IV

—¡De modo que no está aquí Theign! —Lord John se resignó a ello mientras saludaba a su aliado americano—. Pero ya me dijo que le encontraría a usted aquí.

—Llevo un rato esperándolo —dijo Bender—; en cualquier caso, ¿sabe usted qué es lo que le ocurre?

—Lo que le ocurre —dijo Lord John haciéndole ver lo irritante que le resultaba el que no supiera algo así— tiene naturalmente que ver con eso tan desagradable que publica el Journal.

Bender proclamó, sin embargo, su incapacidad para captar la relación entre una cosa y la otra:

—¿Qué ocurre con eso tan desagradable?

—¿Cómo? ¿Pero no sabe que la parte más agria del artículo es la que dedican a criticarle duramente a usted?

—Si a eso lo llama criticar duramente es que no tiene usted mucha experiencia de los periódicos. He recibido críticas mucho más duras.

—No, gracias a Dios no sé lo que es recibir ataques tan virulentos, pero ¿acaso quiere decir que no le duelen? —preguntó Lord John, cuya propia susceptibilidad le hacía sorprenderse de ello.

—¿Dolerme dónde, mi querido amigo?

—¡En todas partes, hombre! ¡Esas impertinencias le duelen a uno en todas partes!

—¿En todas partes a la vez? —Bender se refugió en el humor fácil—. Bueno, yo soy un tipo voluminoso, y cuando quiero sentirme invadido por una sensación tan intensa trato de que ésta sea agradable. En lo que respecta a nuestro amigo Lord Theign, si le manchan su escudo de armiño —¿no es eso lo que llevan ustedes aquí?—, me pregunto qué pensará hacer.

Lord John vaciló; sin embargo no era la única persona que tenía dudas al respecto, según percibió de inmediato: ante ellos estaba Lady Sandgate, quien acababa de entrar desde la otra sala, y fue a ella a quien endosó la pregunta:

—¿Qué cree usted que querrá hacer Theign al respecto, Lady Sandgate?

En la actitud de ésta había una mezcla de hospitalidad e indecisión.

—¿Hacer...?

—¿No está usted al corriente del editorial del Journal? Terriblemente ofensivo todo él.

—Podría llegar a darse por aludida —dijo Bender— en el caso de que se empeñara en encajar en el molde.

Lady Sandgate acogió estas palabras, mientras se sentaba con los dos hombres, con cuanta jovialidad resultaba compatible con la mirada enérgica dirigida a Bender.

—Oh, ¡el molde que han preparado esos tipos temibles del Journal es demasiado grande para alguien tan insignificante como yo! —Entonces quiso dar a Lord John una respuesta más precisa—: Sólo se lo que me ha contado Grace, y por lo demás estoy convencida de que mi querido Theign dejará clara su posición.

Lord John se congratuló de ello.

—Conociéndolo bien, seguro que lo hará de forma admirable.

Bender la había escuchado con aire jovial, aunque también algo distraído.

—Y puesto a ello, ¿sobre qué cosa en particular dejará clara su posición?

—Oh, gracias a Dios tenemos cantidad de cosas —dijo Lady Sandgate— que puede defender alguien como Theign.

Lord John lo confirmó sin reservas:

—¡Montones y montones de cosas! Y debo decir que, tal como se están poniendo las cosas de feas, es posible que esa circunstancia no tarde en resultarnos de lo más conveniente.

Bender se mostró asombrado... y hasta cierto punto comprensivo.

—¡Sospecho que su sistema sería un fraude si no tuvieran ustedes previsto eso!

No obstante, Lady Sandgate dio la impresión, al hablar, de haber recibido una advertencia que no estaba dispuesta a ignorar.

—Pero nada de lo que decimos modifica el hecho de que hemos oído ya el primer gruñido de protesta.

—Ah, está claro que tenemos ya el primer gruñido de protesta —admitió Lord John.

Bender no pudo dar su opinión al respecto debido a que Gotch acababa de anunciar a Lord Theign, quien ya se encontraba en la sala. En lugar de ello se dirigió directamente a éste:

—Vaya, Lord Theign, ¡me cuentan que lo sucedido significa un primer gruñido de protesta!

