I
—No, señor —respondió Banks—. Aún no ha llegado ningún visitante, pero veré si ha entrado alguien... o quién ha entrado. —Sin embargo, mientras hablaba, vio a Lady Sandgate aproximarse al vestíbulo por la entrada que daba a la terraza principal, y se dirigió hacia ella en el momento en que franqueaba el umbral—. Lord John, la señora. —Dicho esto, y habiendo desempeñado su cometido de forma majestuosa, se alejó en dirección a la pieza desde la que había hecho pasar a la visita, y por la cual se accedía al amplio espacio central de la mansión.
Lady Sandgate se detuvo un instante, enmarcada por la puerta que daba a las extensiones exteriores de la casa y sosteniendo en la mano el pequeño papel rosáceo, doblado, de un telegrama: el personaje que tenía ante sí quedaba inmediatamente realzado, en parte, por la vasta estancia, donde aún se respiraba el aire tranquilo y reconfortador proveniente de los dos siglos de arte preservados silenciosamente en los hermosos lienzos, pues allí se desplegaban de forma admirable algunos de los tesoros —o de los cuadros reputados al menos como tales— de Dedborough Place; y tras los amplios vanos y más allá de las magníficas edificaciones exteriores de piedra de la mansión, sólidamente apuntalada y asentada sobre el terreno —la terraza que parecía elevarla, la armoniosa escalinata abalaustrada y los pilones de los que no brotaba el agua— surgían, formando una composición perfecta, el jardín y el césped y el parque. Parecía reinar una elegancia inmemorial y despreocupada, y cada uno de los cuadros, de los tapices, de los objetos de las vitrinas y de las demás piezas preservadas hablaba de un gusto ejemplar y una distinción exquisita, en tanto que los personajes representados en los viejos retratos presidían, con mayor o menor merecimiento, la agradable escena: recordaban a los miembros juramentados de una importante cofradía, reunidos, en un hermoso día de abril como aquél, para celebrar su banquete anual.
Un espacio de tiempo incalculable sancionaba este escenario; sin embargo la mujer —guapa, bien entrada ya en la cuarentena— cuya llegada había casi coincidido con la de Lord John o bien no pertenecía, en apariencia, a un mundo tan autosatisfecho, o bien guardaba con él una relación en la que los extraños caminos zigzagueantes de la historia habían sido seguramente más habituales que las monótonas avenidas y las sucesiones fluidas. Lady Sandgate era de una modernidad deslumbrante, y lo era principalmente en virtud de su repudio explícito de un porvenir mundano que a buen seguro había de resultar cada vez más ultrajante a las mujeres con verdadera clase y de gusto acendrado. En cualquier caso, no había duda de que había extraviado la clave de una confianza ancestral, y de que en ella el sosiego, por muy justificado que estuviera, había dado paso a la curiosidad o, lo que es lo mismo, a una disposición hacia la conjetura más o menos disimulada. Puede que hubiese aceptado la idea de llegar a ser una mujer elegantemente estúpida, e incluso habría podido conseguirlo; sin embargo, de haber sido sometida a juicio por exceso de inquietud o de inteligencia, es de suponer que habría confesado ser, a fin de cuentas, lo bastante lista para ser vulgar. Por otra parte, su excelente estatura, su altiva silueta, su piel cuidada, su cabello vistoso, su mirada amable y a la vez resuelta y su constante sonrisa generosa le conferían aún, sin duda, una belleza tal que invitaba a dejar de lado cualquier pregunta o consideración.
Por su actitud al dirigirse a ella, parecía notorio que Lord John no sentía ninguna necesidad, ni tan siquiera interés por saber lo que pudiese referir acerca de sí misma: no había duda de que tendía a distinguir de forma severa entre lo que era digno de su atención y lo que no lo era.
—Tengo suerte de encontrarla por fin, Lady Sandgate. Al parecer Lord Theign se ha marchado a no sé dónde.
Lady Sandgate respondió en el tono amable y tranquilizador que era habitual en ella: el infundir inquietud resultaba quizá más aparatoso, pero por regla general le traía más complicaciones.
—Sólo ha ido al parque. Hoy se ha abierto para una fiesta escolar, como seguramente habrá podido advertir desde la avenida. Está dando a voz en grito buenos consejos a cuatrocientos cincuenta niños.
