor suficiente para reconocer la realidad y persistencia de aquello que habían sentido ambos en un principio, y él, acaso, para nombrarlo. El bello óvalo, algo alargado, del rostro esencialmente sereno de Lady Grace (lo era por más que ofreciese vagos indicios de la presencia de ciertas pasiones tan vehementes como enmarañadas, que habían logrado arraigarse en su carácter y sin embargo habían ido consumiéndose un poco con el tiempo), semicubierto por el superfluo sombrero negro, tenía ante sí la fuerza expresiva y la espontaneidad comunicativa que parecían conferir a su invitado un par de lentes sin patillas cuya montura de vidrio esmerilado había bastado siempre, según recordaba ella, para que quedasen prendidos del puente de su huesuda nariz, la cual resultaba inquisitiva, ciertamente, y le otorgaba a la vez un aire indefinible de autoridad. Lady Grace debió de observar también, y preguntarse qué indicaba, el principal rasgo de su fisonomía: la mandíbula y el labio inferior prominentes: una quiebra de la armonía del rostro que quedaba acentuada por el hecho de no llevar barba ni bigote; el señor Bender tampoco los llevaba, pero en su caso esta circunstancia le prestaba una apariencia diferente: parecía como si su rostro estuviera pidiendo en vano algún signo —distinto de ése tan trivial que constituyen la barba y el bigote— que reflejase la experiencia vivida o su proceso de maduración. Si observásemos con suficiente atención a la joven Grace, que en aquel momento parecía tan interesante como interesada en Crimble, podríamos advertir en ella un cierto asombro ante el hecho de que el labio inferior de su conocido, aun siendo prominente (y lo era de un modo muy perceptible), hubiese contribuido, sin embargo, indiscutiblemente a su apostura en vez de dificultarla, lo que habría resultado más lógico. Podríamos incluso descubrirla formulándose a sí misma una conjetura aún más refinada: la de si esa apostura no residía tal vez, en buena medida, en la frente alta y bella aunque algo estrecha, que aparecía orlada por el cabello castaño, corto y rizado.
Llevaban mirándose en silencio un rato lo bastante largo como para que la situación resultase casi embarazosa; entonces Crimble se decidió a hablar.
—No he olvidado uno solo de los detalles de amabilidad que tuvo conmigo en aquella situación algo deprimente.
—¿La llama usted deprimente? —Se echó a reír—. Yo la encontré más bien exótica. La otra persona que estaba sentada a mi lado quería hablarme de la Ciudad Blanca.
—Entonces no hay duda de que usted hizo que fuese algo deprimente para él, por decirlo así. Yo no podía dejarla sola, recuerdo, mientras hablaban de todo esto; era como la señal que emite un náufrago al ver aparecer una vela en el horizonte.
‘Todo esto’ significaba, evidentemente, todo cuanto rodeaba al joven Crimble en ese momento; había empezado, como Bender, a sentirse irresistiblemente impulsado a mirarlo, si bien su imaginación se había visto, sin duda, mucho más estimulada que la de éste. Se abandonó, lo que presumiblemente era característico de él, a un júbilo espontáneo a medida que iba reconociéndolo todo.
—Oh, no tenemos nada especial en la sala —objetó Lady Grace en tono afable.
—¡No tienen más que cuadros de Claude y de Cuyp, según veo! ¡Soy un ogro y me dispongo a darme un nuevo y extraordinario festín! —exclamó.
Lady Grace adoptó complacida la metáfora.
—Entonces quizá quiera empezar tomando un poco de té —a modo de primer plato— después del viaje que ha tenido... suponiendo que el otro —porque ha habido aquí otro ogro antes de que llegara usted— haya dejado algo.
—Tomaré con placer algo de té. —Sabía cómo mostrarse ansioso—. Sin embargo, al oírle mencionar a mi compañero de festín me he imaginado que, tratándose de un día como éste, ofrecerían ustedes un table d’ hôte.