Cabía pensar que la apariencia que ofrecía en aquel momento la persona más ilustre del grupo confirmaba en sí misma la observación de Bender, aunque sólo fuera porque el brillo en cierto modo deliberado que despedía Lord Theign, la sugestión de desafío que se percibía en él, seguramente no se explicaban más que por el hecho de haberse dado buena cuenta —lo cual era un logro que le llenaba de orgullo— de la provocación que le habían lanzado. Tenía el rostro enrojecido, lo que no le impedía lucirlo como si fuera la insignia de su estirpe, y su atuendo tan aparatoso, tan admirable —si se tenía en cuenta lo temprano de la hora y el hecho de que se disponía a salir de viaje— lo hacían resplandecer como un caballero embutido en su armadura. Su aspecto todo, de la cabeza a los pies, todos y cada uno de sus ademanes despreocupados y de sus destellos de suficiencia, lograban transmitir la impresión de que nada de lo sucedido le impresionaba lo más mínimo y de que sabía muy bien lo que hacía. Fue esta actitud la que exhibió al responder al principal responsable de haber turbado su paz:

—Me temo que no sé aún qué significa nada para usted, señor Bender, y es precisamente por eso por lo que le he pedido a usted y a mi amigo John que nos citemos aquí. Va a ser, con su permiso, mi querida señora, una reunión muy breve —dijo dirigiéndose a Lady Sandgate— a la que me encantaría que usted asistiera. ¡El primer gruñido de protesta, si me permiten decirlo, no me afecta más de lo que me afectará el último...!

—Deduzco entonces, para mi alegría —dijo de inmediato Lady Sandgate—, que no ha renunciado usted a su inestimable tratamiento para la salud.

—¿Abandonado? —dijo Lord Theign observándola con aire soberbio, para después suavizar un poco su actitud—: Tenga por seguro que no ha sido así; ¡esa dosis de la prensa diaria me ha hecho sentirme más en forma que nunca! En cualquier caso llego aquí —prosiguió dirigiéndose a los demás, y especialmente a Bender— con mi decisión tomada; he pensado que quizá eso les pueda interesar. Si esa majadería representa de veras un conato de protesta, entonces no tengo más que cortarla en su raíz.

Lord John aprobó con alborozo sus palabras:

—¡Ésa es la única forma de tratarla si uno se tiene a sí mismo un mínimo de respeto!

Lady Sandgate ofreció en cambio un matiz escéptico:

—¿Pero está usted seguro, Lord Theign, de que es tan fácil acallar un escándalo?

—Yo no lo llamaría un escándalo, Lady Sandgate —dijo Bender—; por regla general puede distinguirse un escándalo de los chillidos de dos o tres ratones. Pero suponiendo que los ratones en realidad sí le afecten, Lord Theign, me interesaría saber qué tipo de trampa piensa usted preparar para ellos.

—Debe permitirme, señor Bender, valorar por mí mismo —repuso Lord Theign— la importancia que tiene el hecho de que alguien, de la forma más grosera, se haya permitido la libertad de ventilar en público lo que son asuntos míos privados, y me pregunto, por desgracia, si no podrá darme usted alguna pista acerca de cómo y por qué ha llegado a saberse de ellos en esos círculos.

A Bender le llevó un rato comprender del todo el sentido de estas augustas palabras.

—¿Se pregunta usted si yo le he contado a alguien lo que opino sobre el hecho de que permanezca retenido en sus manos mi Bella duquesa...?

—Oh, si ya ha conseguido usted que se refieran a él en los periódicos como su cuadro, ¡gracias al poder que tiene para hacer que publiquen lo que sea!, desde luego que encuentro una conexión.

La responsabilidad de Bender en el asunto, que él mismo reconoció a continuación, no le causaba, evidentemente, ningún resquemor:

—¿Cómo? Pero si hace tiempo que no hablo de otra cosa, y puedo volverme más lenguaraz por el hecho de no conseguir hacerme con el cuadro de lo que cualquiera se mostraría en el caso de que lo consiguiera.

—Bueno, tenga por seguro que no se hará con el cuadro, señor Bender —proclamó valerosamente Lady Sandgate: tenía sus propias razones para hacerlo—, y aunque tuviese alguna posibilidad de hacerse con él, ¿no se da cuenta de que atacar a su noble amigo no es la mejor forma de conseguirlo?

Bender le lanzó a Lord Theign una sonrisa radiante.

—Oh, supongo que nuestro noble amigo sabe que no me queda más remedio que ser muy indiscreto cuando se trata de cosas importantes. ¡Usted entiende, señor, lo que significa el chillido del halcón!

—Le perdonaré —respondió cortés Lord Theign— por haber sido tan indiscreto si usted trata de entenderme a mí. Mi respuesta a esa chusma de periodistas mercenarios va a ser desprenderme enseguida de un cuadro.

Bender no acababa de entenderle.

—Pero eso es lo que quería hacer antes.

—Perdóneme —dijo Lord Theign—, pero yo soy alguien. Eso es lo que quería usted que yo hiciera.

Bender seguía confundido.

—¿Y aunque parecía dispuesto a hacerlo en realidad no lo estaba?

Lord Theign rechazó el interrogatorio.

—Bueno, estoy dispuesto ahora, eso es lo único que debe importarnos. En todo caso le digo una vez más, y será la última que se lo diga —añadió con todo el peso de su autoridad—, que no puede usted quedarse con el cuadro de la duquesa.

—¡No puede usted quedarse con nuestra duquesa! —dijo Lord John como si se hallara ante el altar del patriotismo, acompañando sus palabras con suspiros sacrificiales.