A Lord John no le costaba ningún trabajo imaginar una escena semejante por lo que tenía de reveladora de cierto aspecto del personaje: sonrió ante lo que le resultaba familiar.
—Sí, en situaciones como esa suele estar espléndido. Es una lástima que me lo esté perdiendo.
—A mí me ha sido imposible no perdérmela. —Lady Sandgate suspiró—. Me refiero a la perorata. Les acabo de dejar, pero llevaba ya veinte minutos cuando me fui, y si le entran a usted ganas de echar una ojeada sospecho que se encontrará a la pobre víctima del deber hablando todavía.
—No me cabe ninguna duda de ello. Le tengo dicho que su idea del deber se convierte en algo terrible para sus amigos porque se entrega con una liberalidad exagerada. —La observación misma pareció impulsar a este amigo de Lord Theign a consultar su reloj; entonces se puso a reflexionar—. Me gustaría llegar a tiempo para presenciar el colofón final, pero lo cierto es que si he venido a toda prisa ha sido sobre todo para recibir a un individuo —como le gusta llamarse a sí mismo y llamarme hasta a mí— al que he citado aquí; viene en coche y creo que debería estar yo para recibirlo. Pero he acudido aquí también, en parte, con la esperanza de ver a Lady Grace... como quizá haya adivinado usted.
—Por supuesto que lo he adivinado —dijo Lady Sandgate, a quien, evidentemente, nunca costaba el menor esfuerzo percibir ese tipo de cosas—. Se le nota a usted mucho. Además todo el mundo lleva algún tiempo esperando a ver qué ocurre. ¿De manera que —agregó— no viene usted de la ciudad?
—No, vengo de Chanter, me quedo ahí tres días con mi madre. Me hubiera gustado traerla, porque tuvo la amabilidad de dejarme su coche.
Lady Sandgate no quiso dejar que lo no dicho se pudriera más tiempo del tolerable:
—Pero es obvio que tuvo usted que dejarla porque ella prefirió quedarse. Estaría sentándose para su partida de bridge cuando usted se marchó.
—El que mi madre se sentase significaría que en algún momento del día se levanta...
—¿Y la duquesa no lo hace jamás? —Lady Sandgate tan sólo estaba pidiendo que se le dejase exponer su visión del asunto—. ¿De modo que ella lucha hasta el final sin que nadie pueda vencerla, arrampla con el botín y provoca la retirada de sus amigos? —Quiso abundar en su muy atinada apreciación, y lo hizo en un tono afable—. Sí, algo sabemos de eso...
Por un instante, el joven Lord John, que acostumbraba a contemplar las cosas con una mirada errabunda aunque en absoluto apática, la observó fijamente; su asombro aún no estaba teñido de compasión.
—¿Así que usted también?
—Bueno, por lo general en esta casa, donde se me recibe tan a menudo y donde...
—Donde salta a la vista —dijo, interrumpiéndola al instante— la excelente posición de la que goza usted, si me permite decirlo.
Lady Sandgate se preguntó cómo debía hacer frente a este alarde de agudeza más bien juvenil; era obvio que no le importaba que él se diese cuenta de ello. No podía sino decidirse por una respuesta bastante sencilla.
—No imagina lo que siento —lo que estoy orgullosa de sentir— por el hecho de poder darles ánimos cuando están preocupados.
Estas palabras alimentaron la llama de la viva intuición de Lord John: una llama que podía, siempre que Lady Sandgate lo aceptase, iluminar toda la realidad de los hechos.
—Y ahora están preocupados, según insinúa usted, porque mi madre, esa mujer terrible, es capaz de obtener enormes ganancias y de provocar un gran escándalo si no se le paga, ¿no? Haría mejor en no comentar esa especie —prosiguió, con una mirada estudiada que pretendía expresar delicadeza—, pero querría que supiese que no ignoro en absoluto por qué ha tenido tanto éxito aquí.
Lady Sangate se anticipó a su explicación.
—¿Porque la pobre Kitty Imber, que no debería tocar jamás una carta, o bien debería aprender a sufrir en silencio como Dios sabe que lo he hecho yo, se ha echado en brazos de su padre después de contraer una deuda gigantesca? Está convencida de tener aún más derecho a recurrir a él ahora que es una joven y encantadora viuda, con todos los bienes que le dejó el marido, del que tenía antes, cuando sólo era la hija más guapa que vivía en casa.