—Ah, no podemos organizar competiciones deportivas en la galería y el salón... todos esos pasatiempos que consisten en golpes y trastazos y empellones y que son los únicos que le gustan a la mayoría de la gente; a menos que se trate, quizá —prosiguió Lady Grace—, de ése tan particular que si no le he entendido mal practica usted; me refiero a jugar al fútbol con todas las tradiciones y autoridades necias y trasnochadas que encuentra en todas partes; de hecho, me parece que habló usted de supersticiones idiotas.
Hugh Crimble no sólo no desaprobó la descripción que Lady Grace acababa de hacer de su actividad preferida, sino que incluso la alentó a abundar en ella.
—¿Los nombres y relatos y estilos... esas leyendas a menudo pueriles —por decirlo sin demasiada malicia— que representan el autor, el tema o la escuela? —Su ánimo decayó, como si comprendiese que estaba defendiendo lo que con frecuencia había resultado ser una causa perdida—. ¡Ah, ése es un juego al que podemos jugar todos!
—Pero en el cual no todos saben marcar un tanto, ni mucho menos —observó Lady Grace.
Estas palabras parecieron cobrar significación en virtud de la impresión cada vez más viva que iban suscitando en Crimble el lugar y su encanto: la cantidad de objetos y tesoros artísticos cuya importancia exigía ser apreciada.
—Naturalmente —dijo él—, es difícil que nadie haya marcado muchos tantos en lugares tan sagrados como éste... que proclaman con magnífica impunidad su orgullo, su confianza, sus pretensiones.
—Hemos tenido mucha suerte —admitió ella—, como se me acaba de recordar; pero desde que nos vimos en la ciudad y usted me contó aquellas cosas terribles sobre las trampas que nos depara el torbellino del tiempo y el paraíso para bobos esteticistas en el que tantos de nosotros vivimos... desde entonces ando muy angustiada. Quién sabe si no estará desvalijándonos ahora mismo el señor Bender.
Hugh Crimble se estremeció al recordar algo.
—¿El señor Bender?
—El millonario americano que está dándose una vuelta por allí.
Esto le sobrecogió aún más.
—¿El indeseable que se llevó el Longhi de Lady Lappington?
Lady Grace se mostró sorprendida.
—¿De veras es un indeseable?
Su invitado estaba ansioso de cargar las tintas.
—Más bien... menudo canalla. Ofreció de golpe sus terribles ocho mil.
—¡Pensé que quería decir que le había engañado!
—Ojalá lo hubiera hecho. Entonces se le podría haber parado los pies.
—Bueno —Lady Grace sonrió, tranquila—, ¡no le servirá de nada ofrecernos a nosotros ocho mil... ni dieciocho mil, ni tan siquiera ochenta mil!
Hugh Crimble la miró fijamente, como si le hubiese chocado lo innecesario de estas palabras tranquilizadoras, que habían sonado casi vulgares en los delicados labios de Lady Grace, y con las cuales ésta había dado la impresión de salir al paso de una acusación indecente que a nadie se le hubiera ocurrido hacer.
—¡Por Dios, espero que no! El tipo ese no esperará que ustedes estén dispuestos a mercadear.
Mientras sonreía a Crimble, acaso Lady Grace estaba disfrutando hasta cierto punto con el dulce horror que causaban sus palabras.
—No sé bien qué es lo que espera. Pero en cualquier caso la gente ha mercadeado y lo sigue haciendo; la gente está mercadeando en todas partes.
—Ah —exclamó Hugh Crimble—, eso es justamente lo que no me deja descansar, y lo que, siendo como soy un amante de nuestra vasta riqueza artística, envenena mis vigilias. Esa riqueza artística se nos está escapando, es como una fuga de agua que no parece haber manera de tapar.
No hay duda de que había hecho surgir en él un manantial, que en cualquier momento podía volverse demasiado copioso.
—Están saliendo de nuestro despistado país objetos muy preciados, y están saliendo más rápido de lo que entraron hace más o menos un siglo, cuando nuestro ritmo de adquisición fue mayor.