—¡No puede usted quedarse con nuestra duquesa! —repitió Lady Sandgate, pero con la suficiente gracia como para hacer menos punzante su triunfo. Y continuaba dando una impresión de dulce afabilidad cuando añadió—: ¡Y ojalá él le dijera que no sólo no puede quedarse con ella sino con nada de nada!

Lord Theign desaprobó tal exceso de rigor en aras de la concordia:

—Ah, ¿pero en qué quedaría entonces mi brillante respuesta a los periodistas?

—¿Y de qué servirían mis amargas quejas? —preguntó Bender.

—¿Acaso no bastaría una sola captura muy importante para compensarle de eso?

—Bueno, a mí me interesa más lo que deseo que lo que tengo... Y todo depende, ¿no se da cuenta?, de cómo mida uno el tamaño.

Estas palabras le sugirieron a Lord John una idea muy feliz.

—¿No le gustaría volver allí y tomar usted mismo las medidas?

Bender le observó con los ojos entornados.

—¿Echarle otro vistazo a ese dudoso Moretto?

—Bueno, su tamaño, como dice usted, no es despreciable desde ningún punto de vista.

—¿Quiere usted decir que, con ser grande, sin embargo no ha parado aún de crecer?

No obstante, la cuestión decisiva estaba, como se vio enseguida, en lo que se proponía decir Lord Theign.

—Es más pertinente —dijo éste dirigiéndose a Bender— que le señale el rasgo principal o, dicho de otro modo, la esencia misma de mi plan. Se trata de exponer de inmediato el cuadro. —Subrayó su idea con un gesto nítido y sin embargo elegante—. Exponerlo como algo de lo que se ha prescindido ya definitivamente.

—¡Extraordinario, extraordinario! —exclamó Lord John, deslumbrado por una jugada tan audaz.

Lady Sandgate prestó una aprobación más matizada:

—¿Pero exponerlo cómo, mi querido Theign?

—Se trataría de gestionar el asunto con uno de esos tipos ambiciosos de Bond Street. —Y explicó el impresionante colofón de su proyecto—: Y de presentar el cuadro como un Mantovano puro y simple.

—Pero querido Theign —dijo Lady Sandgate con voz temblorosa—, ¿qué ocurre si no lo es?

Bender se apresuró a responder: se había levantado de pronto un viento propicio para él y decidió zarpar.

—Lady Sandgate, por la cuenta que nos trae, ¡ese cuadro va a ser un Mantovano!

Prosiguió con gusto Lord Theign:

—¿Me entiende ya? ¡Lo consideraremos como tal!

Lord John aportó con entusiasmo el énfasis adecuado:

—¡Lo consideraremos como tal!

Bender, mientras tanto, saboreó la idea con renovado apetito... y hasta la enriqueció:

—¡Como el octavo Mantovano, largo tiempo desaparecido!

Lord Theign estaba contento de entenderle a él.

—En efecto, ¡será exactamente así!

—¿Y eso es lo que más les hará rabiar? —preguntó Bender.

Lord Theign lo expresó de forma más decorosa:

—Eso, más que ninguna otra cosa, me hará reafirmarme en mi actitud.

—Lo que a su vez suscitará una polémica aún mayor.

—¡Pues que así sea!

—Bueno, si a usted no le importa a mí tampoco —concluyó Bender. Con esta misma serenidad altiva quiso abordar de inmediato otras cuestiones—: ¿Piensa exponer el cuadro enseguida?

—Tan pronto como se hagan las debidas gestiones.

—¿Va a aplazar su viaje para hacerlas? —dijo Lady Sandgate.

Lord Theign se quedó pensativo, lo que alentó a los demás a ofrecerle cortésmente su ayuda.

—No si estos amigos actúan.

—Oh, sí, ¡supongo que actuaremos! —dijo Bender.

—¡Naturalmente que lo haremos! —dijo Lord John.

—¿De modo que comprende usted mi interés en todo este asunto? —dijo Bender dirigiéndose a Lord Theign.

Éste último acogió sus palabras con ironía.

—Acepto esa complicación... ¡que tanto simplifica las cosas!

—¿Y también comprende la libertad de la que dispongo?

—¿Cómo si no se habría tomado usted tantas? La cuestión es que tengo una función que montar —dijo Lord Theign.

Sus palabras tranquilizaron del todo a Bender.

—Eso se lo arreglo yo. —Cogió enérgico su sombrero—. ¡Lord John, venga usted conmigo!

Sin necesidad de que Bender se lo dijera, Lord John había alcanzado ya la puerta. La abrió enseguida para dejar salir primero a su amigo, veloz como un torbellino. Se despidió de los demás y aún tuvo tiempo de ensalzar a Bender:

—¡El tipo puede hacer cualquier cosa en cualquier sitio! —Y le siguió apresuradamente.