Había expuesto la situación en un tono algo interrogativo, pero esto no era nada comparado con la impresión de libre pensamiento que dio Lord John con su respuesta:
—¿Quiere usted decir que a estas alturas nuestras jóvenes y encantadoras viudas, por no hablar de nuestras jóvenes y encantadoras esposas, deberían haber aprendido a enmendarse cuando están en apuros?
Al cabo de un instante, y sin que él apartase la mirada de ella, la anfitriona temporal de Lord John dio la impresión de haber decido no rechazar del todo la observación que acababa de escuchar. Y sin embargo sonrió.
—Bueno, en ese círculo...
—¿El círculo de mi madre? —No obstante, si ella sabía sonreír, él sabía reírse—. ¡Cuánto le agradezco que lo diga!
—No critico a la señora duquesa —matizó—, pero las costumbres y tradiciones y el estilo de esta casa...
—¿Hacen que sea, de todas las casas de Inglaterra —dijo Lord John, arrancándole de inmediato la idea—, aquella donde resulta más chocante que la hija mayor llegue de pronto, desaliñada y en la ruina, mostrando la lista de sus deudas de juego, por no hablar de otras, y pidiendo que se las liquiden en aras de salvaguardar su reputación? Así es, exactamente —prosiguió antes de que ella pudiera responder con ambigüedad diplomática—, y le aseguro que ésa es justamente una de las razones principales por las que me gusta venir aquí... porque no lo hago pensando en esos otros asuntos.
—El asunto de la insolvencia... ¡No, claro, porque usted representa al beneficiario!
Por un instante, el joven pareció considerar esta imputación como un pequeño atrevimiento de ella.
—¿Cómo sabe usted tan bien, Lady Sandgate, lo que represento?
Lady Sandgate reflexionó, aunque por poco rato.
—¿Acaso no representa, según reconoce usted mismo, ciertas aspiraciones muy intensas? ¿Acaso no representa usted la convicción —muy razonable, lo admito— de que de una semilla tan sana y venerable no puede brotar más de una flor extravagante y dañina, de que es improbable que algo así suceda? ¿No representa además, y de acuerdo con esto, la esperanza de arreglárselas de modo que quien es su anfitrión aquí consienta en ayudarle en su presentación ante la querida Grace?
Quizá Lord John habría podido sentir, ante estas palabras, que quedaba al descubierto la fragilidad latente de un proyecto así, y sin embargo, a cualquiera que lo hubiese observado en ese momento, mientras sopesaba sus posibilidades, le habría dado la impresión de que creía contar con alguna ventaja por así decir residual, ya fuese su listeza o su suerte, ya fuese la eficacia de sus apoyos o la de su franqueza. Y aun tratándose de la joven mujer de la cual nos dan una vaga idea los comentarios de nuestro amigo, cabía pensar que la franqueza de Lord John era realmente tal, pese a la presencia en él de una rara cualidad que no sería inexacto caracterizar como una cierta delicadeza dentro de la brutalidad. Hijo menor de una importante aristócrata que él mismo reconocía como una mujer terrible, no disfrutaba sin embargo, al menos no de una forma notoria u ostentosa, de patrimonio privado alguno ni del privilegio de la arrogancia. Habría irradiado distinción de no ser porque lo lustroso de su aspecto se había difuminado de manera un tanto prematura. Era hombre activo por insustancial que fuese lo que hacía; por lo demás era bajo y delgado y se le había empezado a caer el pelo un poco más pronto de lo normal, aunque aún no estaba lo bastante calvo como para lamentarse de ello. La delicadeza estaba en el arco de la ceja, en el acabado del rostro, en la economía compositiva que permitía a la insulsa nariz parecer atractiva y a la boca disimular su pequeñez mediante una sonrisa.
Sus ojos eran agradables pero fríos (brillaban, encantadores, pero no prometían nada), y había en él un desapego elegante, una desenvoltura y un instinto infalible para otorgar levedad a lo grave y a las aptitudes el aspecto de privilegios odiosos, lo que estaba ligado en cierto modo al arte de vivir muy bien aunque con pocos gastos. En su aire satisfecho había sin embargo algo que sugería la presencia de deseos vehementes: ahí estaba lo ambiguo de su carácter, pues habría sido fácil, sin duda, concluir que esos apetitos eran de una naturaleza tal que admitía siempre su sujeción a las formas establecidas. Así, por ejemplo, de ser verdad que andaba detrás de Lady Grace, nadie hubiera dicho que había algo de ansioso en su empeño o en su conciencia de las ventajas que le reportaría conseguirla.