Estas palabras la impresionaron vivamente; sin embargo era la clase de persona cuyo pensamiento, en cuanto resultaba estimulado por algo, encontraba sin dificultad relaciones y correspondencias.
—Bueno, supongo que nosotros nos hicimos con nuestra riqueza artística —salvo esos Mármoles de Elgin tan engorrosos— en su mayor parte comprándola también, ¿no es así? ¿Acaso no nos la llevábamos casi siempre de algún sitio? No la cultivamos toda aquí.
—Hemos cultivado algunas de las flores más bellas, y por lo general aquellas que más se exhiben hoy en día. —Sólo se había quedado en silencio un instante—. Los extraordinarios cuadros de Gainsborough y Sir Joshua y Romney y Sargent y Turner y Constable y del viejo Crome y de Brabazon... todos ellos componen en sí mismos, me admitirá, un jardín inmenso. Por ejemplo, ¿hay algo que hayamos cultivado con más éxito que su espléndida Duquesa de Waterbridge?
Su elocuencia hizo que la joven se mostrara dispuesta a asentir de inmediato a cualquier cosa que dijese.
—Sí, tengo entendido que es por nuestro Sir Joshua por el que el señor Bender ha mostrado un interés particular.
El rostro de Crimble se ensombreció ante este comentario.
—Entonces es capaz de todo.
—De todo, sin duda, excepto de hacer a mi padre capaz de... En cualquier caso —añadió ella— ni siquiera ha visto usted el cuadro.
—Disculpe que la corrija: tuve ocasión de verlo en Guildhall hace tres años, y casi tengo miedo de que el verlo de nuevo me traiga, junto con una apreciación renovada de su belleza, una conciencia más clara del peligro al que está expuesto.
Lady Grace estaba en cambio tan lejos de sentir miedo que hasta podía permitirse sentir lástima.
—Oh, pobre señor Bender, ¡qué difícil va a tenerlo ahora!
—¡Oh, el rico y confiado señor Bender! —exclamó Crimble—. Dada su fortuna, su confianza actúa como una máquina; ¡y ahí está el problema! Me imagino que habrá traído su mortífero cheque. —El joven Crimble lo comprendía todo.
Lady Grace se mostró menos asombrada que de costumbre.
—He oído hablar algo de eso, pero sólo en relación con algún negociante particularmente agresivo.
—¿Y el señor Bender, para ser justos con él, no es un negociante particularmente agresivo?
—No —contestó juiciosamente Lady Grace—, no creo que sea siquiera un negociante, sino únicamente lo que hace un rato dijo usted de sí mismo que era.
Crimble pensó por un momento en su pasado reciente, que quizá había estado lleno de insensatez.
—¿Un verdadero amante del arte?
—Como todos lo fuimos en nuestra época venturosa, cuando saqueamos Italia y España.
Crimble pareció hacerse cargo de la complicación que suponía el que Bender pudiese ser un tipo voraz y a la vez íntegro, pero la dejó de lado enseguida.
—Bueno, no sé si los mayores amantes del arte son los mejores compradores, ni si lo han sido alguna vez; sin embargo sí creo que son hoy sus mejores custodios.
La mirada de Lady Grace mostró hasta qué punto la vehemencia de Crimble había debilitado su convicción.
—Tengo de pronto la impresión de que ha venido usted a traernos algo de luz o de ayuda; de que puede hacer algo realmente bueno por nosotros.
—¿Se refiere a rebajar todas las grandiosas pretensiones de ustedes?
El ánimo de Crimble había derivado de forma agradable hacia la socarronería, y para no parecer petulante había menospreciado en extremo su carácter presumiblemente virtuoso. Lady Grace demostró de modo admirable que lo había entendido de modo no menos admirable.
—Supongo que si hiciera eso no tendríamos más remedio que aceptarlo de buen grado.
—Entonces es muy probable —dijo riendo Crimble— que sea ésa la razón por la cual la sensación deliciosa que siento en este lugar se mezcla con una cierta dosis de angustia y de temor.