—¿Podría saber —preguntó a Lady Sandgate— qué quiere decir con eso de ‘arreglármelas’?
—Quiero decir que es usted el hijo muy astuto de una madre muy astuta.
—Soy menos astuto de lo que piensa —replicó— si es que piensa de veras que lo soy, ¡y en todo caso mamá es incomparablemente más astuta!
—¿De lo que pienso? —repitió Lady Sandgate como un eco—. ¡Pero si es la persona en todo el mundo a la que más me gustaría parecerme! Me encantaría tener la habilidad que ella siempre tiene para conseguir lo que se propone. —Pero enseguida añadió—: Eso sí, siempre que... —Se interrumpió, sonriente.
—¿Siempre que qué?
—Bueno, siempre que estuviese completamente segura —dijo Lady Sandgate— de poseer todas las formas que adopta su astucia, de poseerlas todas sin excepción hasta el final.
Se negó casi desdeñosamente a seguirla.
—¿Hasta el final de qué?
Lady Sandgate escogió de entre todos los maravillosos caminos que se le abrían, y entonces dio la impresión de asumir un riesgo y guardarse algo al mismo tiempo.
—Digamos que de su brillante carrera en todos los aspectos.
No obstante, esto bastó, sin duda, para que Lord John pareciese cortar en seco las insinuaciones.
—Cuando tenga su astucia lo hará tan bien como ella. —A lo que añadió—: No puede usted ni figurarse lo buena que es. —A su interlocutora no le quedaba más remedio que aceptar esta afirmación, por más que pareciese relegarla a la oscuridad. Lord John formuló de inmediato un desafío más explícito—: ¿Qué es exactamente lo que cree saber?
A Lady Sandgate le llevó unos instantes decidir, con un buen humor extraordinario, aceptarlo todo.
—Actúo siempre suponiendo que lo sé todo, porque eso hace que la gente se me confíe.
—¡No compartiríamos nada —dijo con voz resonante— a menos que yo lo quisiese! Pero hay una pregunta que me convendría hacerle. Gracias a la relación tan encantadora y tan poco convencional que les une, usted debe de tener mucha confianza con Theign.
Lady Sandgate pareció aguardar a que dijese algo más.
—¿Es esa su pregunta? ¿Si tengo o no confianza...?
—No, no lo es, pero si la tiene más le valdría contestar.
No tuvo ningún reparo en contestar de forma admirable.
—Somos los mejores amigos que cabe imaginar; yo era una mujer sola, no tenía a casi nadie ni nada que pudiese considerar mío, y por eso él ha sido para mí un hombre providencial; ahora, como visitante asidua y sin embargo discreta, siento que mi situación aquí es sencillamente perfecta. Pero me alegra poder decir que esto no excluye el practicar, para placer mío cuando siento verdadera curiosidad, el dulce pasatiempo de adivinar ciertas cosas.
—Entonces tendrá usted, espero, motivos para pensar que si hago lo correcto en este asunto es probable que él me escuche.
Lady Sandgate midió su terreno: no parecía muy extenso.
—Hoy por hoy la persona a la que más escucha —de hecho, la persona a la que más escucha desde siempre, como habrá podido observar usted mismo— es ese tormento de mujer, su encantadora y marrullera hija mayor.
—¿Está aquí Lady Imber? —preguntó alarmado Lord John.
—Llegó anoche y, puesto que tenemos otros visitantes, ha organizado, al parecer, una atracción secundaria en el jardín.
—Entonces aprovechará al máximo la situación, como hace siempre. A no ser que su hermana esté con ella —conjeturó el joven Lord John.
—¿Lo dice porque Grace cree ser, sin duda, un espectáculo por sí sola? Puede que sí —dijo Lady Sandgate—, pero debo advertirle que la última vez que las vi allí Kitty estaba tratando de apartarla del buen camino.
Lord John reflexionó sobre ello un instante.
—Lady Imber —le elevó, con ironía, el tratamiento— es muy capaz de eso.
—Bueno, por suerte la querida Grace sabe mantenerse firme —replicó Lady Sandgate.
A Lord John parecieron antojársele equívocas estas palabras.
—Pero no contra mí, ¿verdad? ¿No querrá decir que...? ¿No cree usted que tenga un feo prejuicio...?
—Usted sabrá juzgar sobre el asunto, a fin de cuentas nadie sabe mejor que usted lo que ha ocurrido o no ha ocurrido entre ustedes.
—Bueno, yo trato de juzgar —todo el candor del que era capaz Lord John pareció concentrarse por un instante en su frente—, pero temo que en mi forma de verla intervengan demasiado mis deseos.
Había en sus palabras una súplica que acaso habría satisfecho Lady Sandgate de haberle conmovido lo suficiente.
—¿Va usted completamente en serio con ella?
—Naturalmente que sí... ¿Por qué no habría de ir en serio con ella? Sin embargo —dijo con impaciencia—, necesito ayuda.
—Perfecto: Lady Imber ya se la está prestando. —Dado que parecía llevarle algún tiempo asimilar el sentido exacto de sus palabras, Lady Sandgate le ofreció otras: en eso consistió su ayuda, aunque ésta, por lo demás, le permitiera hasta cierto punto la exhibición algo fatua de su capacidad de captar e interpretar por sí sola signos ocasionales y débiles indicios—. Le está ayudando al decirle a Grace, al hacerle ver que si se decide a aceptarle a usted la duquesa se mostrará generosa. Generosa, se entiende, con Kitty.
Lord John se apropió, pues así le convenía, de lo que había de verdad en estas palabras. No obstante, le pareció que aún había cabida para un retoque embellecedor por su parte.
—Bueno, también lo sería conmigo —dijo él, y agregó algo que sonaba más a desafío—: ¿Pero sabe usted de verdad lo que hará mi madre?
—Ha visto cómo lo he adivinado por mi sistema. —Lady Sandgate sonrió—. Lo que va a hacer su madre es lo que le ha hecho venir hasta aquí.
—Bueno, sí, se trata de eso —admitió él— y de algo más.
—¿Algo más? —repitió ella con sorna—. Habría jurado que ‘eso’, para un amante apasionado, es más que suficiente.
—Pero todo forma parte de una misma tarea. Quiero decir que responde a una única idea —se apresuró a aclarar—, si es que cree de veras que Lady Imber está influyendo sobre ella.
—¿Por qué no va a comprobarlo?
—Lo haría enseguida de no ser porque debo atender a otro asunto. —Volvió a consultar su reloj—. Me refiero a que debo recibir a mi americano, el individuo que he mencionado hace un rato...
—¿Usted también tiene a un americano que viene aquí en coche?
—El señor Breckenridge Bender. —Lord John mostró algo de júbilo al nombrarlo.
Lady Sandgate se quedó boquiabierta al acceder a una visión completa de la situación.
—¿Conoce a mi querido Breckenridge? ¡Confiaba en que vendría aquí por mí!
—¿Le había dicho que vendría? —preguntó en un tono más jovial que el de Lady Sandgate.
Le mostró el papel que había sostenido, doblado, en una mano desde que entró.
—Me ha enviado esto. Me lo entregaron cuando estaba allí fuera, hace diez minutos, y por eso he entrado en la casa para recibirle.
El joven Lord John leyó en alto la misiva:
—«Al no encontrarla en Bruton Street, salgo en su busca, confiando en alcanzarla a eso de las cuatro» — El texto encerraba una ambigüedad—. ¡Pero si no ha querido hacer otra cosa que verme en los tres últimos días! El no fallarle ha sido parte de mi trabajo.
—¿Entonces por qué dice que es a mí a quien busca?
Pareció adivinar en ella al instante la conciencia de que su monopolio sobre el americano se hallaba amenazado.
—Mi querida señora, lo que él anda buscando son obras de arte muy caras.
—¿Insinúa con eso que yo soy una de ellas? —Su desilusión habría podido resolverse en casi cualquier frase irónica.
—Insinúo, o más bien afirmo que toda mujer bella lo es. Pero lo que acordó conmigo —explicó Lord John— es que vería la colección de Dedborough en general y el gran Sir Joshua en particular; de este cuadro ha oído hablar mucho y yo he estado encantado de poder ayudarle.
Esta noticia, de interés tan notable, no hizo sino acrecentar la perplejidad de Lady Sandgate.