—Lo que indica —respondió Lady Grace— que usted nos atribuye barbaridades que escapan a la ley, y que su natural magnanimidad le impide denunciarnos.
Era evidente que cualquier cosa que dijera, fuese cual fuese su forma de decirla, sólo podía hacer que se sintiese aún más cautivado por ella.
—Dios sabe que he deseado tener la oportunidad de conocerles, ¿pero qué diría usted si, habiéndoles visitado y advertido hasta que punto su perfección es sólo aparente, decidiese que lo más sensato era coger de nuevo mi bicicleta y marcharme?
—Estoy segura de que al final de la avenida daría usted la vuelta y regresaría. Pensaría una vez más en el señor Bender.
—Con el que sin embargo, y suponiendo que ande todavía merodeando por allí, no me apetece lo más mínimo encontrarme —dijo Crimble con regocijo—. No sé lo que le haría; pero a fin de cuentas no es la tentación de la violencia lo que más temo. Lo que más me inquieta es el terrible error que supondría romper con la idea tan preciada y tan severa que tiene uno de la modernidad, con sus acaso inútiles conceptos y distinciones, para integrarse en una situación, en un cuadro general tan apacible y razonable e irreprochable. ¿Qué puede uno hacer sino contener la respiración y caminar de puntillas, por respeto a esa beatitud? Según me cuenta usted, las fiestas y celebraciones tienen lugar afuera; la gente sabe por instinto que ha de ser así. Lo comprendí todo —prosiguió el joven Crimble con renovado ardor—; comprendí, mientras charlábamos en Londres, que éste es su entorno natural, y ahora he tomado plena conciencia de ello pese a que no llevo más de diez minutos aquí. Es usted, en conjunto, un ejemplo de armonía gozosa, de equilibrio perfecto... No hay nada que hacer ni que decir.
Su amiga escuchó estas elocuentes palabras con la mirada baja. Tras alzarla para contemplarle, Lady Grace se fijó en un cuadro que había en la sala y lo señaló con el dedo. Se trataba del pequeño paisaje que, según contaba Lady Sandgate, el señor Bender había declarado falso tras un examen apresurado.
—¿De quién cree que es ese pequeño cuadro?
Hugh Crimble se acercó a mirarlo.
—¿Cómo, no lo sabe? Es un pequeño Vermeer.
—¿No es una vulgar imitación?
Lo contempló de nuevo; parecía perplejo.
—¿Una imitación de Vermeer?
—El señor Bender cree que lo es de Cuyp.
Estas palabras hicieron al joven Crimble hablar de pronto con voz resonante:
—¡Entonces el señor Bender es doblemente peligroso!
—¡Con que lo sea por una única razón tenemos bastante! —Lady Grace se echó a reír—. Pero usted comprenderá que tiene que hablar.
—Oh, sí, es más bien con él con quien debo hablar, después de oír lo que me ha contado... pero antes debe usted conducirme hasta él.
—Está bien —dijo Lady Grace, pero en el momento mismo en que lo decía se acercó Lord John, que había regresado a través de la terraza tras pasar un cuarto de hora con Lady Imber, y cuando estaba ya casi en medio de los dos la joven hubo de hacer notar a Crimble su presencia, limitándose a nombrarlo de manera apresurada.
Lord John aprovechó ansiosamente el tributo que Lady Grace le acababa de ofrecer al dirigir su atención hacia él: oyó su «¡Oh, Lord John!» y lo tomó como un saludo directo.
—¡Ah, Lady Grace! He vuelto ante todo para verla.
—Me disponía a mostrarle los cuadros al señor Crimble. —Y puesto que a estas palabras, que había pronunciado casi a modo de presentación de su amigo, había dado Lord John la respuesta mínima de su mirada indiferente, añadió—: El señor Crimble es uno de los novísimos expertos en arte.
—Oh, aún estoy en el peldaño más bajo de la escalera. ¡Pero tengo aspiraciones! —dijo riendo Crimble.
—¡Ya ascenderá! —dijo confiada, y con amabilidad, Lady Grace.