—¿Entonces por qué, en toda la semana que llevo en esta casa, nuestro querido amigo Theign no me ha comunicado que vendría?
—Porque nuestro querido amigo no tenía ninguna razón para ello. —Lord John podía tratar ahora el asunto como si fuese bastante sencillo—. Se le da bien todo, pero no hay nada que se le dé tan bien como mostrar la casa y todo lo que contiene; por eso no he creído necesario escribirle anunciando que pensaba presentarle a Breckenridge.
—Habría estado encantada de presentárselo —dijo Lady Sandgate con voz algo temblorosa— si hubiese sabido que estaba interesado en conocer a Theign.
Su interlocutor valoró la diferencia que había entre que lo hiciese uno y otro: la juzgó al parecer irrisoria, una insignificancia que le traía sin cuidado.
—Si cree usted que le he arrebatado el privilegio de presentarle a nuestro anfitrión, se lo cedo entonces de buen grado —dijo Lord John, y añadió, como en un alarde de generosidad sin límites—: Le he llevado de aquí para allá, mostrándole lo que vale la pena ver, como el Longhi de Lady Lappington, que vio la semana pasada.
Aunque había sido hecha en un tono indiferente, esta revelación llevó a Lady Sandgate, mientras la asimilaba, a formular una pregunta que sonó a lamento:
—¿El Longhi de ella?
—¿Acaso no conoce usted el gran retrato veneciano que tiene, el de un grupo familiar, los no sé quiénes? Son siete figuras de cuerpo entero, cada una de ellas extraordinaria. Antes de abandonar la casa pagó el precio que ella pedía.
Lady Sandgate supo infundir una expresividad mayor a su voz, haciendo que llegase a sonar casi afligida: parecía absorta en pensamientos melancólicos.
—¿Siete figuras de cuerpo entero? ¿Y el precio que ella pedía?
—Ocho mil... de golpe. Bender sabe lo que quiere —dijo Lord John.
—¿Y lo único que quiere es...? —Su asombro no paraba de crecer—. Los... ¿cómo se llaman?
—Normalmente quiere lo que no puede tener. Aunque la aprecio mucho, debo decir, sin embargo, que fue Lady Lappington quien le abordó.
Esto hizo surgir en ella una actitud resueltamente crítica.
—¡Qué horror! ¡Piense en el ritmo al que nos vamos quedando sin nuestros tesoros! —Pero su curiosidad estaba lejos de agotarse—. ¿Y eso es lo que pagó?
—¿Antes de marcharse de la casa? —A Lord John le divertía rememorar aquello—. Bueno, ella se encargó de que fuera así.
—¡Qué increíblemente vulgar! —El asunto tenía, sin embargo, otros aspectos que habrían podido atenuar la responsabilidad de Lady Lappington, pero Lady Sandgate prefirió ignorarlos—. Le ha echado el ojo de la manera más descarada, ¡el muy cafre!, al retrato de mi bisabuela. —Para despejar cualquier duda que pudiera haber añadió con idéntica elocuencia—: Ese fabuloso Lawrence que tengo, ¿no lo conoce? Ella está con su traje de novia que le llega a las rodillas; con esos ojos extraordinariamente expresivos, esos brazos y esas manos tan bonitas, esas maravillosas tonalidades de la piel; está considerado universalmente como la obra maestra del artista.
Lord John pareció contemplar por un instante no tanto la imagen así evocada, que no le interesaba demasiado, como ciertas posibilidades que se insinuaban tras ella.
—¿Y va usted a vender la obra maestra del artista?
Lady Sandgate mantuvo la cabeza muy alta.
—Me ha presionado mucho, pero yo me he negado airadamente.
—¿Y sin embargo anda todavía detrás de usted, para seguir presionándola?
La pregunta recordó, por su tono, a las que suelen dirigirse al testigo en un juicio: en este asunto concreto, Lady Sandgate se comportó como un testigo imperturbable.
—Si, por lo que me cuenta del acuerdo al que han llegado usted y él, no es a mí a quien anda buscando en realidad, entonces apenas tengo nada que temer.
—Bueno —respondió Lord John—, él puede matar dos pájaros de un tiro. Ve el Sir Joshua y la ve a usted.
Esta visión del asunto alteró en un primer momento a su interlocutora.
—¿De veras quiere comprar aquello que es orgullo y prez de la familia?
El joven Lord John se limitó al principio a reproducir cabalmente lo que ella pensaba.
—¿Es que eso está en venta?, me pregunto.
Lady Sandgate cerró los ojos, como si le estremeciera oír algo así.
—¡No, de ninguna manera, Dios no lo quiera! ¡Imagine a nuestro querido Theign, tan orgulloso...!
—No, no lo puedo imaginar, no. —Lord John pareció desistir del esfuerzo—. Y sin embargo, si un gato puede mirar a un rey, un yanqui listo y divertido puede mirar a cualquiera.
Puede que sea así, parecían decir el rostro y los gestos de Lady Dandgate; sin embargo su atención se dirigió de inmediato a otra cuestión.
—No hay duda de que tiene usted talento para montar funciones, pero ¿le importa que le pregunte si tiene además un interés especial en ésta?
—¿Interés? —repitió, aunque no, como se vio enseguida, para ganar tiempo, ya que de otra manera la habría hecho esperar más—. ¿Se refiere a mi pequeño porcentaje? —Lady Sandgate lo miró en silencio, con una sonrisa que tenía algo de severo—. ¿Por qué quiere saberlo si sus exquisitos remilgos le impiden sacar ningún provecho de su bisabuela?
Puso los ojos en blanco y tardó unos instantes en responder. Cuando por fin habló, su hermosa mirada fija en él, la verdad hizo su aparición, deslumbrante.
—Lo pregunto porque las personas como usted me parecen peligrosas para el, ¿cómo llamarlo?, el bien común, y porque estoy firmemente convencida de que no es bueno dejar que nuestros tesoros nacionales —y considero a mi bisabuela como tal— sigan desperdigándose por el mundo.
—En este país y en esta época —replicó Lord John con brusquedad—, habría mucho que decir sobre eso. —No era aquél, sin embargo, el momento para decirlo, de modo que se refirió a otro asunto, con una sonrisa petulante—. Casi no hace falta decirle que soy buen amigo de mis amigos.
Entretanto su interlocutora vio al mayordomo aparecer de nuevo junto a la puerta que daba a la terraza, y aunque la forma triste e impersonal de aproximarse este empleado se resistía siempre —y con cada paso que daba cada vez más— a la interpretación, Lady Sandgate pudo ahora, sin embargo, gracias a su larga experiencia, sugerir una hipótesis mientras se volvía otra vez hacia Lord John.
—Entonces está claro que es al buen amigo a quien necesitan en el parque.
Parecía, por la forma en que Banks la miró, como si Lady Sandgate le hubiese arrancado de las manos una carta dirigida a otra persona. Las palabras que el mayordomo dirigió entonces a Lord John fueron motivo suficiente para que ella volviese a practicar la indelicadeza.
—Señor, me envía la señora, quien confía en que usted se una a ellos debajo de la terraza.
—Grace confía —dijo Lady Sandgate, animando a Lord John—. ¡Ahí lo tiene!
Lord John cogió la gorra de conducir que había depositado al entrar.
—¡Voy corriendo a ver a Lady Grace, pero no desanime a Bender! — Y se marchó en dirección a la terraza y los jardines.
Banks miró a su alrededor como si buscara una oportunidad más para ejercer su alta función.
—¿Desea tomar té, señora?
Esto pareció antojársele prematuro.
—Lo tomaré cuando vengan todos, gracias.
—Será difícil que vengan todos, señora. —Le indicó así, respetuosamente, que sabía de lo que hablaba—. Hay té en la tienda de Lady Grace, pero también se ha pedido en el salón de estar.
—¡Entonces el señor Bender va a estar contento...! —dijo Lady Sandgate en tono jovial. En ese momento advirtió la llegada de otro visitante. Banks miró de arriba a abajo al hombre al que un lacayo, el mismo que lo había recibido en la puerta principal de la casa, estaba haciendo pasar a la sala.
—Me parece que ya está aquí, señora. —Dicho esto se alejó hacia la amplia sala de enfrente y después desapareció, mientras el lacayo, cumplido ya su cometido, se fue por donde había venido. Lady Sandgate, por su parte, se convirtió en la personificación de la hospitalidad para recibir al polifacético Bender, autor al que se debían el engañoso telegrama dirigido a ella, la irritante suficiencia de Lord John y el cheque millonario a favor de Lady Lappington.