Crimble respondió de nuevo con alegre mordacidad:
—¡Si es que para entonces queda algún tramo de escalera por el que ascender!
—Esperemos que quede por lo menos aquel tramo que no haya conseguido llevarse el pobre señor Bender. —A lo que Lady Grace añadió, como para arrancar un destello de simpatía a Lord John, quien daba sin embargo la impresión de querer mantener su actitud distante—: Es a Lord John a quien debemos el conocer al señor Bender.
Hugh miró al hombre al que tanto debían.
—¿Entonces sabe usted por casualidad, caballero, qué piensa hacer su amigo con el botín?
Lord John trató el asunto de forma anodina, como si fuera una simple cuestión comercial o de interés económico.
—No va a revenderlo.
—¿De modo que va a enviarlo a Nueva York? —Crimble prosiguió su indagación, dando a entender, en cierto modo, que no sólo no se sentía desairado sino que en lo sucesivo no habría forma de desairarlo.
No obstante, esta impresión que quiso dar Crimble no consiguió privar a Lord John del placer evidente que le procuraba la opinión extendida, es decir, compartida por Lady Grace y él mismo, de que él sí era capaz de disgustar al singular invitado de la joven.
—Sí, va a enviarlo lo más deprisa que pueda... y ahora puede uno hacer que llegue allí cualquier cosa en tres o cuatro días, ¿verdad?
—Imagino que sí. ¿Pero no se le puede convencer de que tenga un poco de piedad? —prosiguió tenaz Hugh.
Lord John hizo un mohín.
—¿Un poco? ¿Cuánta piedad quiere usted?
—Bueno, a uno le gustaría poder hacer que se contuviera de alguna forma.
—Dudo que nadie sea capaz de hacerlo.
—¡Ah, los saqueadores! —dijo Crimble con intensa elocuencia—. Pero los que somos vulgares somos nosotros —añadió.
—¿Vulgares? —La sorpresa de Lord John parecía auténtica.
—Porque no queremos más que hacer negocios, comerciar con nuestros tesoros, con aquello de lo que nos enorgullecemos; eso quiero decir.
Las palabras de Hugh produjeron tal sensación de peligro que Lady Grace se vio impulsada a intervenir en la conversación:
—¡Pero en esta familia no nos rebajamos a eso, como usted sabe!
Tras esta corrección por parte de la joven, Hugh sonrió con aire contrito.
—Por supuesto que lo sé... pero disculpe que no pueda apartar todo eso de mi mente. Y muéstreme antes que nada, si es tan amable, el Moretto de Brescia.
—¿De modo que ha oído hablar de él?
—¿No fue usted misma quien me lo mencionó? —Continuaron hablando unos instantes como si no existiera Lord John.
—Es probable que sí —recordó—, ¡debo de haber alardeado mucho de él! —Se dirigió acto seguido al otro visitante con una cordialidad exenta de apremio—: ¿Vendrá usted también?
Lord John confesó que había un inconveniente para ello: la expresión misma de su rostro era una súplica a Lady Grace para que no dejase de tenerlo presente.
—Confiaba en que usted estaría libre... para un asunto por el que tengo el máximo interés.
Sus palabras surtieron efecto: Lady Grace tomó una rápida decisión y se volvió con actitud persuasiva hacia Crimble, al que debió de comunicar algo con su rostro igual que Lord John había logrado hacerlo con ella.
—¿No le importará entonces que sea el propio señor Bender quien se los muestre? También hay algunas cosas en la biblioteca.
—Oh, sí, hay algunas cosas en la biblioteca. —Lord John, feliz de haber obtenido ventaja sobre Hugh, le habló desde la sólida posición de quien ha consumado ya su iniciación. Luego se alejó a toda prisa de él.
Hugh miró alternativamente a Lady Grace y a Lord John: comprendía la situación con total claridad y no se esforzaba por disimularlo. Al cabo de un instante, y con un rápido «¡Gracias!», salió en busca de Bender.